Publicada en forma de libro en 1952, “Esta Isla, la Tierra”, pertenece a un periodo en el que la CF estadounidense intentaba asimilar las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la era nuclear. La exploración del espacio, el contacto con civilizaciones extraterrestres y la aparición de tecnologías capaces de transformar el destino de la humanidad seguían ofreciendo posibilidades de aventura, sí, pero habían adquirido también una inquietante dimensión política que resultaba difícil ignorar.
En el ámbito del género, la obra hay que situarla en la conocida como “Edad de Oro” de la ciencia ficción, que en Estados Unidos vino propiciada por el auge de las revistas pulp especializadas desde finales de los años 30 y durante la década siguiente. La orientación de buena parte de aquella literatura privilegiaba la resolución de problemas mediante el razonamiento científico, la ingeniería y la investigación. Los protagonistas solían ser individuos resolutivos y capaces de comprender mecanismos que escapaban al conocimiento común. Los argumentos utilizaban ese dominio de la ciencia o la tecnología como motor de la acción.
Raymond
F. Jones conocía bien esa corriente literaria popular. Sin ascender a las ligas
mayores del género, sí fue uno de los escritores que, con su estilo claro y
orientación tecnológica, contribuyeron a consolidar la vertiente más rigurosa
del género. Nacido en
Salt Lake City en 1915, estudió ingeniería e inglés en la
Universidad de Utah antes de trabajar como ingeniero de radio. Más tarde, llegó
a afirmar que obtener un título universitario en lengua inglesa era una de las
peores cosas que podía hacer un escritor. Su primer contacto con la ciencia ficción
se produjo en 1927, al leer “La Guerra de los Mundos” (1898), de H. G. Wells,
libro al que decidió no volver nunca más por temor a que su relectura no
estuviera a la altura de la “emoción de
aquel primer encuentro con el reino de la ciencia imaginaria”.
Tras terminar sus estudios universitarios, trabajó en Texas instalando equipos de centralitas telefónicas para Western Electric. Sin embargo, después de casarse con Elaine Kimball en 1940, aceptó un puesto en la Oficina Meteorológica para reducir sus desplazamientos. Durante la Segunda Guerra Mundial, puso en práctica sus conocimientos de ingeniería de radio en la empresa Bendix Radio, en Baltimore; al finalizar la contienda, se estableció en Arizona.
Su primer relato, “Test of the Gods”, se publicó en el número de septiembre de 1941 de la revista “Astounding”, pero quedó eclipsado por el cuento principal de aquel mes: “Anochecer”, de Isaac Asimov. Esta situación se repetiría en otras ocasiones. Siendo un escritor versátil y con formación y experiencia profesional en ingeniería, con demasiada frecuencia presentaba a los editores historias excelentes y científicamente consistentes que, no obstante, quedaban en segundo plano frente a obras similares de otros autores. Quizá su obra más conocida hoy es la que ahora nos ocupa y ello porque no se limita a presentar dispositivos extraordinarios y civilizaciones más avanzadas que la nuestra, sino un mensaje muy en sintonía con su época… y con la nuestra: el progreso científico no garantiza que quienes lo impulsan y dirigen comprendan las consecuencias de sus decisiones ni que estén trabajando por una causa justa.
En este
sentido y como apuntaba al comienzo, el contexto de publicación es muy
relevante para entender la sensibilidad que impregna la novela. En 1945, Estados
Unidos había utilizado armas atómicas contra Japón, y sólo cuatro años después,
la Unión Soviética realizó su primera prueba nuclear. La Guerra Fría entre
am
bas superpotencias convirtió la investigación científica en parte de su
enfrentamiento, comprendiendo ambas que la ciencia podía alterar el curso de la
historia y que sus avances podían ser dirigidos y subordinados a objetivos
militares y políticos.
En ese escenario, la figura del científico pasó a proyectar en la ficción una imagen ambigua. Por una parte, era el responsable de descubrimientos que podían mejorar la calidad de vida de millones de personas –cuando no directamente salvarlas-; pero, por otra, sus conocimientos podían ponerse al servicio de estructuras de poder no necesariamente interesadas en el bienestar de toda la Humanidad. Pues bien, la novela de Jones convierte esa tensión en su núcleo narrativo.
