domingo, 19 de febrero de 2012

1970-DESPUES DE QUE TODO SE VINIERA ABAJO - Ron Goulart

Ron Goulart es un estudioso de la literatura pulp, un especialista en la historia del comic-book y también escritor de ficción. Es autor de docenas de libros, incluyendo novelas y relatos cortos de misterio y ciencia-ficción en las que abundan el mal uso de la tecnología, una sexualidad nada disimulada y un humor seco y burlón. No es que sea un autor particularmente brillante pero resulta entretenido y ligero. Para muestra un botón.

“After Things Fell Apart” (“Después de que todo se viniera abajo”) describe un futuro cercano sin especificar (más o menos a mediados de los noventa del siglo pasado) en el que las cosas no han ido nada bien. Veinte años antes, el gobierno y la sociedad de Estados Unidos se colapsó siguiendo el modelo decadente, no catastrofista. Esto es, nada de guerra nuclear, desastres planetarios, invasión comunista global o chiflados al estilo Mad Max. Sencillamente, América se ha convertido en un territorio balcanizado, dividido en pequeños feudos, ciudades-estado y grupos tribales que viven al margen de todo el sistema –o lo que queda de él. Por supuesto, todos están enemistados con todos.

Como toda buena novela “negra” que se precie, ésta también comienza en San Francisco. Se han producido una serie de asesinatos, perpetrados por un grupo separatista de lesbianas radicales llamadas “Matahombres, S.A.” pero más comúnmente conocidas como “Lady Day”. Jim Haley, un detective que trabaja para la “Oficina de Investigación Privada”, se ocupa del caso tratando de averiguar quién son las asesinas y qué es lo que buscan.

El libro es, pues, un híbrido un tanto enloquecido de intriga al estilo Chandler y road movie sesentera. En el curso de sus pesquisas, Haley ira visitando pequeños enclaves autárquicos dirigidos por insignificantes individuos que se empeñan en ignorar al resto del mundo mientras tratan de mantener el control de sus ridículos dominios. Entre ellos podemos citar lugares como “la ciudad abierta del pecado, San Rafael, gobernada por unos aficionados mafiosos (no se permiten italianos)”; el “Instituto Nixon”, donde envejecidas estrellas del rock rememoran los días en los que todavía tenían pelo”; o Viena Oeste, un enorme complejo psiquiátrico.

Haley acaba llegando a una especie de perpetuo festival renacentista donde consigue una pista que le conduce hasta una antigua miembro de la banda –que resulta ser una hippy de lo más apetitosa- quien, a cambio de protección, le da información sobre un actor gay aliado con los terroristas. Haley y la muchacha se enrollan –no esperábamos otra cosa- antes de que a ella la secuestren sus antiguas compañeras de tropelías. El detective sale en su busca y corre varias aventuras bastante tontas hasta alcanzar el clímax de la narración.

Una obra menor, intrascendente, de rápido ritmo, con toques eróticos, un tanto triste, cínica y con un humor quizá demasiado absurdo como para poder calificarlo de sátira. Con todo, es uno de los mejores libros de Goulart.

viernes, 17 de febrero de 2012

2000-CLEOPATRA 2525

¿Alguien recuerda la canción “In The Year 2525”, llevada al número uno de las listas en el verano de 1969 por Zager y Evans?. En ella se avisaba de un oscuro futuro en el que la tecnología deshumanizaría y mecanizaría a la especie humana y cuestionaba que las mujeres pudieran sobrevivir en semejante mundo. La música y la letra de esa canción fueron reescritas para los títulos iniciales de “Cleopatra 2525”… en esta ocasión las mujeres sí tendrán voluntad de sobrevivir. Vaya que sí.

Robert Tapert había producido para Universal Pictures un éxito televisivo anterior, “Hércules” y junto a R.J.Stewart coprodujo otro bombazo para el mismo estudio, “Xena, la Princesa Guerrera”. Eran programas baratos que, por alguna razón, encandilaron a mucha gente. Por eso, cuando “Hércules” salió de la parrilla de programación, Tapert y Stewart esperaron que el proyecto que lo reemplazaría, “Cleopatra 2525”, una especie de Ángeles de Charlie futuristas, obtendría los mismos resultados.

En 2001, Una joven stripper, Cleopatra (Jennifer Sky), se somete a cirugía para incrementar el tamaño de sus pechos. Pero las cosas no salen bien y no consiguen despertarla de la anestesia, por lo que se la coloca en una cámara criogénica, congelada a la espera de que algún día pueda ser revivida. Y, aunque tarda un poco, lo hace: despierta en el año 2525 para encontrar que, tras una guerra apocalíptica, la humanidad se ha visto obligada a retirarse al subsuelo empujada por grotescos robots, los Baileys, que ahora dominan la superficie disparando rayos a todos los seres humanos que detectan.

