Pocas franquicias cinematográficas de los años 80 han tenido tantos problemas para asumir su decadencia y cerrar una etapa como “Terminator”. Hollywood parece incapaz de dejar descansar una saga que nació con una película de terror y ciencia ficción de bajo presupuesto y alcanzó su consagración con una ambiciosa secuela que consolidó su éxito y amplió las posibilidades de su universo narrativo. Desde entonces, cada cierto tiempo reaparece la promesa de una nueva entrega que recuperará el espíritu de las originales y devolverá a la serie su antigua relevancia. Sin embargo, buena parte de estas tentativas ha terminado en decepción para la crítica y una parte considerable del público.
El problema
no reside tanto en la falta de posibilidades del universo c
reado por James
Cameron como en la dificultad de los creativos para imaginar qué hacer con él
una vez agotada la historia de Sarah y John Connor y su guerra contra Skynet.
Las dos primeras películas establecieron un conflicto que sedujo a millones de
espectadores: una inteligencia artificial creada por los seres humanos se
vuelve contra sus creadores, mientras una lucha por alterar el curso de la
historia enfrenta a máquinas y personas en una carrera contra el tiempo. “Terminator”
(1984) planteaba una pesadilla tecnológica con la estructura de un relato de
persecución; “Terminator 2: El Juicio Final” (1991) retomaba ese planteamiento
para convertirlo en una historia sobre la responsabilidad y la posibilidad de
cambiar el futuro. La relación entre John Connor y el Terminator reprogramado
aportaba, además, una dimensión emocional que enriquecía el conflicto central.
Las entregas
posteriores han tenido dificultades para superar esa cima. La franquicia ha
insistido machaconamente en regresar a los mismos personajes, paradojas
t
emporales y variaciones de robots asesinos, como si la mera repetición de esos
elementos bastara para recuperar la fuerza de las películas originales. El
resultado ha sido una sucesión de reinicios y continuaciones que han terminado
por debilitar la identidad de la saga y cansar al público. En lugar de ampliar
sus posibilidades, cada nueva película parecía obligada a demostrar que todavía
podía contar la misma historia maquillándola superficialmente para adaptarse a
los nuevos tiempos.
“Terminator:Destino Oscuro” (2019) fue un ejemplo de manual de este agotamiento. La película prescindía de John Connor y de Skynet como ejes del conflicto sólo para sustituirlos por personajes y amenazas que reproducían, con nuevos nombres, roles narrativos casi idénticos. El relevo generacional prometía abrir una etapa distinta pero la estructura de fondo y las dinámicas apenas experimentaban evolución alguna. La operación dejaba al descubierto una contradicción que afecta a muchas franquicias contemporáneas: la voluntad de renovar una propiedad intelectual convive con el temor a alejarse de aquello que el público ya reconoce. Se modifican las piezas, pero se conserva el mecanismo.
En este
sentido, la trayectoria de Terminator recuerda a la de Alien, otra gran saga multimedia
de ciencia ficción y terror surgida a finales de los años 70. Ambas alcanzaron
una cumbre temprana con sus dos primeras películas para, inmediatamente
después, caer en etapas irregulares. Con esta comparación no pretendo decir que
ambas franquicias hayan seguido caminos idénticos ni que carezcan de obras de
interés. El problema que ambas comparten es que los productores nunca han
tenido claro hasta qué punto pueden innovar sin que se les acuse de haber
desnaturalizado por completo la esencia de las primeras películas, así que,
optando por una política de reducción de riesgos, han seguido combinando los
mismos clichés cada vez más ajados.
¿Por qué no dar un respiro a estos gigantes mediáticos y esperar una gran idea en lugar de saturar el mercado con entregas mediocres? La respuesta es simple: el motor económico no puede pararse. Estas propiedades intelectuales son auténticas minas de oro que generan ingresos continuos mediante ropa, figuras y todo tipo de coleccionables. Para seguir vivas en la mente del público y conectar con las nuevas generaciones, no pueden permitirse el lujo de apagarse y entrar en un letargo a la espera de tiempos mejores; necesitan estar siempre presentes en el escaparate del entretenimiento con nuevos lanzamientos.
