jueves, 13 de agosto de 2015

1962- EL MUELLE (LA JETÉE) – Chris Marker


Los films de ciencia ficción de la década de los sesenta que acabaron teniendo un mayor impacto en el género –y, en algunos casos, en el propio arte cinematográfico- se servían a menudo de los temas propios de la CF para experimentar formalmente con una nueva gramática visual, fusionando la narrativa de ficción con otros géneros, como el documental, el ensayo ideológico o, como es el caso que nos ocupa, la fotonovela. Se trata de “El Muelle”, considerado por muchos críticos uno de los mejores films de ciencia ficción jamás rodados.



En el aeropuerto de Orly, un niño ve caer a un hombre tiroteado. Poco después, estalla la Tercera Guerra Mundial y París es destruido por una explosión nuclear. El futuro postholocausto ha tenido dos efectos: por un lado, obliga a los supervivientes a ocultarse bajo tierra esperando el inevitable final; por otro, el tiempo deja de tener una secuencia coherente, desintegrando la ley de causa-efecto.

Uno de esos supervivientes es aquel niño del principio, ya convertido en adulto (Davos Hanich), y que resulta elegido como parte de un experimento de viaje temporal cuyo objetivo es recoger información que permita romper la línea cronológica e impedir la tragedia nuclear. El motivo de que se le haya elegido a él y no a otro ha sido su capacidad para retener un momento emocionalmente muy intenso del pasado, no solamente el instante del asesinato del hombre,
sino el recuerdo del rostro de una misteriosa mujer (Hélène Chatelain). El viaje en el tiempo –inducido no tanto por medios tecnológicos como psicotrópicos- se realiza con éxito pero, una vez en el pasado, el hombre se enamora de la mujer y desobedece las órdenes de sus superiores.

Este corto de 28 minutos, distribuido como programa doble con otro clásico francés de la ciencia ficción, “Lemmy contra Alphaville”, de Jean-Luc Godard, se realizó en Francia en la cúspide de la conocida como “Nouvelle Vague” o “Nueva Ola”, el movimiento renovador del cine francés surgido alrededor de la revista Cahiers du Cinema. “El Muelle” se estrenó tan sólo un año después de “El año pasado en Marienbad” (1961, Alain Resnais) y, de hecho, la influencia de ésta cinta resulta evidente en el corto que comentamos. Ambas producciones son fantasías sobre viajes temporales abordadas desde un punto de vista introspectivo. No son narraciones dramáticas sobre aventureros temporales que han de sobrevivir entre los restos degenerados de la humanidad, como era el caso de otras películas de
la época (“El Tiempo en sus Manos”, 1960; o “El Planeta de los Simios”, 1968), sino historias subjetivas centradas en uno de los temas clave de la Nueva Ola: la obsesión con la memoria perdida y los romances del pasado.

“El Muelle” es una cinta muy experimental. El director Chris Marker recurre al poco ortodoxo método de narrar toda la historia a base de tomas estáticas, una especie de sucesión de fotografías en blanco y negro mantenidas en pantalla durante un tiempo variable y acompañadas por una susurrante voz en off que recita un texto extrañamente poético. El efecto que se consigue es el de concentrar al espectador en el poder de la imagen mediante la yuxtaposición de momentos congelados en el tiempo, vistazos parciales e incompletos al pasado; algo que se ajusta perfectamente al tema
tratado. El único plano que se diferencia un poco del resto es cuando la mujer despierta, abre los ojos y mira directamente a la cámara. La razón de esa excepción no está clara –quizá, como ha apuntado alguien, la emoción suscitada por un recuerdo, o como símbolo del movimiento que emerge del estatismo con el que recordamos el pasado-; con todo constituye un efecto interesante.

Aunque recibió calurosas críticas por parte de los expertos, lo cierto es que “El Muelle” pasó prácticamente desapercibido para el público hasta la década de los noventa, cuando obtuvo una nueva vida gracias a la versión que Terry Gilliam realizó con el título “Doce Monos” (1995). Irónicamente, el corto de Marker era en sí
mismo una versión de una película anterior, “Vértigo”, de Alfred Hitchock. Como “Vértigo”, “El Muelle” es un estudio sobre la imaginación humana y nuestra tendencia a rememorar una y otra vez un pasado tan intangible como idealizado. De hecho, en un gesto que anticipa su film de 1983, “Sans Soleil” (una muestra aún más clara de la veneración del francés por el thriller de Hitchock), Marker incluye varias referencias explícitas, tanto visuales como narrativas, a “Vértigo”. Por ejemplo, la utilización de llamativos primeros planos de la Mujer remite al mismo recurso del que se sirvió Hitchock con Kim Novak en su doble papel en “Vértigo”. La escena en la que El Viajero trata de explicar a La Mujer el tiempo del que procede recuerda a una similar entre James Stewart y Kim Novak.

También resulta interesante comparar “El Muelle” con su sucesora, “Doce Monos”. En general, la superproducción de Gilliam funciona mucho mejor como película de ciencia ficción: recorta algunos aspectos de la historia original –como el viaje al futuro lejano- y aporta mayor sustancia a otros –como las razones por las que el protagonista viaja al pasado-. También le da a las escenas que transcurren en el pasado un ritmo más dramático y menos lánguido. En general, Gilliam sustituyó la frialdad onírica del corto de Marker por la efervescencia y la hiperactividad. Puede que ello erosionara el efecto emocional de “El Muelle”, pero a cambio obtuvo un genial e inquietante largometraje de CF más apto para todos los públicos.

Con todo lo peculiar que es el cine de Terry Gilliam, “El Muelle” sigue siendo más extravagante
a pesar de su breve duración, mientras que “Doce Monos” resulta más compacta y centrada. El clímax en la cinta de los sesenta es más abrupto que en la de los noventa –sólo el niño presencia su propia muerte- pero la paradoja temporal que plantea sigue siendo impactante.

A pesar de su nombre aparentemente inglés, Chris Marker era francés. Nacido Christian François Bouche-Villeneuve en 1921, luchó en la Segunda Guerra Mundial antes de hacer carrera como escritor y editor. Hombre de intereses diversos, adoptó el apellido artístico Marker –parece ser que tomado de un popular rotulador de la época- y probó suerte en el mundo del cortometraje documental influido, como hemos visto, por la Nouvelle Vague. Durante las siguientes cuatro décadas y hasta su muerte en 2012, Marker siguió dirigiendo
cortos y documentales de ideología izquierdista pero su único regreso al cine de género fue “Level Five”, una poco acertada mezcla de realidad virtual y deconstrucción de metraje bélico.

“El Muelle” es a todos los efectos una película de su tiempo que desafía cualquier categorización. La intención de su creador fue la de animar al espectador a reflexionar no sólo sobre la historia que se contaba, sino sobre la forma en que se hacía. La razón por la que suele incluirse en las listas de películas más importantes de la historia del género no es sólo su osadía formal, sino la influencia que tuvo en filmes posteriores. De hecho, podemos ver rastros de su estética y, hasta cierto punto, tono emocional, en “2001: Una Odisea del Espacio” (1968), de Stanley Kubrick.


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