El Seisaku Linkai o "Comité de Producción", extendido y asumido masivamente tras el éxito de “Evangelion”, ha sido el modelo de negocio estándar bajo el cual se ha financiado casi todo el anime japonés desde los años 90. ¿Y en qué consiste exactamente? Imagina que quieres hacer una película que cuesta millones de dólares. En lugar de que un solo estudio de animación aporte todo el dinero y asuma todo el riesgo, se forma un "club" o “comité” de empresas que se reparten la cuenta... y las ganancias.
Normalmente, un comité de este tipo está integrado por
cuatro o cinco empr
esas diferentes con intereses específicos: la editorial que
quiere promocionar el manga o novela (sólo alrededor del 10% de los anime son
material nuevo y original); la discográfica que quiere que sus artistas
interpreten el opening y el cierre; la juguetera que desea vender figuras y
merchandising; la cadena de televisión que necesita contenido para su parrilla
de programación; y el estudio de animación, que a veces pone dinero, pero que más
frecuentemente es tan solo un “socio” laboral.
Sin e
mbargo, en los últimos años, ese sistema se ha visto
socavado por la irrupción de Neflix, que ha pasado de ser un simple "escaparate"
de contenido ajeno a un agente de primer orden en la industria del anime,
firmando acuerdos con estudios japoneses (como Production I.G, WIT Studio, y
recientemente MAPPA), una estrategia que les ha permitido saltarse el “Comité”,
agilizando la toma de decisiones y abriendo la puerta a productos más
experimentales o crudos que no tendrían buen encaje en una cadena de televisión
abierta.
Eso sí, la plataforma prioriza películas y series que pueden
ser entendidas
y disfrutadas por un público internacional gracias a los temas
que trata y los personajes a través de los cuales los vehicula. No se buscan
exclusivamente productos de un éxito potencialmente masivo, como “Stranger
Things”, sino alimentar de forma constante nichos específicos de público. Y ahí
es donde entra “Yakitori: Los Soldados de la Desdicha”, con el que Netflix
rellena su categoría de “Ciencia Ficción Militar”, tratando de que los
aficionados a este subgénero mantengan su suscripción.
“Yakitori
” es una serie de anime estrenada directamente en
Netflix a nivel global y doblada, de salida, a múltiples idiomas, algo sólo
posible gracias al músculo financiero de la plataforma. Consta de seis episodios,
uno inicial de 45 minutos y el resto de entre 27 y 30 minutos de duración; y está
basada en un par de novelas del escritor japonés Carlo Zen, autor de la saga de
“Tanya la Malvada”.
La acción se ambienta en un año indeterminado del futuro,
déca
das después de que una Federación de Comercio interestelar llegara a la
Tierra, la invadiera gracias a su tecnología superior y la subyugara, dejándola
en un estado equivalente a una nación del Tercer Mundo actual. Según los
estándares de esa Federación, los humanos no son considerados "seres"
y las únicas exportaciones terrestres aceptadas son comida y mercenarios, a los
que despectivamente se les llama "Yakitori" (brocheta de pollo
japonesa).
La tasa de mortalidad de los Yakitori en sus misiones es
tan alta que un enigmático individuo pro
pone un plan a la Federación: reunir un
escuadrón étnicamente diverso de cinco soldados, la unidad K321, y adiestrarlos
de forma diferente a como se había venido haciendo. Un año después, esta unidad
es enviada a Barca, un planeta con el que la Federación de Comercio está
utilizando sus agresivas tácticas de negociación. Los nativos se rebelan contra
las tropas de la Federación y estalla una sangrienta y desesperada batalla que
supondrá la prueba de fuego para los reclutas. Su nuevo entrenamiento, de
hecho, termina produciendo resultados diferentes a los esperados, aunque no
necesariamente más deseables.
La especialidad de Carlo Zen son las descripciones
detalladas de
las estrategias, tácticas y equipamiento militar, poniendo
especial énfasis en la forma en que la tecnología avanzada puede afectar a los
combates y a quienes en ellos participan. Este es uno de los aspectos que
conserva la miniserie respecto a las novelas originales, ayudando a enriquecer
algo un producto que, de otro modo, sería una historia bastante convencional
sobre un grupo de inadaptados que deben aprender a usar el ingenio y el trabajo
en equipo para sobrevivir.