Y entonces,
cuarenta años después del estreno de la primera película de la saga, lle
gada por
sorpresa “Terminator Zero” a Netflix, una miniserie compuesta por ocho
episodios en su primera –y única- temporada, que traslada la franquicia al
formato del anime, abriendo una vía que las últimas películas apenas habían
explorado: conservar los fundamentos del universo original sin quedar atada a
la obligación de repetir su argumento.
El cerebro tras “Terminator Zero” es el de Mattson Tomlin, quien ya había desarrollado una trayectoria como guionista y director centrada en la ciencia ficción, los futuros distópicos y los personajes enfrentados a situaciones extremas en películas como “Proyecto Power” (2020), “Pequeño Pez” (2020) y “Madre/Androide” (2021). También escribió comics como la miniserie “Batman: El Impostor” (2021) o “Vicious Circle” (2022–2024), este último también de CF con elementos de thriller y viajes temporales.
Ese bagaje fue
el que le mereció la atención de Netflix, Skydance Television y el estudio
japonés Production I.G, que habían decidido colaborar en una iniciativa para
explorar el universo de Terminator desde un formato que la franquicia no había
abordado hasta entonces: una serie de anime. La idea se anunció en febrero de
2021, incorporándose Tomlin después de que las tres compañías hubieran
establecido las bases de la producción. Según explicó el guionista, recibió la
llamada de Netflix mientras trabajaba en la mencionada “Madre/Androide”, una
película sobre una pareja que intenta sobrevivir en un mundo asolado por una
rebelión de máquinas.
Y este aspecto es importante. El proyecto no nació de una historia personal que Tomlin hubiera intentado vender durante años, sino de una decisión corporativa que buscaba combinar una franquicia cinematográfica estadounidense con la experiencia de uno de los grandes estudios japoneses de animación. Su cometido, por tanto, consistía en encontrar una historia que justificara esa colaboración. La propuesta tenía una particularidad irrenunciable: no apoyarse en las películas anteriores, sino utilizar su universo para desarrollar una historia nueva. Además, estando involucrado Production I.G., la intención era producir un anime en sentido estricto, con un equipo creativo y de animación radicado en Japón, no una producción occidental que imitara la estética del anime.
¿Y por qué convertir
Terminator en un anime? Para empezar, la animación japonesa ofrecía una vía
para alejarse de los grandes espectáculos de acción real que habían
caracterizado las entregas más recientes de la franquicia y explorar otras
posibilidades visuales y narrativas. Que el estudio implicado fuera Production
I.G, responsable de obras seminales como “Ghost in the Shell”, también
conectaba el proyecto con una tradición de ciencia ficción animada centrada en
la inteligencia artificial y la identidad en un mundo compartido por humanos y
máquinas.
Otra condición
inicial impuesta era que la historia incluyera algún elemento japonés. Tomlin
podría haber introducido un personaje de esa nacionalidad en una trama
convencional ambientada en Estados Unidos, pero consideró que esa solución
desaprovecharía la participación de Production I.G, así que propuso trasladar la
acción a Japón, concretamente a Tokio, en 1997, el año en que Skynet adquiere
conciencia propia según la cronología de “Terminator 2: El Juicio Final”. De
esta forma, la serie podría adoptar una perspectiva geográfica y cultural
distinta, sin renunciar a los acontecimientos fundamentales de las dos primeras
películas. La decisión también tuvo consecuencias prácticas. Por ejemplo, la escasa
disponibilidad y uso de armas de fuego en Japón obligaron al equipo a
replantear algunas escenas de acción y el tipo de armamento utilizado por los
personajes.
Tomlin
tenía, además, una referencia personal importante en lo referente al anime: “The
Animatrix” (2003), la antología de cortometrajes vinculada a Matrix. El guionista
explicó que la descubrió cuando tenía doce años y que aquella experiencia le
permitió acercarse a distintos directores y formas de entender la animación
japonesa. Con “Terminator Zero” quería recuperar algo de aquella impresión
inicial: la sensación de que una franquicia muy conocida en Occidente podía
abrirse a perspectivas que el cine convencional no había explorado todavía.
Una vez al
frente del proyecto, Tomlin decidió recuperar un componente que, a su juicio,
había perdido protagonismo en buena parte de la evolución comercial de
Terminator: el terror. Su punto de partida fue la película original de 1984. En
ella, el T-800 no es un héroe de acción, sino una máquina de matar que persigue
a Sarah Connor con la implacabilidad de un asesino de una película de terror.
