miércoles, 4 de enero de 2017

1959- TROPAS DEL ESPACIO- Robert A.Heinlein (1)


A finales de 1941, Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial y, aunque la revista “Astounding Science Fiction” continuó publicándose y ofreciendo futuros clásicos de la ciencia ficción, Robert A.Heinlein no participó en ella. Durante el conflicto, trabajó como ingeniero aeronáutico para la Estación Aeronaval Experimental de Filadelfia, donde ayudó a diseñar plásticos para aviación y un traje presurizado de gran altitud, precursor de los que más adelante llevarían pilotos y astronautas. En todos esos años abandonó la escritura y al terminar la guerra, se replanteó por completo su carrera.


Por una parte, los acontecimientos vividos durante la contienda le animaron a escribir artículos y ensayos políticos, que combinó con relatos de ciencia ficción para cabeceras de gran tirada, como el “Saturday Evening Post”. Fue, de este modo, el primer escritor de ciencia ficción que consiguió escapar del mal considerado mundo de las revistas pulp. Se involucró también en el proyecto cinematográfico llamado a despertar al cine de ciencia ficción de su letargo: “Con Destino A La Luna”, basada parcialmente en su novela “Rocketship Galileo” (1947). Escribió el guión y está acreditado como consultor técnico de la misma. También en los cincuenta, y a raíz de su creciente popularidad, empezaron a publicarse en formato libro algunos de los cuentos y novelas cortas incluidos en su “Historia del Futuro” y aparecidos originalmente en “Astounding Science Fiction”, como “Los Hijos de Matusalén” (1958) o “El Hombre que Vendió la Luna” (1950).

Siguió serializando algunas de sus novelas en revistas pulp como “Galaxy Science Fiction” (“Amos de Títeres”, 1951), “Astounding” (“Estrella Doble”, 1956) o “Fantasy Science Fiction” (“Puerta al Verano”, 1956) al mismo tiempo que entregaba anualmente un libro de ciencia ficción juvenil para la editorial Charles Scribner's Sons, para ser publicada –siempre con éxito- a tiempo para la campaña de ventas navideñas.

Durante diez años, desde 1947 a 1958, Heinlein entregó puntualmente su novela anual: “Rocketship Galileo”, “Cadete Espacial”, “Planeta Rojo”, “Granjero del Espacio”…hasta llegar a la que debía ser la decimotercera de la serie, “Tropas del Espacio”. Esta vez el editor la rechazó por considerarla demasiado violenta y adulta para lectores adolescentes. Seguramente, tampoco gustó la forma vehemente en la que Heinlein expresaba sus ideas políticas. Aquello fue la gota que colmó el vaso. Cada año, Heinlein trataba de presentar en estos libros material más arriesgado (como las armas de fuego para adolescentes en “Planeta Rojo”), y cada año tenía que librar una batalla con el editor para dirimir lo que cada parte consideraba apto para un público juvenil o incluso infantil. “Tropas del Espacio” supuso el final de la relación entre Heinlein y Scribner´s. Envió el relato a la revista “Fantasy and Science Fiction”, donde lo serializaron encantados entre octubre y noviembre de 1959 bajo el título “Soldado del Espacio”. Finalmente, fue la editorial Putnam la que lo editó en formato de libro en 1960.

“Tropas del Espacio” le valió a Heinlein su segundo Premio Hugo, pero también la reputación de
militarista e incluso fascista. Marcó también el comienzo de lo que habitualmente se considera la tercera y más madura fase de su bibliografía. Hasta entonces, su enfoque había consistido en asumir conceptos típicos del género, como la space opera, y o bien perfeccionarlos, o bien subvertirlos para mostrar las contradicciones inherentes a los mismos y extraer de ellas nuevas ideas. Sus historias no estaban pobladas por los personajes ramplones y aburridos tan comunes en la literatura pulp de los primeros tiempos de la CF, sino que eran individuos verosímiles inmersos en situaciones igualmente plausibles con los que el lector podía identificarse. Heinlein no sólo era un escritor de ideas y aventuras, sino también de emociones.

Pero a partir de “Tropas del Espacio”, fijó su propia dirección con novelas no sólo más personales y complejas, sino también más estridentes desde el punto de vista ideológico, volviendo una y otra vez sobre ciertos aspectos como la importancia de la libertad individual (concebida dentro del modelo liberal estadounidense), la desconfianza hacia el gobierno y, al mismo tiempo, cierto fetichismo por la figura de autoridad; la política, el sexo, la religión, las relaciones entre géneros y del mundo civil con el militar.