La narración tiene dos niveles temporales. Mientras se desarrolla
el conflicto presente en Barca, van intercalándose flashbacks que muestran cómo
meses atrás se reunió al equipo, el entrenamiento a que se sometió a los
reclutas y el momento en que comprendieron que tenían que superar sus
diferencias para triunfar y sobrevivir, todo ello supervisado por el típico
sargento de modales duros, actitud inflexible y curtido en mil bata
llas. Todos
fueron escogidos y son supervisados por Vasha Pupkin, un astuto reclutador que
constantemente da la impresión de esconder algo y manipular entre las sombras. Todos
ellos reciben el apoyo e interactúan con una IA militar llamada Hatsune, que se
manifiesta como el holograma de una “lolita” japonesa y cuya voz es una copia
descarada del vocaloide Hatsune Miku (un software de síntesis de voz desarrollado
por Crypton Future Media, basado en la actriz de doblaje Saki Fujita).
Los diálogos y la trama de “Yakitori” son toscos y
superficiales y la distri
bución de roles entre los personajes principales es de
lo más convencional: el protagonista nominal, Akira, es el típico joven enojado
con el mundo y que va a la suya, aunque cuando se compromete se convierte en un
líder muy resolutivo. La china Zihan es la mujer distante que tiene una
excelente visión táctica; Amalia es la británica irritable que suele estar
siempre en desacuerdo con Akira; el sueco Erland es el mediador; y el
estadounidense Tyrone, el tipo afable y emotivo.
Los productores del estudio ARECT conocen perfectamente los
beneficios de trabajar con modelos 3D en lugar de la más usual animación
híbrida. El 3D no sólo les permite girar la cá
mara como mejor les conviene
narrativamente, sino satisfacer dos requisitos de Netflix: abaratar la
producción y apelar a un público internacional, que aquí encontrará una estética
claramente inspirada en los videojuegos. En este aspecto, buena parte de la
miniserie y su punto más destacable son las escenas de acción. Las coreografías
de combate están bien plasmadas, sin recurrir efectismos absurdos; y la cámara
está en constante movimiento, reflejando el caos en el campo de batalla, la
multiplicicidad de frentes y una situación siempre cambiante, pero sin perder
claridad narrativa. La animación generada por ordenador es más fluida en esas
escenas, pero la representación de los movimientos de los personaje
s
(especialmente los humanos) a veces puede resultar algo rígida. En general, no
es un producto que vayan a disfrutar los partidarios estrictos de la animación
tradicional, que aquí es posible que encuentren una propuesta demasiado fría e
intercambiable con otras series realizadas con la misma tecnología. Tampoco los
diseños de los personajes principales están particularmente inspirados y
parecen hechos con el mismo molde que comparten tantos y tantos animes.
Desde el punto de vista visual, hay un aspecto que resulta
particularmente desconcertante y que no
está relacionado con la animación
digital: todas las especies alienígenas tienen fisonomías de animales
terrestres antropomorfizados: gatos, perros, elefantes, avestruces, lobos... Es
cierto que es algo que ya estaba presente en la novela y aunque el personaje
del comandante Rimel (un bulldog) tiene presencia y está muy bien manejado, no
puedo evitar que me saque de la historia ver a un hombre-cebra llevando los
registros de un juicio en una corte extraterrestre o batracios embutidos en
trajes de combate. Que la población nativa de Barca estuviera compuesta
exclusivamente por ratas antropomorfizadas es algo más coherente, pero, en
general, esta elección de diseño resta realismo al conjunto de la obra.
Por otra parte, “Yakitori” es una serie extraordinariamente
violenta,
algo que tampoco puede extrañar tratándose de ciencia ficción
militar. Hay combates muy sangrientos, bombardeos, mutilaciones y masacres de
población civil. No es que la animación se recree en ello de forma morbosa,
pero tampoco evita mostrar las consecuencias de la batalla. Asimismo, los
protagonistas son soldados creíbles. No hay aquí asesinos con rictus burlones,
ciborgs imparables o ninjas escurridizos. Los soldados de la unidad K321 están
asustados, se agachan, esquivan disparos y chillan con cada explosión. La
amenaza constante e inminente de muerte, mutilación o desfiguración es real y
palpable.
“Yakitori” no es una historia en la que el éxito se consiga
gracias al poder del amor y la amistad, reforzado por
algún discurso motivador.
