(Viene de la entrada anterior)
Las cosas se vuelven mucho más interesantes y entretenidas -al estilo de la ciencia ficción pulp, claro- en “El Retorno de Sathanas”; y no, no es ninguna coincidencia que ese nombre se parezca al del ángel caído de la tradición cristiana. Nuestro narrador, Mutan, está de vuelta. Han pasado miles de años y ahora él forma parte de la Patrulla Nor del Imperio del mismo nombre, con la misión de recuperar a Sathanas, aquel titán que se volvió malvado tras sufrir un envenenamiento mental provocado por el Sol. Durante la persecución, Mutan se ve envuelto en una guerra entre los Aesir (humanos) y los gigantes Jotun (sí, conceptos tomados de la mitología nórdica). Sathanas captura a Mutan y a Arl, con la intención de aplicar sobre ésta unos rayos de crecimiento y así poderse aprovechar de su conocida maestría en las técnicas del placer y convertirla en el espécimen supremo de las esclavas sexuales con las que trafica.
Las
notas al pie mencionan explícitamente a Charles Fort en varias ocas
iones y
sugieren a menudo que los “deros” empleaban tecnología para engendrar horrores
en nuestro mundo de la superficie. Entre estas ideas figura una sugerencia
bastante macabra -especialmente para un relato de 1946-: que los guardias de
los campos de concentración nazis actuaban bajo la influencia de los “deros”
para conseguir carne humana destinada a satisfacer las necesidades caníbales de
estos últimos.
Lo que escribieron Shaver, Palmer, Geier y otros colaboradores en este ciclo literario debió de parecerles real y convincente, lo cual, supongo, nos dice algo sobre la condición humana. Palmer, como he dicho, llevaba tiempo interesado en el ocultismo y los fenómenos forteanos. Con el ciclo del “Misterio de Shaver”, tuvo la oportunidad de hacer algo que quizá se había intentado antes, pero no a lo largo de todo un género, ni número tras número y año tras año de publicación de una revista: difuminar las fronteras entre la ciencia ficción y lo que se presentaba como hechos reales.
¿Eran
realmente ficticias las historias del “Misterio de Shaver”? El propio Shaver
habría dicho que no. Pero entonces ¿eran hechos reales? Los detractores del
autor estaban igualmente convencidos de que no lo eran. Incluso si fueran
hechos reales -incluso si describieran algo que pudiera calificarse de “verosímil”-,
¿dónde residía esa realidad? ¿Estaba en el mundo exterior y objetivo, o existía
únicamente en las cavernas de la mente? Y si este último era el caso, ¿significaba
eso que era, de algún modo, menos real? ¿O acaso la mente alberga una realidad
igual o incluso mayor que la del mundo real? ¿Quizá los términos “ficción” y “realidad”
resultan inadecuados en este caso? Richard Shaver sufría delirios. Al parecer,
miles de lectores también. Quizás mantener un delirio psicológico sea una
respuesta humana natural ante un mundo incomprensible y a menudo cruel. Sea
como fuere, los lectores de ciencia ficción acabaron cansándose del Misterio de
Shaver o rechazándolo, y así llegó a su fin. ¿O tal vez no?
Y es
que ese delirio fue recuperado y reformulado en escritos posteriores sobre
ocultismo y fenómenos extraños, adoptando formas de ficción, no ficción, pseudoficción
y pseudo-no-ficción. Los escritos sobre el fenómeno ovni -relatos de
avistamientos, encuentros, accidentes, contactados, abducidos, relaciones
sexuales con alienígenas, conspiraciones e invasiones extraterrestres-
constituyen un ejemplo perfecto. Hoy en día hay personas, por ejemplo, que
creen que unos alienígenas reptilianos controlan la Tierra o intentan tomar el
control. La mayoría de la gente se burlaría de esa idea, aun cuando muchos sí creen
que los ovnis son naves espaciales pilotadas por alienígenas llegados de
sistemas estelares lejanos. Del mismo modo, hay gente que recorre los bosques
en busca de un Big Foot, convencidos de que esas criaturas existen pero, sin
embargo, consideran ridículo que otros crean en el Hombre Polilla.
Existe
también, por supuesto, esa religión surgida de la ciencia ficción y que conocemos hoy como Cienciología. Ésta, al igual que Richard Shaver, se opone
radicalmente a la psiquiatría y sostiene -también como Shaver- que unos
alienígenas llegaron a la Tierra hace una eternidad y que las consecuencias de
sus actos aún son visibles. Hoy en día hay muchos menos adeptos a la
Cienciología que en su época de mayor auge, pero el delirio persiste.