En el futuro imaginado por Heinlein para esta novela, la Tierra está integrada en la Federación Terrana, un sistema de gobierno regido por una élite militar y en el que sólo los veteranos del ejército disfrutan de una ciudadanía completa, incluido el derecho al voto. Es más, los puestos más importantes del gobierno están reservados para veteranos, asumiendo que su adiestramiento, experiencia militar y demostrada capacidad de sacrificio les han preparado mejor para el servicio público que a meros civiles. Puede que esto suene a distopia, pero para Heinlein era un futuro utópico. Describe a los líderes militares de la Federación como los hombres más sabios de la historia de la Humanidad y al sistema como aquel que ha conseguido brindar a nuestra especie el periodo más luminoso, libre y próspero, incluida la gran mayoría de los que no han querido prestar el servicio militar y que por tanto no pueden votar, pero cuyos otros derechos están perfectamente protegidos por el gobierno.

Por otro lado, aunque este sistema de gobierno ha resuelto la mayoría de los problemas
domésticos de la Tierra, no ha eliminado el peligro derivado del contacto con otros seres inteligentes de la galaxia. Por tanto, mantener un ejército listo para la acción es crucial y aquellos que se alistan tienen múltiples oportunidades para demostrar su coraje y heroísmo cuando estalla una guerra cataclísmica entre los hombres y una especie alienígena aracnoide a la que los soldados se refieren despectivamente como Chinches.

En ese contexto, la novela traza un recorrido por la educación militar de Juan Rico, que además de protagonista ejerce de narrador. Rico es hijo de un acaudalado empresario –que no ciudadano en los términos descritos más arriba-, caprichoso y con un carácter lo suficientemente débil como para dejarse arrastrar por sus amigos del instituto, Carl y Carmen. Éstos, tras graduarse y seducidos por las lecciones de filosofía moral de su profesor Dubois, un antiguo veterano, deciden alistarse. Rico hace lo mismo llevado tanto por la ingenuidad como por cierto espíritu de rebeldía contra su padre. Sin embargo, sus dotes intelectuales no están a la altura de las de sus compañeros. Mientras que Carl es admitido en investigación y desarrollo y Carmen comienza su adiestramiento como piloto, Rico no consigue nada mejor que entrar en la Infantería Móvil, que muchos
consideran el estamento más bajo y peligroso del ejército pero que la novela presenta como el corazón del mismo y aquel destino en el que el servicio militar alcanza sus mayores cotas de honor, sacrificio, heroísmo y espíritu de grupo. El relato va siguiendo la trayectoria vital, emocional y castrense de Rico, primero en el campamento de adiestramiento, luego en la Escuela de Candidatos a Oficiales (ECO). En ese proceso y en las batallas en las que participa en diferentes planetas, Rico aprenderá el espíritu y el valor del militarismo.

“Tropas del Espacio” es, básicamente, una llamada a las armas, un recordatorio de que algunos enemigos sólo pueden ser derrotados por la fuerza y que cualquier sociedad que espere no ya conservar su libertad sino simplemente sobrevivir, debe estar preparada para aplicarla: “A cualquiera que se aferre a esa doctrina históricamente falsa, e inmoral por completo, de que la violencia jamás resuelve nada, yo le aconsejaría que conjurara a los fantasmas de Napoleón Bonaparte y del Duque de Wellington, y les dejara discutirlo. El fantasma de Hitler podría ser el árbitro (…) La violencia, la fuerza bruta, ha arreglado más cosas en la historia que cualquier otro factor, y la opinión contraria constituye el peor de los absurdos. Los que olvidan esta verdad básica siempre han pagado por ello con su vida y su libertad”.

