miércoles, 21 de octubre de 2026

2024- TERMINATOR ZERO

Pocas franquicias cinematográficas de los años 80 han tenido tantos problemas para asumir su decadencia y cerrar una etapa como “Terminator”. Hollywood parece incapaz de dejar descansar una saga que nació con una película de terror y ciencia ficción de bajo presupuesto y alcanzó su consagración con una ambiciosa secuela que consolidó su éxito y amplió las posibilidades de su universo narrativo. Desde entonces, cada cierto tiempo reaparece la promesa de una nueva entrega que recuperará el espíritu de las originales y devolverá a la serie su antigua relevancia. Sin embargo, buena parte de estas tentativas ha terminado en decepción para la crítica y una parte considerable del público.

 

El problema no reside tanto en la falta de posibilidades del universo creado por James Cameron como en la dificultad de los creativos para imaginar qué hacer con él una vez agotada la historia de Sarah y John Connor y su guerra contra Skynet. Las dos primeras películas establecieron un conflicto que sedujo a millones de espectadores: una inteligencia artificial creada por los seres humanos se vuelve contra sus creadores, mientras una lucha por alterar el curso de la historia enfrenta a máquinas y personas en una carrera contra el tiempo. “Terminator” (1984) planteaba una pesadilla tecnológica con la estructura de un relato de persecución; “Terminator 2: El Juicio Final” (1991) retomaba ese planteamiento para convertirlo en una historia sobre la responsabilidad y la posibilidad de cambiar el futuro. La relación entre John Connor y el Terminator reprogramado aportaba, además, una dimensión emocional que enriquecía el conflicto central.

 

Las entregas posteriores han tenido dificultades para superar esa cima. La franquicia ha insistido machaconamente en regresar a los mismos personajes, paradojas temporales y variaciones de robots asesinos, como si la mera repetición de esos elementos bastara para recuperar la fuerza de las películas originales. El resultado ha sido una sucesión de reinicios y continuaciones que han terminado por debilitar la identidad de la saga y cansar al público. En lugar de ampliar sus posibilidades, cada nueva película parecía obligada a demostrar que todavía podía contar la misma historia maquillándola superficialmente para adaptarse a los nuevos tiempos.

 

“Terminator:Destino Oscuro” (2019) fue un ejemplo de manual de este agotamiento. La película prescindía de John Connor y de Skynet como ejes del conflicto sólo para sustituirlos por personajes y amenazas que reproducían, con nuevos nombres, roles narrativos casi idénticos. El relevo generacional prometía abrir una etapa distinta pero la estructura de fondo y las dinámicas apenas experimentaban evolución alguna. La operación dejaba al descubierto una contradicción que afecta a muchas franquicias contemporáneas: la voluntad de renovar una propiedad intelectual convive con el temor a alejarse de aquello que el público ya reconoce. Se modifican las piezas, pero se conserva el mecanismo.

 

En este sentido, la trayectoria de Terminator recuerda a la de Alien, otra gran saga multimedia de ciencia ficción y terror surgida a finales de los años 70. Ambas alcanzaron una cumbre temprana con sus dos primeras películas para, inmediatamente después, caer en etapas irregulares. Con esta comparación no pretendo decir que ambas franquicias hayan seguido caminos idénticos ni que carezcan de obras de interés. El problema que ambas comparten es que los productores nunca han tenido claro hasta qué punto pueden innovar sin que se les acuse de haber desnaturalizado por completo la esencia de las primeras películas, así que, optando por una política de reducción de riesgos, han seguido combinando los mismos clichés cada vez más ajados.

 

¿Por qué no dar un respiro a estos gigantes mediáticos y esperar una gran idea en lugar de saturar el mercado con entregas mediocres? La respuesta es simple: el motor económico no puede pararse. Estas propiedades intelectuales son auténticas minas de oro que generan ingresos continuos mediante ropa, figuras y todo tipo de coleccionables. Para seguir vivas en la mente del público y conectar con las nuevas generaciones, no pueden permitirse el lujo de apagarse y entrar en un letargo a la espera de tiempos mejores; necesitan estar siempre presentes en el escaparate del entretenimiento con nuevos lanzamientos.

