sábado, 16 de julio de 2011

1908-LA GUERRA EN EL AIRE - H.G.Wells


Que la ficción de H.G.Wells compartía origen con el subgénero de guerras futuras quedó demostrado con su novedosa aproximación a esa temática en “La Guerra de los Mundos” (1898). El escritor tardaría en volver a esa rama de la ficción especulativa, quizá por su rechazo al belicismo y a la destrucción que una guerra futurista y tecnificada podía causar, actitud que lo alejaba bastante de la opinión preponderante en su época. La deshumanización creciente de la guerra había sido tratada en el relato corto “Los acorazados terrestres” (1903) y continuada por esta novela, “The War in The Air”, contada no desde el punto de vista de los militares, sino de un testigo casual. Estas dos historias parecen hoy tener una mayor carga profética que todas esas novelillas hoy olvidadas que pregonaban que la “guerra para acabar con todas las guerras” sería ganada por los ingleses –proporcionando así el eslogan bajo el cual la Primera Guerra Mundial pudo reclutar su entusiasmada carne de cañón- .

Un confundido y ordinario individuo (el típico “héroe” de clase media tan querido por Wells), Bert Smallways, es confundido con un inventor aeronáutico por los alemanes, que están preparando una flota de grandes aviones y zeppelines para bombardear Nueva York. Atrapado a bordo del dirigible insignia, contempla la devastación que las aeronaves causan en Manhattan. Las desventuras de Smallways en un mundo caótico preceden a los de muchos otros desgraciados como él hasta el Arthur Dent de “Guía del Autoestopista Galáctico” (1978) de Douglas Adams.

El libro termina de forma pesimista: esta nueva forma de guerra devastadora lleva el desastre por todo el globo (“por todos lados hay ruinas y muertos sin sepultar, y los supervivientes, encogidos y de rostro amarillento en una apatía mortal… es la disolución universal”); a la guerra sigue el caos económico y la destrucción del sistema financiero, la enfermedad y una yihad islámica. Pero por algún motivo es difícil conectar con este Apocalipsis abstracto. No hay atención al detalle, a la pequeña historia humana. Todo es muy general, distante, grandes brochazos de un negro futuro.

En las páginas de las primeras revistas pulp de ciencia ficción se pueden encontrar cientos de
páginas describiendo la guerra del mañana, ya fuera diez o diez mil años en el futuro. La mayoría no acertaron en nada (lo que no es óbice para desmerecerlas: la CF no pretende profetizar el futuro), pero unas cuantas de aquellas historias presentaron ideas plausibles que, con el tiempo, se harían realidad. Las aplicaciones bélicas de la tecnología aérea se venían analizando desde antes de que en 1903 los hermanos Wright consiguieran hacer volar el primer avión. El propio Julio Verne había hecho tímidas aproximaciones en “Robur el Conquistador” (1886) y “Dueño del Mundo” (1904). Más concreto y terrorífico había sido George Griffith en “El ángel de la revolución” (1893), en el que los ingenios aéreos arrasaban las ciudades. El propio Wells en “Cuando el durmiente despierte” (1899) describía un combate aéreo.

“La Guerra en el Aire” deja claro que ninguna contienda futura en la que tomen parte las fuerzas aéreas se parecerá a las anteriores. Ya nadie estará a salvo, ni ganadores ni perdedores; no será una cuestión de “frentes”, sino de “zonas”. Cuando Wells describe los bombardeos, contemplados desde el punto de vista del protagonista a bordo de la nave, transmite esa sensación de distanciamiento emocional que acompaña al espacial: desde las alturas no se ven más que las explosiones, pero no las víctimas. Es un paso más en la deshumanización de la guerra. Aunque en la mayor parte de los casos, la ciencia ficción hace predicciones erróneas en lo referente al aspecto bélico, aquí tenemos la excepción.

Y, sin embargo, por mucho que él y los autores mencionados hubieran imaginado aquellos
escenarios de devastación, Wells se sintió abrumado por lo que la Primera Guerra Mundial significó. Había jugado en su imaginación con la guerra del futuro, pero no llegó a considerar seriamente que los políticos serían tan estúpidos como para dejar que el conflicto se convirtiera en una matanza sin sentido. Aquel acontecimiento marcó decisivamente a los escritores de CF que publicaban en las revistas pulp: de los discursos patrióticos y el belicismo más o menos enmascarado se pasó a tratar la guerra como una catástrofe brutal y destructora independientemente de su alcance geográfico. El atractivo romántico del combate espacial entre naves tripuladas por valientes aventureros era una cosa, pero había poco que idealizar en la carnicería que se producía en tierra firme. Se siguieron escribiendo cientos de novelas de guerras futuras, la mayoría con tan poco valor literario como influencia sobre los militares y políticos.

