domingo, 7 de noviembre de 2021

1964- LA GRAN SORPRESA – Nathan Juran

“Los Primeros Hombres en la Luna” (1901) es una de las novelas menos conocidas de H.G.Wells, una obra en la que el autor inglés utilizó el tema de la exploración lunar como pretexto para articular una parábola pesadillesca acerca de la evolución adaptativa. La historia básica fue “robada” por Georges Méliès para su seminal “Viaje a la Luna” (1902), sin acreditar en absoluto a Wells y adoptando un tono mucho más festivo que el de la novela, con los astronautas siendo lanzados en un proyectil de cañón disparado por unas alegres señoritas ligeras de ropa. La historia volvió a adaptarse a la pantalla en 1919, aunque esta versión se ha perdido y ni siquiera existen ya fotogramas sueltos que permitan hacerse una idea de cómo era. Y en 1964, llega la que debería haber sido la primera adaptación formal de la novela, aunque lo cierto es que, a la postre, resulta casi tan bufa como la de Méliès.

 

Las películas de viajes espaciales no estaban exactamente de moda a comienzos de los sesenta, pero sí la CF de aventuras de ambientación decimonónica, que es donde hay que encuadrar esta producción. Y es que “La Gran Sorpresa” (nefasto título en castellano de la película, que en inglés conserva el mismo que la novela) se inserta en la ola de adaptaciones al cine de libros clásicos de Julio Verne que inició la exitosa “20.000 Leguas de Viaje Submarino” (1954), de Disney y en la que también destacan “La Vuelta al Mundo en 80 Días” (1956) o “Viaje al Centro de la Tierra” (1959).

 

El interés por este subgénero –que en el futuro se calificaría de “steampunk”- se renovó con el éxito que obtuvo George Pal con “El Tiempo en sus Manos” (1960), adaptación de “La Máquina del Tiempo” de Wells. Pero a partir de ese punto, la mayor parte de estas producciones que aprovechaban el tirón popular de los nombres de Verne y Wells entraron en decadencia, en buena medida por su inclinación a insertar a martillazos un humor tontorrón e innecesario. En el caso del escritor francés, esto se hace patente, por ejemplo, en “Viaje al Centro de la Tierra”, “Cinco Semanas en Globo” (1962) o “Chiflados del Espacio” (1967). A Wells le llegó el turno con “La Gran Sorpresa”.

 

La principal nota diferenciadora de este film son su prólogo y su epílogo. Y es que la historia comienza con unos astronautas caminando sobre la superficie de nuestro satélite. Es el año 1964 y la nave nodriza UN-1 ha enviado a su equipo de exploración de superficie a bordo del módulo Hijo Único. El sargento Andrew Martin se convierte en el primer hombre en hollar suelo lunar y la ocasión se celebra por todo el mundo. Pero he aquí, que uno de los miembros del equipo encuentra allí una gastada bandera británica y un pedazo de papel que resulta ser un documento fechado en 1899 y con el nombre de Katherine Callender (Martha Hyer). Después de todo, no son los primeros en llegar allí.

 

Por supuesto, ante semejante descubrimiento, la Agencia Espacial de las Naciones Unidas envía varios investigadores a Dymchurch, Inglaterra, a la búsqueda de la identidad de esa tal Katherine. Sus pesquisas les revelan que ha muerto, pero encuentran a su marido, Arnold Bedford (Edward Judd), un anciano senil que vive en un asilo. Cuando los agentes le muestran fotos de la Luna, empieza a recordar. Arranca entonces y durante la siguiente hora antes de que la acción regrese al satélite, un flashback detallando los acontecimientos que tuvieron lugar en Inglaterra. Bedford había sido un aspirante a dramaturgo que, escapando de sus numerosos acreedores, se esconde en la pintoresca y aislada propiedad de Cherry Cottage. En la finca vecina, el nervioso y lunático científico Joseph Cavor (Lionel Jeffries) está llevando a cabo peligrosos experimentos relacionados con la producción de cavorita, una pasta metálica que puede anular la gravedad de los objetos que recubre.

 

Arnold piensa en la fortuna que podría obtenerse de la venta del invento al ejército para ser utilizado en las botas de los soldados, pero Cavor está más ilusionado por llegar a la Luna, según él, cubierta de pepitas de oro como semillas de una sandía. De hecho, antes siquiera de averiguar si la cavorita iba a ser eficaz, había ido fabricando durante años una nave espacial de forma esférica a bordo de la cual realizar el viaje. Mientras Cavor se apresta para la aventura con un Bedford contagiado de su entusiasmo, Katherine, la prometida de éste, llega de Boston y es accidentalmente incluida en la expedición. Una vez en la Luna, descubren que está habitada por seres insectoides que les hacen prisioneros.

 

“La Gran Sorpresa” fue un proyecto impulsado por el legendario animador de stop-motion Ray Harryhausen, gran amante del libro de Wells. Durante años, le insistió al productor Charles H.Schneer, con quien venía de firmar clásicos del cine fantástico y de aventuras de la talla de “Simbad y la Princesa” (1958), “La Isla Misteriosa” (1961) o “Jasón y los Argonautas” (1963), para hacer una adaptación. Schneer se resistía, argumentando que la historia no era lo suficientemente variada y que los avances en tecnología aeroespacial la habían dejado completamente obsoleta. Pero un día, en una conversación con Nigel Kneale (el guionista británico famoso en los años cincuenta por sus seriales televisivos del Doctor Quatermass y las películas derivadas de los mismos que se estrenaron en cines con el sello de la Hammer), éste dio la idea de comenzar la historia en el presente para así conectar con la audiencia contemporánea.

 

Aunque la de Kneale fuera una aportación inteligente para dar un toque algo más moderno a la película, lo cierto es que no mejora ni cambia demasiado lo que acabó siendo ésta. Y es que la historia de Wells iba de algo más que de un par de hombres volando hasta la Luna y metiéndose en problemas con los nativos. El escritor británico se sirvió de la aventura para explorar ciertos conceptos sociológicos como la forma en que podría funcionar una sociedad que siguiera las pautas de una colonia de insectos. Aunque en lo que se refiere a los principales hitos de la novela, la película es razonablemente fiel a la misma (incluyendo las implicaciones bélicas; la hostilidad inherente a la especie humana; la sociedad estratificada de los selenitas; y el viaje de regreso sin Cavor), lo cierto es que el espíritu y el tono son muy diferentes.

 

En el epílogo, los astronautas de las Naciones Unidas encuentran en el subsuelo la ciudad selenita, vacía y en estado de ruina. Bedford recuerda entonces que Cavor estaba resfriado cuando llegaron a la Luna y deduce que sus gérmenes debieron exterminar a los selenitas. Esa conclusión es un giro sardónico inspirado por otra novela famosa de Wells, “La Guerra de los Mundos”, y probablemente aportado también por Kneale.

 

Hubo otros cambios respecto a la novela, como el personaje de Katherine Callender, añadida como mero adorno (su origen bostoniano es un homenaje a los libros de la Luna de Julio Verne, puesto que en esa ciudad tenía su base la Sociedad de Exploración Lunar). Otras alteraciones son comprensibles. En el libro, los exploradores no llevaban trajes espaciales porque el satélite tenía su propia atmósfera; lo que, ya en la época de Wells, resultaba absurdo dado que de haber sido así veríamos a la Luna rodeada de una bruma. Por tanto, en la película los protagonistas sí visten trajes presurizados (auténticos y diseñados para los pilotos de la RAF), aunque los diseñadores cometieron el estrepitoso e incomprensible error de prescindir de guantes, dejando las manos expuestas al vacío. Así y todo, el tema de la ingravidez o la dinámica del aire y el sonido en el vacío se abordan con un poco más de verosimilitud que en la mayoría de las películas “espaciales” previas al auténtico alunizaje de 1969 (aunque el guion tienda a recalcar que el sonido no viaja a través del vacío para luego ignorar su propia explicación).

 

Hay que reconocer que las escenas lunares están razonablemente conseguidas y exhiben incluso una notable imaginación en algunos momentos, como esos grandes cilindros de líquido burbujeante que generan aire o los láseres solares. Los decorados cavernícolas y la utilización de los efectos ópticos para representar la ciudad selenita, son asimismo dignos de reconocimiento. Por desgracia, ya fuera por razones de tiempo o de presupuesto, Harryhausen no pudo demostrar aquí plenamente el talento por el que ha pasado a los anales del cine fantástico.

 

“La Gran Sorpresa” fue la primera de sus películas Dynamation (el nombre que él daba al costoso proceso de stop-motion en el que era especialista) filmadas en Cinemascope. Una de las claves del Dynamation consistía en dirigir las secuencias de acción real de tal manera que se ajustaran perfectamente a los efectos que luego se añadirían en postproducción, de tal manera que la fusión entre los planos fuera perfecta. Las figuras a animar se colocaban en un decorado en miniatura tras el cual, de fondo, se proyectaban, fotograma a fotograma, las escenas de acción real con las que aquéllas iban a interactuar. Harryhausen iba moviendo su figura y fotografiándola coherentemente con el fotograma de fondo que correspondiera.

 

Obviamente, esta técnica era inmensamente costosa en términos de tiempo –y, por tanto, de dinero-. Llevaba semanas rodar una sola secuencia y cuando no había suficiente presupuesto o tiempo de rodaje, había que recortar. Así, Harryhausen se vio obligado a abandonar su proyecto de animar la mayor parte de los selenitas utilizando stop-motion y conformarse con hacerlo sólo con los principales. Para las escenas multitudinarias contrató a niños y les puso máscaras y trajes de goma. Sus criaturas stop-motion –como la oruga gigante de las cavernas- son en esta ocasión poco memorables y escasamente representativas de su auténtica capacidad.

 

Además, los efectos ópticos son de calidad irregular: mientras que las maquetas individuales están bien ejecutadas, se notan demasiado las líneas con las que se fusionan con las pinturas mate de fondo y piden a gritos una cámara capaz de filmarlas en movimiento. Otra obvia deficiencia es el alunizaje de la esfera, dando botes por la superficie como si fuera una bola de papel.

 

Pero el principal inconveniente de la película reside en las escenas ambientadas en la Tierra, lastradas por un humor torpe a base de brochazos irritantes. Toda la película se apoya en tres personajes que van de lo soso a lo cargante. Lionel Jeffries, un actor encasillado en papeles de típico inglés excéntrico, exagera su presuntuoso científico hasta resultar ridículo, incapaz de de moderar sus tics nerviosos y su habla entrecortada y titubeante; Judd, por su parte, interpreta a su personaje como un ladino timador que no tiene problemas en mentir y estafar a su casero. El personaje de Katherine es el único que puede caer mínimamente simpático, aunque su insensatez y continuos descuidos les meten a todos en no pocos apuros y nunca parece que se tome la situación verdaderamente en serio (hasta tal punto que no tiene inconveniente en echarse una siestecita durante su cautividad por parte de los selenitas).

 

Por otra parte, la construcción de la sociedad selenita se ve torpedeada por la reacción de los humanos ante ella: la respuesta de Cavor es achicarse y pedir disculpas mientras que Bedford rebosa xenofobia, arrojando sin escrúpulos a los nativos por un precipicio. Su evidente satisfacción, ya en su vejez, al recibir la noticia de la extinción de la especie selenita, añade todavía más sal a la herida.

 

“La Gran Sorpresa” dejó claro la decadencia de esa corriente de adaptaciones de clásicos de la CF del XIX. Los tiempos estaban cambiando y “El Planeta de losSimios” y “2001: Una Odisea del Espacio” estaban a la vuelta de la esquina. Con ellas, cambiaría no sólo la CF sino también los efectos especiales que utilizaban las películas del género. Harryhausen, consciente de los nuevos vientos, se refugió para el resto de su carrera en la fantasía (dinosaurios a la fuga, monstruos mitológicos…). En último término, “La Gran Sorpresa” es un producto menor dirigido a un público juvenil… de la época, claro, porque hoy día difícilmente un adolescente disfrutará con unos efectos especiales solo regulares incluso para su año y un humor igualmente anodino. Para amantes del cine de CF y aventuras que sepan encontrar el encanto a estas viejas producciones de sabor añejo –o rancio, según el paladar de cada cual-.

 


3 comentarios:

  1. Después de muchos años logré identificar esa película vista en mi infancia, pudiendo volver a verla y apreciando los mismos pros y contras que aquí mencionas. Comparada con El Tiempo en sus Manos, y aunque disfruté de la ambientación ahora llamada steampunk, es pobre en cuanto a actuaciones y le falta un tono constante, con humor ligero aquí y allá pero con un tono depresivo al final. Si al menos alguno de los protagonistas hubiese tenido algo de carisma, pero no. Lo dicho, disfruté con los paisajes, los decorados y algunos momentos, pero sobre todo recuperando un recuerdo de mi infancia, lo que no está mal tampoco

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    1. Me alegro de que hayas visto la peli porque es uno de esos clásicos menores que han ido quedando relegados al margen de la historia del género. Y sí, siempre está bien recuperar y situar películas de infancia. Un saludo

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  2. Muy buena reseña, recuerdo que la vi en 1980, con 5 años de edad, y los monstruos me dieron mucho miedo, jaja! Saludos.

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