Una de las mayores y más trágicas ironías del mundo actual es que uno de los grandes avances sociales conseguidos, la prolongación de la vida, se haya convertido también en una amenaza para esas mismas sociedades. En la actualidad, economías de todo el mundo experimentan un incremento de la esperanza de vida que, sumada a la caída continuada de las tasas de natalidad, genera una presión sin precedentes sobre los sistemas públicos de pensiones, sanidad y cuidados asistenciales. La pregunta de qué hacemos con nuestros mayores se ha convertido en un problema en el que se dan cita la economía, la organización social, la solidaridad intergeneracional y el simple y puro humanismo.
Japón es uno
de los países que cuenta con una de las poblaciones más envejec
idas del mundo,
además de una de las tasas de natalidad más bajas a nivel global. Gracias a los
avances en la ciencia médica y a la adopción generalizada de hábitos de vida
saludables, los japoneses disfrutan de vidas más largas y productivas que en
cualquier otro lugar del planeta. Asimismo, la educación y los progresos en la
planificación familiar han permitido a las personas ejercer un mayor control
sobre el tipo de vida que desean llevar. No obstante, ya se ha llegado a un
punto en el que esa situación, derivada de un logro social y sanitario, ha
empezado a mostrar sus grietas. El problema es tan sencillo como difícil de
resolver: cada vez hay menos jóvenes para atender a una población de edad
avanzada que no deja de crecer.
Y eso es,
precisamente, lo que aborda “Plan 75”, la película de debut de Chie Hayakawa,
ambientada en un futuro cercano en el que el gobierno nipón ha aprobado una
solución para ese desafío en la forma del plan del título y en virtud del cual
las personas que, al cumplir los 75 años, quieran terminar con sus vidas de
forma voluntaria, recibirán el apoyo para hacerlo de la forma más cómoda e
indolora posible. No
se trata de una autorización para terminar con la propia
vida debido a una enfermedad o afección preexistente, sino de una posibilidad
abierta a cualquier persona que supere el mencionado límite de edad,
independientemente de su salud. El argumentario oficial sostiene que, al optar
por participar en el programa, los ancianos pueden ejercer cierto control sobre
cómo terminará su vida, a la vez que prestan un servicio público a su país. Para
incentivarlos todavía más, se les ofrece una compensación económica de la que
pueden disponer a su antojo.
Hace ya
algunos años, el debate ético sobre la eutanasia resultaba bastante más
controvertido de lo que es hoy en día. En la actualidad, existe alguna forma de
eutanasia pasiva en todas partes; por ejemplo, se permite que un paciente
rechace de antemano ser reanimado ante un posible episodio futuro que afecte a
su corazón, o que alguien decida no aplicar o retirar medidas de soporte vital
a un ser querido. En general, aceptamos que no existe la obligación moral de
forzar a las personas a seguir viviendo tanto tiempo como la ciencia lo
permita. En este sentido, hace tiempo que se ha consolidado este derecho mínimo
a morir, el cual, en algunos países, ha ido ampliándose en los últimos años a
ciertas modalidades de eutanasia voluntaria o suicidio asistido, si bien, por
lo general, esto se limita a casos en los que la persona padece un deterioro de
su salud que, previsiblemente, acabará por reducir su calidad de vida hasta un
punto intolerable. En todos estos supuestos, el denominador común es que, por
muy valiosa que sea la vida, a veces resulta aceptable ponerle fin de manera
deliberada. Lo que hace que “Plan 75” resulte de interés es la forma en que
explora los límites y las implicaciones de esa idea.
En la película, el Plan 75 se justifica mediante un discurso puramente tecnocrático y fiscal: sostener el progreso económico exige reducir el gasto en sectores "no productivos", lo cual suena sospechosamente cercano a muchos argumentos utilitaristas que hoy podemos escuchar en nuestro mundo en torno al aumento de la edad de jubilación, el recorte de prestaciones y los debates presupuestarios.
La trama sigue unos meses en la vida de cinco personas en Japón. La protagonista es una
viuda de 78 años, Michi Kakutani (Baishô Chieko), que, a simple vista, lleva
una vida activa y plena para su edad. Vive sola en su propio apartamento y no
tiene hijos, pero cuenta con un círculo de amistades a las que ve con
regularidad y un trabajo -limpiar habitaciones de hotel- con el que se siente
satisfecha. A su edad, Michi podría recurrir a las ayudas gubernamentales si lo
deseara, pero ella prefiere trabajar. Es, precisamente, el tipo de persona para
la que no está pensado el “Plan 75”. Puede mantenerse por sí misma sin
necesidad de asistencia y no padece problemas de salud graves que requieran
cuidados costosos o que demanden mucho tiempo. O, al menos, así es su
situación, hasta que las circunstancias empiezan a cambiar.
Algunas de
las personas del círculo social de Michi empiezan a elegir el
“Plan 75”. La
campaña de relaciones públicas orquestada por el gobierno apela al patriotismo
y la solidaridad intergeneracional, lo que, para algunas de sus amigas, es razón
suficiente. También influye el hecho de que quienes se acogen al programa puedan
destinar la compensación recibida a su familia o utilizarla para costearse una
despedida por todo lo alto en algún resort de lujo. El razonamiento subyacente
es: si de todos modos voy a morir, ¿por qué no sacar algo a cambio y, además
elegir el momento y que éste sea tranquilo e indoloro?.
Durante la
mayor parte de la película, Michi lidia con la soledad. Al no tener hijos ni
familiares cercanos, busca un propósito en el trabajo. Pero entonces, una de
sus compañeras, también de edad avanzada, sufre un colapso durante su turno, y
el hotel decide prescindir de todos sus trabajadores ancianos para evitar la
mala publicidad que supondría que uno de ellos falleciera mientras está
trabajando. Michi se ve obligada a buscar otro empleo desesperadamente, ya que
no abundan las oportunidades laborales para una mujer de su edad. Lo único que
encuentra es dirigir el tráfico nocturno en una carretera. Es un trabajo, sí,
pero solitario y físicamente exigente.
En países
con poblaciones envejecidas, existe una tensión creciente entre generaciones
sobre la distribución de los recursos públicos. En Japón, sin ir más lejos, se
han dado incidentes y discursos de odio contra personas mayores y dependientes.
Aunque tradicionalmente la nipona es una sociedad que respeta a los ancianos,
la rápida presión demográfica, la precariedad económica de las generaciones
jóvenes y el envejecimiento de la población han generado episodios como la
masacre de Sagamihara, en 2016, cuando un exempleado de 26 años, apuñaló a los
residentes mientras dormían, asesinando a 19 e hiriendo a 26, la mayoría
ancianos o discapacitados. El agresor justificó su crimen afirmando que actuaba
por el bien del país, argumentando que las personas dependientes "no
aportan nada a la sociedad" y son una "carga económica
irrecuperable". Incluso envió cartas al Parlamento solicitando la
legalización de la eutanasia forzosa para personas con discapacidades o en
situación de gran dependencia. La propia directora de “Plan 75”, Chie Hayakawa
dijo haberse inspirado en ese atentado.
Pero es que,
además, en los últimos años, el debate público en plataformas y redes sociales
en Japón ha registrado un repunte de retórica violenta contra la población
anciana, proliferando nuevos términos despectivos como “Lao-hai” ("viejos
dañinos" o "plaga anciana"), utilizados para señalar a la
tercera edad como culpable de la congelación salarial, la presión tributaria o
la falta de oportunidades para los jóvenes. Figuras mediáticas o académicos,
aunque de forma metafórica, han llegado a sugerir la necesidad de un
"suicidio masivo" (seppuku) o eutanasia obligatoria de los ancianos
para aliviar la carga económica del Estado.
Aunque la
película no se ceba en escenas truculentas, sí traslada esa triste realidad a
su historia en forma de de edadismo o discriminación por edad, que deja de ser una
actitud individual para convertirse en una norma social e institucionalizada.
Además, en un futuro en el que las pensiones públicas ya no basten para vivir
dignamente, el envejecimiento poblacional redefinirá forzosamente el mapa laboral.
En “Plan 75”, vemos cómo cada vez más personas mayores se ven forzadas a
mantenerse en la fuerza laboral informal o en empleos precarios para subsistir.
Septuagenarios desempeñan trabajos duros e inadecuados para su edad y, cuando
por cualquier circunstancia los pierden, se rompe la última barrera que los
protege de la exclusión social.
Es tras
perder el trabajo y a sus amigas cuando Michi se da cuenta de la vida tan
solitaria que ha venido llevando. La soledad, y no la muerte, es su mayor
tragedia. Y es en ese momento cuando empieza a considerar seriamente suscribir
el Plan 75. No por una dolencia física que la incapacite para trabajar o le
inflija un dolor continuo e insoportable sino porque la falta de empleo, vivienda
y red de apoyo emocional la convencen de que su existencia genera incomodidad. Así,
la película advierte cómo el abandono estructural puede manipular la voluntad
del individuo para que perciba la renuncia a su propia vida como un "acto
de responsabilidad".
Tres de los
otros personajes que cuentan con sus propias subtramas e
stán vinculados a la
actividad privada que ha surgido para gestionar la implementación del “Plan 75”.
La perversa estructura de incentivos generada por esta legislación ha
propiciado la aparición de empresas cuyo único propósito es convencer a
personas mayores de que pongan fin a sus vidas, llevando a cabo las eutanasias
de la manera más rentable posible. En un momento dado, incluso se escucha una
emisión de noticias que menciona los 10.000 millones de dólares en ingresos que
el Plan 75 ha generado para la economía, así como el inicio de conversaciones
para ampliar el programa a personas de 65 años en adelante.
Hiromu
(Isomura Hayata) es un joven que trabaja como comercial para una de esas
empresas. Sobre todo, se dedica a atender un puesto informativo en la calle,
donde trata de reclutar a personas para que mueran de acuerdo al Plan. Yôko
(Kawai Yûmi) es una joven que actúa como enlace para quienes se inscriben en el
mismo; su función es acompañar a los usuarios durante todo el proceso, pero
también asegurarse de que no cambien de opinión ni se retiren del programa. Por
último, está Maria (Sutefanî Arian), una madre soltera de origen filipino que
trabajaba como enfermera geriátrica en una residencia hasta que descubre que
puede ganar mucho más dinero ocupándose de los cuerpos y pertenencias de las
personas
tras su fallecimiento en uno de los centros privados del Plan. Este
último personaje me parece particularmente relevante por lo que simboliza. Ante
el envejecimiento de sus poblaciones, las naciones desarrolladas recurren
sistemáticamente a mano de obra migrante para sostener el sector del cuidado y servicios
asistenciales. La película muestra cómo los países del Sur Global suministran
la empatía y la fuerza de trabajo afectiva que el Norte ha desmantelado o externalizado
como una mercancía económica.
En cualquier caso, ninguno de los anteriores personajes, todavía jóvenes, se siente especialmente feliz con su trabajo, pero, hasta el momento, la remuneración ha sido lo suficientemente buena como para no renunciar.
El quinto
personaje al que seguimos es Yukio (Takao Taka), el anciano tío de Hiromu, con quien este nunca
ha mantenido una relación cercana. Se nos presenta cuando aparece en la mesa de
su sobrino con la intención de inscribirse en el Plan. Hiromu no ha visto a su
tío en veinte años, y resulta que ese día es, precisamente, su septuagésimo
quinto cumpleaños. Debido al parentesco, la empresa de Hiromu no le permite
gestionar el caso de su tío, por lo que le asigna el asunto a otro compañero.
Sin embargo, tras ese reencuentro, Hiromu, que se siente él mismo muy solo,
decide acompañar a su tío durante sus últimos días.
En cierto
modo, Yukio podría ser, de forma silenciosa, la figura más importante de esta
historia. En el caso de los demás personajes, la película se centra
principalmente en explorar lo corrosiva que puede resultar la intersección
entre el cuidado de los ancianos y el capitalismo, así como la deshumanización
con la que a menudo percibimos a las personas mayores a medida que se vuelven “menos
productivas” para la sociedad. Yukio representa, en cierto sentido, un
contrapunto a todo esto. Él ha llegado, de verdad, al final de una larga vida y
está listo para que ésta termine. La película no le pone las cosas fáciles al
espectador al no recurrir a una enfermedad terminal ni a ningún otro obstáculo
que enturbie una existencia, por lo demás, feliz; Yukio simplemente es anciano,
está cansado y se siente preparado para poner fin a su vida.
No contaré
más sobre cómo se desarrollan todos estos hilos narrativos, pero baste decir
que conforman un tapiz profundamente reflexivo sobre nuestra relación con el
envejecimiento y la mortalidad, tanto en nuestras propias vidas como en las de
las personas cercanas a nosotros. Es una historia muy actual, ya que estas
cuestiones demográficas son una preocupación real para todas las sociedades
occidentales; pero, al mismo tiempo, también es atemporal, pues, a nivel
personal, son temas a los que todos tendremos que enfrentarnos una y otra vez a
lo largo de nuestras vidas y en la propia muerte.
Indudablemente,
“Plan 75” entra dentro de la categoría de distopía: proyecta una tendencia real
de la sociedad contemporánea hacia su consecuencia lógica y radical. Muestra un
mundo donde el Estado no elimina físicamente a sus ciudadanos vulnerables, sino
que los convence educadamente de que lo más responsable que pueden hacer por la
sociedad es dejar de existir.
