(Viene de la entrada anterior)
Como muchos cómics importantes de la década de los 80 del pasado siglo, “Give Me Liberty” se adscribe al subgénero distópico, en este caso retratando el declive de una antaño gran nación. En este sentido, el comic puede alinearse temáticamente con dos de las obras maestras contemporáneas de Alan Moore: “Watchmen” y “V de Vendetta” (1982-88). Resulta sorprendente que Miller compartiera las mismas preocupaciones que su homólogo inglés sobre el futuro político de sus respectivos países y, además, al mismo tiempo. Esta convergencia es un buen ejemplo de ese dicho que reza que “Las grandes mentes piensan igual” (y que se completa con “pero los tontos rara vez difieren”).
Definir quién y qué
es Frank Miller, ideológicamente hablando, no es ta
rea fácil. Cuando se publicó
“Give Me Liberty”, ya era uno de los autores más valorados por la crítica y los
lectores, tanto en su faceta de guionista como en la de dibujante. Sus obras
solían ser una combinación salvaje de sátira y solemnidad en las que demostraba
tanto humanismo como una profunda comprensión de los personajes, a la vez que
se regodeaba en un gusto pueril por la violencia y la brutalidad. Miller ha
sido uno de los guionistas más inteligentes del cómic... y uno de los más burdos;
y ello a veces dentro de la misma obra. Basta comparar su magna “El Regreso del
Caballero Oscuro” con su desafortunada secuela, “DK2” (2001), para ver los dos
extremos de la personalidad creativa de Miller.
Tras pasar la mayor
parte de los 80 transitando por el cómic mainstream de superhéroes (salvo el poco
convencional y en su momento insuficientemente apreciado “Ronin”, 1983), en la
siguiente década, Miller comenzó a explorar otros géneros, empezando por “Give
Me Liberty”, una combinación de política ficción, thriller violento, sátira
social y distopía que difícilmente hubiera funcionado igual de bien en
cualquier otro medio distingo al c
omic. Como ya indiqué antes, inicialmente se
pensó como una obra seria, enfoque que se mantiene en ciertos elementos, como
unos personajes con emociones reales y una sucesión de huidas y enfrentamientos
destinados a mantener el suspense. El giro hacia lo absurdo se incorpora a
través de la visión grotesca y exagerada de ciertas tendencias contemporáneas
que ya preocupaban entonces a quien estuviera mínimamente atento. Cuando las
tropas estadounidenses se enfrentan a los conglomerados empresariales de comida
rápida, éstos envían al campo de batalla amazónico a robots gigantes con la
forma de sus iconos empresariales. Es una idea que sin duda deja al lector
perplejo, indeciso de si reír o indignarse.
En cualquier caso,
el estilo, tono y perfil ideológico de Alan Moore y Frank Miller tienen poco en
común (este último, en concreto, parece más influido por Howard Chaykin y su
también distópico “American Flagg”, si bien Miller es menos cínico y maltrata
menos a sus personajes) por mucho que ambos hayan utilizado el comic para
imaginar futuros sombríos. El estadounidense transmite sus opiniones políticas
de carácter conservador con un estilo directo, inf
lexible y visceral; el inglés
escribe con más cinismo y creando narrativas más sofisticadas e inquietantes.
Los temas explorados por Miller en “Give Me Liberty” y su intensidad narrativa hacen de esta miniserie una obra diferente dentro no sólo de su trayectoria sino del panorama contemporáneo y más interesante que cuando filtraba los mismos temas a través de iconos del cómic como Batman (en “El Regreso del Caballero Oscuro”) o Elektra (“Elektra Asesina”, 1986). Al romper con las convenciones del género superhéroico, es como si su voz se hubiera liberado.
Empezando por la
elección de su heroína, una figura digna de Dickens cuya vida seguimos desde su
nacimiento para observar mejor cómo, a través de numerosas pruebas, se
convierte en una joven cuyo camino hacia la edad adulta queda marcado por el
dolor y la adversidad. He dicho digna de Dickens, pero también de Miller,
porque el autor ha explorado a menudo en sus obras qué factores convierten a
alguien en un héroe –o heroína-. Martha personifica la
lucha contra el destino preestablecido: nacida en la intersección de la pobreza
y la
discriminación racial y de género, logra romper las barreras de la
marginalidad. Su historia no es solo la de una guerrera, sino la de un
individuo que se impone a un sistema diseñado para que fracasara. Por eso, “Give Me Liberty” es, ante todo, el
retrato de una mujer memorable que de indigente se convierte en heroína de
guerra hasta llegar a jugar un papel decisivo en el destino de Estados Unidos.