Por otra parte, el comienzo del siglo XX estaba marcando un punto de transición en la visión que H.G.Wells tenía del mundo. La primera manifestación de este cambio fue que durante un espacio de cinco años a partir de 1908, Wells no publicó ciencia ficción en absoluto. Escribió una serie de novelas de diferentes temáticas (que él mismo consideró su obra más importante) pero no será hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial que Wells comience a sentirse de nuevo atraído por el futuro.

Mientras tanto, y hasta 1914, nos quedamos con esta subestimada novela del padre de la CF; es sin duda entretenida, pero también portadora de una seria advertencia; el autor escribió para el prefacio de la edición de 1941: “Os lo dije, idiotas”.

jueves, 14 de julio de 2011

1908-ESTRELLA ROJA - Alexander Bogdanov


Mientras que algunas mentes se maravillaban contemplando las vastas distancias cósmicas, otras se quedaban más cerca de casa; mientras algunos se preguntaban sobre los orígenes del Universo, otros se preocupaban acerca de cómo podríamos viajar hasta nuestro vecino más próximo, la Luna. Es en la cara oscura de ese satélite donde se abre un cráter de 75 km de diámetro bautizado Rynin. Bañado perpetuamente por una luz crepuscular, es ignorado por la mayoría de los que alzan sus ojos hacia el espacio; tampoco conocen a la persona con cuyo nombre se bautizó: Nikolai Alexsevitch Rynin, un ingeniero soviético, maestro, investigador aeroespacial, escritor, historiador e incansable promotor del viaje espacial.

Esta figura clave en la historia de la ciencia ficción comprendió la relación entre ese género literario y la realidad: publicó una enciclopedia en nueve volúmenes sobre el viaje espacial (Vuelo Interplanetario y Comunicaciones), entre 1927 y 1932, en la que no solo compilaba la investigación existente sobre el particular en aquel momento, sino que subrayaba la importante influencia que la ciencia ficción había jugado en la forma en que se había pensado y concebido el viaje espacial. Rynin documentaba cómo la ficción de las revistas pulp, repleta de asombrosas tecnologías, inmensas naves interplanetarias y flotas estelares más rápidas que la luz atravesando el espacio-tiempo, habían demostrado ser un factor fundamental en el inicio de la carrera espacial.

Rynin formó parte de ese amplio grupo pionero de apasionados soviéticos por el viaje espacial, una pasión que atrajo a muchos tecnócratas bolcheviques de primera generación que se definían a sí mismos como heraldos del futuro y visionarios de un orden social utópico basado en la ciencia y la tecnología. Esta novela que comentamos ahora es un botón de muestra de aquella ideología político-tecnológica.

En ella, Leonid, un bolchevique ruso es invitado a viajar a Marte. Leonid declara: “Se está
derramando sangre por un futuro mejor. Pero para librar esa guerra debemos conocer el futuro”. Por supuesto, Bogdanov, el escritor de esta novela, conocía el futuro gracias a los escritos de Marx y Engels; y eso es lo que Leonid se encuentra: un paraíso socialista en el que la eficiencia mecánica ha eliminado la necesidad de la labor manual y todos los trabajadores desarrollan una actividad de tipo organizativo o científico. Los marcianos pasan su tiempo libre o bien trabajando o en museos; y vaya si tienen tiempo libre, porque las transfusiones de sangre de los jóvenes a los mayores han prolongado la esperanza de vida. La sociedad disfruta de una avanzada tecnología: video-teléfonos, artefactos voladores e interplanetarios, producción industrial automatizada, energía atómica…La trama en sí (con enfermedades, enamoramientos, viajes a Venus, intrigas y un asesinato), no es particularmente interesante, pero sí lo son el trasfondo y la influencia del libro.

