sábado, 11 de febrero de 2012

1920- UN VIAJE A ARTURO – David Lindsay

Esta novela continua siendo relativamente desconocida, aunque tiene fans que la alaban de forma entusiasta. Se trata de una historia que se ajusta al arquetipo que podríamos denominar “Camino del Peregrino” (aunque Lindsay, como Tolkien, repudiaba la alegoría), en la que el protagonista avanza poco a poco y a través de pruebas diversas hacia la comprensión de la naturaleza espiritual del cosmos.

Maskull es un hombre de los años veinte que se ve transportado al planeta Tormance, un mundo en la constelación de Sirio. Allí despierta con su cuerpo transformado en el de un alien humanoide, embarcándose inmediatamente en una serie de aventuras pintorescas y atropelladas. En su periplo intervienen, entre otros, dos seres extraterrestres, Muspel y Crystalman, espíritus de tipo dualista bien/mal: Muspel es la fuente de la luz espiritual mientras que Crystalman rompe esa luz en fragmentos materiales. Lindsay dramatiza estos fragmentos (equivalentes al mundo material y más concretamente a “nosotros”) como “corpúsculos verdes” parecidos a gusanos que se esfuerzan por alcanzar a Muspel pero “demasiado débiles y diminutos para hacer algún progreso”, “bailando contra su voluntad” al ritmo que marca Crystalman, en un proceso en el que “sufren una espantosa vergüenza y degradación”. El libro termina con un Maskull transfigurado que reconoce que sólo a través del dolor se puede conseguir escapar del tormento generado por Crystalman.

El lector va pasando de una metáfora a otra mientras sigue el viaje de Maskull por diferentes tierras que encarnan sistemas filosóficos o estados mentales, desarrollando y perdiendo nuevos apéndices, encontrando que sus pensamientos, creencias y visión de la vida cambian de forma similar a la manera como nuestros sueños nocturnos se funden unos con otros. Precisamente, una forma –y no la única- de leer “Un Viaje a Arturo” es como si fuera un sueño, una narración que hace uso de la imaginería propia del mundo onírico para reflexionar sobre cuestiones filosóficas: qué significa ser humano, cuál es la naturaleza de la realidad y cuán mutables son nuestras interpretaciones del bien y el mal. El protagonista es un personaje hueco, sin personalidad: confuso y aferrado a sus antiguas creencias, simboliza la búsqueda del auténtico conocimiento que pueda llenar el alma otorgándole comprensión.

“Un viaje a Arturo” es uno de esos libros que o amas u odias. Algunos lectores encuentran sus
retorcidas complejidades frustrantes y autoindulgentes; para otros, se trata de una revelación intuitiva y elocuente sobre la verdadera naturaleza de la vida. Sea como fuere, está claro que no fue escrito con ánimo de contentar a las masas. Novela situada en la difusa frontera entre fantasía y ciencia-ficción, su adscripción a la segunda viene dada por su inclusión de viajes interplanetarios, aventuras en lejanos planetas y aparición de seres alienígenas. Pero además del cultismo que la integra en el movimiento Modernista, no hay duda de que tiene abundantes elementos que lo acercan a la fantasía pura: sus barrocas peripecias sin justificación racional, los extraños personajes y estrafalarias conclusiones conforman una mitología privada, un ethos y una autocontemplación mística que valora la mortificación de la carne. El lector a menudo se siente incapaz de diferenciar lo que es real o no en la novela, empapándose de una sensación etérea, onírica, que emana tanto de las situaciones expuestas como de la prosa utilizada

Es fácil decir que el reiterado desagrado de Lindsay por el deseo sexual y su fetichismo por la “pureza” (“abrasadoras chispas espirituales aprisionadas en una horrenda pasta de suave placer”), junto a su creencia de que la vida es dolor (un dolor, además, que debe ser soportado e incluso celebrado) son sencillamente repelentes. Otros pueden encontrar estas ideas no sólo tranquilizadoras sino profundas, una mirada al sustrato espiritual que subyace en el cosmos.

Aunque no es difícil reconocer aquí una alegoría de la mitología cristiana, el sentido de su elaborado simbolismo es más oscuro. El enigmático Maskull puede ser Jesús, pero también el Anticristo. El planeta Tormance bien podría ser el cielo, aunque también el infierno. Y todos los intervinientes tienen una naturaleza dual. Si bien las intenciones de Lindsey no son fáciles de entender, sus orígenes sí lo son. Nacido y educado en una estricta ética calvinista, estuvo también influido por Nietzsche, un choque de ideas contradictorias que dio origen a la base de su exploración literaria acerca de la moralidad, la filosofía y el sentido de la vida. Sus conclusiones no son optimistas, lo que no debería sorprendernos dado que escribió este libro en las postrimerías de la catastrófica Primera Guerra Mundial.

Ciertamente, esta novela no se parece a ninguna otra: un trabajo de extraordinaria aunque poco convencional grandeza mítica y poética. Su singularidad, que a la larga aseguraría su pervivencia, también fue la causa de su fracaso inicial. Los lectores no supieron cómo interpretar lo que leían y el resultado fue que “Un viaje a Arturo” sólo vendió 596 copias cuando se publicó por vez primera. Lindsey murió en 1945 sin que su carrera como escritor hubiera despegado jamás, pero su obra sigue aquí, alabada como un relevante mojón en el camino de la fantasía y la ciencia-ficción contemporáneas, acumulando más ediciones que muchos de sus prolíficos y populares colegas que trabajaban para las revistas pulp. Veinte años después de la publicación de este libro, JRR Tolkien siguió los pasos de Lindsey y reconoció su deuda con ese escritor.

Casi un siglo después de su aparición, no es fácil recomendar “Viaje a Arturo”. Trabajos como estos, que desafían una definición convencional, pueden gustar a lectores que busquen algo diferente. Quien quiera leer algo extraño, retorcido, onírico y exigente, puede intentarlo. Aquellos cuyos gustos se decanten más por novelas en las que exista una progresión narrativa definida, pueden sentirse decepcionados por una obra en la que no hay forma de predecir lo que va a suceder cinco páginas más allá y en la que resulta muy complicado ordenar todas las piezas de una forma coherente.

viernes, 10 de febrero de 2012

1988- HUÉRFANOS DE LA CREACIÓN - Roger MacBride Allen


"Supongamos que una o varias especies de nuestro género ancestral Australopithecus hayan sobrevivido: un escenario perfectamente razonable en teoría. Nosotros, es decir, el Homo sapiens, hubiéramos tenido que enfrentarnos a todos los dilemas morales que implica el tratar con una especie humana dotada de una capacidad mental claramente inferior. ¿Qué hubiéramos hecho con ellos? ¿Esclavizarlos?, ¿Exterminarlos? ¿Coexistir con ellos? ¿Convertirlos en trabajadores domésticos? ¿Meterlos en reservas? ¿En zoológicos?"