Y lo
insidioso del planteamiento es que, ante las circunstancias vitales de esos
ancianos, uno no puede evitar preguntarse si es algo tan reprobable poder
decidir cuándo poner fin a la propia vida. En una escena, un televisor está
emitiendo un anuncio del “Plan 75” mientras Michi espera su turno en una de las
oficinas gubernamentales. Una mujer habla ante la cámara y comenta, con
asombro, cómo el programa le ha permitido “controlar” su propia vida. Aquí
reside el dilema moral de la película. Dadas las circunstancias en el Japón que
plantea Hayakawa, el Plan bien podría suponer un alivio para gente como Michi.
En lo referente al apartado actoral, destacaría sobre todos los demás a Chieko Baisho, que ofrece una interpretación contenida pero conmovedora en el papel de Michi. Su mirada profunda, por sí sola, es capaz de revelar la vida que ha experimentado y aquella a la que desea aferrarse un poco más. En lugar de recurrir al melodrama o la desesperación efectista, la actriz compone su personaje desde la compostura y el silencio, transmitiendo la angustia del personaje a través de pequeños detalles cotidianos: sus miradas, su meticulosa forma de limpiar, la fragilidad contenida cuando atiende las llamadas del servicio de atención telefónica del Plan 75...
Baisho no da
vida a una heroína rebelde en un sentido tradicional, sino a una persona
atrapada en la inercia social del tiempo que le ha tocado vivir. Sin embargo,
su interpretación va acumulando una pulsión de vida interna que culmina en un
arco de afirmación vital sumamente conmovedor. La actriz recibió por este
trabajo elogios internacionales y reconocimientos diversos. Isomura y Arianne
no resultan tan eficaces, en parte porque sus personajes no están tan
profundamente desarrollados. Sin embargo, sus perspectivas más jóvenes resultan
fundamentales como complemento y contraste del calvario que atraviesa Michi.
Dicho todo lo cual, tengo que admitir que, encontrándola interesante en sus temas y personajes, “Plan 75” me pareció algo aburrida en su desarrollo, si bien esto es más un gusto personal que la sensación de que la película esté mal construida.
Para
empezar, rechaza las dinámicas habituales del cine distópico occidental (que
suele inclinarse por el thriller y el enfrentamiento contra el sistema). En su
lugar, Chie Hayakawa recurre a profusos planos fijos, pausas prolongadas y una
ausencia casi total de música dramática, por lo cual las escenas son ejecutadas
con un realismo seco y sin artificios, casi documental. Esta contención busca
que el espectador experimente la misma rutina pausada, la monotonía y la
aplastante soledad en la que se encuentran atrapados los personajes. Sin
embargo, este recurso de "tiempo muerto" puede resultar monótono o
plano si lo que se espera es un desarrollo con mayor tensión o giros argumentales.
En segundo
lugar, al dividir la atención entre varios frentes, el guion no profundiza en
la acción individual de cada personaje, sino que busca ofrecer una sensación de
mosaico social. Esto provoca que no haya un clímax narrativo unificado, sino
una acumulación de momentos cotidianos que restan impulso a la trama. A esto se
añade el ambiguo desenlace, que deliberadamente huye del espectáculo, la
catarsis o la revolución. No hay una denuncia pública contra la ley ni una
caída del sistema distópico. El final se resuelve en un tono casi minimalista,
enfocado en una decisión íntima y poética pero, en última instancia, dejada a
la interpretación del espectador. Es cuestión de sensibilidad, claro, pero a mi
este tipo de cierres me resultan incómodamente insatisfactorios dado que deja a
los personajes y sus dilemas flotando en el aire sin ofrecer una conclusión
cerrada a la arquitectura del mundo que se ha planteado.
En última
instancia, la mayor virtud de “Plan 75” es la ausencia de respuestas fáciles.
Chie Hayakawa no necesita imaginar un mundo radicalmente distinto para
advertirnos de los peligros del nuestro: le basta con llevar hasta sus últimas
consecuencias una lógica social ya existente que convierte los problemas
humanos en meras cuestiones de gestión. Su distopía inquieta porque resulta
verosímil, pero también porque no presenta ese futuro como inevitable sino todo
lo contrario. La película nos recuerda que el modo en que tratamos a quienes
envejecen revela mucho más sobre una sociedad que sus indicadores económicos o
sus avances tecnológicos. Frente a la tentación de calcular el coste de cada
vida, queda una pregunta esencial: ¿qué sentido tiene prolongar el bienestar
colectivo si, para sostenerlo, aceptamos que algunas personas sobran? “Plan 75”
no ofrece una solución, pero sí una advertencia sobre la que debemos
reflexionar: el futuro no se decide solo mediante las políticas que aprobamos,
sino también a través de aquello que estamos dispuestos a tolerar.

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