Cleo es una chica dulce e inocente cuyos conocimientos se reducen a referencias a la cultura pop del siglo XX que nada significan para las aguerridas amigas a las que se une en este futuro: “Hel” (Gina Torres) es una dura mujer cuya familia fue asesinada años atrás; “Sarge” (Victoria Pratt) es la típica rubia sexy (por cierto, en la vida real experta en kick-boxing y karate), obligada a abandonar a sus seres queridos cuando sus mentes fueron borradas por los Baileys. Ambas mujeres van armadas con nos brazaletes que disparan rayos laser y se protegen con campos de fuerza corporales.
En el primer episodio, “Quest for Firepower”, lo primero que hace Cleopatra al recuperar la consciencia es mirarse los pechos y exclamar satisfecha: “¡Buen trabajo!” Cuando Hel y Sarge le descubren, Cleopatra, asustada, las avisa de que es la agente 008 amenazándolas con una cámara de vídeo como si fuera un arma. Sarge cree que Cleopatra está loca, pero Hel ve más allá de la apariencia y se gana la confianza de la recién llegada al futuro.

En este episodio, Hel se aventura a la superficie por primera vez. Nacida y criada bajo tierra, no las tiene todas consigo en esta incursión, pero Sarge y Cleopatra la acompañan. Cuando los Baileys se abalanzan sobre ellas desde el cielo, las dos guerreras destruyen las máquinas voladoras mientras Cleopatra se cubre aterrorizada dando ridículos gritos. Las recriminaciones de una molesta Hel no sirven para nada: sus gemidos seguirán oyéndose con más frecuencia de la deseada en toda la serie.

Los críticos no se mostraron muy interesados en esta serie camp protagonizada por tres mujeres
con los ombligos al aire ataviadas como si fueran a pelear en American Gladiators. Aparte de cierto humor irónico, no había demasiado que rascar en las historias. Existían, no obstante, momentos de realismo y emoción dispersos aquí y allá. Dándose cuenta de que se ha quedado permanentemente atascada 500 años en el futuro de su época, Cleo reflexiona: “Todo el mundo que amaba ya no está. Todo mi mundo se ha destruido”. Al final del primer episodio, ha tenido suficiente y pide a sus nuevas amigas: “¡Congeladme otra vez!, ¿Me podéis despertar cuando el mundo sea mejor?”. Pero Hel le dice que la batalla por la Tierra, por la Humanidad, es ahora también parte de su vida y le pide que se una a ellas en la misión. Cleopatra accede. “Todas para una y una para todas”, un lema que las dos guerreras del futuro desconocían, pero por el que se sienten inmediatamente inspiradas.

Entre los personajes habituales destacaba el amistoso ciborg Mauser, interpretado por Patrick Kake (quien
había servido de doble de Kevin Sorbo en “Hércules”); o La Voz, una maternal voz femenina que aconseja y dirige a Hel en su lucha contra los Baileys. Por otra parte, la némesis de Hel es el malvado Creegan, un trasunto del Joker, con su pelo y labios rojos y piel blanca. Era el responsable de la muerte de la familia de Hel cuando ésta era una niña. No sólo trabaja junto a los robots, sino que fue su creador indirecto. Como Cleopatra, proviene del siglo XX, cuando era conocido como George Bailey, inventor de unidades de control ambiental para proteger el planeta. Pero sus máquinas cobraron autoconciencia y decidieron que para salvar la Tierra era necesario eliminar a los seres humanos. Bailey se puso de su parte y desde entonces ha venido dirigiendo el genocidio contra su propia especie. Su obsesión es localizar a La Voz para desarticular el movimiento de resistencia humana.
Poco a poco, aunque limitados por la escasa duración de los episodios (30 minutos), los guionistas fueron tejiendo un universo y mitología propios que se iban enriqueciendo con cada nueva historia. Había muchas persecuciones y tiroteos de rayos, sí. Demasiados. Pero también buenas ideas –que, de haber dispuesto de más dinero y tiempo podían haber sido mejor ejecutadas-. Por ejemplo, en el episodio “Reality Check”, un anciano científico les ofrece a las tres protagonistas la oportunidad de experimentar aventuras en realidad virtual. Cleo es transportada a un mundo virtual de 2001, el mundo que ella dejó atrás, trabajando en un club de striptease y enamorada de su novio, Johnny (Kieren Hutchison). Johnny admite que fue él quien creó ese entorno virtual para poder estar para siempre con Cleo. Ésta, sin embargo, quiere regresar con sus amigas al año 2525 y le pide que se una a ella. Pero él no puede y la despide con tristeza. De vuelta en el futuro real, el viejo científico le revela que él es Johnny: se había congelado en su juventud, en el año 2001 para que un día pudiera despertarse con Cleo, pero accidentalmente fue reanimado cincuenta años demasiado pronto. Así, creó un mundo virtual donde él y Cleo pudieran tener un último encuentro. El esfuerzo necesario que ha realizado para introducirse en su creación informática acaba con él. Cuando Cleo llora su muerte y exclama “Necesito un poco de ayuda con esto, chicas”, Hel y Sarge se acercan a consolarla.

