jueves, 3 de octubre de 2019

2009- 2012 - Roland Emmerich


El realizador de origen alemán Roland Emmerich se ha ganado justificadamente la reputación de ser un director obsesionado por el espectáculo y la destrucción. Durante la década de los noventa del pasado siglo, obtuvo un éxito arrollador con “Independence Day” (1996), con la que el género de desastres, ayudado por las tecnologías digitales, no sólo resucitó sino que alcanzó nuevas cuotas. Desde entonces, Emmerich no ha perdido su puesto como cabeza de grandes superproducciones de ciencia ficción, como “Godzilla” (1998), “El Día del Mañana” (2004) o “10.000 B.C.” (2008). Sus puntos fuertes son, claro está, los efectos especiales y su fetichismo por las escenas de destrucción masiva, especialmente en lo que se refiere a iconos característicos de países y ciudades; por el contrario, sus puntos débiles son los personajes planos, los malos diálogos y las tramas que parecen montadas a base de coser viejos tópicos de la ciencia ficción. Esto es básicamente todo lo que puede uno encontrar –y que debe de aceptar si quiere extraer de ello algo de entretenimiento- cuando se enfrenta a una película de Roland Emmerich. “2012” no es una excepción.



En 2009, el geólogo estadounidense Adrian Helmsley (Chiwetel Ejiofor) visita el fondo de una mina en la India para encontrar evidencias de que el planeta está siendo influido por un alineamiento planetario en el Sistema Solar. El inusual bombardeo de neutrinos del Sol está aumentando drásticamente la temperatura de la corteza terrestre. Helmsley se apresura a transmitir la información al gobierno norteamericano y su presidente empieza a ejecutar un plan conjunto y secreto con otras naciones.

En 2012, el divorciado conductor de limusinas y fracasado escritor de ciencia ficción Jackson Curtis (John Cusak) está pasando unos días de camping con sus hijos en el Parque Nacional de Yellowstone cuando traspasan una zona acordonada por el ejército en la que Helmsley está efectuando lecturas geológicas. Sus sospechas aumentan cuando no lejos de allí conoce al lunático Charlie Frost (Woody Harrelson), que emite desde su roulotte un programa pirata de
radio especializado en teorías de la conspiración. Frost le dice a Jackson que tiene un mapa para llegar a las grandes arcas que los gobiernos han construido para salvar a sus elegidos de la inminente catástrofe que se avecina. Cuando Jackson se da cuenta de que, efectivamente, algo grave está sucediendo, regresa a toda prisa a California para evacuar a su exmujer (Amanda Peet) y sus hijos justo cuando un colosal terremoto devasta la región. Pronto, se producen apocalípticos seísmos y surgen volcanes por todos los continentes.

Jackson y los suyos escapan de milagro y siguiendo las indicaciones del mapa de Charlie,
intentan viajar por aire al interior de China, a las montañas del Himalaya, donde los gobiernos de la Tierra han construido en secreto una serie de grandes arcas para que una selección de ciudadanos (algunos considerados imprescindibles por sus habilidades o conocimientos y otros cuyas fortunas les han garantizado el pasaje) puedan sobrevivir al aumento súbito y masivo del nivel de las aguas en todo el planeta.

Roland Emmerich se ha venido centrando de manera especial en la ciencia ficción desde comienzos de los noventa. Sin embargo y al mismo tiempo, siempre ha tenido una particular inclinación por las más absurdas pseudociencias, hasta el punto de que quizá pudiera
calificársele de director de pseudocienciaficción. Tanto “Stargate” (1994) como “10.000 B.C.” se apoyaban en las teorías de Erich von Daniken, un timador suizo que escribió varios libros en los que aseguraba que los alienígenas habían visitado la Tierra en la prehistoria e influido en las culturas antiguas y los monumentos que éstas edificaron. “Independence Day” daba por ciertas las teorías conspirativas del extraterrestre de Roswell y el Área 51. “El Día del Mañana” tomaba su premisa de un ensayo escrito por Whitley Strieber (escritor de terror que afirmaba haber sido víctima de una abducción) y Art Bell (presentador de un programa radiofónico sobre fenómenos paranormales) en el que afirmaban que fenómenos meteorológicos extremos habían destruido antiguas y muy avanzadas civilizaciones humanas. En el drama histórico “Anonymous” (2011), Emmerich aceptaba como verdad histórica ciertas teorías de incierta base que sugieren que William Shakespeare no fue el autor de las obras que se le atribuyen.

