miércoles, 8 de mayo de 2019

1983- EL DÍA DESPUÉS – Nicholas Meyer



A comienzos de los años ochenta del pasado siglo, la paranoia nuclear había repuntado hasta un nivel no visto desde la Crisis de los Misiles de Cuba. La Unión Soviética había invadido Afganistán en 1979, aumentando de nuevo las tensiones entre las dos superpotencias de la época. La elección de Ronald Reagan como presidente de los Estados Unidos en 1980, un conservador de línea dura que en sus discursos se refería a la Unión Soviética como “El Imperio del Mal”, sólo hizo cundir aún más el pesimismo entre aquellos que temían la posibilidad de una guerra termonuclear. Incluso Prince, el rey del pop, cantaba por entonces “Everybody´s got a bomb, we could all die any day”. Ese sentimiento de absoluta indefensión ante una destrucción tan global acabó filtrándose una vez más a la ciencia ficción que, después de una década, los setenta, en la que el miedo atómico había quedado hasta cierto punto marginado por otros temas como la superpoblación, la crisis económica o el deterioro del medio ambiente, volvió a retomar el subgénero con fuerza.



De la misma forma que en los sesenta habían podido verse películas como “La Hora Final(1959), “Pánico Infinito” (1962), “Punto Límite” (1964) o “Teléfono Rojo, ¿Volamos Hacia Moscú?”, en los ochenta se emitieron muchas producciones televisivas sobre el mismo tema, como “Testamento” (1983), telefilm reconvertido para su exhibición en salas de cine; “Special Bulletin” (1983), otra película para la televisión con un formato de falso documental; o, ya en el cine, “Juegos de Guerra”, sobre un hacker adolescente que a punto está de desencadenar la guerra nuclear. En Inglaterra aparecieron producciones como el devastador telefilm “Threads” (1984), la miniserie “Rules of Engagement” (1989) o la película de animación “Cuando el Viento Sopla” (1986). Y, por supuesto y de vuelta en Estados Unidos, “El Día Después”, quizá la que más humo levantó.

Como telón de fondo en la vida cotidiana de una serie de personajes residentes en Kansas (un cirujano, un granjero y su familia, un estudiante de medicina, un soldado que trabaja en un silo de misiles…) las noticias en los medios van dando testimonio del incremento imparable de la tensión geopolítica entre Estados Unidos y la Unión Soviética en el escenario europeo, concretamente en la entonces dividida Alemania. Finalmente, estalla la guerra nuclear y varios misiles impactan en Kansas y sus alrededores causando una
devastación y mortandad inmensas. En los días y semanas que siguen, los supervivientes tienen que enfrentarse a la escasez de agua potable y alimento además de los horrores del envenenamiento por radiación mientras las autoridades luchan por hallar la forma de atender al incontable número de heridos, deshacerse de los cadáveres, repartir provisiones y eliminar las capas tóxicas del suelo para poder reanudar la labor agrícola, más necesaria ahora que nunca.

“El Día Después” fue originalmente concebido como un telefilm para la ABC, dividido en dos emisiones en noches consecutivas, que prometía representar los horrores del apocalipsis nuclear sin guardarse nada en la recámara. Pero cuando empezaron a filtrarse los temas que iban a abordarse en la historia y la dureza de su tono, los anunciantes empezaron a retirarse con el consiguiente pánico entre los ejecutivos de la cadena, que se plantearon seriamente anular la emisión. En su favor hay que decir que
finalmente decidieron programarla –eso sí, en una sola noche, recortada y sin insertar ninguna interrupción publicitaria en la última media hora-. Pues bien, en una nueva demostración de lo poco que conocen los ejecutivos y anunciantes al público objetivo, en lugar de ahuyentar a la audiencia, ésta fue elevadísima. Emitida en noviembre de 1983, fue vista por más de 100 millones de personas, el 46% de los hogares norteamericanos. Todavía hoy está considerado como el telefilm dramático más visto de la historia de la televisión americana (miniseries excluidas).

Su emisión vino acompañada por una campaña destinada a darle al producto una relevancia de la que artísticamente, como comentaré, carecía. Así, se justificó la ausencia de publicidad diciendo que la importancia y seriedad de la película así lo exigía; la ABC preparó líneas de teléfono gratuitas para calmar a la gente durante y después de la emisión; e inmediatamente después de que ésta finalizara se programó un debate especial en directo en el que participaron Henry Kissinger, Robert McNamara, Carl Sagan y el escritor conservador y apologista de la disuasión nuclear William F.Buckley. Fue en el curso de este acalorado debate cuando Sagan presentó al mundo su concepto de “invierno nuclear”. Muchas escuelas americanas incluyeron la película en sus programas escolares y fuera de Estados Unidos se estrenó en los cines.

