martes, 20 de julio de 2021

1942- FUNDACIÓN – Isaac Asimov (y 9)



(Viene de la entrada anterior)

Tras la muerte de Asimov en 1992 y sobre sus conceptos e ideas, tres autores de CF de primera fila se atrevieron a escribir una nueva trilogía: “El Temor de la Fundación” (1998) de Gregory Benford; “Fundación y Caos” (1999) de Greg Bear y “El Triunfo de la Fundación” (2000) de David Brin. De nuevo, son libros consistentes con el legado de Asimov en los que se llenan huecos y atan cabos aunque necesitando muchas más páginas que los libros originales. Recomendables para los fans de la saga, pero que de ningún modo van a dejar el mismo poso en los lectores modernos que la obra original en su época.

 

A ellos habría que añadir “Asimov y sus amigos: en torno a la Fundación” (1989), un conjunto de relatos nuevos firmados por autores como Harry Turtledove y Orson Scott Card; y la trilogía “Calibán”, de Roger MacBride Allen, ambientada en un tiempo pasado del universo de la Fundación, que cubre el hueco entre la última historia de robots, “Robots e Imperio” (1985) y la serie del Imperio Galáctico.

 

La Trilogía de la Fundación” es una de las series más importantes de la historia de la Ciencia Ficción. No fue la primera obra en presentar una civilización galáctica, pero sí estableció un nuevo estándar para los autores que vendrían después. Su impacto e influencia pueden observarse en franquicias de gran proyección como las de “Star Trek” (con su Federación y múltiples imperios) o “Star Wars” (¿qué es Coruscant sino una versión nada disfrazada de Trantor?)  pero también en obras intelectualmente más sofisticadas y posmodernas, como “Estrellas en Mi Bolsillo como Granos de Arena” (1984), de Samuel R.Delany. Y su huella no ha quedado impresa sólo en el ámbito de los creadores de CF. El economista y Premio Nobel Paul Krugman declaró: “Crecí queriendo ser Hari Seldon”; Newt Gringrich, licenciado en Historia, político estadounidense y aspirante a presidente de esa nación por el Partido Republicano, escribió: “Para un estudiante adolescente que amaba la Historia, la más estimulante invención de Asimov fue el “psicohistoriador” Hari Seldon”.

 

A las 23:03, hora local, del 28 de mayo de 1993, las agujas de los sismógrafos de toda la región del Pacífico se agitaron y garabatearon en respuesta a un movimiento a gran escala detectado cerca de un lugar llamado Bajawarn Station en el gran Desierto Victoria de Australia Occidental. Algunos camioneros de los que cubren grandes distancias y unos pocos prospectores, prácticamente los únicos que se encontraban en esa solitaria extensión, informaron de un resplandor súbito en el cielo y de haber oído o sentido una potente pero lejana explosión. Uno manifestó que una lata de cerveza se había tambaleado sobre la mesa de su tienda.

 

El problema era que no existía una explicación clara. Las señales del sismógrafo no se ajustaban al perfil de un terremoto o la explosión de una mina, y además el estallido fue 170 veces más potente que la mayor explosión de cualquier mina registrada en la zona. La sacudida fue parecida a la producida por la caída de un gran meteorito, pero en ese caso el impacto habría abierto un cráter de centenares de metros de circunferencia, y no se encontró nada por el estilo. El resultado fue que los científicos dieron vueltas al incidente durante un día o dos, y luego lo archivaron como una curiosidad inexplicable, como una de esas anomalías que suceden de vez en cuando.

 

Pero en 1995, la secta Aum Shinrikyo obtuvo una súbita notoriedad liberando exorbitantes cantidades de gas nervioso sarín en el metro de Tokio que mató a doce personas y dañando a otros cientos. En las investigaciones que siguieron al suceso, se descubrieron no sólo cultivos de ébola en su cuartel general, sino que entre las cuantiosas propiedades de Aum se contaba una extensión de desierto de 200.000 hectáreas en Australia Occidental, muy cerca del lugar del misterioso suceso. Allí, las autoridades encontraron un laboratorio de una sofisticación y especialización insólitas, así como pruebas de que los miembros del culto habían estado extrayendo uranio. Por otra parte, se descubrió que Aum había reclutado a dos ingenieros nucleares de la antigua Unión Soviética. El objetivo declarado del grupo era la destrucción del mundo, y parecía que el suceso del desierto hubiera sido un ensayo para volar Tokio.

 

Pues bien, los seguidores de esa secta creían que el apocalipsis estaba próximo y que ellos serían los únicos supervivientes, recayendo sobre sus hombres la responsabilidad de reconstruir el mundo. Una locura que había sido inspirada por la Trilogía de la Fundación. Y es que el medio ciego líder de Aum Shinrkiyo, Shoko Asahara, tenía las mismas metas que Seldon: reclutar para su secta a graduados ambiciosos e inteligentes. De hecho, Ashara, un fan de la ciencia ficción y el anime, se veía a sí mismo como una especie de Seldon y preparaba a su gente para la inminente cuasidestrucción de la humanidad.

 

Pero parece ser que el apocalipsis no estaba llegando con la rapidez deseada así que Asum Shinrikyo decidió acelerarla un poco. Tenía grandes planes para ello. Ahí están las detonaciones en Australia, donde por cierto también se dedicaban a probar gas sarín con ovejas. Algunos incluso afirman que crearon un prototipo funcional del legendario (y posiblemente apócrifo) resonador de Nicola Tesla, una máquina para provocar terremotos.

 

Aum Shinrikyo fue desarticulada por las autoridades tras el ataque terrorista de 1995. Su líder fue ejecutado por ahorcamiento en 2018 y en 2000 la secta se renombró como Aleph (la primera letra del alfabeto hebreo), renegando de los atentados, pidiendo perdón cada año por su perpetración, negando la posibilidad de entrar a los miembros de Aum que estuvieran vinculados a los mismos y creando un fondo de compensación para las víctimas. Pero ¡ojo!, recordemos que Asimov también imaginó una Segunda Fundación oculta… ¿Podría Aum Shinrikyo haber pasado a la siguiente fase de su plan?

 

Dejando aparte anécdotas para alimentar el espíritu de los conspiranoicos, no es fácil hacer una valoración objetiva de los libros de la Fundación, ni siquiera de las entregas más flojas de la serie. Y es que cuando se trata de clásicos como estos, que han contribuido –o incluso iniciado- a la pasión del lector por la Ciencia Dicción, es complicado separar el análisis de los defectos y aciertos literarios de Asimov del cariño que nos inspira esta obra. Personalmente, recomendaría la lectura de los tres últimos libros de la Fundación en lugar de aconsejar detenerse en este o aquél volumen. Y ello por lo siguiente.

 

Por defecto, cuando se trata de una obra, digamos, artística, tendemos a pensar que merecemos “calidad”. En el caso de un libro, esto se traduce en que si nos molestamos en invertir tiempo en su lectura, exigimos una trama plausible, unos buenos diálogos y personajes sólidos. Si lo que recibimos no está a la altura de lo que demandamos, nos sentimos engañados. Esta actitud no es extraña ni sorprendente. Nos han enseñado a considerar las obras de arte de la misma forma que tantas otras cosas, tangibles o no, desde teorías científicas a marcas de cereales pasando por las relaciones interpersonales: como fenómenos que pueden ser objetivamente analizados y situados en una jerarquía.

 

Esta forma de pensar tiene sus virtudes, pero es peligroso adoptarla como forma única y excluyente de valorar el arte. Y es que éste no tiene como meta exclusiva alimentar nuestro cerebro con pensamientos profundos y emociones sofisticadas, sino proponernos formas diferentes de mirar al mundo, al universo y a todos los seres que lo habitan. Y eso puede causar incomodidad al chocar con aquello a lo que estamos acostumbrados o lo que damos por bueno.

 

En el caso de los tres últimos libros de la Fundación, esa incomodidad adopta la forma de decepción. No hay nada raro ni malo en sentirse así o en desear que esas novelas hubieran sido mejores en cuanto a sus argumentos, prosa o personajes. A nadie le gusta terminar una ficción en un plano inferior a aquél en el que comenzó.

 

Pero también es conveniente valorar el esfuerzo que hizo Asimov para llegar a los objetivos que se marcó –satisfaciendo de paso la demanda de editores y lectores-: regresar a un universo por el que sentía un evidente afecto pero que no había visitado desde hacía tres décadas; conectarlo a sus otras historias originalmente ajenas a tal universo y explicar cómo llegó a existir esa gran creación que fue la Psicohistoria. Podemos considerar que triunfó o fracasó en el intento, pero aún así es una experiencia fascinante leer estos libros como parte de un proyecto vital.

 

Por otro lado, no creo que ninguno de los libros de la Fundación sea verdaderamente malo. Se ha dicho a menudo que el peor Asimov es mejor que el 99% del resto de toda la Ciencia Ficción. El porcentaje es discutible, claro, pero en cualquier caso, incluso en las novelas de la serie que peor funcionan hay suficientes elementos de interés como para ofrecer una lectura amena a quien esté interesado en profundizar en ese universo.

 

Lo que sí podríamos decir es que los últimos títulos del ciclo son prescindibles para quien no sea un aficionado al mismo. No creo que se pueda considerar uno mínimamente conocedor de la literatura de CF sin haber leído la trilogía original de la Fundación, ni tampoco comprender la trayectoria del propio Asimov prescindiendo de “Los Límites de la Fundación”. Incluso más allá de la superior calidad de los cuatro primeros libros, éstos son importantes por los temas que tocan, las ideas que aportaron al acervo del género y el punto de inflexión que supusieron para la space opera.

 

No creo que “Los Límites de la Fundación” esté mejor escrito que los siguientes libros del ciclo –posiblemente “Preludio” sea superior en este sentido por mucho que sea de los menos relevantes-. Al final, estas novelas que conforman la etapa más moderna de la Fundación no contienen nada que pueda igualarse con “El Mulo”, por ejemplo, pero pueden recomendarse a lectores que hayan quedado fascinados por la Trilogía original y quieran profundizar más en ese universo, porque todos ellos aportan detalles que añaden capas y textura a esa Historia del Futuro.

 

 


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