El cine y la televisión llevan ya muchas décadas reflexionando sobre nuestra relación con los viajes espaciales y las vidas de quienes los acometen y de los que dejan atrás. Cuando el Espacio era todavía un sueño, pero ya sentido como una meta posible e incluso próxima, entre las décadas de los 50 y los 60 del pasado siglo, los astronautas eran retratados como militares valientes, patriotas e infalibles. Tras las misiones Apolo, ya en los 70 y 80, pasaron a interpretarse como meros empleados vulnerables a la suciedad, el cansancio y los abusos corporativos. En tiempos más recientes aparecen los astronautas introspectivos que protagonizan historias enfocadas en el aislamiento y el trauma. Pero en todos los casos y a diferencia de la Space Opera, este subgénero ha hecho más hincapié en la fragilidad humana frente al vacío y el rigor técnico de sus tramas que a la aventura de corte más fantástico.
Una
de las propuestas más interesantes de los últimos tiempos en este sen
tido ha
sido la serie de televisión “Para Toda la Humanidad”, que, además, amplía las
posibilidades temáticas y narrativas del género presentando una ucronía, esto
es, una Historia Alternativa, en la que los Estados Unidos perdieron la carrera
a la Luna ante unos soviéticos que no sólo fueron los primeros en pisar el
satélite sino en enviar una mujer al espacio. Como consecuencia de ello, la
carrera espacial no murió en 1969 con el triunfo del Apollo 11 sino que
continuó a toda marcha durante la década de los 70. Como ejercicio intelectual,
no sólo da cabida a un abanico más diverso de personajes con nuevos problemas
(por ejemplo, ¿qué pasaría si la esposa de un astronauta quisiera seguir los
pasos de su marido?) sino que permite al espectador de 2019 experimentar (o
recordar, según su edad) el sentido de lo maravilloso y el suspense que una vez
despertaron los diferentes hitos de la carrera por llegar al espacio.
Creada
y producida para Apple TV+ por Ronald D.Moore (uno de los guionistas que en su
juventu
d dio nuevos aires a la franquicia de Star Trek desde comienzos de los
90 y que luego sería el “padre” de “Battlestar Galáctica” o “Outlander”), Matt
Wolpert y Ben Nedivi, “Para Toda la Humanidad” incluye, sorprendentemente,
pocas escenas espaciales en sus primeros episodios. Su foco desde el comienzo
está en el factor humano, sobre todo hombres al principio, aunque las mujeres
no tardan en situarse al nivel de sus contrapartidas masculinas en todos los
órdenes.
La
acción comienza aproximadamente un mes antes del lanzamiento del Apolo 11,
cuando los soviéticos sorprenden al mundo con un cosmon
auta que desciende de su
módulo para pisar suelo lunar. Ese es el Punto Dunbar de esta ucronía, el
momento decisivo a partir del cual la Historia ficticia difiere de la que
conocemos. El reparto de personajes es muy extenso pero los más importantes son
un grupo relativamente pequeño de astronautas y personal de la NASA, poco
conocidos o ficticios (aunque personalidades como Buzz Aldrin, John Glenn o
Neal Armstrong también aparecen). Los astronautas son, en gran medida,
militares competentes absorbidos por su trabajo que o bien ignoran o bien
engañan a sus sufridas esposas y apenas conocen a sus hijos. El presidente
Nixon y otros políticos hacen cameos que mezclan imágenes de archivo con
diálogos ficticios con la voz de actores de doblaje. Esta herramienta se
aprovecha también para para contextualizar las desviaciones respecto a nuestra
propia Historia.
El frustrado
ast
ronauta Ed Baldwin (Joel Kinnaman), que había formado parte de la
tripulación del Apolo 10, el cual llegó a la órbita lunar pero sin descender a
su superficie, hace unas desafortunadas declaraciones a un periodista en un
momento de indignación etílica. Al acusar a la NASA de excesiva precaución, por
no hablar de cobardía, tras el accidente en el que murieron Virgil Grissom,
Edward White y Roger Chaffee en 1967 durante una simulación de lanzamiento,
desencadena una auténtica pesadilla de relaciones públicas para la agencia y
facilita que el gobierno de Nixon señale a Wernher von Braun (Colm Feore) como
chivo expiatorio.
