Si podemos calificar como ciencia ficción a la película “The Maze” (que no se estrenó en español, aunque hoy puede verse íntegra en Youtube) es sólo por un estrecho margen gracias a su revelación final. Sin embargo, más allá de su atmósfera de terror gótico y aunque no adapta ningún relato de H.P.Lovecraft, la película sí participa de una sensibilidad cercana a la de este último: la sospecha de que tras las apariencias del mundo cotidiano se oculta una realidad ajena a la comprensión humana, ligada a secretos ancestrales y formas de existencia que desafían las fronteras entre lo natural y lo monstruoso.
Lo que
nos ofrece “The Maze” es una historia de misterio al más puro estilo clásico.
La trama sigue a la joven británica Kitty Murray (Veronica Hurst), quien está celebrando
su compromiso en Cannes con el encantador Gerald MacTeam (Richard Carlson), un
estadounidense de origen escocés. Dos semanas antes de la boda, Gerald es
llamado al castillo Craven, hogar ancestral de su familia, en Escocia, donde
deberá asumir el título de baronet tras el fallecimiento de su tío. Durante su
estancia allí, Gerald rompe su compromiso con Kitty por carta, sin dar ninguna
explicación y diciéndole que no volverán a verse nunca más. Pero Kitty no se
rinde tan fácilmente: hace las maletas y, acompañada por su tía Edith
(Katherine Emery), una mujer severa pero cariñosa, parte hacia los brumosos
páramos de Escocia para llegar al fondo del misterio.
Al
llegar a la antigua residencia de los MacTeam, se encuentran con un Gerald muy
cambiado: tiene el cabello blanco, se muestra distante y serio, y les exige que
se marchen sin hacer preguntas, aunque al final, de mala gana, accede a
dejarles pasar la noche. Un mal extraño parece cernirse sobre el inquietante
castillo, y sus habitantes claramente ocultan un oscuro secreto. Por la noche,
las puertas de los dormitorios son cerradas con llave desde fuera y alguien o
algo sale de una habitación en el ático. A altas horas de la noche, Kitty y
Edith escuchan pasos extraños en los pasillos y ven a Gerald y a sus sirvientes
conduciendo a una criatura, a la que ocultan bajo sábanas, hacia el misterioso
laberinto situado en el exterior, un lugar al que los invitados tienen
prohibido el acceso.
Con la
excusa de que Edith ha cogido un resfriado, ambas posponen su partida y,
mientras tanto, Kitty aprovecha para contactar en secreto con algunos de los
antiguos amigos de Gerald para que viajen a Escocia y lo visiten, en la
esperanza de que el reencuentro con sus conocidos le ayude a relajarse y ella
pueda así tener más opciones de desvelar el enigma que pesa sobre su amado.
Allied
Artists, fue, en esencia, una nueva denominación para el antiguo estudio de “Poverty
Row” (término despectivo para referirse al conjunto de estudios
cinematográficos independientes y de bajo presupuesto) llamado Monogram. La
iniciativa partió del productor Walter Mirisch, quien consideraba que, con la
llegada de la televisión, la era de las películas de bajísimo presupuesto y rodadas
en una semana o menos había llegado a su fin. El público ya podía ver en casa
los decorados de cartón piedra de “Capitán Video” y otras producciones
televisivas, por lo que, al acudir al cine, esperaba obtener un mayor valor por
su dinero.
El
presupuesto medio de una película de Monogram rondaba los 50.000 dólares,
mientras que el de una cinta de Hollywood de la época era de 800.000 (equivalentes
a unos 10 millones actuales). Bajo el sello de Allied Artists, el estudio
comenzó a producir tanto películas de mayor envergadura, cercanas al millón de
dólares, como lo que Mirisch denominaba filmes de categoría “B+”; “The Maze” es
un ejemplo de esta última. Aunque no he logrado encontrar cifras exactas sobre
su coste, a juzgar por su aspecto y plan de rodaje, cabe suponer que se situó
entre los 150.000 y 300 000 dólares. Pese a la impresión que hoy nos pueda dar,
en su época no parecía una producción barata. Cuenta con una buena fotografía
en miniatura del laberinto, e incluso el traje de la criatura que aparece al
final no resulta ridículo tanto por su ejecución o calidad como por el concepto
que hay detrás. Desde el punto de vista del diseño y la factura técnica, es una
de las cintas de los 50 más destacables a la hora de mezclar CF y Terror.