El protagonista, Cal Meacham, es un piloto e ingeniero electrónico que trabaja para una empresa aeronáutica y que, un día, recibe unos condensadores que había encargado para un proyecto de radio. Los componentes son mucho más pequeños de lo esperado y superan con creces las especificaciones que había solicitado. Cuando reclama al proveedor, recibe un catálogo completo de piezas eléctricas que parecen estar muy por delante de los conocimientos científicos de la época. Cal encarga todas ellas y descubre que forman parte de un mecanismo cuyo propósito desconoce.
El
departamento de compras de la empresa no es capaz de rastrear el envío ni
identificar al remitente, pero el ingeniero sigue adelante y, tras resolver el
rompecabezas, construye un aparato que funciona como transmisor inalámbrico. Al
activarlo, recibe la llamada de un hombre que le comunica que ha superado una
prueba de int
eligencia. El dispositivo, llamado interocitor, le abre las puertas
de una organización científica secreta, los Ingenieros de la Paz, que reúne a
científicos de primer nivel para fabricar más unidades. La invitación a
participar en sus investigaciones parece confirmar que ha sido seleccionado por
sus capacidades intelectuales, demostradas al montar sin ayuda la mencionada
máquina. Sin embargo, tras esa oportunidad se oculta una realidad mucho más
inquietante.
(ATENCIÓN: SPOILERS HASTA EL FINAL). En la nueva fábrica, Cal conoce a Ruth Adams, psicóloga de la empresa, y se reencuentra con Ole Swenberg, antiguo amigo y compañero científico. También se reúne con Jorgasnovara, responsable de las instalaciones. Ruth sospecha que detrás de la organización se oculta algo que sus responsables no quieren revelar. Sus pesquisas y las de Cal les permiten descubrir que las máquinas fabricadas son recogidas durante la noche por una nave espacial. Jorgasnovara termina confesando la verdad: los científicos terrestres están produciendo suministros para una guerra entre dos civilizaciones extraterrestres. Los Llanna, a los que él pertenece, forman parte de una alianza defensora del bien que tratan de contener la amenaza destructiva de los Guarra. Tal revelación transforma el sentido de la historia. Cal no ha sido seleccionado únicamente por su talento, sino porque sus capacidades pueden servir a una causa cuyas dimensiones y consecuencias desconoce.
Tras
visitar una base de los Llanna en la Luna y recibir una explicación sobre el
conflicto, Cal acepta dirigir la fábrica y otras instalaciones de producción
distribuidas por toda la Tierra. Sin embargo, la operación queda interrumpida
por un conflicto laboral, a raíz del cual, aparentemente, la maquinaria es
destruida durante un acto de sabotaje. Cal y Ruth investigan lo ocurrido, y el
primero resulta herido durante un encuentro con unos extraterrestres de aspecto
aterrador. Jorgasnov
ara revela entonces que el enemigo se dirige hacia la
Tierra, situada en su trayectoria de destrucción. Tras el sabotaje se encuentra
Ole, que trabaja en realidad para los Guarra. Su traición introduce un elemento
de paranoia muy en línea con la sensibilidad de la Guerra Fría. El peligro, nos
recuerda, puede ocultarse entre quienes comparten nuestro entorno y parecen
perseguir los mismos objetivos.
En la parte final, Cal y Ruth son trasladados al mundo natal de los Llanna. Allí deben convencer a sus anfitriones de que la Tierra merece ser protegida. La tarea parece imposible, pero Cal descubre una debilidad en la estrategia militar de sus aliados. Los Llanna confían todas las decisiones de combate a ordenadores que calculan las operaciones más eficaces. Pero los Guarra conocen ese sistema y pueden anticipar sus movimientos. Cal propone utilizar la imprevisibilidad humana para alterar los cálculos del enemigo y desarrollar una estrategia que no dependa de patrones fácilmente identificables. La novela concluye cuando Cal y Ruth regresan hacia la Tierra acompañados por una flota de los Llanna, dispuestos a poner a prueba su plan.
“Esta
Isla, la Tierra” comienza como un relato de descubrimiento tecnológico para
transformarse luego en un thriller sobre la instrumentalización del
conocimiento. Cal creía haberse incorporado a una comunidad científica que
trabajaba en aras de un objetivo legítimo, pero descubre que la información que
recibe está condicionada por los intereses de quienes la administran. Este
cambio de perspectiva constituye uno de los principales aciertos de Jones
porque no presenta al peligro bajo la forma convencional de una invasión extraterrestre,
sino que es mucho más sutil. Los alien
ígenas necesitan la inteligencia humana y
los recursos del planeta y los consiguen recurriendo a un procedimiento que
combina seducción intelectual y la ocultación de información. No pretenden conquistar
la Tierra; lo único que desean es que sus habitantes colaboren inconscientemente
en el esfuerzo bélico que esa alianza extraterrestre está desplegando.
