domingo, 22 de febrero de 2026

2023- YAKITORI: SOLDADOS DE LA DESDICHA

 



El Seisaku Linkai o "Comité de Producción", extendido y asumido masivamente tras el éxito de “Evangelion”, ha sido el modelo de negocio estándar bajo el cual se ha financiado casi todo el anime japonés desde los años 90. ¿Y en qué consiste exactamente? Imagina que quieres hacer una película que cuesta millones de dólares. En lugar de que un solo estudio de animación aporte todo el dinero y asuma todo el riesgo, se forma un "club" o “comité” de empresas que se reparten la cuenta... y las ganancias.

 

Normalmente, un comité de este tipo está integrado por cuatro o cinco empresas diferentes con intereses específicos: la editorial que quiere promocionar el manga o novela (sólo alrededor del 10% de los anime son material nuevo y original); la discográfica que quiere que sus artistas interpreten el opening y el cierre; la juguetera que desea vender figuras y merchandising; la cadena de televisión que necesita contenido para su parrilla de programación; y el estudio de animación, que a veces pone dinero, pero que más frecuentemente es tan solo un “socio” laboral.

 

Sin embargo, en los últimos años, ese sistema se ha visto socavado por la irrupción de Neflix, que ha pasado de ser un simple "escaparate" de contenido ajeno a un agente de primer orden en la industria del anime, firmando acuerdos con estudios japoneses (como Production I.G, WIT Studio, y recientemente MAPPA), una estrategia que les ha permitido saltarse el “Comité”, agilizando la toma de decisiones y abriendo la puerta a productos más experimentales o crudos que no tendrían buen encaje en una cadena de televisión abierta.

 

Eso sí, la plataforma prioriza películas y series que pueden ser entendidas y disfrutadas por un público internacional gracias a los temas que trata y los personajes a través de los cuales los vehicula. No se buscan exclusivamente productos de un éxito potencialmente masivo, como “Stranger Things”, sino alimentar de forma constante nichos específicos de público. Y ahí es donde entra “Yakitori: Los Soldados de la Desdicha”, con el que Netflix rellena su categoría de “Ciencia Ficción Militar”, tratando de que los aficionados a este subgénero mantengan su suscripción.

 

“Yakitori” es una serie de anime estrenada directamente en Netflix a nivel global y doblada, de salida, a múltiples idiomas, algo sólo posible gracias al músculo financiero de la plataforma. Consta de seis episodios, uno inicial de 45 minutos y el resto de entre 27 y 30 minutos de duración; y está basada en un par de novelas del escritor japonés Carlo Zen, autor de la saga de “Tanya la Malvada”.

 

La acción se ambienta en un año indeterminado del futuro, décadas después de que una Federación de Comercio interestelar llegara a la Tierra, la invadiera gracias a su tecnología superior y la subyugara, dejándola en un estado equivalente a una nación del Tercer Mundo actual. Según los estándares de esa Federación, los humanos no son considerados "seres" y las únicas exportaciones terrestres aceptadas son comida y mercenarios, a los que despectivamente se les llama "Yakitori" (brocheta de pollo japonesa).

 

La tasa de mortalidad de los Yakitori en sus misiones es tan alta que un enigmático individuo propone un plan a la Federación: reunir un escuadrón étnicamente diverso de cinco soldados, la unidad K321, y adiestrarlos de forma diferente a como se había venido haciendo. Un año después, esta unidad es enviada a Barca, un planeta con el que la Federación de Comercio está utilizando sus agresivas tácticas de negociación. Los nativos se rebelan contra las tropas de la Federación y estalla una sangrienta y desesperada batalla que supondrá la prueba de fuego para los reclutas. Su nuevo entrenamiento, de hecho, termina produciendo resultados diferentes a los esperados, aunque no necesariamente más deseables.

 

La especialidad de Carlo Zen son las descripciones detalladas de las estrategias, tácticas y equipamiento militar, poniendo especial énfasis en la forma en que la tecnología avanzada puede afectar a los combates y a quienes en ellos participan. Este es uno de los aspectos que conserva la miniserie respecto a las novelas originales, ayudando a enriquecer algo un producto que, de otro modo, sería una historia bastante convencional sobre un grupo de inadaptados que deben aprender a usar el ingenio y el trabajo en equipo para sobrevivir.

