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En 1989, aparece “Fronteras del Infinito”, con una estructura diferente a las entregas que hasta ese momento habían ido publicándose en la serie, a saber, la de un fix-up: una compilación de tres novelas cortas publicadas en diferentes fechas a las que se les ha incorporado unos interludios que sirven de conexión argumental entre ellas. Aquí, Miles afronta diversos problemas y desafíos cuya solución requerirá de diferentes habilidades y virtudes: intelecto, capacidad de liderazgo, autosacrificio, conocimiento de los hombres, empatía y valor.
La historia marco que sirve de excusa para que Miles recuerde las tres
aventuras de su pasado empieza inmediatamente después de lo narrado en otra
novela publicada aquel mismo año, “Hermanos de Armas”, cuando el Jefe de
Seguridad Imperial de Barrayar, Simon Illyan, visita a Miles, convaleciente en
el hospital tras una operación que le ha sustituido los huesos de sus brazos
por material plástico. El propósito de la visita es, aprovechando su estado de
debilidad, exigirle explicaciones respecto a unos gastos no justificados y muy onerosos
en los que ha incurrido la flota mercenaria de los Dendarii, liderada por Miles
y al servicio no oficial del gobierno barrayarano (tal y como se vio en
“Aprendiz de Guerrero”). Cuando Miles protesta por esa auditoria, Simon le
explica que, dado que él es el hijo del Primer Ministro, debe evitar proyectar
cualquier sombra de sospecha que los enemigos de su padre pudieran aprovechar
para retirarle de su cargo. Así que Miles le relata a Simon las circunstancias
de cada una de las tres misiones que conforman las novelas cortas del volumen.
Hay que reconocer que esta premisa general es muy endeble teniendo en
cuenta que sólo en dos de las historias se produce un gasto financiero muy
considerable. En realidad, esto fue una imposición del editor, Jim Baen, que
pensaba –no sin razón- que las novelas (o lo que parecen novelas, como esta)
registran mejores ventas que las compilaciones de relatos. Pero no hay que
desanimarse por ello dado que estos fragmentos que separan una aventura de la
siguiente son muy breves y la calidad de las tres novelas cortas compensa
sobradamente ese pequeño inconveniente. Este formato más compacto sirve
perfectamente, además, para perfilar ciertos aspectos de la compleja
personalidad de Miles refiriendo episodios de su vida demasiado cortos como
para convertirlos en una novela sin inflarlos artificialmente. Como ya viene
siendo habitual en la serie, los argumentos incluyen asimismo ciertos
comentarios a problemas de nuestro mundo y época.
En el universo de Vorkosigan hay dos razones por las que se temen las desviaciones de la normalidad física. En primer lugar, un miedo genérico –pero no injustificado- hacia la manipulación genética. Y la segunda razón es específica de Barrayar y está relacionada con un desastre radioactivo producto del colapso de un agujero negro y que dio lugar al llamado Tiempo de Aislamiento. Incluso en la época en la que vivió Miles, no es raro que se asesine a los bebés que nacen con malformaciones, aunque sean mínimas. Y este es precisamente el problema al que se tiene que enfrentar Miles en la primera de estas novelas cortas, “Las Montañas de la Aflicción” (publicada en “Analog”, mayo 89), que tiene lugar inmediatamente después de su graduación de la Academia Militar de Barrayán y, por tanto, cronológicamente, justo antes de “El Juego de los Vor” (1990).
Miles ha regresado a Vorkosigan Surlau, su castillo familiar, con la
intención de relajarse un poco antes de recibir destino definitivo. Sin
embargo, sus planes se echan a perder cuando llega a las puertas del lugar una
mujer que ha caminado desde una remota aldea de las montañas Dendarii,
administradas por los Vorkosigan, suplicando justicia por el asesinato de su
bebé. El padre de Miles, Aral, con el fin de que su hijo aprenda los sinsabores
del gobierno y la administración de justicia, decide enviarlo como su
representante o Voz, con la misión de investigar lo ocurrido y arbitrar en el
conflicto si fuera necesario.
Resulta que el bebé, una niña llamada Raina, nació con el paladar hendido, lo que tradicionalmente en Barrayar se considera una mutación repulsiva y, en la región rural y aislada en la que este suceso ha tenido lugar, además, merecedora de la muerte. Miles tiene que ejercer de detective en una comunidad cerrada y llena de prejuicios que lo recibe con sorpresa y hostilidad. Al fin y al cabo, sus propias deformidades lo califican de mutante.