En los extras que acompañan a las ediciones domésticas de “10.000 B.C.” y los créditos finales
de “2012”, Emmerich reconoce haberse inspirado en el libro de ensayo “Las Huellas de los Dioses” (1995), escrito por el británico Graham Hancock, especializado en temas paranormales. En él, el autor trataba de demostrar –algo que han negado arqueólogos e historiadores de peso- que en la prehistoria existió una sociedad científicamente avanzada en lo que hoy es la Antártida, pero que fue aniquilada por un desplazamiento de la corteza terrestre provocada por el movimiento de los polos magnéticos. Según él, las huellas de los conocimientos acumulados por aquella civilización pueden rastrearse en otros pueblos de la Antigüedad que surgieron posteriormente.

Naturalmente, la principal teoría pseudocientífica de la que bebió “2012” era aquella estupidez relacionada con su mismo título: de acuerdo con el calendario maya el mundo llegaría a su fin
el 21 de diciembre de 2012. Esta idea fue popularizada por el escritor new age norteamericano José Arguelles en sus libros “La Visión Transformativa, reflexiones en la Naturaleza y la expresión de la historia de la Humanidad” (1975) y “El Factor Maya” (1987). De acuerdo con su interpretación, el calendario maya está dividido en “baktun” o periodos de unos 394 años, que miden los ciclos temporales desde el comienzo del mundo. El planeta es periódicamente destruido y recreado por los dioses mayas cada pocos baktun, el decimotercero de los cuales terminaría el 21 de diciembre de 2012. Para Arguelles esto formaba parte de la Convergencia Armónica, una alineación de los planetas del Sistema Solar que culminaría en la destrucción de nuestra civilización seguida por el renacimiento espiritual de la conciencia humana al comienzo del decimocuarto baktun.

Posteriormente hubo otros escritores que adoptaron esta misma idea, sobre todo el
estadounidense John Major Jenkins, que se “especializó” en la profecía maya y la pseudoarqueología en general. En su libro “Maya Cosmogenesis 2012: The True Meaning of the Maya Calendar End-Date” (1998), afirmaba que ese pueblo paleoamericano tenía avanzados conocimientos astronómicos que le permitían predecir un alineamiento masivo a escala galáctica que terminaría creando enormes agujeros negros con una devastadora influencia gravitacional sobre la Tierra.

A partir de los desvaríos de estos dos autores surgieron numerosas teorías que oscilaban entre el despertar místico tan apreciado por la New Age y el escenario apocalíptico más extremo. Otros se sacaron de la manga interpretaciones de las profecías de Nostradamus o pasajes bíblicos, todo ello desgraciadamente popularizado por el canal televisivo History
Channel en demasiados de sus documentales que se aprovecharon miserablemente de la cercanía de la “fecha maldita” de 2012. Por supuesto, cualquier idea relacionada con acontecimientos místicos o desastres apocalípticos fue negada por los auténticos expertos en la cultura maya, que señalaron una y otra vez que todas esas interpretaciones eran a menudo contradictorias y que los textos originales no decían nada parecido a lo que esos timadores anunciaban.

