sábado, 3 de octubre de 2015

1982- BLADE RUNNER - Ridley Scott (1)


La década de los ochenta supuso la maduración definitiva de la ciencia ficción cinematográfica gracias a un puñado de realizadores con talento que supieron trascender la acartonada imagen del futuro que tan a menudo había lastrado el género en su vertiente visual. Para ello contaron con el apoyo del éxito que obtuvo “Star Wars” (1977), éxito que demostró que la ciencia ficción podía ser rentable más allá de lo que jamás hubiera soñado nadie. Fueron precisamente las perspectivas de ganancia las que actuaron de acicate para que los tradicionalmente conservadores estudios de Hollywood otorgaran mayores presupuestos a esos directores valientes que, sirviéndose de las posibilidades que brindaban los nuevos efectos especiales, cambiaron para siempre la imagen que el público tenía de la ciencia ficción: George Lucas, Steven Spielberg, James Cameron, Ridley Scott y otra larga lista de realizadores de menor empaque.


La lista de films de ciencia ficción estrenados entre mediados de los setenta y mediados de los noventa sería muy larga, pero al mismo tiempo magra en títulos que puedan ser calificados como “relevantes” para el desarrollo del género. En buena medida esto es así por la íntima asociación entre la Ciencia Ficción “visual”, esto es, cinematográfica y televisiva, y el Fandom, que hace que la mayoría de películas del género (incluso las poco importantes, aquellas que pierden dinero o son mal recibidas por la crítica) hayan creado a su alrededor un microclima cultural en la que son discutidas y analizadas por fans rendidos que propician su extensión a través de otros formatos. La ubicuidad de internet ha simplificado y facilitado esta producción cultural paralela.

Hay tres películas que sobresalen por su calidad e influencia, independientemente del fanatismo de los aficionados o su éxito comercial: “Star Wars”, “Alien” (1979) y “Blade Runner”, todas estrenadas en el corto periodo que va de 1977 a 1982. Cuarenta años después, las bien distintas peripecias de Luke Skywalker, Ellen Ripley y Rick Deckard mantienen plena vigencia en la cultura popular. Mientras que obras del mismo periodo, como “Encuentros en la Tercera Fase”, “E.T.” o “Mad Max” son hoy vistos con el condescendiente filtro de la nostalgia, las tres películas antes mencionadas no han perdido un ápice de su fuerza. De “Alien” ya hablamos en una entrada anterior; de “Star Wars” lo haremos algún otro día. Veamos en esta ocasión el por qué “Blade Runner” sigue hoy en la boca de todos.

Philip K.Dick fue un escritor tan prolífico como obsesionado por cuestiones sobre las que volvía
una y otra vez en sus libros, sobre todo el cuestionamiento de lo que asumimos como realidad: sus personajes a menudo no podían estar seguros de lo que era real o no, o descubrían que sus vidas transcurrían en elaborados mundos virtuales (ver, por ejemplo, “Ubik” o “Laberinto de Muerte”). Sus casi cincuenta novelas y cientos de relatos, a menudo con un denso contenido psicológico y social, son muchas veces tan sorprendentes y complejas como confusas, lo que le valió el reconocimiento del sector más cultista de la Nueva Ola que emergió en la ciencia ficción a mediados de los sesenta.

Por ello resulta chocante que a día de hoy se haya convertido en el escritor del género más adaptado a la gran pantalla. Eso, claro está, hasta que analizamos las películas que han tomado sus novelas y relatos como base y nos damos cuenta de que aquéllas han sido completamente filtradas y suavizadas antes de alcanzar las salas de cine. Ello no pareció molestar al escritor: en 1981, antes del estreno de “Blade Runner”, Dick escribió a un ejecutivo del estudio: “El impacto de “Blade Runner” va a ser sencillamente apabullante”. Tenía razón, aunque su predicción tardaría algunos años en hacerse realidad.

Lo cierto es que el guión que adaptaba su libro “¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas” (1968) estuvo bastantes años circulando por Hollywood bajo varios nombres antes de caer en las manos de Ridley Scott. Ya en 1969, el entonces desconocido Martin Scorsese había expresado su interés en llevar la novela a la pantalla, aunque no llegó siquiera a pujar por los derechos. Éstos pasaron a Herb Jaffe Associates que propuso convertirlo en una comedia, pero cuando en 1974 su opción caducó sin haber sido ejecutada, los compraron el guionista Hampton Fancher y el actor Brian Kelly. Fancher comenzó a trabajar seriamente en el libro de Dick, al que muchos consideraban imposible de rodar. Poco a poco fue tomando forma como un thriller para el que se
barajaron títulos tan pretendidamente sugerentes como “Androide” “Mecanismo” o “Días Peligrosos”. Pero tampoco con esta nueva aproximación estuvo satisfecho Philip K.Dick.