En
buena medida ese mérito hay que atribuírselo a William Ca
meron Menzies, tal vez el diseñador de producción más
aclamado de la historia del cine; de hecho, esa categoría fue creada
específicamente para él, ya que el término tradicional “director artístico” se
le quedaba corto. Menzies no se limitaba a crear decorados, sino que diseñaba
la película en su totalidad, creando escenarios pensados para ángulos y
movimientos de cámara muy concretos, y proporcionando instrucciones precisas
sobre la iluminación y la puesta en escena. En muchas ocasiones, el director no
tenía más remedio que seguir sus indicaciones, dado que sus decorados no
permitían otras alternativas de rodaje.
Est
e
enfoque integral del diseño le llevó también, de manera natural, a ejercer como
ayudante de dirección. Su trabajo más célebre como tal fue la dirección de la
secuencia del incendio de Atlanta en “Lo Que El Viento Se Llevó” (1939).
Asimismo, dirigió cerca de dos docenas de largometrajes por cuenta propia. Sin
embargo, como director, Menzies nunca logró igualar el éxito que alcanzó como
diseñador de producción. Sus títulos más conocidos son “La Vida Futura” (1936),
una epopeya de ciencia ficción costosa e imaginativa, aunque algo fría y con un
tono excesivamente didáctico, adaptada por H.G. Wells a partir de su propia
novela; y el clásico juvenil de corte maravillosamente surrealista “Invasores de Marte” (1953).
Menzies
realizó además otras tres películas de ciencia ficción de menor envergadura,
tan interesantes como imperfectas: el filme de aventuras y terror “Chandú” (1932), protagonizado por Bela Lugosi; el thriller de invasiones soviéticas “La
Mano en la Sombra” (1951); y la que ahora nos ocupa, “The Maze”.
Originalmente y para aprovechar la efímera moda del cine en 3D que había comenzado el año anterior con “Bwana, Diablo de la Selva” (1952) y a la que se adscribieron, por ejemplo, “Los Crímenes del Museo de Cera” (1953) o “Vinieron del Espacio” (1953), Menzies había concebido “Invasores de Marte” para ser rodada en 3D, pero no logró conseguir una cámara adecuada. “The Maze”, estrenada ese mismo año, casi corrió la misma suerte. Y es que Mirisch tuvo dificultades para alquilar cámaras 3D a buen precio porque las empresas que las suministraban aprovecharon esa moda para exigir una parte de los beneficios. Tras escuchar las quejas de Mirisch al respecto, el asistente de cámara Maurice Davidson comentó: “No entiendo a qué viene tanto alboroto. Si quiere una de esas cámaras, puedo fabricarle una en un par de semanas”. Dicho y hecho: Davidson montó su propia cámara 3D y aparece acreditado en la película como “asesor técnico”.
En sus
memorias, Mirisch relata que el proyecto surgió cuando Allied Artists descubrió
que Monogram poseía los derechos de un libro titulado “The Maze”, escrito por
un tipo de lo más peculiar, el suizo Maurice Sandoz. Hombre tan culto como
excéntrico y nacido en el seno de una familia acomodada (propietaria de la
farmacéutica en la que se sintetizó por primera vez el LSD), comenzó una
carrera como químico que tuvo que abandonar debido a problemas de visión. A
partir de entonces, se volcó en su pasión por la composición y la escritura. Sus
novelas y relatos solían abordar fenómenos aparentemente sobrenaturales, al
estilo de la obra de Lovecraft, conexión sobre la que luego abundaré algo más.
