jueves, 14 de junio de 2018

1989- LOS CÁNTICOS DE HYPERION – Dan Simmons (1)


El término “space opera” fue acuñado por Wilson Tucker en 1941 con una connotación despectiva hacia los clichés de las ficciones pulp interestelares generadas a partir del serial “La Alondra del Espacio” (1928) de E.E. “Doc” Smith y escritas por autores como Edmond Hamilton, Jack Williamson, John W.Campbell y sus innumerables imitadores a comienzos de los años treinta. Fue siempre el subgénero menos respetado de la CF, en parte por su estilo rudimentario y formato episódico escasamente estructurado, pero también y especialmente después de 1945, porque su subtexto imperialista y su celebración del poder destructor de las tecnologías futuristas parecía algo embarazosamente juvenil para un género que se encontraba buscando el reconocimiento no sólo literario sino como autoridad en la proyección científica y tecnológica.


Sin embargo a finales de los años ochenta se produjo un revival de la space ópera y, más extraño aún teniendo en cuenta que se trataba de un subgénero esencialmente americano, aquél tuvo lugar en Gran Bretaña y por parte de autores educados en la Nueva Ola inglesa de la ciencia ficción. Iain M.Banks (“Pensad en Flebas, 1987), Colin Greenland (“Take Back Plenty”, 1990), Paul McCauley (“Four Hundred Billion Stars”, 1988), seguidos ya en los noventa por Stephen Baxter, Peter Hamilton, Ken MacLeod o Alastair Reynolds. Este resurgir de la space opera en términos posmodernos fue en buena medida resultado de la postura editorial de la revista inglesa “Interzone”, fundada en 1982 por David Pringle, John Clute y Colin Greenland y que abogaba por desprenderse de pasados lastres supuestamente ilustrados: “Un fantasma planea sobre esta revista, un espíritu del pasado colectivo. Como todos los fantasmas, tiene un efecto sofocante sobre los vivos y se debe hacer que descanse. Su nombre es “New Worlds” (la revista en la que nació y desde la que se propagó la Nueva Ola a finales de los sesenta). Esta Nueva Space Opera comparte con la Clásica su ámbito galáctico y un aliento épico, pero sus novelas aparecen ahora teñidas de un afilado cinismo cuando no profundo pesimismo acerca del futuro de la Humanidad; el ser humano ya no es la especie dominante del universo, aparecen otros medios de transporte distintos a las naves tradicionales y ofrecen una mayor riqueza literaria, alusiones culturales y un evidente esfuerzo por combinar el mero escapismo con la reflexión sobre temas de envergadura.

En Estados Unidos, la space opera nunca llegó a desaparecer del todo, pero fue la obra que comentaré a continuación, “Hyperion”, la que marcó un hito gracias a su hábil y respetuosa
absorción de narrativas previas y reformulación en forma de pastiche. Su autor, Dan Simmons, nació en Peoria, Illinois, en 1948 pero creció en diversas ciudades y pueblos del Medio Oeste norteamericano. En 1970 se graduó en Filología Inglesa y realizó un master en Educación, trabajando durante dieciocho años en la enseñanza primaria por diversos centros del país, no solo impartiendo clases sino coordinando diversos proyectos especiales para superdotados y enseñando con éxito a sus alumnos la técnica de escritura y creación literaria. Su primera historia apareció publicada el mismo día de 1982 en que nació su hija y desde 1987, la escritura pasó a ser su única ocupación. En 1986 ganó nada menos que el World Fantasy Award por su novela de terror “La Canción de Kali” (1985). En 1989 llegó “Hyperion”, el primero de los volúmenes de un ciclo de cuatro, que creó un gran revuelo en el mundillo de la CF, hasta el punto de que se la calificó como auténtico revulsivo en el género. Tanto es así que se hizo merecedor de nada menos que los premios Hugo y Locus (y nominaciones a los BSFA y Arthur C.Clarke).

Dada su extensión y complejidad, es difícil hacer un resumen del libro que le haga justicia. En el siglo XVIII, la especie humana se ha extendido por toda la galaxia, primero utilizando naves con motores Hawking y más adelante gracias al uso de teleyectores, una especie de avanzados transportadores de tamaño variable que permiten trasladarse de forma instantánea de mundo a mundo, ya sean flotas enteras o seres individuales. Además de los planetas conectados por teleyectores, existen otros accesibles mediante viajes espaciales convencionales –aunque a gran velocidad- si bien llegar a ellos supone incurrir en una factura temporal relativista.

Toda esta Red de Mundos está gobernada por la Hegemonía, que mantiene una paz tan estable como inmovilista. Hyperion es un planeta ajeno a la Red pero con colonias humanas ya establecidas y en una de cuyas regiones se encuentran las llamadas Tumbas del Tiempo, unas construcciones enviadas desde el futuro no se sabe por quién ni para qué y de la que hace tiempo surgió una temible y gigantesca criatura que sembró el terror y a la que se bautizó como el Alcaudón por su costumbre de ensartar a sus víctimas en las espinas de un gran árbol.