La serie se rodó en Auckland, Nueva Zelanda y, como hemos dicho, su presupuesto era, siendo
amables, modesto. Además, había que trabajar a toda prisa (en una semana se rodaban dos episodios a la vez) y ello se reflejaba especialmente en el aspecto general de los episodios y la calidad de los efectos especiales: decorados un tanto cutres, disfraces caseros, rayos y chispas del montón… Había, eso sí, algunos diseños elegantes en los sets de los corredores subterráneos, incluyendo hologramas y computadoras. Los guardias humanos -que parecían tropas de asalto imperiales de Star Wars- vigilaban los profundos pasadizos para que no se infiltraran ciborgs subversivos que trabajaban para los robots.
Las interpretaciones tampoco eran de premio. Christopher Graves, director de varios episodios, contó en una entrevista que el gusto por la vida nocturna de Jennifer Sky hacía que llegara al plató sin saberse sus frases, lo que causaba tensiones con sus compañeras de reparto y frustración en el equipo. Graves no tiene en cambio más que palabras de alabanza para Gina Torres (esposa del actor Laurence Fishburne y que más tarde participaría en otra serie de CF de culto, “Firefly”) ya por entonces una actriz con experiencia gracias a su participación en “Alias”, “Hércules” y “Xena”. Victoria Pratt, por su parte y parafraseando a Graves “llegó a conocer a varios miembros del equipo bastante bien. No le importaba decir las cosas claras cuando se trataba de apreciar a los hombres”. Tanto Gina Torres como Victoria Pratt insistieron en realizar sus respectivas escenas de acción. Ambas estaban en buena forma pero ello no les evitó llevarse una buena ración de rasguños, lesiones musculares, heridas leves y golpes durante la producción.
Con sus brillantes colores, “Cleopatra 2525” era una especie de comic-book intrascendente trasladado a la pequeña pantalla. Pero, sorprendentemente, recibió mejor acogida de lo que las críticas podían hacer pensar y en su primer año fue la serie que mejor acogida tuvo de entre las sindicadas (series independientes que son adquiridas por los canales locales de Estados Unidos para rellenar su programación). Las fans acudían a las convenciones vistiendo réplicas de los trajes de sus heroínas.

Los productores siempre habían tenido problemas para vender a las cadenas una serie de media
hora. Los posibles clientes no creían que en ese tiempo se pudiera contar una historia con un mínimo de solidez. La serie fue trasladada de horarios frecuentemente y, en consecuencia, era difícil, por no decir imposible, fidelizar a la audiencia. Como consecuencia, poco después de comenzar la segunda temporada, la serie vaciló en los ratings. Se tomó la decisión de ampliar la duración de los episodios -los seis últimos tuvieron 60 minutos-. Y aunque los espectadores respondieron favorablemente, “Cleopatra 2525” no pudo superar la dura competencia del mercado sindicado, en el que más y más compañías ofrecían series de una hora. Al final, tras 28 episodios, el programa fue cancelado en 2001, el mismo año que Cleo había sido hibernada. ¿Esperaremos todavía 500 años a que alguien la despierte?

1920- EL MONSTRUO DE METAL – Abraham Merritt

Escribí en una entrada anterior acerca de Abraham Merritt, un escritor pulp inmensamente popular en su momento pero cuyo nombre hoy ha quedado olvidado por buena parte de los aficionados al género. A comienzos del siglo XX, Merritt, junto a Edgar Rice Burroughs, escribió una serie de novelas de fantasía y ciencia-ficción que resultaron ser muy influyentes. Hablamos ya de “El Estanque de la Luna” (1918). El 7 de agosto de 1920 apareció en la revista “Argosy All-Story Weekly” la primera de ocho entregas de un relato titulado “El Emperador de Metal”.

La historia nos cuenta la expedición al Himalaya liderada por el Dr.Walter Goodwin, de la Asociación Internacional para la Ciencia, con la misión de encontrar especies raras de plantas (Goodwin había ya aparecido en la novela “El Estanque de la Luna”, por lo que podríamos decir que lo que tenemos aquí es una especie de secuela aunque perfectamente puede leerse de forma independiente)

La narración se presenta como un testimonio auténtico, una relación de acontecimientos que el doctor Goodwin contó a Merritt. En este sentido, el autor sigue la convención establecida por Burroughs para sus aventuras en Barsoom, si bien impregna su novela con un tono ominoso y amenazador. El terrorífico relato que refiere Goodwin es casi demasiado fantástico como para ser creído, pero Merritt sabe que es su deber revelárselo al mundo y que todos sepan el horrible destino del que sus protagonistas han conseguido escapar y la posibilidad de que existan peligrosas criaturas ahí fuera.

Un extenso soliloquio del Dr.Goodwin nos expone una visión lovecraftiana del Universo: cosmos inaprensible, misterios inquietantes, inimaginables distancias interestelares, temibles seres que se deslizan entre nosotros, que nos llaman sutilmente… Un largo y algo pesado discurso que trata de preparar al lector para las siniestras maravillas que encontrarán en el Himalaya los personajes (que incluyen a los exploradores e investigadores: Dick Drake y los hermanos Martin y Ruth Ventnor). A medida que se internan en las montañas descubren extrañas luces, huellas gigantes de pisadas y una violenta civilización que resulta ser heredera de los persas de los tiempos de Darío y Jerjes y que ponen a los exploradores en una situación difícil de la que son rescatados por una misteriosa y radiante mujer surgida de la nada.

