La capacidad quirúrgica para diseccionar tanto la psique humana como las tensiones morales de nuestra es una de las virtudes que han llevado a Ian McEwan a dominar el panorama literario británico durante más de un cuarto de siglo, publicado varios bestsellers y ganado casi todos los premios de prestigio en su disciplina artística.
Sus
ficciones suele abordar los profundos dilemas que deben afrontar las persona
s
que intentan resolver problemas que podrían carecer de una solución perfecta,
viéndose obligados a entrar en el resbaladizo terreno ético de los grises
morales. Además, sus dramas psicológicos a menudo poseen una vena inquietante o
incluso rayana en lo sobrenatural, como es el caso de “Perros Negros” (1992).
Es por ello que su incursión en la Ciencia Ficción con “Máquinas como Yo”
resulte un movimiento menos extraño de lo que inicialmente podría pensarse,
especialmente porque en ella vuelve a introducir los mismos temas sobre los que
ha ido reflexionando durante toda su carrera: la culpa y el perdón, el deseo y
sus consecuencias o la violencia que la gente ejerce sobre el prójimo
Con todo, “Máquinas como Yo” es una novela peculiar que a veces parece la fusión de dos relatos más cortos entrelazados por la pareja que la protagoniza. Uno de ellos es claramente CF, mientras que el otro se amolda al drama psicológico-moral que tanto ha cultivado McEwan en obras anteriores. En lo que se refiere a la CF, aúna dos subgéneros tan interesantes como son el de la inteligencia artificial y la Ucronía.
La
acción se ambienta en la Gran Bretaña de los años 80 de una línea temporal
alternativa. La nación ha perdido la Guerra de las Malvinas contra Argentina y Margaret
Thatcher es destituida como Primera Ministra y reemplazada por el laborista
Tony Be
nn, cuyas propuestas radicales provocan una gran división social que se
traduce en protestas y manifestaciones en las calles. Benn apoya una
automatización que eliminará incontables puestos de trabajo y aboga por la
salida del Mercado Común europeo.
Pero
la diferencia respecto a nuestra línea temporal más relevante para la trama de
la novela es que Alan Turing no se suicidó en 1954, a los 41 años, tras ser
obligado por las autoridades a la castración química para “suprimir” su
homosexualidad. Hay otros indicios de divergencias todavía anteriores (George
Orwell y Joseph Heller, entre otros, son conocidos por obras diferentes;
Kennedy y Lennon están vivos; y el escenario del Pacífico durante la Segunda
Guerra Mundial concluyó de forma muy distinta a como lo hizo en nuestro mundo),
pero Turing es la clave. En esta Gran Bretaña alternativa, se le aclama como un
héroe nacional, sigue vivo y durante las tres últimas décadas su privilegiado
cerebro, colaborando con otros sabios, ha dado lugar a una serie de
descubrimientos científicos trascendentales que han propiciado la aparición de
ciertos avances, como los coches automáticos o internet, décadas antes que en
nuestro mundo
. El último salto ha consistido en el desarrollo de humanos
artificiales, veinticinco en total, todos llamados Adán o Eva. Se trata de
prototipos experimentales que se han vendido discretamente a ciertos individuos
de todo el mundo, con el fin de estudiar su evolución e integración en la
sociedad humana.
La novela está narrada en primera persona por un treintañero, Charlie Friend, que lleva años dando tumbos. Tras ser inhabilitado como abogado a raíz de una condena por fraude fiscal, malvive ejerciendo de trader desde su apartamento en el barrio londinense de North Kensington, que en esa época y realidad alternativas es una zona bohemia, algo decadente y multicultural. La ubicación de su residencia no es casual: muy cerca y en nuestro mundo, tuvo lugar en 2017 el incendio de la Torre Grenfell, un evento trágico en el que murieron 72 personas y que el autor ha comentado influyó en el tono sombrío de esta obra.