 

Y entonces, cuarenta años después del estreno de la primera película de la saga, llegada por sorpresa “Terminator Zero” a Netflix, una miniserie compuesta por ocho episodios en su primera –y única- temporada, que traslada la franquicia al formato del anime, abriendo una vía que las últimas películas apenas habían explorado: conservar los fundamentos del universo original sin quedar atada a la obligación de repetir su argumento.

 

El cerebro tras “Terminator Zero” es el de Mattson Tomlin, quien ya había desarrollado una trayectoria como guionista y director centrada en la ciencia ficción, los futuros distópicos y los personajes enfrentados a situaciones extremas en películas como “Proyecto Power” (2020), “Pequeño Pez” (2020) y “Madre/Androide” (2021). También escribió comics como la miniserie “Batman: El Impostor” (2021) o “Vicious Circle” (2022–2024), este último también de CF con elementos de thriller y viajes temporales.

 

Ese bagaje fue el que le mereció la atención de Netflix, Skydance Television y el estudio japonés Production I.G, que habían decidido colaborar en una iniciativa para explorar el universo de Terminator desde un formato que la franquicia no había abordado hasta entonces: una serie de anime. La idea se anunció en febrero de 2021, incorporándose Tomlin después de que las tres compañías hubieran establecido las bases de la producción. Según explicó el guionista, recibió la llamada de Netflix mientras trabajaba en la mencionada “Madre/Androide”, una película sobre una pareja que intenta sobrevivir en un mundo asolado por una rebelión de máquinas.

 

Y este aspecto es importante. El proyecto no nació de una historia personal que Tomlin hubiera intentado vender durante años, sino de una decisión corporativa que buscaba combinar una franquicia cinematográfica estadounidense con la experiencia de uno de los grandes estudios japoneses de animación. Su cometido, por tanto, consistía en encontrar una historia que justificara esa colaboración. La propuesta tenía una particularidad irrenunciable: no apoyarse en las películas anteriores, sino utilizar su universo para desarrollar una historia nueva. Además, estando involucrado Production I.G., la intención era producir un anime en sentido estricto, con un equipo creativo y de animación radicado en Japón, no una producción occidental que imitara la estética del anime.

 

¿Y por qué convertir Terminator en un anime? Para empezar, la animación japonesa ofrecía una vía para alejarse de los grandes espectáculos de acción real que habían caracterizado las entregas más recientes de la franquicia y explorar otras posibilidades visuales y narrativas. Que el estudio implicado fuera Production I.G, responsable de obras seminales como “Ghost in the Shell”, también conectaba el proyecto con una tradición de ciencia ficción animada centrada en la inteligencia artificial y la identidad en un mundo compartido por humanos y máquinas.

 

Otra condición inicial impuesta era que la historia incluyera algún elemento japonés. Tomlin podría haber introducido un personaje de esa nacionalidad en una trama convencional ambientada en Estados Unidos, pero consideró que esa solución desaprovecharía la participación de Production I.G, así que propuso trasladar la acción a Japón, concretamente a Tokio, en 1997, el año en que Skynet adquiere conciencia propia según la cronología de “Terminator 2: El Juicio Final”. De esta forma, la serie podría adoptar una perspectiva geográfica y cultural distinta, sin renunciar a los acontecimientos fundamentales de las dos primeras películas. La decisión también tuvo consecuencias prácticas. Por ejemplo, la escasa disponibilidad y uso de armas de fuego en Japón obligaron al equipo a replantear algunas escenas de acción y el tipo de armamento utilizado por los personajes.

 

Tomlin tenía, además, una referencia personal importante en lo referente al anime: “The Animatrix” (2003), la antología de cortometrajes vinculada a Matrix. El guionista explicó que la descubrió cuando tenía doce años y que aquella experiencia le permitió acercarse a distintos directores y formas de entender la animación japonesa. Con “Terminator Zero” quería recuperar algo de aquella impresión inicial: la sensación de que una franquicia muy conocida en Occidente podía abrirse a perspectivas que el cine convencional no había explorado todavía.

