sábado, 20 de mayo de 2023

1985- EL JUEGO DE ENDER – Orson Scott Card (y 2)

 

(Viene de la siguiente entrada)

 

Por otra parte, cuanto más progresa Ender en la Escuela de Batalla, más se hace patente que los juegos a los que le obligan a participar no tienen reglas o, al menos, reglas que no se cambien continua y caprichosamente. La novela es una reflexión no sólo sobre el clásico dilema de si el fin justifica los medios sino también sobre la ética del poder y el rol que juega la manipulación en la conformación del paisaje cultural, político y mental de los ciudadanos. Y es que no solo los militares “juegan” con sus alumnos, sino que en la Tierra, Peter y Valentine (ambos también genios a su manera) inician su propio plan para cambiar el mundo manipulando la opinión pública. Ocultando sus identidades y auténtica edad bajo seudónimos, empiezan a publicar artículos y ensayos en internet destinados a causar polémica y orientar el pensamiento de ciertos sectores. El éxito que cosechan le sirve a Card para recordarnos lo fácilmente que puede ser manipulada la gente poco precavida. E incluso cuando se es consciente de ese “juego” en el que uno no es más que un peón (tal y como le ocurre también a Ender), es difícil o imposible hacer nada al respecto.

 

La novela ha sido lectura recomendada en academias militares por su atinado retrato de las virtudes que deben adornar a un buen líder. Como Ender, debe ser alguien que haya sido antes soldado que oficial; centrado y comprometido con un objetivo; que se esfuerza más que los hombres que tiene a su cargo, a los que conoce perfectamente, aprovechando sus habilidades y mitigando sus defectos con el objetivo de crear un equipo y fomentar el espíritu de sacrificio y el orgullo de grupo; y alguien, en fin, capaz de ejercer la violencia pero siempre con un objetivo y sin disfrutar de ello.

 

Y es que “El Juego de Ender” es también la descripción del proceso de formación de un líder y cómo este puede cambiarlo todo. En el prólogo a una de sus ediciones, el propio Card afirmó que sus estudios en historia militar le habían enseñado una gran lección en este sentido: “Aprendí que la Historia está moldeada por el uso del poder, y que diferentes personas, al frente del mismo ejército y, por lo tanto, con aproximadamente el mismo poder, lo aplicaron de manera tan diferente que el ejército pareció cambiar de un grupo de nobles estúpidos en Fredericksburg a cobardes aterrorizados que se venían abajo en Chancellorsville; luego a los soldados obstinados y sombríamente decididos que defendieron las cimas de Gettysburg; y, finalmente, al ejército disciplinado y profesional que hizo morder el polvo a Lee al final de la larga campaña de Grant. No fueron los soldados los que cambiaron. Fue el líder. Y aunque entonces yo no sabía articular lo aprendido sobre el liderazgo militar, sí sabía que lo había entendido. Comprendí, a un nivel más profundo que el del lenguaje, cómo un gran líder militar impone su voluntad sobre su enemigo y hace de su propio ejército una extensión de sí mismo”.

 

Ahora bien, ¿a qué coste se forma ese líder? ¿Qué es Ender al comienzo de la historia y en qué acaba convirtiéndose? ¿Es un monstruo? ¿Un genio? ¿Un niño inocente? ¿Un asesino? ¿Quizá todo ello a la vez? En cualquier caso, es una figura profundamente trágica que no puede sino despertar la compasión del lector. Es la encarnación de la inocencia corrompida, un niño obligado por adultos a ejercer una violencia brutal. Y es que, aunque esos niños son mucho más inteligentes que los adultos que los tutelan, la novela deja claro que ser un genio no brinda necesariamente protección ante los que son más violentos o manipuladores.