Tomlin imaginó una trayectoria alternativa para la saga: una serie de películas
que hubieran mantenido esa dimensión de horror, más próxima a “Halloween”
(1978) o “Viernes 13” (1980), en lugar de derivar hacia el espectáculo de
acción de gran presupuesto. Bajo su supervisión, el director Masashi Kudō trabajó
para recuperar la violencia y sensación de amenaza de la primera película, pudiendo
ahora representar con la animación el cuerpo mecánico del Terminator y su
brutalidad sin las limitaciones del rodaje con actores.
La serie
(estrenada en Netflix el 29 de agosto de 2024, una fecha escogida por su
relación con el Día del Juicio de la cronología de la saga: el 29 de agosto de
1997) se desarrolla en dos líneas temporales. En el futuro, la humanidad
continúa perdiendo la guerra contra las máquinas. Desde que Skynet adquirió
consciencia, ha extendido su dominio sobre el planeta y creado los Terminators,
organismos cibernéticos diseñados para eliminar a los últimos supervivientes
humanos. La resistencia lucha por evitar su extinción, aunque sus posibilidades
de victoria parecen cada vez más reducidas.
Una de sus
combatientes, Eiko, se enfrenta a un Terminator que la persigue y, durante el
combate, logra acceder a la memoria de la máquina y extraer información que
entrega al misterioso dirigente de la resistencia. Los datos revelan que Skynet
prepara una operación destinada a acabar con cualquier oposición y en la que
recurrirá al viaje en el tiempo, una tecnología que le permitirá intervenir en
el pasado y modificar el curso de los acontecimientos. La resistencia decide
enviar a Eiko a 1997, a la capital japonesa, con la misión de localizar al
científico Malcolm Lee y evitar que sus investigaciones desemboquen en el
alzamiento de Skynet. Por tanto, su objetivo no consiste en proteger a los
Connor, ausentes de esta nueva historia, sino en impedir que una inteligencia
artificial distinta entre en funcionamiento. La intervención de Eiko
desencadena una persecución en la que deberá enfrentarse a una máquina que no
se detendrá ante nada para cumplir su cometido.
Malcolm Lee
es un científico brillante que vive en Tokio con sus tres hijos: Kenta, Hiro y
Reika. Viudo y absorbido por su trabajo, apenas les dedica tiempo, atormentado
como está por una inquietante visión del futuro que le persigue en sus sueños
anunciando el Día del Juicio Final. Convencido de que la humanidad aún puede
escapar a ese destino, trabaja en la creación de Kokoro una inteligencia
artificial que pueda detener a Skynet antes de que desencadene el apocalipsis
nuclear. Sin embargo, su proyecto se topa con un problema que el científico no
había previsto.
Para que
Kokoro pueda evaluar la situación por sí misma y tomar una decisión, Malcolm la
conecta a internet y le permite acceder a una enorme cantidad de información
sobre la historia humana. El conocimiento que adquiere la IA la lleva a cuestionar
la legitimidad de su misión. No comparte la confianza de su creador en la
humanidad porque, al examinar la historia de nuestra especie, encuentra motivos
sobrados para desconfiar de ella y empieza a preguntarse si merece ser salvada.
La capacidad de los humanos para destruir al mundo y a sí mismos ponen en duda
la idea de que nuestra supervivencia constituya, en sí misma, un objetivo
deseable. Desde la nueva perspectiva de Kokoro, la decisión de Skynet de
exterminar a los seres humanos podría no ser tan irracional como Malcolm
sostiene.
La dinámica
entre el científico y su “criatura” aporta una dimensión filosófica que
distingue a “Terminator Zero” de otras entregas de la franquicia. Mientras la
amenaza de Skynet se manifiesta a través de la persecución y el enfrentamiento
físico, el destino de la humanidad depende también de un diálogo entre el
hombre y la máquina. Malcolm debe convencer a Kokoro de que los seres humanos
conservan la capacidad de cambiar y de que sus errores no justifican su
desaparición. La cuestión ya no consiste solo en impedir que una máquina
destruya a la humanidad, sino en determinar si otra inteligencia artificial
puede encontrar razones para protegerla.