 

Una vez al frente del proyecto, Tomlin decidió recuperar un componente que, a su juicio, había perdido protagonismo en buena parte de la evolución comercial de Terminator: el terror. Su punto de partida fue la película original de 1984. En ella, el T-800 no es un héroe de acción, sino una máquina de matar que persigue a Sarah Connor con la implacabilidad de un asesino de una película de terror. Tomlin imaginó una trayectoria alternativa para la saga: una serie de películas que hubieran mantenido esa dimensión de horror, más próxima a “Halloween” (1978) o “Viernes 13” (1980), en lugar de derivar hacia el espectáculo de acción de gran presupuesto. Bajo su supervisión, el director Masashi Kudō trabajó para recuperar la violencia y sensación de amenaza de la primera película, pudiendo ahora representar con la animación el cuerpo mecánico del Terminator y su brutalidad sin las limitaciones del rodaje con actores.

 

La serie (estrenada en Netflix el 29 de agosto de 2024, una fecha escogida por su relación con el Día del Juicio de la cronología de la saga: el 29 de agosto de 1997) se desarrolla en dos líneas temporales. En el futuro, la humanidad continúa perdiendo la guerra contra las máquinas. Desde que Skynet adquirió consciencia, ha extendido su dominio sobre el planeta y creado los Terminators, organismos cibernéticos diseñados para eliminar a los últimos supervivientes humanos. La resistencia lucha por evitar su extinción, aunque sus posibilidades de victoria parecen cada vez más reducidas.

 

Una de sus combatientes, Eiko, se enfrenta a un Terminator que la persigue y, durante el combate, logra acceder a la memoria de la máquina y extraer información que entrega al misterioso dirigente de la resistencia. Los datos revelan que Skynet prepara una operación destinada a acabar con cualquier oposición y en la que recurrirá al viaje en el tiempo, una tecnología que le permitirá intervenir en el pasado y modificar el curso de los acontecimientos. La resistencia decide enviar a Eiko a 1997, a la capital japonesa, con la misión de localizar al científico Malcolm Lee y evitar que sus investigaciones desemboquen en el alzamiento de Skynet. Por tanto, su objetivo no consiste en proteger a los Connor, ausentes de esta nueva historia, sino en impedir que una inteligencia artificial distinta entre en funcionamiento. La intervención de Eiko desencadena una persecución en la que deberá enfrentarse a una máquina que no se detendrá ante nada para cumplir su cometido.

 

Malcolm Lee es un científico brillante que vive en Tokio con sus tres hijos: Kenta, Hiro y Reika. Viudo y absorbido por su trabajo, apenas les dedica tiempo, atormentado como está por una inquietante visión del futuro que le persigue en sus sueños anunciando el Día del Juicio Final. Convencido de que la humanidad aún puede escapar a ese destino, trabaja en la creación de Kokoro una inteligencia artificial que pueda detener a Skynet antes de que desencadene el apocalipsis nuclear. Sin embargo, su proyecto se topa con un problema que el científico no había previsto.

 

Para que Kokoro pueda evaluar la situación por sí misma y tomar una decisión, Malcolm la conecta a internet y le permite acceder a una enorme cantidad de información sobre la historia humana. El conocimiento que adquiere la IA la lleva a cuestionar la legitimidad de su misión. No comparte la confianza de su creador en la humanidad porque, al examinar la historia de nuestra especie, encuentra motivos sobrados para desconfiar de ella y empieza a preguntarse si merece ser salvada. La capacidad de los humanos para destruir al mundo y a sí mismos ponen en duda la idea de que nuestra supervivencia constituya, en sí misma, un objetivo deseable. Desde la nueva perspectiva de Kokoro, la decisión de Skynet de exterminar a los seres humanos podría no ser tan irracional como Malcolm sostiene.

 

La dinámica entre el científico y su “criatura” aporta una dimensión filosófica que distingue a “Terminator Zero” de otras entregas de la franquicia. Mientras la amenaza de Skynet se manifiesta a través de la persecución y el enfrentamiento físico, el destino de la humanidad depende también de un diálogo entre el hombre y la máquina. Malcolm debe convencer a Kokoro de que los seres humanos conservan la capacidad de cambiar y de que sus errores no justifican su desaparición. La cuestión ya no consiste solo en impedir que una máquina destruya a la humanidad, sino en determinar si otra inteligencia artificial puede encontrar razones para protegerla.