Esta cita del famoso paleontólogo y divulgador Stephen Jay Gould no solo inspiró el libro que nos ocupa, sino que define a la perfección su tema central. Es una obra que mezcla la especulación científica seria, la divulgación y la reflexión sobre el concepto que tenemos de nosotros mismos como especie.

Bárbara Marchante es una joven paleoantropóloga que trabaja en el Museo Smithsoniano de Washington. Durante unas vacaciones en su casa familiar de Gowrie, Mississippi, descubre el antiguo diario de un antepasado suyo, Zebulon Jones, un esclavo negro que a mediados del siglo XIX consiguió escapar a los Estados del norte y hacer fortuna en los negocios. En aquellas viejas páginas Jones describe que cuando era niño llegaron a las plantaciones sureñas unas extrañas criaturas humanoides que los traficantes de esclavos querían vender en lugar de los negros con la intención de bordear las nuevas leyes que penalizaban el tráfico (que no la posesión) de esclavos. Siguiendo las pistas que encuentra en el diario, Bárbara comienza una rápida excavación en la finca para averiguar si, efectivamente, están allí enterrados lo que ella cree serán gorilas. Sorprendida es decir poco para describir su impresión cuando lo que descubre son esqueletos no fósiles y completos de Australopitecos. La conclusión es clara: esa especie, que se creía extinguida hacía un millón de años, estaba viva tan sólo ciento cuarenta años atrás.

Con ayuda de sus colegas de profesión, pone en marcha una investigación que la llevará a las
selvas tropicales de Gabón para descubrir que estos homínidos siguen existiendo, utilizados como esclavos por una esquiva tribu local. Mientras tanto, ajenos a lo que ocurre en África, un intenso revuelo se levanta en la comunidad científica internacional, los círculos religiosos más fundamentalistas y la sociedad en general. Porque ese descubrimiento tiene profundas connotaciones biológicas, filosóficas y religiosas, por no hablar del impacto sobre leyes laborales, derechos humanos, derecho internacional... De repente, debemos enfrentarnos al hecho de que no estamos solos en la Tierra, de que no somos tan únicos como creíamos, que tenemos un pariente algo menos inteligente que nosotros, pero básicamente igual. ¿Es necesario ser humano para tener la consideración de persona?

"Huérfanos de la Creación" comienza como un pariente lejano de aquellos antiguos relatos de ciencia-ficción en los que un aguerrido aventurero descubría civilizaciones utópicas ("La raza venidera") o atrasadas ("Pellucidar") bajo la superficie terrestre o en lejanos e inaccesibles valles. Pero la ciencia, los autores y los lectores de ciencia-ficción han evolucionado mucho desde entonces y su nivel de exigencia es considerablemente. La delirante acción y fantasía propios de los pulps dejan paso al ritmo pausado y meticuloso propio del método científico y al planteamiento de dilemas morales. La novela de Allen se inscribe dentro de una corriente que surgió a mediados de los ochenta y a la que también pertenecen novelas como "Ancient of Days" (1985) de Michael Bishop, "A Different Flesh" (1988) de Harry Turtledove o, más recientemente, la trilogía "El Paralaje Neanderthal” (2003) de Robert J.Sawyer. En todas ellas se explora la validez de nuestra definición de "humano" (si es que existe tal definición).

Allen aborda la cuestión desde un punto de vista científico. Aunque se mencionan los problemas
religiosos que pueden surgir a raíz del descubrimiento, se contempla exclusivamente la perspectiva de los creacionistas norteamericanos. El libro es mucho más interesante como minuciosa descripción del método paleontológico, con detalladas descripciones de cómo se realizan las excavaciones, sus pasos, precauciones a tomar y detalles a observar; nos explica las razones para hacer esto o aquello, las diferentes teorías del origen del hombre, el circuito que sigue la información en los ámbitos científicos y el papel de la prensa (si bien el autor acelera los acontecimientos y procedimientos usuales con el fin de ajustarse al ritmo de su novela, algo perfectamente disculpable por cuanto lo que escribe es ficción, no un reportaje). Puede sonar aburrido, pero el autor se las arregla para transmitir con eficacia el entusiasmo propio de los investigadores. El detalle de ese proceso de investigación no sólo ilustra sobre los principales aspectos de una disciplina bastante desconocida, sino que nos ilumina sobre el objetivo último que persiguen estos científicos, a menudo sepultado bajo masas de huesecillos, cráneos, mediciones y fósiles: descubrir en qué momento de la historia nos convertimos en lo que somos.

La novela cuenta con unos sólidos personajes, bien desarrollados al margen de la acción principal. Los protagonistas son gente muy real, con problemas sentimentales e inseguridades profesionales. Bárbara Marchante mantiene una difícil relación sentimental con su ex-marido; su exitosa carrera académica contrasta con su fracaso matrimonial. Su jefe, el doctor Grossington duda entre comprometer su reputación en una empresa arriesgada y polémica o continuar con su apacible y seguro modo de vida. Livingston Jones, el joven primo de Marchante, viaja a África para hallar un continente muy alejado de la imagen idealizada que había cultivado como cuna de su raza. Son muy interesantes -y fundamentales para fijar el punto de vista del autor respecto al tema central de la novela- los pasajes en los que se nos revelan con acierto los sencillos -pero muy humanos- pensamientos de "Jueves" la hembra de Australopiteco que acaba siendo un protagonista más.

La novela toca la cuestión del racismo ampliado a otra especie homínida que, a efectos prácticos,
es igual a nosotros. Hubo un tiempo en el que Homo sapiens compartió la Tierra con otras especies homínidas. El que ahora la nuestra sea la única especie homínida en el planeta es una etapa excepcional en nuestra evolución. ¿Qué pasaría si no fuera así? Tenemos una elevada imagen de nosotros mismos pero el panorama que dibuja Allen respecto a nuestra actitud a otros seres hermanos es tan deprimente como verosímil.