Ed
Baldwin, tiene sus momentos de interés, como su comparecencia ante una comisión
de investigación del Congreso o su papel de a
diestrador de las astronautas,
pero durante buena parte de la temporada tiene poco que mostrar emocional o
narrativamente. Responde al arquetipo de piloto fornido y valiente que tanto se
ha visto en este tipo de ficciones. Por otra parte, el talento interpretativo
de Kinnaman es tan limitado como de costumbre, lo que impide que conecte
fácilmente con el espectador. Su personaje –y el actor- cobran mayor peso y
dramatismo hacia el final del a temporada, cuando se ve enredado en una
situación muy difícil durante su larga estancia en la base lunar de Jamestown,
primero con otros dos compañeros y luego en solitario.
Por
o
tra parte, su compañero “Gordo” Stevens, demuestra ser un personaje bastante
más complejo de lo que su fachada de bromista alcoholico y mujeriego podría
hacer pensar. Al principio, como le ocurre a Ed, no es alguien que caiga
demasiado bien, aunque probablemente en este caso sea intencionado. Y, también
como Ed, su arco gana en interés e intensidad en la segunda mitad, cuando su
psique empieza a tambalearse al borde de la psicosis.
A
partir de estos dos astronautas, sobre los que al principio se concentra la
mayor parte de la narracion, ésta va abriéndose para abarcar una extenso y
variado reparto que mezcla, como he dicho, personas que existieron de verdad
con otras inventadas para la serie. Es una fórmula compleja pero que los
guionistas de
stilan muy bien. Así, por ejemplo, aparece en un papel destacado
Deke Slayton, el famoso "Jefe de Astronautas" de la NASA. Como Director
de Operaciones de Tripulaciones de Vuelo, él era quien decidía quién volaba y
en qué misión. Por ejemplo, fue él quien asignó a Neil Armstrong para comandar
el Apolo 11 y se decía que para ir a la Luna, primero tenías que convencer a
Deke. Era conocido por su honestidad y por su feroz defensa de sus astronautas
frente a la burocracia de la NASA. Aquí, interpretado por Chris Bauer, compone
un personaje fiel a su referente real, tan estricto y brusco como entrañable,
pero cuya vida, a tenor de los acontecimientos divergentes respecto a nuestra
línea temporal, acaba desarrollándose y terminando de forma muy diferente a la
que conocemos.
“Para
Toda la Humanidad” es una serie que discurre a un ritmo moderadamente lento y habrá
quien opine que se to
ma demasiado tiempo en llegar al punto prometido por su
premisa. La primera temporada se desarrolla en tres fases. Los dos primeros
episodios presentan y desarrollan el punto de divergencia con nuestra realidad
y sus efectos inmediatos. Los episodios tres al cinco muestran cómo los cambios
derivados de ese punto Dunbar empiezan a afianzarse y separar esa corriente
temporal de la nuestra. La segunda mitad de la temporada ya ha establecido
claramente la dirección que seguirá la serie, profundizando en una cadena de crisis
de diferente dimensión y alcance que amenazan vidas, carreras y todo el
programa Apolo.
Es
en el tercer episodio cuando no sólo entran en escena las candidatas a
astronautas sino que se reconoce la contribución de las mujeres negras al
esfuerzo espacial. Una nueva victoria rusa, la primera mujer en el espacio,
lleva a que Nixon ejerza presión para que la NASA seleccione a un grupo de
mujeres capa
ces de igualar la gesta. Este programa está basado en el auténtico Mercury
13, que es como años después se denominó en nuestra realidad a un grupo de
trece mujeres estadounidenses que, a principios de los años 60, se sometieron a
las mismas pruebas físicas y psicológicas que los siete hombres del Proyecto
Mercury. Aunque demostraron tener la misma capacidad -y en algunos casos,
superior- que sus colegas masculinos, nunca volaron al espacio porque la NASA
no las aceptó oficialmente.
Dos
de las mujeres con mayor peso dramático, Molly Cobb (Sonya Walger) y Tracy
Stevens (Sarah Jones), son personajes ficticios pero basados en otras reales.
En el primer caso, Jerrie Cobb, pioner
a y miembro de la tripulación del
Mercurio 13; y, en el segundo, un compuesto de Jan Armstrong o Joan Aldrin (las
esposas reales de los astronautas del Apolo, que vivían bajo una presión
mediática brutal y debían mantener una imagen de "familia perfecta");
y Dottie Metcalf-Lindenburger, una de las primeras profesoras en convertirse en
astronauta, reflejando ese camino "no convencional" que Tracy toma en
la serie al pasar de civil/esposa a piloto de combate y astronauta.