En 1979, Ridley Scott había rodado el revolucionario “Alien: El 8º Pasajero”. No era fácil mantener el nivel artístico y el éxito comercial de aquella cinta pero Scott estaba dispuesto a intentarlo, aunque se mostraba reacio a volver a dirigir un film de ciencia ficción. Estudió durante un tiempo el guión de “Dune”, pero no llegó a abordar el proyecto en serio. Por otro lado, la muerte de su hermano mayor le sumió en una depresión emocional con la que parecía más afín otro tipo de historia futurista más oscura, más cínica: la distopia. Y ahí estaba esperándole lo que acabaría rebautizándose para la posteridad como “Blade Runner”. En 1980 comenzó a trabajar en su producción, contratando a David Peoples (quien años más tarde escribiría “Doce Monos” y ganaría un Oscar por “Sin Perdón”) para reescribir el guión de Fancher y empezar a construir un mundo futurista que cambiaría la ciencia ficción para siempre.

Los Ángeles, año 2019. Rick Deckard (Harrison Ford) es un antiguo “blade runner”, un agente de
la policía cuyo trabajo es perseguir y “retirar” (un siniestro eufemismo para “matar”) replicantes fugados. Éstos son “hombres artificiales”, copias genéticas muy sofisticadas de seres humanos que cuentan con capacidades físicas e intelectuales superiores a las de sus creadores. Desarrollados y fabricados por la Corporación Tyrell, son utilizados en las colonias de otros planetas como fuerza bruta para los trabajos más duros y peligrosos, unidades de combate u objetos de placer. Dado que son prácticamente indistinguibles de los seres humanos, la única forma de detectarlos es sometiéndolos a un test psicológico que mida las reacciones físicas involuntarias a preguntas de carácter emocional.

Los replicantes han sido prohibidos en la Tierra y aquellos que logran llegar a ella son cazados por
los blade runners. Un grupo liderado por Roy Batty (Rutger Hauer), se niega a vivir como esclavos, asesinan a varios humanos, roban una nave y viajan a la Tierra con el objetivo de encontrar a su creador y obligarle a que amplíe sus horizontes de edad, que por motivos de seguridad fue establecido en cuatro años. El grupo de replicantes en cuestión resulta ser más peligroso de lo esperado y Deckard, que se había retirado del oficio, es chantajeado por su superior para que regrese al departamento y se encargue de encontrar a los esquivos fugitivos. Durante su investigación, entra en contacto con la bella Rachael (Sean Young), una replicante propiedad de la Corporación Tyrell que ignora su naturaleza artificial, ya que le han implantado recuerdos falsos que le proporcionan una ficticia memoria autobiográfica. Su búsqueda de unos seres que él consideraba menos que humanos obligará a Deckard, en último término, a cuestionarse su propia humanidad.

Muchos puristas de la ciencia ficción literaria han criticado a “Blade Runner” por no ser capaz de plasmar las sutilezas de la novela de Dick y, en honor a la verdad, hay que decir que,
efectivamente, existen muchas diferencias entre ambas historias. “¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas?” es un trabajo clave de la ciencia ficción postmoderna en el que se reflexionaba sobre el poder de los medios de comunicación, la difuminación de las barreras entre lo real y lo virtual, lo natural y lo artificial, el original y la copia. Dado que Ridley Scott y los guionistas Hampton Fancher y David Peoples vaciaron la novela original de Dick de gran parte de su contenido, resulta difícil establecer una comparación entre ambas obras, siendo más conveniente aceptar que la película es poco más que una versión libre de la línea argumental básica del libro. Éste y aquélla prácticamente comparten una sola cosa: su protagonista, Rick Deckard, un amargado y anodino cazador de recompensas que persigue androides fugados –el término “replicantes” lo inventó Peoples, no Dick- y que acaba dándose cuenta de que esas criaturas artificiales son tanto o más humanas que él mismo.

Todo lo demás es diferente, empezando por el título, que se desechó al no considerarse adecuado ni para encabezar una película ni para encajarse en un cartel publicitario. Pero es que, además, en
el contexto del argumento cinematográfico ya no tiene sentido el término “ovejas eléctricas”. En el futuro descrito en el libro, los animales prácticamente están extintos y sólo los más ricos pueden permitirse comprar uno auténtico; el resto de la población ha de contentarse con réplicas artificiales. El gran sueño de Deckard es ganar lo suficiente retirando replicantes como para poder comprarse una oveja real. En la película, a Deckard no le importan los animales –reales o fabricados- excepto como pista de su investigación y las únicas referencias a ese aspecto fundamental del libro son vagas líneas de diálogo como cuando Deckard le pregunta a Zhora (Joanna Cassidy) si la serpiente con la que trabaja es real y ella le responde: “¿Crees que trabajaría en un lugar como este si pudiera permitirme una auténtica?”. Igualmente, muchas preguntas del Test Voigt-Kampff tienen que ver con animales y su objetivo es distinguir al humano (que responderá empáticamente a las mismas) del replicante (que no lo hará); pero todo eso pierde sentido al desaparecer el contexto descrito en el libro.