Alexander Bogdanov fue un activista bolchevique, científico y filósofo, al que puede justamente
considerarse fundador de la ciencia ficción rusa gracias a esta novela. Físico teórico, desarrolló una pretenciosa obra que trascendía los límites de la filosofía y la ciencia, colocando los cimientos de la cibernética y la teoría de sistemas. Mientras otros se dedicaban a convertir el marxismo en una revolución, Bogdanov se pasó la vida tratando de convertir el marxismo en ciencia, de hacer realidad el paraíso comunista de “Estrella Roja”. Para ello inventó la tectología, el estudio de los sistemas organizativos: trataba de encontrar las leyes que gobiernan las relaciones entre sistemas sociales (la política, la biología, el arte, la filosofía…), según él tan precisas como las de la física o la química. Era un ambicioso enfoque holístico al tiempo que ferozmente materialista con el que trataba de cerrar la brecha entre ciencia y filosofía, dando a luz un nuevo renacimiento cultural.

Desde un punto de vista histórico, es importante no olvidar que Bogdanov escribía esta novela una década antes de que tuviera lugar la Revolución rusa. De hecho, escribía como respuesta a la revolución de 1905 que impulsó al zar Nicolás II a promulgar una constitución y crear un parlamento. Para entonces ya hacía algunos años que los marxistas se habían escindido en bolcheviques y mencheviques. Como el héroe de “Estrella Roja”, Bogdanov se alineó con el primer grupo y junto a Lenin fue uno de los pioneros de la acción revolucionaria. Así, su novela forma parte de su tarea propagandística.

La obra no sería más que un curioso panfleto ideológico si no fuera porque Bogdanov se dio cuenta de que el colectivismo no estaba exento de peligros, como tampoco los avances tecnológicos. Incluso un paraíso socialista tiene la necesidad de una revolución permanente. Aun después de haber visto realizados sus planes, los socialistas marcianos se dan cuenta de que: “durante el periodo más reciente de nuestra historia, hemos multiplicado por diez la explotación de nuestro planeta, la población está aumentando y nuestras necesidades se incrementan incluso más rápidamente. El peligro de agotar nuestros recursos naturales y la energía ha venido enfrentando a varias ramas de nuestra industria”. En lucha continua contra una población siempre creciente, el socialismo no iba a conocer la paz.

Ese tipo de interpretación liberal del marxismo molestó a algunos tipos importantes, como su antiguo amigo Lenin, y Bogdanov (a la izquierda de la foto, jugando al ajedrez con Lenin) acabó en los años veinte expulsado de los círculos ideológicos del partido. Tras la muerte de Lenin, no obstante, consiguió convencer a Stalin para que financiara sus extraños experimentos sobre transfusión sanguínea que, al final, provocarían su propia muerte (al intercambiar sangre con un estudiante enfermo). Sus esfuerzos no serían del todo vanos, porque el instituto que fundó siguió abierto y se convertiría en el núcleo de lo que acabaría siendo el sistema soviético de bancos de sangre.

El tema de una utopía socialista en Marte no se agota en “Estrella Roja”. Añós más tarde volvió a renacer entre los seguidores de un medio más populista que la literatura: el cine. El clásico film soviético “Aelita” (1924), de Yakov Protanazov nos cuenta la historia de unos astronautas rusos que abanderan a los sojuzgados marcianos en una revolución proletaria.

En una época en la que los revolucionarios comunistas tenían la cabeza en las nubes, Bogdanov la tenía en otro planeta.

miércoles, 13 de julio de 2011

1906-EN LOS DIAS DEL COMETA - H.G.Wells


Un joven estudiante de extracción humilde, William, no está a gusto en el mundo que le ha tocado vivir. Ha perdido su empleo; su novia de clase media, Nettie, ya no le quiere; en su calidad de socialista militante detesta las clases acomodadas… en fin, odia al mundo. A través de sus ojos se nos describen las pobres condiciones en las que viven las clases sociales más desfavorecidas debido a la despiadada industrialización. Consumido por ese sentimiento, William decide asesinar a su exnovia y su nuevo amante, Verral.

Mientras tanto, la situación política se deteriora, en el cielo y en la tierra. Abajo, Gran Bretaña y Alemania se declaran la guerra. Arriba, un cometa cruza los cielos nocturnos emitiendo un brillo verdoso más intenso que el de la luna. William sigue a los amantes hasta la ciudad costera y ya planea matarlos mientras se bañan por la noche y luego suicidarse, cuando dos acorazados aparecen en el mar y comienzan a bombardear la población causando el pánico. Al mismo tiempo, el cometa entra en la atmósfera dejando a su paso un gas que envuelve todo. William pierde el conocimiento.

