Cuando un día cualquiera entramos a un restaurante cualquiera para disfrutar de una comida, no pedimos obras de arte firmadas por un chef internacional que nos impacten los sentidos, derritan las papilas gustativas y dejen un recuerdo que atesoraremos durante el resto de nuestra vida. No, lo que esperamos es una satisfacción mucho más básica: platos que combinen los ingredientes de siempre de manera agradable, sabores con los que, estando familiarizados desde hace mucho tiempo, nos hagan levantar las cejas en gesto de aprobación por la calidad de los alimentos, la forma en que están mezclados o quizá algún toque de especia o condimento que aporta un sesgo diferenciador.