El
carácter rebelde e independiente de Molly contrasta marcadamente con el
estoicismo severo de Ed. Es una excelente piloto que
formó parte del Mercury
13, está resentida por la forma en que esas mujeres fueron rechazadas y no le
interesa quedar bien ante sus superiores, sus compañeros o la prensa. Sólo
quiere volar y llegar al espacio. Su lucha por cumplir con las
responsabilidades del puesto y ser una buena compañera de equipo la convierten
en un personaje excelente, aunque no siempre entrañable.
Personalmente,
mi personaje femenino favorito es Tracy Stevens, cuyo arco es el más conmovedor
y complejo. Pasa de ser una “mujer florero” definida por el halo heroico de su
esposo “Gordo” Stevens, a convertirse en la figura más icónica del programa
espacial. Al principio, Tracy es la viva imagen de la esposa perfecta de los
años 60. Su vida gira en torno a la ca
rrera de su marido y la crianza de sus
hijos. Pero cuando la NASA se ve en la obligación de reclutar candidatas a
astronauta, Tracy se presenta a las pruebas. Pese a que es la menos preparada
de partida y que su selección ha respondido a una maniobra de relaciones
públicas (por ser la esposa de un héroe), se esfuerza más que ninguna, supera
el duro entrenamiento y consigue su objetivo. Es más, al final de la temporada
dirige con éxito una arriesgada y complicada misión de rescate.
Otro
arco que va cocinándose a fuego lento es el de la esposa de Baldwin, Karen (Shantel
VanSanten), la cual parte del mismo punto que Tracy, esto es, cumpliendo el
papel de perfecta ama de casa americana. Karen parece ser el centro de la
comunidad de las esposas de astronautas, alguien que está en la vida de todos
los demás pero que parece carecer de un mundo interior propio, viviendo a la
sombra de la carrera de su marido y manipulando sutilmente a éste. Sin embargo,
el anuncio del programa de astronautas femeninas, en lugar de suponerle una
satisfacción v
icaria, la amarga gradualmente al contemplar como otras mujeres,
especialmente Tracy, logran lo que nadie hubiera pensado mientras ella sigue
atrapada en una vida falsa. No es hasta el final de la temporada que, fruto de
su soledad, autodecepción y la tragedia personal que sufre, experimenta un
profundo cambio. Tanto Sarah Jones como Shantel VanSanten ofrecen actuaciones
muy notables para unos personajes complejos que se distancian respecto a lo que
se había mostrado en muchas otras películas y series sobre astronautas, en las
que las esposas de éstos recibían un tratamiento meramente superficial.
Otros
personajes femeninos también muy interesantes son los de Danielle Poole (Krys
Marshall), la pr
imera astronauta afroamericana de la NASA y que demuestra ser
mucho más eficaz y heroica que sus dos compañeros hacia el final de la
temporada, cuando se sacrifica para salvar a Gordo. Ellen (Jodi Balfour) es
otra capacitada astronauta que se ve obligada a ocultar su lesbianismo y contraer
un falso matrimonio con otro compañero gay, sabedora de que, de conocerse su
orientación, le valdría ser expulsada del programa
Más
en segundo plano se desarrolla paralelamente una trama centrada en una joven
mexicana, Aleida (Oivia Trujilo), que entra ilegamente en Estados Unidos junto
a su padre y cuya fascinación por el espacio y su talento matemático le permiten
acercarse a la órbita de la NASA tras captar la atención de Margo (Wrenn
Schmidt), una ingeniera de la agencia protegida por el amigo de su familia, Wernher
von Braun, hasta que los perros de presa de Nixon desvelan su implicación en
las atrocidade
s nazis y queda marginado del programa espacial. Margo es otro
personaje complejo, imperfecto y admirable al mismo tiempo, que lucha contra el
sexismo imperante en Control de Misión para ver reconocido su talento. Está
basada en una mujer de la vida real, Margaret Hamilton, una programadora del
MIT que escribió el código que permitió que el hombre llegara a la Luna. Fue
una pionera absoluta de la informática en una época en la que el software ni
siquiera se consideraba una disciplina seria.
Dado
que la serie adopta un enfoque exclusivamente estadounidense, puede librarse de
explicar con mayor detalle uno de los puntos más resbaladizos de su premisa, a
saber, cómo los soviéticos consiguieron con su débil economía mantener un
esfuerzo tecnológico tan prolongado y cómo la prolongación de la carrera
espacial entre las dos superpotencias modificó la geopolítica e influyó en
otros acontecimientos mundiales.