 

Ender detesta su propio talento para la violencia y la deshumanización de sus compañeros y adversarios. No sólo se cuestiona moralmente sus decisiones, sino que termina por entender que, aunque teóricamente la Escuela de Batalla es un lugar en el que genios infantiles se enfrentan a otros genios infantiles, el auténtico enemigo son los adultos que los engañan y controlan para transformarlos en lo que desean, los profesores que deliberada y fríamente cultivan en él las inclinaciones naturales que él odia. Así, Ender libra una batalla perpetua no sólo en la sala de adiestramiento sino en su propia mente, cuyo tormento Card describe a la perfección.

 

El autor declaró que escribió el cuento original durante el apogeo de la Guerra del Vietnam, así que no debe sorprender detectar similitudes con otra novela inspirada en aquel conflicto y que ya he mencionado antes, “La Guerra Interminable”. La base de ambas obras es que el ejército recluta sólo a los más brillantes para nutrir una fuerza de combate de élite. La idea de que Ender, tras pasar años completamente centrado en su adiestramiento militar y sin contacto con la vida civil, se sienta alienado en la Tierra, es un reflejo de lo que les ocurría a los soldados de “La Guerra Interminable” y a tantos jóvenes norteamericanos que regresaban a sus hogares tras luchar en el país asiático.

 

Los protagonistas de ambas novelas acababan dándose cuenta de que la guerra con los Insectores no tenía sentido y que era el resultado de la incapacidad de ambos bandos para comunicarse. Ahora bien, no estoy del todo seguro de que pueda calificarse “El Juego de Ender” como una novela abiertamente antibélica. Al fin y al cabo, aunque Card se ha descrito a sí mismo como moralmente conservador (lo que no incluye defender la pena de muerte, las leyes antiinmigración o la ausencia de control en la venta de armas), sí habló abiertamente a favor de la Guerra contra el Terror de George W.Bush. Al final, si el libro tiene un mensaje muy claro relacionado con la guerra, es que ésta no es ni mucho menos un juego.

 

Card era muy consciente de que algunos críticos literarios consideraban esta novela un trabajo poco sofisticado, en particular en lo referente a unos niños que piensan y se expresan como adultos. Se defendió diciendo que, a menudo, los niños son más maduros de lo que creemos los adultos y que, dado que su historia había llegado al corazón de muchos muchachos víctimas de acoso escolar, no le importaba en absoluto lo que esos críticos opinaran.

 

Y es que, ciertamente, Card describe muy bien el tormento que atraviesan aquellos niños que, o bien se convierten en víctimas del acoso de sus iguales o bien son separados a la fuerza de sus seres queridos. Por ejemplo, en pasajes como este: “Dap entró esa noche y se movió sigilosamente entre las camas, tocando una mano aquí y otra allá. Por donde pasaba se oían más sollozos, no menos. Un contacto cordial en ese lugar de terror era suficiente para poner a algunos al borde de las lágrimas. No a Ender, sin embargo. Cuando Dap se acercó, los sollozos habían pasado, y su cara estaba seca. Era la cara falsa que presentaba a su madre y a su padre cuando Peter había sido cruel con él y no se atrevía a hacerlo saber. «Gracias, Peter. Por los ojos secos y los sollozos callados. Me has enseñado a ocultar mis sentimientos. Ahora lo necesitaba más que nunca.» “.   

 

Y es que una de las mejores virtudes de “El Juego de Ender” es su capacidad para despertar la empatía del lector por sus infantiles protagonistas. En algunos aspectos, se diría una versión infantil de “La Guerra Interminable”, lo que nos lleva a preguntarnos si la novela de Card habría tenido el mismo impacto de haber sido adultos sus protagonistas. Probablemente no. El sentimiento de protección y empatía hacia los niños que sufren está programado de serie en nuestro ADN, algo que, consciente o intuitivamente, saben los creadores de ficción.