Su apellido no es casual, dado el gusto de Miller por los símbolos. De hecho,
el viaje de esta mujer ferozmente decidida, disciplinada e inteligente, viene a
ser una destilación del alma negra de Estados Unidos, una oda a la nobleza de
esa cultura y homenaje a quienes defendieron su causa. Así, el animal con el
que Wasserstein compara a Martha cuando la captura es una pantera negra (nombre
también del grupo activista radical de los años 60 y 70), que es la forma que
metafóricamente adopta en tres ocasiones.
Toda la saga está repleta
de imágenes, símbolos y conexiones que resumen perfectamente sus elementos
clave. Así, las miserables condiciones de vida de los habitantes de Cabrini
Green hallan su reflejo en las igualmente atroces condiciones de los a
paches.
Por eso, los similares orígenes de Martha y Wasserstein los convierten más en
aliados que en enemigos. Incluso parece existir un sentimiento romántico entre
la rubia negra y el nativo americano de cabello oscuro: la atracción de Martha
es delatada por Andrajann, que habla en sueños repitiendo lo que la joven
piensa en secreto de su captor, mientras que la inquebrantable determinación de
Wasserstein de salvar siempre a Martha a partir de entonces indica claramente
que está enamorado de ella.
El vergonzoso trato que
esa sociedad del futuro próximo inflige a las minorías tiene otro ejemplo en el
ámbito sanitario. Cuando Martha es internada en un hospital psiquiátrico,
comprueba que todos los pacientes están desatendidos o son víctimas de
maltratos por parte de los “cuidadores”. Para colmo, cuando el gobierno empieza
a padecer serios problemas financieros, ordena el cierre de esos centros y la
eliminación de los internos. La descripción que hace Miller de esa institución
y, en general, de la negligencia, cuando no opresión o directa agresión, que el
gobierno inflige a los más vulnerables, es impactante y
conmovedora. Es cierto
que Miller no destaca por su sutileza y que las herramientas de las que se
sirve para despertar la compasión del lector saltan a la vista, pero funcionan
y encajan con el tono de la narrativa.
Con su característico estilo en el que mezcla acción y sátira política, Miller ofrece la imagen de una América enferma que repite una y otra vez los mismos errores y alberga y consiente los mismos extremismos. El guion se hace eco de aquella contundente frase (más bien una idea) de Orson Welles, “Estados Unidos es una mentira”, negando que el país siga siendo la encarnación del promisorio Nuevo Mundo, la tierra de la tolerancia. Al contrario, es un país podrido y gangrenoso, al borde de la implosión y cuyos fanatismos han dividido profunda y violentamente a los ciudadanos: homosexuales nazis, lesbianas feministas, exaltados religiosos obsesionados con la pureza, cabilderos de la agroindustria y la comida basura…
En el cuarto número,
se incluye un mapa a doble página que muestra el extenso territorio de los
Estados Unidos fracturado en regímenes g
rotescos y aterradores: La Patria de
Dios (el noroeste), el País de las Maravillas (California), la Auténtica
América (el sudoeste), el Territorio Mexicano, la República de la Estrella
Solitaria (Texas), Florida, la Primera Confederación Feminista (el sureste), la
Dictadura Capitalista de la Costa Este (Nueva York) y la Federación de Estados
de Nueva Inglaterra. Y, atrapado y arrinconado entre todas estas
microdictaduras y Canadá, lo que queda del antiguo Estados Unidos, básicamente
los estados del norte y centro del país. Este mapa puede provocar en primera
instancia cierta sonrisa ante su aparente absurdez, pero examinado con mayor
atención y habida cuenta del enfrentamiento social y político que hoy viven los
Estados Unidos, quizá sea más exagerado que descabellado.
“Give Me Liberty” es
una obra que entronca directamente con la ideología libertaria estadounidense.
