miércoles, 30 de enero de 2019

1976- LA NOCHE- Philippe Druillet


Philippe Druillet es una especie de monstruo genial, una inteligencia feroz e indomable que no se somete al control de la sociedad, los editores o incluso de sí mismo. Sus dibujos parecen producto de una mente enferma al tiempo polimórfica y amorfa, ajena a los parámetros de la razón y la tradición, torturada por pesadillas infernales alimentadas por los horrores que nos acechan desde el fondo del alma humana o las indetectables dimensiones que rodean nuestra vida cotidiana. Y si a alguien así, además, lo sometes al trauma de la pérdida de un ser querido, lo que escupe su cerebro puede ser algo verdaderamente brutal. Eso fue “La Noche”.



Nacido en 1944 en Toulouse (Francia), Druillet pasó los primeros ocho años de su vida en Figueras (España) pero tras la muerte de su padre volvió a su país natal en 1952. Gran aficionado a los escritos de autores poco ortodoxos como H.P.Lovecraft o A.E.van Vogt, también amaba la ciencia ficción y los comics. A los 16 años, tras graduarse en el instituto, Druillet trabajó un par de años como fotógrafo y su obra se publicó a nivel internacional en libros sobre cine y fantasía. En 1966, Losfeld publica el primer comic firmado por Druillet: “El Misterio de los Abismos”, en el que se presentaba el personaje Lone Sloane, un vagabundo espacial influenciado a partes iguales por la ciencia ficción norteamericana y la fantasía heroica.

En 1970 tras unirse a la revista “Pilote”, expandió la saga de Sloane y empezó a innovar en el medio utilizando colores muy saturados y composiciones de página inusuales. Su afición a dibujar estructuras colosales que mezclaban influencias del Art Nouveau, los templos hindúes y las catedrales góticas, le hicieron merecedor del sobrenombre de “Arquitecto Espacial” y el propio George Lucas lo mencionó como influencia en su trabajo. En 1972, seis de los relatos de su viajero espacial fueron recopilados en el álbum “Los Seis
Viajes de Lone Sloane”, por muchos calificado como su obra cumbre. En 1973 publicó “Delirio”, otra aventura del mismo personaje escrita por Jacques Lob; y en 1974 y junto a Michel Demuth, creó Yragaël, inspirado por el personaje de espada y brujería “Elric de Melniboné”. Ilustrador de estilo absolutamente personal aunque a menudo torpe en su representación del rostro humano, Druillet amplió los límites gráficos del medio y creó universos obsesivos, salvajes, exuberantes y moralmente ambiguos poblados de monstruosas criaturas y edificios y naves inconmensurables. Nadie que haya leído un comic de Druillet podrá olvidarlo o confundirlo con otro.

Hasta 1975, buena parte del trabajo de Druillet apareció bajo el sello de Dargaud, pero sintiéndose decepcionado por las limitaciones que el editor le imponía y bebiendo de los nuevos tiempos de libertad y experimentación que corrían en el comic francés, se asoció con Pierre Dionnet, Bernard Farkas y Jean Giraud-
Moebius para fundar la editorial “Los Humanoides Asociados”, cuyo primer lanzamiento fue la revista “Métal Hurlant”, destinada a convertirse no sólo en un título histórico del comic sino también de la ciencia ficción. Fue en esta plataforma donde Druillet desarrolló algunas de sus obras más imaginativas y personales, continuando las aventuras de Lone Sloane y creando “Nosferatu” o la que ahora me ocupa, “La Noche”.

“Druillet” calificó a “La Noche” como “mi Requiem, mi Taj Mahal”, esto es, un ruego por el alma de los difuntos o el monumento a un amor perdido. Y así fue exactamente. Las primeras planchas las dibujó durante las largas noches pasadas en la habitación del hospital donde su mujer Nicole luchaba contra el cáncer que la devoraba. Conforme el estado de ella empeoraba y la desesperación de Druillet se hacía más profunda, fue metamorfoseando lo que inicialmente era un argumento bastante simple sobre guerra urbana futurista en algo verdaderamente siniestro, oscuro, amargo y alegórico. En 1975, Nicole muere, dejando a su esposo en un estado depresivo, con tendencias
autodestructivas y consumido por la rabia contra la enfermedad, la medicina incapaz de combatirla, los doctores que se creen dioses pero que a la postre no hacen nada más que convertir a sus pacientes en estadísticas y la sociedad que se niega a mirar de frente a la muerte.