La mujer se presenta a sí misma como Norhala y demuestra tener unos grandes poderes cuando se enfrenta a los persas. Con su voz convoca a unos grandes objetos metálicos de formas cambiantes que obedecen su voluntad, creando barreras protectoras y adoptando el aspecto de un gran guerrero gigante. Este es el monstruo metálico del título, un antecesor lejano del T-1000 de “Terminator 2” (1992). Su origen y misión, así como la explicación del resto de misterios que van saliendo al paso de los protagonistas –especialmente Norhala y la ciudad de seres metálicos que se esconde en uno de los profundos valles- forman el grueso del argumento.

Las criatura de metal de esta novela asombró en su momento a los lectores adolescentes que carecían de las duras conchas que décadas de historias de CF con robots han ido creando en nuestra capacidad de asombro. Para una generación que ha visto estallar artefactos nucleares, ha contemplado hambrunas y masacres por la televisión, maneja computadoras de última generación y lee con indiferencia las noticias de vehículos espaciales en Marte, los robots de Merrit no causan gran sensación. Es de justicia reconocer, no obstante, su influencia como fuente, directa o indirecta, de ideas para autores posteriores.(¡cuántos guerreros robóticos ha visto nacer desde entonces la ciencia-ficción!)

Considerado junto al “Estanque de la Luna” como el culmen de la obra de
Abraham Merritt, “El Monstruo de Metal” era el menos “romántico” de todos sus relatos. Quizá fue eso lo que apreció el propio H.P.Lovecraft cuando declaró tener en alta estima este libro en particular. En una carta escrita en 1934 alababa la presentación que hacía Merritt de un ser alienígena e inhumano así como las situaciones que se planteaban. Pero, al mismo tiempo, opinaba que los personajes eran tópicos acartonados propios de la literatura pulp más mediocre. Lovecraft veía en muchas de las historias de Merritt los mismos defectos que en las narraciones de otro clásico, Robert E.Howard. Para el maestro de terror, la cuidadosa elaboración de una atmósfera de creciente tensión era lo principal y la introducción de cualquier tipo de sentimentalismo no causaba más que distracción, diluyendo el impacto final.

Mezclar sexo, aventura y terror nunca fue un problema para Merritt y lo cierto es que le fue muy bien. A comienzos de los años treinta, ocupaba el sillón de editor del prestigioso “Atlantic Monthly” y su ficción se vendía tan bien que sus ingresos anuales tenían seis cifras. Y, sin embargo, hoy su nombre se ha visto relegado entre los amantes del género fantástico mientras que el de H.P.Lovecraft se ha agigantado y mitificado. Su crepúsculo, no obstante, estuvo lejos de ser rápido: desde 1918 hasta 1978 apenas pasó un año sin que una u otra de sus obras se reeditara; sesenta años que, sorprendentemente, lo pone casi al mismo nivel de Tolkien en cuanto a apreciación de su obra se refiere.

Novela que, a mi parecer, nunca debió haber pasado de su condición de relato corto es recomendable para amantes incondicionales de la ciencia-ficción pulp clásica. Aquellos a los que no hagan tanta gracia los signos de exclamación frecuentes y que no digieran bien el estilo gramatical arcaico y recargado construido alrededor de personajes sin más interés que el de servir de motor de una historia llena de revelaciones y aventuras, será mejor que busquen alguna otra cosa en la estantería.

jueves, 16 de febrero de 2012

2004- CENTURY CITY


“El Futuro está reunido” (“The Future is in session”). Esa era la frase publicitaria de esta serie televisiva que mezclaba el drama legal con la ciencia-ficción. Por desgracia, la deliberación de su jurado fue corta y la audiencia no llegó a un veredicto positivo.

“Century City” estaba ambientada en Los Angeles en el año 2030, un mundo donde un Mick Jagger rejuvenecido sigue interpretando sus canciones a los 87 años de edad, donde los refrigeradores programados avisan de cuándo se está acabando la leche y donde las almohadas imitan el ronquido del cónyuge ausente. Las máquinas de refresco pueden analizar las funciones corporales y preparar una bebida que satisfaga las necesidades nutricionales del cliente (sabe a demonios, pero qué le vamos a hacer, esto es el año 2030, no el Nirvana). También la sociedad ha cambiado: Oprah Winfrey es presidente, el vicepresidente es gay y Britney Spears y Jessica Simpson son figuras nostálgicas.