A pesar de venir firmado por un autor poco conocido en nuestro país dentro de la ciencia-ficción, “Huérfanos de la creación” demuestra que Allen no sólo es capaz de exponer abundante y rigurosa información científica de forma asequible para el lector medio, sino construir alrededor de ella una novela de especulación científica inteligente, ágil, entretenida y capaz de mover a la reflexión -no necesariamente cómoda- acerca de nuestros orígenes y naturaleza.

jueves, 9 de febrero de 2012

1981-HOMBRE - Antonio Segura y José Ortiz

El guionista Antonio Segura y el dibujante José Ortiz son dos nombres fundamentales en el desarrollo del comic adulto español de comienzos de los años ochenta. Ortiz (1932), el más veterano del dúo, había comenzado su carrera profesional mucho antes, a los 16 años, trabajando para diferentes editoriales (Maga, Valenciana, Toray, Bruguera). Su trayectoria es demasiado extensa como para siquiera mencionar de pasada los títulos en los que participó. En los años sesenta destina su producción al extranjero a través de agencias, destacando su participación en la editorial norteamericana Warren, de la que, gracias a su rapidez y eficacia, se convirtió en el principal dibujante. Pero en la década de los ochenta, cansado de ilustrar guiones escritos por autores con sensibilidades muy diferentes a la propia y aprovechando la oportunidad que brindaba el nuevo mercado de revistas de historieta español, vuelve al panorama nacional dibujando los guiones de un nuevo y entusiasta escritor, Antonio Segura.

Segura (1947-2012) pareció ser el guionista más omnipresente del mundo historietístico español en los años ochenta. Gran apasionado de la ciencia-ficción, creó tres personajes para otros tantos dibujantes a la búsqueda de su obra más personal. "Hombre" (José Ortiz), "Bogey" (Leopoldo Sánchez) y "Orka" (Luis Bermejo) eran series que transcurrían en diferentes momentos del mismo futuro. Cuando aún se encontraban en fase de desarrollo, la nueva revista a la que iban dirigidas se canceló sin siquiera haber mandado a imprenta el primer número. Presentaron la única historia dibujada con que contaban, una de "Hombre", a Josep Toutain, principal editor de comic adulto del momento, quién la rechazó con desalentadores comentarios. No hizo tantos ascos Rafael Martínez, editor de Norma Editorial, quien abrió un hueco para las tres series en su nueva revista Cimoc, convirtiéndolas en pioneras en nuestro país de la nueva ciencia-ficción en viñetas por sus planteamientos pesimistas, visión negativa de la naturaleza humana y personajes endurecidos que poco tenían que ver con el héroe tradicional que se había venido cultivando en la historieta española.

"Hombre" comenzó su andadura, como hemos dicho, en la revista Cimoc en 1981, en episodios autoconclusivos de 12 a 14 páginas a blanco y negro. Desde el principio se nos presenta un futuro sombrío como pocos. No es el apocalipsis nuclear ni una invasión alienígena ni una súbita catástrofe ecológica lo que ha destruido la civilización. Ha sido la propia estupidez humana. La
escasez de energía, la inestabilidad social, la incapacidad de los políticos… todo ello ha contribuido a la desintegración de la civilización tal y como la conocemos hoy: la vida urbana, el comercio, las leyes, el orden, la moralidad... Las ciudades han quedado reducidas a cascarones de hormigón en ruinas donde malviven desesperados que nada tiene que perder porque ya lo han perdido todo; grupos de personas viven diseminadas en pequeños asentamientos tratando de defenderse de salteadores y carroñeros. Como dice el protagonista, "los sentimentales no tienen ningún futuro en este mundo de mierda”. Esa es la filosofía que rige su vida, una vida que no tiene más expectativa que sobrevivir en ese mañana sumergido en la barbarie en el que no hay amigos ni amores porque en nadie puedes confiar, tan solo rivales por los últimos pedazos aprovechables de un brillante pasado.

Hombre es un antihéroe muy a la española. De la misma forma que el patrio Don Quijote nada
tiene que ver con el heroico rey Arturo, la creación de Segura y Ortiz guarda poco parecido con los flamantes héroes anglosajones, valientes, emprendedores nobles y siempre sujetos a unas estrictas normas éticas aun en los peores entornos y situaciones. Hombre es sucio, feo, egoísta, individualista y cruelmente pragmático; no defiende causa alguna ni cree en nada más que en su propia supervivencia, abomina de la especie humana y vive a caballo entre una perpetua nostalgia por lo perdido y un profundo pesimismo que le impide soñar en un mundo nuevo.

Las historias de Segura, aunque nunca exentas de acción, son en realidad negros retratos de los peores defectos del ser humano puestos en evidencia ante situaciones y dilemas de difícil resolución. "Hombre" no es completamente malo, pero sabe ser cruel y despiadado en un mundo postapocalíptico que mucho tiene que ver con el western por su ambiente de frontera, de mundo sin ley y personajes extremos.

Guionista y dibujante despliegan desde el principio una sólida compenetración. La experiencia del segundo en el diseño realista de personajes y el ágil lenguaje narrativo aporta un perfecto reflejo
gráfico de ese negro futuro. En un entorno dominado por una naturaleza agresiva que engulle rápidamente los últimos restos de un mundo antaño sometido por el hombre, van desfilando un largo catálogo de individuos cuya naturaleza siniestra y degenerada halla precisa expresión en sus retorcidos rostros: hermanos que violan y matan a sus hermanas, desaprensivos –o desesperados- que abandonan a los bebés, familias caníbales, seres horriblemente deformados por la radiación escapada de centrales nucleares abandonadas, monjes fanatizados, tiranos de poca monta, ancianos violadores, niños asesinos … la vida humana no vale nada y, fiel a su máxima, Hombre renuncia al sentimentalismo… o eso cree. Porque oculto bajo espesas capas de cinismo y egoísmo, aún anida en su interior un rescoldo de compasión y justicia. Aunque no lo quiera admitir, ello es lo que le lleva a adoptar decisiones que pondrán en peligro su vida.

"Hombre" se trasladó en 1983 a otra revista "K.O.Comics", tras cuya etapa, en 1986, regresaría a Cimoc con historias a todo color. A mediados de los noventa, el personaje completaría su andadura totalizando 19 historias cortas en blanco y negro y cinco álbumes a color: "Hombre" (1984), "La herencia de la humanidad" (1984), "No soy tan duro como creía" (1988), "El último enemigo" (1989), "Atila" (1992), "Sobrevive mientras puedas" (1994) y "Peregrinos del Infierno" (1995), todos ellos publicados por Norma Editorial.