De hecho, la novela niega el instinto moral o la bondad inherente al ser humano, presentando una
visión de la vida pseudo-darwiniana, como una lucha de la que emergerá victorioso el más fuerte: “O bien nosotros nos expandimos y borramos a las Chinches, o ellas aumentan en número y nos borran, porque ambas razas son fuertes e inteligentes, y desean el mismo espacio vital. (….). A continuación, propone que la única moralidad válida es aquella que asegura la supervivencia: “El hombre no tiene instinto moral. No nace con sentido moral. (…). Nosotros adquirimos el sentido moral, si es que lo adquirimos, mediante el adiestramiento, la experiencia y el sudor de la mente (…) ¿Qué es el sentido moral? Es una elaboración del instinto de supervivencia. El instinto de supervivencia está en la misma naturaleza humana, y todo aspecto de nuestra personalidad deriva de él. Todo lo que entra en conflicto con el instinto de supervivencia actúa, más pronto o más tarde, para eliminar al individuo, y por tanto deja de aparecer en las generaciones futuras (…) Es el imperativo eterno que controla todo lo que hacemos. Pero el instinto de supervivencia puede cultivarse en motivaciones más sutiles y mucho más complejas que el instinto ciego y brutal del individuo por seguir vivo (…) La supervivencia puede tener imperativos más fuertes que los de la suya personal. La supervivencia de su familia, por ejemplo. O de sus hijos, cuando los tenga. O de su nación si seguimos ascendiendo por la escala. Una teoría científicamente comprobable de los valores morales debe estar arraigada en el instinto de supervivencia del individuo, ¡y en nada más!”.

Por tanto, con el fin de garantizar la supervivencia no sólo individual sino colectiva y a todos los niveles, Heinlein urge a los americanos a acumular mayor poder militar y así tener más garantías de sobrevivir en su inevitable competición contra enemigos despiadados como los comunistas soviéticos o los chinos. Esta filosofía es deudora, evidentemente, de la época en la que vivió el autor. Su descripción del futuro era una crítica a la a su entender deficiente política del gobierno norteamericano en la década de los cincuenta, una política que él estimaba dejaría a Estados Unidos incapaz de ganar la Guerra Fría. Aunque “Tropas del Espacio” no es tan abiertamente anticomunista como su anterior “El Amo de Títeres” (1951), sí tiene carácter de respuesta política a un gobierno que Heinlein tachaba de blando y complaciente ante un potencial ataque comunista.

Sin embargo, esta crítica al gobierno de su país va más allá de posicionarse a favor de un ejército fuerte. Heinlein sugiere que la sociedad norteamericana ha criado una generación de jóvenes caprichosos e indisciplinados. Al principio de la novela se nos presenta al señor Dubois, profesor de Historia y Filosofía Moral en el instituto de Rico, antiguo veterano y sosias del propio Heinlein, que utiliza este personaje como vehículo para articular sus ideas. En los años cincuenta existía una auténtica preocupación por la extensión sin precedentes de la delincuencia juvenil, algo que Heinlein recoge en palabras de Dubois a la hora de abordar el tema del castigo en el contexto más amplio de la caída de la
democracia americana y su sustitución por la meritocracia militar: “Volvamos a esos criminales juveniles. Los peores eran algo más jóvenes que ustedes, los de esta clase, y con frecuencia habían empezado de niños su carrera fuera de la ley. Los chicos eran capturados a menudo. La policía los arrestaba a puñados a diario. ¿Les reñían? Sí, y a veces con severidad. ¿Les frotaban el morro en lo que habían hecho? Raras veces. La prensa y los organismos oficiales solían mantener sus nombres en secreto; en muchos lugares, así lo exigía la ley para los criminales menores de dieciocho años. ¿Les pegaban? ¡Por supuesto que no! A la mayoría no les habían pegado ni de niños. Había una teoría, y muy extendida, según la cual los golpes, o cualquier castigo que supusiera dolor, causaban al niño un daño psíquico permanente”.

Así que, ¿cuál es la solución? Dubois detalla las virtudes de los latigazos y otras formas de castigo corporal como forma de rectificar el comportamiento de esos muchachos: “El castigo corporal en las escuelas estaba prohibido por la ley. Los azotes, como sentencia de un tribunal, sólo se permitían en una pequeña provincia, Delaware, y únicamente por algunos crímenes, y rara vez se llevaban a efecto. Estaban considerados como un castigo «cruel y extraordinario». No comprendo esas objeciones al castigo
«cruel y extraordinario». Aunque un juez haya de ser benévolo en sus propósitos, su sentencia ha de hacer que el criminal sufra o no hay castigo, y el dolor es el mecanismo básico, innato en nosotros merced a millones de años de evolución, que nos salvaguarda al avisarnos de que algo amenaza nuestra supervivencia. ¿Por qué ha de negarse la sociedad a utilizar un mecanismo de supervivencia tan altamente perfeccionado? Sin embargo, ese período estaba dominado por las teorías seudopsicológicas y precientíficas”.