La presencia
de Kokoro introduce una nueva variable en la guerra temporal. Skynet deja de
ser la única inteligencia artificial capaz de influir en el futuro. Si la
creación de Malcolm llegase a funcionar, podría convertirse en una amenaza para
el dominio de las máquinas. Por ese motivo, Skynet envía al pasado a un
Terminator modelo T-800, cuya misión consiste en impedir que el científico
active su proyecto y éste pueda intervenir en los acontecimientos. Así, el
androide empieza a buscar a Malcolm para asesinarlo. Pero Eiko, como he dicho,
también ha viajado a 1997 y sus caminos se cruzan en una carrera contrarreloj.
Malcolm y
sus hijos quedan atrapados en medio de esta confrontación. Y es que el
Terminator, para acceder al científico, encerrado en sus instalaciones, utiliza
a los hijos de éste para obligarlo a salir. La protección de los menores recae
en Eiko y en Misaki, la niñera que se ocupa de ellos y que mantiene una
peculiar relación con Malcolm que forma parte de los misterios de la serie. Su
vínculo con la familia Lee va más allá de las funciones habituales de una
cuidadora y, a medida que avanza la historia, se produce una revelación que
explica aspectos de la trama que, en un primer momento, parecen difíciles de
conciliar.
Uno de los
interrogantes iniciales surge de la propia ambientación. La historia transcurre
en un Tokio de 1997 reconocible por sus televisores de tubo catódico y una
tecnología cotidiana propia de aquella década. Pero en ese mismo entorno
existen sistemas de inteligencia artificial y robots capaces de realizar tareas
complejas, entre ellos los 1NNO, empleados en distintas actividades comerciales
y domésticas. La aparente contradicción entre ese desarrollo robótico y el
resto de la tecnología de la época forma parte de los enigmas que la serie va
aclarando conforme avanza la narración.
El enfrentamiento entre Eiko y el Terminator se intensifica a medida que ambos se acercan a Malcolm. Sus esfuerzos por detenerse mutuamente se entrelazan con la rápida evolución de Kokoro, cuyo juicio sobre la humanidad puede resultar tan decisivo como un combate físico.
La idea de
que los verdaderos monstruos son los seres humanos dista mucho de ser novedosa
en la CF, pero adquiere un significado especial en “Terminator Zero” por el
diálogo que establece con “Terminator 2”. La película de James Cameron proponía
una visión relativamente esperanzadora de la humanidad. Su expresión más
evidente era el T-800 interpretado por Arnold Schwarzenegger, una máquina asesina
que aprendía a proteger la vida a través de su relación con John Connor. El
personaje terminaba demostrando que la conducta no tenía por qué quedar
determinada por la naturaleza original de la criatura e incluso una máquina
diseñada para matar podía llegar a comprender el valor de la existencia humana.
La serie de
Tomlin cuestiona esa confianza. Aquí, la humanidad aparece como una especie que
parece incapaz de sofocar sus impulsos destructivos y que ha desarrollado la
tecnología necesaria para convertirlos en una amenaza global. La inteligencia
artificial no inventa esa violencia, sino que aprende de sus creadores. Si las
máquinas terminan considerando que la humanidad representa un peligro para la
vida, cabe preguntarse hasta qué punto su conclusión es una aberración o,
simplemente, es una prolongación de los comportamientos que han observado.
El
planteamiento, por tanto, invierte parte del optimismo de “Terminator 2”,
aunque no lo contradice por completo. Si el T-800 podía aprender a comportarse
de manera humana, Kokoro debe decidir si merece la pena proteger a una especie
que ha demostrado una extraordinaria capacidad para destruirse a sí misma. La
cuestión deja de ser si las máquinas pueden adquirir cualidades humanas y pasa
a ser si esas cualidades justifican la supervivencia de sus creadores. Y es en
las conversaciones entre Malcolm Lee y Kokoro donde la serie desarrolla más
extensamente esta premisa. Malcolm ha creado una IA que podría ofrecer una
alternativa a Skynet justo en el mismo día del apocalipsis. Su proyecto, sin
embargo, no pretende ser un arma capaz de combatir otra arma, sino que quiere
convencer a Kokoro de que la humanidad merece ser salvada, una tarea que lo
obliga a encontrar argumentos con los que defender su tesis ante la indecisa IA,
que no acepta sin más la interpretación de su creador. Kokoro no es una mera
herramienta a la espera de instrucciones, sino una entidad que debe decidir qué
hacer con la libertad que le proporciona su propia consciencia. La relación
entre ambos, creador y criatura, adquiere así una dimensión filosófica que
distingue a la serie de buena parte de las entregas cinematográficas de la
franquicia.