Hay que decir, no obstante, que al fin y a la postre todo este misticismo pseudoarqueológico juega un papel relativamente escaso en la película. Al comienzo vemos unos planetas alineándose; hay un par de referencias a los mayas por parte del locutor Charlie Frost y un breve inserto televisivo sobre un culto apocalíptico maya, pero eso es todo. Podría quizá argumentarse que el clímax del film subraya la idea del renacimiento en una nueva era en la que la conciencia humana se orientará hacia la paz y la cooperación. Pero más bien parece que el título fue elegido tan sólo para aprovecharse del misterio y la fascinación que rodeaban a ese año en base a todas las teorías antes mencionadas; y que Roland Emmerich utilizó como mera excusa para dedicarse a lo que en el fondo le gusta: destruir en la pantalla paisajes y elementos reconocibles. De hecho, el director –que también es coguionista de la película- ha tomado más material de las teorías de desplazamiento tectónico de Graham Hancock que de las divagaciones de Arguelles y Jenkins.

Quienes acudieron a ver la película esperando tener a John Cusack yendo de aquí para allá
tratando de desvelar un misterio esotérico al estilo de Tom Hanks en “El Código Da Vinci” (2008), mientras salen a la luz conocimientos secretos sobre civilizaciones olvidadas y el destino del mundo recae sobre sus hombros, debieron sentirse muy decepcionados. Aunque el lema promocional del film era “Estábamos advertidos”, en referencia a los mayas y su calendario, esas supuestas profecías tienen poco peso en la película. Tampoco se explota la moda cinematográfica de entonces–en buena medida iniciada por el propio Emmerich con “El Día del Mañana”- de responsabilizar de la catástrofe al deterioro del medio ambiente. Aquí, los desastres los causa un fenómeno solar, algo que está fuera del control humano. No, “2012” no es una película sobre viejas profecías, juicios divinos ni negligencia humana sino, plana y sencillamente, una película de desastres con un puñado de alusiones religiosas y algunos mensajes sociales, políticos y morales. Con la ayuda de las nuevas tecnologías digitales, Emmerich actualiza y magnifica los grandes clásicos del cine de desastres de los setenta como “Aeropuerto” (1970), “La Aventura del Poseidón” (1972), “Terremoto” (1974), “El Coloso en Llamas” (1974) o “Meteoro” (1979)

Desde mediados de los años noventa, los efectos digitales han propiciado el desarrollo de un tipo de películas que hacen de la destrucción masiva y espectacular su principal baza. Ahí tenemos títulos como “Twister” (1996), “Un Pueblo Llamado Dante´s Peak” (1997), “Titanic” (1997), “Armageddon” (1998), “Deep Impact” (1998), “La Guerra de los Mundos” (2005), “Poseidón” (2006), “Transformers” (2007), “Señales del Futuro” (2009) y, como he mencionado al principio, buena parte del cine de Emmerich. En
buena medida, son películas que funcionan bajo parámetros similares a las del cine gore, ofreciendo muertes a porrillo para impactar al espectador. Tanto las películas de destrucción como las gore se basan en ir encadenando cada poco tiempo escenas dominadas por la violencia y la muerte. Los personajes no son más que carnaza sin importancia que solo aparecen para morir groseramente ante el espectador. En este subgénero del fantástico, Roland Emmerich es el rey, el director que firma los films más espectaculares y que muestran destrucción a una escala sin precedentes.

“2012” es una película enteramente pensada para mostrar unas escenas de devastación jamás antes vistas con tanto grado de detalle y sentido épico, como aquella en la que Jackson conduce
su limusina por las calles de un Los Angeles que se viene abajo, o cuando despega en la avioneta mientras a sus pies se abren insondables abismos y los rascacielos se derrumban frente a él; el vuelo desde Las Vegas en el carguero ruso; la huida de los protagonistas de Yellowstone mientras una erupción colosal estalla junto a ellos; un transatlántico volcado por un tsunami; kilómetros y kilómetros de costa californiana hundiéndose en el océano; la Casa Blanca destruida por un portaaviones arrastrado por una inmensa ola; tsunamis aniquilando países enteros y llegando incluso a los valles del Himalaya… Difícilmente se puede pedir más.