Como suele suceder, "Hombre" fue una serie que acabó siendo víctima de su propio éxito. Los
autores terminaron agotando las historias que se podían contar del personaje, pero éste se vendía tan bien en toda Europa que no resultaba sencillo matar a la gallina de los huevos de oro. El cansancio de los creadores consiguió no obstante canalizarse positivamente durante un par de historias a través de una evolución coherente del personaje. Éste, envejecido y cansado, encuentra algo parecido al amor, la amistad y la familia solo para perderlo cuando, por primera vez, empieza a pensar en tener un futuro libre de violencia. Es entonces cuando encuentra a la joven y exuberante Atila, nacida tras el colapso de la civilización y representante de la nueva raza de "salvajes" que viven libres, sin depender de los restos materiales y morales de un pasado que no conocieron. Atila le hace sentir aún más anciano, más amargado y más fuera de lugar. El personaje debería haber muerto en esa aventura, pero los autores prosiguieron sus peripecias con una serie de historias cortas cada vez con menor interés, más alejadas de la esencia del protagonista y dibujadas y coloreadas con mayor tosquedad y descuido.

En resumen, obra clave del cómic español y de la ciencia-ficción nacional en viñetas. A recomendar únicamente los cinco primeros álbumes de este antihéroe antipático pero tristemente verosímil.

martes, 7 de febrero de 2012

1726- LOS VIAJES DE GULLIVER - Jonathan Swift


Los dos textos clave del siglo XVIII relacionados con la ciencia-ficción son, por una parte, “Micromegas” (escrito en 1730 pero publicado en 1750) de Voltaire y, por otra, "Travels into Several Remote Nations of the World" (comúnmente conocido como "Los viajes de Gulliver", 1726) escrito por Jonathan Swift. El resto de "viajes extraordinarios" publicados en el siglo XVIII, aunque interesantes, no eran más que acumulaciones de nuevas maravillas y prodigios a una historia por lo demás muy conocida. Swift y Voltaire, sin embargo, reescribieron las reglas de la ficción especulativa liberándola del literalismo de los poetas científicos y las ataduras del pensamiento religioso.

"Los Viajes de Gulliver" sigue siendo hoy una de las novelas más famosas del siglo XVIII y un clásico de la Literatura universal. El gran viajero Lemuel Gulliver sale de Inglaterra y navega por el mundo. Náufrago en la isla de Lilliput, descubre un reino de gente diminuta; se alía con ellos en su guerra contra el igualmente pequeño estado de Blefuscun. Pero a pesar de ello y de salvar muchas vidas apagando un fuego en el palacio real orinando sobre él, cae en desgracia en la corte y el rey le condena a que le saquen los ojos. Gulliver decide huir y consigue regresar a Inglaterra. En el segundo volumen, el protagonista llega a la tierra de los Brobdingnags, donde todo, incluidos sus habitantes, tiene un tamaño gigantesco. En el tercer libro, Gulliver emprende un nuevo viaje en el que encuentra varias islas, como Balnibarbi, sobre la que a su vez flota la isla de Laputa gracias a sus ingenios magnéticos. En el cuarto y último episodio, encuentra una raza utópica de caballos inteligentes, los Houyhnhnms.

Los críticos están divididos a la hora de considerar los viajes de Gulliver como ciencia-ficción. Para algunos, la intencionalidad de la obra es exclusivamente satírica o moral, no especulativa. Ciertamente, Jonathan Swift ataca con un humor corrosivo la naturaleza humana, los relatos de viajes tan populares en la época y la propia ciencia. Es también un buen ejemplo de lo que se ha dado en llamar "novela planetaria", muy cultivada en el siglo XVIII a menudo con tono burlesco y socarrón. Pero todo ello no es razón para excluirla del género toda vez que sí contiene especulación en el libro y que ésta y la sátira no son mutuamente excluyentes, especialmente dentro de la CF.

Se ha afirmado también que "Los viajes de Gulliver" es una obra acientífica o incluso anticientífica sobre la base de que en los primeros dos capítulos la ciencia ni siquiera aparece y que en los siguientes el autor ridiculiza la vida en la isla de Laputa (científicos tronados obsesionados por la "filosofía natural") en contraste con la pureza reinante entre los equinos Hoyhnhnms, tan ajenos a la sabiduría técnica que ni siquiera han descubierto la metalurgia. Estos argumentos no se sostienen por cuanto existen abundantes ejemplos de obras adscritas claramente a la ciencia-ficción en las que o bien no existe ciencia o bien se abjura de la misma (recordemos el clásico "La Tierra permanece", de George Stewart).

No sólo eso, sino que Swift describe a los liliputienses como excelentes matemáticos y hábiles constructores de máquinas; tanto ellos como los brobdingnagianos disfrutan de un alto nivel técnico, si bien con carencias que dan lugar a episodios cómicos (el asombro de los primeros con el reloj de Gulliver o el desinterés del rey gigante por los cañones).

En lo que existe menos desacuerdo es en el encuadramiento del tercer episodio dentro de los esquemas propios de la ciencia-ficción. Después de haber sido asaltado por piratas en el mar del Sur de la China, Gulliver llega a las costas de un país llamado Balnibarbi. Apenas ha puesto un pie en tierra firme cuando aparece la isla voladora de Laputa

El escritor había sacado la idea de la isla flotante de los experimentos magnéticos realizados por el físico inglés William Gilbert. Laputa puede ser considerada como un planeta o como el producto de una avanzada tecnología. Dispone de su propia geología, lo que apunta a la primera posibilidad, pero sus galerías de observación e instalaciones son propias de un vehículo aéreo. La relación física entre Laputa y Balnibarbi apunta a un modelo planetario -aunque la fuerza no es la gravitación newtoniana sino el magnetismo-, pero el que los científicos laputianos puedan modificar la posición de la isla la convierte en un artefacto volador.

Así, hay quien ha apuntado que quizá la isla de Swift sea la primera nave que aparezca en la ciencia-ficción, una colonia "espacial" de individuos tecnológicamente superiores, aunque lo más probable es que el propósito de Swift fuese ridiculizar los esfuerzos contemporáneos para construir vehículos voladores. Uno de ellos, propuesto en el siglo XVII por el jesuita alemán Athanasius Kircher, basaba su diseño en el mismo principio magnético que Laputa.

No sólamente su hábitat es muy parecido al de una nave espacial, sino que los propios habitantes
de Laputa son más parecidos a alienígenas que a humanos. De hecho, son mucho más extraños que los liliputienses, los seres gigantes o los caballos inteligentes que aparecen en sus otros viajes. Con sus cabezas inclinadas, un ojo mirando hacia dentro y otro hacia el cielo, la mente de estos "hombres" está constantemente ocupada. Ataviados con extravagantes túnicas estampadas con soles, lunas y estrellas, se pasan la vida absortos en reflexiones matemáticas y astronómicas: "sus aprensiones nacen de los diferentes cambios que ellos temen, con verdadero horror, en los cuerpos celestes. Por ejemplo: que andando el tiempo, la Tierra, por los continuos acercamientos del Sol hacia ella, acabará siendo absorbida o engullida; que la superficie del sol se cubrirá gradualmente de una corteza con sus propias emanaciones y no dará más luz a la Tierra; que a la Tierra le faltó muy poco para escapar de un ramalazo de la cola del último cometa, lo cual la habría reducido a cenizas irremediablemente”.