El propio Heinlein parece respaldar esta sugerencia, aunque bien podría interpretarse como ironía al comparar Dubois este método de castigo con la educación de un cachorrito que se orina en la casa. En el curso de ese revelador discurso, Dubois contextualiza su apoyo a los castigos físicos negando la existencia de derechos inalienables, explicando que la delincuencia juvenil se da porque la sociedad anima a sus muchachos a exigir sus derechos cuando lo que debería enseñarles es a cumplir con sus obligaciones. “Ah, sí, «los derechos inalienables». Cada año hay alguno que cita esa poesía magnífica. ¿La «vida»? ¿Qué derecho a la vida tiene un hombre que se está ahogando en el Pacífico? El océano no se apiadará de sus gritos. ¿Qué «derecho» a la vida tiene el hombre que debe morir si ha de salvar a sus hijos? Si él prefiere salvar la suya, ¿lo hará por cuestión de «derechos»? Si dos hombres están muriéndose de hambre y el canibalismo es la única alternativa frente a la muerte, ¿a cuál de los dos pertenece ese «derecho inalienable»? ¿Y es de verdad un
«derecho»? En cuanto a la libertad, los héroes que firmaron aquel gran documento se comprometieron a comprar la libertad con su vida. La libertad jamás es inalienable; debe redimirse con regularidad con la sangre de los patriotas, o se pierde para siempre. De todos los llamados «derechos humanos naturales» que se han inventado, la libertad es el más caro, desde luego, y jamás será gratuito.

“Y respecto al tercer derecho, la «búsqueda de la felicidad», en realidad sí es inalienable, pero no un derecho; es, sencillamente, una condición universal que los tiranos no nos pueden arrebatar, ni los patriotas restaurar. Tanto si me meten en una celda como si me queman en la hoguera o me coronan rey, yo puedo seguir «buscando la felicidad» mientras mi cerebro viva; mas ni los dioses, ni los santos, ni los sabios, ni las drogas sutiles pueden asegurar que la consiga”
.

Para Dubois-Heinlein, por tanto, no hay derechos universales. Lo único verdaderamente universal es el cumplimiento del deber, la base de cualquier sociedad que pretenda funcionar y perdurar: “La base de toda moralidad es el deber, un concepto con la misma relación con respecto al grupo que el interés egoísta tiene con respecto al individuo”. Admite que las blandas sociedades democráticas del pasado eran admirables en algunos aspectos, pero también que su incapacidad para hacer que sus miembros comprendieran y asumieran la necesidad de cumplir con el deber, las
condenó a desaparecer: “Los gamberros que asolaban las calles eran síntomas de una grave enfermedad; sus ciudadanos (todos eran ciudadanos entonces) glorificaron su mitología de los derechos… y se olvidaron por completo de sus deberes. Ninguna nación asi constituida es capaz de perdurar”.

La debilidad y declive morales de la sociedad del siglo XX culminó en una confrontación apocalíptica entre las potencias mundiales, seguido de un colapso casi absoluto de los sistemas políticos y sociales existentes hasta el momento. Resulta interesante que Heinlein, siempre preocupado por una posible Tercera Guerra Mundial, optara en la novela, por situarla en 1987 y que sus contendientes no fueran los previsibles Estados Unidos y la Unión Soviética, sino, por un lado, la Alianza Ruso-Anglo-Americana y, por otra, la Hegemonía China. Esta visión no diluye la advertencia anticomunista del libro, porque las hordas de chinos representan para el autor una amenaza todavía más pesadillesca que los soviéticos. De hecho, la sociedad de los Chinches, estructurada como una mente colmena con segregación entre cerebros, obreros y soldados remite a las ideas que en Occidente se tenían sobre China y Heinlein no duda en establecer un paralelismo: “Cada vez que matábamos mil Chinches a costa de un I.M (Infantería Móvil) era como una victoria para ellos. Nosotros aprendíamos, ¡y a qué precio!, cuán eficiente puede ser un comunismo total si lo utilizan gentes adaptadas realmente a ello merced a la evolución. A los comisarios Chinches no les importaba
más el perder soldados que a nosotros emplear municiones. Tal vez hubiéramos podido preverlo estudiando las derrotas que la Hegemonía china infligió a la Alianza ruso-angloamericana; sin embargo, el problema con esas «lecciones de la historia» es que generalmente se leen mejor después de haber caído de bruces”.