Y es precisamente en el conflicto entre la nueva sociedad de la futurista Los Ángeles, las nuevas tecnologías y los viejos problemas donde tiene lugar la acción de “Century City”. La serie se centra en un bufete de abogados, Crane, Constable, McNeil y Montero, profesionales apasionados por su trabajo, inteligentes y habilidosos a la hora de abordar las múltiples caras que presentan sus casos. Éstos se sustancian alrededor de preguntas incómodas: ¿debería un doctor trastear con embriones (que tienen un 95% de probabilidades de ser gay) sin que la pareja donante sospeche sólo porque teme que los homosexuales están siendo genéticamente eliminados por parejas con prejuicios? ¿Qué haces con un niño actor que tiene miedo de que la pubertad signifique su fin profesional y que exige productos químicos para prolongar su infancia? ¿Y una estrella del rock de 70 años que es expulsado de la banda porque ha envejecido mientras que sus excompañeros se someten a cirugía plástica y enzimas cromosómicas para conservar su antiguo vigor?
Creado por el escritor-productor de “Ley & Orden”, Ed Zuckerman, “Century City” tenía sólo seis personajes principales. Las personalidades de los abogados eran de lo más diversas. El cómico Darwin McNeil (Eric Schaeffer) está continuamente tratando de sacar tajada de situaciones que a menudo se vuelven en su contra. Hannah Crane (Viola Davis) es una joven y dura bogada negra que comenzó en el bufete impulsada por su espíritu altruista y un pesado fardo emocional (su propio padre le robó la infancia por su adicción al trabajo). Lee May Bristol (Kristen Lehman) es rubia y hermosa pero fría e infeliz por mucho que disfrute de un cuerpo genéticamente perfecto; lleva un “parche de la felicidad” tras la oreja que libera opiáceos cerebrales que le ayudan a sobrellevar sus pasadas rupturas sentimentales. Lukas Gold (Ioan Gruffudd) está casado, le gusta Lee May pero ello no le distrae de su trabajo. Tom Montero (Nestor Carbonell) es un antiguo político y Martin Constable (Hector Elizondo) es el veterano del bufete.

A pesar de la novedosa premisa de la serie, la CBS sólo llegó a emitir cuatro episodios en marzo de 2004 (y otros cinco de diciembre de ese año a enero de 2005). Con poca promoción por parte de la cadena y perdida en el torbellino de teleseries con abogados y policías (desde “Ley y Orden” hasta “CSI”), la competencia de otros programas bien establecidos resultó ser demasiado para poder sobrevivir en el despiadado mundo de las audiencias televisivas. Aunque contaba con ideas inteligentes, carecía del atractivo puramente visual que a menudo fascina a los aficionados a la ciencia-ficción, que prefirieron seguir viendo “Andrómeda” o “Stargate SG-1”.

Y es una lástima, porque “Century City” planteaba historias de moralidad y ley en el siglo XXI que permanecían fieles a la definición que de la CF dio Isaac Asimov: “esa rama de la literatura que se ocupa del impacto de los avances científicos sobre los seres humanos”. Efectivamente, se trataba de gente normal enfrentada a decisiones difíciles producto del avance de la ciencia sobre las relaciones individuales y colectivas.

Si se piensa bien, Los Ángeles del año 2005 no era tan diferente del de 1975, por lo que, aunque la acción transcurría en el 2030, no era necesario adoptar un aspecto visual radicalmente distinto. De hecho, inicialmente la serie se escribió ambientada en el 2050. Ya se habían rodado todos los episodios cuando alguien cayó en la cuenta de que aquello no parecía muy futurista, sobre todo porque el vestuario apenas había variado. Pero es que además, las noticias que iban apareciendo en la prensa cotidiana hacían que los dramas que se planteaban en la serie no resultaran tan propias de los tiempos por venir. Así que en el último minuto se decidió “trasladar” la acción tan sólo 25 años en el futuro, debiendo los actores doblar los episodios para reflejar ese cambio.

Pero el que estuviera ambientada más cerca o más lejos en el futuro era lo de menos, porque el auténtico atractivo de la serie provenía de los dramas cotidianos que planteaban: clones para servir de donantes de órganos, personalidades humanas digitalmente transferidas a ordenadores, una adolescente demandando a sus padres porque le habían inyectado un implante que monitorizaba todas sus conversaciones, violaciones virtuales…
A diferencia de otras series de drama legal cuyos episodios terminan con veredictos ambiguos y fríos, los abogados de Century City trabajan por lo que estiman es correcto y los jueces atemperan sus decisiones con compasión. A un chico mentalmente angustiado se le permite que borren de su mente los recuerdos de una madre abusiva para que así pueda comenzar una vida nueva; la adolescente que comentábamos arriba recibirá permiso para retirar el implante de vigilancia y recuperar su intimidad. En un episodio, un jugador de beisbol con un ojo biónico ha sido expulsado de las grandes ligas acusado de jugar con ventaja; sus abogados argumentan que es su habilidad y talento, y no su ojo electrónico, lo que determinarán la calidad de su juego. Como Martin Constable afirma: “¿Expulsaremos a continuación a los jugadores que llevan lentes de contacto o gafas?

