“La Increíble Mujer Menguante” fue un proyecto concebido en fecha tan temprana como 1958, cuando Universal quiso replicar el éxito de “El Increíble Hombre Menguante” (1957) con una secuela inicialmente titulada “La Increíble Chica Menguante”. Richard Matheson, escritor de la novela original y guionista del primero de esos films, llegó a entregar un libreto, pero la producción jamás recibió luz verde. No sería hasta 1978 cuando la idea, ya fuera recuperada de aquella propuesta inicial o desarrollada independientemente, salió adelante.
Pat Kramer
(Lily Tomlin) es una ama de casa casada con Vance (Charles Grodin), un
ejecutivo de publicidad que trabaja desarrollando productos químicos cuyas
muestras lleva a casa para probarlas. Ambos tienen dos niños –bastante
insoportables, por cierto- y viven en la típica casa ideal de los suburbios. Un
día, después de haberse sometido a los efluvios de una inusual combinación de
productos, Pat nota que está perdiendo peso y altura. Cuando días –o semanas
después, no se aclara- llega al medio metro, empieza a tener problemas para
ejercer su papel de madre y ama de casa. Su tragedia la convierte en una
celebridad internacional, siendo apodada “La Increíble Mujer Menguante”.
En un momento
determinado, es capturada por un grupo secreto, la Organización para la
Administración Mundial, liderada por Tom Keller (John Glover), cuyo propósito
es sintetizar un suero a partir de su sangre con el que fabricar un arma que
les permita reducir a quien quieran y subyugar fácilmente al mundo. Para ello,
reclutan la ayuda de un malvado científico (Henry Gibson) y amenazan al codicioso
jefe de Vance (Ned Beatty) para que manipule al matrimonio. Pat es secuestrada
por esos villanos, pero consigue huir con la ayuda de un gorila tan cautivo
como ella y lanzar al mundo un mensaje contra el consumismo y el peligro para
el medio ambiente y los seres humanos de los productos químicos.
Inicialmente,
el director adscrito al proyecto fue John Landis, que ya había triunfado con
“Granujas a Todo Ritmo” (1980). Sin embargo, Universal impuso un recorte de
presupuesto de 30 a 10 millones de dólares, lo que obligó a reescribir el guion
introduciendo cambios con los que Landis no estaba de acuerdo, así que renunció
para dirigir a cambio “Un Hombre Lobo Americano en Londres” (1981).
Su lugar fue
heredado por Joel Schumacher, que antes de entrar en el cine había estudiado
diseño y trabajado en el mundo de la moda, una experiencia que influiría luego
en su estilo visual como director, caracterizado por una estética cuidada en lo
referente al vestuario y ambientación. Su debut en la industria cinematográfica
lo hizo como diseñador de vestuario, participando en películas de Woody Allen
como “El Dormilón” (1973) o "Interiores" (1978), lo que le permitió
adquirir experiencia en el set de rodaje y familiarizarse con el proceso de
producción. Luego escribiría guiones para films como “Un Mundo Aparte” (1976) o
“El Mago” (1978) antes de debutar como director en pantalla grande con la
película que ahora nos ocupa.
Aunque -no sin
motivos, como veremos- suele ser una cinta menospreciada, hay que admitir que
“La Increíble Mujer Menguante” introduce algunos cambios ingeniosos respecto a
su predecesora de los 50 y, para muchos (aunque yo no llegaría tan lejos), es
incluso la mejor película de su director. Los créditos indican que la historia
viene solo "sugerida por" el libro de Richard Matheson y no menciona
en absoluto la película de 1957, a pesar de que muchas escenas de ésta se han
replicado fielmente, como la de la protagonista ya muy disminuida que tiene que
vivir en una casa de muñecas; o el plano que muestra a gente discutiendo con el
respaldo de una silla frente a la cámara antes de cortar para mostrar el
asiento y, en él a una Pat en miniatura sentada en el borde.
“El Increíble
Hombre Menguante” ha sido interpretada por algunos comentaristas como una especie
de pionera parábola feminista gracias a pasajes como aquellos en los que el
protagonista trataba de controlar tiránicamente a su esposa conforme él mismo encogía
de tamaño; o cuando mantenía una aventura con una enana hasta que ella acabó
quedando también demasiado grande para él. Esa línea la respetan los guionistas
de “La Increíble Mujer Menguante”, Jane Wagner (compañera y luego esposa de Lily
Tomlin en 2013) y Jerry Belson, aunque adoptando un tono más cómico y
conservador al mostrar la difícil situación de Pat como ama de casa cada vez
más agobiada cuando la disminución de su cuerpo le impide realizar las tareas
que conformaban su único propósito vital: cocinar, poner la mesa, hacer la
compra, cuidar de sus hijos, satisfacer sexualmente a su marido… En una escena
tan gráfica como simbólica, Pat sube trabajosamente a su –para ella- enorme
lecho matrimonial vistiendo una provocativa bata, sólo para salir volando
cuando Vance se da la vuelta dormido y acabar en un monopatín que la deposita
en la puerta de su casa de muñecas, d
onde tiene que conformarse con un muñeco
“Ken” de su mismo tamaño.
Las escenas que tratan de representar de forma cómica el caos en el que pasa a vivir sumida (vestida de Santa Claus en un pequeño Belén navideño; el accidente que la arroja a un montón de viejos juguetes de sus hijos; la cena en la que bebe champán de un dedal y acaba empapada cada vez que su ya ebrio marido no acierta a rellenársela…) se alternan con juegos de palabras y mensajes feministas, ecologistas y críticos al capitalismo más desaforado y desconsiderado.