A comienzos de los cincuenta, Heinlein y su esposa viajaron alrededor del mundo. Para entonces, el escritor ya era afín a las teorías neomalthusianas y las políticas eugénicas, pero esa experiencia exacerbó todavía más su temor a la superpoblación y xenofobia. “El auténtico problema del Lejano Oriente no es que tantos de ellos sean comunistas, sino, sencillamente, que son demasiados”, escribió en 1954 para un libro de viajes (que se publicó póstumamente en 1992). Esas pesadillas fueron trasplantadas a “Tropas del Espacio” en forma de la especie alienígena aracnoide.

(Finaliza en la siguiente entrada)

5 comentarios:

  1. Ya hablaremos dello pero lo que tiene en mente Heinlein es a la Grecia Clásica. Como siempre fascismo se utiliza a la ligera. Por otro lado los dchos. no existen, son constructos mentales que hemos creado. En algunas cosas Heinlein tiene razón, otra cosa es que haya que hacerle caso en su idea de que el hombre es un animal. Evidentemente el tío se pasó de vueltas. Le faltó perspectiva y percatarse que el mundo había cambiado profundamente. Eso le pasó a todos los de su generación.

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  2. Ví una película de Dennis Richards sobre este libro, pero pensé que el autor era Argentino, porque rico era de buenos aires, creo que hay un cómic de un argentino basado en esta historia, en la película, la sociedad aparecía bien Nazi

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  3. La película de Verhoeven (con Dennise Richards, sí) tiene bien poco que ver con el libro. Entre las muchas diferencias está que los protagonistas -eso dice la película- son argentinos y no filipinos. Claro, así se ahorran el tener que poner actores de piel oscura -que siempre son menos populares que los arios-, pero la verdad es que ni así se tragaba uno que ese desfile de galanes de ojos azules y bellezones femeninos sacados de una serie romántica juvenil fueran bonaerenses. En cuanto a la sociedad, la verdad es que la película, como la novela, nos dice bien poco porque sólo aparecen militares. Sí es cierto que hay un sesgo paródico en la primera (los soldados sonrientes entregando armas a los niños como si fueran juguetes, los infantes aplastando insectos, los oficiales de inteligencia ataviados como si fueran de las SS...). De la película hablaré más a fondo en la próxima entrada. Un saludo!

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  4. El Servicio Federal propuesto por Heinlein no consiste solamente en servir en las fuerzas armadas. Ese es solo el camino que toma el protagonista (miembro de una familia de millonarios, y que no "necesitaría" hacerlo).
    En una descripción del mismo vienen a decir que si a alguien dispuesto a cumplirlo no le pueden encontrar algo para lo que valga, le crean un trabajo a medida que pueda desempeñar durante el tiempo que dura. Que si un ciego en silla de ruedas insistiese en presentarse, le encontrarían algo.

    Supongo que la gente se queda con lo más obvio, claro. Pero ese "idílico" sistema estaba diseñado para que solo los más responsables con la sociedad pudiesen acabar el servicio y luego ocupar cargos de responsabilidad.

    Pero es que las ideas socio-político-religiosas de Heinlein dan para debatir largo y tendido ;-)

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  5. Desde luego es un hecho que muchos ciudadanos carecen de sentido del deber, aunque eso sí, que les den sus derechos sin esforzarse que si no se quejan. Quizá Heinlein se pasa de militarista pero estoy en gran parte de acuerdo; además no nos podemos permitir quedarnos atrás en tecnología y medios militares respecto a otros países pues la consecuencia es estar desprotegido. Mientras haya ser humano, policía y ejército existirán. También hay mucha creencia falsa y la gente suele ensalzar la socialdemocracia sin pensar en algunos de sus puntos débiles y consecuencias; desde luego y en la medida de lo posible hay que ayudar a los demás, pero no si una persona gestiona y despilfarra los recursos que se le dan caritativa mente. En mi opinión liberalismo es lo más razonable y justo. La vida es dura pero ser libre conlleva responsabilidad, si no existe eso es dejadez y quererse aprovechar de los demás.

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