Algunas veces, antiguas historias reciben un empuje en una nueva dirección. El tema del “esposo
que asesina a su mujer” tiene un enfoque diferente en un episodio en el que el marido es arrestado después de que la policía confirme que su ADN estaba presente en la pistola homicida. Nadie más podría haberla disparado. Pero resulta que lo que de verdad ocurrió es algo que podría suceder en el futuro cercano: la celosa amante del marido había buscado a su “gemelo” clonado, convenciéndolo para matar a la mujer. El ADN de ambos era idéntico. Incluso en “Century City” algunos motivos para asesinar son tan viejos como el hombre.

Se introdujeron también pequeños pero imaginativos detalles que indicaran que la acción transcurría en el futuro: alfombras que detectan el peso de las personas, sistemas de sonido que seleccionan música acorde al estado de ánimo de su dueño o electrodomésticos de cocina que elaboran automáticamente el guiso favorito del inquilino. Algunos de esos detalles “futuristas” de “Century City” ya están entre nosotros… o casi: aperitivos de tofu, píldoras anticonceptivas masculinas, computadoras que obedecen órdenes orales… Los ordenadores están por todas partes, como los paneles solares. La mayor parte de la serie transcurre en interiores y las secuencias de acción son inexistentes. Las reuniones con abogados a larga distancia se realizan a través de hologramas. Es un mundo dominado por y atrincherado en la tecnología.

Precisamente los efectos fueron una de las razones que llevaron a la cancelación de la serie. Y no por su calidad, sino por su coste. Efectivamente, los especialistas tenían que crear salas de tribunal virtuales, holo-habitaciones, hologramas flotantes… y todo aquello no solo era caro, sino que consumía mucho tiempo. Dado que sólo se rodaron nueve episodios, no hubo tiempo para desarrollar procedimientos que permitieran abaratar costes y acumular experiencia.

“Century City”, a pesar de su breve trayectoria, consiguió plantear algunos dilemas morales poco
frecuentes en otras teleseries de dramas legales. Como suele ser habitual en la CF, la tecnología no se presenta como algo netamente bueno o malo. Todo depende del uso que le demos. Todos los avances tecnológicos nos ofrecen ventajas y comodidades, pero también la posibilidad de abusos. “Century City” trataba de profundizar en esa problemática, obteniendo sus mejores resultados cuando había un contenido político en la historia –por ejemplo, el episodio sobre la selección genética del sexo y atributos de los embriones, no exactamente el mismo debate que suscita el aborto, pero muy próximo-. Aunque los efectos especiales no eran particularmente brillantes, el tema central sobre tecnología y evolución, legal y moral, tenía bastante interés. Quizá en 2030 alguien volverá a revisar aquellos nueve episodios y comprobará lo cerca que se quedaron del auténtico futuro.

1989- LAS ALUCINANTES AVENTURAS DE BILL Y TED – Stephen Herek

Bill Preston (Alex Winter) y Ted Logan (Keanu Reeves) son dos buenos amigos cuya falta de talento no les impide soñar con convertirse en músicos de heavy metal. Su nulo rendimiento estudiantil les va a merecer una expulsión de la escuela a menos que consigan aprobar un examen de historia. La noche anterior a la prueba reciben la visita de Rufus, un misterioso individuo que proviene de un futuro utópico en el que la música de Bill y Ted ha sido adoptada como una especie de guía espiritual. La misión de este viajero temporal consiste en dejarles una máquina del tiempo en forma de cabina de teléfono para que puedan retroceder en el tiempo y reunir varios personajes históricos relevantes que les permita superar con éxito el examen.

La película tiene pocas virtudes. Una de ellas es que no engaña. Está claramente dirigida a un público adolescente con pocas luces y un sentido de humor cutre. Comedia enloquecida, sus logros puntuales están ocultos por unos diálogos y un desarrollo incoherente y cargante. Cuando los protagonistas consiguen “recolectar” a los personajes históricos y transportarlos a la California de finales de los ochenta del siglo XX, aquéllos acaban metidos en extravagantes irreverentes situaciones no carentes de humor absurdo: Juana de Arco dirigiendo una clase de aerobic, Napoleón descubriendo lo que es un helado en un típico establecimiento para adolescentes o Beethoven admitiendo que “Slippery When Wet” de Bon Jovi es una de sus piezas favoritas. Cuando un policía pregunta a Sigmund Freud “¿Por qué está usted tan seguro de que es Freud?”, éste le contesta con naturalidad: “¿Y por qué está usted tan seguro de que no lo soy?”. La perla final, claro, es cuando los memos protagonistas descubren que su música creará en el futuro una filosofía que contribuirá a unir a la humanidad, los animales y varios cientos de otras formas de vida del Universo.

Alex Winter y Keanu Reeves cumplen perfectamente su papel de atontados adolescentes con problemas familiares y sin el más mínimo interés académico. En particular, la película sirvió como trampolín a Keanu Reeves, que protagonizaría en el futuro otras películas de ciencia-ficción más serias y destacables, si bien no puedo decir que su calidad interpretativa mejore respecto a esta.