 

La narración tiene dos niveles temporales. Mientras se desarrolla el conflicto presente en Barca, van intercalándose flashbacks que muestran cómo meses atrás se reunió al equipo, el entrenamiento a que se sometió a los reclutas y el momento en que comprendieron que tenían que superar sus diferencias para triunfar y sobrevivir, todo ello supervisado por el típico sargento de modales duros, actitud inflexible y curtido en mil batallas. Todos fueron escogidos y son supervisados por Vasha Pupkin, un astuto reclutador que constantemente da la impresión de esconder algo y manipular entre las sombras. Todos ellos reciben el apoyo e interactúan con una IA militar llamada Hatsune, que se manifiesta como el holograma de una “lolita” japonesa y cuya voz es una copia descarada del vocaloide Hatsune Miku (un software de síntesis de voz desarrollado por Crypton Future Media, basado en la actriz de doblaje Saki Fujita).

 

Los diálogos y la trama de “Yakitori” son toscos y superficiales y la distribución de roles entre los personajes principales es de lo más convencional: el protagonista nominal, Akira, es el típico joven enojado con el mundo y que va a la suya, aunque cuando se compromete se convierte en un líder muy resolutivo. La china Zihan es la mujer distante que tiene una excelente visión táctica; Amalia es la británica irritable que suele estar siempre en desacuerdo con Akira; el sueco Erland es el mediador; y el estadounidense Tyrone, el tipo afable y emotivo.

 

Los productores del estudio ARECT conocen perfectamente los beneficios de trabajar con modelos 3D en lugar de la más usual animación híbrida. El 3D no sólo les permite girar la cámara como mejor les conviene narrativamente, sino satisfacer dos requisitos de Netflix: abaratar la producción y apelar a un público internacional, que aquí encontrará una estética claramente inspirada en los videojuegos. En este aspecto, buena parte de la miniserie y su punto más destacable son las escenas de acción. Las coreografías de combate están bien plasmadas, sin recurrir efectismos absurdos; y la cámara está en constante movimiento, reflejando el caos en el campo de batalla, la multiplicicidad de frentes y una situación siempre cambiante, pero sin perder claridad narrativa. La animación generada por ordenador es más fluida en esas escenas, pero la representación de los movimientos de los personajes (especialmente los humanos) a veces puede resultar algo rígida. En general, no es un producto que vayan a disfrutar los partidarios estrictos de la animación tradicional, que aquí es posible que encuentren una propuesta demasiado fría e intercambiable con otras series realizadas con la misma tecnología. Tampoco los diseños de los personajes principales están particularmente inspirados y parecen hechos con el mismo molde que comparten tantos y tantos animes.

 

Desde el punto de vista visual, hay un aspecto que resulta particularmente desconcertante y que no está relacionado con la animación digital: todas las especies alienígenas tienen fisonomías de animales terrestres antropomorfizados: gatos, perros, elefantes, avestruces, lobos... Es cierto que es algo que ya estaba presente en la novela y aunque el personaje del comandante Rimel (un bulldog) tiene presencia y está muy bien manejado, no puedo evitar que me saque de la historia ver a un hombre-cebra llevando los registros de un juicio en una corte extraterrestre o batracios embutidos en trajes de combate. Que la población nativa de Barca estuviera compuesta exclusivamente por ratas antropomorfizadas es algo más coherente, pero, en general, esta elección de diseño resta realismo al conjunto de la obra.

 

Por otra parte, “Yakitori” es una serie extraordinariamente violenta, algo que tampoco puede extrañar tratándose de ciencia ficción militar. Hay combates muy sangrientos, bombardeos, mutilaciones y masacres de población civil. No es que la animación se recree en ello de forma morbosa, pero tampoco evita mostrar las consecuencias de la batalla. Asimismo, los protagonistas son soldados creíbles. No hay aquí asesinos con rictus burlones, ciborgs imparables o ninjas escurridizos. Los soldados de la unidad K321 están asustados, se agachan, esquivan disparos y chillan con cada explosión. La amenaza constante e inminente de muerte, mutilación o desfiguración es real y palpable.