El presidente Ronald Reagan disfrutó de un pase privado en la Casa Blanca. Aunque se ha confirmado que el político y su gabinete quedaron bastante afectados por la representación del holocausto nuclear, las consecuencias que muchos derivan de aquello son más dudosas. Por ejemplo, se dijo que la película contribuyó a que Estados Unidos y la Unión Soviética firmaran el Tratado de Reykjavik tres años después para el desarme parcial en Europa (en realidad este acuerdo llevaba gestándose ya algún tiempo). Tampoco parece muy plausible que Reagan escribiera a Meyer una carta confesando que “El Día Después” había tenido influencia en los tratados armamentísticos. Otra información apunta a que después de verla, Reagan mandó a Nicholas Meyer un montón de notas indicándole cómo debía editarla de nuevo.

Por desgracia, “El Día Después” no consigue estar a la altura de la polémica y expectación que provocó. Para empezar, ya en 1965, “El Juego de la Guerra”, un falso documental sobre un holocausto nuclear producido por la BBC, había tocado exactamente los mismos temas y afrontado la mismas resistencias por parte de los cautelosos ejecutivos de la cadena. Y lo hizo causando un impacto más profundo y suscitando mayor temor en el espectador.

“El Día Después” fue dirigida por el también novelista Nicholas Meyer, que previamente había
firmado la interesante fantasía de viajes temporales “Los Pasajeros del Tiempo” (1979) y luego obtenido un gran éxito con “Star Trek II: La Ira de Khan” (1982). Mientras que estas dos películas demostraron el talento de Meyer a la hora de construir personajes sólidos y crear tensión dramática, “El Día Después” decepciona por lo superficial que resulta. De hecho, es el film más mediocre de la carrera de Meyer. La dirección se nota apresurada y el guión (a cargo del veterano de la televisión Edward Hume) está mal escrito, cae a menudo en lo sentimental y se apoya en personajes muy huecos cuyas historias sólo están esbozadas. Puede que parte del problema tuviera que ver con la salud del propio Meyer. Empezó a sufrir síntomas de gripe aguda durante el rodaje pero los médicos no pudieron encontrar el origen de aquéllos y al final diagnosticaron una depresión grave, que Meyer achacó a tener que sumergirse tan profundamente en los horrores de una guerra nuclear.

La película suaviza y limita bastante lo que sería un holocausto nuclear, tanto en intensidad como en alcance geográfico. Cuando empezó la producción estaba previsto que la secuencia de la caída de las bombas fuera más larga y mucho más gráfica y precisa científicamente, con planos de lo que le ocurriría realmente a un cuerpo humano durante la explosión. Se verían personas en llamas, carne carbonizada hasta el hueso, ojos que se funden, rostros desfigurados, piel colgando, miembros arrancados por los escombros y gente asfixiándose en los refugios durante la ola de fuego. Al final, se consideró que esto era
demasiado para un programa televisivo y se cortó (de las cuatro horas iniciales se dejó en dos y media); destino que también corrieron imágenes de envenenamiento radioactivo o secuencias más explícitas de la violencia posterior al ataque, con los supervivientes matándose por la comida.

Aún así, Meyer pone en escena momentos muy impactantes, como la degradación física de los personajes a causa de la radiación; cuando la joven en el refugio de la granja se abalanza enloquecida a besar al estudiante que ha buscado abrigo allí y la cámara retrocede para mostrar que la familia está observando el patético instante; ese plano que va abriéndose para enseñar todo un polideportivo lleno de heridos y moribundos; o los momentos de las detonaciones nucleares y cómo incineran y desintegran a la gente. Sin duda, la película resulta impresionante por lo que
muestra, pero no emocionante por el drama de los personajes.

Por otra parte y tal y como los créditos finales subrayan, el desastre real fruto de un ataque nuclear sería mucho peor que el mostrado en pantalla (en este sentido, una de las escenas más a menudo ridiculizadas por los puristas es aquella en la que el cirujano interpretado por Jason Robards sobrevive a un impacto no muy lejano simplemente agachándose en el asiento del coche que conduce). Meyer tuvo serios conflictos con los censores de la cadena y el propio gobierno americano por la violencia del contenido; tan serios, de hecho, que abandonó la producción durante el proceso de edición y amenazó con solicitar formalmente que se retirara su nombre de los créditos. Al final dio marcha atrás y se reincorporó a la película pero juró no trabajar nunca más para la televisión.

