lunes, 18 de marzo de 2019

2005- LA ISLA – Michael Bay


Popularmente se ha percibido la clonación como una forma de trascender la muerte, algo equivalente a alcanzar la inmortalidad en la pantalla del cine. La ciencia ficción de finales del siglo XX y principios del XXI recibió con el orgullo del profeta que ve cumplidos sus vaticinios la noticia del nacimiento, en 1996, de la oveja Dolly, el primer clon producto de la investigación científica de Ian Wilmot y Keith Campbell en el Instituto Roslin. Sus descubrimientos fueron aplicados ampliamente en otros mamíferos pero desde el principio hubo voces que sensatamente advertían de las dificultades y peligros consustanciales a la clonación humana.



Tal fue el efecto que sobre la imaginación colectiva tuvo el anuncio de aquel avance de forma ovina que la revista “Time”, en su número de marzo de 1997, incluyó un artículo que especulaba sobre el futuro de la clonación. Aquel texto planteaba cuatro escenarios propios de la ciencia ficción que desafiaban al lector para que decidiera sobre si resultaba conveniente continuar los experimentos de clonación, los cuales podían eventualmente llegar a copiar seres humanos. Se pedía al público que imaginara cómo un día cualquiera, en un laboratorio de clonación de una gran ciudad, podían presentarse clientes tales como un dictador envejecido; un célebre físico con una enfermedad terminal; un hombre de negocios que quiere hacer de su clon su propio hijo; o unos padres que quieren clonar a su hija de seis años, aquejada de una enfermedad mortal.

Fue sólo recurriendo a la ciencia ficción que esa popular cabecera pudo conectar con sus lectores a la hora de explicar y suscitar debate y reflexiones acerca de las implicaciones éticas derivadas de una investigación sin restricciones en el campo de la clonación. Gracias a la forma en que la ciencia ficción había permeado ya la cultura popular, el público no tuvo
dificultades a la hora de imaginar el tipo de futuro a que podrían dar lugar esos descubrimientos. Desde la pesadilla distópica (el tirano capaz de perpetuarse) al egocentrismo (el millonario que desea un heredero de su propia sangre) pasando por lo humano (el niño enfermo) o el interés general (el genio científico enfermo), la ciencia ficción nos da la oportunidad de cuestionar las vacas sagradas de nuestra sociedad y debatir sobre su naturaleza y conveniencia.

Y eso es lo que promete inicialmente “La Isla”, que a su cinematográfica manera es un clon de otras historias anteriores.

El argumento de la película se sitúa en 2019. Lincoln Seis Echo (Ewan McGregor) habita junto con otros cientos de personas en un refugio aislado del mundo exterior, el cual ha sido contaminado a resultas de un desastre nuclear y del que han quedado muy pocos supervivientes. La vida allí está estrictamente regulada y aunque nadie tiene motivos para ser particularmente infeliz habida cuenta de las circunstancias, Lincoln tiene sueños que lo incomodan y que no es capaz de descifrar. Regularmente se celebra un sorteo cuyo ganador es agraciado con un traslado
definitivo a La Isla, el único y último lugar del planeta que ha quedado libre de contaminación, un auténtico paraíso al que todos sueñan con ir. Pero Lincoln empieza a cuestionar la existencia de ese lugar y el descubrimiento de una mariposa le lleva a pensar que el mundo exterior puede no estar contaminado después de todo.

Lincoln se cuela por las zonas del complejo prohibidas a los residentes y descubre que la gente que ha sido elegida en el sorteo, lejos de viajar a ningún paraíso, son operados para extraerles los órganos. Cuando su amiga Jordan Dos Delta (Scarlett Johansson) es elegida en la siguiente lotería, Lincoln la convence para huir con él fuera del refugio. Allí descubren la mentira en la que han vivido, un mundo que no está contaminado pero sí caótico, desconcertante y lleno de peligros para dos personas que jamás han salido de un entorno regulado. Descubren su auténtica naturaleza de clones de
ciudadanos ricos que secretamente financian el enorme laboratorio en el que son cultivados y criados con el fin de, cuando sea necesario, utilizarlos como fuente de órganos de repuesto. Mientras tanto, el director del complejo, el doctor Merrick (Sean Bean), contrata a un equipo de mercenarios fuertemente armados para perseguir a los huidos y acabar con ellos, evitando de ese modo que el mundo descubra la existencia de ese laboratorio y sus patrocinadores.

