viernes, 30 de octubre de 2015

1997- EL MUNDO PERDIDO – Steven Spielberg



Cuando “Parque Jurásico” (1993) se convirtió en la película más taquillera de todos los tiempos, Universal Studios tomó la obvia decisión de producir una secuela. Michael Crichton, que no tenía previsto continuar la historia de su primera novela, se vio más o menos forzado a volver sobre los personajes y en 1995 presentó “El Mundo Perdido”, de la que ya hablé en una entrada anterior y cuya lectura recuerda inevitablemente a la novelización de un guión cinematográfico. Era un libro mediocre, sin ideas nuevas, que en lugar de profundizar en los temas expuestos en “Parque Jurásico” abusaba de fórmulas ya trilladas, como la innecesaria y absurda presencia de niños, para construir una historia dominada por la acción y el suspense.

“El Mundo Perdido” fue la primera y última secuela que Crichton escribió en toda su carrera y, dado el dinero que recibió por ello, difícilmente puede culpársele. Es más, el libro gana puntos cuando se le compara con el argumento de la película que se estrenó dos años después y que preparó David Koepp.



Han pasado varios años desde los acontecimientos narrados en “Parque Jurásico” y de que los militares arrasaran la isla. El matemático Ian Malcolm (Jeff Goldblum) recibe un mensaje para que acuda a visitar a John Hammond (Richard Attenborough), quien acaba de perder la presidencia de su corporación, InGen. Hammond le informa de que existen más dinosaurios además de los que aparecieron en la aventura anterior. En otra isla del archipiélago, Isla Sorna, InGen mantenía un complejo que “fabricaba” los dinosaurios y los mantenía en libertad hasta su madurez, momento en el que se los trasladaba al Parque Jurásico de Isla Nublar. A pesar de las limitaciones genéticas que les hacían dependientes de la lisina y por alguna razón desconocida, parece que los dinosaurios de Isla Sorna no sólo han sobrevivido todos esos años en ausencia de los humanos que les suministraban regularmente esa sustancia, sino que incluso se han reproducido.

Cuando se entera de que su novia, la paleontóloga Sarah Harding (Julianne Moore), se encuentra sola en la isla estudiando a las criaturas, Malcolm se une a un equipo de investigación que Hammond ha organizado en secreto y al cual se adhiere como
polizón su hija Kelly (Vanessa Lee Chester). Su llegada precede en poco tiempo a la de otro grupo, liderado por el cazador Roland Tembo (Pete Postlethwaite), enviado por InGen con la misión de capturar varios dinosaurios para un zoo que está construyendo en San Diego. Por supuesto, los cazadores se convertirán en cazados y ambos equipos, en mitad de un territorio hostil, se verán acechados por los dinosaurios más peligrosos.

El guionista David Koepp decidió prescindir de casi todo el argumento y parte de los personajes
del libro de Crichton, conservando sólo una línea general y algunas escenas muy potentes, como la del remolque atacado por los tiranosaurios hasta quedar colgando del vacío. Esto podría no haber sido una mala idea si no fuera porque el argumento que preparó a cambio resultó ser un batiburrillo de cabos sueltos y bruscos cambios de tono. Casi parece un trabajo alimenticio abordado con pocas ganas, o el primer borrador de algo que debería haberse pulido mucho más.

No sólo no se intentó una aproximación nueva sobre la idea inicial de Crichton sino que lejos de considerar que aquélla ya estaba agotada, se insistió en lo mismo sin esforzarse en tejer una línea unificadora. Así, el escaso argumento sirve exclusivamente para impulsar la acción de una escena con dinosaurios a la siguiente. De hecho, hay un 50% más de metraje con dinosaurios que en “Parque Jurásico”. Koepp debió pensar que puesto que la aparición de los magníficos animales era lo que todos los espectadores habían estado esperando en la primera película, se quedarían más satisfechos todavía si les ofrecía el doble de lo mismo. En realidad, la situación era la contraria. Cuatro años después del estreno de “Parque Jurásico”, la capacidad de sorpresa del público había disminuido e introducir más secuencias con saurios digitales no iba a conseguir recuperarla. Hubiera sido necesario una historia más sólida con mejores personajes, pero Koepp no supo dar ni con la una ni con los otros.