En
nuestra Historia, el cohete soviético N-1, que debía llevar a Leonov a la Luna,
sólo realizó unos pocos vuelos de prueba desastrosamente cortos, el últi
mo de
los cuales tuvo lugar en 1974. Aunque el proceso de diseño había comenzado en
1961, casi al mismo tiempo que Kennedy anunció que llevaría a un hombre a la
Luna y lo traería de vuelta a finales de la década, el proyecto N-1 se vio
afectado por la escasez de financiación y la competencia con otras prioridades
del gobierno ruso. El proyecto solo pareció ganar auténtico impulso en 1964,
cuando ya era casi demasiado tarde.
Ot
ro
problema fue la naturaleza fragmentada del programa espacial soviético,
lastrado por múltiples oficinas de diseño compitiendo entre sí por la escasa
financiación y, a menudo, actuando en contra de los intereses del programa.
Finalmente, estaba la salud del ingeniero Sergei Korolev, diseñador jefe del
programa espacial soviético y principal impulsor de la aventura lunar, quien
falleció durante una cirugía de rutina en 1966.
Quizá
la única posibilidad de que Leonov hubiera podido llegar a la Luna
es que los
líderes soviéticos se hubieran tomado verdaderamente en serio a Kennedy desde
el principio, decidiendo financiar apropiadamente el proyecto N-1 de Korolev y
dándole a éste el liderazgo absoluto sobre el mismo. También está la cuestión
de la salud del ingeniero, aunque Moore y sus guionistas salvaron ese problema diciendo
que, en esta Historia, sobrevivió a la cirugía y logró solucionar los defectos del
N-1 a tiempo para llegar a la Luna antes que los estadounidenses.
Por otra parte, varios de los avances que la NASA va consiguiendo en la serie están extraídos de los registros históricos, como programas que la agencia suspendió tras ver reducidos sus fondos o que varios administradores al frente de la misma soñaron con sacar adelante sin conseguirlo.
Otros
cambios introducidos en esta Historia alternativa derivan de forma coherente
del diferente camino que siguieron los acontecimientos. Por ejemplo, a Nixon le
sucede en la presidencia Ted Kennedy. En nuestra historia, las aspiraciones
políticas del demócrata quedaron frustradas cuando, en 1969, en la i
sla de Chappaquiddick,
sufrió un accidente de tráfico en el que murió la mujer que lo acompañaba.
Kennedy no informó a la policía del accidente hasta pasadas diez horas, lo que
generó un escándalo que lo persiguió de por vida. En la serie, en cambio, el
político canceló aquel viaje para asistir a las audiencias públicas en las que
se trataba de dirimir la responsabilidad de la NASA en su fracaso de haber
llevado un hombre a la Luna antes que los soviéticos. Por tanto, su carrera no
quedó frustrada y ganó las siguientes elecciones… sólo para verse envuelto
luego en un escándalo sexual relacionado con la misma mujer que aquí no murió
en el accidente que nunca se produjo.
Es
muy de agradecer que la serie, lejos de plantear un sobado futuro distópico, la
derrota de Estados Unidos potencie la dinámica y
a existente de una forma
positiva. Por ejemplo, la presión que experimenta el gobierno para no sufrir
más humillaciones en ese campo hace que se incluya a las mujeres en las tripulaciones
del programa Apolo antes de lo que sucedió en nuestra realidad (en 1978); en
ese futuro alternativo, se establece un habitat lunar permanente –en realidad
dos, uno ruso y otro norteamericano- en 1973, lo que lleva al descubrimiento de
hielo en la superficie del satélite (en nuestra línea temporal sucedió en
2010), convirtiendo así a nuestro vecino en candidato ideal para el
reabastecimiento de combustible en futuras misiones a otros destinos del
sistema solar. En el primer capítulo, el legendario director de vuelo de la
NASA Gene Kranz (Eric Laden) expresa su preocupación por la posibilidad de que
Estados Unidos pueda alejarse del espacio debido a su participación en la
Guerra de Vietnam. Desafortunadamente, eso es exactamente lo que ocurrió en
nuestro mundo.. y ello a pesar de que fue esa nación la que ganó la carrera
espacial.