El joven, mientras averigua la identidad del asesino y qué castigo imponerle (o si hay que castigarle siquiera, dado que lo ocurrido, si no sancionado favorablemente por los Vorkosigan, sí tiene carácter consuetudinario) deberá enfrentarse a un par de amenazas de muerte, la hostilidad abierta de ciertos aldeanos y una tragedia familiar que ha dejado heridas emocionales incurables en los implicados. Incluso Pym, el guardaespaldas que le acompaña, comparte la mentalidad de los lugareños y distingue entre infanticidio y asesinato.
Miles se esfuerza por explicar la tragedia a Zed, un niño de doce
años, quien había comentado: "Bueno,
al fin y al cabo era sólo una mutante...". Miles trata de planteárselo
en términos de honor: "Bueno, estas
prácticas... matar a los mutantes, avergüenzan al emperador cuando representa a
Barrayar ante toda la galaxia. Yo estuve allí. Y lo sé. Nos llaman salvajes por
los crímenes de unos pocos. Esas muertes avergüenzan al conde, mi padre, ante
sus pares y al valle Silvy ante todo el distrito. Un soldado obtiene gloria
matando a un enemigo armado, no a un bebé. Este asunto toca mi honor como
Vorkosigan que soy, Zed". Pero luego añade un comentario aún más
personal: "Además, te sorprenderías
de las cosas que solo un mutante puede hacer. Eso fue lo que juré sobre la
tumba de mi abuelo".
Como no podía ser de otra forma, Miles se toma el caso personalmente (él habría sido asesinado nada más nacer de haberlo hecho en ese lugar) y, no sin amargura, encuentra una solución elegante, justa y compasiva a un dilema espinoso, convirtiendo a los padres de la niña asesinada en potenciales agentes de progreso para su pueblo a través de la educación. En último término, Aral había actuado con gran sabiduría enviando a su hijo para resolver el problema, demostrando así a esas atrasadas gentes que un cuerpo discapacitado no significa que el cerebro atrapado en él no sea brillante.
Cuando lo miran y ven a un jorobado que mide menos de 1.50, la mayoría de los barrayaranos creen que es un mutante. Cuando era joven, como en este episodio, Miles se molestaba en explicarles que no era así, que sus discapacidades eran resultado de una intoxicación en el útero producto de un ataque químico a sus padres perpetrado por opositores políticos. Nada que ver, por tanto, con una mutación genética. Sin embargo, incluso antes de la adolescencia, se dará cuenta de que podría servir de modelo inspirador para otros mutantes, y en su madurez acepta el insulto de "mutante" sin reservas, ya que sus logros y su estatus social demuestran a todos que un mutante puede ser un miembro valioso de la sociedad.
Aunque la discapacidad física de Miles aparece con frecuencia en la serie, a la hora de la verdad no supone para él un obstáculo insalvable: su carisma, ingenio e inteligencia suelen compensar con creces sus taras corporales. Por eso es interesante verlo enfrentado a una situación en la que su apariencia es tan importante y que tenga que luchar con un prejuicio profundamente arraigado contra el que no sirven el encanto personal ni la inteligencia estratégica.
“Las Montañas de la Aflicción” es una historia tranquila, sin prácticamente acción, pero que supone una experiencia transformadora para Miles. Raina, la bebé asesinada, reemplaza a su abuelo como símbolo de aquello por lo que luchará en el futuro. La historia empieza con Miles visitando la tumba de su abuelo y termina con él ante la de Raina con estas palabras:
“Descansa en paz, damita, pensó dirigiéndose a Raina. Te has ganado un pobre caballero retorcido y moderno que llevará tus colores en la manga. Pero ambos hemos nacido en un pobre mundo retorcido, un mundo que nos rechaza sin piedad y que nos expulsa sin consultarnos. Por lo menos, no arremeteré contra molinos de viento por ti. Enviaré zapadores para minar a los imbéciles y los haré volar por los cielos...
Ahora sabía a quien servía. Y por qué no podía rendirse. Ni fallar”.
