lunes, 24 de abril de 2023

2011- BLACK MIRROR (6)

 

(Viene de la entrada anterior)

 

“Black Mirror” siempre ha mostrado un interés especial por el concepto de “identidad digital”: los avatares animados de “Quince Millones de Méritos”, la reconstrucción virtual de seres queridos fallecidos en “Vuelvo Enseguida” y otros episodios que veremos en entradas futuras. “El Momento Waldo”, tercera y última entrega de la segunda temporada, es otra reflexión sobre cómo el “yo” digital puede trascender y anular al real.

 

La historia presenta a un tosco oso azul de dibujos animados llamado Waldo, creado y operado en tiempo real con tecnología de captura de movimientos para una cadena de televisión por un cómico frustrado, Jamie Salter (Daniel Rigby). Inicialmente, Waldo se presenta como una figura simpática, de aspecto infantil, algo deslenguada, que se utiliza para entrevistar a políticos y famosos en un plató de televisión para un late show. Una noche, Waldo humilla públicamente al candidato tory, Liam Monroe (Tobias Menzies) y se convierte en un meme tremendamente popular que lleva a un productor sin escrúpulos a concederle su propio programa y luego a que siga a Monroe (que ha sustituido a un predecesor acusado de pedofilia) en sus mítines electorales. Desde una pantalla gigante instalada en el lateral exterior de una furgoneta en cuyo interior Jamie maneja su criatura, Waldo se dedica a reventar los eventos del político.

 

Pero conforme la popularidad y consiguiente influencia de Waldo crece cada vez más, Jamie se siente avergonzado e incómodo con su papel. El tono de las bromas va extremándose y siente que ha perdido el control: “No soy ni lo suficientemente tonto ni lo suficientemente listo como para estar en política”. Como Victor Frankenstein, se da cuenta demasiado tarde de que ha creado un monstruo demasiado poderoso del que ya no puede huir. Él le da movimiento y voz a Waldo pero cuando intenta imponer su criterio, el productor le deja claro que la tecnología permitiría a la cadena reemplazarle sin que nadie se diese cuenta. Nadie conoce su cara ni su labor tras la imagen del dibujo animado, por lo que sus perspectivas profesionales más allá de Waldo son dudosas.

 

Irritado y presionado por la cadena, Jamie radicaliza su humor y accede a participar en la campaña ideada por aquélla para presentar a Waldo como contendiente en los próximos comicios. Este nuevo participante virtual, aunque obviamente no tenga ninguna posibilidad de llegar al poder, interfiere seriamente en el proceso lanzando corrosivas críticas a los políticos de ambos partidos en liza (el pijo tory conservador y la laborista con más ambición que principios) y convirtiéndose, gracias a un lenguaje obsceno y un mensaje tan populista como vacío, en improbable líder de un movimiento anti-político de dimensiones cada vez mayores. Para colmo, atrapado por el torbellino mediático que ha generado su creación y profundamente insatisfecho y estresado con el alcance que está alcanzando Waldo, Jamie arruina la relación sentimental que había empezado con Gwendolyn (Chloe Pirrie), candidata laborista a las elecciones.

 

El oso azul se convierte en una celebridad de tal magnitud que llama la atención de los servicios secretos norteamericanos, que sugieren a la cadena su potencial como figura de “entretenimiento” global, el “perfecto asesino” para regímenes que resulten molestos al gobierno que lo tenga en su arsenal. Así, Waldo pasa de ser un meme a un arma, una herramienta de manipulación de masas. Ese es un límite que Jamie no está dispuesto a traspasar y dimite. Sus productores se hacen cargo de Waldo –del que poseen la propiedad intelectual- y éste acaba obteniendo nada menos que un segundo lugar en las elecciones tras el candidato tory. En el epílogo, una elipsis nos lleva a unos años después para mostrarnos cómo Jamie vive como un indigente en las calles de una ciudad dominada por carteles luminosos en los que se ve la cara de Waldo acompañada de palabras como “esperanza” y “cambio”. El meme ha ganado y es ahora el símbolo de una distopía global construida desde la base por los propios ciudadanos.

