lunes, 26 de enero de 2026

2000- LADRONA DE MEDIANOCHE – Nalo Hopkinson




En el cambio de siglo, la irrupción de la escritora canadiense-jamaiquina en el panorama de la CF anglosajona llevó a muchos comentaristas a alinearla con Samuel R.Delany y Octavia E.Butler por su condición racial y su identidad sexual. Sin embargo, la propia autora animó a los aficionados a mirar más allá de las fronteras del tono de piel y el género y, de hecho, una vez superada esa clasificación y pasado el tiempo, su relevancia reside en otra parte, a saber, como pionera y transformadora del género fantacientífico a través de la integración de la cultura, el folclore y el lenguaje caribeños. Ese es el caso de su segunda novela, “Ladrona de Medianoche”, finalista de los premios Hugo y Nébula.

 

La acción transcurre en el planeta Toussaint, colonizado originalmente por miembros de comunidades africanas y caribeñas. La hibridación cultural resultante ha generado espontáneamente una forma de hablar multiétnica que, además, define su relación con la tecnología. Como explica la propia autora: “Muchas de nuestras historias sobre la tecnología y nuestros paradigmas se refieren a la mitología y el lenguaje griegos y romanos… Me preguntaba qué tecnologías podría construir una cultura diaspórica mayoritariamente africana, qué historias podría contarse su gente sobre la tecnología”.

 

Aunque su ambiente es tropical y reminiscente de un país caribeño, Toussaint es un planeta altamente tecnológico: la mayor parte del trabajo lo realizan máquinas, y todos los habitantes –salvo algunos resistentes que aprenden a desactivar los nanoácaros, se comunican escribiendo en papel “muerto” (no digital) y viven comunitariamente en casas inmunes a la penetración digital)- tienen un implante que, a través de los nanites inoculados al nacer, los conecta permanentemente a una IA planetaria llamada Granny Nanny, que combina los nombres de la heroica líder revolucionaria del mismo nombre (Nanny de los Cimarrones o Reina Nanny, originaria de Jamaica y una de las figuras más importantes de la resistencia contra la esclavitud en el Caribe) y la tramposa araña Anansi (personaje del folclore de África Occidental y el Caribe, el "Dios de todas las historias" y arquetipo de la astucia y el ingenio).

 

A diferencia del arquetipo occidental del Gran Hermano, Granny Nanny es una IA cariñosa y protectora. Sin embargo, la sensación de unidad y los cuidados que proporciona a todos sus habitantes no está exenta de problemas. Libera a sus usuarios de la necesidad de trabajar, sí, pero también les hace olvidar las razones por las que originalmente abandonaron la Tierra. La IA también protege a los residentes de Toussaint de la proliferación del crimen. Infractores y marginados son juzgados por ella y, si así lo estima, condenados al exilio perpetuo en Nuevo Árbol a Medio Camino, un planeta en otra dimensión, habitable pero peligroso, una especie de versión primitiva del exuberante Toussaint. Sólo los que traspasan el velo dimensional saben qué les aguarda allí.

 

Es en Toussaint donde vive una niña de siete años, Tan-Tan, en el seno de una familia privilegiada… o así lo parece. Su padre, Antonio, es el alcalde del condado Puente de Mando, una de sus comunidades. Su madre, la bella Ione, tiene poco que hacer en la lujosa casa dado que la IA doméstica (a la que denominan “eshu”, una de las deidades más complejas y fascinantes de la religión Yoruba, practicada en Nigeria y Benín y por sus descendientes de la diáspora americana) cuida no sólo de la casa sino de la niña, ejerciendo de enfermera, cocinera o profesora, con ayuda de la entrañable aya Tata.

 

En este punto, aviso al lector que, para poder comentar abiertamente la novela, es necesario caer en spoilers, ya que no es hasta casi la mitad de la trama que aparece el verdadero giro dramático y es imposible hablar con cierto detalle de la historia sin mencionar sus temas.

 

Un día, movido por la sospecha, Antonio llega temprano a su casa y, como esperaba, sorprende a su esposa con su amante. Se separa de facto de ella y de su hija hasta que, pasado el tiempo, reta a su amante a duelo como parte de uno de los combates rituales que forman parte del Carnaval. El enfrentamiento, que se contempla y disfruta por el público como un deporte, está muy regulado y supervisado por un árbitro para evitar que termine con la muerte de uno de los contendientes. Sin embargo, Antonio ha hecho trampas y se las ha arreglado para envenenar a su adversario con una mal calculada dosis que lo mata. Cuando se descubre la insidia y para evitar ser ahorcado, huye entrando en el Nuevo Arbol de Medio Camino, llevándose consigo a Tan-Tan, que había ido a visitarlo a prisión.