El
caso es que, fascinado por la figura y trabajo de Alan Turing, de forma
impulsiva y sin saber m
uy bien para qué, Charlie se gasta el dinero que ha
heredado de su madre en la compra de un Adán. Además de satisfacer su
curiosidad sobre los últimos avances en robótica, espera que esta adquisición
le ayude a fomentar su relación con su vecina del piso de arriba, Miranda, una
estudiante de posgrado diez años menor que él y de quien, después de meses de
una supuesta amistad platónica, de repente ha decidido que está enamorado. Como
prueba de la autenticidad de sus sentimientos, deja que sea ella quien fije la
mitad de los parámetros éticos y de comportamiento que formarán parte de la
programación básica del robot una vez lo activen, haciendo de éste una suerte
de hijo de ambos. A medida que Charlie averigua las capacidades y forma de
operar de Adán y lo integra en su rutina diaria, su relación con Miranda se
fortalece. El robot se convierte en una mezcla de ama de llaves y compañero de
la pareja.
Adán
tiene acceso a la infinita cantidad de conocimiento disponible en internet,
pero lamentablemente no al arte de mantener conversaciones triviales, lo cual
da lugar a momentos cómicos como ese en el quiosco del barrio cuando se lanza a
un monólogo sobre el concepto filosófico del “Yo” en respuesta a un comentario
intrascendente del propietario. Sin embargo, esa misma capacidad para rastrear
información en la nube le ha llevado a descubrir algo turbio, posiblemente
criminal, en el pasado de Miranda. Advierte a Charlie de que ella esconde un
secreto que, más adelante, se descubrirá relacionado con la condena por
violación de un hombre llamado Gorringe varios años antes. La inminente puesta
en libertad de ese individuo tras cumplir condena y la potencial amenaza que
representa para Miranda es uno de los dos ejes éticos sobre los que gira la
trama.
El
otro es el propio Adán, con su capacidad para la emoción y el juicio moral. Su
presencia –casi humana pero, al mismo tiempo, ajena a nosotros en muchos
sentidos- afecta al vínculo entre Charlie y Miranda. Adán es un factor impredecible,
tanto intelectual (demuestra tener una capacidad inmensa para ganar dinero en
el trading) como sexualmente (le confiesa a Charlie que está ena
morado de
Miranda y ésta, en una ocasión, lo utiliza para desfogarse en la cama con el
consiguiente disgusto del amante humano)
Hay otra subtrama que viene a complicar todavía más la ya de por sí compleja relación del trio. Un día, en el parque, Charlie interviene para impedir que una madre abofetee a su hijo pequeño, Mark. Cuando aparece el padre, le reta a que se lleve al niño a casa, aunque minutos después se retracta. Unas semanas después, sin embargo, aparece en el piso de Charlie y lo deja allí. Miranda pronto se encariña de Mark y aunque Adán, regido por su estricta adherencia a la ley, avisa a los servicios sociales para que se hagan cargo del pequeño, Miranda lo visita regularmente en secreto y decide solicitar su adopción, consiguiendo finalmente el compromiso de un reticente Charlie con el proyecto. Esta trama se desarrolla en la última parte del libro y, aunque a veces parezca superflua, conecta con el resto de temas principales al mostrar otra faceta de las relaciones familiares y le sirve al autor para cargar contra la burocracia y la ineficacia de los servicios sociales. Por último, a todo esto se añade la sombra del padre de Miranda, un intelectual enfermo y huraño, al que ella venera y ante el que Charlie se siente intimidado.