Descrito como un gigante humanoide de ojos rojos y piel metálica cubierta de cuchillas, el
Alcaudón es la máquina de matar definitiva, con poderes casi divinos, una criatura que parece sacada de la imaginación de Clive Barker. No solo es virtualmente invulnerable sino que puede aparecer y desaparecer a voluntad, viajar por el tiempo y estar en diferentes lugares simultáneamente. Su propósito y creadores son desconocidos, pero por toda la Red de Planetas ha nacido un culto religioso a su alrededor que proclama que ha sido enviado como forma de castigo divino por la decadencia en la que vive sumida la Humanidad. Otros piensan que podría haber sido enviado hacia atrás en el tiempo por una Inteligencia Artificial que quiere exterminar a la especie humana. De cualquier manera, parece jugar un papel importante en el inminente conflicto al que va a enfrentarse la Hegemonía.

Tras dedicarles décadas de estudio sin obtener resultado alguno, ahora parece que las Tumbas están a punto de abrirse, lo que despierta el interés no sólo de la Hegemonía sino también de sus peores enemigos, los Éxter, antiguos humanos que abandonaron la extinta Tierra mucho tiempo atrás y que después de siglos de viajar y vivir en el espacio, han visto transformados sus cuerpos en todo tipo de configuraciones físicas. Hyperion pasa a ser de repente el punto focal de
una pugna interestelar hacia el que convergen dos flotas de inmenso poder. En un intento de averiguar el misterio que esconde tal lugar, la Hegemonía, ya al borde de la guerra con los Exter, escoge un grupo de siete peregrinos para que viaje hasta allí. Cada uno tiene sus propias motivaciones y esconde sus secretos y demonios, pero todos están de una u otra forma relacionados con las Tumbas o con el Alcaudón. Se dice que de todos ellos, sólo a uno concederá esa letal criatura su deseo. El resto morirá.

Esto es solo el contexto general, un cuadro de fondo que el lector va descubriendo lentamente conforme avanza en la lectura del libro. Porque la estructura de “Hyperion” es en realidad la de una serie de seis relatos básicamente independientes narrados por esos peregrinos que, a su vez, se imbrican en una trama principal mucho más extensa (uno de los viajeros desaparece antes de poder compartir el suyo con sus compañeros y el lector). Se trata de una estructura tomada de dos clásicos de la literatura del siglo XIV como son los “Cuentos de Canterbury” de Chaucer y “El Decameron” de Bocaccio. En ambas obras se presentan unos personajes que se encuentran en una pausa de sus
viajes e intercambian sus respectivas historias. “Hyperion” comparte además con el segundo la sensación de amenaza mortal e inminente. En la obra italiana, se trata de un grupo de personas que huyen de una epidemia de la peste bubónica desatada en Florencia; en “Hyperion” es un puñado de peregrinos en ruta a las Tumbas del Tiempo y cuyo fin es encontrar y enfrentar al letal ser conocido como el Alcaudón. Algo parecido a lo que Frank L.Baum nos contaba en “El Mago de Oz” (1900), donde cada uno de sus cuatro personajes emprendían un viaje para pedir un deseo. Cada peregrino tiene sus motivos para tal viaje y narra su peripecia vital de una forma diferente.

El primer relato, “El Hombre que Gritó Dios”, está narrado por un sacerdote católico, Lenar Hoyt, que va leyendo el diario de su predecesor, Paul Duré, otro jesuita de Nuevo Vaticano (la actual sede de esa religión, en el planeta Pacem), cuya fe se vio erosionada ante la multiplicidad de mundos de la civilización galáctica y que vivía atormentado por una duda fundamental: si Cristo es un salvador universal o, por el contrario, una fantasía local imaginada por los terrestres. A consecuencia de una infracción, es enviado como castigo al planeta Hyperion, donde aplica sus conocimientos de antropología al estudio de una especie
nativa de alienígenas humanoides, los Bikura, asexuados y aparentemente idiotizados pero que lucen una cruz brillante en sus pechos. El religioso, encantado, cree que está ante la prueba de la universalidad de Cristo; pero resulta que esa “cruz” no es sino un parásito extraterrestre especialmente nefasto que solo por casualidad es cruciforme y que, eso sí, garantiza la resurrección del organismo que lo aloja con un nivel intelectual progresivamente disminuido en cada nueva vida. El propósito de Hoyt es retomar la investigación del ahora desaparecido Duré donde éste la dejó.

