“Gugusse y el Autómata” fue una de las primeras películas de ficción del pionero del cine francés Georges Méliès, realizada en 1897, cuando comenzó a experimentar con trucos visuales inspirado por su trabajo como propietario y estrella de un teatro de magia. Méliès realizó sus primeras cintas en 1896 y rápidamente comenzó a ensayar lo que hoy llamamos “efectos especiales”, como cortes rápidos, dobles exposiciones, fotografía de pantalla dividida, superposición de imágenes latentes y fotografía de pantalla negra (la precursora del posterior “croma”). Sus películas, como la mayoría de la época, duraban un rollo, esto es, alrededor de un minuto o poco menos.
Las
primeras “películas de trucos” de Méliès a menudo mostraban personas q
ue
aparecían y desaparecían de la nada o que cambiaban de apariencia como por arte
de magia: bellas damas que se transformaban en brujas, o demonios en
murciélagos o esqueletos. Los objetos inanimados cobraban vida mediante cables,
varillas, fotografía de pantalla negra y animación stop-motion. Por lo tanto,
podemos suponer que uno o más de estos trucos estaban presentes en la película
que ahora comentamos.
Su
argumento es sencillo pero representativo de la fascinación de la época por la
tecnología y el ilusionismo: un payaso llamado Gugusse entra en una habitación
donde se encuentra, erguido en un pedestal, un autómata que, accionado por una
manivela, comienza a realizar movimientos y aumentar de tamaño. Cuando golpea
con su vara en la cabeza del payaso, éste, irritado, lo baja del pedestal y le
atiza con un enorme mazo, reduciendo con cada golpe su tamaño hasta hacerlo
desaparecer.
Cabe
recordar que, si bien Méliès es conocido hoy en día principalmente por sus
películas de trucos, en 1896, cuando adquirió su primera cámara, era ante todo
propietario de un teatro y actor. De sus primeras 250 filmaciones, solo una
s
pocas eran películas de trucos o, incluso, de ficción. Méliès hizo lo mismo que
Lumière, Gaumont y Pathé: comprar un proyector en cuanto pudo y empezar a
organizar proyecciones en su Teatro Robert-Houdin. Cuando comenzó a rodar películas,
no pensaba en incluir en ellas efectos especiales; en aquella época, las
imágenes en movimiento en sí mismas ya causaban tanta impresión como cualquier
truco teatral. Para Méliès, las películas eran, simplemente, un número más para
su repertorio. ¿Para qué iba a necesitar mostrar trucos de magia en el cine, si
tenía su propio teatro donde realizarlos en directo?
Sin
embargo, gracias a un rollo de película que se atascó en la cámara mientras
filmaba una escena callejera, tuvo una revelación. Fue un atasco momentáneo y tras
forcejear un instante con la manivela, logró que volviera a funcionar. Al ver
luego la toma, descubrió que, durante esa interrupción, un carruaje lleno de
gente se había transformado en un coche fúnebre que transportaba un cadáver; y,
gracias al abrupto corte, es
e cambio parecía ocurrir justo ante los ojos del
espectador. Fue entonces cuando realizó su primera película utilizando el truco
de la parada: “La Dama que Desaparece” (1896). Es un corto de un minuto, sencillo
y tosco que, básicamente consiste en la recreación de uno de los trucos
escénicos habituales de Méliès: hace que su ayudante, la actriz (y más tarde
esposa) Jehanne d’Alcy, se siente en una silla en el escenario del Teatro
Robert-Houdin y la cubre con una cortina. Cuando la retira, ella ha
desaparecido. Probablemente había interpretado ese número cientos de veces
sobre el escenario, con la ayuda de una silla trucada y una trampilla, solo que
esta vez no necesitó ningún artilugio ni truco físico, tan sólo la magia del
montaje. Pero lo cierto es que bien podría haberla interpretado en el
escenario, lo que lleva a pensar que la película se hizo, principalmente, como
una suerte de ensayo general.
Méliès no
tardó en mejorar su técnica y en diciembre de 1896, estrena “La
Mansión del
Diablo”, considerada la primera película de terror, con múltiples personajes,
un diablo, brujas en escobas, un esqueleto bailarín, rápidos cortes, etc.
También comenzó a utilizar cada vez más efectos como el humo, el fuego y las explosiones,
así como decorados más elaborados. Pero, aun así, la mayoría de sus efectos
visuales seguían basándose en cortes rápidos, trabajos con cables y diversos
trucos escénicos.