Al despertarse, se da cuenta de lo estúpido de su comportamiento y lo mezquinas que eran sus antiguas ambiciones. No tarda en darse cuenta de que, de algún modo, el gas ha afectado a todo el mundo durante las tres horas que permanecieron dormidos, insuflando en la humanidad una comprensión más profunda de las verdades de la vida, eliminando los miedos, la angustia y la desconfianza. William encuentra en una zanja a un importante político con un tobillo roto y tras una larga conversación, éste decide dar por terminadas las guerras, ya que ahora todo el mundo comprende la definición universal del mal (guerra y egoísmo) y el bien (una especie de socialismo y vida comunitaria). William ayudará a reestructurar la sociedad, eliminando rangos, propiedad, fronteras y ejércitos. Las guerras se terminan y las industrias contaminantes se cierran. También, tras muchas conversaciones intentando racionalizar sus emociones, el protagonista nos da a entender, ya envejecido y único superviviente de los días previos al Gran Cambio, que él, su novia y su amante Verral, liberados de prejuicios y celos, dieron comienzo a una extraña relación de sexo y amor a tres bandas (que de alguna manera reflejaba la insatisfacción matrimonial que atravesaba el propio Wells, un conocido mujeriego).

Hay poca ciencia aquí. En realidad, Después de 1901, Wells no volvió a usar su inventiva a la hora de dar con ingenios nuevos para viajar en el espacio o el tiempo, o siquiera apoyar científicamente, con una mínima seriedad, sus relatos. Cuando lo intentaba, lo hacía de una forma demasiado interesada para que encajara en la historia que quería contar. Esta novela es un ejemplo casi insultante. El cometa es de todo menos creíble. Cuando golpea la Tierra, todo el mundo se queda dormido y aunque muchos mueren –al descarrilar trenes o automóviles-, a nadie parece importarle demasiado. De acuerdo con William, los gases verdes del cometa cambiaron de alguna forma la atmósfera terrestre de tal manera que el gas resultante, al ser respirado, hacía que la gente se tranquilizara, hasta el punto de transformar su visión del mundo, cesar la beligerancia y construir un estado mundial socialista. Porque lo que Wells pretendía no era contarnos una historia de desastres, sino transmitir, una vez más, sus ideas socialistas, aunque para ello tuviera que recurrir a un recurso tan poco verosímil como un cometa benéfico.

En realidad, el tema de la novela no era nuevo. Ya lo había tratado Edgar Allan Poe en uno de sus cuentos cortos, “La conversación de Eiros y Charmion” (1839). Pero donde Poe plantea el fin del mundo, los vapores verdosos de Wells tienen un efecto fructífero sobre la población mundial hasta el punto de que convierten la Tierra en una utopía. Como “El Alimento de los dioses” (1904), la obra tiene dos partes desiguales. La primera es la evocación claustrofóbica y realista de la vida de la clase media-baja británica. También perfila, con un horrible sentimiento de inevitabilidad, el descenso de su frustrado narrador al infierno de los celos sexuales y la rabia asesina.

Pero la segunda parte reemplaza todo el serial anterior por la fe, bastante irracional, en un mundo de virtud estética. De alguna manera, este libro es la continuación de “Una Utopía Moderna” (1905), que ya comentamos en una entrada anterior. En aquel libro, los problemas, las guerras, la hostilidad internacional, los conflictos de todo tipo, se achacaban a la indolencia estúpida de las masas analfabetas y la fatuidad intelectual de los gobernantes. La consecución de un lenguaje, literatura y orden social comunes lograría una síntesis unificadora que llevaría a la paz.

Pero ¿cómo conseguirlo? Wells no tenía la respuesta y lo que hizo fue recurrir al cometa que, de golpe y porrazo, rectifica el auténtico problema del hombre: su naturaleza más íntima. Los días post-cometa del libro son interesantes, pero distanciados. No es sólo que su utopía sea
inverosímil (al menos, intenta seguir una premisa lógica), sino más bien que es demasiado generalista, no desciende al detalle y todo queda en exceso vago y difuso.