Y
es que el programa Apolo acabó siendo víctima de su propio éxito. Mantener vivo
y en desarrollo ese proyecto llegó a consumir casi el 4.5% del presupuesto
federal de EE. UU. (hoy, la N
ASA no recibe ni el 0.5%) y cada lanzamiento de un
cohete Saturno V costaba, a valor de hoy, más de 1.200 millones de dólares. Con
la Guerra de Vietnam consumiendo recursos y una inflación creciente, el
Congreso decidió que ya no era sostenible. Por otra parte, el programa nació
como un arma más de la Guerra Fría. El objetivo de Kennedy no fue
necesariamente el avance científico sino demostrar la superioridad tecnológica
sobre la Unión Soviética. Una vez que Neil Armstrong pisó la Luna, el objetivo
geopolítico estaba cumplido. Para los políticos en Washington, gastar miles de
millones en traer "más rocas lunares" ya no aportaba votos ni ventaja
estratégica frente a los rusos. Y, por último, aunque hoy este episodio de
nuestro pasado reciente nos parezca fascinante, las audiencias de televisión de
las misiones Apolo 12, 14, 15 y 16 se desplomaron drásticamente. La gente
empezó a verlo como algo "rutinario" y poco emocionante donde no
había en juego gran cosa.
En
la Historia Alternativa que nos presenta la serie, en cambio, todos e
sos
factores nunca llegaron a cobrar importancia por la sencilla razón de que la
Unión Soviética llegó primero a la Luna. Los norteamericanos, en vez de
rendirse, se empeñaron con mayor ahínco en salir victoriosos del siguiente
hito. Nixon sacó al país de la Guerra de Vietnam liberando recursos económicos
que invertir en esa gran herramienta propagandística que era la NASA y sus
astronautas; y, en consecuencia, el público siguió muy pendiente de cada nuevo
éxito y cada nuevo fracaso.
Cabe
destacar también el aspecto de la puesta en escena. Desde la recreación de la
nave Apolo y los trajes espaciales (y su posterior evolución) hasta el Centro de
Control de Misión en Houston pasando por los interiores domésticos o el
vestuario, la atención que se presta al detalle satisfará tan
to a los fans irredentos
de la exploración espacial como a los interesados en ese periodo temporal. El
trabajo de efectos especiales es igualmente sólido, con algunas tomas
impresionantes de la Luna que capturan a la perfección tanto la sensación de
escala como la de "magnífica desolación", tal y como la describió el
astronauta del Apolo 11, Buzz Aldrin. Jeff Russo, cuya música ha acompañado
varias series recientes relacionadas con el espacio (“Picard”, “Star Trek
Discovery”, “Elegidos para la Gloria”) respalda la producción transmitiendo
tanta épica como emoción.
“Para
Toda la Humanidad” es, sobre todo, una serie dramática que com
bina personajes
reales y ficticios y se centra en las tripulaciones de astronautas y sus
familias, el personal de tierra y las relaciones entre la NASA y los diferentes
gobiernos que van sucediéndose en la Casa Blanca. Se presta mucha más atención
a lo que ocurre entre bastidores en las misiones y a la vida privada de los
astronautas que a las experiencias de éstos en el espacio. Con todo, sigue
habiendo bastantes momentos de aventura y suspense, incluyendo dramáticos
rescates en el vacío, tripulaciones que se quedan sin oxígeno, accidentes durante
los entrenamientos, supervivencia en condiciones de aislamiento, etc.
Por
otra parte, al igual que ya hicieron “Battlestar Galactica” y “Outlander”, las
otras dos series dirigidas por Ronald D. Moore, los diez episodios de la
primera temporada de “Para Toda la Humanidad” pueden ser terriblemente brutales
para con sus personajes. Que nadie espere
encontrar aquí tan sólo heroicas hazañas
de los hombres de la NASA que dejan con un buen sabor de boca, sino una carrera
espacial realista, dura, con aristas y rincones oscuros que nos lleva desde
1969 a 1975. Y, sin embargo, es también y al mismo tiempo, un viaje inspirador
y positivo, de personas imperfectas que luchan por un sueño, abriendo camino,
como dice el título, para toda la Humanidad. En última instancia, lo que hace la
serie es combinar el sentido de lo maravilloso y la ambición de aquella época con
una visión retrospectiva más realista, tal vez ligeramente cínica, deudora del
“Elegidos para la Gloria” (1979) de Tom Wolfe.
(Continúa en la siguiente entrada)

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