La frase a la que pertenece el título (recordemos, “¡Denme libertad o denme
muerte!”), es un pilar del pensamiento libertario, el cual antepone la libertad
individual por encima de la propia vida y, por supuesto, del Estado. Por otra
parte, Miller plantea temas muy queridos por el libertarismo: la ineficiencia
estatal y la visión del Estado como una institución villanesca, la aversión a
la burocracia y la convicción de que los programas estatales de bienestar solo
generan dependencia y miseria.
Otro punto clave es
la distinción que hace Miller entre el libre mercado y el poder corporativo
descontrolado. En el cómic, las corporaciones disponen de sus propios ejércitos
y ejercen un control efectivo sobre la política. Los libertarios argumentarían
que esto no es un "capitalismo real", sino un “capitalismo de
amigotes” en el que las empresas usan al Estado para aplastar la competencia. Los
autores retratan un mundo en el que la línea en
tre "Gobierno" y
"Empresa" ha desaparecido, lo cual es una de las mayores pesadillas
de cualquier libertario de la vieja escuela. Y, por último, tenemos el tema del
Individuo frente al Sistema. La esencia del libertarismo es el individualismo
metodológico. Martha Washington no es una superheroína con capa e identidad
secreta sino una mujer que intenta sobrevivir y mantener su integridad en un
mundo que quiere usarla como una pieza de ajedrez. Su lucha es la del individuo
contra las estructuras colectivas (el ejército, las corporaciones, las sectas
fanáticas…).
Con todo lo dicho,
tampoco es que pueda calificarse a Miller, al menos a partir de lo que cuenta
en esta serie, como un libertario de pura sangre. “Give Me Liberty” se
diferencia de un panfleto puramente libertario en la desconfianza que muestra
hacia ciertos postulados de esa ideología. Por ejemplo, Miller nos dice aquí
que, en ausencia de un Estado fuerte y libre de corrupción, serán las
corporaciones o los fanáticos religiosos quienes llenaran ese vacío instaurando
tiranías más o menos soterradas, pero con igual grado de intolerancia y
a
gresividad hacia el rival comercial o el divergente ideológico. La libertad
sin responsabilidad o bajo el mando de monopolios privados puede ser tan
opresiva como un Estado poderoso.
Si pudiera identificarse un tema recurrente en “Give Me Liberty” es que nada es tan simple como parece. Los personajes, tanto héroes como villanos, intentan arrebatar el control al estamento político y "mejorar" la situación, solo para ver cómo todo se desmorona a medida que cada aparente solución conlleva un sinfín de complicaciones. Este tipo de parábolas mordaces y amargas pueden verse superadas por el tiempo, pero no es este el caso. Escrita en los 90, el primer presidente fascista y derechista de Miller, Rexall, está claramente inspirado en Ronald Reagan y sus homilías propias de un infante y arcaicas exclamaciones. Y, sin embargo, leído unos años después, durante la presidencia de George W. Bush, uno bien podría jurar que Miller estaba escribiendo sobre él. No digamos ya con el mandato de Donald Trump, donde ciertos escenarios del comic parecen salir del ámbito de la ciencia ficción para materializarse en nuestro mundo.
Hay que decir que la
serie tiene una calidad algo desigual. La mejor parte,
con diferencia, es el
primer capítulo, por momentos desgarrador a la vez que ingenioso. Los números siguientes,
aunque entretenidos y con ideas y momentos fascinantes, quizás no sean tan
sólidos. Uno de los puntos fuertes de la historia es que es imposible adivinar
hacia dónde se dirige, ya que Miller da continuos giros (la guerra en la selva,
por ejemplo, que da la impresión va a constituir el núcleo narrativo, concluye
bastante rápido) e imprime un ritmo tan acelerado que no le permite al lector aburrirse
demasiado ni a él caer de bruces en la autocomplacencia. Sin embargo, el punto
débil es que Miller parece anteponer sus alocadas ideas (como el Cirujano
General, esa especie de aterrador mesías demente que siempre viste con bata y
gafas de cirujano) a la consecución de una narrativa central sólida y un
trabajo más pulido de caracterización. Aunque Martha es la heroína de principio
a fin, después del primer capítulo la historia parece centrarse menos en ella y
más en los acontecimientos en que participa.