En relación a esto último puede resultar interesante ver qué edificios y monumentos caen víctimas de la devastación porque la elección de Emmerich no es aleatoria. Cuando en una
entrevista le preguntaron por qué parecía disfrutar destruyendo ciertos edificios o monumentos, respondió: “Los iconos son siempre símbolos, sólo símbolos…significan algo”. En “2012”, se demuele el edificio del Banco de Estados Unidos en Los Ángeles, indicando así que la banca y el mundo de las finanzas no pueden salvarnos –aunque fueron los millonarios los que pagaron las arcas-. La Casa Blanca es destruida, ergo, los gobiernos tampoco pueden hacer nada por nosotros (por alguna razón, parece que el director siente una fijación por ese edificio en particular). Las Vegas también acaba arrasada, indicando que el entretenimiento escapista, obviamente, tampoco será un salvavidas. El Monumento Washington se viene abajo, simbolizando que los principios de los Padres Fundadores son inútiles ante la fuerza desatada de la Naturaleza.

De la misma forma, “2012” parece lanzar el mensaje de que los dioses, la religión y en especial
el Cristianismo, tampoco pueden evitar el apocalipsis. Ahí tenemos la estatua del Cristo Redentor en Rio de Janeiro desplomándose al vacío desde su atalaya en la montaña de Corcovado. En la Capilla Sixtina del Vaticano, una grieta separa el dedo de Dios del de Adán, simbolizando que Dios no va a salvar a su creación. Justo cuando el presidente de los Estados Unidos va a leer el Salmo 23 para tratar de consolar a un mundo al borde de la destrucción, la transmisión falla, lo que significa que la gente ya no necesita de un pastor divino que les guíe a campos más verdes. Los fieles están orando en la Plaza de San Pedro de Roma cuando la basílica se viene abajo y los aplasta.

Cuando se le preguntó sobre esta destrucción de ciertos símbolos religiosos Emmerich afirmó
que estaba en contra de la religión organizada, añadiendo: “Decidimos que lo que la gente haría en una crisis tal es empezar a rezar. Incluso el individuo que más odie la religión se postraría de rodillas y rogaría a Dios por su salvación. Sí, es bueno ser espiritual, pero ponerse a rezar ante el desastre no lo va a detener. El destino, la suerte y la coincidencia puede ayudarte a sobrevivir, pero no la oración”. Una explicación un tanto hipócrita por cuanto la película deja claro que nadie que no llegue a las arcas va a sobrevivir, así que realmente lo único que puede hacerse es rezar. Y aunque el cristianismo no ofrece gran cosa como herramienta de supervivencia, el budismo funciona algo mejor: Jackson y su familia encuentran la forma de llegar al arca gracias a un monje tibetano.

Pues bien, si ni los gobiernos ni los dioses ni las religiones pueden salvarnos al llegar el apocalipsis, ¿qué es lo que puede hacerlo según Emmerich? La película presenta tres redentores: el dinero, la ciencia y la generosidad humana. Sin multimillonarios, las arcas nunca se habrían construido. Adrian Helmsley, el geólogo, tiene fe en la Naturaleza. En una extraña afirmación darwiniana en relación a quién sobrevivirá, dice: “Creo que la Naturaleza elegirá por sí misma, de entre sí misma”. Pero en realidad se
diría que serán los ricos y los poderosos los que tienen más bazas para terminar salvando el cuello tras el cataclismo, concluyendo que en un universo dominado por el darwinismo social, los ricos y poderosos son la forma que tiene la Naturaleza de elegir a los más aptos.