Uno de los problemas de la película es que muchas de las escenas son completamente irrelevantes
para la trama. Existen tan sólo como fuente de suspense y sorpresa, pero no llevan a ninguna parte ni tienen mayores consecuencias. Ejemplo de ello es el ataque del tiranosaurio sobre el tráiler, magistral en sí misma, pero sin conexión con la poco consistente trama. La propia estructura del film es extraña: cuando parece que la odisea en la isla ha terminado, vuelve todo a empezar trasladado a la gran ciudad, donde se resuelve el asunto de una forma absurda (¿Cómo un tiranosaurio encerrado en la bodega ha terminado con todos y cada uno de los tripulantes en alta mar? ¿Alguien puede creerse que un barco que se haya estrellado contra los muelles de hormigón del puerto siga siendo navegable?).

Spielberg y Koepp añaden también una larga secuencia con un tiranosaurio campando por la
ciudad californiana de San Diego y que no estaba en el libro –ni siquiera Crichton se atrevió a tanto-. Por supuesto, no es ni de lejos una idea nueva, puesto que se remonta a “El Mundo Perdido” (1912), de Arthur Conan Doyle –quien trasladó un pterodáctilo a Londres-; su primera adaptación al cine, “El Mundo Perdido” (1925) en el que un brontosaurio capturado escapaba por las calles de la misma capital inglesa; y, desde luego, “King Kong” (1933), cuyos clichés adopta nada sutilmente (por ejemplo, el barco que transporta al tiranosaurio a San Diego se llama “Venture”, como el navío que llevó a Kong a Nueva York). Este juego de homenajes se convirtió a la postre en fuente de problemas para el estudio, que consideró que la gente podría confundir el título de la película con el clásico de Conan Doyle (del que la novela era un homenaje-remake), por lo que originalmente se contempló el de “La Isla Perdida”. Al final, se mantuvo el título de la novela, pero añadiendo “Parque Jurásico” a continuación para identificarla como secuela del anterior film de Spielberg.

Uno de los principales ingredientes del éxito de “Parque Jurásico” había sido la sensación de
aislamiento que impregnaba la aventura. Los protagonistas estaban solos en un entorno hostil y debían afrontar contra su voluntad una amenaza que nadie antes había conocido. Al final, la mayoría de ellos se salvan, aunque no sin quedar traumatizados por la experiencia; y lo que es peor, nadie más que ellos sabe lo que les ha pasado porque todo el proyecto es secreto y a nadie le interesa divulgar lo ocurrido. En este sentido, “Parque Jurásico” tenía todas las cualidades de un buen film de terror: nadie puede oírte gritar y nunca sabrán –o creerán- lo que viste y viviste.

Por el contrario, “El Mundo Perdido” elimina esa impresión de reclusión al introducir a muchos más humanos en el drama e incluir un final en el que la criatura prehistórica entra en contacto con un mundo al que no podrá jamás unirse. La idea de hacer un paralelismo con King Kong o Godzilla no es mala en sí misma, pero está planteada de una forma demasiado cómica como para que alcance el potencial dramático que se merece (como en la escena en la que el niño despierta a sus padres diciendo que ha visto un dinosaurio por la ventana, o el T-rex zampándose al perro y saciando la sed en la piscina). Además, sacar al dinosaurio de su aislado entorno y dejarlo suelto en una urbe moderna ya no causa el mismo terror que en los años treinta. ¿O es que alguien duda que en menos de media hora la bestia sería abatida por algún arma hipersofisticada y supermortífera lanzada desde un jet supersónico?

