sábado, 7 de noviembre de 2026

1897-LOS RAYOS X – George Albert Smith




En 1895, el físico alemán Wilhelm Röntgen descubrió accidentalmente los rayos X, una forma de radiación capaz de atravesar determinados materiales y revelar la estructura interna de los objetos. El hallazgo despertó un interés inmediato. La prensa publicó imágenes de esqueletos humanos, los científicos organizaron demostraciones públicas y los médicos empezaron a estudiar sus posibilidades diagnósticas. La novedad llegó incluso a los hogares y quienes disponían de recursos podían comprar o construir sus propios aparatos para fotografiar huesos de animales, objetos ocultos en el interior de zapatos o sus propias manos. En muy poco tiempo, los rayos X habían pasado de ser un descubrimiento científico a convertirse en un fenómeno popular.

 

El cine no tardó en aprovechar aquella fascinación. En 1897, el británico George Albert Smith dirigió “The X-Rays”, también conocida como “The X-Ray Fiend”, una breve película de unos 44 segundos que trasladaba el nuevo descubrimiento al terreno de la comedia fantástica. La acción transcurre en un parque. Una pareja de enamorados, interpretada por Tom Green y Laura Bayley -esposa del propio Smith-, está sentada en un banco mientras intercambia gestos de afecto. De pronto aparece un hombre con una máquina identificada mediante un rótulo como “X-Rays”. El extraño dirige el aparato hacia la pareja y, mediante un cambio de plano, los dos jóvenes se transforman en esqueletos. El efecto alcanza también al paraguas de la mujer, cuyos radios quedan al descubierto. Cuando el intruso se marcha, los enamorados recuperan su aspecto normal, pero el joven se muestra demasiado insistente en sus avances. Ella lo rechaza y se aleja, dejándolo solo.

 

La película combina una idea sencilla con un uso eficaz de los trucajes cinematográficos. Smith aprovecha el montaje para sustituir a los actores por figuras esqueléticas y convertir una demostración científica en una situación cómica. El detalle del paraguas revela, además, una atención especial a los efectos visuales: la radiación no solo permite contemplar los huesos de las personas, sino también la estructura interna de un objeto cotidiano. El vestuario merece una observación aparte. Aunque suele describirse como un conjunto de trajes ajustados que reproducían el esqueleto, el de Laura Bayley parece ser en realidad un vestido negro largo con las piernas pintadas individualmente. La modestia victoriana seguía imponiendo sus condiciones incluso cuando los rayos X permitían mirar bajo la ropa.

 

El descubrimiento de Röntgen había alimentado ya numerosas fantasías antes de que Smith llevara el asunto a la pantalla. Escritores y humoristas encontraron en aquella tecnología una fuente de situaciones insólitas. En 1896, por ejemplo, apareció “The Possibilities of the Roentgen Method”, un texto que más tarde se reeditaría con el título ”The Declaration of Love”. Su protagonista era un esqueleto que, arrodillado, pedía matrimonio. La literatura también exploró las posibilidades inquietantes del invento. En “Röntgen's Curse”, de C. H. T. Crosthwaite, Herbert Newton se obsesiona con la nueva técnica e intenta desarrollar un procedimiento que permita a los ojos humanos funcionar como aparatos de rayos X. Tras sufrir una filtración de productos químicos en los ojos, despierta con la capacidad de ver el mundo de una forma alterada: los objetos aparecen envueltos en una neblina y su esposa y sus hijos se reducen a esqueletos.

 

Esta mezcla de fascinación y temor tenía una explicación. Los rayos X ofrecían posibilidades médicas extraordinarias, pero también proporcionaban un espectáculo que el público podía contemplar sin conocimientos científicos previos. Las conferencias y exhibiciones permitían asistir a demostraciones prácticas e incluso participar en ellas. Algunos asistentes se prestaban a que les radiografiaran las manos o los bolsos. La tecnología se convirtió así en un entretenimiento de feria y un objeto de consumo doméstico. Aquella confianza en sus posibilidades convivía con un desconocimiento casi absoluto de sus riesgos. En sus primeros años, mucha gente los consideraba inofensivos, una percepción que las consecuencias de la exposición prolongada acabarían desmintiendo.

 

Los cineastas también encontraron en los rayos X un recurso apropiado para sus películas de trucos y efectos especiales. Algunos trabajos abordaron el fenómeno desde una perspectiva médica o científica, como “X-Ray Cinematography of Frog's Legs” (1896-1897) y “Dr. Macintyre's X-Ray Cabinet” (1909). Otros prefirieron explotar su potencial cómico y fantástico. En “Le Squelette Joyeux” (1898), los hermanos Lumière mostraban un esqueleto que ejecutaba una danza mientras perdía y recuperaba distintas partes de su estructura ósea. “The X-Ray Mirror” (1899), de Wallace McCutcheon, presentaba a una joven en una sombrerería que, después de elegir un sombrero, se contemplaba en un espejo. Al descubrir que su reflejo mostraba un esqueleto, sufría un desmayo.

 

También los cineastas franceses Alice Guy y Georges Méliès realizaron sus propias aproximaciones al tema. Guy dirigió “L'Utilité des Rayons X”, protagonizada por Gaston Breteau, empleado de Gaumont y operador de cámara. Su planteamiento era abiertamente humorístico: una máquina de rayos X descubre que una persona que se hace pasar por una mujer embarazada para atravesar un control aduanero oculta en realidad mercancías de contrabando. Méliès, en cambio, optó por una vertiente más cercana al terror y la ciencia ficción. En su película, hoy perdida, los rayos X llegaban a extraer el esqueleto del cuerpo de la persona examinada. Las fechas que aparecen en algunos catálogos para esta obra varían entre 1897 y 1900, aunque su posición cronológica suele situarse después de la película de Smith.