Y la pequeña Raina no será, en efecto, alguien a quien Miles olvide. En
su nombre, aporta fondos para el desarrollo de la zona y la educación (para
empezar, funda la Escuela Primaria Raina Csurik). Es su memoria y la certeza de
que había estado demasiado ocupado siendo el Almirante Naismith como para
recordarla como era debido lo que, diez años después, le ayuda a reconciliarse
con la pérdida de esa identidad falsa: “Raina
era el único símbolo de su servicio que aún tenía sentido” («Recuerdos»,
1996). Vuelve al valle para quemar una ofrenda en la tumba de la niña y
descubre que ahora está bajo el agua. Un proyecto hidroeléctrico ha traído
energía a esa remota zona y, gracias a los ordenadores en las escuelas y
hogares, ha brindado acceso a sus habitantes a todo el mundo e ideas que les
aguardaban más allá de esas montañas. Eso sí es un monumento más adecuado para
Raina que una tumba. También veremos en el futuro a Miles recurriendo a su
experiencia en “Las Montañas de la Aflicción” para servir de portavoz de
aquellos que podrían ser considerados mutantes cuando, en "Komarr"
(1998), habla honesta y abiertamente de la enfermedad genética que el hijo de
Ekaterin, Nikki, ha heredado de su padre.
Se trata esta de una historia intensa, emotiva e incluso algo claustrofóbica que carece de los ramalazos de humor, la ambientación espacial y el dinámico ritmo de las novelas más largas de la serie. Para muchos, “Las Montañas de la Aflicción” fue lo mejor que había escrito Bujold hasta la fecha y, de hecho, ganó los Premios Nébula y Hugo a la Mejor Novela Corta en 1990. Supuso también el triunfo de la escritora sobre la opinión de su editor, Jim Baen, sobre si la serie debería recibir el nombre de Miles Naismith o Miles Vorkosigan. Podemos preguntarnos qué habría sido de su carrera si Bujold se hubiera mostrado menos inflexible al respecto. Y es que una serie titulada “Almirante Naismith” probablemente hubiera conllevado su encasillamiento en la space opera militar, lo que le habría dificultado desarrollar al protagonista colocándolo en situaciones y entornos que, como sucede en “Las Montañas de la Aflicción”, nada tienen que ver con flotas, ejércitos, batallas o intrigas palaciegas de altos vuelos.
La segunda novela del volumen, “Laberinto” (“Analog”, agosto 89), comienza cuando Miles, ahora en su identidad de Almirante Naismith de la Flota Mercenaria Dendarii, llega a Jackson´s Whole, un planeta (ya mencionado en “Ethan de Athos”) especializado en la fabricación de armamento e ingeniería genética sin que la ética suponga ningún problema para los grandes magnates al cargo de esos imperios comerciales. Sus científicos crean grotescas criaturas para satisfacer los deseos carnales de sus clientes… y también, y eso será clave en la trama, cuerpos clónicos para que los más acaudalados puedan transplantar sus cerebros cuando el cuerpo anterior se deteriore.
El plan de Miles es simple: escoge la nave más rápida de la flota Dendarii y viaja hasta Jackson's Whole con el pretexto de comprar armas de la Casa Fell. Mientras se cierra el trato y se carga la mercancía, un individuo llamado Vaughn se alistará en el cuerpo mercenario como técnico médico. Terminada la transacción, la nave partirá y Vaughn desertará en Escobar, encubriendo así la conexión secreta de Barrayar con los Mercenarios Dendarii. Y es que, en realidad, el tal Vaughn no es sino el doctor Hugh Canaba, un genio de la genética que va a huir clandestinamente de su poderoso y cruel empleador, Ryoval, a cambio de aportar valiosos conocimientos al programa genético de Barrayar.
A Miles le asquea la corrupción y arrogancia de los líderes
empresariales a los que conoce durante una recepción y con los que terminará
enemistándose: los barones Ryoval, Fell y Bharaputra. Es en esa fiesta donde
entrará en escena otro personaje relevante: Nicol, la primera Cuadrúmana que
aparece en la saga (y a la que volveremos a encontrar en “Inmunidad
Diplomática”, 2002). Sus cuatro brazos (un par sustituye a las piernas) la
convierten en una extraordinaria instrumentista de dulcimer que fascina a Bel
Thorne en cuanto la ve (recordemos, el hermafrodita betano presentado en
“Aprendiz de Guerrero” y que ahora es el segundo al mando de Miles-Naismith). Thorne
se enamora de ella y se obsesiona con salvarla de la esclavitud contractual en
la que involuntariamente cayó la joven cuando aceptó trabajar para la Casa
Fell.