Por último, el “Misterio Shaver” introdujo en la ciencia ficción un nuevo factor de continuidad, de mayor envergadura que la intentada anteriormente y con una naturaleza forteana. Ya existían elementos forteanos en la ciencia ficción y la fantasía antes de 1945, pero una vez que penetraron en esos géneros a través de Ray Palmer, nunca volvieron a salir o, al menos, no lo hicieron durante las décadas posteriores. La explotación del fenómeno ovni por parte de Palmer se encargó de garantizarlo.
Los aficionados
a la CF parecen despreciar mayoritariamente el “Misterio Shaver” y todo lo que
lo rodea. También tienen opiniones negativas sobre Raymond Pal
mer. Sin embargo,
el concepto forteano-palmeriano de continuidad apareció en otros ámbitos, y no
solo en “Amazing Stories” y “Fantastic Adventures”. En mayo de 1950, John W.
Campbell Jr., el célebre editor de la prestigiosa “Astounding Science Fiction”,
publicó un extracto de un nuevo libro titulado “Dianética”. Escrita por el
autor de ciencia ficción L. Ron Hubbard, no era un texto de ese género, pero
tampoco un ensayo científico. Al igual que el “Misterio Shaver” y los platillos
volantes, tampoco llegaba a ser exactamente un engaño. “Dianética” podría
describirse más bien como pseudociencia o pseudopsicología. Como ocurre con el Mantong
y “¡Yo Recuerdo Lemuria!”, se trata de una obra que pretende ofrecer una “perspicacia, erudición o conocimiento
extraordinarios”. Pero también es un delirio que alcanzó grados mayúsculos
cuando se metamorfoseo en la pseudorreligión de la Cienciología. Así pues, no
es ficción ni no ficción, pero al mismo tiempo es ambas cosas y algo más. Es
imposible determinar dónde termina una cosa y empieza la otra.
J
ohn W.
Campbell fue un convencido incondicional de la Dianética, pero para ello, tuvo
que ignorar la línea divisoria entre ficción y no ficción, entre ciencia y
pseudociencia. En otras palabras, habría tenido que adoptar una continuidad de
corte “forteano”. Ray Palmer opinaba que Campbell ya había hecho precisamente
eso al publicar la novela de Eric Frank Russell titulada “Barrera Siniestra”,
aparecida íntegramente en el número de marzo de 1939 de la revista “Unknown”.
Campbell, y esto es revelador, llegó incluso a cambiar el título de su revista
en 1960, pasando a llamarla “Analog Science Fiction and Fact”.
Por la
razón que fuera, en la posguerra, los fenómenos forteanos y el concepto
forteano de continuidad echaron raíces en la ciencia ficción. El ciclo de Shaver,
al tratar sobre demonios y condenación, paranoia y dolor, no podía ofrecer
realmente un sistema de creencias duradero y convincente ni la posibilidad de
una salvacion para una humanidad desesperada y anhelante. Nada de esto debería
sorprender si tenemos en cuenta que Shaver era un materialista convencido. En
su universo no había Dios. Pero la llegada de los platillos volantes fue otra
historia. De repente, ahí estaban: mensajeros del cielo, dioses y ángeles que
venían a ofrecernos la salvación. Eran nuestros hermanos cósmicos -como en las
visiones de George Adamski y otros ufólogos de su misma índole- y, en calidad
de tales, nos brindaban la oportunidad de construir un mundo mejor, la
posibilidad de alcanzar una visión más elevada de nosotros mismos y realizarnos
plenamente. Ese fue -y sigue siendo- el sistema de creencias más cautivador
surgido de la ciencia ficción de las décadas de 1940 y 1950. Podría decirse que
el “Misterio Shaver” no fue más que un ensayo para una tarea mayor.
¿Y qué
fue del propio Shaver? Durante los años cincuenta, el interés del público por
sus escritos decayó, pero él siguió buscando pruebas de la existencia de una
gran civilización desaparecida. Hacia 1960, mientras vivía en una zona rural de
Wisconsin, formuló una hipótesis que lo obsesionaría durante el resto de su
vida: algunas piedras eran en realidad libros antiguos, diseñados y fabricados
por habitantes de un pasado remoto mediante una tecnología superior a
cualquiera de las conocidas en la actualidad. Shaver aseguraba distinguir en
aquellas piedras, a las que denominaba “rock books”, complejas imágenes que se
revelaban desde distintos ángulos y niveles de ampliación, distribuidas por
todas sus capas. También afirmaba reconocer símbolos gráficos y caracteres
escritos.
Frustrado
porque la tecnología necesaria para descifrar por completo aquellos
supuestos
libros se había perdido con el paso del tiempo, Shaver intentó hacer visible al
menos una parte de su contenido. Al principio, dibujaba y pintaba las imágenes
que creía encontrar en las rocas, utilizando técnicas propias para proyectar
fragmentos de estas sobre cartones o tablones de madera. También realizaba
fotografías convencionales en blanco y negro con película de 35 mm, en las que
solía incluir una regla o una moneda para indicar la escala. En ocasiones,
coloreaba las copias fotográficas con rotuladores para destacar determinadas
figuras.