Pero Adrian no se conforma con esto y lucha por los derechos del hombre común, como los centenares que se agolpan junto a las arcas sin poder entrar. Es entonces cuando arenga a los líderes del mundo: “En el momento en que dejemos de luchar por los demás, perderemos nuestra humanidad”. Les convence y las puertas de las arcas se abren para admitir a tanta gente como sea posible. Al final, es la generosidad humana lo que salva a la especie y evita que los supervivientes reconstruyan la civilización con las manos manchadas de sangre de sus semejantes. Las embarcaciones ponen rumbo al Cabo de Buena Esperanza para empezar un
nuevo mundo. Ahora que los antiguos gobiernos, empresas, instituciones y religiones han sido barridas de la faz de la Tierra, hay esperanza para el futuro: el dinero, la ciencia y la generosidad lo han hecho posible.

Probablemente, tras tanta destrucción, sufrimiento y tragedia, la película necesite darle al espectador un final feliz…que no deja de ser ingenuo en su mensaje. Los terremotos, volcanes e inundaciones no cambian el hecho de que aunque los seres humanos sean capaces de actos generosos, la historia de nuestra especie registra tantos o más episodios de crueldad. Nada garantiza que los supervivientes a bordo de
las arcas no vayan a seguir utilizando su dinero y la ciencia de la misma forma que lo venían haciendo en el mundo que han dejado atrás. En este sentido y por muy duro que pueda parecer, “La Carretera” (2009), otra cinta postapocalíptica del mismo año, ofrece un retrato probablemente más realista de cómo podría ser el comportamiento humano al borde de la extinción.

Regresando a la película, la historia que conecta las escenas más espectaculares es, siendo amables, muy endeble. John Cusak tiene que aterrizar en Yellowstone y luego llegar a lo alto de una montaña para hacerle una pregunta al locutor chiflado, justo cuando toda la zona está reventando (aunque hay una razón geológica sólida para ello en la que no voy a entrar, en la película no se explica por qué este personaje se ha establecido concretamente en el Parque Nacional de Yellowstone); los aviones
necesitan continuamente repostar y realizar peligrosos aterrizajes; la pista que Jackson obliga a su familia a seguir hasta China no es más que una nebulosa teoría a la que nadie con sentido común daría crédito… Lo que no se puede negar, sin embargo, es que el espectáculo y el extraordinario detalle con el que trabajaron los especialistas en efectos especiales es, en sí mismo, digno de ver, una obra de arte en lo que se refiere al cine de puro entretenimiento.

Roland Emmerich consigue encajar en esta película todas las formas imaginables de desastres: volcanes, terremotos, tsunamis, aviones que se estrellan, barcos que naufragan… Es casi como
si se hubiera desafiado a sí mismo a tratar de enlazar tantas catástrofes como fuera posible en una sola película, haciéndolas además de tan gran escala que nadie pudiera igualarle. Incluso cuando los atribulados protagonistas consiguen llegar a una de las arcas, lo cual hubiera sido en cualquier otra película el clímax final, el director se las arregla para meter otro drama en el que Jackson tiene arriesgar de nuevo su vida para soltar un cable que amenaza la seguridad de la embarcación. Las escenas en las que se desvela la existencia de las arcas y las masas de desesperados que son abandonados a su suerte en el exterior, se tomaron directamente de “Cuando los Mundos Chocan” (1951) –de hecho, “2012” casi podría verse como un remake de ese clásico del que se eliminan los planetas errantes y el elemento espacial. Película esa, por cierto, cuyo remake lleva años en la agenda del director y productor Stephen Sommers y que, después de lo que Emmerich mostró en pantalla, parece ya superfluo.

La crítica generalista, como era de esperar, se cebó en lo excesiva, risible y vacía que es la
trama. Y no se les puede quitar la razón. Pero al menos y aunque no sea decir mucho, creo que Emmerich manejó mejor a sus personajes que en películas anteriores y permitió que los actores les insuflaran algo de vida. En este sentido y dado que no hay en el reparto grandes estrellas que exijan por contrato un mínimo de metraje, Cusack y Ejiofor aportan un tándem suficientemente sólido para que lo importante, la acción, no se detenga: el primero dando la perspectiva del hombre corriente y el segundo la del miembro del gobierno en las esferas de poder. Como toda película de desastres que se precie, hacen su aparición viejas glorias en papeles menores, como George Segal, Stephen McHattie o Danny Glover.

