Eugenio Martín (1925-2023) fue uno de los directores más versátiles y eficaces del cine español y hoy es recordado sobre todo por una profesionalidad a toda prueba que le permitía abordar, con una factura técnica capaz de competir en mercados internacionales, todo tipo de géneros. A diferencia de otros directores de su generación más enfocados en el cine de autor o social, Martín se especializó en el cine comercial de calidad, e igual dirigía un título de spaghetti western (“El Precio de un Hombre”) que un musical (“La Chica del Molino Rojo”) o un thriller (“Hipnosis”). Pero la que se considera su mejor película es “Pánico en el Transiberiano”, una coproducción hispano-británica que mezcla CF y terror gótico.
1906. En China, el antropólogo sir Alexander Saxon
(Christopher Lee) sube al Transiberiano llevando consigo un gran cajón en cuyo
interior transporta el cuerpo de un antropoide de dos millones de años que ha
descubiert
o en una cueva de Manchuria durante una expedición. En la estación,
se encuentra por casualidad con un científico rival y algo metomentodo, el
antropólogo y médico Wells (Peter Cushing), acompañado de su ayudante. Como en
cualquier buena película ambientada en un tren, rápidamente se presenta a un
grupo de personajes de orígenes diversos que van a compartir el viaje: un
inspector de policía, un conde polaco y su esposa que transportan un metal
experimental, un ingeniero, un monje con aspecto de Rasputin y una mujer que es
una espía en busca del secreto del polaco.
Po
co después de comenzar el viaje en dirección a
Europa, la criatura cobra vida y empieza a asesinar pasajeros. Las autopsias de
los cadáveres revelan que se trata de un alienígena capaz de absorber la mente
de sus víctimas. Lo abaten a tiros, pero el ser es capaz de transferir su mente
a otro cuerpo, por lo que cualquiera a bordo podría estar poseído.
“Pánico en el Transiberiano” fue parte de los últimos
coletazos de un tipo de terror que prosperó en los años 50 y 60 del pasado
siglo y con el que comparte muchas de las marcas estilísticas, como la intriga de
época protagonizada por dos
actores icónicos del género y con una patina de
ciencia ficción. El comienzo de la década de los 70 fue el punto de transición
entre este enfoque del terror y otro más moderno, urbano y duro. Así, el mismo
año en que se estrenó esta película, lo hizo también, por ejemplo “La Última
Casa a la Izquierda”, de Wes Craven; y un año después llegaría “El Exorcista”.
A estas alturas, estaba bastante claro que el público buscaba otro tipo de
terror que el ofrecía esta cinta, pero, con todo, no podría haberse pedido una
mejor despedida para la vieja escuela que el film que ahora nos ocupa,
entretenido y elegante. Lo cual no es mérito menor teniendo en cuenta que su
director no tenía experiencia previa en el género.
A principios de los años 60, el productor Samuel
Bronston convirtió a España en un plató gigante en el que rodó “55 días en
Pekín” (1963) o “La Caída del Imperio Romano” (1964). Philip Yor
dan era el
guionista de confianza de Bronston, y Bernard Gordon -un guionista represaliado
por el macartismo en EE. UU. que no podía firmar con su nombre y que, dentro de
la CF, había participado en “La Tierra contra los Platillos Volantes”, 1956; y
“Semilla del Espacio”, 1963- trabajaba para Yordan en la sombra. Eugenio
Martín, por su parte, era un joven director español con una sólida formación
técnica que ya se movía con soltura en el cine de género y hablaba inglés, lo
que le hacía el enlace perfecto para los americanos.
Aunque ya habían coincidido tangencialmente en la
órbita de Bronston, la relación profesional directa entre los tres se consolidó
con el rodaje de “
El Hombre del Río Malo” (1971) y, sobre todo, "El Desafío
de Pancho Villa" (1972), cuyo guion escribió Yordan además de producirlo,
Gordon ejerció de productor ejecutivo y Martín la dirigió. Esta combinación del
pragmatismo americano y la eficiencia técnica del director español dejó a todos
satisfechos y dispuestos a repetirla. Además, esta asociación facilitó que
estas películas con participación española tuvieran acceso a presupuestos más
altos y una distribución internacional inusual para el cine patrio de la época.