 

Estas películas demuestran hasta qué punto el nuevo descubrimiento se prestaba a interpretaciones distintas. Guy utilizaba la radiación para desenmascarar un engaño; Méliès convertía la exploración del cuerpo en una transformación sobrenatural; y Smith encontraba en ella una situación de humor físico. Los tres compartían el interés por una tecnología que parecía ofrecer acceso a una dimensión invisible de la realidad, pero cada uno la incorporaba a su propio universo cinematográfico.

 

La obra de Smith merece atención también por el contexto en que apareció. Durante los primeros años del cine, la producción británica desarrolló una personalidad propia que, con frecuencia, queda eclipsada por la mayor difusión posterior de las películas francesas de Méliès y de los trabajos estadounidenses del catálogo Edison. La llamada Escuela de Brighton, nombre que el historiador francés Georges Sadoul dio al grupo de pioneros que trabajaban en aquella localidad inglesa, reunió a realizadores interesados tanto en las posibilidades técnicas del nuevo medio como en sus recursos narrativos y cómicos.

 

Smith fue uno de sus miembros más destacados. Antes de dedicarse al cine había trabajado en los escenarios como hipnotizador y ofrecía espectáculos relacionados con fenómenos psíquicos. También fue inventor, con un interés especial por los efectos visuales. Esa experiencia escénica ayuda a entender su inclinación por las ilusiones y los trucos, aunque su aportación fue más allá de reproducir números de magia ante una cámara.

 

En películas como “Grandma's Reading Glass” (1900), Smith recurrió a primeros planos, movimientos de cámara, efectos de iris y un montaje relativamente complejo para mostrar cómo un niño utiliza la lupa de su abuela y examina distintos objetos. “The Big Swallow” (1901) empleó un primer plano extremo para crear la ilusión de que un hombre, molesto porque lo están fotografiando, acaba tragándose al fotógrafo y su cámara. “The Countryman and the Cinematograph” (1901) jugaba con el recurso de la película dentro de la película y con una situación que ya resultaba familiar al público: la reacción de un campesino ingenuo y asustado ante las imágenes en movimiento.

 

Otras obras permiten apreciar su interés por la narración y el montaje. En “A Kiss in the Tunnel” (1899), una pareja se besa mientras su tren atraviesa un túnel. La película suele citarse como un ejemplo temprano de montaje narrativo y de integración de planos rodados en circunstancias distintas. “Let Me Dream Again” (1900) utilizó una transición gradual entre dos imágenes para separar el sueño de la realidad. Un hombre disfruta de un encuentro con una joven atractiva hasta que despierta junto a su esposa, bastante menos amable de lo que había imaginado. En “Mary Jane's Mishaps” (1903), una criada interpretada por Laura Bayley provoca accidentalmente una explosión al intentar encender el fuego con parafina. La mujer sale despedida por la chimenea y acaba bajo una lápida cuya inscripción anuncia que descansa “en pedazos”. Smith empleó fundidos, sobreimpresiones y otros trucajes para mostrar después la aparición de su fantasma.

 

En todos estos trabajos se aprecia una preocupación constante por encontrar soluciones visuales que sirvan a la historia. Smith utilizó primeros planos, panorámicas, efectos de iris, cortes de montaje y dobles exposiciones en una etapa en la que el lenguaje cinematográfico todavía estaba tomando forma. Es difícil atribuirle con seguridad la invención de procedimientos concretos, porque buena parte del cine de aquellos años se ha perdido, pero sin duda figura entre los realizadores que los incorporaron muy pronto a sus películas. Lo interesante es que no los utilizaba como simples exhibiciones técnicas, sino que cada recurso contribuía a desarrollar una situación o a provocar una reacción en el espectador.

 

Su trayectoria terminó ligada a otro de sus proyectos más ambiciosos: el Kinemacolor, un procedimiento pionero de cine en color que desarrolló a partir de sus investigaciones. Las disputas legales y los litigios relacionados con el sistema acabaron con el negocio y apartaron a Smith de la producción cinematográfica. A diferencia de otros pioneros cuya contribución quedó olvidada durante décadas, sí recibió reconocimiento por su trabajo antes de morir.

 

La influencia de los primeros trucajes cinematográficos tampoco terminó con aquellas películas. Los recursos empleados por Smith y otros realizadores de la época pasaron a formar parte del repertorio habitual del cine mudo y llegaron también a los seriales de aventuras. En el episodio final de “Los Misterios de Nueva York” (1914), de los hermanos Wharton, el doctor Craig Kennedy utiliza una máquina de rayos X para localizar y desactivar una bomba, además de descubrir la identidad del villano enmascarado conocido como Clutching Hand. Otras producciones seriadas incorporaron radiaciones, fuerzas magnéticas y aparatos capaces de emitir rayos mortales, entre ellas “El Misterio de Zudora” (1914), “The Shielding Shadow” (1916), “The Yellow Menace” (1916), “The Great Radium Mystery” (1919), “The Flaming Disc” (1920), “The Power God” (1920) o The Scarlet Streak (1925).

 

“Los Rayos X” apenas dura tres cuartos de minuto y su argumento no pasa de ser una breve escena cómica. Sin embargo, concentra varias de las inquietudes que definieron los primeros años del cine: la curiosidad por los descubrimientos científicos, el gusto por las ilusiones ópticas y la búsqueda de nuevas formas de contar historias mediante imágenes. Smith tomó una tecnología que acababa de despertar la imaginación del público y encontró la forma de aplicarla para contar una pequeña anécdota ligera de corte amoroso. Su película pertenece a una etapa en la que bastaban una cámara, un truco bien resuelto y una idea ingeniosa para descubrir nuevas posibilidades del medio.

 

 

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