“Las alucinantes aventuras de Bill y Ted” formó parte de la ola de películas que, a mediados de los ochenta y a la sombra del éxito de “Regreso al Futuro” (1985), mezclaban el viaje en el tiempo y las referencias a la cultura popular en una trama en la que las costumbres y gustos adolescentes contemporáneos conquistaban y relajaban las estrictas reglas sociales de tiempos pasados

La película obtuvo tanto éxito que en 1991 se rodó una secuela, “El viaje alucinante de Bill y Ted”, seguida por dos series de televisión, una de animación (“Bill and Ted´s Excellent Adventures”, 1990) y otra (con el mismo título, 1992) de acción real particularmente horrible en la que el dúo de actores original era sustituido por Christopher Kennedy y Evan Richards. Marvel Comics editó una colección (“Bill and Ted´s Excellent Comic Book) e incluso se comercializaron varios video juegos basados en los personajes. Últimamente se amenazaba con producir una secuela o remake.

martes, 14 de febrero de 2012

1920- LA GENTE DE LAS RUINAS – Edward Shanks


Edward Shanks fue un autor inglés que se aplicó en los más diversos campos literarios: novela, poesía, crítica literaria y periodismo, además de trabajar como editor de una publicación. “The People of the Ruins” fue, sin embargo, su única incursión en el género de la ciencia-ficción.

Como “La plaga escarlata” (1912) de Jack London, esta pesimista novela explora el agudo declive de la civilización occidental. En el transcurso de una huelga en el Londres de 1924, el protagonista, Jeremy Tuft, un “investigador de Física”, queda accidentalmente congelado por un rayo experimental de animación suspendida. Despierta 150 años después para encontrarse en una monarquía de estilo medieval. No sólo sus compatriotas han olvidado la mayor parte de su pasado (en el que una revolución proletaria mundial llevó a la hambruna y el colapso generalizado de todas las instituciones), sino que no sienten gran interés por él.

“La gente de las ruinas” es la otra cara de la moneda de novelas clásicas en las que se presentaba un futuro brillante, utópico: “El año 2000: una mirada retrospectiva” (1888), de Edward Bellamy, o “Cuando el durmiente despierte” (1899), de H.G.Wells. En todas ellas, un individuo despertaba tras un prolongado letargo para encontrar un futuro mejor que el que había dejado atrás y en el que la tecnología jugaba un papel fundamental a la hora de facilitar la vida de los ciudadanos.

Sin embargo, aunque al principio se encuentra desconcertado por el fracaso absoluto de lo que en su propio tiempo parecía un sistema válido que permitía progresar técnica y socialmente, Tuft pronto llega a la conclusión de que esa vida post-civilizada es, en realidad, más sencilla, más pacífica y más segura: “solíamos pensar que estábamos al borde de un precipicio: cada hombre individualmente y todos en conjunto, vivían sumidos en la ansiedad”. En este sentido, “La gente de las ruinas”, a pesar de su argumento forzado y sus personajes simplistas, merece un comentario como ejemplo temprano de “catástrofe benigna” que luego tantos autores desarrollarían con más talento y lirismo. De hecho, la historia de Shanks es bastante aburrida hasta que las salvajes tribus inglesas del norte se alían con los galeses e invaden Londres.

Este libro, inicialmente serializado, fue producto, como tantos otros, de la gran actividad que desarrolló la CF gracias a la expansión editorial de publicaciones periódicas y que llegó a su límite cuando éstas superaron su fase experimental y descubrieron que otros géneros eran mucho más populares entre el gran público. Además, la Primera Guerra Mundial dio el golpe de gracia. El amargo legado del desencanto dejado por la guerra duró mucho más que los combates y se reflejó de forma obvia en anticipaciones tan extremas de la destrucción de la civilización por la guerra como este relato. Aunque estos escritores de gran ambición temática que sobrevivieron a la guerra trataron de continuar su trabajo en la CF, se encontraron con problemas. La hostilidad hacia el género no se suavizaría hasta los años treinta.

sábado, 11 de febrero de 2012

1920- UN VIAJE A ARTURO – David Lindsay

Esta novela continua siendo relativamente desconocida, aunque tiene fans que la alaban de forma entusiasta. Se trata de una historia que se ajusta al arquetipo que podríamos denominar “Camino del Peregrino” (aunque Lindsay, como Tolkien, repudiaba la alegoría), en la que el protagonista avanza poco a poco y a través de pruebas diversas hacia la comprensión de la naturaleza espiritual del cosmos.

Maskull es un hombre de los años veinte que se ve transportado al planeta Tormance, un mundo en la constelación de Sirio. Allí despierta con su cuerpo transformado en el de un alien humanoide, embarcándose inmediatamente en una serie de aventuras pintorescas y atropelladas. En su periplo intervienen, entre otros, dos seres extraterrestres, Muspel y Crystalman, espíritus de tipo dualista bien/mal: Muspel es la fuente de la luz espiritual mientras que Crystalman rompe esa luz en fragmentos materiales. Lindsay dramatiza estos fragmentos (equivalentes al mundo material y más concretamente a “nosotros”) como “corpúsculos verdes” parecidos a gusanos que se esfuerzan por alcanzar a Muspel pero “demasiado débiles y diminutos para hacer algún progreso”, “bailando contra su voluntad” al ritmo que marca Crystalman, en un proceso en el que “sufren una espantosa vergüenza y degradación”. El libro termina con un Maskull transfigurado que reconoce que sólo a través del dolor se puede conseguir escapar del tormento generado por Crystalman.