Sin embargo, la principal motivación para volver a
trabajar juntos no fue tanto artística como económica. Tras rodar Pancho Villa,
Yordan se encontró con una costosa maqueta de un tren y uno
s decorados ferroviarios
de los que no quería desprenderse sin haber rentabilizado más su inversion. Además,
debía satisfacer el contrato de tres películas que había firmado con la
productora británica Granada Films. Así que él y Gordon le propusieron a
Eugenio Martín una nueva colaboración: Yordan aportaría la infraestructura (la
maqueta del tren y las instalaciones de su estudio cinematográfico en la
provincia de Madrid); Gordon reunió 300.000 dólares para la producción y ayudó
con el guión (invitando a otros guionistas represaliados en el macarthismo); y
Martín aportó la visión creativa
Claramente, “Pánico en el Transiberiano” es Ciencia
Ficción habida cuenta de la presencia de un alienígena insidioso que cataloga esta
propuesta dentro del subgénero de “Invasiones Silenciosas”. De hecho, es
imposible no de
tectar las similitudes con “El Enigma de Otro Mundo” (1951): las
dos historias presentan un alienígena cazando humanos que están confinados en
un espacio limitado y rodeados de un entorno gélido por el que no pueden
escapar. En ambas, el enemigo es una criatura hallada en el hielo y
descongelada, que intenta sobrevivir pasando de un huésped a otro sin que éstos
sean plenamente conscientes de haber sido infectados. El guion, incluso,
imagina una prueba para comprobar si alguien no es quien dice ser, una idea
adoptada posteriormente en la secuela de “El Enigma de Otro Mundo”, “La Cosa”
(1982).
Pero también es incontestable que la presencia en el
reparto de Christopher Lee y Peter Cushing, el personaje del sacerdote fanático
(Alberto de Mendoza) y ciertas escenas (como la imposibilidad de pintar con
tiza una cruz en el lateral de la caja que contiene inicialmente a la
criatura), apuntan a que la verdadera intención de la película era venderse
como cine de terror. Desde luego, más que hacer una versión de bajo pres
upuesto
de “El Enigma de Otro Mundo”, parece un intento de replicar el estilo de las
películas británicas de terror producidas por el sello Hammer, donde solieron
coincidir ambos actores ingleses. De hecho, tenemos un monstruo, posesiones,
zombis, un monje que bordea el satanismo e incluso gore. A diferencia de la Hammer,
que hizo un uso limitado de la sangre hasta principios de los años 70, “Pánico
en el Transiberiano” se muestra menos pacato al respecto. La criatura borra la
memoria de sus víctimas haciéndoles sangrar profusamente por los ojos, la nariz
y la boca.
En su propuesta terrorífica, “Pánico en el
Transiberiano” no es precisa
mente sutil, pero tampoco necesita serlo. Los
efectos especiales (como los ojos del monstruo, por ejemplo, con una estridente
iluminación roja; o los ojos blanqueados de sus víctimas) están hoy ampliamente
superados y el espectador actual no podrá evitar mirarlos con una divertida
condescendencia. Por otra parte, el equipo de producción consiguió recrear una
atmósfera de época con un presupuesto ajustado. Además, Eugenio Martín supo
hacer un uso inteligente del limitado espacio por el que se mueven los
personajes (un puñado de vagones) para crear una sensación de claustrofobia.
Como era habitual en las coproducciones europeas de
aquellos años, la falta de presupuesto obligó a exprimir cada recurso
disponible. El productor Bernard Gordon aprovechó su conexión con Philip Yordan
-quien tras dejar a Samuel Bronston había fundado los estudios Madrid 70 en la
localidad de Daganzo de Arriba- para reutilizar vestuario y mobiliario. Esas instalaciones
se convirtieron en el centro neurálgico del rodaje
, donde un equipo técnico
trabajaba diariamente montando y desmontando los vagones del tren. El resto del
metraje se completó en localizaciones exteriores: la sierra de Guadarrama
sirvió de escenario para el prólogo, mientras que la estación de Delicias fue
caracterizada como la de Pekín a comienzos del siglo XX. La pericia técnica y
el ingenio y buen sentido aprovechando los recursos compensaban en buena medida
las limitaciones presupuestarias y fueron las virtudes que hicieron de Eugenio
Martín uno de los directores favoritos de los productores que buscaban
"acabado de Hollywood" a precios competitivos. También merece mención
la inquietante banda sonora, compuesta por John Cacavas.