 

“Yakitori” no es una historia en la que el éxito se consiga gracias al poder del amor y la amistad, reforzado por algún discurso motivador. Al contrario, es bastante sombría y cínica. Es cierto que reconoce la importancia del trabajo en equipo y que Akira y sus compañeros, no sin esfuerzo, acaban superando sus problemas y el descontento con la situación en la que se encuentran, demostrando que son una máquina de guerra bien engrasada y apuntando a que, después de todo, la Humanidad puede tener un futuro en el marco de una sociedad galáctica. Ahora bien, no puedo decir que ninguno de los personajes me haya suscitado demasiada simpatía, aunque entiendo que esa sensación es deliberada por parte del autor.

 

A cualquiera que haya visto suficiente ciencia ficción, todo el contexto del ejército colonial y la deshumanización de los soldados, le resultará más que familiar. Pero en lugar de empatizar con la injusta situación de los nativos víctimas de la codicia de la Federación y explorar cómo los soldados que cometen todo tipo de crímenes de guerra en naciones política o económicamente débiles, evitan luego enfrentarse a las consecuencias de sus actos, la historia se acerca peligrosamente a la romantización de los protagonistas. Me gustaría pensar que se trata de una parodia deliberada de la propaganda miliar de los valores castrenses, al estilo de “Tropas del Espacio” (1997), pero es imposible establecer ese paralelismo porque la miniserie no se inmuta al tratar a sus genocidas protagonistas como héroes militares.

 

La serie se mueve en una escala de grises donde la supervivencia es el único valor moral válido. Para empezar y a diferencia de otros animes donde el protagonista se alista impulsado por un sentido del deber o la justicia, Akira y su equipo se unen al ejército por puro egoísmo o desesperación. No quieren salvar a la Humanidad sino escapar de una vida miserable en una Tierra que se ha convertido, básicamente, una favela planetaria. Son personajes resentidos, cínicos y a menudo antipáticos. No se profesan el menor afecto ni tienen palabras de apoyo mutuas. Da la sensación de que, de haber muerto alguno o varios de ellos, los supervivientes apenas les habrían dedicado un pensamiento antes de continuar la misión con unos sustitutos. Esto es intencional: en sus novelas, Carlo Zen quiere mostrar que un sistema opresivo (la Federación) no crea héroes sino supervivientes insensibles al sufrimiento ajeno.

 

Por otra parte, la serie plantea preguntas éticas muy incómodas. ¿Vale la pena sacrificar la propia humanidad y masacrar a inocentes (en este caso, los Barcanos) solo para tener una vida mejor? Los protagonistas aceptan ser Yakitori sabiendo que su trabajo consistirá en someter a otras razas que se rebelan contra la Federación. No hay una "causa justa". Son mercenarios mal pagados trabajando para un imperio colonialista. Tampoco hay gloria en los combates. El equipo que usan es barato y escaso, las órdenes suicidas –se les considera “utillaje”, mera carne de cañón- y el adiestramiento no consiste en un motivador montaje de imágenes que resalten su espíritu de superación, sino un proceso de deshumanización. De hecho, en un momento dado, acorralados, sin refuerzos y sin esperanza de sobrevivir, cometen una atrocidad que lleva a la muerte a miles de inocentes sin que ello les suponga a posteriori ni la menor sombra de remordimiento.

 

A Carlo Zen le interesa explorar las formas en que la burocracia y los sistemas totalitarios obligan a la gente común a cometer actos terribles. No justifica a sus personajes, pero explica por qué se comportan de esa cuestionable manera: en un mundo que les trata como comida de consumo tan rápido como olvidable, los valores morales son un lujo que no pueden permitirse. Este enfoque es algo que puede incomodar o disgustar a muchos espectadores que busquen aquí algo más ligero, pero es lo que diferencia a esta obra dentro del subgénero de la CF.

 

En general, “Yakitori: Soldados de la Desdicha”, ofrece ciencia ficción militar y de acción de una calidad que podríamos calificar de decente, aunque no espectacular. Desde mi punto de vista y a pesar de la validez e interés de sus temas, su trama no tiene suficiente enjundia como para justificar seis episodios, aunque, dado que tampoco exige una gran inversión de tiempo, puede ser de interés para quienes estén particularmente interesados en ese subgénero siempre que no esperen demasiado en cuanto a sofisticación de la historia o caracterización. Un entretenimiento tan eficaz como poco memorable del que basta ver el primer episodio para hacerse una idea de lo que encontrará en los siguientes.  

 

 

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