Entre los
personajes, cabe destacar, obviamente, a la némesis y doble malvado de
Martha,
el infame Moretti, símbolo de la desintegración física y moral del país. Es el
arquetipo del blanco advenedizo, ambicioso, arrogante, sin escrúpulos y que se
cree con derecho a hacer lo que le plazca amparado por la riqueza e influencia
de su familia; la encarnación, en suma, del imperialismo estadounidense, que
desprecia a quienes los colonos masacraron, esclavizaron, marginaron, sacrificaron
y olvidaron. Hay algo deliciosamente repulsivo en este personaje, el
complemento perfecto, el villano que encanta odiar. Desde el principio, resulta
antipático, pero también es un adversario a la altura de Martha: metódico,
paciente, inteligente, manipulador y mentiroso.
El manejo que Miller
hace de otros personajes es mucho más superficial, como es el caso de
Wasserstein o Andrajann, meros peones de la trama. Más intrigante resulta el
presidente Nissen, quien al pasar de héroe a villano pierde la simpatía del
lector, pero no sin que puedan comprenderse las razones de tal transición. En
cualquier caso, como ya he dicho, a partir del primer número, la serie pasa a
estar dominada por las ideas estrafalarias, los per
sonajes extremos y un ritmo muy
rápido, todo lo cual facilita una lectura tan absorbente como emocionalmente
distante. Sencillamente, ni los personajes ni la velocidad a la que todo
transcurre, permite involucrarse demasiado.
En cuanto a Dave Gibbons, tras haber colaborado con Alan Moore en “Watchmen”, añade aquí a su palmarés un trabajo con el otro gran autor de los 80, Frank Miller. Las diferencias en la escritura de ambos guionistas se trasladan al dibujo y la composición. Después de la sofisticada, controlada y contenida narrativa que había exhibido en “Watchmen” (donde había jugado con los travelling, los raccords, la simetría, el punto de vista subjetivo…), aquí se adapta al gusto de Miller por las grandes viñetas horizontales que evocan las dimensiones de la pantalla cinematográfica, alternadas con otras verticales que sirven para contextualizar las escenas. Cada elipsis viene seguida de magníficas páginas de presentación de la nueva situación en la que se encuentra Martha.
T
engo que decir que,
reconociendo sus virtudes, nunca he sido un gran entusiasta del arte de
Gibbons, considerándolo poco dinámico y propenso a dibujar figuras demasiado rígidas.
Sin embargo, su estilo se adapta mucho mejor a esta historia que a las de
superhéroes; o quizá se sintió particularmente inspirado por este material que
alternaba el drama y la comedia, el realismo crudo y la extravagancia rayana en
lo ridículo –una suerte de estilización del tipo de comic frecuente en la
revista británica “2000 A.D.”, donde él mismo dio sus primeros pasos-.
Dejando aparte que
dibuja a Martha más como una mujer adulta que como la adolescente que se supone
que es, Gibbons destaca por ser capaz de transmitir los sentimientos de los
personajes y por congelar la acción en su forma más pura, como si de
instantáneas cinematográficas se tratara. Es difícil no conmoverse, por
ejemplo, cuando Martha rompe a llorar tras descubrir los horrores del campo de
batalla y luego se seca las lágrimas con una expresión desafiante, dispuesta a
sobrevivir en cuerpo y alma a aquella tragedia; o sentirse impresionado por viñetas
como esa en la que el águila Wassertein s
e abalanza sobre la pantera negra
Martha, o donde el avatar de ésta ataca a Moretti, representado como un cazador
de safari. También sabe manejar perfectamente las proporciones y la
tridimensionalidad, manejando múltiples elementos en una sola viñeta sin perder
claridad.
A pesar de sus diferencias estéticas, “Give Me Liberty” y “Watchmen” comparten una característica: la inserción de páginas que representan extractos de revistas falsas, como los artículos de "This Week" que informan sobre los trastornos políticos en los Estados Unidos, o el mapa rediseñado del país que mencioné antes. Estos pasajes funcionan como puntos y aparte narrativos entre escenas al tiempo que píldoras de información concentrada que enriquecen la narración principal. ¿Se inspiró Miller en esta idea que Moore puso en práctica en “Watchmen”? No lo sé, y francamente, da igual porque siempre vale la pena adoptar las buenas ideas ajenas si se hace con inteligencia y personalidad propia, y este es el caso. Además, Gibbons nos permite, en estos insertos, apreciar su habilidad como ilustrador, sin recurrir a efectos fotorrealistas.