Cuando llega el momento de la verdad, Canaba se niega a embarcar si
Miles no se las arregla para recuperar unas muestras de tejido muy importantes.
El problema, es que éstas han sido implantadas en el prototipo de un
supersoldado muy agresivo, custodiado en las fuertemente vigiladas instalaciones
de su empleador. Así que Miles debe planificar una misión de infiltración para
recuperar ese implante, lo que implicará matar a su portador. Por supuesto, la
misión no sale bien y lo que encuentra en el complejo de investigación no es lo
que esperaba. El supersoldado no es un animal de laboratorio sino una especie
de Mujer Lobo inteligente a la que se ha maltratado sistemáticamente. Taura –el
nombre que le da Miles- es fuerte, veloz y fiera, sí, pero también tiene la
inmadurez emocional y vulnerabilidad propios de la adolescente que es. Miles se
da cuenta de que quien merece ser salvada en realidad es esta joven y no el inhumano
científico que la creó, una certeza que le crea un dilema ético puesto que su
planeta necesita de los conocimientos de Canaba para sobrevivir en el complejo
tablero de la política galáctica, por mucho que aquél sea un criminal.
Este cuento, que aborda los peligros que puede suponer dejar la
manipulación genética en manos de grandes corporaciones sin escrúpulos ni supervisión,
apareció, como he indicado, en 1989, esto es, siete años antes del nacimiento
de la Oveja Dolly y trece antes de que la ONU adoptara el Protocolo Opcional
Relativo a la Participación de Niños en Conflictos Armados (Optional Protocol
on the Involvement of Children in Armed Conflict), que prohíbe el reclutamiento
de menores de 18 años por guerrillas y fuerzas no gubernamentales. La
mentalidad decadente y corrupta de Jackson's Whole hace que las manipulaciones
biológicas de los cetagandanos parezcan un juego de niños, y su idea de que
todo está a la venta, de que todo se puede convertir en beneficio es tan
escalofriante como verosímil.
Pero es que, además, incluso aunque los seres producto de los experimentos genéticos consigan su libertad, seguirán siendo siempre almas confusas, solitarias y marginadas. Fueron creados no para integrarse normalmente en una sociedad sino para desempeñar una función muy concreta o satisfacer el capricho de alguien: los Cuadrumanos para trabajar en ausencia de gravedad; los supersoldados como Taura y sus precursores fallecidos, para combatir hasta la muerte. Son seres extraños que no serán nunca aceptados. ¿Y quién mejor que Miles, alguien cuyas discapacidades siempre le han mantenido apartado de los demás, para entenderlos? De ahí su reacción a la súplica de ayuda de Nicol o la situación de Taura. En este sentido, comparte tema con “Las Montañas de la Aflicción”, a saber, la lucha contra el prejuicio y la explotación.
Bujold comprende que la tolerancia puede tener límites. Miles ha sido
educado intelectualmente, sobre todo por sus parientes betanos, para creer que
cualquier tipo de rareza debe ser aceptada. Pero el hipersensible Bel Thorne
pone a prueba sus límites de una forma más visceral que cerebral. Bel es, como
he dicho, hermafrodita, producto de la manipulación genética betana y capaz de
enfatizar a voluntad los lados masculinos o femeninos de su personalidad y
cuerpo. En "Laberinto", ambos hablan sobre el futuro de Bel y Miles
le pregunta si ha pensado en establecerse en la Colonia Beta con otro
hermafrodita. Bel cambia de tema abruptamente y felicita a Miles por su
habilidad para hacerse pasar por un betano al interpretar al almirante
Naismith: es "casi perfecto"… pero se delata al estremecerse cuando
Bel lo toca.