Si
bien, como he dicho, se trata de una historia ambientada en una Gran Bretaña alternativa
del pasado, hay varios momentos en los que McEwan aprovecha para incluir
destellos de la actualidad. Por ejemplo, la omnipresencia de internet y la
vigilancia que conlleva o el movimiento pro-salida de la Unión Europea. La
trama que gira en torno al testimonio de Miranda contra Gorringe y sus
consecuenc
ias es un eco de la era #MeToo, aunque la resolución de dicha trama
resulta ser a la vez más y menos compleja de lo que parece a primera vista. También
se percibe claramente un clima de inquietud, enfrentamiento social y
cuestionamiento de la realidad que es un reflejo del que vivimos en nuestro
presente
McEwan recibió muchas críticas a raíz de una entrevista en la que habló sobre las posibilidades de la Ciencia Ficción a la hora de explorar las ramificaciones éticas de la IA, lo cual demostraba no sólo que desconocía el trabajo que hizo Isaac Asimov al respecto ochenta años antes, sino su ignorancia de los últimos 50 años del género en cualquiera de sus formas. Dicho esto, que yo sepa, hasta la publicación de “Máquinas como Yo”, la ciencia ficción aún no había explorado las posibilidades del cunnilingus entre robots y humanos. En un desconcertante momento del inicio de la novela, Charlie escucha a Miranda y Adán teniendo sexo en el apartamento de ella e imagina vívidamente la escena: “Minutos después, casi aparto la mirada cuando Adán se arrodilló con reverencia para hacerla gozar con la lengua. La lengua espléndida, mojada y de aliento cálido, experta en uvulares y labiales, que daba autenticidad a su discurso”.
Pero
más al
lá de este pasaje provocador y burlón, McEwan hace algunas observaciones
muy interesantes –aunque no del todo novedosas- respecto a la Inteligencia
Artificial. Para empezar, está la cuestión del título de la novela, una
expresión que tanto podría aplicarse a Charlie como a Adán. La ambigüedad del
androide forma parte de su encanto, manteniendo al lector pendiente de la trama
al no saber qué hará a continuación y en que dirección evolucionará. Ahora
bien, nunca queda claro si Adán “siente”, un misterio que tortura a Charlie
hasta el punto de tener que reconocer que tampoco él puede explicar realmente
en qué consisten y cómo funcionan sus propias emociones. Puede que reducir la Humanidad
a una forma avanzada de máquina sea una visión cínica de nuestra especie, pero
no dista mucho de la impresión que transmite el narrador de esta novela, quien,
deseando conocerse a sí mismo termina por distanciarse de su propia capacidad para
la empatía y la violencia.
Adán
está equipado con una inteligencia artificial tan avanzada que es capaz de
analizar sutilezas sociales y morales. Y cuando asegura estar “enamorado” de
Miranda, surge el conflicto: ¿es un sentimiento genuino? ¿O se trata
simplemente de un software procesando datos sobre la belleza, la proximidad y
la co
mpatibilidad de Miranda? Esta es la pregunta que conecta el dilema de Adán
con nuestra propia biología.
Si Adán es puro código y algoritmos, nosotros somos, en gran medida, química y electricidad. Somos, en no poca medida, producto de nuestras hormonas, los mensajeros químicos que preparan nuestro cuerpo para sentir y actuar y dictan mucha de nuestra experiencia subjetiva: la dopamina provoca euforia cuando se está a punto de lograr algo; la oxitocina nos hace sentir apego hacia otras personas; el cortisol se libera cuando sentimos miedo o ansiedad… La ciencia sugiere que existe una retroalimentación constante. A veces, un pensamiento genera una hormona; pero otras, un desequilibrio hormonal genera el pensamiento. Por ejemplo, si tenemos niveles bajos de serotonina, es muy probable que nos sintamos deprimidos o irritables, independientemente de si las circunstancias de nuestra vida lo justifican.
Sin
las hormonas, seríamos simples y fríos procesadores de datos, muy parecidos a
los primeros modelos de robots de la novela. Ahora bien, si nuestras emociones
dependen de la liberación de sustancias químicas que no controlamos
volu
ntariamente, ¿cómo puede “sentir” un robot dirigido por un software, por
muy avanzado que éste sea? Dado que carece de nuestro “hardware biológico”, ¿es
capaz entonces de sentir amor, deseo, ira o miedo? ¿Sin hormonas, por qué
creemos que su visión del mundo, su forma de relacionarse con él y con nosotros
y sus aspiraciones han de ser similares a las nuestras? ¿Cómo es posible que,
sin glándulas que lo expliquen, en un momento dado Adán quiera masturbarse
frente a Miranda cuando ésta le rechaza sexualmente?