Sin embargo, lo habitual era que un giro final en la trama revelara que todo
tenía una explicación “científica”, a menudo mucho más inverosímil que la
propia explicación sobrenatural (este es precisamente el caso de “The Maze”).
Sus
obras se publicaban en ediciones limitadas y exclusivas, frecuentement
e
ilustradas por destacados artistas surrealistas, como Salvador Dalí, quien realizó
las ilustraciones para “The Maze”, cuya historia guarda notables semejanzas con
la antigua leyenda escocesa del castillo de Glamis. A mediados del siglo XIX
comenzó a difundirse el rumor de que, en 1821, el primogénito del undécimo
conde de Strathmore, Thomas Bowes-Lyon, pese a los informes oficiales,
sobrevivió a su muerte a las pocas horas de nacer. La “realidad” era que vino
al mundo con severas deformidades físicas: un cuerpo macizo, torso enorme y
extremidades encogidas. De ahí el sobrenombre que se le impuso, “El Monstruo de
Glamis”.
La leyenda sostiene que la criatura fue encerrada en una habitación secreta emparedada dentro de la torre central del castillo, donde vivió oculta durante décadas. Se decía que la existencia del Monstruo (y la ubicación exacta de la habitación) era un estricto secreto de familia que solo se transmitía al Conde y a su heredero directo al cumplir los 21 años de edad, junto con el administrador del castillo. Cuentan las crónicas victorianas que los herederos, antes de conocer el secreto, eran jóvenes alegres, pero que después se convertían en hombres sombríos y taciturnos para el resto de sus vidas. Es muy probable que Sandoz conociera dicha leyenda, dado su interés por las historias de terror clásicas y la narrativa al estilo de Lovecraft.
El
guionista Daniel B. Ullman conservó el aire gótico de la novela y Menzies
dirigió su libreto utilizando el blanco y negro, lo que lo acerca más al estilo
de un filme de terror de los años 30 que de una cinta de ciencia ficción de los
50. Ullman también mantuvo la narración en primera
persona de Edith Murray,
quien ofrece una extensa introducción dirigiéndose directamente a la cámara, al
estilo de una presentadora de televisión, lo que establece de inmediato el tono
del filme como una historia clásica de fantasmas. La actriz Katherine Emery
realiza un excelente trabajo, aportando una gran dosis de humanidad al
personaje de la severa tía, además de añadir necesarios y bien integrados toques
de humor. Emery, cuya trayectoria se desarrolló principalmente en el teatro,
participó también en una docena de películas de serie B y hoy se la recuerda
sobre todo por su papel de “cadáver viviente” en “La Isla de los Muertos”
(1945), protagonizada por Boris Karloff.
El
suspense está construido con gran maestría gracias, en gran medida, al talento
de Menzies como diseñador de producción y a su habilidad para crear atmósfera
mediante la iluminación y el manejo de la cámara. Los decorados recuerdan a los
antiguos filmes de terror de la Universal, con un matiz añadido de surrealismo
expresionista, propiciado en parte por el rodaje en 3D. Se emplean numerosas
diagonales en los largos pasillos para generar una sensación de profundidad, y
la distancia entre el mobiliario y los objetos resulta, en ocasiones,
inusualmente amplia. Apenas existen planos convencionales de personajes
caminando de izquierda a derecha o viceversa; en su lugar, los actores se
desplazan siempre hacia la cámara o alejándose de ella. Aunque todo esto
responde a trucos técnicos propios del 3D, el efecto funciona igualmente bien
en 2D, ya que refuerza esa atmósfera surrealista. Asimismo, se utilizan ángulos
de cámara insólitos –por ejemplo, colocando las cabezas de los actores en la
parte inferior del encuadre, mientras una pared imponente domina la imagen-,
junto con otros recursos singulares que transmiten la sensación de que el mundo
representado está ligeramente desajustado.
Lo que
refuerza la sensación de estar ante una vieja película de terror es la ausencia
de efectos visuales, debido a que, en aquella época, se creía que estos no se
reproducían bien en 3D. Menzies fue un director que evitó caer en el recurso
efectista, habitual en la mayoría de las
películas en 3D de la época, de hacer
que los objetos “salieran” constantemente de la pantalla hacia el espectador.