En la novela, Deckard está casado y vive en un mundo post-nuclear en el que la mayoría de la
gente es adicta a un estimulador de emociones, la Caja de Empatía, y seguidora de un extravagante culto religioso, el Mercerismo, al que se accede vía una realidad virtual compartida. En el filme no existen estos conceptos: Deckard está soltero y vive en un mundo muy contaminado –pero no por radiación-. Y es que muchos de los artefactos e ideas presentes en la novela –así como los retorcidos juegos mentales que utilizan los replicantes para hacer que Deckard dude de su propia realidad- eran demasiado complejos como para incluirse en una película dirigida al gran público. De hecho, uno tiende a pensar que el que mejor podría haber adaptado muchos de los libros de Dick sería alguien como Luis Buñuel.

Lo que hace “Blade Runner” es reconfigurar la imaginación de Dick adaptándola a un nuevo
entorno cultural, social y tecnológico, introducir nuevas ideas y mejorar otras pobremente desarrolladas en el libro. Por ejemplo, Roy Batty, un personaje bastante mediocre en la novela, cobra en la pantalla un magnetismo e intensidad especiales gracias a la interpretación de Rutger Hauer, cuyo poético monólogo final (improvisado sobre la marcha por el actor) se ha convertido en uno de los momentos legendarios de la historia de la ciencia ficción; el plazo de cuatro años de vida que se instaura para los replicantes proporciona a éstos un motivo para sus acciones; y los guionistas estructuran la historia en forma de una secuencia de enfrentamientos sucesivos que culminan en un emocionante clímax. Como he mencionado más arriba, Philip K.Dick dio el visto bueno a todos esos cambios, pero no vivió para ver el resultado: murió cuatro meses antes del estreno del film, a la temprana edad de 54 años.

El positivismo científico que impregnaba series televisivas como “El hombre de los seis millones
de dólares” (1974), imaginaba los ciborgs de la edad de los ordenadores como humanos que reemplazaban partes sanas del cuerpo por mecanismos y sistemas electrónicos que mejoraban o aumentaban una determinada función corporal. Las prótesis pasaron de ser sinónimo de pérdida de utilidad de algún miembro a operar como extensiones superpoderosas de aquello que sustituían. La tecnología se aproximaba así a los dictados del ciberpunk. El resultado último de ese proceso, el “reemplazo total”, sería la sustitución del hombre por una forma de vida completamente artificial idéntica a él en apariencia pero superior en capacidades. El ejemplo canónico de ello son los replicantes de “Blade Runner”, que, a pesar de ser descritos como “androides”, responden más bien al modelo de criaturas orgánicas producto de la ingeniería genética.

“Blade Runner” es un comentario bastante pesimista sobre las consecuencias que para la sociedad puede llegar a tener el dominio de los principios biológicos de la evolución. ¿Qué ocurriría si llegamos a ejercer un control tal sobre la genética que creamos réplicas perfectas de nuestra especie, dotadas de una especial belleza, fuerza física o inteligencia, pero pensadas para que sirvan a sus creadores humanos? Esta fábula nos advierte de que esos logros vendrán acompañados de una total confusión acerca de lo que es natural y lo que no lo es, de lo que hace verdaderamente humano a un determinado ser, ya sea éste “natural” o “artificial”. Para examinar ese problema potencial, los guionistas recurren al tema de los “dobles”.

El ambiente perpetuamente nocturno y lluvioso de la ciudad refleja la oscuridad interior que aflige
a los personajes, en buena medida provocada por una cultura que ha abusado de las posibilidades de la duplicación. En ese futuro, ciencia y tecnología han avanzado hasta tal punto que se puede diseñar genéticamente y reproducir prácticamente cualquier ser vivo. Así, aparecen aves y serpientes artificiales…y también gente, los replicantes, indistinguibles de los seres humanos auténticos. Han sido creados por la ciencia para satisfacer las necesidades y deseos de los hombres, para liberarse del trabajo, los peligros del combate o, simplemente, para servirles de entretenimiento. Y, sin embargo y a pesar de esos beneficios, nadie parece realmente feliz en esta sociedad. De hecho, aquellos que pueden abandonan la Tierra para emigrar a alguna de las colonias de otros planetas (J.F.Sebastian, por ejemplo, le dice a Pris que sus problemas de salud no le han permitido obtener la licencia para emigrar). Esas colonias son también y a su manera, dobles; copias de la propia Tierra percibidas como mejores que la original. Lo que tenemos, por tanto, es la visión de una Humanidad que ya no está a gusto ni consigo misma ni con su lugar de origen. Su ansiedad se ve todavía más acentuada por la negativa de sus dobles, los replicantes, a someterse a su papel de esclavos y exigir una vida propia, diferenciada de la de sus creadores y modelos.