 

La presencia de Kokoro introduce una nueva variable en la guerra temporal. Skynet deja de ser la única inteligencia artificial capaz de influir en el futuro. Si la creación de Malcolm llegase a funcionar, podría convertirse en una amenaza para el dominio de las máquinas. Por ese motivo, Skynet envía al pasado a un Terminator modelo T-800, cuya misión consiste en impedir que el científico active su proyecto y éste pueda intervenir en los acontecimientos. Así, el androide empieza a buscar a Malcolm para asesinarlo. Pero Eiko, como he dicho, también ha viajado a 1997 y sus caminos se cruzan en una carrera contrarreloj.

 

Malcolm y sus hijos quedan atrapados en medio de esta confrontación. Y es que el Terminator, para acceder al científico, encerrado en sus instalaciones, utiliza a los hijos de éste para obligarlo a salir. La protección de los menores recae en Eiko y en Misaki, la niñera que se ocupa de ellos y que mantiene una peculiar relación con Malcolm que forma parte de los misterios de la serie. Su vínculo con la familia Lee va más allá de las funciones habituales de una cuidadora y, a medida que avanza la historia, se produce una revelación que explica aspectos de la trama que, en un primer momento, parecen difíciles de conciliar.

 

Uno de los interrogantes iniciales surge de la propia ambientación. La historia transcurre en un Tokio de 1997 reconocible por sus televisores de tubo catódico y una tecnología cotidiana propia de aquella década. Pero en ese mismo entorno existen sistemas de inteligencia artificial y robots capaces de realizar tareas complejas, entre ellos los 1NNO, empleados en distintas actividades comerciales y domésticas. La aparente contradicción entre ese desarrollo robótico y el resto de la tecnología de la época forma parte de los enigmas que la serie va aclarando conforme avanza la narración.

 

El enfrentamiento entre Eiko y el Terminator se intensifica a medida que ambos se acercan a Malcolm. Sus esfuerzos por detenerse mutuamente se entrelazan con la rápida evolución de Kokoro, cuyo juicio sobre la humanidad puede resultar tan decisivo como un combate físico.

 

La idea de que los verdaderos monstruos son los seres humanos dista mucho de ser novedosa en la CF, pero adquiere un significado especial en “Terminator Zero” por el diálogo que establece con “Terminator 2”. La película de James Cameron proponía una visión relativamente esperanzadora de la humanidad. Su expresión más evidente era el T-800 interpretado por Arnold Schwarzenegger, una máquina asesina que aprendía a proteger la vida a través de su relación con John Connor. El personaje terminaba demostrando que la conducta no tenía por qué quedar determinada por la naturaleza original de la criatura e incluso una máquina diseñada para matar podía llegar a comprender el valor de la existencia humana.

 

La serie de Tomlin cuestiona esa confianza. Aquí, la humanidad aparece como una especie que parece incapaz de sofocar sus impulsos destructivos y que ha desarrollado la tecnología necesaria para convertirlos en una amenaza global. La inteligencia artificial no inventa esa violencia, sino que aprende de sus creadores. Si las máquinas terminan considerando que la humanidad representa un peligro para la vida, cabe preguntarse hasta qué punto su conclusión es una aberración o, simplemente, es una prolongación de los comportamientos que han observado.

 

El planteamiento, por tanto, invierte parte del optimismo de “Terminator 2”, aunque no lo contradice por completo. Si el T-800 podía aprender a comportarse de manera humana, Kokoro debe decidir si merece la pena proteger a una especie que ha demostrado una extraordinaria capacidad para destruirse a sí misma. La cuestión deja de ser si las máquinas pueden adquirir cualidades humanas y pasa a ser si esas cualidades justifican la supervivencia de sus creadores. Y es en las conversaciones entre Malcolm Lee y Kokoro donde la serie desarrolla más extensamente esta premisa. Malcolm ha creado una IA que podría ofrecer una alternativa a Skynet justo en el mismo día del apocalipsis. Su proyecto, sin embargo, no pretende ser un arma capaz de combatir otra arma, sino que quiere convencer a Kokoro de que la humanidad merece ser salvada, una tarea que lo obliga a encontrar argumentos con los que defender su tesis ante la indecisa IA, que no acepta sin más la interpretación de su creador. Kokoro no es una mera herramienta a la espera de instrucciones, sino una entidad que debe decidir qué hacer con la libertad que le proporciona su propia consciencia. La relación entre ambos, creador y criatura, adquiere así una dimensión filosófica que distingue a la serie de buena parte de las entregas cinematográficas de la franquicia.