Su atención hacia los aspectos materiales de la existencia es inexistente: “Las casas están muy mal construidas, las paredes están ladeadas y no hay ni un ángulo recto en ninguna habitación, defecto que tiene su origen en el desprecio que sienten por la geometría aplicada, que desdeñan por vulgar y mecánica”. Hasta tal punto están idos que han de ser sacados de su ensueño por sus sirvientes haciendo sonar un sonajero junto a sus oídos. No sorprende que sus esposas les hayan abandonado y satisfagan sus necesidades con extraños. Se trata de la primera aparición de una figura arquetípica del género: el científico loco.

Todos los aspectos de la vida en Laputa están regulados por la ciencia y las matemáticas. La belleza o fealdad de un objeto se valora por su geometría; la carne se cocina en trozos cortados según figuras geométricas; la ropa se corta y cose con compás y cartabón... Swift se burla claramente de los científicos de la época, su redundancia, su irrelevancia y su fracaso a la hora de extraer algo útil, beneficioso o rentable de aquello que estudian tan afanosamente. Es una mofa de "los extraños experimentos de la Royal Society". Los diminutos liliputienses representan aquellos cuyo orgullo y vanidad los reducen en talla humana; los gigantes de Brobdingag son seres prácticos pero incapaces de asimilar las abstracciones; los laputianos flotan sobre los problemas cotidianos y los balnibaribanos son pedantes obsesionados por sus propios asuntos y deliberadamente ignorantes de todo lo demás.

Los científicos de Laputa son tan extraños, tan inhumanos, que la visita de Gulliver bien podría intepretarse como un antecedente de la idea de contacto extraterrestre. Como Godwin y de Bergerac antes que él, Swift nos muestra una poderosa civilización extraterrestre (al fin y al cabo viven en un mundo propio) que se encuentra con los inferiores humanos.

Sin embargo, los tiránicos laputianos distan mucho de ser los benevolentes protectores que
imaginó Steven Spielberg en "Encuentros en la Tercera Fase" (1977) o "E.T." (1982). Son más parecidos a los marcianos de H.G.Wells en "La Guerra de los Mundos" (1898): Laputa domina con mano firme los territorios sobre los que se desplaza. Como las naves de muchos relatos de CF del siglo XX, cualquier protesta se sofoca con rapidez. Desplazando la gran isla flotante, pueden privar a una región entera de sol y lluvia. En caso de rebeldía pertinaz, bombardean a los revoltosos o incluso los aplastan posando la isla sobre una ciudad. Además de un ejemplo temprano de miedo a las amenazas alienígenas, esta presencia amenazadora de una civilización superior era también una sátira de la inhumanidad de la ciencia.

Como sátira de una casta intelectual que tiende a mantener "sus cabezas en las nubes", una isla en el cielo constituye una imagen muy efectiva. Pero Swift se toma bastantes molestias para racionalizar su fantasía, para otorgarle un aire de verosimilitud científica. Construida principalmente de metal y con unas dimensiones de siete kilómetros de diámetro, Laputa flota gracias al magnetismo. Sepultado en su interior se halla un gran imán bipolar que, al interaccionar con el campo magnético terrestre, mantiene a la isla en el aire. La manipulación del imán permite dirigir la isla, desplazándola horizontal o verticalmente, siempre dentro de los seis kilómetros que Swift estimaba se extendía la zona de influencia del magnetismo planetario.

Swift nadaba a contracorriente porque la mayoría de las "novelas planetarias" del siglo XVIII eran viajes que exaltaban la conquista humana del espacio. Y, sin embargo, su historia de islas voladoras y científicos locos fue enormemente influyente, no sólamente como fuente de conceptos e imaginería posteriormente desarrollados por otros autores, sino por su ataque a los que, como Bacon, defendían el derecho de subyugar a otros pueblos por el mero hecho de contar con una ciencia más avanzada. Atacaba también el uso de la violencia en nombre del progreso:

"Una tripulación de piratas... van a la costa a robar y saquear; se encuentran con una gente inofensiva, son agasajados con amabilidad, le dan al país un nuevo nombre, toman posesión formal de él en nombre de su rey... a la primera oportunidad se envían navíos, los nativos son expulsados o aniquilados, sus príncipes torturados para descubrir su oro..." Swift es claro en su veredicto: "Este execrable grupo de carniceros empleados en tan pía expedición, es una colonia moderna enviada para convertir y civilizar a un pueblo bárbaro e idólatra".

Gulliver también se topa con comunidades ideales modeladas de acuerdo a las utopías concebidas
por Tomás Moro en el siglo XV. Pero no se muestra del todo convencido: las utopías favorecen lo colectivo sobre el individuo, y siempre que el hombre ha querido diseñar una sociedad perfecta ha dado por sentado que no existe límite a la capacidad humana de explorar y comprender. Los sabios de Balnibarbi y sus intentos de extraer luz solar de los pepinos demuestran que siempre habrá barreras a lo lejos que el hombre pueda llegar con la ciencia.

Swift, además, quería reafirmar que la ciencia sí tiene un contexto moral, rechazando la idea de que existiera una división entre la esfera científica y la esfera ética: "No hay peor ciego que el que no quiere ver", afirmaba en su políticamente incorrecta obra "Polite Conversations". La persecución ciega y despreocupada del conocimiento podría empujar al mundo hacia el más absoluto caos.

sábado, 4 de febrero de 2012

1962-AFTER DOOMSDAY - Poul Anderson


A comienzos del siglo XXI, la Guerra Fría continúa dominando la política terrestre aun cuando el primer contacto con una cultura alienígena tuvo lugar en los años ochenta del siglo anterior. En aquel momento, inadvertidamente al principio, la Tierra pasó a ser un factor más dentro del conflicto que atenazaba al resto de la galaxia. Los nómadas kandemirianos son la especie hegemónica, enfrentados a una coalición liderada por los guerreros vorlakianos. Los monwaingi, mientras tanto, adoptan una postura neutral, aunque en el fondo se oponen también a los kandemirianos.