El lector va pasando de una metáfora a otra mientras sigue el viaje de Maskull por diferentes tierras que encarnan sistemas filosóficos o estados mentales, desarrollando y perdiendo nuevos apéndices, encontrando que sus pensamientos, creencias y visión de la vida cambian de forma similar a la manera como nuestros sueños nocturnos se funden unos con otros. Precisamente, una forma –y no la única- de leer “Un Viaje a Arturo” es como si fuera un sueño, una narración que hace uso de la imaginería propia del mundo onírico para reflexionar sobre cuestiones filosóficas: qué significa ser humano, cuál es la naturaleza de la realidad y cuán mutables son nuestras interpretaciones del bien y el mal. El protagonista es un personaje hueco, sin personalidad: confuso y aferrado a sus antiguas creencias, simboliza la búsqueda del auténtico conocimiento que pueda llenar el alma otorgándole comprensión.

“Un viaje a Arturo” es uno de esos libros que o amas u odias. Algunos lectores encuentran sus
retorcidas complejidades frustrantes y autoindulgentes; para otros, se trata de una revelación intuitiva y elocuente sobre la verdadera naturaleza de la vida. Sea como fuere, está claro que no fue escrito con ánimo de contentar a las masas. Novela situada en la difusa frontera entre fantasía y ciencia-ficción, su adscripción a la segunda viene dada por su inclusión de viajes interplanetarios, aventuras en lejanos planetas y aparición de seres alienígenas. Pero además del cultismo que la integra en el movimiento Modernista, no hay duda de que tiene abundantes elementos que lo acercan a la fantasía pura: sus barrocas peripecias sin justificación racional, los extraños personajes y estrafalarias conclusiones conforman una mitología privada, un ethos y una autocontemplación mística que valora la mortificación de la carne. El lector a menudo se siente incapaz de diferenciar lo que es real o no en la novela, empapándose de una sensación etérea, onírica, que emana tanto de las situaciones expuestas como de la prosa utilizada

Es fácil decir que el reiterado desagrado de Lindsay por el deseo sexual y su fetichismo por la “pureza” (“abrasadoras chispas espirituales aprisionadas en una horrenda pasta de suave placer”), junto a su creencia de que la vida es dolor (un dolor, además, que debe ser soportado e incluso celebrado) son sencillamente repelentes. Otros pueden encontrar estas ideas no sólo tranquilizadoras sino profundas, una mirada al sustrato espiritual que subyace en el cosmos.

Aunque no es difícil reconocer aquí una alegoría de la mitología cristiana, el sentido de su elaborado simbolismo es más oscuro. El enigmático Maskull puede ser Jesús, pero también el Anticristo. El planeta Tormance bien podría ser el cielo, aunque también el infierno. Y todos los intervinientes tienen una naturaleza dual. Si bien las intenciones de Lindsey no son fáciles de entender, sus orígenes sí lo son. Nacido y educado en una estricta ética calvinista, estuvo también influido por Nietzsche, un choque de ideas contradictorias que dio origen a la base de su exploración literaria acerca de la moralidad, la filosofía y el sentido de la vida. Sus conclusiones no son optimistas, lo que no debería sorprendernos dado que escribió este libro en las postrimerías de la catastrófica Primera Guerra Mundial.

Ciertamente, esta novela no se parece a ninguna otra: un trabajo de extraordinaria aunque poco convencional grandeza mítica y poética. Su singularidad, que a la larga aseguraría su pervivencia, también fue la causa de su fracaso inicial. Los lectores no supieron cómo interpretar lo que leían y el resultado fue que “Un viaje a Arturo” sólo vendió 596 copias cuando se publicó por vez primera. Lindsey murió en 1945 sin que su carrera como escritor hubiera despegado jamás, pero su obra sigue aquí, alabada como un relevante mojón en el camino de la fantasía y la ciencia-ficción contemporáneas, acumulando más ediciones que muchos de sus prolíficos y populares colegas que trabajaban para las revistas pulp. Veinte años después de la publicación de este libro, JRR Tolkien siguió los pasos de Lindsey y reconoció su deuda con ese escritor.

Casi un siglo después de su aparición, no es fácil recomendar “Viaje a Arturo”. Trabajos como estos, que desafían una definición convencional, pueden gustar a lectores que busquen algo diferente. Quien quiera leer algo extraño, retorcido, onírico y exigente, puede intentarlo. Aquellos cuyos gustos se decanten más por novelas en las que exista una progresión narrativa definida, pueden sentirse decepcionados por una obra en la que no hay forma de predecir lo que va a suceder cinco páginas más allá y en la que resulta muy complicado ordenar todas las piezas de una forma coherente.