 

La razón por la que “El Momento Waldo” parece tener mal encaje en “Black Mirror” –y, de hecho, no figura entre los episodios favoritos de casi nadie- es, primero, porque describe una situación que podría suceder mañana y, segundo, porque la tecnología futurista no desempeña realmente ningún papel en la historia. La explicación –según se desprende de los títulos de crédito- es que buena parte del episodio fue imaginado mucho antes de su estreno, cuando Charlie Brooker estaba escribiendo su menos conocida serie “Nathan Barley” (2005), parodia del fenómeno del rápido crecimiento en extensión e influencia de Internet, una plataforma en la que cualquiera, incluso los cretinos más vacuos –como el que da título al programa- podían convertirse en una especie de gurús. De hecho, Jamie sería una versión del personaje de esa serie llamado Dan Ashcroft (Julian Barratt), quien, en un momento determinado, acusa de idiotas a los rendidos seguidores de los media de la misma forma que hace Jamie al final de este episodio dirigiéndose a los fans de Waldo.

 

Repasando la trayectoria de “Black Mirror” hasta este punto, “El Momento Waldo” tiene mucho más que ver con el primer capítulo, “El Himno Nacional”, que con los otros cuatro. En ambos, el proceso político es subvertido por el insaciable apetito público por los escándalos y la mediocridad intelectual. Pero no es sólo la estupidez de las masas lo que se ataca aquí. Hay también un aviso al sistema político. La razón por la que prospera un personaje tan feo e impresentable como Waldo es que ofrece opiniones honestas (aunque expresadas de forma impertinente) que contrastan con una clase política que rehúye reconocer sus auténticas motivaciones y se expresa sólo a través de ambigüedades que sólo quedan bien en los medios de comunicación.

 

Brooker parece pensar que su país, Gran Bretaña –y esto en realidad es extensible a buena parte del mundo- desea unos políticos más honrados en actos, espíritu, motivaciones y declaraciones. Y que, si esta demanda se deja insatisfecha, si continúan sucediéndose gobernantes y opositores que decepcionan por actuar contrariamente a lo prometido o ser relacionados con escándalos de diversa índole que ponen en duda su integridad, existe el peligro de que aparezca alguien, quizá no preparado para el ejercicio del poder pero sí dispuesto a aprovecharse del populismo para alcanzarlo, que coseche a su favor ese descontento. Y ese es Waldo… o quien se esconda tras él.

 

Porque Waldo es, literalmente, un personaje que cualquiera puede controlar, una cara y una voz de la que alguien puede servirse para lanzar eslóganes con los que robar votos tanto a políticos apoltronados, falsos e ineficaces como a otros con espíritu más fresco y dispuestos a introducir cambios. Waldo se convierte en una marca a disposición de la empresa que es su propietaria y cuya influencia puede poner al servicio del mejor postor; puede hacer o decir cualquier cosa porque es una marioneta sin ideales ni pensamientos propios. Votar a Waldo es votar a favor de las sombras que manejan los hilos a su propio beneficio, sin dar la cara ni responder ante la opinión pública.

 

Es evidente para cualquiera que se moleste en mirar a su alrededor que el sentimiento expresado por Waldo es compartido por mucha gente, aunque sea en forma de broma o protesta. También conecta con la naturaleza “no política” de alguien como Jamie. No son en absoluto pocos los que sienten indiferencia, cuando no repugnancia, hacia todo lo que suene a política; no votan ni prestan atención a las noticias políticas. Esta decepción y desconfianza por el establishment está presente en ambos lados del espectro político. Waldo representa el poder de activar a estos elementos y la clave del mismo es carecer de cualquier atisbo de programa o visión política. Se trata únicamente de mostrarse indignado y furioso, pero sin aportar una alternativa sólida.

 

Parte de esa ira está dirigida a los políticos de carrera que, demasiado a menudo, parecen más interesados en ser elegidos que en servir a los intereses públicos cuando no rodeados de asuntos dudosos relacionados con la corrupción financiera o la influencia de grupos empresariales. Resulta muy sencillo tachar a todos los políticos como igualmente detestables o negarse a elegir entre dos males equivalentes (o tres, o tantos como colores políticos tenga el país en cada momento).