El contacto con la tecnología extraterrestre proporciona a los humanos la posibilidad del viaje espacial a grandes distancias, no tardando en organizar expediciones a remotas regiones de la galaxia, alejadas del conflicto. Una de esas naves exploradoras es la norteamericana "U.S.S. Benjamin Franklin", que regresa a la Tierra tras un viaje de tres años al centro de la galaxia. Lo que se encuentra es desolador: la Tierra ha quedado reducida a un cascarón muerto, no hay ni rastro de vida animal o humana ni en el planeta ni en la Luna, y su órbita está plagada de misiles programados para destruir cualquier vehículo espacial que se aproxime. No hay nada allí que puedan hacer. Deben marcharse, pero ¿a dónde? ¿Qué puerto alienígena es seguro cuando no saben quién ha sido el responsable de tal calamidad? Es más, vayan donde vayan, ¿qué futuro puede esperarles ahora a esa tripulación de trescientos hombres, sin mujeres con las que perpetuar la raza? La tripulación se amotina, mata al capitán y nombra un nuevo líder, un aventurero e ingeniero llamado Carl Donnan, que dispone las cosas para buscar a otros humanos supervivientes y averiguar quién fue el responsable de lo sucedido en la Tierra.

Por otra parte y en una situación similar se encuentra la nave "Europa", recién llegada de una exploración de la Nube de Magallanes. Su tripulación, entre las que se cuenta su líder, la navegante Sigrid Holmen, está compuesta por 100 mujeres europeas. Como en el caso de la "Benjamin Franklin", habrán de alejarse de la Tierra ante la amenaza de los misiles automáticos.

Los hombres se alían con los vorlakianos, ofreciendo sus servicios como mercenarios y desarrollando para ellos nueva tecnología bélica. Ello no les llevará más que a la cautividad y al enfrentamiento con los kandemirianos mientras tratan de averiguar cuál de las razas es la responsable de la destrucción de la Tierra. Las mujeres, por su parte, se alejan de los mundos en pugna, evitando las culturas sospechosas de haber aniquilado la Tierra. Se establecen en un planeta con una vibrante economía capitalista, donde fundan una empresa y rápidamente -y es que en el capitalismo no hay quien gane a los terrícolas- comienzan a ganar dinero. Su objetivo es el de utilizarlo para comprar naves que les permitan buscar a otros humanos supervivientes. Tampoco ellas conseguirán evitar los problemas, esta vez derivados de la rivalidad comercial.

Hombres y mujeres lograrán por fin reunirse tras una gran batalla en la que los primeros demostrarán su capacidad de combate y su calidad guerrera. El misterio del fatal destino de la Tierra quedará aclarado, pero a costa de desatar más violencia...

No es esta la mejor de las novelas de Anderson (ni siquiera, hasta donde sé, tiene edición en español). Los personajes son un tanto amorfos y tópicos (héroe masculino valiente y heroína exótica), la tecnología (aparte del motor estelar que permite los viajes espaciales) no parece haber evolucionado demasiado y la resolución del misterio se hace evidente antes de llegar a la mitad del libro. En el lado positivo tenemos la original idea de contar la última parte en forma de poema épico o el planteamiento de un escenario galáctico balcanizado en el que la Tierra ocupa un lugar marginal (lástima, eso sí, que nuestro planeta sea destruido tan pronto). Pero sobre todo -y quizá lo más importante- es un libro entretenido, una space opera ligera con ciertos toques de sátira social y política.

viernes, 3 de febrero de 2012

1991- BEYOND REALITY


“Un mundo donde cualquier cosa es posible”: estas palabras las pronunciaba el profesor JJ Stillman (Carl Marotte) a un grupo de niños en un show de magia. Stillman comenzó siendo un escéptico, pero los experimentos en parapsicología que él y Laura Wingate (Shari Belafonte) llevan a cabo, revelan que nuestro mundo puede verse desde una perspectiva muy diferente.

Sus investigaciones en la universidad les llevan al descubrimiento de mundos paralelos, posesiones fantasmales y gente con poderes de curación. Es un mundo oculto a nuestros ojos donde la mentes humana puede enviar su proyección astral al cuerpo de un lobo asesino y donde doppelgangers y espíritus confusos son algo común.

Laura y JJ utilizan su magnífico laboratorio para ayudar a la gente a entender lo desconocido. “Expediente X”, que debutó en 1993 (meses después de que “Beyond Reality” finalizara), convirtió lo extraño y grotesco en algo comestible para el gran público. “Beyond Reality” nunca tuvo el carisma o el apoyo promocional de “Expediente X”, pero disfrutó quizá de mayor honradez y verosimilitud.

En realidad, la serie era una heredera más o menos directa de una más antigua producida por la ABC, “El Sexto Sentido” (1972), en la que Gary Collins interpretaba a un profesor universitario que se comunicaba con poltergeists, esqueletos vivientes y brujas.

Rodada en Toronto (Canadá), los primeros 13 episodios obtuvieron una audiencia respetable. La serie, que se emitía en Estados Unidos los viernes por la noche, fue prolongada otros 11 episodios y después renovada para una segunda temporada. El concepto y los guiones fueron obra de los debutantes Richard Manning y Hans Beimler. Y no era una tarea fácil habida cuenta de que sólo disponían de media hora para narrar una historia y que el presupuesto era más bien raquítico. No había tiempo para discutir los guiones ni modificarlos una vez entregados, así que debían escribir rápido, pasarlo al director y ponerse con el siguiente episodio inmediatamente. En esas condiciones –comunes por otra parte a muchas series televisivas- escribieron historias sobre vampiros en el Londres decimonónico, un thriller en un submarino durante la Segunda Guerra Mundial, una farsa en un universo alternativo basado en una comedia televisiva de los cincuenta, un drama surrealista en blanco y negro, una experiencia cercana a la muerte interpretada como un musical de los años treinta…
Bonnie Hammer, la ejecutiva al cargo del programa (y que años más tarde sería uno de los nombres importantes en el Sci-Fi Channel) resultó fundamental a la hora de sostener una serie con un episodio piloto francamente mediocre y cuyos personajes no contaban con el glamour propio de los agentes especiales o los arqueólogos aguerridos. Al contrario, lejos de llevar un arma con la que enfrentarse a las amenazas, los dos protagonistas eran científicos bastante normales. Laura Wingate había viajado por todo el mundo estudiando diferentes culturas y religiones, acabando por creer en la existencia de otras dimensiones. El profesor JJ Stillman, de espíritu bastante menos aventuero, era psicólogo clínico y fiel creyente en la máxima de “ver para creer”, partidario de que cada paso de una investigación ha de ser minuciosamente analizado y categorizado. El contraste entre ambos personajes daba lugar a los esperados encontronazos.