A pesar de la combinación de elementos dispares, el
guion consigue –y
perdóneseme el juego de palabras- que la trama no descarrile.
Casi todos los personajes cumplen su papel (si bien tanto la espía como la
turbia relación entre el conde y su mujer, en la que aquél permite que ésta
seduzca a extraños, necesitaría más desarrollo). El guion viene escrito por Arnaud
d'Usseau y Julian Zimet (acreditado a veces como Julian Halevy), que tenían
tras de sí y desde los años 40 una filmografía de lo más diversa que abarcaba
todo tipo de géneros.
U
no de los aspectos más interesantes es cómo el guion
subvierte las expectativas respecto a la naturaleza y propósito del
extraterrestre. Podría haber sido sólo una película sobre un cavernícola
descongelado en un tren, o sobre un alienígena que posee personas. Pero la
criatura es ambas cosas y, además, no es monstruo descerebrado que mata gente a
diestro y siniestro, sino que tiene un plan concreto y comprensible (volver a
su hogar) el cual dicta los pasos que va dando.
Otro elemento interesante es el monje, quien, tras ver
actuar al alienígena, decide que éste es en realidad Satanás, no dudando un
momento en jurarle lealtad eterna. La idea de que alguien decida adorar a un
ser proveniente de otro m
undo no era nueva, pero que aquí adopte la forma de
una dinámica casi cómica, (ya que la criatura rechaza esa veneración y
considera a su dedicado seguidor una molestia) sí es una adición ingeniosa. El
guion presenta una visión bastante negativa de la religión a través de este
monje fanatizado que proclama que la evolución es malvada justo antes de que
Saxton encuentre evidencias irrefutables de la misma, y que no tiene reparos en
cambiar su lealtad de Dios al ser que considera en ese momento el más poderoso.
Teniendo en cuenta el espíritu con el que fue
concebida, “Pánico en el Transiberiano” es una propuesta sumamente entretenida.
La trama transcurre con agilidad saltando de absurdo en absurdo sin llegar a
expulsar del todo al espectador. Por ejemplo, para representar una mente
borrada, se muestra un cerebro desnudo más liso que la ca
scara de un melón. El
guion introduce también como elemento clave para desvelar la naturaleza
alienígena de la criatura la optografía, una teoría pseudocientífica que estuvo
muy en boga a finales del siglo XIX. Se basaba en la creencia de que el ojo
humano funcionaba como una cámara fotográfica y que, en el momento de la
muerte, la última imagen vista quedaba grabada en la retina. Así, al tomar una
muestra de líquido ocular de la criatura, Saxton y Wells pueden ver a través
del microscopio, como si fueran diapositivas, imágenes de dinosaurios e incluso
la Tierra vista desde el espacio. Estos risibles patinazos alternan con golpes
de ingenio, como cuando uno de los pasajeros, ingeniero, habla de los viajes
espaciales con que ha estado soñando su maestro, el ruso Konstantin Tsiolkovsky,
el pionero de la astronáutica que, en 1895, había publicado ya “Sueños de la
Tierra y el Cielo”, una obra que mezclaba la ciencia ficción con la teoría
científica especulando sobre la colonización del sistema solar.
Christopher Lee encabeza el reparto como un personaje
heroico aunque no simpatico porque se comporta de forma brusca, arrogante y
poco
empática. Cushing, por su parte, compone un sabio mucho más cálido y
cercano. Lo que llama la atención es que, a diferencia de muchas de sus
colaboraciones conjuntas para la Hammer, aquí ambos son agentes del bien y
cuando hay que arriesgar la vida para salvar a otros, dejan de lado
inmediatamente sus diferencias. Aunque sus diálogos son bastante artificiales,
la pareja de actores los pronuncian con perfecta naturalidad, incluso cuando
aquéllos caen en la abierta ironía, como cuando el inspector Mirov (Julio Peña)
les pregunta a los dos sabios: "¿Y
si uno de ustedes es el monstruo?". La respuesta de Wells es de
asombro: "¿Monstruo? ¡Somos
británicos, hombre!".