 

En su nuevo hogar, Antonio y Tan-Tan sobreviven a su primera noche gracias a la ayuda de un nativo, un douen (criaturas del folclore de Trinidad y Tobago) llamado Chichibud que los lleva a Junjuh (espíritu del bosque en las leyendas jamaicanas), uno de los asentamientos humanos que han ido proliferando por el inmenso bosque que parece cubrir todo el planeta. Allí, un par de convictos de carácter firme mantienen un orden razonablemente justo que incluye ahorcamientos o crueles confinamientos en cajas metálicas para los infractores.

 

Los Douen tienen un aspecto muy peculiar, mezcla de reptil y pájaro: “Tenía una cabeza muy extraña: larga y estrecha, como la de un pájaro. ¡Era tan feo! Sus ojos estaban situados a ambos lados de la cabeza, no en medio de la cara como los de las personas. También tenía dos brazos, con una mano en cada uno, pero en cada mano había cuatro dedos con abultadas yemas (…) Aunque no iba vestido, Tan-Tan no podía ver sus genitales, sólo algo similar a una bolsa de carne a la altura de la entrepierna (…) Pero lo más asombroso eran sus piernas: parecían patas de cabra, delgadas y dobladas hacia atrás por la mitad. Además, sus pies tenían cuatro dedos muy largos, con uñas duras y gruesas”.

 

En este punto, podría pensarse que Hopkinson está elaborando una metáfora del esclavismo, de cómo un pueblo que una vez fue colonizado y esclavizado puede a su vez olvidar su pasado y entregarse a los abusos, prejuicios y opresiones de los que una vez fueron víctimas. Los humanos enviados a Nuevo Árbol de Medio Camino tratan a los douen como seres inferiores. La forma en que éstos miran siempre hacia el suelo cuando interaccionan con los hombres, murmurando cuando se les habla, constituye una clara referencia al comportamiento que los eslavos adoptaban con los blancos que los explotaban. Ahora bien, el propósito principal de la autora es otro: denunciar el trato que reciben las mujeres jóvenes por parte de hombres en quienes erróneamente confiaron. Todo el decorado de ciencia ficción que rodea la trama y que bien podría encuadrarse dentro del subgénero de "contacto extraterrestre" (cuando Tan-Tan huye para vivir con los Douen), es secundario a este propósito central. Sobre esto volveré más adelante.

 

Aunque lo habíamos conocido principalmente a través de los favorecedores ojos de su hija, que lo adoraba, la historia ya nos había dado claras pistas de que Antonio era un adúltero egocéntrico y tramposo que se llevó a su hija a Nuevo Árbol del Medio Camino por motivos puramente egoístas. Ahora nos enteramos de que, una vez en ese planeta, ha estado violando a Tan-Tan desde sus 9 a los 16 años, llegando incluso a tener que abortar en una ocasión y sin que su madrastra, Janisette, interviniera. El día antes de alcanzar su mayoría de edad y habiendo ya planeado irse a otra comunidad con su novio para emprender una nueva vida, Tan-Tan vuelve a ser víctima de otro ataque de ira-celos de su ebrio padre, pero esta vez, incapaz de soportarlo más, le clava un cuchillo y lo mata. Como está segura de que las autoridades del pueblo la ejecutarán por asesinato, escapa al bosque con Chichibud a lomos de Benta, un douen hembra que puede volar.

 

Tan-Tan se establece con la familia de Chichibud en una comunidad Douen secreta. Atormentada por la ambivalencia que siente por lo ocurrido con su padre, empieza a frecuentar pueblos humanos, donde enmienda injusticias para aliviar su conciencia. Sus intervenciones, a veces nocturnas y clandestinas, la ascienden al estatus de leyenda popular, equiparándola con la Reina Ladrona (originalmente, un personaje icónico del Carnaval de Trinidad y Tobago). Pero cuando sus imprudentes escapadas a pueblos humanos, atraen la atención de éstos sobre el refugio de los douen, éstos la expulsan junto a su amiga Abitefa, que la había acompañado en sus incursiones.