Los casos a los que se tenían que enfrentar incluían un chico que contactaba con el fantasma de su padre, una mujer abducida por un ovni y una chica que atravesaba un portal dimensional. El primer problema evidente de la serie era su escasa duración: originalmente concebido para complementar otro programa de igual duración, media hora apenas daba para desarrollar convenientemente los temas y captar la atención de la audiencia. Los episodios se rodaban en cuatro días con muy poco dinero –segundo obstáculo-, lo que además significaba que no se podían contratar a estrellas invitadas con cierto relumbrón, las localizaciones eran escasas y los efectos especiales aplicados con cuentagotas. Considerando todo esto, la serie no lo hizo mal.

Los primeros episodios comenzaban con ese eslogan tan manido: “La siguiente historia de actividad paranormal está basada en informes auténticos”, línea que luego fue eliminada para permitir a los guionistas mayor libertad.

Una de las mejores historias fue “Espejito, Espejito”, en la que una joven estudiante de aspecto mediocre llamada Anna (Nikki deBoer) se enamora de JJ y consigue proyectar su “yo” astral a través de un espejo, encontrándose allí un mundo paralelo en el que se convierte en una chica sexy y agresiva. El auténtico JJ deberá entrar en ese mundo y traerla de vuelta a la realidad antes de que el espejo se rompa y el portal dimensional se cierre para siempre. Agradecida al doctor por haberse preocupado por ella, Anna consigue gracias a esa experiencia una nueva y mejor apreciación del mundo real. Nikki deBoer, que más tarde formó parte del reparto de “Star Trek: Deep Space 9” y “La Zona Muerta”, hizo un papel tan notable que se convirtió en presencia habitual en la serie interpretando a la extrovertida Celia Powell.

Otro episodio destacable por su intensa interpretación fue “Asilo”, escrito por Marc Scott Zicree ante las reticencias de la cadena de televisión, que temía las posibles consecuencias de un tema polémico como es el racismo. Errol Sue hacía el papel de un esclavo negro corriendo por su vida en un oscuro bosque en 1858. Muerto a manos de sus perseguidores blancos, su espíritu viaja hasta 1991 y entra en posesión del cuerpo de Mitchell, un hombre de negocios de color. Al principio parece que Mitchell sufre de un síndrome de personalidades múltiples pero pronto se hace evidente que lo que hace es tratar de expulsar al agresivo espíritu del esclavo. Al fantasma le gusta el siglo XX y no está dispuesto a dejarse vencer. Laura convence al espíritu de que libere a Mitchell pero aquél se lamenta: “No puedo regresar y vivir como un esclavo”, a lo que Laura responde: “Es lo que le estás haciendo a él”. Dándose por fin cuenta de que su espíritu está dominando el cuerpo de un inocente, el fantasma regresa al siglo XIX y Mitchell recupera su cuerpo.

Asimismo memorable fue “Anochecer”, también escrito por Zicree. Mientras realiza un show de magia para niños, JJ se encuentra repentinamente transportado a un parque surrealista de ríos de color púrpura y bruma rosa, en el que viñas de aspecto maléfico trepan por los árboles. Allí encuentra a una niña aterrorizada, Miranda (Ashley-Ann Wood) que al instante confía en él y le cuenta que está asustada por la noche que se aproxima.

Los esfuerzos de JJ por tranquilizarla le despiertan sus propios sentimientos de culpa por no
haber podido salvar a su esposa de un accidente fatal. JJ y Laura se dan cuenta de que las apariciones de la niña son gritos telepáticos de ayuda. El dúo rastrea la señal de Miranda hasta una casa en la que vive una anciana postrada en la cama. Es la auténtica Miranda, aterrorizada ante la proximidad de la muerte. JJ la coge de la mano y regresa con ella por última vez al extraño mundo, pero ahora el río es de color turquesa y la luna brilla sobre un bosque tranquilo. Sentado junto a la niña, el doctor calma sus temores por la noche que se acerca y le deja reposar la cabeza sobre su hombro para que pueda dormir… hasta que la anciana muere, sin miedo. JJ no puede salvarla, sólo guiarla hasta su muerte y, de esta manera, también consigue exorcizar sus propios remordimientos por la muerte de su mujer. Dirigida con talento por Eleanore Lindo, “Anochecer” es una connovedora historia sobre el miedo universal a morir.

“Beyond Reality” también murió, 44 episodios después, en 1993, tal y como había transcurrido, en silencio y sin aspavientos. Los creadores disfrutaron de una inusual libertad gracias a la ausencia de presiones por parte de la cadena porque nadie les prestaba demasiada atención. Pero claro, eso incluía también a los telespectadores. Y cuando los ratings de audiencia no acompañan, sólo hay una solución…

“Expediente X” abrió nuevos caminos en la ciencia-ficción paranormal y sigue siendo la serie más recordada y repuesta. Pero “Beyond Reality”, a pesar de la carencia de presupuesto, consiguió sus propios logros un par de años antes. Sólo por eso merece la pena mencionarla.

jueves, 2 de febrero de 2012

1965- ADAM LINK - Eando Binder


"Amazing Stories" fue la primera revista pulp especializada en ciencia-ficción y punto de arranque de la etapa moderna del género. Fundada por el emprendedor Hugo Gernsback en 1926, en 1938 fue adquirida por la compañía Ziff Davis, que puso en el cargo de editor a Raymond Palmer, un jorobado de estatura diminuta. Como veremos en otra entrada, no tardaron en aparecer publicaciones similares, la más brillante de las cuales fue "Astounding Science Fiction", dirigida por John W.Campbell y cuna de lo que se daría en llamar "Edad Dorada" de la CF. Esta última publicación demostró ser más selectiva en cuanto al material que aceptaba y pronto se convirtió en un referente de la ciencia-ficción más compleja, poniendo un énfasis especial en lo que de humano se escondía tras la ciencia. Por el contrario, "Amazing Stories" se deslizó claramente hacia historias más sencillas y populares, rebosantes de acción y sexo poco enmascarado, orientación que hallaba claro reflejo en las ilustraciones de sus portadas. Esta es una de las razones por las que, en general, el material de "Amazing..." no ha sobrevivido bien al paso del tiempo. No obstante, fue en sus páginas donde nació un personaje que consiguió capear mejor que el resto la erosión de los años, uno de los primeros y más influyentes robots de la ciencia-ficción: Adam Link.