Sin embargo,
“La Increíble Mujer Menguante” tiene demasiados problemas como para que pueda
recomendarse sin reparos. En primer lugar, muchos de los gags pretendidamente
graciosos no lo son, oscilando entre lo histriónico y lo soso. En segundo
lugar, existe un claro choque de tonos opuestos que no acaban de funcionar bien
juntos: quiere ser, al mismo tiempo, una comedia enloquecida, un drama y un
thriller. Y ninguno de esos planos funciona satisfactoriamente, interfiriendo
unos con otros y deshaciendo la coherencia del conjunto.
Mientras que “El
Increíble Hombre Menguante” elegía centrarse en el drama emocional de una
persona que iba desapareciendo de la sociedad, su familia y el mundo y que concluía
con una media hora en la que se veía confinado en un sótano de inmensas
proporciones para él y donde tenía que sobrevivir afrontando graves peligros y
superando diversas dificultades, los guionistas de esta contrapartida ochentera
y femenina pensaron que, como la premisa original en clave cómica no podía
estirarse más, sería una buena idea agregar en el último tercio una aburrida
trama de suspense con una organización secreta aspirante a conquistadora del
mundo, presentada tarde y mal (un simple despacho en penumbra con tres personas
alrededor de la mesa), sin sentido alguno ni medios aparentes más allá de un
laboratorio con un técnico tan cretino como irritante y unos guardias de
seguridad cuya ineptitud les habría garantizado un puesto en un corto de Harold
Lloyd.
Después de
haber eliminado el anterior subtexto satírico, ni siquiera se remata
medianamente esa parte de “conspiración”, disipándose el final en una sucesión
discordante de payasadas nada divertidas. Donde la película de los 50 se
atrevió a concluir con una nota ambigua y un tono de angustia existencial, la
de los 80 opta por un desenlace feliz que deja abierta la puerta a una posible
secuela con la premisa inversa. Si de algo vale la opinión de Richard Matheson
al respecto, dijo que la película le parecía “terrible” y en absoluto graciosa.
Al parecer, el
guion original de Wagner tenía un perfil más abiertamente político. El mensaje
admonitorio de un consumismo que propicia el abuso de productos químicos y que
sume a una mujer en la tragedia, recuerda a ciertos intentos que hicieron
películas de CF de los 50 para advertir sobre los efectos de la energía
atómica, como “El Hombre H” (1958). No he podido averiguar cuál era el final
propuesto en aquel guion primigenio, pero el que tenemos en la película
definitiva es absurdo: una combinación igualmente aleatoria de productos
químicos revierte el efecto de miniaturización para que la protagonista pueda
reunirse con sus seres queridos. Esto arruina por completo la intensidad dramática
que se había creado mostrando imágenes de diferentes lugares del mundo en los
que las campanas repicaban en memoria de Pat recordando que no importa cuán
pequeño seas, puedes dejar huella. En algún momento, como hizo Landis,
Schumacher debería haber plantado cara y avisado al estudio de que se habían
distanciado tanto del foco original, que o bien se eliminaba por completo, o se
reconducía la historia. Al final, todo se queda en un producto aguado e
indeciso y cabe preguntarse cuál habría sido el resultado en las manos de John
Landis o Joe Dante, ot
ros dos directores del género fantástico contemporáneos con
más talento, personalidad y osadía que Schumacher.
A comienzos de los 80, los expertos en efectos especiales ya sabían muy bien cómo crear en el espectador la ilusión de cambios de tamaño y aquí el trabajo de trucos ópticos a base de decorados y accesorios de grandes dimensiones, es razonablemente bueno. Menos satisfactorio es el traje de gorila diseñado y vestido por Rick Baker; expresivo, sí, pero a todas luces falso y desde luego inferior a los efectos de maquillaje de “Un Hombre Lobo Americano en Londres”, por los que aquel mismo año ganaría el primer Oscar concedido en esa categoría.
La elección de
Schumacher como director en sustitución de Landis es inexplicable. Se dedica a
hacer excesivos y bruscos cortes de plano entre un ángulo de cámara mal ubicado
y el siguiente, una torpeza imperdonable en cualquier circunstancia, pero catastrófica
en una película en la que Tomlin (sin razón alguna) interpreta múltiples
papeles, debiendo creer el espectador que todos ocupan el mismo espacio
simultáneamente. Para colmo, el director tuvo la nefasta idea de diseñar la
casa del matrimonio protagonista a base de tonos pastel que parecen sacados de
un dibujo animado, lo que le da a la historia un tono irreal, como de casa de
muñecas. Si a eso le sumamos una fotografía suavemente difuminada (¿quizá un
vano intento de que Tomlin pareciera más atractiva?), el resultado visual
oscila de lo incómodo a lo insufrible, como si personajes y ambientes
estuvieran cubiertos de celofán rosa.
Como he dicho, Lily
Tomlin interpreta tres personajes en esta película. Uno de ellos, el de la
vecina de Pat, Judith Beasley, está tomado de uno que encarnaba la actriz en
sus espectáculos de comedia en directo. Los otros dos, Edith Ann y la
telefonista, son personajes que utilizaba en un programa de variedades,
“Laugh-In” (1967). Puede que en su día estuviera considerada una humorista
tronchante, pero yo no he sido capaz de encontrarle la gracia a su histriónica
interpretación repleta de muecas y aspavientos.
Al final, “La
Increíble Mujer Menguante” es una incómoda y desequilibrada mezcla de comedia
bufa y drama existencial que no es capaz de encontrar su dirección más allá de
la premisa de partida y un par de gags con chispa, alargándose innecesariamente
casi noventa minutos sin que tal metraje venga justificado por una comedia
brillante o un thriller repleto de suspense. Aunque los efectos visuales
–factor esencial en una película con una premisa como esta- funcionan mejor de
lo esperable, no lo hace la historia, el humor, la interpretación ni el diseño
de producción.
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