Por otra parte, es una lástima que el realismo con el que los técnicos en efectos especiales trataron a los dinosaurios no se extendiera a los personajes, lastrados por tópicos y fórmulas
predecibles, obligados a comportarse de las maneras más inverosímilmente estúpidas para que así podamos verlos perseguidos y devorados por los monstruos de turno. Algunos de ellos resultan incluso totalmente prescindibles, como por ejemplo Kelly, la hija de Malcolm, cuya única virtud es la de amalgamar dos niños igualmente molestos sin ninguna relación familiar con Malcolm que Crichton había presentado en el libro. Posiblemente, la intención de Koepp era la de volver a tocar uno de los temas favoritos de Spielberg: el del conflicto que se crea entre los hijos y sus padres cuando éstos olvidan sus responsabilidades hacia aquéllos. En “Parque Jurásico” era el doctor Grant el que aprendía a ser padre de unos niños ajenos, pero también existen dinámicas de este tipo en “Encuentros en la Tercera Fase”, “La Guerra de los Mundos”, “Indiana Jones y la Última Cruzada”, “El Imperio del Sol”, “I.A. Inteligencia Artificial” o “Atrápame si Puedes”. En esta ocasión, vemos cómo Ian Malcolm trata de recuperar su papel de padre en una situación extrema, pero el intento no da resultado y Kelly no deja nunca de ser un personaje inútil introducido a la fuerza en la aventura para captar la atención y simpatía del público infantil. Al final, su única “aportación” a la trama consiste la de “vencer” de la manera más estúpida a un velocirraptor con unos pasitos de gimnasia rítmica infantil.

El papel del propio Malcolm resulta aquí inverosímil. Cierto, en “Parque Jurásico”, su cinismo, sarcasmo y mordacidad le habían convertido en uno de los personajes más atractivos; pero poner sobre sus hombros buena parte del peso protagonista es harina de otro costal porque, al fin y al cabo, resulta totalmente inverosímil que a un matemático todo lo alejado del estereotipo de hombre aventurero y de acción que uno pueda imaginar, le falte tiempo para regresar en compañía de desconocidos a una isla remota poblada de dinosaurios como los que a punto estuvieron de acabar con él en la primera parte y de cuyo trauma aún no se ha recuperado.

Su compañera, Sarah Harding era una etóloga en la novela de Crichton, pero en la película es
reconvertida en paleontóloga, asumiendo parte de los rasgos de un personaje, Richard Levine, que Koepp borró completamente de la historia. Sarah es aquí un personaje mucho menos simpático, hasta menos humano podríamos decir, que sus contrapartidas de la primera parte, Alan Grant y Elie Sattler. Su curiosidad y pasión por los dinosaurios es mayor que su instinto de autoconservación, lo que desespera a su novio y la convierte en alguien, al menos para mí, que sobrepasa lo tozudo para entrar en el terreno de lo repelente.

Aunque el peor personaje de todos es el de Van Owen (Vince Vaughn). El guión nunca acierta a informarnos de si es un simple fotógrafo-documentalista que se apunta a la peripecia, si trabaja como agente encubierto de alguna organización medioambiental o si opera un agente enviado por Hammond como parte del “plan de contingencia” que se menciona un par de veces. En mi opinión, creo que el único personaje salvable del reparto es el del veterano cazador Roland Tembo, a quien me habría gustado ver protagonizar la película. Pete Postlethwaite borda el papel interpretando al único individuo con los pies en el suelo y que parece ser consciente de que se encuentra en una isla con dinosaurios y no en una película de efectos especiales.

Cuando se enfrenta a una película eminentemente comercial, Steven Spielberg siempre parece atrapado entre “Tiburón” (1975) y “E.T.” (1982): sus films o bien rebosan momentos de suspense, o bien resplandecen con un sentimentalismo infantil y amor por el resto del universo. “Parque Jurásico” se ajustaba claramente en los parámetros de la primera opción, pero “El Mundo Perdido” oscila entre ambos extremos de una forma un tanto extraña y sin atreverse a postular claramente por
ninguno de ellos. Por una parte, el director transforma a las criaturas prehistóricas en sanguinarias y malévolas máquinas de matar, insuflando a la película un tono oscuro y desagradable (algo parecido ocurrió con la saga de Indiana Jones. Menos mal que no se le ha ocurrido hacer una continuación de E.T.).

Pero por otra parte y a pesar de sus escenas verdaderamente terroríficas, el guión deconstruye todo lo que se había planteado en “Parque Jurásico” diciéndonos que, si ponemos atención, veremos que incluso los dinosaurios más sanguinarios son en realidad criaturas eminentemente cariñosas con sus congéneres; así, se retrata al tiranosaurio como un tierno y protector padre. En la primera película, las simpatías de
los espectadores estaban con los humanos que trataban de sobrevivir a la caza de los grandes carnívoros, pero en “El Mundo Perdido” son los hombres los que tratan de proteger a los dinosaurios de la explotación capitalista. La imagen final de la película es la de una inverosímil utopía, una especie de tierra prometida en la que los dinosaurios pueden vivir y relacionarse libremente en su paradisiaca isla. Esos cambios de tono resultan desconcertantes.

Ciertamente, el talento cinematográfico de Spielberg consigue que “El Mundo Perdido” no sea en absoluto una cinta aburrida, si bien es probablemente una de las películas más flojas que ha
dirigido. Las secuencias en las que el tiranosaurio acecha al remolque en el que se esconden Malcolm y Sarah con la cría, empujándolo luego para que se precipite al abismo; o cuando son acechados por los velocirraptores en el complejo, son magistrales ejemplos de cómo construir suspense con imágenes. La sección central del film, con la expedición cruzando la isla a través de un territorio infestado de dinosaurios, tiene también una gran dosis de tensión. Spielberg fuerza el sesgo violento más que en la primera película, introduciendo varias escenas en las que algunos personajes acaban siendo devorados ante los ojos del espectador.

Buena parte de la película y particularmente la mayoría de las escenas de acción, transcurre de noche y lloviendo. Supongo que era la forma de evitar que los efectos especiales se notaran demasiado. Vemos relativamente pocos dinosaurios a plena luz del día y el truco se lleva tan lejos que incluso la conferencia de prensa de InGen para anunciar la apertura de su nuevo parque temático se celebra en mitad de la noche. De todas formas, los efectos especiales son, como era de esperar, sobresalientes y fueron nominados a los Oscar –aunque no ganaron. “Titanic” se lo llevó todo aquel año-. Los especialistas en este apartado consiguieron lanzar al espectador al centro de escenas frenéticas en las que la naturaleza digital de los dinosaurios era imposible de distinguir. Sin embargo, y sin negar su calidad técnica, ofrecen pocas novedades, limitándose en general a ofrecer versiones más alargadas y espectaculares de momentos ya vistos en la primera parte. Se presentan de pasada algunas criaturas nuevas, pero las estrellas de la función continúan siendo las mismas que en “Parque Jurásico”: el tiranosaurio y el velocirraptor.

Sea como fuere, “El Mundo Perdido” volvió a ser un éxito. Sobre un presupuesto de 73 millones de dólares, recaudó en todo el mundo 619 millones. ¿Acaso se podía pedir más? ¿Alguien dudaba de que habría, al menos, una tercera entrega?

La continuidad de la franquicia, sin embargo, ya no tendría a Spielberg como nombre de bandera. Él mismo ha confesado que pese a que presionó para quedarse con la dirección de “El Mundo Perdido” desplazando a Joe Johnston –quien se encargaría de la tercera película de la saga- su descontento con todo el proyecto no hizo sino crecer conforme avanzaba la producción. “El Mundo Perdido” era su primera película como realizador después de pasar tres años sabáticos y se dio cuenta de que lo que tenía entre manos no era más que una frenética película de acción en la que los personajes apenas tenían diálogos decentes. Su insatisfacción le llevaría a rodar ese mismo año una cinta muy diferente, reflexiva, de corte humanista y ritmo pausado: “Amistad”.

“El Mundo Perdido” es, en último término, una película que no consigue igualar a su predecesora, repleta de tópicos y agujeros argumentales y carente de personajes de peso. Con todo, puede disfrutarse como mero entretenimiento si se logra prescindir de cualquier exigencia crítica y se deja uno llevar por el simple sentido de lo maravilloso.


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