Los relatos de robots más famosos de la literatura fueron los escritos por Isaac Asimov a lo largo de bastantes años y publicados como recopilatorios diversos y un puñado de novelas. Pero la inspiración de Asimov, según sus propias declaraciones, fue Adam Link: "Dos meses después de leerlo, comencé "Robbie", sobre un simpático robot que fue el comienzo de mi serie de robots positrónicos". Once años después, cuando nueve de sus historias de robots fueron recopiladas en un volumen, el editor desoyó los deseos de Asimov (que propuso como título "Mente y Hierro") y tituló aquel libro "Yo, Robot". Aunque por lo visto ese editor no lo sabía, ese título ya había sido utilizado para la primera aventura de Adam Link, publicada en 1939.

Adam Link fue un pionero dentro de los robots inteligentes de la ciencia-ficción. Sofisticada máquina autoconsciente construida a imagen y semejanza del hombre, fue protagonista de diez historias cortas escritas por los hermanos Earl y Otto Binder, que firmaban conjuntamente bajo el seudónimo Eando Binder. Aquellas narraciones fueron publicadas por la revista "Amazing Stories" entre 1939 y 1942.

En la primera de ellas, "Yo, Robot", Adam Link se nos presentaba como creación del doctor Charles Link. Se trataba de un androide dotado de un avanzado cerebro con células de iridio (precedente del "cerebro positrónico" de los robots de Asimov) que le otorgaba inteligencia artificial. Durante seis meses, el sabio mantiene su existencia en secreto, educándolo con el fin de presentarlo en sociedad y conseguir para él la ciudadanía norteamericana. Pero el día antes de revelar su existencia al mundo, el doctor Link muere en un accidente y Adam, todavía sin entender muy bien lo que ocurre, es acusado por el ama de llaves de asesinato. Allá donde va, su grotesca forma despierta temor y desconfianza. Rescata a una niña que se está ahogando sin prever que su fuerte mano metálica le hará daño y que será tachado de monstruo asesino de niños. Acosado por multitudes enfurecidas, entristecido por el rechazo de que es objeto, decide desconectarse.

El paralelismo con "Frankenstein" de Mary Shelley (libro que el propio robot acaba encontrando
y con el que se siente identificado) parece claro. Sin embargo, las diferencias son notables. La criatura es igualmente artificial en ambos casos, pero mientras que la de Shelley era producto de la biología, Adam Link es un hijo de la mecánica. También los dos son víctimas de los prejuicios y el miedo a lo diferente propios de los humanos aunque hay que admitir que no faltaban razones para la inquietud: Link tiene cámaras en lugar de ojos y micrófonos en vez de orejas; y aunque posee la sensibilidad emocional de un humano, su tremenda fuerza a menudo provoca accidentes que asustan a la gente. Al fin y al cabo, este robot pertenece a la generación anterior a las Tres Leyes de la Robótica de Asimov y era perfectamente capaz de matar si se sentía amenazado o si lo consideraba necesario por la razón que fuere.

La diferencia entre la criatura de Shelley y la de los Binder residía en su reacción a la hostilidad de la que eran blanco. Los “padres” de Link pensaban que era una estupidez que una creación se volviera contra su hacedor o, por extensión, contra toda la humanidad, especialmente si tenía alma. Por eso rechazaron convertir a su robot en un Frankenstein consumido por el odio y el deseo de venganza. Cuando Link cuenta su vida, lo hace sin resentimiento, negándose siempre a devolver el golpe. Esta interpretación del robot como una figura trágica digna de compasión e incluso de emulación por su fuerza de voluntad y espíritu generoso, fue muy inusual en un panorama en el que estos ingenios se presentaban como máquinas asesinas o simples compañeros del protagonista con una vena cómica. Fue quizá el primer robot humanoide cuya personalidad era indistinguible de la humana.

Por desgracia, la historia de Adam Link no se detuvo donde debía. Earl abandonó la labor
creativa para dedicarse a la representación literaria y Otto se encargó de sumergir al robot en aventuras cada vez más absurdas con títulos como "Adam Link campeón deportivo", "Adam Link robot detective" o "Adam Link salva al mundo". Tras limpiar su nombre, el androide se embarca en una serie de aventuras en las que intenta demostrar su condición "humana". Se hace consultor empresarial amasando una considerable fortuna que utiliza para la renovación de barrios marginales; construye una versión femenina de sí mismo a la que bautiza (naturalmente) Eva, que recibirá adiestramiento en los quehaceres "propios" de su género de la mano de la secretaria personal de Adam; le traiciona un amigo que lo manipula para robar bancos; se convierte en detective para descubrir quien culpó a Eva por asesinatos que no cometió; lleva a cabo una serie de hazañas atléticas y lucha en defensa de la raza humana contra extraterrestres.

La alienación y angustia existencial que habían caracterizado la primera historia se transforman en una sucesión de situaciones bufas, niños robots, perros robots... muy en sintonía con la línea editorial que entonces defendía el editor de "Amazing Stories". Veinte años más tarde encontraríamos de nuevo a Binder escribiendo varias historias de ciencia ficción de cierto interés para la EC Comics y exportando su modelo de "familia de héroes" a los comics de Superman editados por DC, convirtiéndolo en un título tan absurdo e infantil -algunos prefieren calificarlo generosamente como "kitsch"- como el Adam Link crepuscular (esta etapa del Hombre de Acero acabaría cuando el editor Julius Schwartz contrató a una serie de guionistas competentes que abjuraron de la "familia Superman").

En 1965 se publicó bajo el título "Adam Link-Robot" una recopilación en libro de todos aquellos relatos, reconfigurados como novela dividida en 22 capítulos y relatada en primera persona por el robot. Desde entonces no sólo ese volumen ha sido reeditado periódicamente, sino que el
personaje visitó otros medios. En 1964 se rodaron las dos primeras historias como parte de la serie "Outer Limits", recuperándolas treinta años más tarde (1995) en el revival del programa (por cierto que en ambas versiones participó Leonard Nimoy). E.C. Comics las adaptó para su colección "Weird Science-Fantasy" (nº 27 al 29) en 1955, con guiones del propio Binder y dibujos de Joe Orlando. Ese mismo equipo volvió a trasladar al robot a las viñetas entre 1965 y 1967 en ocho números de la revista "Creepy".

A diferencia de la serie de los robots de Isaac Asimov, las aventuras de Adam Link y su compañera Eva no son historias que hoy me parezcan particularmente recomendables. Aunque resultaron bastante sofisticadas en su momento -al menos la primera historia, "Yo, Robot"- , también quedaron demasiado vinculadas a su época y hoy, a diferencia de lo que ocurre con los auténticos "clásicos", resultan antiguas. Son, sin embargo un episodio simpático -y también relevante- dentro de la historia de la CF que merece la pena reseñar.