En 1895, el físico alemán Wilhelm Röntgen descubrió accidentalmente los rayos X, una forma de radiación capaz de atravesar determinados materiales y revelar la estructura interna de los objetos. El hallazgo despertó un interés inmediato. La prensa publicó imágenes de esqueletos humanos, los científicos organizaron demostraciones públicas y los médicos empezaron a estudiar sus posibilidades diagnósticas. La novedad llegó incluso a los hogares y quienes disponían de recursos podían comprar o construir sus propios aparatos para fotografiar huesos de animales, objetos ocultos en el interior de zapatos o sus propias manos. En muy poco tiempo, los rayos X habían pasado de ser un descubrimiento científico a convertirse en un fenómeno popular.
El cine no
tardó en aprovechar aquella fascinación. En 1897, el británico George Albert
Smith dirigió “The X-Rays”, también conocida como “The X-Ray Fiend”, una breve
película de unos 44 segundos que trasladaba el nuevo descubrimiento al terreno
de la comedia fantástica. La acción transcurre en un parque. Una pareja de
enamorados, interpretada por Tom Green y Laura Bayley -esposa del propio Smith-,
está sentada en un banco mientras intercambia gestos de afecto. De pronto
aparece un hombre con una máquina identificada mediante un rótulo como “X-Rays”.
El extraño dirige el aparato hacia la pareja y, mediante un cambio de plano,
los dos jóvenes se transforman en esqueletos. El efecto alcanza también al
paraguas de la mujer, cuyos radios quedan al descubierto. Cuando el intruso se
marcha, los enamorados recuperan su aspecto normal, pero el joven se muestra
demasiado insistente en sus avances. Ella lo rechaza y se aleja, dejándolo
solo.
La película
combina una idea sencilla con un uso eficaz de los trucajes cinematográficos.
Smith aprovecha el montaje para sustituir a los actores por figuras
esqueléticas y convertir una demostración científica en una situación cómica.
El detalle del paraguas revela, además, una atención especial a los efectos
visuales: la radiación no solo permite contemplar los huesos de las personas,
sino también la estructura interna de un objeto cotidiano. El vestuario merece
una observación aparte. Aunque suele describirse como un conjunto de trajes
ajustados que reproducían el esqueleto, el de Laura Bayley parece ser en
realidad un vestido negro largo con las piernas pintadas individualmente. La
modestia victoriana seguía imponiendo sus condiciones incluso cuando los rayos
X permitían mirar bajo la ropa.
El
descubrimiento de Röntgen había alimentado ya numerosas fantasías antes d
e que
Smith llevara el asunto a la pantalla. Escritores y humoristas encontraron en
aquella tecnología una fuente de situaciones insólitas. En 1896, por ejemplo,
apareció “The Possibilities of the Roentgen Method”, un texto que más tarde se
reeditaría con el título ”The Declaration of Love”. Su protagonista era un
esqueleto que, arrodillado, pedía matrimonio. La literatura también exploró las
posibilidades inquietantes del invento. En “Röntgen's Curse”, de C. H. T.
Crosthwaite, Herbert Newton se obsesiona con la nueva técnica e intenta
desarrollar un procedimiento que permita a los ojos humanos funcionar como
aparatos de rayos X. Tras sufrir una filtración de productos químicos en los
ojos, despierta con la capacidad de ver el mundo de una forma alterada: los
objetos aparecen envueltos en una neblina y su esposa y sus hijos se reducen a
esqueletos.
Esta mezcla
de fascinación y temor tenía una explicación. Los rayos X ofrecían
posibilidades médicas extraordinarias, pero también proporcionaban un
espectáculo que el público podía contemplar sin conocimientos científicos
previos. Las conferencias y exhibiciones permitían asistir a demostraciones
prácticas e incluso participar en ellas. Algunos asistentes se prestaban a que
les radiografiaran las manos o los bolsos. La tecnología se convirtió así en un
entretenimiento de feria y un objeto de consumo doméstico. Aquella confianza en
sus posibilidades convivía con un desconocimiento casi absoluto de sus riesgos.
En sus primeros años, mucha gente los consideraba inofensivos, una percepción
que las consecuencias de la exposición prolongada acabarían desmintiendo.
Los
cineastas también encontraron en los rayos X un recurso apropiado para sus
películas de trucos y efectos especiales. Algunos trabajos abordaron el
fenómeno desde una perspectiva médica o científica, como “X-Ray Cinematography
of Frog's Legs” (1896-1897) y “Dr. Macintyre's X-Ray Cabinet” (1909). Otros
prefirieron explotar su potencial cómico y fantástico. En “Le Squelette Joyeux”
(1898), los hermanos Lumière mostraban un esqueleto que ejecutaba una danza
mientras perdía y recuperaba distintas partes de su estructura ósea. “The X-Ray
Mirror” (1899), de Wallace McCutcheon, presentaba a una joven en una
sombrerería que, después de elegir un sombrero, se contemplaba en un espejo. Al
descubrir que su reflejo mostraba un esqueleto, sufría un desmayo.
También los
cineastas franceses Alice Guy y Georges Méliès realizaron sus propias
aproximaciones al tema. Guy dirigió “L'Utilité des Rayons X”, protagonizada por
Gaston Breteau, empleado de Gaumont y operador de cámara. Su planteamiento era
abiertamente humorístico: una máquina de rayos X descubre que una persona que
se hace pasar por una mujer embarazada para atravesar un control aduanero
oculta en realidad mercancías de contrabando. Méliès, en cambio, optó por una
vertiente más cercana al terror y la ciencia ficción. En su película, hoy
perdida, los rayos X llegaban a extraer el esqueleto del cuerpo de la persona
examinada. Las fechas que aparecen en algunos catálogos para esta obra varían
entre 1897 y 1900, aunque su posición cronológica suele situarse después de la
película de Smith.
Estas películas demuestran hasta qué punto el nuevo descubrimiento se prestaba a interpretaciones distintas. Guy utilizaba la radiación para desenmascarar un engaño; Méliès convertía la exploración del cuerpo en una transformación sobrenatural; y Smith encontraba en ella una situación de humor físico. Los tres compartían el interés por una tecnología que parecía ofrecer acceso a una dimensión invisible de la realidad, pero cada uno la incorporaba a su propio universo cinematográfico.
La obra de
Smith merece atención también por el contexto en que apareció. Durante los
primeros años del cine, la producción británica desarrolló una personalidad
propia que, con frecuencia, queda eclipsada por la mayor difusión posterior de
las películas francesas de Méliès y de los trabajos estadounidenses del
catálogo Edison. La llamada Escuela de Brighton, nombre que el historiador
francés Georges Sadoul dio al grupo de pioneros que trabajaban en aquella
localidad inglesa, reunió a realizadores interesados tanto en las posibilidades
técnicas del nuevo medio como en sus recursos narrativos y cómicos.
Smith fue
uno de sus miembros más destacados. Antes de dedicarse al cine había trabajado
en los escenarios como hipnotizador y ofrecía espectáculos relacionados con fenómenos
psíquicos. También fue inventor, con un interés especial por los efectos
visuales. Esa experiencia escénica ayuda a entender su inclinación por las
ilusiones y los trucos, aunque su aportación fue más allá de reproducir números
de magia ante una cámara.
En películas como “Grandma's Reading Glass” (1900), Smith recurrió a primeros planos, movimientos de cámara, efectos de iris y un montaje relativamente complejo para mostrar cómo un niño utiliza la lupa de su abuela y examina distintos objetos. “The Big Swallow” (1901) empleó un primer plano extremo para crear la ilusión de que un hombre, molesto porque lo están fotografiando, acaba tragándose al fotógrafo y su cámara. “The Countryman and the Cinematograph” (1901) jugaba con el recurso de la película dentro de la película y con una situación que ya resultaba familiar al público: la reacción de un campesino ingenuo y asustado ante las imágenes en movimiento.
Otras obras
permiten apreciar su interés por la narración y el montaje. En “A Kiss in the
Tunnel” (1899), una pareja se besa mientras su tren atraviesa un túnel. La
película suele citarse como un ejemplo temprano de montaje narrativo y de
integración de planos rodados en circunstancias distintas. “Let Me Dream Again”
(1900) utilizó una transición gradual entre dos imágenes para separar el sueño
de la realidad. Un hombre disfruta de un encuentro con una joven atractiva
hasta que despierta junto a su esposa, bastante menos amable de lo que había
imaginado. En “Mary Jane's Mishaps” (1903), una criada interpretada por Laura
Bayley provoca accidentalmente una explosión al intentar encender el fuego con
parafina. La mujer sale despedida por la chimenea y acaba bajo una lápida cuya
inscripción anuncia que descansa “en pedazos”. Smith empleó fundidos,
sobreimpresiones y otros trucajes para mostrar después la aparición de su
fantasma.
En todos
estos trabajos se aprecia una preocupación constante por encontrar soluciones
visuales que sirvan a la historia. Smith utilizó primeros planos, panorámicas,
efectos de iris, cortes de montaje y dobles exposiciones en una etapa en la que
el lenguaje cinematográfico todavía estaba tomando forma. Es difícil atribuirle
con seguridad la invención de procedimientos concretos, porque buena parte del
cine de aquellos años se ha perdido, pero sin duda figura entre los
realizadores que los incorporaron muy pronto a sus películas. Lo interesante es
que no los utilizaba como simples exhibiciones técnicas, sino que cada recurso
contribuía a desarrollar una situación o a provocar una reacción en el
espectador.
Su
trayectoria terminó ligada a otro de sus proyectos más ambiciosos: el Kinemacolor,
un procedimiento pionero de cine en color que desarrolló a partir de sus
investigaciones. Las disputas legales y los litigios relacionados con el
sistema acabaron con el negocio y apartaron a Smith de la producción
cinematográfica. A diferencia de otros pioneros cuya contribución quedó
olvidada durante décadas, sí recibió reconocimiento por su trabajo antes de
morir.
La influencia de los primeros trucajes cinematográficos tampoco terminó con aquellas películas. Los recursos empleados por Smith y otros realizadores de la época pasaron a formar parte del repertorio habitual del cine mudo y llegaron también a los seriales de aventuras. En el episodio final de “Los Misterios de Nueva York” (1914), de los hermanos Wharton, el doctor Craig Kennedy utiliza una máquina de rayos X para localizar y desactivar una bomba, además de descubrir la identidad del villano enmascarado conocido como Clutching Hand. Otras producciones seriadas incorporaron radiaciones, fuerzas magnéticas y aparatos capaces de emitir rayos mortales, entre ellas “El Misterio de Zudora” (1914), “The Shielding Shadow” (1916), “The Yellow Menace” (1916), “The Great Radium Mystery” (1919), “The Flaming Disc” (1920), “The Power God” (1920) o The Scarlet Streak (1925).
“Los Rayos X” apenas dura tres cuartos de minuto y su argumento no pasa de ser una breve escena cómica. Sin embargo, concentra varias de las inquietudes que definieron los primeros años del cine: la curiosidad por los descubrimientos científicos, el gusto por las ilusiones ópticas y la búsqueda de nuevas formas de contar historias mediante imágenes. Smith tomó una tecnología que acababa de despertar la imaginación del público y encontró la forma de aplicarla para contar una pequeña anécdota ligera de corte amoroso. Su película pertenece a una etapa en la que bastaban una cámara, un truco bien resuelto y una idea ingeniosa para descubrir nuevas posibilidades del medio.
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