Give Me Liberty n.º
1 vendió 120.000 ejemplares y la miniserie ganó el Premio Eisner a la
"Mejor Serie Limitada". Pero como ocurre con tantas obras en el mundo
del cómic norteamericano, no fue concebida para ser independiente. Es cierto
que no termina con un "continuará", y que la historia culmina con
Martha enfrentándose a su archienemigo, pero la idea central, que se resume
básicamente en que "cuanto más cambian las cosas, más permanecen
igual", impide un cierre satisfactorio. Aunque la secuela se publicó unos
años después, da la sensación de que Miller siempre la tuvo en mente.
El problema -desde mi exclusivo punto de vista, claro- es que el peculiar enfoque de la miniserie, con su mezcla de idealismo y cinismo, parodia y realismo, tragedia y sátira, confianza en el individuo y desprecio por la sociedad, ridículo y seriedad… no podía estirarse más sin perder efectividad. Y así, como luego Miller haría con “Sin City”, fueron sucediéndose otras miniseries y especiales, todos publicados por Dark Horse y dibujados por Gibbons, en los que Martha Washington continuaba su periplo vital.
“Martha Washington
Goes to War” (cinco números, 1994) sitúa la acción varios
años después de lo
ocurrido en la primera serie, siendo Martha ahora una heroína de guerra. La
trama se vuelve más densa y explora la corrupción dentro del gobierno de Rexall
y la aparición de facciones rebeldes bajo el filtro de la filosofía
objetivista.
El especial “Happy Birthday, Martha Washington” (1995) recopila historias cortas que expanden su pasado y presente, incluyendo relatos como "Daño Colateral” (basado en el diario de guerra de Martha) o “Insubordinación”, historias que profundizan en su psicología y temperamento indómito. “Martha Washington Stranded in Space” (1995) es otro especial en el que la protagonista acaba en una estación espacial enfrentándose a amenazas que rozan lo surrealista.
En la miniserie “Martha
Washington Saves the World” (1997, tres números) la escala sube a nivel global
(y orbital). El regreso de la protagonista a la Tierra se convierte en un duelo
contra Venus, una inteligencia artificial autoconsciente q
ue busca el dominio
absoluto de la Humanidad. Al percibir a Martha como una amenaza, el sistema la
desplaza estratégicamente, asignándole una misión suicida: interceptar un meteorito
en curso de colisión con el planeta. Sin embargo, durante la expedición, el
equipo descubre a la raza alienígena responsable de la creación de la vida
terrestre. Tras desmantelar el control de Venus, la miniserie concluye con
Martha liderando una odisea espacial para encontrarse, cara a cara, con
nuestros creadores.
Finalmente, diez años después, en 2007, aparece otro número especial, el último, “Martha Washington Dies”, con el que se cierra el ciclo y que está protagonizada por una Martha anciana en el año 2095, dándole una conclusión definitiva y poética a su vida.
Personalmente, de
todo este material, yo recomendaría únicamente la primera miniserie, por su
frescura y osadía. En un momento en el que la industria del comic mainstream
norteamericano abrazaba la oscuridad, el nihilismo, la ambigüedad moral y la
desesperanza, Frank
Miller y Dave Gibbons, que, en buena medida habían ayudado
con sus obras más recientes a crear esa tendencia, dieron la vuelta a la
tortilla con “Give Me Liberty”. Al infundir humor absurdo en lo que por lo
demás es una historia trágica y utilizar una protagonista heroica al tiempo que
muy humana, recordaron a los lectores que quisieron leerles con atención que
había luz al final del túnel y que un comic podía ser maduro sin necesidad de
ser absolutamente cínico y descreído.
Si bien la serie incluye un buen número de declaraciones políticas, especialmente en su representación de minorías marginadas y un Estados Unidos literalmente fracturado por corporaciones todopoderosas y fanatismos diversos, "Give Me Liberty" es más una farsa que un tratado abiertamente ideológico. A pesar de su tono aparentemente sombrío y absurdamente cómico, la historia de Martha, la otra cara del sueño americano, deja espacio para la esperanza dado que, frente a todo tipo de adversidades, consigue mantener intactos sus principios y seguir con vida.

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