El hecho de que los replicantes tengan forma humana y una inteligencia superior, los acerca evidentemente a nuestra especie, pero su pertenencia forzosa a una clase social de esclavos y su propio origen artificial impide no sólo que sean reconocidos como seres con derechos e incluso emociones sino que sean asesinados sin censura. La incomodidad que los replicantes causan en los humanos y la disyuntiva ética que plantean se pone de manifiesto mediante el uso de eufemismos tras los que esconder la dura realidad y suprimir cualquier implicación moral. Se les llama “pellejudos” y en lugar de matarlos o ejecutarlos se les “retira”, como si fuesen un vehículo usado.

Todo ello plantea un dilema ético tratado innumerables veces en la ciencia ficción y nunca
totalmente resuelto. ¿Cuál es el estatus ontológico de un ser humano producto de la ingeniería genética desarrollada por una empresa con patente sobre el proceso? El desarrollo inverso, en cambio, parece estar más claro: un humano cuyo cuerpo sufre uno o varios reemplazos por implantes, prótesis o ingenios cibernéticos, no pierde sus derechos ni su condición de miembro de la especie humana. Pero las técnicas de fertilización in vitro ya empezaron a difuminar la línea entre los niños creados “naturalmente” y aquellos “procesados”. Los avances en clonación y manipulación genética plantearán nuevos debates éticos que para la CF, como decía, no son precisamente una novedad.

En “Blade Runner”, siguiendo el patrón clásico de la ciencia ficción, lo que parece a primera vista un maravilloso avance científico resulta ser en realidad una monstruosidad que se revuelve contra su creador. En lugar del doctor Frankenstein tenemos a dos genetistas, el doctor Tyrell, genial diseñador de los replicantes, y J.F.Sebastian, su ingeniero jefe. Ambos han dado rienda suelta a su instinto prometeico, llevando al extremo su deseo de crear una copia perfecta del ser humano. Pero ese deseo ya no responde a un sentimiento benefactor dirigido a satisfacer las necesidades humanas, sino al puro orgullo.

Tyrell parece estar movido únicamente por su fascinación por el propio proceso de creación de copias más y más perfectas, replicantes que puedan burlar los test creados para distinguirlos de los humanos. Y con Rachel, a quien se llega a referir como “hija mía”, casi ha triunfado. Por su parte, Sebastian ha volcado sus habilidades técnicas en un fin no menos personal: llenar su solitaria vida con “amigos” manufacturados: pequeños seres mecánicos defectuosos que, aparentemente, reproducen el estado de su propio cuerpo enfermo, aquejado de una decrepitud prematura.

En resumen, estos científicos han empleado sus talentos en crear copias genéticas que sirvan a sus propios fines y, en el proceso, han dotado a sus creaciones de cierta capacidad intelectual: las de Tyrell reflejan su deseo de perfección, belleza y transcendencia de su naturaleza “artificial”; las de Sebastian sólo encarnan sus propios defectos y la visión que tiene de sí mismo.

Yendo aún más allá en sus ambiciones de perfección, Tyrell ha programado a sus replicantes con
recuerdos de una vida que nunca existió –proporcionándoles incluso fotografías falsas de parientes y amigos- para convencerles de su humanidad. Ello ha erigido un peligroso puente entre los mundos humano y replicante. De hecho, tanto éxito ha tenido que han acabado despertando en éstos un artificial pero muy poderoso deseo por poseer una vida auténtica, una que –como sucede en obras como “Frankenstein”, “La Invasión de los Ladrones de Cuerpos”, “La Cosa”…- se define a sí misma como opuesta a aquéllos que tienen una vida “normal”, los humanos. El problema es que su corta vida y su inmediata adquisición de la madurez física les impide alcanzar una plenitud sexual y psicológica. En cierto sentido, son como niños grandes, incapaces de desarrollar adecuadamente sus emociones y de integrar sus actos en un cuadro ético (Pris, por ejemplo, acompaña su lenguaje infantil y aspecto inocente y virginal con un instinto tan asesino y despiadado como el de sus compañeros). Así, ya antes de llegar a la Tierra, los replicantes han matado a 23 personas. Una vez en su destino, se concentran en encontrar a sus creadores, Tyrell y Sebastian. Lo que buscan es el secreto que se esconde tras sus vidas rígidamente limitadas a cuatro años y la forma de alargarlas hasta parámetros humanos.



(Continúa en la siguiente entrada)

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