Para el lector que abre este tebeo por primera vez sin tener idea previa de lo que va a encontrar en su interior, el shock está casi asegurado. En primer lugar, los dibujos no son lo que se entiende como bonitos. Las figuras parecen temblorosas y hay tal infinidad de detalles insignificantes abarrotando las viñetas que es preciso dedicar tiempo y esfuerzo a descifrar lo que ocurre en algunas de ellas. Los colores no rebasan las líneas que los contienen pero son agresivos, sucios. Druillet muestra una fascinación obsesiva por el poder plástico de la viñeta y más que cualquier otro artista tanto de su generación como posteriores, amplia y fuerza sus límites para incluir la alucinógena explosión de imágenes que bullen en su enfermiza imaginación.

Adapta la composición de página a la naturaleza de la secuencia que se narra en cada
momento. No hay un pauta regular y clara que se repita de plancha a plancha. No duda, por ejemplo, en hacer viñetas que ocupan dos páginas enteras y que exigen girar físicamente el comic para entenderlas. Los mismos marcos de las viñetas pueden doblarse, retorcerse, quebrarse o incluso desaparecer bajo el efecto de la violencia de lo que muestran. Las viñetas combinan elementos conceptuales, caricaturescos y figurativos con abstracciones geométricas y, sobre todo al final, las imágenes son de una escala tan monumentalmente exagerada que aplastan a los individuos evocando una suerte de inconsciente colectivo primario y un destino ineludible que nos dice que toda la existencia es finita y vana. La ira por la muerte de su mujer queda reflejada no sólo por la violencia y el caos que invade la historia hasta hacerse completamente con ella sino también por los agresivos colores y formas, que superan con mucho la psicodelia de los setenta para adelantarse unos años a la imaginería electrotrance.

En cuanto al lenguaje, un rápido vistazo a los globos de texto revela que las reglas de la sintaxis tampoco se respetan y que algunas frases resultan bien poco claras. La forma de expresarse de los personajes deja mucho que desear pero ello es porque el interés de Druillet no es tanto respetar la gramática como reflejar la mente de individuos decadentes, embrutecidos y consumidos por el deseo de droga.

Con el mismo fin de crear una atmósfera de extrañeza e irrealidad, Druillet deja muchas cosas sin explicar. No importa aquí el contexto político o histórico o siquiera el marco geográfico en el que se desarrolla la acción. Es una historia visceral impulsada por una rabia existencial. La situación general, no obstante, queda clara: los motoristas buscan una droga que les permitirá conservar intacta su realidad. Para ello, rebeldes sin causa y reacios a asumir autoridad de cualquier tipo, rompen el orden establecido y se lanzan a una búsqueda desesperada de sus drogas. Desde el principio, por tanto, el tono de la historia es de un intenso nihilismo, de absurdo existencial: la persecución obsesiva, brutal y suicida de la evasión vacía (en forma de la droga) para poder sobrellevar la vida, la violencia inherente en las relaciones sociales, las cadenas que imponen las normas…

“La Noche” tiene un claro componente alegórico relacionado entre otras cosas con el
cristianismo, mezclando los símbolos, lugares y etapas del Apocalipsis bíblico con una pelea de motoristas. Se narra una cataclísmica batalla final de los ejércitos de la noche seguida por el amanecer y el silencio eterno de la muerte cuando la luz divina lo desintegra todo. Los ejércitos son en este caso bandas de moteros cuya identidad individual queda ahogada tras una pantalla de fetiches propios de las tribus urbanas: tatuajes, esvásticas, cruces, cadenas, ropa de cuero… Como los tradicionales héroes míticos, están embarcados en una búsqueda, pero no de un Santo Grial capaz de sanar cuerpos y mentes sino de una droga de naturaleza y efectos inciertos. Sobre ese panorama de violencia, drogas y desesperación flota el espectro de la radiación atómica, aunque no asuma una forma tan definida como la de una bomba o un hongo nuclear. Su presencia se hace patente por la decadencia que afecta a todo ese universo, las estructuras que se deterioran, los cuerpos humanos y animales que mutan y se hibridan, el caos apoderándose de todo…