En su lugar, utilizó los decorados para crear atmósfera y perspectiva. De
hecho, el único momento que recurre a un efecto 3D de este tipo es una escena
durante la fiesta de compromiso en la que una bailarina parece salir de la
pantalla, además de la aparición de un murciélago -claramente sujeto por un
hilo- que vuela hacia la cámara durante la exploración del castillo por parte
de las dos mujeres protagonistas.
Los
efectos especiales se limitan, casi exclusivamente, a la misteriosa criat
ura
que aparece al final, a la niebla y a unos murciélagos de goma. La criatura, de
hecho, está bastante bien lograda, sobre todo si se tiene en cuenta que debió
de ser una producción de bajo presupuesto y que se realizó con gran rapidez: de
su concepción al estreno pasaron sólo unos meses. ”The Maze” se estrenó a
finales de julio, mientras que la película anterior de Menzies, “Invasores de
Marte”, lo hizo en mayo.
El
princ
ipal problema del filme es su ritmo. Entre el momento en que Kitty y Edith
llegan al castillo y el desenlace, el guion se estanca. De hecho, el ritmo es
un aspecto problemático en casi todas las películas dirigidas por Menzies, pero
resulta especialmente evidente aquí. Los personajes carecen de la profundidad
necesaria como para que el espectador conecte con ellos, y el desarrollo de la
trama es insuficiente para sostener los 80 minutos de metraje. Haberla
recortado a la duración habitual de 60 minutos, propia de las películas de
serie B, le habría otorgado mayor cohesión sin sacrificar ningún elemento
importante.
Otro
problema es la revelación final, que para muchos espectadores modernos
resultará involuntariamente cómica. Un buen guion y el esfuerzo de los actores
por lograr el tono emocional adecuado para el desenlace compensan parcialmente
ese momento en el que el espectador ve agrietarse su suspensión de la
incredulidad. Aun así, esto no cambia el hecho de que, tras todo el suspense
cuidadosamente construido, resulta difícil tomarse en serio al gran misterio.
Por
otra parte, no puedo evitar pensar que Richard Carlson -actor de culto en el
cine de CF gracias a su participación en, por ejemplo, “Vinieron del Espacio”,
1953; “La Mujer y el Monstruo”,1954; “El Poder”, 1968; o “El Valle de Gwangi”,
1969- no era el intérprete adecuado para este papel. Carlson siempre brilló más
encarnando al hombre corriente, agradable e inteligente y carece de ese matiz
siniestro que exige el p
ersonaje. No es que su actuación sea mala, pero, al
pensar en lo que alguien como Boris Karloff, por ejemplo, habría podido aportar
al papel, la interpretación de Carlson resulta un tanto sosa.
En
cuanto a Veronica Hurst, actriz británica que contaba con 21 años, ofrece como
Kitty una interpretación correcta, aunque sin llegar a destacar. Cabe señalar
que se trata de una película inusual para su época al presentar a dos mujeres
en los roles heroicos, enfrentándose a un misterio prácticamente sin la ayuda
de n
ingún hombre. Ambas féminas demuestran ser ingeniosas, valientes e
inteligentes en su investigación del enigma; no aceptan un “no” por respuesta,
incluso después de haber sido reprendidas en varias ocasiones por MacTeam.
Hurst participó posteriormente en decenas de películas y series de televisión
sin llegar nunca a alcanzar el éxito y “The Maze” sigue siendo su trabajo más
recordado.
En la
actualidad, “The Maze” dista de ser una obra conocida. Su ambición de fusionar
el género
gótico de “casas encantadas”, la CF y el melodrama, no se materializa
correctamente y su revelación final la ha convertido, en cierto modo, en objeto
de burla. Como he dicho, no se trata tanto de la ejecución como del inverosímil
concepto. Sin embargo, al volver a verla sabiendo de antemano lo que va a
ocurrir, la historia puede calar más hondo; de hecho, es un relato bastante
triste y conmovedor, totalmente distinto a la mayoría de las películas de
terror o ciencia ficción de la época. En cuanto al tono, cabría establecer
ciertos paralelismos con algunas obras de M. Night Shyamalan.