 

Tan-Tan asume la identidad de la Ladrona de Medianoche para ayudarse a reintegrar las partes dislocadas de su identidad tras la perturbadora relación que había tenido con su padre. Las figuras paternas en la obra de Hopkinson suelen ser ferozmente protectoras, pero también autoritarias y corren el riesgo de alienar a sus hijos debido al poder que ejercen sobre ellos. Se ha dicho, incluso, que Hopkinson es una mujer que vive en un perpetuo sentimiento de enojo hacia los hombres. Es cierto que esa es una crítica –o, más bien, una etiqueta- que ha solido dirigirse contra ella, pero me atrevo a aventurar que esto ha sido las más de las veces producto del prejuicio.

 

Hopkinson se ha definido como mujer negra y queer. Este último término puede llamar a engaño. Hoy mucha gente lo usa porque no siente que etiquetas como "gay", "lesbiana" o "bisexual" definan con precisión su identidad. Es una forma de decir: "No soy heterosexual" o "No encajo en las normas de género tradicionales", sin necesidad de ser más específico. En el ámbito académico y literario, además, “queer” indica, por una parte, una postura ante el mundo que incluye el desafío a la norma, el cuestionamiento a la idea de que existe una forma “normal” de ser hombre o mujer o, más específicamente, de amar; y, por otra, la defensa de la idea de que la identidad y el deseo sexuales pueden cambiar y no tienen por qué estar eternamente constreñidos por ciertos paradigmas. En “Ladrona de Medianoche”, la sexualidad atípica está por todas partes. En Toussaint se practica libremente el poliamor; una pareja de herreros en Nuevo Árbol del Medio Camino son fetichistas de los pies y aficionados a los juegos sadomasoquistas; el autoproclamado sheriff de Junjuh tiene como pareja a otro hombre… Nada de todo esto es no ya criminal, sino motivo de vergüenza.

 

Pero cuando Hopkinson dice que es una escritora queer, no solo habla de a quién y cómo ama, sino de cómo escribe. Historias como “Ladrona de Medianoche” rompen las reglas de lo que se espera de una mujer negra o de un héroe de ciencia ficción; y mezcla lo que la sociedad considera "raro" (folclore, magia, sexualidades diversas) colocándolo en el centro de la narrativa como algo relevante y poderoso.

 

Muchas de las críticas que se le han dirigido a Hopkinson derivan de su enfoque radicalmente feminista y su crudeza al retratar la violencia patriarcal. En novelas como la que ahora nos ocupa o la primera que publicó, “La Vendedora de Sueños” (1998), no ha tenido reparos en mostrar personajes masculinos que ejercen abuso, control o violencia. Muchos lectores varones acostumbrados a héroes tradicionales de su propio sexo, al encontrarse en estas ficciones con hombres retratados como opresores o individuos profundamente perturbados psicológicamente, lo interpretan como un "ataque" contra su “colectivo”.

 

En realidad, Hopkinson se sirve de estas figuras para explorar traumas históricos (como la esclavitud) y la forma en que éstos se filtran insidiosamente en las relaciones familiares. No es "odio contra el hombre" per se, sino una disección de cómo el poder se ejerce sobre los cuerpos de las mujeres negras. Éstas, en las ficciones de la autora, adquieren poder a través de la magia o el folclore; en el caso de Tan-Tan, apoyándose en figuras como Granny Nanny, Eshu o la Reina Ladrona. En sus libros, las soluciones a los problemas no las aporta un "salvador", sino la sabiduría de las abuelas, la resistencia de las jóvenes y la conexión con los ancestros. Esto implica la expulsión del hombre del centro del universo narrativo y la cesión de la palabra a los personajes que históricamente han sido silenciados, una postura que algunos sectores interpretan erróneamente como hostilidad. Muchos críticos han argumentado que lo que Hopkinson siente no es "odio", sino una indignación necesaria expresada desde una mentalidad de resistencia. Si sus historias son crudas, es porque el folclore caribeño y la historia de la vida en las plantaciones esclavistas también lo eran.

 

Tan-Tan es una protagonista cautivadora, una niña-mujer inteligente, sensible y valiente, pero también psicológicamente frágil a causa de las experiencias que ha vivido. Para afrontar su trauma, forja dos identidades diferentes: la “Tan-Tan Buena” y la “Tan-Tan Mala”. La primera es hacia la que su conciencia la dirige; la segunda la que la ayuda a evadirse del trauma, surgida del tóxico contacto con Janisette y Antonio, que la han hecho creer que, en el fondo, es perversa. Esta compartimentación y división de la identidad es lo que le permite sobrevivir. Crea, incluso, una tercera, la de Reina Ladrona, luchadora contra las injusticias y maltratos que termina por convertirse en leyenda popular.

 

Con el tiempo, Tan-Tan aprende a permitir que su yo bueno, su yo de Reina Ladrona, se convierta no en una personalidad diferenciada, sino en parte de una mayor que integra las demás. Y esto lo consigue gracias a la aceptación. Durante sus muchos meses de soledad, mientras estrecha lazos con Abitefa, salva a un cachorro de Becerro Rodante (un animal local, de gran tamaño, herbívoro pero letal si se le molesta) cuya madre Tan-Tan mató para salvar su propia vida. Adoptar y cuidar de esa criatura la ayuda a recordar que es capaz de amar, que no es malvada como le habían dicho. Y esto coincide con su reencuentro con Cabeza de Melón, su novio en Junjuh, ahora establecido como sastre en el pueblo, mucho más limpio, ordenado y tranquilo, de Dulce Pan de Maíz. Avergonzada por llevar en su vientre el fruto de la violación de su padre, se resiste al principio a confiarse a él, pero el joven insiste con ternura y sin presionarla. Es a través de estas conexiones regidas por la generosidad, el amor y la bondad, que Tan-Tan reconoce que lo que le ha sucedido no es su culpa ni debe castigarse por ello. La “Tan-Tan Mala” no es mala; es sólo una faceta de ella misma.

 

Como ya apunté antes, “Ladrona de Medianoche” se sirve de un entorno de CF (aunque en algunos momentos más parece uno de Fantasía) para explorar temas de la vida real. Hay tecnología muy avanzada en Toussaint, pero la mayoría de la historia transcurre en Nuevo Árbol a Medio Camino, donde, por la naturaleza de los exiliados, no se ha superado la fase medieval (excepto por la aparición de los primeros intentos de mecanización gracias a unos herreros) y los nativos están tan bien adaptados a su entorno que no necesitan de apoyos externos más allá de algunas herramientas. En una entrevista de 2002, Hopkinson declaró: “Cuando era una lectora joven, la ficción mimética (la que imita la realidad) me dejaba insatisfecha. El mensaje general que recibía era: “La vida apesta, a veces no es tan mala, pero en la mayoría de las ocasiones, la gente es mala con los demás y luego se muere”. Con razón o sin ella, sentía que eso ya lo había descubierto, que no necesitaba leer ficción para experimentarlo. Pero los cuentos populares, las fábulas y los antiguos relatos épicos (la Ilíada de Homero, por ejemplo) parecían vivir en una dimensión diferente".

 

Y por eso Hopkinson recurrió aquí al folclore, personajes míticos y leyendas que había conocido en su infancia. Nacida en Kingston (Jamaica) el 20 de diciembre de 1960, creció en Guyana, Trinidad y Canadá. Su madre era bibliotecaria y su padre, Slade Hopkinson, un polifacético intelectual que cultivó la poesía, la dramaturgia, la interpretación y la docencia. Con semejante ambiente familiar, la joven Nalo recibió influencias tanto de la tradición literaria occidental (de Homero a Vonnegut o Ellison pasando por Shakespeare) como de los cuentos fantásticos afrocaribeños. Aunque residió brevemente en Connecticut, Estados Unidos, durante el período que pasó su padre como docente en la Universidad de Yale, Hopkinson ha reconocido que el choque cultural que supuso su mudanza a Toronto desde Guyana a los 16 años fue algo con lo que nunca consiguió reconciliarse del todo. Es por eso que en su obra ha explorado la tensión creativa entre sus raíces caribeñas y su vida en el extranjero.

 

De esta manera y aunque el efecto buscado se pierde en buena medida en la traducción, “Ladrona de Medianoche” está escrito en una especie de híbrido criollo, algo que no parece haber gustado a algunos críticos pero que no supone un problema para la lectura. La prosa, aunque compleja, está bien escrita y no lleva a la confusión. Hopkinson escribe principalmente en trinitense pero para esta novela lo mezcló deliberadamente con jamaiquino y guyanés. Los nombres relacionados con lugares, conceptos o criaturas, como ya he ido apuntando, tienen sus orígenes en diversas culturas. Utiliza una cadencia particular y algunos giros lingüísticos que evocan instantáneamente los de un cuento. La sintaxis también recurre a construcciones peculiares, incluyendo las que el francés dejó en el criollo de Trinidad. Es fácil subestimar el esfuerzo de reflexión y síntesis que exige este estilo tan particular.