A menudo se comenta “La Noche” limitándose a destacar el terrible pathos que le dio origen, pero también fue una de las piezas claves del espíritu de “Metal Hurlant”, aquel que modificó la ciencia ficción gráfica para siempre junto a otras obras como “El Garaje Hermético” y el “Arzak” de Moebius, “El Incal” de Jodorowsky y Moebius, “Polonius” de Jacques Tardi y Picaret o “Rolf” de Richard Corben, por nombrar sólo unos pocos. Y es que esta es una obra absolutamente personal en la que destacan un grafismo y un universo de enorme poder, un lirismo textual y gráfico y una narrativa que se libera de los códigos establecidos por la escuela franco-belga tradicional (encabezada por Hergé, Uderzo y Franquin) tomando elementos del comic book americano, como las páginas-viñeta y evocando un mundo degenerado y violento dominado por las drogas y la ausencia de moral.

En el momento de su publicación, ”La Noche” fue revolucionaria. Para el lector moderno puede ser tan sólo un testimonio de una época pasada, pero sin duda sabrá apreciar la intensidad que irradia. Eso sí, no es una obra que pueda comprenderse, explicarse ni categorizarse. Ni siquiera es posible analizarla fríamente en los términos tradicionales. Su génesis, desarrollo y espíritu son tan peculiares que entra plenamente en el terreno de la sintonía -o falta de ella- con el estado emocional del autor cuando la creó.

Por tanto, de acuerdo con el lector o la forma que éste tenga de abordarla, “La Noche”, le
parecerá una obra maestra o un delirio sin pies ni cabeza; el trabajo sublime de un genio o un compendio amorfo e inconcluso de ideas sin guión que les de alguna coherencia narrativa o gráfica. Pero a Druillet le daba igual. No necesitaba un guionista que diera forma a su extraño mundo, porque éste surge directamente de sus entrañas, de un lugar oscuro y profundo en el que normalmente preferimos no mirar. Prisionero de su compleja psique en lugar de las directrices lógicas propias de la narrativa, Druillet abre su alma y le pide al lector que se abandone al vértigo de sumergirse en sus delirios de sangre, violencia y pasión. Las sensibilidades más cartesianas probablemente no podrán aceptar tal invitación y sentirán un rechazo estético y anímico por esas planchas repletas de líneas, figuras, formas y detalles hasta la claustrofobia; otras, más curiosas y maleables, aceptarán entrar en el nihilista universo de Druillet, dejándose llevar por ese imparable desfile en continuo crescendo hacia la destrucción final que es “La Noche”.

En cualquier caso y guste o no, es un comic que no deja indiferente.


3 comentarios:

  1. El renacimiento del mercado de la BD en España demuestra la pasta de la questá hecho al no reeditar a Druillet. Espero queso cambie.

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  2. Hombre, es que Druillet es una apuesta arriesgada. Hace algún tiempo se reeditaron un par de álbumes de Lone Sloane, pero lo cierto es que, pasadoa la época de la psicodelia y la experimentación a saco, Druillet es duro de asimilar para un público generalista y eso imagino que las editoriales lo tienen en cuenta. Pero no lo descartes, porque se está publicando material actualmente que jamás pensé que llegaría a ver... Un saludo.

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  3. Exactamente, lo que se trae es conservador, tradicional, burgués... Se nota muy bien que tipo de persona es la que compra BD hoy. Los modernitos no están ahí. No sestá recuperando lo raruno del cómic francobelga. Yo no conocía a Druillet hasta esos álbumes que mencionas y quiero más. Lo mucho que falta tiene que ser muy bueno. Las planchas que has puesto son magníficas. Pero claro, no es para el cincuentón que disfruta con Charlier y con Martin.

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