Y,
además, está su conexión, que mencioné al principio, con el universo Lovecraft,
empezando por su planteamiento: el miedo nace menos de lo que se
conoce que de
la certeza de que existe algo que escapa a nuestra capacidad de comprenderlo.
En los relatos de Lovecraft, los protagonistas suelen iniciar sus
investigaciones convencidos de que podrán explicar los fenómenos extraños
mediante la Razón, la Historia o la Ciencia. Su búsqueda los conduce, en
cambio, hasta verdades que desbordan sus categorías mentales. En “The Maze”, el
castillo, la conducta de Gerald y el hermetismo de sus servidores cumplen una
función semejante. Cada elemento parece contener una explicación, pero las
respuestas se aplazan y el misterio adquiere una dimensión que trasciende el
simple enigma familiar.
Por otra parte, en las obras de Lovecraft, la arquitectura rara vez constituye un
mero decorado. Casas abandonadas, ciudades antiguas, templos subterráneos y
construcciones de “geometría imposible” actúan como vestigios materiales de una
realidad que precede a la humanidad o sobrevive al margen de ella. El espacio
contiene una historia que sus habitantes actuales apenas pueden interpretar. En
el caso que nos ocupa, ese papel lo desempeña el castillo escocés. Sus
habitaciones e inquietantes normas componen un universo cerrado, separado del
mundo moderno por algo más que la distancia geográfica.
En el
terror gótico tradicional, el pasado suele regresar para reclamar una deuda,
castigar una transgresión o revelar una culpa. En el horror cósmico de
Lovecraft, por el contrario, el pasado puede ser tan remoto que las nociones
humanas de culpa, justicia o castigo pierden todo sentido. Lo que permanece
oculto no tiene por qué responder a una voluntad maligna dirigida contra los
protagonistas. Puede existir al margen de ellos, indiferente a sus deseos y a
su supervivencia. “The Maze” no desarrolla por completo esta segunda concepción
del horror, pero su castillo parece dispuesto a albergarla. La impresión de que
sus habitantes obedecen a una lógica propia, ajena a la de los visitantes,
introduce una fractura entre el mundo exterior y ese microcosmos gobernado por
tradiciones que nadie se atreve a cuestionar.
La
figura de Gerald MacTeam también permite establecer una conexión con el universo
lovecraftiano. El personaje se encuentra atrapado entre sus obligaciones recientemente
adquiridas con Kitty y una herencia familiar que condiciona su existencia
futura. Su conducta, marcada por el aislamiento y la reserva, convierte el
linaje familiar en una fuente de inquietud. La herencia es un motivo recurrente
en la literatura gótica, pero Lovecraft lo transformaba con frecuencia en un
problema de naturaleza biológica, histórica o incluso ontológica. En relatos
como “La Sombra sobre Innsmouth” (1936) o “El Horror de Dunwhich” (1929), los
secretos familiares no se limitan a ocultar una vergüenza o un delito, sino que
revelan vínculos con formas de existencia que la sociedad considera imposibles
y que cuestionan la propia definición de humanidad. En “The Maze”, la condición
de Gerald como heredero del castillo introduce una idea afín
Sin
embargo, conviene señalar una diferencia fundamental. El universo
de Lovecraft
suele despojar a la genealogía de su prestigio romántico. La ascendencia puede
revelar una contaminación, una degradación o una proximidad inquietante con
aquello que la humanidad considera ajeno. En el terror aristocrático, en
cambio, la sangre familiar conserva a menudo un componente trágico y noble. “The
Maze” se mueve entre ambas concepciones: utiliza los códigos del linaje
maldito, pero su misterio permite sospechar que el problema no reside solo en
la culpa de los antepasados, sino en la naturaleza misma de aquello que ha
sobrevivido dentro de la propiedad.