Por otra parte, la historia se nutre de muchos clichés relacionados con el Medio Oeste
americano, probable razón por la cual tuvo tanto impacto en Estados Unidos. Ver destruidos los pequeños pueblos y las granjas que en el imaginario de ese país constituyen su corazón emocional fue sin duda escalofriante para muchos, especialmente porque desde la Guerra Fría se había afirmado que esa zona sería la menos afectada en un potencial conflicto nuclear al estar localizada casi en el centro geográfico del país. La historia, de hecho, no sale nunca de Kansas ni da idea de las consecuencias planetarias del conflicto atómico. Tampoco el origen exacto del intercambio nuclear aparece muy bien delineado para evitar herir susceptibilidades. Antes de que se emitiera la película, surgió cierta polémica respecto a quien atacaba primero, si los Estados Unidos o la Unión Soviética y, de hecho, el Departamento de Defensa americano sólo se avino a cooperar si se dejaba claro que eran los rusos y no los Estados Unidos los que lanzaban primero sus misiles. Meyer quería que este asunto siempre permaneciera ambiguo y que la historia se centrara en la destrucción causada por la guerra y la idea de que el auténtico mal residía no en un bando en concreto sino en las armas en sí.

El Departamento de Defensa norteamericano no dio su permiso para utilizar imágenes y filmaciones de archivo de nubes atómicas (aunque los productores sí tuvieron acceso a las pruebas de misiles balísticos intercontinentales Minuteman III y grabaciones de explosiones experimentales en los cincuenta, mucho menos potentes de lo que en los ochenta eran ya las cabezas nucleares estándar), así que hubo de recrearse ese espectacular efecto inyectando aceites coloreados en un tanque de agua (lo que les dio un tono rojo oscuro poco verosímil). Con la cooperación de las autoridades y vecinos de Lawrence, Kansas, el equipo de la ABC
transformó esa ciudad durante unas semanas en un erial nuclear, rompiendo escaparates, colocando coches volcados y calcinados en las calles y cubriéndolo todo con escombros, ladrillos y polvo. Participaron en la película más de dos mil vecinos de Lawrence, incluidos muchos estudiantes de la universidad local que a cambio de cincuenta dólares accedieron a afeitarse la cabeza y actuar como enfermos de radiación. En cualquier caso y como he apuntado antes, el problema de la película no son los efectos especiales sino que los personajes sean una especie de tabula rasa con poca o ninguna personalidad.

Con el fin de darle a la película un aire documental, Meyer eligió actores desconocidos. Jason Robards Jr. era el único veterano y rostro popular (que años atrás había participado, además, en otro film apocalíptico, “Un Muchacho y su Perro”, 1975); otros, como JoBeth Williams,
John Lithgow o Steve Guttenberg acabarían participando en importantes películas a lo largo de la década.

“El Día Después” fue sin lugar a dudas un auténtico acontecimiento televisivo que dio mucho que hablar y que sintonizó perfectamente con el renovado temor a una escalada nuclear y el posible holocausto derivado de ella. Que sea una película de calidad es más discutible. Vista hoy, le pesan mucho los años transcurridos, los problemas de producción y la época que la vio nacer. Su primera hora denota dolorosamente su condición de telefilm ochentero, algo que en su momento jugó a su favor (transmitiendo al espectador un sentimiento de complacencia y tranquilidad mediante imágenes de gente corriente viviendo con despreocupación la cotidianeidad antes de empujarle al horror apocalíptico) pero que hoy ha envejecido mal. Por otra parte, y me repito, los horrores que vemos en pantalla no pueden sino impactar, pero como lo haría un documental y no emocionalmente mediante la identificación con unos personajes bien construidos.

Aunque, después de todo, quizá no haya que juzgar a “El Día Después” según los parámetros estéticos habituales. Fue pensada para lanzar una advertencia y hacerlo lo más contundentemente posible. Y eso, sin duda, lo consiguió.

1 comentario:

  1. Ya en su época era un «dramón» televisivo. No obstante, la secuencia que va desde el lanzamiento de los misiles hasta las detonaciones nucleares me impresionó muchísimo (yo tenía 13 o 14 años en esas fechas), ya había visto «Cosmos» de Carl Sagan y la paranoia nuclear, incluso viviendo en un país tan «remoto» como el Perú, era palpable entre la gente instuida.

    Hace unos diez años pude ver por primera vez un docudrama -supongo que lo era- producido por la BBC sobre este mismo tema, aunque ambientado en el Reino Unido, en Sheffield. Se llamaba «Threads» y fue emitido por la televisión británica en 1984. También padece limitaciones técnicas, pero me parece que su tratamiento del tema y los personajes lo vuelve mucho más angustioso. Recomiendo echarle un ojo, por si acaso.

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