La cineasta parisina Julia Ducournau se ha venido dando a conocer con un cine que busca incomodar al espectador y poner a prueba su temple ante determinadas representaciones del cuerpo humano. Sus dos primeros largometrajes, “Raw” (2016) y “Titane” (2021), ya dejaban claro que la directora estaba interesada en explorar territorios poco convencionales. En el primero, una adolescente vegetariana desarrollaba una inquietante atracción por la carne humana, hasta desembocar en una historia sobre el despertar de los instintos y la aceptación de una naturaleza que desborda cualquier límite social. En “Titane”, Ducournau llevaba esa exploración mucho más lejos mediante la historia de una mujer que quedaba embarazada después de mantener relaciones sexuales con un automóvil. La película obtuvo la Palma de Oro en Cannes, convirtiendo a su directora en la segunda mujer que recibía el galardón en solitario.
Con “Alpha”, su tercer largometraje, Ducournau vuelve a reflexionar sobre la transformación física, aunque adopta un planteamiento narrativo más contenido y se distancia del impacto inmediato que caracterizaba a sus anteriores películas.
Alpha
(Mélissa Boros) es una adolescente francesa de trece años que regresa de una
fiesta con un tatuaje rudimentario de la letra A en el brazo. Alguien se lo ha
realizado mientras estaba inconsciente. Su madre (Golshifteh Farahani), una
doctora de origen bereber, reacciona con gran preocupación. Y no es para menos
porque la sociedad en la que viven (una especie de años 90 alternativos, sin
internet ni móviles) está sufriendo una epidemia mortal que se transmite por la
sangre y que provoca una calcificación progresiva de los cuerpos. Los afectados
terminan convertidos en grotescas figuras de piedra, hasta que sus pulmones
dejan de funcionar. La madre teme que el tatuaje haya expuesto a su hija a la
infección, una posibilidad que adquiere todavía más gravedad por la situación
de su hermano Amin (Tahar Rahim), un heroinómano que ha regresado a casa
después de muchos años de ausencia y que ya padece la enfermedad.
La llegada
de Amin, como era de esperar, altera la vida doméstica. Alpha apenas conoce a
su tío y debe compartir espacio con él, mientras su madre intenta atenderlo y
evitar que la joven corra peligro. En el instituto, el tatuaje empieza a
sangrar con frecuencia y despierta el temor de sus compañeros. Los rumores
sobre un posible contagio se extienden con rapidez. La muchacha acaba sufriendo
el rechazo de sus compañeros y es expulsada del centro. La adolescente descubre
así que una marca en la piel puede bastar para convertirla en alguien
sospechoso, incluso cuando nadie sabe si está infectada.
En este punto, el lector podría preguntarme por qué he incluido este drama familiar y social en un blog de ciencia ficción. Pues, sencillamente, porque reúne varios elementos que la cualifican como adscrita al género. En primer lugar, una enfermedad ficticia como premisa especulativa, una dolencia que no se corresponde con ninguna enfermedad conocida y sus efectos físicos entran, podría decirse, en el terreno de lo fantástico. La película no necesita explicar su origen ni establecer un mecanismo científico coherente. Le basta con introducir una anomalía biológica y explorar las consecuencias que tendría su aparición.
Tampoco se
nos explica con precisión cómo se propaga. Se alude al contacto estrecho y el
uso de agujas, pero evita desarrollar una explicación médica que permita
comprender su naturaleza. Esta indefinición no es un descuido, sino que tiene
como función narrativa desplazar el foco de atención hacia las reacciones que
provoca la epidemia. El miedo al contagio se convierte en una fuerza que altera
las relaciones personales y determina quién puede seguir formando parte de la
comunidad y quién queda apartado de ella.
La referencia al VIH y al sida resulta bastante evidente. Esta enfermedad imaginaria reproduce algunos de los mecanismos de exclusión que acompañaron a la crisis del sida durante las décadas de los 70 y 80 del pasado siglo, cuando la asociación entre la enfermedad y determinados grupos sociales alimentó prejuicios que dificultaron la atención médica y contribuyeron a extender el rechazo hacia las personas infectadas. Ducournau recupera ese clima de desconfianza mediante una epidemia que provoca una reacción de repulsión ante el cuerpo enfermo. El miedo a la transmisión acaba imponiéndose sobre cualquier consideración hacia quienes padecen la infección.
Una de las escenas que mejor expresa esta idea tiene lugar en el instituto. El profesor de inglés de Alpha (Finnegan Oldfield) es objeto de insultos homófobos por parte de sus alumnos. Más adelante, la protagonista lo encuentra en la sala de espera del hospital, acompañando a su pareja enferma. Alpha es la única persona que no reacciona con rechazo ante su aspecto, estableciendo de esta forma una conexión entre la discriminación que sufren los enfermos y la hostilidad dirigida contra quienes son identificados con colectivos considerados responsables de la epidemia.
Desde sus orígenes, la ciencia ficción ha mostrado un interés particular por los límites de la condición humana. En “Alpha”, la enfermedad modifica la naturaleza física de las personas hasta hacerlas irreconocibles. La transformación corporal enlaza la película con una tradición que también encontramos en el cine de David Cronenberg, aunque Ducournau se interesa aquí menos por la mutación como fuente de horror que por sus consecuencias emocionales y sociales.
La
calcificación funciona como una imagen fantástica, sugerente e impactante. Los
enfermos terminan convertidos en monumentos de mármol, como si sus cuerpos
quedaran congelados en el momento de su muerte. Esa transformación puede
interpretarse como una representación de la memoria colectiva. Las víctimas
quedan convertidas en figuras inmutables, pero ese “monumento” no celebra su
existencia sino que es un testimonio del trato que le dispensó una sociedad que
primero las marginó y después tuvo que convivir con las consecuencias de su
indiferencia. Ducournau parece sugerir que el estigma también forma parte de la
historia de una epidemia y que sus efectos pueden prolongarse mucho después de
la muerte de quienes la padecieron.
La relación
con la todavía fresca pandemia de COVID-19 introduce otra lectura. Aunque las
circunstancias históricas fueron diferentes, la experiencia reciente de una
emergencia sanitaria permite reconocer algunos comportamientos que la película
reproduce: el temor al contacto, unos profesionales médicos e instalaciones sanitarias
sobrepasados, la sospecha ante cualquier síntoma y la tendencia a interpretar
la enfermedad como una amenaza que obliga a mantener distancia. La historia
bien podría haber nacido de esa experiencia colectiva, aunque su referencia al
sida impide reducirla a una alegoría de la pandemia de coronavirus. Las dos
crisis tuvieron características muy distintas. En el caso del sida, la
homofobia y los prejuicios de clase condicionaron durante años la percepción
pública de la enfermedad y la respuesta sanitaria.
La madre de Alpha encarna buena parte de esas contradicciones. Como médica, conoce la enfermedad y ha dedicado su trabajo a atender a quienes la padecen. Sin embargo, cuando afecta a su hija y a su hermano, su formación científica empieza a resultar insuficiente para mantener su estabilidad emocional bajo control. El hospital donde trabaja se encuentra desbordado y carece de camas para atender a todos los pacientes. En una escena vemos cómo llegan personas en diferentes fases de la infección, mientras el personal sanitario intenta prestarles ayuda con recursos cada vez más limitados.
Las
tensiones psicológicas que padece la acercan a su propia madre, que atribuía la
enfermedad de Amin a una antigua creencia popular conocida como el Viento Rojo.
Según esa superstición bereber, el mal podía eliminarse mediante una
purificación con agua. La mujer había recurrido a esas explicaciones
tradicionales cuando la medicina no le ofrecía respuestas satisfactorias; y
ahora, su hija, que ha construido su vida alrededor de la ciencia, empieza a
mostrar una disposición parecida. El sufrimiento y la proximidad de la muerte
la llevan a aferrarse a cualquier posibilidad que pueda prolongar la vida de su
hermano y mantener a su hija a salvo. Es, en cierto sentido, una transmisión
familiar del miedo en la que cada generación se dota de sus propias
explicaciones, pero ninguna consigue encontrar una forma de protegerse por
completo de la pérdida.
Amin es el personaje que recibe un tratamiento dramático más complejo. La película no lo reduce a la figura de un adicto que debe pagar las consecuencias de sus decisiones. Amin conserva una vitalidad que contrasta con el deterioro de su cuerpo. Incluso cuando la enfermedad avanza, mantiene una sonrisa extraña, perturbadora, como si conociera una broma que los demás no alcanzan a comprender. Su deseo de morir y detener el sufrimiento genera una continua tensión con su hermana, que no puede aceptar que su recuperación sea imposible.
El actor que
lo interpreta, Tahar Rahim, ofrece una interpretación de gran intensidad
emocional. Evita convertir al personaje en una figura destinada únicamente a
despertar compasión y lo dota de una personalidad propia, marcada por el humor
y cierta obstinación. Su relación con Alpha adquiere una importancia especial
porque ambos comparten una situación de aislamiento. La adolescente ha sido
apartada por sus compañeros y Amin vive bajo el peso de una enfermedad que
impide que nadie confíe en él –justificadamente, por otra parte-. Los dos
encuentran en el otro una forma de comprensión que no consiguen obtener del
resto de su entorno.
Mélissa Boros, debutante en un papel protagonista, aporta a su personaje una presencia física muy particular. Sus ojos expresivos y su manera de moverse transmiten la inquietud de una adolescente que intenta defenderse de un mundo que empieza a considerarla peligrosa. Alpha se empeña en mantener una actitud rebelde, desafiante, aunque esa resistencia no consigue impedir que el rechazo de los demás termine afectándola. Por desgracia, el tono contenido que claramente busca la directora queda en algunos pasajes diluido por cierto histrionismo. Golshifteh Farahani, por su parte, construye una madre agotada y cada vez más desesperada, cuya complejidad compensa en parte las limitaciones del guion. Su trabajo y el de Rahim proporcionan a la película buena parte de su consistencia emocional.
La estructura temporal también contribuye a definir el relato. La narración alterna episodios del pasado con situaciones del presente, de manera que el espectador puede ir reconstruyendo poco a poco la historia familiar. Esos flashbacks permiten comprender el origen de la relación entre Alpha y Amin, así como las circunstancias que llevaron a su separación. El montaje establece un diálogo entre ambas épocas y muestra cómo las experiencias anteriores siguen condicionando las decisiones de los personajes.
Desde el punto de vista visual, Alpha mantiene algunos rasgos del cine anterior de Ducournau, aunque modifica su relación con el cuerpo. La cámara permanece muy cerca de los personajes y concede una atención especial a las superficies físicas. La directora se detiene en las marcas de las agujas que Amin lleva en los brazos, la piel degradada y las lesiones que anuncian el avance de la infección. Estas imágenes producen incomodidad porque no aparecen como breves impactos destinados a sorprender al espectador, sino que su presencia se prolonga durante toda la película.
La escena en
la que la madre examina la espalda de su hermano resulta especialmente
desagradable. Al tirar de un fragmento de piel, consigue desprender una porción
considerable de tejido, revelando el deterioro físico que la enfermedad ha
provocado. La secuencia recupera el interés de la directora por la
transformación corporal, aunque aquí el efecto no depende tanto de la violencia
explícita como de la relación entre el cuerpo enfermo y la mirada de quien
intenta cuidarlo. La proximidad de la cámara obliga al espectador a permanecer
ante una imagen que los personajes tampoco pueden eludir.
El tratamiento fotográfico refuerza la relación entre pasado y presente. Las escenas del presente, rodadas digitalmente, presentan una textura cromática marcada, mientras que los recuerdos poseen una apariencia más próxima al aspecto fotoquímico de la película tradicional. Esta diferencia visual ayuda a distinguir los tiempos narrativos, aunque ambos permanecen conectados.
Pese a sus aciertos, el guion presenta problemas de desarrollo. Ducournau introduce numerosas cuestiones que apenas llegan a adquirir entidad propia. La referencia al sida y a la COVID-19 resulta sugerente, pero la película no termina de desarrollar todas las implicaciones de esa relación. La discriminación de los enfermos, el miedo al contagio y la conducta de unos padres que intentan proteger a sus hijos mediante el aislamiento aparecen como elementos de un mismo escenario, aunque no siempre encuentran una articulación satisfactoria. La enfermedad funciona como motor de la historia, pero su indefinición también limita las posibilidades de profundizar en las consecuencias sociales que plantea.