Para muchos críticos y aficionados, el director Michael Bay es sinónimo del peor tipo de cine de acción: blockbusters con guiones absurdos y melodramáticos, abundantes efectos visuales y totalmente pasados de rosca. Allá por 2005 ya se había ganado tal reputación gracias a títulos como “Dos Policías Rebeldes” (1995), “La Roca”
(1996), “Armageddon” (1998), “Pearl Harbor” (2001) o “Dos Policías Rebeldes II” (2003), películas que parecen pensadas para encajar el máximo número de heroicidades llevadas a cabo por personajes unidimensionales y secuencias repletas de efectos digitales. “Pearl Harbor” en concreto, está considerada como uno de los peores y más merecidos fracasos de la historia moderna de Hollywood. Más adelante, Bay se “redimiría” (al menos en lo que se refiere a la taquilla) con el enorme éxito de “Transformers” (2007) y sus inevitables secuelas.

Fuera gracias o a pesar de Michael Bay, lo cierto es que “La Isla” tiene un arranque prometedor. Cuenta con una premisa interesante, la de unos clones que van averiguando gradualmente que el mundo en el que viven es falso y que no son más que productos desechables a la espera de su descuartizamiento. Interesante sí, pero no original. Como he dicho más arriba, esta película es un clon o, más bien, un constructo elaborado a base de elementos, ideas y escenarios extraídos de, entre otros, “Un Mundo Feliz” (1932), “La Fuga de Logan” (1976), “THX 1138” (1971), “Blade Runner” (1982) o el comic “Mundo de Krypton” (1987), de John Byrne y Mike Mignola.

Hay otros dos referentes cinematográficos muy claros. Por una parte, la horrible producción de serie B “The Clonus Horror” (1979), de la que el argumento es casi una copia y cuyos creadores demandaron a Michael Bay (se alcanzó un acuerdo extrajudicial). Y, por otra, “La Resurrección del Senador” (1971), con una idea similar aunque narrada en forma de
thriller protagonizado por Leslie Nielsen como periodista de televisión que descubre la existencia de clones. Otra obra, esta literaria, sospechosamente parecida es “Clones” (1996), novela escrita por Michael Marshall Smith y en la que el celador de una granja de clones humanos cultivados para extraerles órganos huye de las instalaciones con grupo de ellos.

Bay establece el escenario de partida bastante bien ayudado por el trabajo de los guionistas
Alex Kurtzman y Roberto Orci que venían de la televisión (“Xena”, “Alias”) y cuya primera incursión en el cine fue esta cinta (posteriormente firmarían títulos como “Misión Imposible III”, “Transformers”, “Star Trek”, “Cowboys and Aliens” y, de nuevo en la televisión, “Fringe”). Como digo, la primera parte es razonablemente plausible y comedida, pero el director no tarda en caer rápidamente en un encadenamiento de clichés distópicos extraídos de, como he dicho, obras anteriores: el mundo confinado y antiséptico donde todos visten el mismo uniforme y en el que el sexo está prohibido; el engaño masivo para manipular a las masas; los amantes que escapan al mundo real perseguidos por sus opresores…

Los diseñadores de producción hacen una labor notable a la hora de construir ese mundo del
futuro. Encontramos algunos decorados muy buenos, vehículos y cachivaches tecnológicos muy interesantes y buenos paisajes urbanos de Los Angeles. Pero parte de esa eficacia se pierde –además de resultar irónico en una historia que critica a las multinacionales carentes de ética- por la excesiva y descarada inclusión de marcas comerciales patrocinadoras, como MSN, Nokia, Amtrak o NBC, Puma, Reebok, NFL, Budweiser, Apple, Aquafina, General Motors, Xbox, Daimler/Chrisler, Mack, Coca-Cola, Speedo, Ben&Jerry´s… un auténtico anuncio de larga duración.

La mezcla entre una premisa interesante y unos efectos bien llevados podría haber resultado en
una película moderadamente eficaz (la posterior y superior “Nunca me abandones”, 2010, cogió un arranque idéntico y lo desarrolló con mayor sutileza en sus giros argumentales). Pero por desgracia, “La Isla” se publicitó y vendió de una forma nefasta que anulaba cualquier gancho conceptual. Todas las sorpresas que podía ofrecer (que la Isla era una mentira, que la gente eran clones…) se revelaban ya en el tráiler promocional. Si el departamento de marketing se hubiera esforzado más por ocultar esas sorpresas, quizá el espectador podría haberse encontrado con una película más atractiva, con un giro conceptual que les tomara con la guardia baja, algo al estilo de “Abre los Ojos” (1997) o “El Bosque” (2004).