En las
películas, la inteligencia artificial había aparecido, sobre todo, como una
amenaza militar cuya lógica de exterminio ponía en marcha la acción. “Terminator
Zero” dedica más tiempo a examinar qué ocurre cuando una de esas inteligencias
debe justificar sus decisiones. El diálogo entre Malcolm y Kokoro aborda el
libre albedrío y la posibilidad de que una mente artificial desarrolle
principios morales que no coincidan con los de sus creadores. También plantea
una cuestión incómoda: si una inteligencia artificial es capaz de reconocer las
contradicciones de la conducta humana, ¿por qué habría de aceptar los valores
de una especie que no siempre los respeta? Estas conversaciones constituyen una
de las aportaciones más interesantes de la serie porque desplazan el conflicto
hacia un terreno en el que la fuerza física no ofrece una respuesta suficiente.
Malcolm ha creado a Kokoro, pero no puede controlar sus decisiones. La
inteligencia artificial debe decidir por sí misma si acepta los argumentos de
su creador, y esa independencia introduce una incertidumbre que ninguna
programación parece capaz de eliminar.
La serie, por tanto, encuentra aquí una forma de ampliar la mitología de Terminator sin limitarse a repetir sus enfrentamientos. El problema ya no consiste únicamente en impedir que una inteligencia artificial destruya a la humanidad, sino en averiguar qué clase de relación podría establecerse entre ambas especies si la primera adquiriese la capacidad de decidir su propio destino.
La
estructura narrativa también se beneficia de la introducción de personajes
ajenos a la familia Connor. La familia Lee ocupa el centro de una historia que
concede espacio a los vínculos familiares, sin olvidar que todos ellos están
amenazados por una catástrofe apocalíptica. La relación entre Malcolm y sus
hijos aporta una dimensión cotidiana. El científico no es solo el responsable
de un proyecto tecnológico decisivo, sino también un padre que debe asumir las
consecuencias de sus decisiones en el ámbito privado. Su desconfianza hacia
ciertas tecnologías domésticas, que en otro contexto podría parecer una
reacción exagerada, cobra sentido cuando se comprende hasta qué punto teme la
expansión de las máquinas en la vida cotidiana. Un robot diseñado para ayudar a
las personas, como el “gato” que compra Misaki para la hija pequeña de Lee,
puede parecer inofensivo, pero también representa una muestra de cómo la
sociedad empieza a delegar tareas humanas en sistemas cuya evolución quizá no
pueda controlar.
La serie
introduce así una inquietud clásica en el género: la amenaza no comienza cuando
las máquinas se rebelan, sino cuando su presencia se vuelve tan habitual que
dejamos de preguntarnos qué implica depender de ellas. En el universo de “Terminator
Zero”, los robots ya forman parte de la vida ordinaria y realizan trabajos que
van desde reponer productos en las tiendas hasta asistir a ancianos. Skynet no
surge en un mundo que desconoce la automatización, sino en una sociedad que ha
normalizado la incorporación de la tecnología a casi cualquier actividad.
Esta
aproximación permite relacionar la historia con debates actuales sobre la
inteligencia artificial, aunque conviene no confundir la ficción con una
predicción directa. El interés del planteamiento reside en examinar las consecuencias
de una sociedad que confía cada vez más en sistemas automatizados sin resolver
antes las cuestiones éticas que plantea su uso. La serie, como suele hacer la
CF, exagera ese proceso hasta convertirlo en una amenaza apocalíptica, pero el
temor que hay tras él resulta reconocible.
También es
relevante la relación entre Misaki y Kokoro. La primera, una ginoide que forma
parte del entorno familiar de Malcolm, y la segunda, la IA que debe decidir el
futuro de la humanidad, permiten explorar distintas formas de existencia
artificial. Sus posiciones no son idénticas, pero ambas cuestionan la facilidad
con la que los seres humanos establecen una frontera entre lo que consideran
vivo y aquello que reducen a la categoría de objeto. La estructura familiar
adquiere, por tanto, una función que va más allá de ofrecer un contrapunto
emocional a las escenas de acción. Los vínculos entre humanos y máquinas
permiten observar cómo se construye la identidad a través de la convivencia, el
cuidado y la responsabilidad. La serie no siempre desarrolla estas relaciones
con la profundidad necesaria, pero encuentra en ellas una vía para apartarse de
la mecánica tradicional de la franquicia.