El tatuaje, que al principio parece destinado a convertirse en el centro del conflicto, pierde presencia durante la segunda mitad. La sospecha de que Alpha pueda estar infectada deja paso a la evolución de la relación familiar y a la situación de Amin. Este desplazamiento puede resultar desconcertante para quienes esperan una historia de terror centrada en una infección misteriosa. La película tampoco ofrece el tipo de giros inesperados que sí existían en “Raw” y “Titane”. Su trayectoria dramática se vuelve relativamente previsible, por lo que algunos acontecimientos pierden fuerza.
También hay cierta dispersión en la manera de presentar sus ideas. La película quiere abarcar demasiados asuntos sin conceder a todos el espacio necesario. La memoria de la crisis del sida, la experiencia de la pandemia, el rechazo a los enfermos y el deterioro de las relaciones familiares podrían sostener relatos diferentes, pero Ducournau los reúne bajo una misma premisa sin conseguir integrarlos en una estructura narrativa equilibrada. De ahí que algunos espectadores puedan percibir “Alpha” como una película menos contundente que sus anteriores trabajos.
Sin embargo, reducirla a sus problemas de construcción sería pasar por alto lo que sí consigue transmitir. La directora mantiene una mirada muy personal sobre la enfermedad y evita convertir a los pacientes en meras figuras destinadas a provocar repulsión. El hospital desbordado y las personas que esperan atención ofrecen algunas de las imágenes más inquietantes del filme. Allí donde la sociedad parece incapaz de asumir el sufrimiento de los enfermos, la película insiste en mostrar sus cuerpos y sus rostros. La incomodidad procede tanto de su deterioro físico como de la indiferencia que los rodea.
El desenlace
lleva esa dimensión emocional a su expresión más clara (ATENCIÓN: SPOILER). La
madre saca a Amin de la ciudad y permite que su cuerpo moribundo quede expuesto
a las tormentas de polvo que azotan la zona. La escena tiene algo de rito de
despedida. La enfermedad ha destruido las posibilidades de recuperación y la
mujer debe aceptar que no puede seguir reteniendo a su hermano. La
transformación final lo convierte en una figura mineral, una imagen que es una
extensión de la idea de la memoria de los muertos y la huella que dejan en
quienes sobreviven.
La muerte impregna buena parte de “Alpha”, pero Ducournau no hace que se convierta en el elemento dominante. Entre las imágenes de enfermedad aparecen momentos de afecto y vitalidad. Los personajes bailan, se besan, ríen, corren y discuten. En una escena particularmente delicada, una mariquita descansa sobre la palma de una mano y es observada con una mezcla de curiosidad y ternura. Son instantes que impiden que la película quede atrapada en su dimensión más sombría. La vida continúa incluso cuando los personajes saben que pueden perder a alguien en cualquier momento.
En este sentido, el duelo constituye el verdadero centro emocional de la película. Perder a alguien implica aceptar su ausencia, pero también conservar parte de su presencia en la propia memoria. La madre debe aprender a dejar marchar a Amin; Alpha tiene que descubrir quién era ese hombre que ha reaparecido en su vida cuando ya estaba enfermo. Ambas se enfrentan a una pérdida que modifica su relación con el pasado y con el futuro. La enfermedad deja tras de sí cuerpos convertidos en piedra, pero también recuerdos que siguen formando parte de quienes permanecen vivos.
“Alpha” quizá no alcance la fuerza visual y temática de “Raw” o “Titane”. Su guion resulta irregular y algunas de sus ideas, como dije, quedan apuntadas sin llegar a desarrollarse. Pero no puede negarse que es una película con personalidad, que evita los caminos más cómodos a la hora de abordar y mostrar la enfermedad y que manda un mensaje humanista sobre la fragilidad humana y la dificultad de acompañar a quienes sufren cuando el miedo amenaza con imponerse al afecto.

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