Acompañaba las imágenes con textos mecanografiados en los que describía las piedras, interpretaba sus motivos, explicaba sus métodos fotográficos y expresaba su decepción ante la falta de interés de los círculos académicos y de la prensa por sus descubrimientos.
En
1963, Shaver y su esposa, Dorothy, se trasladaron a Summit, Arkansas, donde
instaló el Rock House Studio en su pequeña propiedad. Allí, además de pintar,
revelaba e imprimía fotografías. Durante sus últimos años, fue abandonando
progresivamente la pintura en favor de la fotografía, quizá porque consideraba
que el público interpretaba sus cuadros como productos de su imaginación, en
lugar de aceptarlos como reproducciones objetivas de artefactos antiguos.
En su estudio
también produjo pequeños libros en papel, algunos ilustrados con dibujos o
collages de fotografías de las piedras, que imprimía con ayuda de una imprenta
local. Llegó a planificar hasta veinte cuadernillos, aunque solo se conocen
cinco publicados, además de un folleto dedicado a las llamadas “piedras
artísticas antediluvianas”. Entre esos títulos figuraban “Giant Evening Wings”,
que describía enjambres de murciélagos simiescos que amenazaban a las antiguas
amazonas; “Blue Mansions”, centrado en los pueblos marinos; y “The Vermin from
Space!!!”, una visión sombría que combinaba los libros de piedra, el control
mental y los avistamientos de platillos volantes.
El “Misterio Shaver” ocupa un lugar incómodo, pero significativo, en la historia de la ciencia ficción. Como literatura, los relatos de Richard Shaver distan de ser obras maestras: su prosa es irregular, sus argumentos pueden resultar tediosos y sus ideas se pierden con frecuencia entre explicaciones pseudocientíficas, fantasías esotéricas y especulaciones difícilmente coherentes. Sin embargo, reducir el fenómeno a las extravagancias de un autor y a la credulidad de su editor supondría ignorar lo que lo hace históricamente interesante. Shaver y Raymond Palmer exploraron una frontera que la ciencia ficción nunca ha dejado de frecuentar: aquella en la que la imaginación especulativa se confunde con la voluntad de creer, y en la que una ficción acaba proporcionando explicaciones a quienes consideran insuficiente, hostil o incomprensible la realidad que los rodea.
La
importancia del ciclo no reside tanto en sus deros, teros o civilizaciones
subterráneas como en la manera en que contribuyó a consolidar una sensibilidad
forteana dentro de la cultura popular. A partir de ahí, las cavernas de Shaver
pudieron transformarse en platillos volantes, los antiguos habitantes de la
Tierra en visitantes extraterrestres y las conspiraciones subterráneas en
relatos sobre poderes ocultos que manipulan a la humanidad. Cambiaron los
escenarios y los protagonistas, pero persistió la misma estructura mental:
detrás de la realidad cotidiana existiría otra, secreta y extraordinaria, capaz
de explicar aquello que la ciencia, las instituciones o el sentido común no
consiguen resolver. La posterior difusión de la ufología, las teorías
conspirativas y diversas formas de pseudociencia demuestra que esa estructura
sigue encontrando nuevos públicos.
Quizá por eso el legado de Shaver resulta más revelador cuando dejamos de preguntarnos si sus historias eran verdaderas y examinamos qué necesidad satisfacían en quienes las aceptaban como tales. En una época marcada por la guerra, la bomba atómica y la incertidumbre ante un futuro dominado por tecnologías cada vez más poderosas, imaginar que una inteligencia oculta dirigía los acontecimientos podía ser tan aterrador como tranquilizador: al menos, el caos respondía a una voluntad y el sufrimiento tenía una explicación. La ciencia ficción ofrecía un lenguaje con el que explorar esos temores, pero el Misterio Shaver fue un paso más allá al presentar la imaginación como testimonio y la especulación como revelación.
Esa es, en última instancia, la paradoja de Richard Shaver. Su obra contribuyó a desacreditar la ciencia ficción ante parte de sus lectores y, al mismo tiempo, ayudó a ampliar los límites de lo que podía circular bajo su nombre. Su legado no es el de un visionario cuyas afirmaciones debamos recuperar como verdades olvidadas, sino el de una figura trágica que expuso la permeabilidad entre ficción, creencia y pseudociencia. Las cavernas que describió nunca existieron fuera de sus relatos; sin embargo, la necesidad humana de buscarlas, de poblarlas con enemigos invisibles y de atribuirles el control de nuestro destino continúa muy presente. Tal vez el verdadero Misterio Shaver no sea qué se oculta bajo la superficie de la Tierra, sino por qué seguimos imaginando que, bajo la capa de la realidad, alguien conoce respuestas que nosotros ignoramos.

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