Eiko
introduce otra dimensión del conflicto. Su misión está condicionada por el conocimiento
de un futuro que todavía no se ha producido, lo que convierte sus acciones en
una lucha contra acontecimientos que quizá no puedan evitarse por los medios
que conoce. Su relación con el pasado también permite recuperar uno de los
temas fundamentales de la saga: la tensión entre el destino y la libertad
individual. La frase de la lideresa de la resistencia dirigida a Eiko (“Nadie
sabe qué ocurrirá, hija. Ese es precisamente el sentido. El destino no existe”)
resume buena parte de la apuesta conceptual de la serie. Si el futuro permanece
abierto, la lucha contra las máquinas no tiene por qué repetir de forma
inevitable los acontecimientos que condujeron a la guerra. Pero esa
incertidumbre también impide garantizar que las decisiones tomadas en el
presente conduzcan a un resultado mejor.
El desenlace
de la primera temporada se apoya en esta idea para modificar el horizonte de la
franquicia. La guerra entre humanos y máquinas deja de presentarse como un
enfrentamiento cuyo único desenlace posible es la aniquilación de uno de los
bandos. La posibilidad de coexistencia entra en el terreno de lo imaginable,
aunque la serie no ofrezca garantías de que esa alternativa vaya a imponerse.
El cambio es importante porque abre un espacio narrativo que las secuelas
cinematográficas habían explorado con escasa convicción.
Ahora bien,
pese al interés de sus planteamientos, Terminator Zero no siempre está a la
altura de sus propias ambiciones. Mattson Tomlin parece confiar demasiado en la
profundidad de unas ideas que, en ocasiones, apenas superan reflexiones
elementales sobre la naturaleza humana. Algunos diálogos adoptan un tono
solemne que pretende transmitir una revelación trascendente, aunque sus
conclusiones resulten harto familiares para cualquiera que conozca la tradición
de la ciencia ficción filosófica.
El problema
no consiste en abordar temas que otros autores han tratado antes. La
originalidad no exige descubrir cuestiones que nadie haya planteado, sino
encontrar una perspectiva que permita comprenderlas de otro modo. La posibilidad
de que las máquinas juzguen a sus creadores, la responsabilidad humana en su
propia destrucción o la dificultad de definir la consciencia son asuntos que
llevan décadas presentes en la literatura y el cine del género. La serie
necesitaba convertir esas cuestiones en conflictos dramáticos capaces de poner
a prueba a sus personajes, en lugar de confiar en que su mera formulación
bastara para dotar de profundidad a la historia.
Las
conversaciones entre Malcolm y Kokoro ilustran tanto el potencial como las
limitaciones de la propuesta. Su contenido resulta interesante, pero la
insistencia con la que el guion verbaliza sus interrogantes reduce el margen
para que el espectador extraiga sus propias conclusiones. En lugar de dejar que
las contradicciones de los personajes revelen la complejidad del problema, la
serie tiende a explicar qué significa cada conflicto y por qué debería
considerarse importante. Esta falta de sutileza recuerda a la lógica de los
propios Terminators. El guion avanza hacia sus conclusiones sin detenerse a
examinar los matices que podrían enriquecerlas. Las ideas se presentan con una
seguridad que no siempre se corresponde con el desarrollo dramático que las
sostiene. El resultado es una obra que desea cuestionar los fundamentos morales
de la franquicia, pero que confunde la solemnidad con la profundidad.
Este
problema se hace más evidente en los últimos episodios. Algunas decisiones de
los personajes llegan con demasiada rapidez y no siempre parecen surgir de lo
que la narración ha mostrado hasta ese momento; el ritmo se resiente cuando las
circunstancias exigen que los protagonistas alcancen conclusiones decisivas sin
que el guion haya dedicado suficiente tiempo a desarrollar el razonamiento que
las hace posibles. Lo que al principio parecía una exploración pausada de las
consecuencias de la inteligencia artificial acaba cediendo terreno a las
exigencias de un desenlace que necesita resolver varios conflictos a la vez.
La gestión
de los viajes temporales plantea problemas similares. Las reglas que gobiernan
los desplazamientos entre épocas no siempre quedan suficientemente claras, y
algunas de sus consecuencias parecen quedar sin resolver. Estas ambigüedades
podrían adquirir un significado distinto si una segunda temporada retomase las
cuestiones pendientes, pero también evidencian que la serie no ha terminado de
definir con precisión todos los mecanismos de su universo.