Se trata este de un aventura de corte victoriano sobre “tribus perdidas”, con misteriosos nativos que guardan un secreto y un narrador inspirado en el de “El Corazón de las Tinieblas” de Joseph Conrad, narrador en busca de su propio coronel Kurtz (en este caso el sacerdote Paul Duré). El tono epistolar de este pasaje aporta la necesaria distancia entre el narrador y la horrenda experiencia del padre Duré, su sufrimiento, martirio e imposibilidad de morir. También puede leerse como un ejemplo de historia sobre contactos con seres alienígenas muy inteligentemente fusionado con una meditación de orden religioso. Aunque parezca que esta apertura de corte teológico esté algo fuera de lugar respecto al resto de relatos de los
peregrinos, en realidad resulta de lo más adecuado, porque bastante después, ya en la secuela, “La Caída de Hyperion”, -ATENCIÓN: SPOILER- nos enteraremos de que el temible Alcaudón no es sino una herramienta de la que se sirven unas inteligencias malévolas del futuro para sacar de su escondite y destruir a un impreciso espíritu compasivo y empático, siendo el cebo la inmensa cantidad de dolor, sufrimiento y muerte infligida por aquél. -FIN SPOILER -Al postular que tras los acontecimientos cósmicos se esconde el conflicto entre un principio místico de compasión y su opuesto, “Hyperion” recicla en clave de space opera el tradicional conflicto entre Cristo y Satán. No es muy corriente leer obras de CF que se internen en el terreno religioso, pero ésta es una de las mejores –junto a, probablemente, “Cántico por Leibowitz” o “Un Caso de Conciencia"-.

La segunda historia, “Amantes de Guerra”, la narra un militar de origen árabe, Fedmahn
Kassad, quien desde que empezó su adiestramiento en Marte para las fuerzas de la Hegemonía, ha venido encontrándose periódicamente en los simulacros de combate con una misteriosa mujer llamada Moneta. Ambos mantienen tórridos pero breves encuentros sexuales –ella siempre desaparece sin que él sepa nunca si es real o no- hasta que un día, la nave que transporta a Kassad a Hyperion es atacada y él acaba en las Tumbas del Tiempo. Allí descubre que Moneta está relacionada de una forma poco clara con el Alcaudón. Este relato, estructurado como una sucesión de ejercicios y enfrentamientos militares es una curiosa mezcla entre la CF bélica al estilo de “Tropas del Espacio” de Heinlein y una historia de amor imposible; y también sirve como presentación de, digamos, la faceta militar del universo creado por Simmons, faceta que jugará un papel clave en el segundo libro del ciclo.

El tercer relato, “Los Cantos de Hyperion”, está narrado por el poeta Martin Silenus, y su
estilo es a ratos lírico y a ratos grosero, incluyendo abundantes alusiones literarias a, por ejemplo, Chaucer, Keats o el poema de Beowulf. Su atribulada existencia comprende varios siglos puesto que aunque nació y creció en la ahora destruida Tierra (aniquilada por un agujero negro creado por los humanos en un experimento fallido), ha conseguido alargar su vida gracias a los tratamientos Poulsen. Pero esa vida tan larga, llena de altibajos, de alternancia entre momentos de éxtasis e infierno creativos, le han dado una perspectiva cínica del universo. A pesar de que se hizo famoso y rico gracias a unas novelas populares que él desprecia, sus ambiciones literarias son mucho mayores y no puede sino sentirse profundamente frustrado y decepcionado consigo mismo por haberse “vendido” a la ficción barata. Años atrás, tuvo un encuentro en Hyperion con el Alcaudón y está convencido de que sólo ese ser le permitirá reunir la inspiración necesaria para terminar su inconclusa obra maestra, el poema épico que da título al fragmento. Si las dos primeras historias aportaban respectivamente elementos místicos, de terror, acción y romanticismo, la narración del poeta es un canto al amor por la literatura en clave de tragedia.

Este pasaje es, muy adecuadamente, el más extravagante y poético de los seis. En general, “Hyperion” es un buen ejemplo de CF literaria. Con ese calificativo no hago referencia sólo a su nivel gramatical –que lo tiene- sino a su tratamiento del proceso de creación literaria en sus diferentes fases (desde la búsqueda de inspiración al mecenazgo pasando por la tentación de sacrificar la ambición creativa por la seguridad financiera); y también a los continuos guiños y referencias metaliterarias a géneros tan diversos como el policiaco, la parábola bíblica, el relato epistolar, el terror, la tragedia romántica o el ciberpunk, además de adoptar, como indiqué al principio, la estructura narrativa general de obras clásicas como “Cuentos de Canterbury” o “El Decamerón”. A título personal puedo decir que me parecen algo cargantes sus frecuentes y expresas alusiones a John Keats, un autor cuya vida y obra no me interesan demasiado y que me pillan muy lejos. Simmons llega incluso a reproducir fragmentos de sus poemas e introducir al propio poeta como personaje en el segundo volumen del ciclo. Al margen de esto, la novela no cae en clichés o simbolismos muy forzados y a pesar de su sólido estilo literario la lectura no se espesa en ningún momento. No hay prolijas descripciones ni frases muy largas, por lo que el ritmo narrativo resulta muy ágil. Aun con su poso intelectual, la de “Hyperion” es una CF imaginativa y accesible que puede ser disfrutada por cualquier aficionado con costumbre de leer y, esto también, con algo de paciencia, ya que el panorama completo tanto del universo de la Hegemonía como de las tramas planteadas, sólo lo obtendrá avanzado el segundo volumen del ciclo.


(Continúa en la siguiente entrada)

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