 

Metafóricamente y en el contexto de esta novela, la mezcla de dialectos compone la lengua e identidad del pueblo de Toussaint. En una entrevista de 2002, Hopkinson comentó que creía que “Ladrona de Medianoche” podría funcionar en yidish porque: "El yidish, por lo que sé, transmite el sentido histórico de ser la lengua de un pueblo cuya expansión diaspórica a veces les ha venido impuesta, y también, creo, tiene el sentido de ser una lengua “del pueblo'". Precisamente ese es el objetivo de la autora, crear una lengua específica, híbrida, que se convierta en identidad común para sus hablantes al tiempo que nexo con su pasado y diversidad cultural.

 

He dicho que el estilo y las palabras evocan al formato de cuento y, concretamente, de género fantástico. Y esto no es casual. En la historia, las andanzas de Tan-Tan se convierten en leyenda y en cuentos para asustar a la gente. Hay quienes en los carnavales se disfrazan como ella en su identidad de Reina Ladrona. Como en todo buen, cuento, hay una bruja de la que esconderse (Janisette) y criaturas de aspecto fabuloso que moran en el bosque, unas amigables y otras peligrosas. Al insertar en la narrativa algunos de los cuentos populares que han surgido en Nuevo Árbol del Medio Camino a raíz de las aventuras de Tan-Tan, la autora explora los mecanismos que dan origen a los mitos y leyendas. Éstos se están perdiendo en el Caribe moderno y, al reescribirlas en un contexto de CF, Hopkinson contribuye a su conservación para el futuro.

 

Aunque mi valoración global es positiva, las dos partes principales en las que se divide la novela me han parecido algo irregulares en cuanto a calidad. La primera, hasta que la acción se traslada a Nuevo Árbol de Medio Camino, es algo lenta y no está lo suficientemente bien integrada con el resto de la novela –al menos hasta el mismo final, donde se descubre la identidad del narrador-. Antonio es algo ambiguo e Ione, la madre, es un personaje antipático y mayormente innecesario. Además, encaja una subtrama sobre los resistentes a la tecnología que, a la hora de la verdad, no lleva a ninguna parte. También superflua es la tecnocháchara sobre la conexión y los medios de transporte entre Toussaint y Nuevo Árbol de Medio Camino.

 

Una vez que Tan-Tan y Antonio llegan a su lugar de exilio, la novela cobra una nueva vida gracias a la descripción de los alienígenas nativos, los peligros que acechan en los impenetrables bosques, los misterios que rodean la forma de vida de los douen y las aventuras que corre la protagonista y que la ayudan a forjar su carácter. La resolución es quizá más conveniente y comprimida de la cuenta, pero, al final, el conjunto es al tiempo interesante y emocionante. La historia a veces es divertida, a veces tensa, a veces trágica y siempre cautivadora y exuberante.

 

Conviene acercarse a “Ladrona de Medianoche” con la clara idea de que no es una novela juvenil que narra el paso a la madurez de una muchacha. O, al menos, no solamente. Es una obra con pasajes muy crudos que tratan sin tapujos temas bastante oscuros como la violación, el incesto, el aborto o los impulsos suicidas, así que no estoy seguro de que pueda recomendarse sin reservas a un lector adolescente. Lo que tenemos aquí es una novela adulta que no sólo es una celebración de la cultura y los mitos caribeños, sino una conmovedora historia sobre el trauma, la redención y el doloroso proceso de construcción de una nueva identidad con la que reconciliarse con uno mismo y con el pasado.

 

Sus casi cuatrocientas páginas ofrecen una lectura más densa de lo esperado gracias a su elaborada y lírica prosa y su enfoque divergente respecto de lo que suele ser habitual en el género. Es ciencia ficción, pero, como ocurre con muchas de las obras de este género firmadas por autoras, sus tropos son tan solo un marco conveniente para una historia cuyo foco son las personas. La ciencia ficción masculina ha solido ser mucho más directa y centrada en la creación y exploración de universos. La femenina, respetando las convenciones y también creando el correspondiente universo y las reglas que lo gobiernan, tiene como propósito nuclear cuestionar las normas y profundizar en el comportamiento de individuos y sociedades.

 

 

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