Miles va soportando mejor y con más naturalidad la compañía de Bel a
medida que se familiariza con él y acepta que él/ella está enamorado de su
persona. Pero, aunque dispuesto a romper ocasionalmente la regla de no
confraternizar con los rangos inferiores cuando se trata de Elli Quinn o Taura,
con Bel Thorne Miles nunca pasa de un beso. De hecho, sus propios comentarios en
la posterior novela “Hermanos de Armas” delatan prejuicios barrayareses más que
la tolerancia betana: “Encontró a Bel
Thorne encargándose de la comconsola de seguridad. Si «encargarse» era el
término correcto; Thorne pertenecía a la minoría hermafrodita de la Colonia
Beta, herederos desventurados de un proyecto genético de un siglo atrás, de
dudoso mérito. Había sido uno de los experimentos más disparatados de la
periferia lunática, en opinión de Miles” (en inglés, “encargarse” o
“manejar” es “manning”, palabra construida a partir de “man”, hombre)
O, también, en “Laberinto”: “Bel
Thorne, comandante del Ariel, era un hermafrodita de Beta, hombre/mujer
descendiente de siglos de experimentos genéticos sociales que, por lo menos en
opinión de Miles, habían sido tanextraños como
lo que se decía que se hacía por dinero en las oficinas de los cirujanos sin
ética de la Casa Ryoval. Esfuerzo marginal del igualitarismo de los betanos,
esa vez fuera de control, el hermafroditismo no había prendido en general y los
descendientes de los primeros idealistas eran una minoría en la colonia Beta,
siempre muy tolerante. Y había algunos pocos vagabundos como Bel. Como oficial
mercenario, Thorne era concienzudo, leal y agresivo y a Miles le gustaba
ella-él-eso. Los betanos usaban mucho el pronombre neutro . Y sin embargo...”.
Y sin embargo… Miles demuestra que, a pesar de su aversión por el maltrato barrayarense a los mutantes que había sentido años atrás en “Las Montañas de la Aflicción”, sí comparte la incomodidad de su pueblo hacia cualquier desviación de lo considerado corporalmente “normal”. Cuando Bel potencia su lado femenino, Miles parece sentir cierta repulsión contenida: “A Miles le preocupaba mucho ver cómo Bel se suavizaba poco a poco en su presencia”. Quizás, de hecho, la propia tolerancia de Cordelia no se extiende a los hermafroditas: después de todo, su propia madre (con quien Miles tenía una relación muy cercana) exhibe una actitud ambivalente al respecto.
Esta es también una historia de transformación, aunque en este caso el
sujeto afectado no sea Miles, sino Taura, que comienza siendo un monstruo
porque como tal la han tratado siempre; y termina siendo una comprometida y
eficaz soldado porque así es como Miles la hace sentir. El momento en el que éste
comienza el entrenamiento militar de Taura mostrándole cómo usar la menor
cantidad de fuerza posible contra su enemigo es un momento crucial en la
evolución de Taura como personaje: aprende que no necesita ser o comportarse
como un monstruo para destruir a sus enemigos.
Sin embargo, hay un detalle en todo esto que me resulta algo
chirriante y nada sexy (si es que esa fue la intención de la autora), a saber,
la escena en la que el pequeño y frágil Miles mantiene sexo con una híbrida
felina de dos metros y medio, colmillos y gran volubilidad emocional. Pero más
allá de eso, la situación es, cuando menos, discutible. Cuando Miles la
encuentra en el sótano del laboratorio de genética de Ryoval, Taura se
encuentra en su peor momento, desesperada y vulnerable. Se ofrece sexualmente a
Miles para que éste demuestre que no miente, que realmente, tal y como dice, la
ve como humana. Puedo entender que una joven de dieciséis años sin experiencia
en las interacciones humanas normales hiciera tal proposición, pero no encuentro
cómo excusar a Miles para seguirle la corriente.
El relato tiene un planteamiento y desarrollo interesantes y Bujold explota hábilmente, a lo largo de sus 80 páginas, todas sus posibilidades para mezclar acción, suspense, humor y dilemas éticos. La acción avanza a buen ritmo y la infame fauna empresarial de Jackson's Whole queda muy bien retratada (volveremos a visitar el planeta en “Danza de Espejos”, 1994).
La última novela incluida en esta compilación es la que da título al
volumen, “Las Fronteras del Infinito” (publicada originalmente en 1987 como
parte de una antología de novelas cortas titulada “Free Lancers”, editada por
Baen Books). Es, quizá, la más oscura de las tres y se centra en un Miles
bastante más adulto y experimentado que en las precedentes. Aquí es uno más de
los diez mil soldados internados en un campo de prisioneros cetagandano en el
planeta Dagoola IV, una inmensa área completamente vacía y llana, rodeada por
una cúpula impenetrable. En realidad, su presencia allí es deliberada y no
accidental. Ha hecho que lo capturen para entrar en el campo y rescatar a un heroico
oficial barrayarano, el coronel Guy Tremont, del que se espera lidere la
resistencia contra los betagandanos.