Por cierto
que a punto estuvo Cushing de rechazar el
papel. Su esposa había muerto en enero de 1971 y el actor no se sentía anímicamente
con fuerzas para aceptar un papel en una película que iba a rodarse en España en
las vacaciones de Navidad de aquel año. Fue su amigo íntimo, Christopher Lee, quien
lo convenció, e incluso lo invitó a pasar las fiestas navideñas con su familia.
Sabiendo eso, pueden valorarse mejor la química que ambos actores tienen
pantalla.
Igualmente profesional es el reparto de secundarios
españoles y argentinos, si bien ninguno alcanza la categoría de memorable.
Destaca Alberto de Mendoza, en parte porque su personaje, el monje trastornado
que se arroja a los pies del “diablo”, es el más intenso. Silvia Tortosa exhibe
más su belleza que sus capacidades actorales, en buena medida porque la mujer
que interpreta no se lo permite. También ella tiene un momento de humor bien
encajado cuando, indignada, amenaza al capitán cosaco: "¡Haré que lo envíen a Siberia!", a lo que el militar
responde con sorna: "Señora, estamos
en Siberia". Todavía menos papel tiene Helga Liné como Natasha, una
espía-ladrona a la que no se le saca provecho narrativo alguno. Incluso el
personaje femenino más fuerte, la señorita Jones, ayudante del profesor Wells,
interpretada por Alice Reinheart, se infravalora a sí misma cuando su jefe la
alaba como una excelente microbióloga y ella apuntilla: “Para ser mujer”.
Telly Savallas, que aparece en el cartel promocional
en lugar destacado, interviene tan solo quince minutos encarnando al brutal
capitán cosaco Kazán que, subiendo al tren en una breve parada en un lugar
desolado, se lo pasa
en grande metiendo miedo a los pasajeros mientras intenta
resolver el misterio de los asesinatos a base de violencia. La inclusión de un
actor tan conocido entonces para un papel tan breve responde, probablemente, a
la amistad que le unía con el productor Bert Gordon. Eso sí, Savalas aprovecha
al máximo el poco tiempo del que dispone, ofreciendo una actuación
terriblemente exagerada que contrasta con la circunspección sutil de Cushing y
la arrogancia contenida de Lee, pero es difícil criticarlo por no encajar con
el espíritu de la cinta. Su papel en la historia se limita a crear un momento
de crisis en el que se revela la identidad del alienígena e, inmediatamente y
durante los siguientes quince minutos, dar paso al climax donde todo se
resuelve.
Descrita a menudo como una mezcla entre “El Enigma de
Otro Mundo” y “Asesinato en el Orient Express”, “Pánico en el Transiberiano” ganó
el prem
io al Mejor Guón en el Festival de Sitges, aunque su desempeño comercial
fue irregular. En Inglaterra y Estados Unidos funcionó bien en los circuitos de
cine de barrio y sesiones dobles, sobre todo porque el público anglosajón, muy
acostumbrado al cine de la productora Hammer, celebró reencontrarse con el dúo
de actores protagonistas. La taquilla en España, por el contrario, fue
decepcionante, no logró conectar con un público poco habituado al género
terrorífico y de CF y, para colmo, la crítica la maltrató.
Con el tiempo, no obstante, ha ido ganándose cierto prestigio como “film de culto” por varias razones. Peter Cushing y Christopher Lee ofrecen una de sus mejores colaboraciones en pantalla y, aunque hay algunos momentos sobreactuados por parte de otros actores, puede decirse que, dejando aparte que los efectos especiales y su representación de lo terrorífico han sido muy superados, ha aguantado el paso del tiempo mucho mejor que otras películas coetáneas e incluso posteriores y con más medios.
Pero, sobre todo, es una ingeniosa y bien ejecutada mezcla de géneros que estaban entonces inmersos en una profunda transformación. La era en la que los thrillers estaban protagonizados por elegantes y educados intelectuales británicos que discutían en lujosos salones sobre los sangrientos asesinatos cometidos por algún monstruo, había llegado a su fin. “Pánico en el Transiberiano” fue una anacronía ya en su época, pero al menos una que ofreció un digno broche de cierre para toda una época.

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