Otro de
los rasgos más distintivos del horror lovecraftiano es su relación ambivalente
con la Razón. Lovecraft no necesita presentar la ciencia como una disciplina infructuosa.
Al contrario, sus protagonistas suelen recurrir a métodos de investigación,
documentos históricos, testimonios y conocimientos especializados. El horror
surge cuando esos instrumentos, lejos de disipar el misterio, permiten
comprender que la realidad es mucho más extraña de lo que se suponía. “The Maze”
se aproxima a esta lógica desde una tradición cinematográfica distinta,
construyendo su suspense mediante la acumulación de comportamientos
inexplicables y normas desconcertantes. El espectador se pone en la posición de
las mujeres visitantes, que intentan interpretar un entorno donde las
explicaciones habituales no son suficientes.
La
diferencia con Lovecraft reside en el alcance de la revelación. El escritor
construye sus relatos para cuestionar la posición privilegiada de la humanid
ad
dentro del universo. Sus descubrimientos más aterradores no solo amenazan a un
individuo o a una familia: modifican la percepción de la Historia, la
naturaleza y el lugar que ocupa nuestra especie. En “The Maze”, el misterio
permanece más ligado a la identidad de una familia y a la resolución de un
secreto concreto. Aun así, ambos enfoques comparten la idea de que la
normalidad puede ser una ficción sostenida por la ignorancia. Mientras los
personajes no conocen la verdad, el mundo conserva una apariencia de orden.
Cuando los indicios empiezan a encajar, esa seguridad se resquebraja.
Por
último, la conexión con Lovecraft también puede establecerse en el terreno
formal. El horror cósmico del escritor depende en gran medida de la atmósfera,
de la descripción de lugares cargados de historia, de la sensación de que hay
algo peligroso que acecha más allá del alcance de los sentidos. Sus criaturas y
revelaciones resultan más perturbadoras cuando el relato ha preparado al lector
para sospechar que la realidad visible solo representa una parte de lo
existente. La película de Menzies, aunque utiliza recursos propios del cine
gótico, adopta la misma estrategia: crear impacto en el espectador no mediante
una sucesión de sobresaltos, sino de la creación paulatina de una atmósfera y la
sospecha de que entre los muros del castillo existe algo que no debería estar
ahí.
Hoy se
considera a “The Maze” como una historia bastante inusual de “casa encantada”
que se apoya en la CF, destacando su uso de los tropos del género gótico y, muy
especialmente, el diseño de producción de Menzies, que logra generar suspense a
pesar de contar con un ritmo lento y un bajo presupuesto. Su giro final es el
elemento más polémico. Para algunos, resulta ridículo, cursi y degrada la
película a categoría B. Para otros, aunque no bien ejecutado, ofrece una
interesante conexión con el horror lovecraftiano.
Personalmente, “The Maze”, a pesar de sus evidentes fallos de ritmo y los problemas con el clímax, me parece una película infravalorada y eficaz que no se parece a ninguna otra de los años 50. Por un lado, remite al cine de terror atmosférico de las décadas de los 20 y 30, pero derivando hacia ese sabor lovecraftiano que comentaba antes. Además, el melodrama no da la sensación de ser un refrito de los años 30, sino que está adaptado a su época, convirtiendo a las mujeres en protagonistas. Por otra parte, a pesar de su bajo presupuesto, es una película visualmente conseguida y el trabajo de cámara tiene momentos destacados. El extraño desenlace me deja tan desconcertado como a cualquier otro espectador y no esta a la altura del terror que había imaginado. Sin embargo, me parece muy valorable la singular humanidad que desprende ese final, bastante alejado de las cínicas películas que se produjeron durante la Guerra Fría.
En ningún caso puede considerarse “The Maze” como obra maestra injustamente olvidada, pero sí como clásico menor a recuperar para amantes del terror y completistas de las raíces que el imaginario de Lovecraft ha echado en todos los aspectos de la cultura popular.
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