 

Sin embargo, hay un aspecto en esa táctica tan inmaduro como el propio Waldo. Liam Monroe dice que Waldo hace parecer absurdo todo el sistema, “lo que puede ser cierto; pero construyó estas carreteras”. Si rechazas entrar en el juego y romper la baraja, necesitas un plan para reemplazarlo porque de otro modo, lo único que se está favoreciendo es el caos.

 

El productor le sugiere a Jamie que bien podría prescindirse de los políticos. Cada decisión que hubiera de tomarse podría someterse a un voto por internet. ¿No sería eso la democracia en su estado más puro? A lo que Jamie responde señalando la banalidad del vídeo más visto de YouTube. Y esto lleva a otra cuestión de calado: ¿es la democracia un fin en sí mismo? ¿Algo valioso per se? ¿O puede interpretarse como una táctica para conseguir un fin?

 

Parece que los pensadores ilustrados del siglo XVIII que promocionaron la democracia la vieron sobre todo como una táctica para evitar la tiranía y fomentar los ideales de la Razón y la Libertad. Sin embargo, conforme fue pasando el tiempo, esa importancia otorgada a los derechos humanos universales ha ido dejando paso a una noción de la democracia más en línea con el neoliberalismo, reduciendo todos los argumentos a expresiones de preferencias y derechos individiduales y comodificando todos los valores.

 

Como he comentado más arriba, Jamie y el productor se reúnen con un individuo que dice ser de “la Agencia” y que desea hablar del futuro de Waldo. Señala que su naturaleza de dibujo animado es un bonus –dado que no se puede relacionar lo que dice con una persona en particular a la que podría rebatirse o atacar políticamente- y se ofrece a exportarlo por todo el mundo. Este es el momento en que el fenómeno Waldo es absorbido por el establishment político. Esto es lo que ocurre si uno carga contra el sistema con un mensaje populista que llega a la gente pero que carece de toda sustancia real. Waldo se convierte a partir de ese momento en una estrategia de marketing al servicio de intereses poco claros.

 

“Black Mirror” siempre alcanzó la brillantez cuando, en lugar de tratar de satirizar a brochazos, como si fuera una de las vitriólicas columnas que firma Brooker en el periódico “The Guardian”, reduce el foco para centrarse en un pequeño número de personajes y su relación con la tecnología del futuro. Tanto “Toda Tu Historia”, en la primera temporada, como “Vuelvo Enseguida”, de la segunda, eran fábulas desasosegantes y muy agudas que nos advertían sobre los nuevos peligros que pueden plantear las nuevas tecnologías de uso cotidiano. Pero también eran excelentes dramas humanos, con personajes cuyos sentimientos podíamos entender y compartir y con los que Brooker transmitía su punto de vista de una forma emocionalmente intensa.  

 

Los actores Daniel Rigby y su interés romántico en esta ocasión, Chloe Pirrie (que interpreta a la candidata del partido laborista, Gwendolyn), aportan al episodio escenas con carga emocional pero, en general, este es uno de los capítulos más flojos de la serie. El énfasis que pone en dejar claro la crítica político-social se superpone a la caracterización de los personajes y le lleva a recurrir a estereotipos, como el arrogante primer ministro tory, el manipulador productor sólo interesado en las estadísticas de audiencia o el propio público que, sin matices ni divisiones, está dispuesto a reir de buena gana con cualquier chiste de mal gusto.

 

Con todo, hay temas interesantes en “El Momento Waldo” y la tecnología, aunque no sea futurista, no es del todo ajena a ellos. El conflicto emocional que generan las identidades digitales es un tema tan de rabiosa actualidad hoy como cuando se estrenó el capítulo hace diez años. Pensemos en los sentimientos que generan las reacciones a tus posts de las redes sociales. Puede que hayas publicado en ellas una reflexión que consideres ingeniosa, perspicaz y elaborada, sólo para encontrarte con que a nadie parece importarle. Pero cuando escupes algún improperio espontáneo y visceral que incluso no refleja tu verdadera opinión, amigos y extraños se lanzan a comentar y debatir. Lo cual te coloca en una situación difícil si lo que deseas es llegar a un público amplio: ¿deberías permanecer fiel a tu auténtico “yo” o rendirte a un alter ego que, aunque falso, sea mucho más popular? Tomando distancia y analizando con frialdad el dilema, éste no debería ser tal. Pero las redes sociales nos obligan a reflexionar sobre ello porque elegir una u otra opción es lo que marca la diferencia entre el anonimato y la notoriedad.