McEwan trata de salvar esta laguna diciéndonos que Adán “siente” a través de la ética y la lógica. Su "sufrimiento" no es físico, sino intelectual: es la angustia de ver que el mundo no cuadra con sus reglas morales. A diferencia de los humanos, que somos contradictorios, impulsivos, egoístas e ilógicos, Adán tiene un código moral absoluto que le impide comprender por qué los humanos decimos una cosa y hacemos otra. Esta "rigidez ética" es lo que, hacia el final de la novela, lo lleva a tomar decisiones que la pareja protagonista considera crueles e inhumanas, pero que para el robot son las correctas.
No
es casualidad que muchos de los modelos “hermanos” de Adán
y que han acabado,
como dije, en diferentes manos, terminen "desconectándose", el equivalente
a un suicidio. Esto sugiere que, al ser capaces de navegar por internet y tener
acceso a todo el sufrimiento, injusticia e hipocresía del mundo, sus sistemas
colapsan incapaces o bien de asimilarlo o bien de casarlo con el código ético
que se les ha programado. Si no sintieran algo parecido a la desesperación o la
tristeza, no tendrían una razón lógica para autodestruirse. Como dice Alan
Turing al final: “Creo que a los Adanes y
las Evas no les han dotado bien de comprensión de la toma de decisiones
humanas, del modo en que nuestros principios se deforman en el campo de fuerza
de nuestras emociones, nuestros prejuicios personales, nuestros autodelirios y
demás defectos de nuestra
cognición. Estos Adanes y Evas se desesperaban muy pronto. No podían
entendernos, porque tampoco nosotros podemos entendernos. Sus programas de
aprendizaje no lograban ubicarnos. Si no conocíamos nuestra propia mente, ¿cómo
es que podíamos diseñar la suya y esperar que fueran felices en nuestra
compañía?”
En
una brillante reflexión al final de la novela, Turing le dice a Charlie que,
si, por su comportamiento y emociones –reales o aparentes- no podemos distinguir
a una máquina de un ser humano, entonces debemos tratarla como si fuera uno de
nosotros. Es
más, el padre de Miranda asume que es Charlie el androide cuando
Miranda se lo presenta junto a Adán.
Y es que, como también dice el sabio matemático, intentamos crear algo tomando como modelo otra cosa que estamos lejos de comprender: “Sin saber gran cosa sobre la mente, quieren fabricar una artificial e introducirla en la vida social. El aprendizaje de la máquina solo puede llevarnos hasta aquí. A esta máquina habrá que fijarle unas normas de vida. ¿Le impondremos la prohibición de mentir? La mentira, según el Antiguo Testamento, en Proverbios, creo, es para Dios un acto abominable. Pero la vida social está llena de falsedades inocuas o incluso beneficiosas. ¿Cómo separar ambas? ¿Quién va a escribir el algoritmo de la mentira piadosa encaminada a evitar el sonrojo de un amigo? ¿O la mentira que manda a un violador a la cárcel y evita así que siga libre? Aún no sabemos cómo enseñar a mentir a las máquinas. ¿Y qué decir de la venganza? Permisible a veces, según usted, si se ama a la persona que la exige. Pero inaceptable siempre, según su Adán”.
Intelectual y estilísticamente, “Máquinas como Yo” abunda en pasajes muy evocadores. Por ejemplo, este en el que, como he dicho, Charlie se da cuenta fugazmente de que el padre de Miranda lo ha confundido con el robot:
“Hay momentos en los que uno advierte el
movimiento de un objeto antes
de ver el objeto en sí. Al instante, la mente
colorea un poco la situación, inspirándose en expectativas o probabilidades. Lo
que venga mejor en ese momento. Algo en la hierba, junto al estanque, tiene
todo el aspecto de ser una rana, y al cabo resulta ser una hoja agitada por el
viento. Este era, en resumen, uno de esos momentos. Un pensamiento pasó
rozándome, o traspasándome, como una flecha, y acto seguido se perdió, y no
pude fiarme de lo que pensé que había visto. Hay ocasiones en las que uno
percibe el movimiento de un objeto antes de verlo en sí. Al instante, la mente
le da un toque de color, basándose en expectativas o probabilidades. Lo que
mejor encaje. Algo en la hierba junto a un estanque parece una rana, y luego se
convierte en una hoja agitada por el viento. En abstracto, este fue uno de esos
momentos. Un pensamiento me pasó como una exhalación, o me atravesó, y luego
desapareció, y no podía confiar en lo que creía haber visto”
Incluso
los peores libros de McEwan, y este no es uno de ellos, pueden presumir de este
tipo de prosa casi somnolientamente fluida y controlada. El dominio del
lenguaje es fun
damental a la hora de dar consistencia a un material que, en manos
de un escritor menos experimentado, podría parecer completamente absurdo.
Ahora bien, McEwan no puede ocultar que no es un escritor de CF. No es que quiera serlo –de hecho, en varias entrevistas trató de distanciarse del género-, pero ciertos tics delatan su inexperiencia y desconocimiento al respecto. Una de las acusaciones más comunes que se esgrimen contra los escritores “mainstream” que deciden probar suerte en la CF es que insisten en reinventar la rueda y presentarlo como un gran hallazgo. Esto es una falta relativa cuando no un argumento engañoso. Al fin y al cabo, todos los escritores, y en especial los de ciencia ficción, recurren a inspiraciones y préstamos de otras obras y autores. Lo que importa es la inventiva del escritor a la hora de reinterpretar escenarios y tropos familiares y el rigor con el que explora las ideas elegidas.
Dicho esto, es irónico que “Máquinas como Yo”, una novela que el propio McEwan ha querido sugerir se encuentra “por encima” de la CF, recurra tanto a los pasajes expositivos por los que siempre se ha criticado al género. Por ejemplo:
“El software de reconocimiento de voz, aquel
milagro de los años cincuenta, hacía tiempo que se había vuelto una actividad
tediosa, y eran muchas las personas que sacrificaban varias horas al día a
retraídos soliloquios. La interconexió
n cerebromáquina, fruto audaz del
optimismo de los sesenta, apenas conseguía despertar el interés de un niño.
Aquello para lo que la gente hacía cola durante
todo el fin de semana pasaba a ser algo, seis meses después, tan interesante
como los calcetines de los pies. ¿Y qué sucedía con los cascos de potenciación
de la cognición, los frigoríficos parlantes y con sentido del olfato? Atrás
había quedado el tiempo de la alfombrilla del ratón, la agenda Filofax, el
cuchillo eléctrico, el juego para fondue. El futuro seguía llegando”.
Hay muchos fragmentos como este y, estando narrados en primera persona, podríamos preguntarnos por qué Charlie siente la necesidad de explicar todo esto con tanta extensión. Y lo que es más importante, ¿a quién se lo está contando? Una narrativa de ciencia ficción no debería depender tanto de la exposición, como tampoco una novela ambientada en el Londres actual debería depender de que su narrador explique el auge del smartphone o la obsolescencia del VHS.
La
aparente falta de confianza de McEwan al manejar material especulativo se
revela aún más flagranteme
nte cuando se trata del contexto político de su
realidad alternativa. Al establecer una comparación intencionada entre la
agitación política de los años 80 y el caos actual, toma el perezoso atajo de
colocar página tras página de resumen histórico que se lee como notas
preliminares para una novela. En cierto momento, el propio Charlie parece darse
cuenta de esto, reconociendo que “cuento
esta historia tan conocida para que los lectores más jóvenes puedan ser
conscientes de su impacto emocional”.
Y
en cuanto a las ideas relacionadas con la IA, aunque expuestas con brillantez
intelectual, McEwan, al final, no hace sino acabar refugiándose en una reflexión
sobre el relativismo moral que no es en absoluto nueva y que ha sido abordada
desde hace siglos en novelas, obras de teatro y películas. Las cuestiones
relativas a la sensibilidad, la autodeterminación y la autonomía social de las
IA, aunque se tocan aquí y allá, quedan en gran medida sin explorar. De igual
m
anera, un aspecto tan relevante como las implicaciones para los trabajadores
humanos de la creciente automatización en todos los niveles laborales, se deja
rápidamente de lado para concentrarse en la cuestión que realmente le interesa
al escritor: si Miranda debería ser considerada legal y moralmente culpable del
acto de venganza premeditada que ha marcado a fuego su pasado y que tiene el
potencial de destrozar su futuro. El problema es que para examinar ese dilema
no es necesario un personaje robótico ni una realidad alternativa.
Otro
f
actor que puede dificultar algo la inmersión de ciertos lectores en la novela
es el narrador y protagonista, un individuo poco simpático y cuya voz fría y
distante incluso en los momentos más dramáticos pone en cuestion su capacidad
de sentir. Su atracción por Miranda parece comenzar como algo sexual y no queda
claro en ningún momento qué rasgos de la mente o el carácter de ella son los
que le han hecho enamorarse. Se supone que tiene treinta y dos años, pero su
actitud hacia ella es deprimentemente retrógrada, exhibiendo ese tipo de
sexismo inconsciente y “benevolente” –“camisas
nuevas para mí, ropa interior exótica para ella”- que aún se percibe de
forma habitual en el discurso y comportamiento de demasiados hombres, incluso
de aquellos que se creen ilustrados.
Por
otra parte, Charlie no muestra arrepentimiento ni dudas mo
rales respecto a los
fraudes fiscales que cometió antes de arrancar la acción de la novela ni
tampoco sobre la forma que tiene de ganar dinero ahora, mediante la pura
especulación bursátil. Mientras que, a lo largo del libro y según va
“creciendo”, Adán pasa de hablar demasiado respecto a lo que aprende y siente para
tornarse una criatura enigmática y opaca, Charlie es casi siempre un misterio.
A pesar de que es él quien narra la historia, su tendencia a la reserva
emocional, su inseguridad y su insatisfacción con las propias decisiones
tomadas, le lleva a dosificar mucho la información que revela sobre su propio
pasado.
Por
su parte, Miranda apenas tiene una caracterización superficial. Es una mujer
objeto, la manzana de la discordia entre dos hombres que rivalizan por su
afecto. Se supone que tiene veintidós años, pero McEwan pretende hacernos creer
que no sabe usar un ratón de ordenador. Casi todas las frases sobre ella
mencionan su apariencia. Adán, a pesar de su lógica superior y su moralidad
absoluta, es incapaz de darle a Charlie una razón para su “amor” por Miranda
más allá de su “belleza”.
Dicho
todo lo cual, “Máquinas como Nosotros”, gracias a su prosa sobresaliente, sus
temas y dilemas eticos, ofrece una lectura absorbente, recomendad
a para
cualquiera que, sin ser necesariamente amante de la CF, sienta algo de curiosidad
por la Inteligencia Artificial. Nos invita a reflexionar sobre qué significa
ser humano y qué nos diferencia de ese tipo de máquinas. Y ello inserto en un
mundo alternativo que nos hace preguntarnos en qué medida las cosas podrían
haber sido diferentes de haber tomado una sola persona importante una decisión
distinta de la que conocemos. Entrelazado con esos tropos clásicos, está el
drama psicológico a varios niveles y bandas y en relación a diferentes asuntos
que van desde la planificación de un futuro común al papel que podemos o
debemos otorgar en nuestras vidas a una IA, pasando por la superación de
traumas del pasado y la supervivencia cotidiana en una sociedad convulsa y en
decadencia.

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