Para aquellos a los que pueda sorprender la aparente premonición de Wells acerca de la guerra
entre Inglaterra y Alemania (la Primera Guerra Mundial estallaría ocho años después), les recuerdo que el tema estaba a estas alturas más que sobado por docenas de escritores en cientos de obras sobre guerras futuras, de las que hemos visto varios ejemplos en este blog. Eso sí, como suele suceder en tantos casos, un sector de la opinión pública pasó por alto la propuesta de utopía social de Wells para centrarse en un detalle que ocupa bien poco en la historia: clérigos y periodistas se escandalizaron por el arreglo sentimental y sexual poco ortodoxo al que llegaban los protagonistas, acusando a Wells de promiscuo.

lunes, 11 de julio de 2011

1915- EL VAGABUNDO DE LAS ESTRELLAS - Jack London


En 1915, London había sufrido una pérdida devastadora: había invertido toda su fortuna en una elegante casa en su rancho, Wolf House, que acabó siendo pasto de las llamas, arrasando sus ilusiones y obligándole a continuar escribiendo para sobrevivir. A las pocas semanas del incendio, comenzó a trabajar en una novela, “The Star Rover”, que a pesar de ser mal recibida por la crítica y el público contemporáneos, hoy ha alcanzado cierto estatus de obra de culto

“El Vagabundo de las Estrellas” se basa en las memorias de Ed Morrell, que se pasó cinco años de confinamiento solitario en la prisión de San Quintín. La obra es una descripción del sistema penitenciario de California y pretende mostrar la resistencia del hombre ante el sufrimiento, resaltando el poder del espíritu respecto a la carne (lo que no deja de ser contradictorio con el marxismo y materialismo declarados que profesaba London). Es una de sus novelas más personales, escrita como autoterapia para sobreponerse a las desgracias sufridas.

El protagonista de “El Vagabundo de las Estrellas” es Darrell Standing, un profesor de agronomía de la Universidad de California condenado a muerte por el asesinato de un colega académico. Falsamente acusado de introducir dinamita a escondidas en la cárcel, el sádico alcaide lo tortura metiéndolo en una camisa de fuerza para que confiese. Pero Standing sobrevive al brutal castigo sumiéndose en trance, proyectando su espíritu a existencias anteriores. Revive entonces episodios de las vidas de un conde francés del Renacimiento; un muchacho miembro de una caravana al Oeste atacada por los pieles rojas; un eremita arriano del siglo IV; una especie de Marco Polo del siglo XVI en la entonces remotísima Corea; un legionario romano en la época de la crucifixión de Jesucristo y un náufrago del siglo XIX.

Resulta curioso que los críticos menospreciaran la obra por considerarla un desvarío fantástico que no llegaba a la altura de sus novelas realistas de aventuras más o menos autobiográficas, porque no solamente el relato carcelario estaba basado en las memorias de una persona real, sino que el propio London había estado encerrado en su juventud un par de veces acusado de robo de langostas, vagancia y mendicidad. Ed Morrell y Jack London se habían conocido por carta, pero en 1912 se encontraron cara a cara y el escritor hizo mucho por conseguir aliviar las penurias del recluso. Éste acabaría siendo un invitado regular en el rancho de London, donde le narraría sus escalofriantes vivencias, vivencias que acabarían encontrando su versión literaria en “El Vagabundo de las Estrellas”. Morrell había sido despojado de sus propiedades por las compañías ferroviarias y tras una serie de sabotajes contra las mismas llevado por su resentimiento, pasó a convertirse en atracador de trenes. Fue atrapado y sentenciado a una larga pena en la prisión de Folsom, de donde intentó escaparse, intento de fuga a raíz del cual fue trasladado a San Quintín y sometido a confinamiento solitario durante años.

“El Vagabundo de las Estrellas” es uno de los libros más apasionados de London. Brillantemente escrito y hábilmente tramado, tiene una prosa llena de energía y empatía con el sufrimiento de los presos y los lazos de camaradería que se crean entre ellos. El libro oscila entre la brutalidad y la belleza, entre la horrible pesadilla de la camisa de fuerza y el aislamiento del calabozo y los vívidos y brillantes sueños de otros tiempos.

Por otra parte, en mi opinión, la novela tropieza en el capítulo en el que el protagonista revive su vida como soldado romano en el Jerusalén de Cristo y Pilatos. London expone el marco social y político con lucidez y desapasionamiento, pero al final se rinde a un desenlace políticamente correcto y previsible que se corresponde poco con sus opiniones ateas. Habría sido interesante que expusiera su sin duda controvertida visión del hecho, pero tenía que vender la novela y tampoco London era ya el militante combativo de hacía unos años. De hecho, moriría poco después, en noviembre de 1916, tras una corta pero dolorosa infección.