Por otra parte y aunque la película exhibe un claro fetichismo por la destrucción y las mortandad masivas, al menos hay asomos de cierta responsabilidad y algunas de esas pérdidas son lamentadas por los personajes. Cuando hay gente en peligro, Emmerich pone el foco en la lucha por no dejar a nadie atrás en lugar de la supervivencia individual. Ni siquiera los egoístas villanos reciben un final tan horrible como el que merecen. Hay también un sorprendente mensaje acerca de cómo la forma de enfrentarse a un cataclismo debe ser la de mantener nuestra dignidad y humanidad más que la de sobrevivir a cualquier coste.

En sus films anteriores, como “Independence Day” o “El Patriota” (2000), Roland Emmerich
parecía perdido en los valores patrióticos de su país de adopción, los Estados Unidos, como si, en su calidad de extranjero, se sintiera en la obligación de ser más purista que nadie haciendo películas que exaltaban el arrojo, gloria y capacidad de sacrificio de los norteamericanos ante la amenaza de enemigos claramente identificados y sin matices. Curiosamente, tras el cambio de siglo, sus films han pasado de ser plataformas publicitarias del partido republicano a una moderada propaganda liberal. “El Día del Mañana” fue una de las primeras películas en tratar el tema del Calentamiento Global, anticipándose incluso al documental “Una Verdad Incómoda” (2006) y ser el primer film en utilizar recursos renovables. Emmerich produjo también la alemana “El precio de la inocencia” (2007), sobre las causas globales que llevan a la gente a traficar con personas; más tarde y ya dirigida por él, “Stonewall” (2015) trataba sobre el comienzo de la lucha por los derechos de la comunidad gay en Estados Unidos.

“2012” sigue esa nueva vena liberal. De hecho, mientras que “Independence Day” parecía un ensayo de lo que luego sería la presidencia de George W.Bush, la política post-11-S y la Guerra
de Irak, “2012” apoya por el contrario las líneas del gobierno de Obama. Ahí tenemos al personaje que encarna Chiwetel Eijofor, joven, negro, con estudios, idealista, con principios, que defiende el valor de un ingenuo libro de ciencia ficción porque ofrece esperanza. Pues bien, en el clímax, ese trasunto de Obama llama a los líderes mundiales a enfrentarse al presidente americano de facto (interpretado por Oliver Platt), el cual propugna que las élites políticas y financieras tienen derecho a sobrevivir sacrificando si es necesario las vidas de la gente “ordinaria”. Es como si Emmerich celebrara con esa escena la muerte de la vieja guardia neoconservadora, unilateralista y defensora acérrima del beneficio propio, dando el relevo a una visión del mundo multinacional, multilateral y cooperativa que busca la supervivencia de todos y no sólo la propia y la de los amigos con influencia financiera.

“2012”, en definitiva, no pretende ser más de lo que aparenta: un espectáculo visual, una aventura épica de supervivencia que moderniza y lleva al límite las bases de las películas de desastres de los setenta. Así, tenemos una sucesión continua de clichés, debates sobre quién merece ser salvado y por qué, personajes superfluos de muerte anunciada, un clímax emocionante y el mandatorio sacrificio heroico para que todo pueda tener un final feliz. Tan previsible como entretenida, siempre que se vea como lo que es.

2 comentarios:

  1. En hora buena , me encantó tu entrada , me gusta mucho como escribes.
    Te felicito .
    Me gustó mucho esta película, es de verla en cines, en TV no tiene el mismo efecto.

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    1. Gracias por pasarte por aquí y leerme. Espero que haya quedado claro en el artículo que es una película para desconectar y que no hay que buscarle más valores que entretener e impactar visualmente. No es correcto compararla con otras pelis más conceptuales o con guión más elaborado. Un saludo

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