 

Puede que esta dicotomía entre la identidad real y la digital parezca secundaria en la trama de “El Momento Waldo” en relación a la crítica política y social, pero lo cierto es que, si hacemos de la popularidad el tema principal de este episodio, sus motivos y peligros, ésta tiene mucho que ver, tanto en la historia como en nuestra realidad, con la tecnología. Dado que “Black Mirror” gusta de jugar con ideas que son hipotéticamente posibles desde el punto de vista de la tecnología pero que todavía no se han materializado, quizá no debería sorprendernos que, al menos en este caso, la realidad haya superado la ficción. Y es que ver “El Momento Waldo” hoy resulta una experiencia diferente de lo que fue en su momento, 2013.

 

Tan solo cuatro años después de su estreno en el Canal 4 británico, este episodio empezó a cobrar un aura profética cuando Donald Trump llegó al poder en Estados Unidos. No solamente era inquietantemente parecido a Waldo en cuanto a su desprecio por los filtros y sus ínfulas de líder de los desencantados, sino que encarnaba el mismo tipo de conflicto que experimentaba Jamie en el episodio.

 

Tan pronto como Trump entró en la carrera presidencial, se vio envuelto en la polémica. Entre otras muchas cosas, se le acusó repetidamente de falta de respeto por las reglas no escritas de comportamiento en política, explícito racismo e intolerable actitud machista. Insultaba a sus rivales y se atrevió a ofrecer dinero a los transeúntes a cambio de pegarle a alguien. Y, sin embargo, nada de eso pareció afectar a su popularidad. No pasaba día sin que subiera algún tweet o hiciera algo que se convertía en viral.

 

Conforme se acercaban las elecciones y una vez se celebraron éstas y resultó elegido, sus defensores especulaban –con más optimismo que realismo- que Trump dejaría atrás ese comportamiento populachero y aparcaría su “identidad” fabricada en las redes sociales para adoptar un tono más “presidencial”. En retrospectiva, parece una expectativa estúpida… porque lo era. ¿Por qué motivo querría abandonar Trump su identidad digital, aquélla que le había alfombrado el camino a la Casa Blanca? Quizá en algún momento, aquella identidad fue una fachada prefabricada, un avatar con el que satisfacer a sus partidarios. Pero tras haber dependido tanto su éxito de ella, no es difícil imaginar que el “Twitter Trump” acabara suplantando al auténtico.

 

A veces, las redes sociales recompensan a sus usuarios por los motivos equivocados. Es difícil dejar de hacer algo que te granjea “clicks”, “me gusta”, visionados, atención y fama. Puede que no seas una mala persona, pero deseas tanto el calor de la popularidad o que tu mensaje llegue al gran mundo, que terminas por adoptar una identidad que no se corresponde a tu auténtico yo; escribes o dices cosas que no te atreverías a confirmar en una conversación con tus conocidos; o quizá llevas ya tanto tiempo haciéndolo que acabas olvidando quién eres realmente y cuando te miras en el espejo (el Black Mirror del título), lo único que ves es la peor versión de tí mismo.

 

“El Momento Waldo” es un episodio que empieza como una crítica bastante convencional a los políticos y los medios de comunicación para deslizarse luego hacia territorios más oscuros: la disociación entre identidades digitales y reales y la utilización de iconos de internet aparentemente inofensivos para manipularnos y hacernos ver la política real como una ficción a la que no hay por qué tomar en serio. Una historia, en fin, que nos advierte de a dónde nos pueden llevar nuestros hábitos en las redes sociales si dejamos que éstas condicionen nuestra visión de la realidad.

 

Lo más preocupante es que, a juzgar por las reacciones en Twitter que cosechó este episodio en su momento y la cantidad de apoyos con “#votawaldo” que se recibieron, hubo demasiada gente que no entendió en absoluto el mensaje. Después de todo, Waldo ganó. Y si no, que se lo digan a Donald Trump. 

 

(Continúa en la siguiente entrada)

 


1 comentario:

  1. Uno de mis episodios preferidos. Entre otras cosas por su valor didáctico.

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