Hasta
el momento en que realizó “Gugusse y el autómata”, todavía no había empezado a
experimentar con la doble exposición y los trucos de pantalla negra. Utilizó
estos últimos en un par de películas de 1897, pero simplemente como una forma
de ocultar partes de los cuerpos de los actores en una sola toma, no en una
doble exposición. Sabemos, sin embargo, que Méliès sí utilizó esa técnica en
1897, en “El Hombre de las Mil Cabezas”. Puede que fuera una mera coincidencia que
aquel mismo año, la revista “Scientific American” publicara un libro con los
secretos de más de 400 trucos de magia -incluyendo fotografía fija con
pantallas negras y exposiciones múltiples- y que Méliès comenzara a utilizar ambas
técnicas en sus películas precisamente entonces.
Obviamente,
el autómata del corto que aquí comentamos era interpretado
por un actor (o
actores, puesto que cambiaba de tamaño). Cuando hoy leemos la palabra “autómata”
o “robot”, nuestra mente probablemente evoque algo como C3PO, o, quizás, el artefacto
que aparece en la película biográfica de Méliès, “Hugo” (2011), dirigida por
Martin Scorsese. De hecho, los autómatas, por dentro, se parecían bastante a
este último. A finales del siglo XIX, estos ingenios no eran ni mucho menos un
concepto de ciencia ficción porque existían desde el siglo XV (en algunas
formas, incluso desde la antigua Grecia), cuando Leonardo da Vinci diseñó un
elaborado juguete de cuerda para adultos. Porque, básicamente, eso eran los
autómatas. Los solían fabricar los relojeros, que utilizaban el mismo tipo de
engranajes, ruedas y palancas que en los relojes.
Algunos
eran máquinas realmente impresionantes, como el creado por Henri Maillardet en
el siglo XVIII, que, con una pluma, podía escribir tres poemas diferentes y
dibujar cuatro
dibujos muy detallados (este fue el que sirvió de inspiración
para el que aparece en “Hugo”). Muchos magos escénicos utilizaban autómatas en
sus actuaciones y algunos eran lo suficientemente impresionantes como para ser
usados como tales. En otras ocasiones, el número incluía alguna ilusión con ayudantes
que controlaban o daban voz a un muñeco entre bambalinas. En algunos casos, los
autómatas reales se realzaban con algún truco o ilusión. Tal fue el caso del
más famoso de la historia, “El Turco” de Wolfgang van Kempelen, un autómata
ajedrecista que se enfrentó a algunas de las mentes más brillantes de la época,
incluyendo a Benjamin Franklin y al emperador Napoleón Bonaparte…, y ganó. En
realidad, era un truco porque dentro de la cabina se escondía un maestro
ajedrecista que operaba el brazo del maniquí mediante un pantógrafo y un
sistema de imanes que le indicaban qué pieza había movido el oponente en el
tablero superior.
En la
segunda mitad del siglo XVIII, París fue la capital de los autómatas, en
parte
gracias al trabajo del relojero reconvertido en mago Jean Eugène Robert-Houdin,
el mismo cuyo teatro Georges Méliès compró a su viuda en la década de 1870.
Robert-Houdin adquirió numerosos autómatas y fabricó muchos él mismo,
incluyendo un pequeño y maravilloso acróbata capaz de realizar un número completo
de trapecio en el escenario. Sabemos que al menos uno de ellos fue encontrado
entre los accesorios y máquinas del teatro después de que Méliès lo comprara,
así que quizás “Gugusse y el Autómata” fuera un homenaje de Méliès a su gran
maestro.
Durante décadas, este corto se dio por perdido. Sin embargo, en 2025, se encontró una copia por pura suerte: el personal de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos recibió un lote de materiales que contenía, entre otras latas de película, este cortometraje inédito de Méliès. El material formaba parte del legado de William Delisle Frisbee, un agricultor de patatas del siglo XIX que, impulsado por su pasión por el cine, recorría diversos pueblos en un carromato tirado por caballos para realizar proyecciones itinerantes. Tras permanecer generaciones en manos de su familia, la colección fue finalmente donada a la institución. La película fue escaneada y digitalizada y hoy puede verse gratuitamente en Youtube.

No hay comentarios:
Publicar un comentario