Esta idea resulta mucho más interesante que la tradicional confrontación entre humanos y espeluznantes alienígenas. El conflicto nace de una desigualdad en el acceso al conocimiento. Los extraterrestres saben mucho más que los científicos humanos y utilizan esa ventaja para dirigir su comportamiento. Cal deberá, por tanto, averiguar no solo cómo funciona la tecnología que tiene ante sí, sino también quién la controla y con qué propósito.
Relacionado
con lo anterior está la distancia que el autor plantea entre la capacidad
técnica y la responsabilidad moral. Los científicos de la novela poseen
conocimientos extraordinarios, pero su competencia profesional no los protege
contra la manipulación. Al contrario, su fascinación por los problemas que
tienen que solucionar facilita que acepten unas condiciones de trabajo que no
examinan con el rigor aconsejable. De hecho, sus empleadores, los falsos
Ingenieros de la
Paz, han elegido un nombre que sugiere que la ciencia que
practican se encuentra al servicio de unos valores virtuosos, aunque sus
verdaderas actividades estén dirigidas a la guerra.
Esta interpretación conecta la novela con los debates que acompañaron al desarrollo de la bomba atómica. Tras el Proyecto Manhattan, muchos científicos tuvieron que afrontar una espinosa pregunta que el torbellino de la guerra les había permitido aplazar: ¿hasta dónde llega su responsabilidad cuando sus descubrimientos pasan a manos de los gobiernos y los ejércitos? Durante la Guerra Fría, la participación de los investigadores en proyectos militares y la presión política sobre la comunidad científica hicieron de esta cuestión un asunto público.
No es
que Jones desarrolle aquí una crítica abierta al complejo militar-industrial, algo
que sí adquiriría especial relevancia en la sociedad de unos años en el futuro.
Su planteamiento es más específico: advierte de los riesgos que aparecen cuando
los científicos aceptan una separación absoluta entre su trabajo y los
resultados que se derivan de él. El conocimiento no puede considerarse neutral.
Una investigación puede resolver un problema concreto y, al mismo tiempo,
contribuir a un sistema u organización cuyo objetivo y métodos sean injustificables.
El científico que se limita a cumplir su come
tido sin preguntarse por el uso
que se dará a sus descubrimientos corre el riesgo de convertirse en un
instrumento de fuerzas que no controla. No se trata de rechazar sistemáticamente
la ciencia sino de cuestionar la confianza ciega en que el progreso conlleva
siempre una mejora social. Una idea, en fin, que hoy es incluso más pertinente
que entonces.
Sin embargo, el episodio de la huelga de los obreros de la fábrica supone una contradicción ideológica con los anterior. La paralización de la planta interrumpe la producción y va seguida, como he dicho, de la destrucción de la maquinaria. La revelación de que Ole trabaja para los Guarra vincula el sabotaje con la infiltración enemiga, pero la representación que se hace del conflicto laboral va más allá de esa función argumental porque la novela presenta a los sindicatos como obstáculos interesados, dispuestos a paralizar el trabajo para imponer su importancia y obligar a los demás a someterse a sus exigencias. La huelga está desprovista de una justificación social legítima y el autor la asocia con la manipulación del enemigo. Esta perspectiva transforma una disputa laboral en un síntoma de deslealtad, sin prestar atención a las razones, por otra parte, completamente legítimas, que pueden llevar a los trabajadores a tomar esa iniciativa.
La crítica resulta especialmente llamativa en una obra que cuestiona la subordinación de los científicos a los intereses de quienes controlan sus condiciones de trabajo. Jones reconoce que las instituciones pueden manipular a los especialistas mediante la información que les proporcionan, pero no aplica el mismo rasero a las relaciones entre dirección y trabajadores. La empresa aparece como una estructura cuya finalidad está justificada, mientras que la acción colectiva de sus empleados se contempla con recelo.
La visión sindical de la novela, por tanto, introduce una negación a la tesis que defiende el propio autor. El apoyo implícito y sin fisuras a la autoridad empresarial contradice la desconfianza que la obra expresa hacia las organizaciones que pretenden controlar el conocimiento y la conducta de los demás. Jones cuestiona el poder cuando se ejerce desde estructuras que el protagonista percibe como ajenas, pero se muestra menos dispuesto a examinar las jerarquías sociales más cercanas. En fin, que la libertad de pensamiento que reivindica para el científico no encuentra un equivalente claro en la autonomía de los trabajadores.