El campo de prisioneros en sí es como un micromundo aislado por
completo del exterior. Quien está dentro no puede ver lo que sucede fuera. No
hay guardias visibles y algunos personajes le sugieren a Miles que los
cetagandanos les vigilan constantemente de forma remota. Cualquier conato de
rebelión es sofocado por los cetagandanos encogiendo la cúpula o extrayendo el
aire de la misma. Dos veces al día, a través de una sección de la cúpula que
cambia aleatoriamente, se introduce un cargamento de barras de raciones. Los
que fueron antiguos soldados pertenecientes a diferentes unidades y sin
oficiales ya al mando, se han dividido en lo que sólo puede calificarse de
pandillas que se atacan entre sí para robarse la comida. Las mujeres se han
segregado y organizado para evitar violaciones de sus antiguos camaradas
varones.
En ese clima de violencia y desconfianza, inmediatamente tras su llegada, Miles es atacado por una de esas bandas que, después de apalearle, le quitan su saco de dormir y su ropa. Y a partir de ahí, todo va cuesta abajo. Siendo el individuo más pequeño y débil de todos los allí confinados, se enfrenta al problema de planificar una fuga recurriendo a su ingenio, carisma, fuerza de voluntad y capacidad de liderazgo, pero la única ayuda con la que cuenta inicialmente es la de un fanático religioso aparentemente desequilibrado. Miles ha salido airoso de otras situaciones imposibles, pero esta podría ser más imposible aún que las anteriores.
“Fronteras del Infinito” subraya el ingenio y fuerza de voluntad de
Miles. Él cuenta con un recurso crucial del que los demás prisioneros carecen: sabe
que en el exterior hay gente que le apoya y se preocupa por él, esperando sus
noticias para actuar. Necesita convencer a los demás prisioneros de que, en
primer lugar, no es un espía cetagandano; y, después, de que está allí para
ayudarles. Pero para el rescate no hacen falta sólo lanzaderas y personal de
apoyo (ese es el gasto extraordinario que luego tendrá que justificar ante
Simon Illyan) sino prepararse para que la evacuación sea ordenada y completa
antes de que los cetagandanos puedan reaccionar. Y para ello Miles necesita que
los recluros recuperen su antigua disciplina y encontrar entre ellos líderes
que les dirijan.
Aunque Miles conseguirá que los prisioneros se comporten ejemplarmente
y colaboren para alcanzar la liberación casi sin bajas, la experiencia no sólo
dejará huella en él, sino que tendrá consecuencias graves para su futuro. Beatrice,
una mujer de la que Miles se enamora durante su estancia, se precipita hacia la
muerte en el climax, una pérdida que volverá frecuentemente para atormentarlo. La
evasión masiva explica también por qué el planeta Cetaganda jura venganza
contra su alter-ego, el Almirante Naismith, en la novela siguiente, “Hermanos
de Armas” (1989) y parte del comportamiento de éste en “Komarr” (1998).
Esta historia (inspirada por los libros sobre la Segunda Guerra Mundial que le prestó a la autora su amiga Lillian Carl en el instituto) es tan fascinante como perturbadora y demuestra que el talento de Bujold para la creación de mundos no se limita a las complejidades más sutiles de la política galáctica. Su descripción de la prisión cetagandesa, que sigue al pie de la letra las leyes de derechos humanos y, al mismo tiempo, contraviene abiertamente su espíritu, resulta tan brutalmente realista que produce escalofríos.