Al contrario, es bastante sombría y cínica. Es cierto que reconoce la
importancia del trabajo en equipo y que Akira y sus compañeros, no sin
esfuerzo, acaban superando sus problemas y el descontento con la situación en
la que se encuentran, demostrando que son una máquina de guerra bien engrasada
y apuntando a que, después de todo, la Humanidad puede tener un futuro en el
marco de una sociedad galáctica. Ahora bien, no puedo decir que ninguno de los
personajes me haya suscitado demasiada simpatía, aunque entiendo que esa
sensación es deliberada por parte del autor.
A cualquiera que haya visto suficiente ciencia ficción,
todo el contexto del ejército colonial y la deshumanización de los soldados, le
resultará más q
ue familiar. Pero en lugar de empatizar con la injusta situación
de los nativos víctimas de la codicia de la Federación y explorar cómo los
soldados que cometen todo tipo de crímenes de guerra en naciones política o
económicamente débiles, evitan luego enfrentarse a las consecuencias de sus
actos, la historia se acerca peligrosamente a la romantización de los
protagonistas. Me gustaría pensar que se trata de una parodia deliberada de la
propaganda miliar de los valores castrenses, al estilo de “Tropas del Espacio”
(1997), pero es imposible establecer ese paralelismo porque la miniserie no se
inmuta al tratar a sus genocidas protagonistas como héroes militares.
La serie se mueve en una escala de grises donde la
supervivencia es el único valor moral válido. Para empezar y a diferencia de
otros animes donde el protagonista se alista impulsad
o por un sentido del deber
o la justicia, Akira y su equipo se unen al ejército por puro egoísmo o
desesperación. No quieren salvar a la Humanidad sino escapar de una vida
miserable en una Tierra que se ha convertido, básicamente, una favela
planetaria. Son personajes resentidos, cínicos y a menudo antipáticos. No se
profesan el menor afecto ni tienen palabras de apoyo mutuas. Da la sensación de
que, de haber muerto alguno o varios de ellos, los supervivientes apenas les
habrían dedicado un pensamiento antes de continuar la misión con unos
sustitutos. Esto es intencional: en sus novelas, Carlo Zen quiere mostrar que
un sistema opresivo (la Federación) no crea héroes sino supervivientes insensibles
al sufrimiento ajeno.
Por otra parte, la serie plantea preguntas éticas muy
incómodas. ¿Vale la pena sacrificar la propia humanidad y masacrar a inocentes (en
este caso, los Barcanos) solo para tener una vida mejor? Los protagonistas
acept
an ser Yakitori sabiendo que su trabajo consistirá en someter a otras
razas que se rebelan contra la Federación. No hay una "causa justa".
Son mercenarios mal pagados trabajando para un imperio colonialista. Tampoco
hay gloria en los combates. El equipo que usan es barato y escaso, las órdenes suicidas
–se les considera “utillaje”, mera carne de cañón- y el adiestramiento no
consiste en un motivador montaje de imágenes que resalten su espíritu de
superación, sino un proceso de deshumanización. De hecho, en un momento dado,
acorralados, sin refuerzos y sin esperanza de sobrevivir, cometen una atrocidad
que lleva a la muerte a miles de inocentes sin que ello les suponga a
posteriori ni la menor sombra de remordimiento.
A Carlo Zen le interesa explorar las formas en que la
burocracia y los sistemas totalitarios obligan
a la gente común a cometer actos
terribles. No justifica a sus personajes, pero explica por qué se comportan de
esa cuestionable manera: en un mundo que les trata como comida de consumo tan
rápido como olvidable, los valores morales son un lujo que no pueden
permitirse. Este enfoque es algo que puede incomodar o disgustar a muchos
espectadores que busquen aquí algo más ligero, pero es lo que diferencia a esta
obra dentro del subgénero de la CF.
En general, “Yakitori: Soldados de la Desdicha”, ofrece ciencia ficción militar y de acción de una calidad que podríamos calificar de decente, aunque no espectacular. Desde mi punto de vista y a pesar de la validez e interés de sus temas, su trama no tiene suficiente enjundia como para justificar seis episodios, aunque, dado que tampoco exige una gran inversión de tiempo, puede ser de interés para quienes estén particularmente interesados en ese subgénero siempre que no esperen demasiado en cuanto a sofisticación de la historia o caracterización. Un entretenimiento tan eficaz como poco memorable del que basta ver el primer episodio para hacerse una idea de lo que encontrará en los siguientes.

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