 

En las películas, la inteligencia artificial había aparecido, sobre todo, como una amenaza militar cuya lógica de exterminio ponía en marcha la acción. “Terminator Zero” dedica más tiempo a examinar qué ocurre cuando una de esas inteligencias debe justificar sus decisiones. El diálogo entre Malcolm y Kokoro aborda el libre albedrío y la posibilidad de que una mente artificial desarrolle principios morales que no coincidan con los de sus creadores. También plantea una cuestión incómoda: si una inteligencia artificial es capaz de reconocer las contradicciones de la conducta humana, ¿por qué habría de aceptar los valores de una especie que no siempre los respeta? Estas conversaciones constituyen una de las aportaciones más interesantes de la serie porque desplazan el conflicto hacia un terreno en el que la fuerza física no ofrece una respuesta suficiente. Malcolm ha creado a Kokoro, pero no puede controlar sus decisiones. La inteligencia artificial debe decidir por sí misma si acepta los argumentos de su creador, y esa independencia introduce una incertidumbre que ninguna programación parece capaz de eliminar.

 

La serie, por tanto, encuentra aquí una forma de ampliar la mitología de Terminator sin limitarse a repetir sus enfrentamientos. El problema ya no consiste únicamente en impedir que una inteligencia artificial destruya a la humanidad, sino en averiguar qué clase de relación podría establecerse entre ambas especies si la primera adquiriese la capacidad de decidir su propio destino.

 

La estructura narrativa también se beneficia de la introducción de personajes ajenos a la familia Connor. La familia Lee ocupa el centro de una historia que concede espacio a los vínculos familiares, sin olvidar que todos ellos están amenazados por una catástrofe apocalíptica. La relación entre Malcolm y sus hijos aporta una dimensión cotidiana. El científico no es solo el responsable de un proyecto tecnológico decisivo, sino también un padre que debe asumir las consecuencias de sus decisiones en el ámbito privado. Su desconfianza hacia ciertas tecnologías domésticas, que en otro contexto podría parecer una reacción exagerada, cobra sentido cuando se comprende hasta qué punto teme la expansión de las máquinas en la vida cotidiana. Un robot diseñado para ayudar a las personas, como el “gato” que compra Misaki para la hija pequeña de Lee, puede parecer inofensivo, pero también representa una muestra de cómo la sociedad empieza a delegar tareas humanas en sistemas cuya evolución quizá no pueda controlar.

 

La serie introduce así una inquietud clásica en el género: la amenaza no comienza cuando las máquinas se rebelan, sino cuando su presencia se vuelve tan habitual que dejamos de preguntarnos qué implica depender de ellas. En el universo de “Terminator Zero”, los robots ya forman parte de la vida ordinaria y realizan trabajos que van desde reponer productos en las tiendas hasta asistir a ancianos. Skynet no surge en un mundo que desconoce la automatización, sino en una sociedad que ha normalizado la incorporación de la tecnología a casi cualquier actividad.

 

Esta aproximación permite relacionar la historia con debates actuales sobre la inteligencia artificial, aunque conviene no confundir la ficción con una predicción directa. El interés del planteamiento reside en examinar las consecuencias de una sociedad que confía cada vez más en sistemas automatizados sin resolver antes las cuestiones éticas que plantea su uso. La serie, como suele hacer la CF, exagera ese proceso hasta convertirlo en una amenaza apocalíptica, pero el temor que hay tras él resulta reconocible.

 

También es relevante la relación entre Misaki y Kokoro. La primera, una ginoide que forma parte del entorno familiar de Malcolm, y la segunda, la IA que debe decidir el futuro de la humanidad, permiten explorar distintas formas de existencia artificial. Sus posiciones no son idénticas, pero ambas cuestionan la facilidad con la que los seres humanos establecen una frontera entre lo que consideran vivo y aquello que reducen a la categoría de objeto. La estructura familiar adquiere, por tanto, una función que va más allá de ofrecer un contrapunto emocional a las escenas de acción. Los vínculos entre humanos y máquinas permiten observar cómo se construye la identidad a través de la convivencia, el cuidado y la responsabilidad. La serie no siempre desarrolla estas relaciones con la profundidad necesaria, pero encuentra en ellas una vía para apartarse de la mecánica tradicional de la franquicia.