Un giro interesante de la novela llega cuando Cal identifica una debilidad en la estrategia de sus empleadores extraterrestres. Su civilización depende de grandes ordenadores para calcular las operaciones militares. A priori, se diría que la sofisticación de esos sistemas garantiza una superioridad casi absoluta, pero el ingeniero comprende que la confianza depositada en ellos ha terminado por producir una vulnerabilidad. Las máquinas pueden procesar enormes cantidades de información, pero sus resultados dependen de los modelos con los que trabajan y de los algoritmos que ejecutan los cálculos. Si una estrategia se vuelve demasiado previsible porque responde a una lógica rígida, un adversario puede anticipar fácilmente sus movimientos. Confiar demasiado en los ordenadores, por tanto, puede entrañar un gran peligro.
Este planteamiento anticipa debates que adquirirían mayor importancia con el desarrollo de la informática y la inteligencia artificial. Jones no se limita a imaginar las típicas máquinas que se rebelan contra sus creadores. Su preocupación es más sutil. Los seres inteligentes pueden renunciar a su capacidad de juicio y criterio cuando disponen de herramientas que parecen ofrecer soluciones superiores a las que ellos mismos podrían concebir. Y esto conduce a una paradoja. Los alienígenas han alcanzado un nivel tecnológico muy superior al terrestre, pero esa ventaja no les ha proporcionado una comprensión más profunda de sus propias limitaciones. Su dependencia de los ordenadores ha restringido su capacidad para imaginar alternativas. Cal, pese a pertenecer a una civilización mucho menos avanzada, detecta un defecto que sus empleadores no han sabido reconocer.
La novela, por tanto, defiende la inteligencia individual frente a los sistemas artificiales que pretenden sustituirla. De nuevo, no se trata de una oposición simplista entre seres humanos y tecnología, sino entre el pensamiento crítico y la obediencia a procedimientos considerados infalibles. Hay, sin embargo, una limitación en este planteamiento. La solución que ofrece el autor vuelve a depositar una confianza considerable en la capacidad de un solo individuo excepcional para corregir los errores de una estructura compleja. Cal consigue comprender aquello que los demás han pasado por alto, sí, pero la narración presta menos atención a las condiciones colectivas que permitirían prevenir ese tipo de errores en el futuro. La crítica de Jones alcanza mayor profundidad al identificar el problema que al imaginar cómo transformar las instituciones y dinámicas que lo han generado.
Para quien se pregunte el significado del llamativo título de la novela, éste resume la perspectiva desde la que Jones contempla a la humanidad. Durante la explicación del conflicto interestelar, a la Tierra se la compara con una pequeña isla del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial: sus habitantes pueden encontrarse implicados en una contienda de alcance planetario sin comprender su verdadera dimensión, ayudando, por ejemplo, a un bando a construir instalaciones, pero corriendo el riesgo de ser arrasados por el contrario sin que a nadie, amigo o enemigo, importe su desaparición.
La comparación resulta brillante porque invierte las convenciones de la ciencia ficción de aventuras. Aquí, la especie humana no es el centro del universo ni la civilización destinada a satisfacer un destino maravilloso entre las estrellas, sino una comunidad periférica que descubre, de manera accidental, que fuerzas mucho más poderosas han decidido utilizarla para sus propios fines. Esta perspectiva relativiza la visión que gustamos de tener de nosotros mismos. El desarrollo tecnológico terrestre, que en el ámbito de nuestro planeta parece extraordinario, puede resultar insignificante a escala galáctica.
Pero la metáfora también tiene una lectura política. Una comunidad puede opinar, participar y decidir sobre un conflicto sin disponer de información suficiente para valorarlo adecuadamente. Puede aceptar alianzas, contribuir a una guerra, asumir riesgos sin conocer los objetivos de quienes la dirigen... La distancia entre los centros de decisión y quienes sufren las consecuencias constituye uno de los problemas que la novela plantea a través de su escenario cósmico. El espacio funciona, por tanto, como una ampliación de las relaciones de poder terrestres. La guerra galáctica no elimina las jerarquías conocidas por nosotros, sino que las reproduce a una escala mayor: las civilizaciones más poderosas deciden y las más débiles aportan los recursos que necesitan. Esta concepción del universo se aleja de la idea de que el contacto con otras especies supondría automáticamente una expansión de los horizontes morales de la humanidad. Encontrar seres más avanzados tecnológicamente no significa que éstos sean más sabios ni más justos.