Y es que, ya lo apuntaba antes, “Fronteras del Infinito” está empapado
por una bruma de desesperanza que no se disipa por completo ni siquiera al
final, cuando, a pesar del inevitable precio a pagar, el éxito sonríe a la
empresa aparentemente imposible. Esa oscuridad dimana de la comprensión de lo
fácilmente que se puede degradar la naturaleza humana bajo unas determinadas
condiciones y de la sospecha de que lo que está sucediendo en Dagoola bien
podría ser una especie de experimento cetagandés, no centrado esta vez en la
ingeniería genética sino en la manipulación psicológica. El mismo cuidado
exquisito que aplican a la construcción de sus perfectos jardines con ranas
cantarinas y flores bellamente dispuestas se puede ver aquí en su expresión más
retorcida y escalofriante: una jaula transparente en la que los cautivos son
utilizados como ratas en un laberinto, estimulándolos con unos pocos impulsos
calibrados para obtener las respuestas deseadas. Vale la pena compartir las
reflexiones de Miles sobre todo el proceso:
“Una tortura sutil... Miles revisó las reglas de la Comisión judicial Interestelar para el tratamiento de los prisioneros de guerra, reglas que Cetaganda había firmado y aceptado. Tantos metros cuadrados de espacio por persona: sí, evidentemente los tenían. Ningún prisionero en confinamiento solitario por un período que excediera las veinticuatro horas: de acuerdo, allí no había soledad excepto en la locura. Ningún período de oscuridad mayor de doce horas: fácil, ahí no había ningún período de oscuridad, punto, sólo el brillo permanente del mediodía. Nada de golpes: claro que no, los guardias podían decir, sin faltar a la verdad, que nunca ponían una mano sobre los prisioneros. Sólo miraban mientras los prisioneros se golpeaban unos a otros. El tema de las violaciones, prohibidas con todavía mayor fuerza, se manejaba de la misma forma”.
No es extraño que Miles caiga presa del pesimismo y la desesperación, y hay un breve momento en el que podría parecer que va a acabar en la misma situación anímica que otros reclusos que han perdido toda esperanza y renunciado a sobrevivir o escapar. No es el tipo de actitud con la que le habíamos identificado antes y eso puede explicar que aflore una faceta algo más oscura de su personalidad que le lleva a tomar algunas decisiones que, si bien necesarias, parecen impropias de él.
Aunque necesitemos de cierta suspensión de incredulidad para aceptar que una sola persona –físicamente endeble, desnuda e indefensa- pueda inspirar a miles de prisioneros abatidos y convertirlos en una fuerza cohesionada, también es verdad que la autora en este punto ya ha perfilado bien a su protagonista. Sabemos que Miles posee el tipo de personalidad que inspira confianza: la fuerza de sus convicciones heredadas de sus padres y cimentadas en el sentido del honor y la responsabilidad, hace que la gente lo escuche y crea en él. Afortunadamente para su planeta –o incluso toda su galaxia- no alberga ambiciones de gobernar porque, de lo contrario, no tendría muchas dificultades para convertirse en el tipo de tirano capaz de dominar a grandes poblaciones tan solo por la fuerza de su palabra y su carisma personal.
La compilación se cierra regresando a la historia marco, con Miles
siendo “exculpado” por el Jefe de Seguridad a pesar de la implausibilidad de
esos fragmentos: ¿Por qué Simon Illyan, en este punto, necesita escuchar el
relato de todas esas misiones aun cuando los informes de Miles, como afirma,
eran “como de costumbre, obras maestras de
la sutileza y la distracción”. Sin embargo, la historia marco sí aporta una
nueva perspectiva justo al final, cuando Cordelia, entra en escena. Miles se da
cuenta de que su difunta amada, Beatrice, era una “pelirroja alta y agresiva”, igual que su madre. Eso sí, nunca llega
a dar el perturbador paso lógico siguiente que le llevaría a reconocer que
todas las mujeres altas y enérgicas de las que se enamora sean la imagen de
Cordelia.
“Fronteras del Infinito” es una brillante colección de historias ligeras de leer sin por ello descuidar el sustrato intelectual. Cada una de ellas encapsula las extraordinarias cualidades de Miles Vorkosigan al tiempo que aborda temas como la justicia, los prejuicios, la ambigüedad moral o la resiliencia ante la adversidad. No se trata sólo de un conjunto de aventuras absorbentes e intensas sino de los dilemas éticos a los que el protagonista debe enfrentarse y las cicatrices que esas experiencias dejan sobre su personalidad. A lo largo de cada arco narrativo, Miles evoluciona y moldea su identidad demostrando el valor de la esperanza, el ingenio y la empatía. Una entrega, en fin, inmensamente entretenida, variada y enriquecedora para la saga.
(Continúa en la siguiente entrada)
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