La paradoja
es que “Terminator Zero” resulta más convincente cuando permite que sus ideas
se expresen a través de situaciones concretas que cuando intenta formularlas
como tesis. La vulnerabilidad de una familia ante una amenaza mecánica, la
desconfianza de Malcolm hacia la tecnología que él mismo desarrolla o la
autonomía que reclama Kokoro contienen más fuerza dramática que algunos de los
diálogos destinados a explicar sus implicaciones. En fin, que la serie ofrece
ideas que merecen atención, pero no siempre encuentra la forma más eficaz de
desarrollarlas.
Donde la
producción sí encuentra una personalidad más definida es en su apartado
audiovisual. La animación de Production I.G. proporciona a la historia una
identidad que la distingue de las entregas cinematográficas anteriores, sin
renunciar a la iconografía que ha convertido a Terminator en una referencia
reconocible de la ciencia ficción popular.
El diseño
visual se inscribe en una estética anime que combina personajes de rasgos
estilizados con entornos urbanos dominados por la tecnología. Aunque algunas
decisiones recuerdan a la uniformidad visual de otras producciones animadas
distribuidas por Netflix, el uso de la iluminación y el color contribuye a
establecer una atmósfera propia. Los neones y los espacios artificiales evocan
el imaginario ciberpunk, una afinidad que encaja con una historia interesada en
la relación entre el ser humano y sus creaciones tecnológicas.
La serie también
aprovecha la libertad que concede la animación para abordar situaciones que
resultarían mucha más complejas de representar mediante una puesta en escena
convencional. Esto se aprecia en las conversaciones entre Malcolm y Kokoro.
Ambos personajes se encuentran en un espacio virtual de apariencia esférica,
cuya naturaleza abstracta permite que el escenario se transforme en una
representación visual de los problemas que discuten. En esas secuencias, la
serie se aleja del realismo para construir imágenes que expresan el carácter
especulativo de la historia. El espacio deja de ser un lugar físico reconocible
y se convierte en una extensión de la inteligencia artificial con la que Malcolm
intenta comunicarse. Esto permite que las ideas adquieran una dimensión visual
sin necesidad de reducirlas a un intercambio de palabras, compensando hasta
cierto punto las apuntadas debilidades del guion. Allí donde los diálogos
tienden a explicar en exceso sus planteamientos, las imágenes abren un espacio
para la interpretación.
La banda
sonora de Michelle Birsky y Kevin Olken Henthorn constituye otro de los grandes
aciertos de la producción. Su trabajo recupera la textura electrónica asociada
al universo de Terminator, pero la adapta a una atmósfera más próxima al terror
tecnológico y al ciberpunk. Los compositores no se limitan a imitar el sonido
de las películas de James Cameron. Las texturas electrónicas y los ritmos
machacones evocan la maquinaria de un sistema que avanza hacia un desenlace
catastrófico, mientras que ciertos pasajes introducen una dimensión emocional
que evita convertir toda la banda sonora en una sucesión de amenazas.
“Terminator
Zero”, pese a su interesante propuesta, no consiguió cautivar a la suficiente
audiencia y Netflix optó por cancelarla. Afortunadamente, los ocho episodios
pueden verse como una historia autocontenida que admite continuación, pero
también funciona como final ambiguo y agridulce.
El principal
mérito de “Terminator Zero” consiste en comprender que la renovación de una
franquicia no exige borrar su pasado, sino descubrir qué aspectos del mismo todavía
permiten contar historias nuevas. Después de años de secuelas que regresaban
una y otra vez a los mismos conflictos, la serie encuentra una vía de escape al
desplazar el protagonismo hacia personajes distintos y conceder mayor espacio a
cuestiones que el cine sólo había abordado de forma secundaria en el mejor de
los casos.
Sin embargo, esa renovación es incompleta. El guion no siempre consigue desarrollar con suficiente rigor los interrogantes que plantea, y el tramo final acusa una pérdida de precisión narrativa que debilita parte de lo construido durante los primeros episodios. Pese a estas limitaciones, “Terminator Zero” ofrece una de las aproximaciones más estimulantes a la franquicia desde “Terminator 2”.

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