Inicialmente, la narración se serializó como tres relatos publicados en la revista “ThrillingWonder Stories”: “The Alien Machine”, en junio de 1949; “The Shroud of Secrecy”, en diciembre de ese mismo año; y “The Greater Conflict”, en febrero de 1950. Su autor los revisó, amplió y fusionó para lanzar la novela (lo que en el género se conoce como “fix-up”). Este origen netamente pulp explica algunas de sus características narrativas, como que sean el encadenamiento de descubrimientos, los artefactos misteriosos y las revelaciones sobre la verdadera naturaleza del conflicto lo que mantenga el relato en continuo movimiento. Jones organiza la historia alrededor de la curiosidad de Cal, de modo que cada respuesta que obtiene conduce a un nuevo misterio. Este dinamismo constituye una de las virtudes de la obra. Una energía, no obstante, que no es casi nunca física –lo normal en una aventura clásica- sino científica: descubrir cómo funciona un aparato o detectar una contradicción en los cálculos puede resultar tan importante como enfrentarse cuerpo a cuerpo a un adversario.
Pero ese origen serializado también acusa problemas. Los cambios de escala y las sucesivas revelaciones no siempre producen una progresión dramática uniforme. La trama pasa de los problemas cotidianos de un ingeniero a una guerra galáctica sin que todas las implicaciones humanas de semejante salto reciban la misma atención. Además, el interés intelectual de las ideas supera con mucho el desarrollo de los personajes. Cal Meacham funciona ante todo como encarnación de una inteligencia analítica. Su capacidad para resolver problemas es más importante que la exploración de sus contradicciones personales. Los personajes secundarios también quedan subordinados a las necesidades del argumento, y las relaciones humanas reciben menos espacio que las explicaciones sobre tecnología y estrategia. La representación de las mujeres constituye otra limitación. Aunque Ruth es psicóloga, ocupa un puesto de responsabilidad y desempeña un papel relevante en la trama, su tratamiento responde a convenciones de género y de época que restringen su autonomía narrativa.
Por eso, “Esta Isla, la Tierra”, no ocupa una posición central en el canon de la ciencia ficción comparable a la de las obras más influyentes de Isaac Asimov, Robert A. Heinlein o Arthur C. Clarke. Su importancia reside menos en haber transformado el género que en haber articulado con eficacia algunas de las preocupaciones centrales de la Guerra Fría.
La adaptación cinematográfica de 1955, dirigida por Joseph M. Newman, titulada en español “Regreso a la Tierra” y que analizaré en otra entrada, contribuyó a que la historia alcanzara una audiencia mucho mayor. La película comienza siguiendo la premisa de Jones, pero se distancia de ella a medida que avanza la trama, dando más peso a la aventura visualmente sugerente, al peligro físico y al espectáculo de los escenarios extraterrestres. La popularidad del filme, considerado un clásico del cine de CF de los 50, ha terminado por eclipsar el texto original. Sin embargo, leer éste permite recuperar una dimensión que la adaptación desarrolla de otro modo, a saber, que una civilización tecnológicamente superior pueda ser incapaz de reconocer las limitaciones de su propio sistema de conocimiento.
Otras dos obras de Jones también llegaron a la pantalla. “The Children's Room”, publicada en 1947, fue adaptada para la serie antológica “Tales of Tomorrow” en 1952; “Divided We Fall”, de 1950, apareció en otra antología, “Out of This World”, en 1962. Pese a esa presencia audiovisual, “Esta Isla, la Tierra”, sigue siendo su obra más conocida y la que mejor permite apreciar sus preocupaciones literarias. Jones publicó otras quince novelas, a partir de “Renaissance”, de 1951, que también apareció bajo el título “Man of Two Worlds”. Escribió asimismo divulgación científica para jóvenes, con libros como “The World of Weather” y “Animals of Long Ago”, además de estudios técnicos como “Ice Formation on Aircraft”. Su cuento “Tools of the Trade” (1950), se considera una de las primeras descripciones de la impresión 3D. En 1967 fue finalista del premio Hugo con “Rat Race”, perdiendo frente a “Estrella de Neutrones”, de Larry Niven. En 1996, recibió una nominación póstuma al Retro-Hugo por “Correspondence Course”, aunque el premio recayó finalmente en “Common Sense”, de Hal Clement. Jones murió en Sandy, Utah, en 1994, a consecuencia de un cáncer de páncreas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario