martes, 22 de enero de 2019

1979- EL ABISMO NEGRO - Gary Nelson


Desde que el concepto físico cobró forma en las pantallas de cine o televisión, los lectores más puristas de CF han lamentado el día en que los cineastas oyeron hablar de agujeros negros. Y es que las cosas no son tan sencillas como pretenden hacernos creer en sus películas.



El universo es increíblemente vasto, tan enorme que, después del Sol, la estrella más cercana a nosotros, Próxima Centauro, está a 42.000.000.000.000 kilómetros, esto es, que su luz tarda 4,2 años en llegar hasta nosotros. La ciencia ficción evita estos problemas imaginando que se puede viajar más rápido que la luz. Con esto en mente, las naves espaciales de la CF a menudo cuentan con “motores de hiperluz” o son capaces de surcar el “hiperespacio”, cubriendo en días o incluso horas las distancias interestelares que, según sabemos, nos llevaría años o décadas salvar.

El viaje más rápido que la luz facilita el trabajo del escritor pero cualquier físico nos dirá que imaginar esa velocidad es más fácil que alcanzarla. De acuerdo con lo que sabemos hasta ahora, en nuestro universo es imposible viajar más rápido que la luz por mucha energía que imprimas a tus motores. La Teoría de la Relatividad nos lo prohíbe. Al acercarse a la velocidad de la luz el tiempo se ralentizaría, sí, pero la luz seguiría siendo inalcanzable. Sin embargo, teóricamente, es posible solucionar el problema; o mejor dicho, rodearlo. En 1994, el físico teórico Miguel Alcubierre sugirió que sería posible crear una onda espacio-temporal que comprimiera tiempo y espacio por delante de ella y se expandiera por detrás; “surfeando” por delante de esta onda, una
astronave podría viajar grandes distancias sin contradecir la Teoría de la Relatividad. El inconveniente es que nadie sabe cómo generar semejante onda espacio-temporal e incluso si alguien lo consiguiera, cómo uno se podría detener una vez alcanzado el destino previsto.

Otro artificio habitualmente utilizado en CF para viajar grandes distancias son los agujeros de gusano, túneles en el espacio-tiempo que conectarían puntos muy distantes de la galaxia curvando el espacio al concentrar una enorme gravedad. Este tipo de agujeros de gusano se utilizaron en “Contacto” (1985), la novela de Carl Sagan y la película que la adaptó con el mismo nombre (1997). En ella, la protagonista, Ellie Arroway, utilizaba un ingenio de tecnología extraterrestre para viajar así hasta Vega, a 25 años luz.

Pero para que existan los agujeros de gusano es necesaria la presencia de una “materia exótica”
con “energía negativa” y por el momento esto no se ha encontrado. También está el problema de que si los agujeros de gusano existen, probablemente estén cerca de un agujero negro –estrellas colapsadas con un campo gravitatorio tan intenso que ni siquiera la luz podría escapar-. En fin, algo muy diferente de lo que la factoría Disney imaginó en su película “El Abismo Negro” (“The Black Hole”, en el original), cuyo agujero negro parecía tener tanta fuerza de atracción como el desagüe de una bañera.

En el año 2130, una nave de exploración terrestre, el USS Palomino, descubre un agujero negro con una astronave hasta entonces desaparecida, el USS Cygnus, orbitando en las proximidades del fenómeno. Cuando la variopinta tripulación (que incluye los consabidos militares, telépatas, un periodista, el imprescindible científico y un robot filósofo bastante repelente con aspecto de juguete infantil) abordan la nave se encuentran con el Dr.Hans
Reinhardt (Maximilian Schell), un científico visionario y algo chiflado al estilo del capitán Nemo, que dice ser el único superviviente de la misión original y haber descubierto una fuente de energía inagotable. Haciendo uso de la misma, pretende introducirse en el agujero negro y viajar allá donde éste le traslade. Pero el Dr.Reinhardt y su ejército de robots esconden un terrible secreto que la tripulación del Palomino deberá descubrir.

En un claro ejemplo de cómo se puede analizar mal el éxito obtenido por la competencia, los productores de “El Abismo Negro” dieron prioridad a la creación de efectos especiales espectaculares sobre la elaboración del guión. Se contrató a una de las leyendas del estudio Disney, Peter Ellenshaw (“El Ladrón de
Bagdad”, “20.000 Leguas de Viaje Submarino”, “Mary Poppins”), que salió de su retiro de diez años para hacerse cargo del diseño de producción.

Por otra parte, los “magos” de Disney trataron de tomas prestada a Industrial Light and Magic la cámara Dykstraflex que habían utilizado para rodar “Star Wars”, pero el precio que exigieron los de Lucas fue tan elevado que los ingenieros de la casa se pusieron manos a la obra y desarrollaron su propia cámara especial dirigida por ordenador, la A.C.E.S. (Automated Camera Effects System) con la que generar pinturas mate en tres dimensiones.
Netamente superior a la de George Lucas, en aquel momento Disney se situó por delante de Industrial Light and Magic en lo que se refiere a la vanguardia tecnológica en efectos especiales. La secuencia de apertura de “El Abismo Negro” tuvo el plano generado por ordenador más largo que jamás había aparecido en una película hasta el momento e incluía nada menos que 550 planos de efectos especiales.

Y todo ese esfuerzo y talento, eso es indiscutible, se aprecian en pantalla. El Cygnus es una nave con un diseño y presencia como nunca antes se había visto en ciencia ficción, una especie de
esqueleto de hierro flotando en el espacio. El recorrido inicial por su interior, cuando cobra vida iluminado, es asimismo muy destacable. Los decorados se complementaron con pinturas mate para crear la ilusión de mayor profundidad, permitiendo así la creación de grandes estancias, largos corredores que se pierden en el infinito y espaciosas salas de control.

Pero dejando aparte el aspecto visual, “El Abismo Negro” es una película mediocre en todo lo
demás. Los personajes son unidimensionales y los actores parecen fuera de lugar y desconectados los unos de los otros. El ritmo es demasiado lento y los diálogos tan malos que la participación de profesionales de la talla de Maximilian Schell, Anthony Perkins o Ernest Borgnine no mantienen la historia a flote. Quizá el peor error de casting sea el de Ernest Borgnine como periodista cobarde, un papel en el que el ya muy maduro actor no convence en ningún momento.

Y luego están los desastrosos robots. Diseñados con un antropomorfismo caricaturesco e irreal
–los robots buenos tienen unos ridículos ojos de cartón pegados sobre la carcasa superior y reciben la voz de, por un lado Slim Pickens (ese actor de inconfundible acento arrastrado de cowboy) y, por otro, el más convincente Roddy McDowall. En algún punto de la producción, alguien debió pensar que los robots debían comportarse como mascotas caninas, ya fueran del tipo adorable y tierno o de imponentes y agresivos seres. Los tiroteos entre robots durante la aburrida orgía de destrucción del clímax son horribles por el descarado partido que el montaje toma a favor de los buenos: los robots malvados se limitan a quedarse quietos esperando que sus adversarios los revienten.

Desde el estreno de “2001: Una Odisea del Espacio” (1968) muchas películas de CF han estado lastradas por el deseo de alcanzar un gran peso intelectual o metafísico y “El Abismo Negro”
representa esa innecesaria ambición en su máximo exponente. Su fracaso consiste en imaginar un concepto grandioso –el agujero negro- pero luego articular su desarrollo en términos de una ridícula imaginería religiosa, con los personajes susurrando frases altisonantes como “Parece algo salido del Infierno de Dante” o “Todavía espero ver alguien rojo, con cuernos y tridente”. El final, en el que todo el mundo desciende al agujero negro y el doctor Reinhardt se fusiona con su robot y termina en el Infierno mientras los buenos, humanos y mecánicos, atraviesan un pasillo celestial con vidrieras y formas angélicas, es risible.

Dicho todo lo cual, hay que añadir que “El Abismo Negro” no es un film tan desastroso como lo
antedicho podría hacer suponer. Comparado con sus coetáneos imitadores de “Star Wars”, no es ni mejor ni peor. Hay incluso algunas pinceladas de ciencia –los astronautas están en gravedad cero y se mencionan conceptos como el horizonte de sucesos- aunque las explicaciones están mal articuladas y claramente los actores las verbalizan sin comprender lo que significan. Muchas de las críticas que se le hicieron –como confundir un agujero de gusano con un agujero negro- tenían que ver con la ciencia; pero otras, como que el agujero negro fuera rojo y azul, han sido curiosamente desmentidas por la astrofísica: antes de atravesar el horizonte de sucesos la materia que cae a un agujero negro es aplastada por la gravedad y transformada en energía irradiada por todo el espectro electromagnético. Sin embargo y siendo el primer film que incorporaba el concepto que le daba título –aunque los agujeros negros habían aparecido antes en un episodio de “Doctor Who” en 1972, otro de “Espacio: 1999” en 1975 y como deux ex machina en “The Giant Spider Invasion”, 1975- el guión es bastante decepcionante. Mucho tendría que pasar antes de que Christopher Nolan se tomara en serio los conceptos de agujeros de gusano, singularidades y tejido espacio-tiempo en “Interstellar” (2014).

Hay que reconocer que Disney corrió riesgos nada despreciables. En primer lugar se gastó 20
millones de dólares en la película y otros 6 millones en promocionarla, lo que la convirtió en la cinta más cara que el estudio había producido hasta la fecha. En este sentido, no le fue mal: se recaudaron 36 millones solamente en Estados Unidos y consiguió situarse como la decimotercera película más taquillera del año. Las expectativas, sin embargo, eran mucho mayores y por tanto, el sentimiento fue de decepción.

En otro orden de cosas, los ejecutivos de Disney decidieron adentrarse en territorios antes
vedados para la compañía y que probablemente su padre fundador nunca hubiera aceptado. Se trata de una película con un claro toque de terror y una aproximación bastante oscura a sus personajes, desarrollo y final. De hecho, fue la primera cinta Disney que no recibió la calificación de “para todos los públicos” debido al lenguaje utilizado y un asesinato un tanto truculento. Se intentaron introducir también temas más adultos de tipo filosófico o religioso en la línea de lo que había hecho Kubrick en “2001”. El experimento dio como resultado la creación por parte de Disney de otras dos productoras, Touchstone Pictures y Hollywood Pictures, que se encargaron en lo sucesivo de películas cuyo enfoque adulto no tenían cabida bajo el sello “Disney”.

¿A quién se puede recomendar, entonces, “El abismo negro”? Bueno, quizá a aquellos aficionados a la CF de culto que tengan paciencia con la inconsistente historia y consigan
disfrutar con un espectáculo visual conseguido a base de un cuidado diseño de producción, unos excepcionales efectos especiales de la vieja escuela que han resistido el paso del tiempo incluso en la era de los efectos digitales y una exhibición de imágenes cósmicas acompañadas de una atmosférica y wagneriana banda sonora –la primera con sonido digital, por cierto- compuesta por John Barry. En definitiva, un ejemplo de cómo el arte se sobrepone a la historia.

Eso sí, la película ha conseguido sobrevivir en la memoria de una generación de aficionados hasta el punto de que en 2009, Joseph Kosinski (que luego dirigiría otro remake de Disney, “Tron: Legacy” (2010)), anunció su intención de rodar una nueva versión, aunque parece que el proyecto ha quedado aparcado desde entonces.


2 comentarios:

  1. Como dices, una de esas películas que, sin ser una obra de arte, se recuerda con cariño. Ya siendo niño me chirrió la diferencia de tono entre los odiosos (incluso para un niño) robotejos, y el horror que se percibía en la historia. Ese asesinato truculento me dejó marcado durante mucho tiempo. Lo más inolvidable es el diseño de la propia nave

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  2. Mi padre me llevó a verla al cine en 1980, con 10 años me pareció grandiosa y al verla nuevamente hace unos 9 no me parece tan mala como otras de la misma época, eso si, muchas naves de la literatura de CF que he leído cuando las imagino me las imagino como el Cygnus. He dicho

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