Pero el problema principal es que se trata de una película de Michael Bay y no de un film de ciencia ficción de bajo presupuesto que, consciente de sus limitaciones, dedica más esfuerzo a
las ideas que a la puesta en escena. En cuanto la historia sale del complejo de clonación y se adentra en el mundo real, lo único que parece interesarle al director son las persecuciones a toda velocidad, los tiroteos, las explosiones y la destrucción a gran escala. Toda la parte central de la película está dominada por escenas de helicópteros recortados sobre cielos dorados, coches convertidos en chatarra en plena autopista, disparos y conducción a alta velocidad en aeromotos. El clímax incluye la destrucción de todo el laboratorio por la caída de un ventilador gigantesco… todo muy aparatoso y excesivo, como le gusta a Bay. Es más, de la ciencia ficción se pasa a la fantasía cuando resulta que todo el mundo, viandantes y protagonistas por igual, resulta indemne de la carnicería desplegada… excepto los malos. Lo que había comenzado como un escenario distópico moderadamente interesante acaba enterrado bajo el peso de los excesos de Bay y su inclinación a convertir cualquier historia en un agresivo espectáculo de efectos especiales sin peso intelectual ni emocional.

“La Isla” no se aleja demasiado de la algo mejor “El 6º Día” (Roger Spottiswoode, 2000), una plataforma de lucimiento para Arnold Schwarzenegger. En ambas cintas los héroes averiguaban que eran clones; las dos usan esa premisa como excusa para articular lo que es básicamente una larga secuencia de persecución;
y ambas cuentan con fondos en los que los directores se entretienen incluyendo detalles futuristas. Las dos también se asemejan en su mensaje político conservador en lo que se refiere a la clonación. De hecho, “La Isla” es una traslación literal del ideario de los defensores del Derecho a la Vida en el debate sobre las células madre, a saber, que la clonación y cultivo de células humanas de embrión (esto es, sin formar) con propósitos médicos equivale al asesinato del no nacido.

La película extiende esa ida no sólo a que la ciencia consiga que esas células den lugar a seres humanos completos, sino maduros y perfectamente desarrollados. El guión, eso sí, hace aguas cuando intenta justificar, de una forma un tanto vaga y esotérica, por qué es necesario que esos cuerpos-repuesto deban
madurar, tener inteligencia y conocimientos. En principio no tendrían por qué crearse facsímiles de gente de mediana edad ya que la edad del donante no tiene que ver con el trasplante de órganos y el factor principal además de la compatibilidad es la salud de éste: Lo cual a su vez implica que el órgano extraído de un cuerpo más joven sería más deseable que el de alguien de mediana edad.

Sea como fuere, la película se posiciona clara y beligerantemente contra la idea de clonar cuerpos para aprovechar sus órganos y defiende la plena humanidad de éstos. Hay una escena en la que el doctor Merrick miente al decir a unos clientes potenciales que los clones nunca alcanzan el nivel de consciencia y que son mantenidos en un “estado vegetativo constante”. Este término estuvo en el debate público norteamericano
tan solo unos meses antes del estreno de la película con ocasión del caso de Terri Shiavo, una mujer que llevaba años en estado vegetativo tras sufrir daños cerebrales y sobre la que se planteaba la legalidad y la ética de la eutanasia. Fue un caso que dividió a Estados Unidos y “La Isla” toma claramente partido: el de considerar que alguien en estado vegetativo es, después de todo, un ser vivo que respira y siente. De hecho, llega a sugerir que considerarlo como un vegetal “sólo” porque su cerebro haya perdido casi toda su actividad es una mentira fabricada por una fraternidad médica carente de sentimientos.

Al final y en cualquier caso, el intento de “La Isla” de trasladar a la ciencia ficción los debates sobre investigación de células madre y la eutanasia de los pacientes en coma de larga duración, puede considerarse un fracaso. No sólo no aporta argumentos de peso sino que se limita a asumir que situar de parte de los “no nacidos” o “vegetativos” a atractivas estrellas de Hollywood, despertará la simpatía del público por su causa en lugar de participar en discursos profundos de ámbito ético. Y en último término y si esa fue la intención de Michael Bay, todo ello quedó enterrado por su tendencia al atronador exceso visual y sonoro.

Más allá del debate sobre la clonación, hay otro tema presente en la película sobre el que merece la pena reflexionar: los peligros de que sean las empresas privadas las que desarrollen y patenten estas tecnologías sin estar sujetas a control efectivo alguno. En pocos ámbitos se ha puesto de manifiesto de manera tan clara la colisión entre la inversión privada y la pública como en la carrera por mapear el genoma humano.

Aunque el mapa del genoma humano existe desde 1972, la decisión del gobierno norteamericano de clonar el ADN humano se tomó en 1987, cuando se afirmó que “el conocimiento del genoma humano es tan necesario para el progreso de la medicina y otras ciencias de la salud como el conocimiento de la anatomía humana lo ha sido para el estado
actual de la medicina”. El proyecto de tres mil millones de dólares se puso en marcha por un consorcio internacional liderado por Estados Unidos con participación de los gobiernos chino, francés, alemán, japonés y británico. Sin embargo, este proyecto público tenía un rival en el campo privado.