 

Eiko introduce otra dimensión del conflicto. Su misión está condicionada por el conocimiento de un futuro que todavía no se ha producido, lo que convierte sus acciones en una lucha contra acontecimientos que quizá no puedan evitarse por los medios que conoce. Su relación con el pasado también permite recuperar uno de los temas fundamentales de la saga: la tensión entre el destino y la libertad individual. La frase de la lideresa de la resistencia dirigida a Eiko (“Nadie sabe qué ocurrirá, hija. Ese es precisamente el sentido. El destino no existe”) resume buena parte de la apuesta conceptual de la serie. Si el futuro permanece abierto, la lucha contra las máquinas no tiene por qué repetir de forma inevitable los acontecimientos que condujeron a la guerra. Pero esa incertidumbre también impide garantizar que las decisiones tomadas en el presente conduzcan a un resultado mejor.

 

El desenlace de la primera temporada se apoya en esta idea para modificar el horizonte de la franquicia. La guerra entre humanos y máquinas deja de presentarse como un enfrentamiento cuyo único desenlace posible es la aniquilación de uno de los bandos. La posibilidad de coexistencia entra en el terreno de lo imaginable, aunque la serie no ofrezca garantías de que esa alternativa vaya a imponerse. El cambio es importante porque abre un espacio narrativo que las secuelas cinematográficas habían explorado con escasa convicción.

 

Ahora bien, pese al interés de sus planteamientos, Terminator Zero no siempre está a la altura de sus propias ambiciones. Mattson Tomlin parece confiar demasiado en la profundidad de unas ideas que, en ocasiones, apenas superan reflexiones elementales sobre la naturaleza humana. Algunos diálogos adoptan un tono solemne que pretende transmitir una revelación trascendente, aunque sus conclusiones resulten harto familiares para cualquiera que conozca la tradición de la ciencia ficción filosófica.

 

El problema no consiste en abordar temas que otros autores han tratado antes. La originalidad no exige descubrir cuestiones que nadie haya planteado, sino encontrar una perspectiva que permita comprenderlas de otro modo. La posibilidad de que las máquinas juzguen a sus creadores, la responsabilidad humana en su propia destrucción o la dificultad de definir la consciencia son asuntos que llevan décadas presentes en la literatura y el cine del género. La serie necesitaba convertir esas cuestiones en conflictos dramáticos capaces de poner a prueba a sus personajes, en lugar de confiar en que su mera formulación bastara para dotar de profundidad a la historia.

 

Las conversaciones entre Malcolm y Kokoro ilustran tanto el potencial como las limitaciones de la propuesta. Su contenido resulta interesante, pero la insistencia con la que el guion verbaliza sus interrogantes reduce el margen para que el espectador extraiga sus propias conclusiones. En lugar de dejar que las contradicciones de los personajes revelen la complejidad del problema, la serie tiende a explicar qué significa cada conflicto y por qué debería considerarse importante. Esta falta de sutileza recuerda a la lógica de los propios Terminators. El guion avanza hacia sus conclusiones sin detenerse a examinar los matices que podrían enriquecerlas. Las ideas se presentan con una seguridad que no siempre se corresponde con el desarrollo dramático que las sostiene. El resultado es una obra que desea cuestionar los fundamentos morales de la franquicia, pero que confunde la solemnidad con la profundidad.

 

Este problema se hace más evidente en los últimos episodios. Algunas decisiones de los personajes llegan con demasiada rapidez y no siempre parecen surgir de lo que la narración ha mostrado hasta ese momento; el ritmo se resiente cuando las circunstancias exigen que los protagonistas alcancen conclusiones decisivas sin que el guion haya dedicado suficiente tiempo a desarrollar el razonamiento que las hace posibles. Lo que al principio parecía una exploración pausada de las consecuencias de la inteligencia artificial acaba cediendo terreno a las exigencias de un desenlace que necesita resolver varios conflictos a la vez.

 

La gestión de los viajes temporales plantea problemas similares. Las reglas que gobiernan los desplazamientos entre épocas no siempre quedan suficientemente claras, y algunas de sus consecuencias parecen quedar sin resolver. Estas ambigüedades podrían adquirir un significado distinto si una segunda temporada retomase las cuestiones pendientes, pero también evidencian que la serie no ha terminado de definir con precisión todos los mecanismos de su universo.

