jueves, 22 de noviembre de 2012

1932-UN MUNDO FELIZ - Aldous Huxley (1)






Julian Huxley, nieto del principal defensor de Darwin, T.H.Huxley, fue no sólo un notable biólogo evolucionista, sino un activo divulgador científico. En colaboración con H.G.Wells, publicó un tratado en nueve volúmenes titulado "La Ciencia de la Vida". Pionero en la utilización de los medios de comunicación como canales divulgativos, ganó un Oscar por el primer documental cinematográfico sobre el mundo natural, "The Private Life of the Gannets" (1934). Su trabajo en zoología promovió la educación medioambiental y el conservacionismo y su labor fue reconocida con su nombramiento como el primer Director General de la UNESCO (United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization). Y, por si fuera poco, en 1961 fundó la World Wildlife Fund (WWF). Y, con todo, en la historia popular de la genética, su figura queda ensombrecida por la de su hermano, Aldous.

Aldous Huxley no es sólo famoso por firmar el guión original de "Alicia en el País de las Maravillas" de Walt Disney, sino, sobre todo, por ser el autor de uno de los más importantes iconos de la ciencia ficción: "Un mundo feliz", un libro visionario al tiempo que enraizado en su tiempo, en el que se ofrece una inquietante visión de un futuro definido por la ingeniería genética y social.

Huxley halló su inspiración en la obra del colega de su hermano Julian, el ilustre H.G.Wells. Éste, como hemos visto repetidas veces en este blog, se había ido convirtiendo en un reformista social que abogaba por medidas que condujeran en la dirección de sus fantasías utópicas, fantasías plasmadas en obras como "Una Utopía moderna" (1905) y, especialmente, "Hombres como Dioses" (1923). Fue precisamente en respuesta al optimismo que destilaba esta última que Huxley decidió escribir su desafiante distopia, una distopia que, por otra parte, el propio Wells había considerado en etapas más tempranas de su carrera en la novela "Cuando el durmiente despierte" (1899).

"Un mundo feliz" avanza hasta el siglo XXVI para retratar la desconcertante sociedad londinense. Dividido en tres partes, el libro nos presenta en primer lugar las generalidades del Estado Mundial, una sociedad que Huxley imaginó tras regresar de un viaje a los Estados Unidos. En el Estado Mundial del año “634 D.F:”, es decir, 634 años después de Ford, no hay guerra, pobreza ni dolor. Y todo ello gracias a la precisa aplicación de la ciencia genética.

Dicho así, podría interpretarse como un sentido homenaje al abuelo del autor, pero enseguida se hace evidente que tal paraíso oculta oscuros secretos. Porque todos estos parabienes se han obtenido eliminando cualquier desviación genética entre la población, borrando en el proceso (que incluye manipulación de los fetos, clonación y condicionamiento intensivo) todo aquello que los convierte en individuos dotados de personalidad propia. Es una sociedad homogénea y hedonista que se entrega a la promiscuidad, el uso intensivo de drogas alucinógenas, la felicidad vacía de expresión, el consumismo inducido y el culto al señor Ford -símbolo del utilitarismo y el capitalismo más descarnado-. No existe el crimen, la miseria o la enfermedad, la medicina ha conseguido una especie de juventud perpetua hasta la muerte que, cuando acontece a los sesenta años, se afronta de forma tranquila y serena en establecimientos diseñados a tal efecto.

Los dos mil millones de ciudadanos de este Estado Mundial no nacen, sino que son criados en grandes incubadoras (de hecho, consideran el parto biológico como un concepto atávico y desagradable). Desde su estadio fetal se les imprimen no solo las características físicas, sino una serie de habilidades y virtudes entre las que se incluyen la obediencia pasiva a la autoridad, el consumismo, el sentimiento gregario y la promiscuidad sexual. Desde antes siquiera de cobrar forma, se les clasifica en castas: los Alfas en el vértice de la sociedad, se encargan de las tareas profesionales; los Betas ocupan posiciones intermedias de mando y los inferiores Gammas, Deltas y Epsilones quedan relegados a los trabajos manuales.

Los niños ni siquiera son educados por sus progenitores. El distanciamiento del mundo natural se
hace patente en la frase pronunciada por un científico: “Porque deben ustedes recordar que en aquellos tiempos de burda reproducción vivípara, los niños eran criados siempre con sus padres y no en los Centros de Condicionamiento del Estado". En esos centros, los niños son sometidos a un intenso adoctrinamiento conductivo a base de lemas. Por ejemplo: "Comunidad, Identidad, Estabilidad", que se repite hipnóticamente a los niños durante su sueño con el fin de que asuman como natural la rígida división en castas genéticas: "¡Oh, no, yo no quiero jugar con niños Delta! Y los Epsilones todavía son peores. Son demasiado tontos para poder leer o escribir. Además, visten de negro, que es un color asqueroso. Me alegro mucho de ser un Beta porque no trabajo tanto (...) Y, además, nosotros somos mucho mejores que los Gammas y los Deltas. Los Gammas son tontos (...) »

 

De igual forma, el eslogan “Cuando el individuo siente, la comunidad se resiente” justifica el que, para alcanzar la paz social, sea necesario eliminar todo aquello que afecte emocionalmente o impulse a reflexionar. De ahí animar a los niños a practicar el sexo desde edades muy tempranas, vaciando el acto de cualquier tipo de compromiso o moralidad; las drogas legales (“soma”) con que se premia a los trabajadores; o los sensoramas, un trasunto de realidad virtual que sustituye a las descargas de adrenalina descontroladas. La educación se reduce a lo estrictamente necesario para realizar el trabajo que a cada individuo se le asigna en función de su casta genética. En palabras de uno de los directores de un centro de reproducción: "Porque los detalles, como todos sabemos, conducen a la virtud y la felicidad, en tanto que las generalidades son intelectualmente males necesarios. No son los filósofos, sino quienes se dedican a la marquetería y los coleccionistas de sellos, los que constituyen la columna vertebral de la sociedad”.

Y, por supuesto, el consumismo y la eficiencia económica. Hasta los cadáveres se reciclan. Todo se sacrifica al altar de la eficacia y la productividad, palabras-mantra con que se nos bombardea hoy día en el mismo intento de lavado de cerebro que en el libro de Huxley. Esa obsesión llega hasta el propio diseño genético: “Aunque la mente de un Epsilon alcanzaba la madurez a los diez años, el cuerpo no era apto para el trabajo hasta los dieciocho. Largos años de madurez superflua y perdida. Si el desarrollo físico pudiera acelerarse hasta que fuera tan rápido, digamos, como el de una vaca, ¡qué enorme ahorro para la comunidad!". Es la eficiencia fría y deshumanizada que tanto temían los intelectuales de la época.

Y es que Huxley imagina una sociedad basada en los principios de ingenieros especialistas: uniformidad e ideología comunitaria taylorista. Frederick Taylor había muerto en 1915, pero su filosofía, el taylorismo, tal y como la entendió y aplicó Henry Ford en la línea de montaje de su famoso modelo T, se convirtió en uno de los iconos de la modernidad tecnológica en los años veinte y treinta del siglo XX.

El fordismo transformó la fábrica en una suerte de supermáquina que combinaba partes mecánicas y otras humanas. No es extraño pues, que las sensaciones de alienación y deshumanización dominaran el pensamiento intelectual de la época. El vagabundo interpretado por Charlie Chaplin acaba "procesado" por la cadena de montaje en "Tiempos Modernos"; Fritz Lang edifica una Metrópolis en la que los obreros son tratados como máquinas y Aldous Huxley retrata la producción en serie de individuos manipulados genéticamente en un mundo en el que Henry Ford es venerado como una figura sagrada y el Interventor Albert Mond, al mando de Europa Occidental, simboliza el perfecto industrial.

Lo realmente aterrador de ese futuro es que, como reza el título, todo el mundo es feliz. El propio
Huxley indicaba en la introducción a una edición posterior: "Un Estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna, por cuanto amarían su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada en los actuales Estados totalitarios a los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela". Ese mismo razonamiento se repite en el texto de la novela: “Y éste es el secreto de la felicidad y la virtud: amar lo que uno tiene que hacer. Todo condicionamiento se dirige a lograr que la gente ame su inevitable destino social”.

(Continúa en la siguiente entrada)

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