Celera Genomics, presidida por Craig Venter y cuyos científicos habían conseguido con éxito la primera secuenciación de todo el genoma de un organismo, estaba decidida a hacer lo mismo con el humano y además conseguirlo gastando menos y en menos tiempo que la iniciativa pública. Esto fue posible en parte porque eligieron un método de secuenciación más rápido pero menos completo y estable. El éxito de Celera, a un décimo del coste del proyecto público, se vio empañado sin embargo cuando publicaron sus resultados en 2001, resultados en los que habían incluido los datos disponibles del proyecto público. Se dijo que gracias a la competencia privada el consorcio público se vio obligado a trabajar con mayor rapidez, pero también que Celera había ocultado información y datos que hubieran ayudado al progreso científico general.

Pero con todo el torrente informativo que supuso aquel acontecimiento, hubo otros logros de Venter y su equipo que pasaron desapercibidos pero que son igualmente preocupantes:
inventaron una célula bacteriana con un genoma sintético, es decir, fabricado en el laboratorio. En realidad, la célula en sí era natural; lo único artificial era el genoma, el “cerebro genético” del conjunto, que había sido diseñado y fabricado en el laboratorio. De este modo, la bacteria obedecía las órdenes que llevaba programadas en sus genes artificiales, lo que abre la puerta a la obtención de líneas de microorganismos cuyos genes pudieran ordenarles la fabricación de casi cualquier cosa. Esto tiene inmensas posibilidades en multitud de campos, pero también crea unos problemas inéditos hasta ahora y que siguen sin resolverse, especialmente el que la industria privada se apropie de la investigación genética.

Es cierto que muchos de los cultivos y animales que hoy forman parte de nuestras vidas han sido producto de la acción humana a través de la selección artificial, pero también que los
cambios en las especies a lo largo de nuestra Historia han sido paulatinos, limitados y prolongados en el tiempo, a menudo llevados a cabo por ganaderos o campesinos que observaban los efectos en sus propias explotaciones agrícolas y no por enormes conglomerados empresariales que producen y distribuyen en masa y lo más rápido posible.

Que se puedan crear patentes sobre seres vivos, incluso sobre determinadas disposiciones de los genes, que al fin y al cabo no dejan de ser una creación de la Naturaleza, es un peligro por múltiples motivos. No parece muy sensato dejar completamente en manos de una organización cuya principal prioridad es la obtención de beneficios el diseño y patente de, por ejemplo, bacterias o semillas modificadas genéticamente que además de cumplir una función a priori beneficiosa para el ser humano también pueden afectar de formas desconocidas al medio ambiente, el equilibrio trófico de una biosfera o incluso al propio hombre. Diseñar seres vivos no es en absoluto lo mismo que fabricar una nueva máquina y patentarla, y habida cuenta del poder de las multinacionales y los escándalos en las que muchas se han visto involucradas en su búsqueda de beneficio sin tomar en consideración la ética o el interés público, es lícito albergar sospechas acerca de la voluntad y poder de políticos e instituciones públicas para regular, controlar y supervisar tales investigaciones que, además, estarían protegidas por el secreto industrial. En fin, un debate apasionante que aún durará muchos años y en el que no me adentraré más por no desviarme de lo que debería ser un sólo comentario ligero sobre una película mediocre.

Cuando se estrenó, “La Isla” tropezó estrepitosamente en taquilla. De un presupuesto de 126 millones de dólares recaudó sólo 35 en USA (la producción se salvó sólo por los ingresos del resto del mundo). Bay tuvo la escasa elegancia de culpar a “los poco convincentes acentos” y torpeza interpretativa de sus protagonistas en lugar de asumir sus propios y notorios pecados.




7 comentarios:

  1. Gran artículo, tengo que recuperar este film del que no recuerdo nada.
    Un saludo

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  2. Para el autor de este blog todas las peliculas son malas o le faltan 5 para el peso... es un experto hallando pelos a los huevos

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    1. Por supuesto, estás invitado a dar tu versión de la película, con los argumentos que sostengan la misma. Veo que no solo no lo has hecho sino que ni siquiera te atreves a postear con tu nombre. Por algo será...

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  3. Pues Anónimo yo no pienso lo mismo... Creo que pienso lo opuesto... En mi opinión lo que suele reseñar el autor deste blog son pelis malísimas pero su reseña suele ser positiva porque es un tío indulgente y optimista. Yo no podría tragarme bazofia como la peli deste post. Por eso ni siquiera la he visto. Y bien que he hecho por lo que leo. En fin, que creo que no ves las cosas correctamente. Las pelis que se reseñan en este blog normalmente son malas (como que muchas son de Shyamalan!:), el autor del mismo no puede hacer nada para ocultarlo aunque lo intenta.

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  4. Recuerdo la película y lo decepcionante que es la segunda parte. Pero no has hablado de uno de sus aciertos: ¡Scarlett Johansson en spandex blanco! 😁

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