“El Vagabundo de las Estrellas” es la prueba de que un buen libro puede sobrevivir a las malas críticas y al paso del tiempo. Hoy no es ni la más famosa ni la más recordada de las novelas de London, pero constituye una lectura interesante y de gran intensidad, digna de uno de los más importantes escritores norteamericanos del siglo XX.

(Por cierto, como curiosidad, aunque no se menciona a London por ninguna parte, la idea del libro fue fusilada en la película “The Jacket” (2005), dirigida por John Maybury y protagonizada por Adrien Brody y Keira Knightley)

domingo, 10 de julio de 2011

1978- LOS SIETE DE BLAKE - Terry Nation


Discrepar es bueno.

Nada extingue el dramatismo más rápido que personajes que se lleven a las mil maravillas. El drama nace del conflicto entre personas con diferentes objetivos y motivaciones. En el caso de la CF televisiva esto puede ser un verdadero problema. Cuando todos tus personajes siguen ciegamente al comandante, el único drama que se puede extraer proviene de algún miembro que discrepa. Al final, morirá, se arrepentirá o lo echarán y todo volverá al estatus quo.

Pero eso no sucedía en Los Siete de Blake. Esta curiosidad de los archivos de la BBC ha conseguido mantener no pocos seguidores desde su finalización en 1981 y a menudo se la menciona con nostalgia y con el sentimiento de que los tiempos están maduros para una nueva versión. ¿Por qué? Nacida en la década de los setenta, cuando Star Wars (que se estrenó el mismo día que se emitió el primer episodio de la serie) mostraba al mundo cómo la space opera podía utilizar efectos especiales de última generación, es difícil de creer que una serie televisiva con un presupuesto tan ajustado no fuera inmediatamente cancelada, arrasada por el tsunami de aventura y rayos láser que George Lucas inició desde la pantalla grande.

viernes, 8 de julio de 2011

1908-EL HOTEL ELÉCTRICO - Segundo de Chomón


Los nombres españoles no van a ser muy habituales en este recorrido por la CF, pero de los pocos que irán desfilando uno destaca especialmente por mucho que sus hallazgos hayan sido olvidados por todo aquel que no sea especialista en la historia del noveno arte.

El aragonés Segundo de Chomón fue probablemente uno de los pioneros más brillantes del cine. Nació en Teruel en 1871, pero como tantos españoles interesados en el arte antes y después que él marchó a París en 1895. Allí conoció a la mujer que se convertiría en su esposa, la actriz de variedades Julienne Mathieu Mouloup. Ésta había conseguido un empleo como coloreadora de fotogramas en el estudio de Georges Méliès. Allí comenzó a trabajar Chomón, ideando el pochoir, un sistema de mecanización del coloreado que atrajo la atención de Charles Pathé. Éste contrató al español para ponerlo al frente de la nueva delegación de la compañía Pathé Frères en Barcelona, responsabilidad que compaginó con los encargos que seguía realizando en su taller de coloreado.

No tardó en pasar a la dirección de cortometrajes, cintas en las que inmediatamente quedó de manifiesto su interés por la fantasía: “Choque de trenes” (1902), “Pulgarcito” (1903) o “Gulliver en el país de los gigantes” (1904) en los que ya aparecían maquetas y sobreimpresiones. En "Eclipse de sol" (1905), Chomón utilizaría por primera vez en el cine el paso de manivela, un laborioso trucaje que consistía en rodar una secuencia fotograma a fotograma, cambiando en los intervalos la disposición de los elementos de la acción o el escenario y consiguiendo ilusión de movimiento; en resumen, lo que más tarde se conocería como “stop motion” y que sería utilizado por el cine de ciencia ficción en innumerables ocasiones, desde King Kong hasta Star Wars.


En 1905, de nuevo en París y trabajando para la Pathé, Chomón continúa cultivando la vena fantástica en cintas como "El rey de la cabeza elástica" (1908), "Visita a Júpiter" (en la línea de Méliès), "Nuevo viaje a la Luna" (con actores chinos), "Viaje a Marte" y "Viaje al fondo de la Tierra" (a partir del relato de Verne), todas ellas rodadas en 1909. También en todas ellas, el turolense introducía innovación tras innovación, ganando en extravagancia y capacidad de sorpresa: sobreimpresiones, movimientos invertidos, ángulos forzados, sombras chinescas…

Culminación de su maestría en el trucaje visual es "El hotel eléctrico", la primera película de CF española y una de las mejores y más originales de todas aquellas cintas primitivas. Dos viajeros (interpretados por el propio Chomón y su esposa) reservan una habitación en un hotel donde todo está mecanizado: las maletas se abren y deshacen solas, la ropa se cuelga y ordena en los armarios, los huéspedes son aseados por utensilios animados por electricidad... todo va de perlas hasta que el encargado se emborracha y comienza a pulsar lo que no debe, causando un cómico caos.

Pero los tiempos cambiaban y el cine con ellos. Aquellas fantasías ligeras pronto dieron paso a historias más complejas. Méliès no pudo adaptarse y su carrera llegó a su fin. Pero no ocurrió lo mismo con Segundo de Chomón: tras pasar otra época en Barcelona como representante de Pathé realizando cintas de tema español –bien recibidas por crítica y público pero poco gratificantes para el realizador- se trasladó a Italia, donde se ocupó de la fotografía de la superproducción épica “Cabiria” (1913), dirigida por Giovanni Pastrone (con el primer uso documentado de la técnica de travelling). No pararía ya de trabajar, destacando su participación en la también colosal “Napoleón” de Abel Gance (1925-1927), hasta su muerte en 1929.

Siempre injustamente ensombrecido por la figura de Georges Méliès, lo cierto es que aunque ambos integraron lo fantástico y lo sorprendente en sus películas, lo hicieron de manera notablemente diferente. Mientras el francés rodaba trucos, el español hacía trucos con el celuloide. Y eso es lo que lo convierte en un realizador más moderno que Méliès. Sus logros y descubrimientos narrativos han sobrevivido en el cine hasta la actualidad por mucho que en España, el país que le vio nacer, no hayamos sabido reivindicar su figura todo lo que se merece.

jueves, 7 de julio de 2011

1905-CON EL CORREO NOCTURNO - Rudyard Kipling


Muchos miembros de la nueva generación de escritores profesionales surgidos con la aparición de nuevos periódicos a principios de siglo, se internaban en el romance científico al tiempo que en el género de detectives o de aventuras. Sir Arthur Conan Doyle y su serie del Profesor Challenger (“El Mundo Perdido” ,1912 y “The Poison Belt”,1913) es un ejemplo; otro, no tan conocido, fue Rudyard Kipling, más recordado por sus novelas y cuentos de aventuras en la India, pero que también nos dio su visión del futuro en este relato –aparecido en McClure Magazine- y en “As Easy as A.B.C.” (1912), imaginando la dramática transformación que el transporte aéreo supondría sobre la sociedad del futuro.

En el año 2000, un pasajero toma un dirigible que transporta el correo postal como parte de una red aérea de alcance global. La radio, los faros aéreos e innovaciones técnicas en los metales y la aeronáutica, han sustituido el transporte marítimo por el terrestre. Pero los riesgos continúan siendo los mismos: tormentas, choques, extravíos... Kipling se entusiasmó tanto con esta historia que, aunque es muy corta, la completó con apéndices tales como instrucciones para los aviadores, anuncios publicitarios ficticios sobre dirigibles y productos aeronáuticos y bellas y detalladas ilustraciones que hicieron a la edición merecedora de elogios ya en la época.

Poco da tiempo a contar en este breve relato más allá de dar unas cuantas pinceladas a un aspecto muy concreto del mundo futuro. Pero resulta significativo en cuanto que la gente ilustrada como Kipling ya veían un porvenir dominado por la navegación aérea. Ciertamente, el aeroplano era un invento tan reciente que aún no se consideraba alternativa viable al dirigible o zeppelin. Pero aunque aquél pronto se impondría a estos, lo que no ha perdido actualidad es la idea, la visión del mundo globalizado, de una red mundial de transportes ejemplarizada por el correo postal, que entonces era el equivalente mundial a internet: llegaba a todos los sitios en los que los británicos tuvieran aunque fuera una mínima presencia, era lento pero fiable, un servicio público como no había existido otro anteriormente.

Una pequeña curiosidad de una era en la que la ciencia ficción no había nacido como género plenamente consciente de sí mismo y en la que las grandes figuras de las letras no se avergonzaban de hacer sus propias aportaciones.