 

Aparte de las controversias que suscitaron los temas citados, Card introduce otros elementos potencialmente explosivos. La relación entre los hermanos Wiggin tiene un nebuloso sabor incestuoso: Valentine acaba exiliándose a un mundo colonial con su amado hermano Ender; Peter desea dominar a su hermana en todos los sentidos, el físico incluido. Por otra parte, las chicas no registran un buen desempeño en la Escuela de Batalla dado que su condición femenina se lo impide; y los soldados insectores son todos hembras dirigidas por una Reina… Por cierto, el nombre en inglés para los Insectores es “Buggers”, que también es una palabra en argot para denotar despectivamente a los homosexuales (literalmente, significa “sodomizadores”). Pero quizá lo más provocador del libro sea la afirmación que se hace en el capítulo 14: que el amor y la compasión son los apoyos esenciales del asesinato: “Teníamos que tener un comandante con tanta empatía que pensara como los insectores, los entendiera y se anticipara a ellos. Tanta compasión que ganara el amor de sus subordinados y trabajara con ellos como una máquina perfecta, tan perfecta como los insectores”.  Este maridaje entre dos conceptos generalmente percibidos como opuestos recuerda ese chocante pensamiento marciano que describía Heinlein en “Forastero en Tierra Extraña” (1961).

 

La historia de Card fue, además, profética en varios aspectos, como el uso de niños soldado; la realidad virtual y los videojuegos inmersivos; el manejo cotidiano de dispositivos electrónicos personales para trabajo y ocio; internet; el uso de identidades falsas en las redes sociales para influir y manipular la opinión de amplios grupos de población; y el colapso de la Unión Soviética (que, en nuestra realidad, tendría lugar cuatro años más tarde de la publicación del libro). En cuanto a su medio de comunicación intergaláctico e instantáneo, el Ansible, cabe decir que fue bautizado y utilizado por Ursula K.Leguin en varias de sus novelas de mediados de los 60, aunque el concepto existía desde tiempo atrás. Después del homenaje de Card, bastantes autores lo han recuperado para sus respectivas obras, desde Vernor Vinge a Kim Stanley Robinson pasando por Dan Simmons.

 

En las tres secuelas que continuaron narrando la vida de Ender, éste pasaría a habitar en el universo postxenocida y supremacista humano que él y sus hermanos habían ayudado a crear, emprendiendo una hégira penitente por el tiempo y el espacio. Se examinaba el trauma psicológico aún presente años después de lo narrado en “El Juego de Ender” y se exploraban sus intentos de justificar sus actos ante sí mismo y su familia. “La Voz de los Muertos” (1986, ganadora también de los Premios Hugo y Nébula) revelaba el anhelo del personaje por encontrar una familia, visitando otro mundo alienígena donde intentará redimirse ante sus ojos ayudando a sus habitantes a superar el duelo por sus seres queridos difuntos. “Ender el Xenocida” (1991) e “Hijos de la Mente” (1996) prolongaban la historia de Ender en una dirección muy diferente. En los siguientes años aparecerían otras novelas, agrupadas en sagas, que seguirían explorando el Enderverso desde otros puntos de vista y en otros momentos temporales.

 

Pero esas continuaciones, posteriores reescrituras y ampliaciones del mundo de Ender, independientemente de su calidad e interés, ni son necesarias para entender y disfrutar de “El Juego de Ender” ni nunca llegaron a tener el mismo impacto y, con la excepción de “La Voz de los Muertos”, sólo caben recomendarse a quienes se hayan sentido verdaderamente entusiasmados por el personaje y deseen comprometerse en términos de tiempo y esfuerzo con ese universo expandido.

 

“El Juego de Ender” funciona desde la primera página a la última. Es un libro brillante y ágil que pueden disfrutar aficionados al género o no, sean adolescentes o adultos, que puede abordarse como un apasionante entretenimiento en forma de historia de supervivencia de proporciones épicas; un emotivo e incluso devastador estudio de un personaje; o como fuente de reflexión y debate sobre multiples temas que van desde la política a la moral, de la educación a la psicología.  

 


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