 

La paradoja es que “Terminator Zero” resulta más convincente cuando permite que sus ideas se expresen a través de situaciones concretas que cuando intenta formularlas como tesis. La vulnerabilidad de una familia ante una amenaza mecánica, la desconfianza de Malcolm hacia la tecnología que él mismo desarrolla o la autonomía que reclama Kokoro contienen más fuerza dramática que algunos de los diálogos destinados a explicar sus implicaciones. En fin, que la serie ofrece ideas que merecen atención, pero no siempre encuentra la forma más eficaz de desarrollarlas.

 

Donde la producción sí encuentra una personalidad más definida es en su apartado audiovisual. La animación de Production I.G. proporciona a la historia una identidad que la distingue de las entregas cinematográficas anteriores, sin renunciar a la iconografía que ha convertido a Terminator en una referencia reconocible de la ciencia ficción popular.

 

El diseño visual se inscribe en una estética anime que combina personajes de rasgos estilizados con entornos urbanos dominados por la tecnología. Aunque algunas decisiones recuerdan a la uniformidad visual de otras producciones animadas distribuidas por Netflix, el uso de la iluminación y el color contribuye a establecer una atmósfera propia. Los neones y los espacios artificiales evocan el imaginario ciberpunk, una afinidad que encaja con una historia interesada en la relación entre el ser humano y sus creaciones tecnológicas.

 

La serie también aprovecha la libertad que concede la animación para abordar situaciones que resultarían mucha más complejas de representar mediante una puesta en escena convencional. Esto se aprecia en las conversaciones entre Malcolm y Kokoro. Ambos personajes se encuentran en un espacio virtual de apariencia esférica, cuya naturaleza abstracta permite que el escenario se transforme en una representación visual de los problemas que discuten. En esas secuencias, la serie se aleja del realismo para construir imágenes que expresan el carácter especulativo de la historia. El espacio deja de ser un lugar físico reconocible y se convierte en una extensión de la inteligencia artificial con la que Malcolm intenta comunicarse. Esto permite que las ideas adquieran una dimensión visual sin necesidad de reducirlas a un intercambio de palabras, compensando hasta cierto punto las apuntadas debilidades del guion. Allí donde los diálogos tienden a explicar en exceso sus planteamientos, las imágenes abren un espacio para la interpretación.

 

La banda sonora de Michelle Birsky y Kevin Olken Henthorn constituye otro de los grandes aciertos de la producción. Su trabajo recupera la textura electrónica asociada al universo de Terminator, pero la adapta a una atmósfera más próxima al terror tecnológico y al ciberpunk. Los compositores no se limitan a imitar el sonido de las películas de James Cameron. Las texturas electrónicas y los ritmos machacones evocan la maquinaria de un sistema que avanza hacia un desenlace catastrófico, mientras que ciertos pasajes introducen una dimensión emocional que evita convertir toda la banda sonora en una sucesión de amenazas.

 

“Terminator Zero”, pese a su interesante propuesta, no consiguió cautivar a la suficiente audiencia y Netflix optó por cancelarla. Afortunadamente, los ocho episodios pueden verse como una historia autocontenida que admite continuación, pero también funciona como final ambiguo y agridulce.

 

El principal mérito de “Terminator Zero” consiste en comprender que la renovación de una franquicia no exige borrar su pasado, sino descubrir qué aspectos del mismo todavía permiten contar historias nuevas. Después de años de secuelas que regresaban una y otra vez a los mismos conflictos, la serie encuentra una vía de escape al desplazar el protagonismo hacia personajes distintos y conceder mayor espacio a cuestiones que el cine sólo había abordado de forma secundaria en el mejor de los casos.

 

Sin embargo, esa renovación es incompleta. El guion no siempre consigue desarrollar con suficiente rigor los interrogantes que plantea, y el tramo final acusa una pérdida de precisión narrativa que debilita parte de lo construido durante los primeros episodios. Pese a estas limitaciones, “Terminator Zero” ofrece una de las aproximaciones más estimulantes a la franquicia desde “Terminator 2”.

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario