viernes, 18 de septiembre de 2009

LUNA DE LADRILLO - Edward Everett Hale


"De la Tierra a la Luna" (1865) había sido el primer libro en plantear el lanzamiento de una nave espacial. Pero esta historia corta, publicada por entregas en el diario The Atlantic Monthly, concibe otra idea novedosa: el satélite artificial.

El relato da cuenta del desarrollo de un proyecto de proporciones planetarias. Hale comienza explicando de forma sencilla cómo cualquier persona podía determinar su latitud midiendo el ángulo de la Estrella Polar sobre el horizonte. En cambio, la fijación de la longitud, no existiendo un cuerpo celeste de referencia, era mucho más compleja. Así que el autor propone la construcción de una luna artificial que orbite sobre la Tierra siguiendo el meridiano de Greenwich y que será de una ayuda inestimable para los navegantes de todos los océanos: bastará con medir el ángulo de la nueva Luna respecto al horizonte para encontrar la longitud. Su lanzamiento se realiza por medio de un volante de inercia, una especie de catapulta que va acumulando tensión gracias a la acción de unos molinos hidráulicos. Lo que comenzó siendo el sueño de un grupo de estudiantes, permaneció latente hasta que se convirtieron en adultos y encontraron su lugar en el mundo. Reunidos de nuevo, comienzan una campaña para convocar apoyos y sacar adelante su idea.

Resulta llamativo que estos primeros autores no llegaran a contemplar que un proyecto tan complejo y costoso habría de ser asumido por un gobierno. Hoy nos puede resultar chocante, pero en el siglo XIX los Estados no tenían ni mucho menos el poder ni el dinero como para emprender un proyecto de estas características. El sistema impositivo era mínimo y la labor investigadora no era algo asumido por laboratorios oficiales o universidades, sino por individuos particulares que trabajaban de forma independiente. Es por ello que tanto el cohete de Verne como el satélite de Hale son ideados y construidos por iniciativa privada y financiados mediante subscripciones públicas.



La construcción del satélite comienza secretamente en un apartado bosque de los montes Apalaches, llevando sus impulsores una vida idílica en plena naturaleza. La tarea queda interrumpida por el estallido de la Guerra de Secesión, cuando todos son mobilizados de una manera u otra y los trabajadores han de unirse al ejército. Durante el conflicto, sin embargo, y gracias a la especulación con acciones del ferrocarril, consiguen reunir el dinero que faltaba para completar la financiación necesaria y terminar la gran esfera de placas de cerámica (que en el libro denominan "bricks", ladrillos), único material que resistirá la fricción del aire resultante de la elevada velocidad de escape.

La esfera, que tiene 61 metros de diámetro, está diseñada interiormente en forma de celdas abovedadas, lo que la hace casi hueca y, por lo tanto, ligera. Durante la construcción, los promotores del proyecto y sus familias habían habilitado esas celdas como residencias temporales por ser más cómodas que las cabañas del bosque. Un error provoca el lanzamiento prematuro con ellos dentro, convirtiéndose así en la primera estación espacial descrita en el género de la CF.

Dos años después, el narrador del relato -que había participado en el proyecto- lee cómo algunos astrónomos han detectado un nuevo cuerpo orbitando alrededor de la Tierra; él mismo, utilizando un telescopio, descubre la "luna de ladrillo" y a sus amigos en ella, sanos y salvos. La luna artificial ha conservado una atmósfera y gravedad propias y a bordo sus pasajeros llevaban abundantes provisiones. Desarrollan un curioso sistema de comunicación: los habitantes de la nueva luna dan saltos cortos o largos para elaborar mensajes en código morse que son observados y "leídos" por su compañero en tierra gracias al telescopio. Por su parte, desde la Tierra, sobre una colina nevada, se disponen grandes letras con tela negra para que puedan ser leídas desde el nuevo satélite. Los involuntarios astronautas no sólo han sobrevivido, sino que han medrado: algunas mujeres han dado a luz e incluso cultivan alimentos.

Debido a que el peso de humanos y provisiones no estaba contemplado en los cálculos, la luna no alcanza la órbita deseada por lo que su propósito original pierde sentido. Pero gracias a la posibilidad de comunicarse con la Tierra, cumplen una nueva y valiosa misión: observar nuestro planeta desde el espacio, desvelando algunas incógnitas geográficas de la época y comprobando la evolución del clima.

Edward Hale era un graduado de Harvard y pastor protestante que desarrolló a lo largo de su vida una actividad incesante -y no sólo porque engendrara nueve hijos-. Hombre de fuerte personalidad e ideas teológicas liberales, se involucró en la vida social norteamericana a través de su participación en los movimientos antiesclavistas y la educación popular. Escribió o editó más de sesenta libros de todo tipo y colaboró regularmente con diferentes periódicos. Su único relato de ciencia ficción, sin embargo, fue este. Por lo dicho, queda claro que tenía más imaginación que conocimientos de física, astronomía o biología. Sus ideas van de lo improbable a lo fantástico pasando por lo disparatado (su idea de lanzar una esfera mediante catapultas era tan improbable como el cañón de Verne).

Sin embargo, dio con no pocos elementos que hoy día son fundamentales para la investigación espacial: la puesta en órbita de un objeto artificial que cumpliera una función determinada -en el caso del libro, algo muy similar al moderno Sistema de Posicionamiento Global-; la observación de la geografía y el clima desde el espacio; la posibilidad de que el hombre pueda vivir en el interior de -aunque Hale no lo llama así- una estación espacial; y el uso de materiales cerámicos para la construcción de ingenios aeroespaciales. No está nada mal para un clérigo del siglo XIX.

No he encontrado edición en español, pero se puede descargar el libro gratuitamente en inglés en esta dirección; o bien leerlo on line aquí.










domingo, 13 de septiembre de 2009

1869-VEINTE MIL LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO- Julio Verne


Tras su epopeya lunar, Verne continúa ampliando sus Viajes Asombrosos. El primero de ellos, "Cinco Semanas en Globo" había sido un viaje por aire a través de África oriental; el siguiente, "Viajes y Aventuras del Capitán Hatteras", una dramática aventura en tierras polares bajo condiciones extremas; "Viaje al Centro de la Tierra" nos arrastraba a las profundidades del planeta, mientras que "De la Tierra a la Luna" y "Alrededor de la Luna" nos expulsaban de él; "Los Hijos del Capitán Grant" era una misión de rescate que recorre todo el hemisferio sur por mar y tierra, enfrentándose a todo tipo de peligros. Parecía lógico que la siguiente aventura nos trasladara a los abismos oceánicos.

La idea original del libro provino de la escritora George Sand, quien había disfrutado mucho con "Viaje al Centro de la Tierra" y "De la Tierra a la Luna". Escribió una carta a Verne sugiriéndole que su siguiente novela se desarrollara en las profundidades marinas. "Veinte mil leguas de viaje submarino" comenzó a serializarse el 20 de marzo de 1869 en el "Magasin illustré d´éducation et de recreation", finalizando su publicación en 1870.

Comienza, como es típico en Verne, con un misterio: la desaparición de una serie de barcos, de la que se culpa a un monstruo marino. El oceanógrafo Pierre Aronnax, su criado Conseil, y el arponero canadiense Ned Land son contratados por el gobierno norteamericano para unirse a una expedición a bordo del Abraham Lincoln, cuya misión es resolver el misterio. Tras meses de búsqueda infructuosa, el navío encuentra al "monstruo", que resulta ser un enorme submarino impulsado por energía eléctrica. Aronnax, Conseil y Land son llevados a su interior y hechos prisioneros por el excéntrico Capitán Nemo. Éste les permite vivir a bordo y moverse a placer como invitados, pero les advierte de que, para preservar su secreto, nunca los liberará. Desde ese momento y a lo largo de los tres libros en los que se divide la novela, el Nautilus recorre 80.000 km (una legua francesa equivalía a 4 km) por todo el globo dando la oportunidad a los tres invitados/prisioneros de presenciar una larga lista de maravillas submarinas, desde animales fantásticos hasta paisajes extraordinarios, como las ruinas de la perdida Atlantis. Al final, los tres cautivos consiguen escapar y el Nautilus es atrapado por un terrible remolino en las costas de Noruega. El libro finaliza de manera un tanto ambigua: “Pero, ¿qué le sucedió al Nautilus? ¿Sobrevivió a las garras del maelstrom? ¿Está Nemo aún vivo?”.

La estructura de casi todas las novelas de Verne sigue un patrón muy similar: un hombre de pensamiento racional (a menudo científico) viaja a algún lugar exótico (normalmente en la Tierra) y experimenta una serie de aventuras más o menos inconexas relacionadas con la búsqueda de algo o alguien, una persona, una misión, un objeto... El viaje, tanto literal como metafóricamente, es el núcleo de los trabajos vernianos. No es una coincidencia que la gran Edad de la Exploración estuviera, de hecho, llegando a su final en los últimos años del siglo XIX. El mundo había sido explorado casi en su totalidad y así, la ficción de Verne conectaba con el íntimo y muy humano deseo de que aún existieran lugares secretos y misteriosos esperando a ser descubiertos. Uno de ellos eran las profundidades marinas.

Se habían escrito aventuras submarinas antes de la de Verne. De hecho, el género puede rastrearse muy atrás en el tiempo. John Wilkins, obispo de Chester, había escrito la obra “Magia Matemática” en 1638 y uno de sus capítulos se titula “De la posibilidad de construir un arca para navegaciones submarinas”. Verne bautizó a su submarino con el nombre de una nave anterior, el Nautilus que el inglés Robert Fulton construyó para Napoleón I en 1800 y solo en Francia existen al menos tres libros de fantasías submarinas publicadas entre 1867 y 1889 (“Las Profundidades del Mar”, “Aventuras Submarinas” y “El Mundo Submarino”). Pero la historia de Verne atrapó la imaginación del público de una manera que no habían conseguido ninguno de sus predecesores. Nemo puede viajar a donde le plazca sin dejar su hogar que, por otra parte, cuenta con todo tipo de comodidades. Todo lo que necesita lo extrae del mar, ya sea alimento o materias primas con las que manufacturar diversos objetos. Está en un movimiento continuo y, sin embargo, de alguna manera no se mueve. Es el sueño de un burgués, de un príncipe rico y acomodado.

Los protagonistas de la novela son, una vez más, arquetipos muy queridos por Verne. Aronnax es el sabio curioso y moderado, cuyo corazón se encuentra allá donde pueda descubrir nuevas maravillas para la ciencia. Encarna el elemento intelectual, el personaje que con sus observaciones y comentarios aporta peso científico a la obra. Acompañándole y resolviendo todas aquellas cuestiones de índole practica de las que el científico no se preocupa, está Conseil, el fiel sirviente, bueno para todo, tan simple y austero en sus necesidades personales como honrado y leal. Y, por último, el hombre de acción, Ned Land, valiente e impulsivo, quien compensa su falta de templanza con habilidad y fortaleza física. En resumen, un reparto casi idéntico al que ya había utilizado Verne en su primera novela, "Cinco Semanas en Globo".



Aronnax, Conseil y Land han quedado superados por el tiempo. Los héroes de las novelas actuales son más humanos, se ajustan menos a un modelo ideal y el lector encuentra más sencilla la identificación con los mismos. Por eso, el protagonista oficioso de "Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino" y el que ha logrado la inmortalidad ha sido el carismático Capitán Nemo. Su nombre es una alusión a un episodio de la "Odisea" de Homero, aquél en el que el cíclope Polifemo pregunta a Ulises su nombre. Éste le responde que es "ουtις," que significa algo así como "No hombre" o "Nadie", en latín "Nemo". Igual que Ulises, el capitán Nemo se ve obligado a vagar por los mares, exiliado y atormentado por las muertes que pesan en su alma. Angustiado por un trágico pasado que Verne sólo nos deja entrever, oscila entre el idealismo y la personalidad tiránica e intolerante.

Sin embargo, el oscuro y misterioso comandante del Nautilus no puede ser calificado claramente como villano -tal y como aparece retratado en algunas adaptaciones cinematográficas-. Su profundo resentimiento contra el mundo y los actos que lleva a cabo son comprensibles en el marco de su sentido del honor y estricta lealtad a los principios que rigen su vida. O eso es lo que parece, porque cuando Nemo hunde sin compasión un navío de guerra de una potencia imperial -que no llega a especificarse- el lector se pregunta si su idealismo no es sino un deseo de venganza por la muerte de su mujer e hijo, ante cuyas fotos se postra. Es esa complejidad la que lo ha convertido en su creación más famosa y sobre la que volvería en más ocasiones... aunque no exactamente.

Y es que, como ocurrió con “De la Tierra a la Luna” y “Alrededor de la Luna”, la concepción que Verne tenía de la historia cambió desde el momento de publicación de la primera a la segunda parte. En "Veinte mil leguas de viaje submarino" el misterioso comandante del Nautilus era un aristócrata polaco revolucionario cuya familia había sido asesinada por los rusos al participar en el alzamiento de enero de 1863. El editor de Verne, Hetzel insistió en que se retirara la mayor parte de las alusiones directas a su identidad por considerarlo demasiado ofensivo para la Rusia zarista, entonces aliada de los franceses. En la secuela del libro, “La Isla Misteriosa” (1874), se revela que Nemo es un noble indio, el príncipe Dakkar, cuya animosidad es contra los imperialistas británicos (enemigos tradicionales de Francia) por matar a su familia durante el Motín de 1857. Tal cambio, sin embargo, haría que muchos detalles referentes a su edad y biografía no concordasen con el primer libro. En otra novela posterior, “Viaje a través de lo Imposible” (1882) coescrita con Adolphe d´Ennery, Nemo, el idealista radical y amigo de los oprimidos, se ha convertido en un reaccionario intolerante. En resumen, Nemo, como muchos personajes de ficción, es una especie de concepto en movimiento continuo, modelado por las exigencias particulares de cada historia.

En cuanto a los elementos de ciencia ficción (que hoy ya han dejado de serlo puesto que se han transformado en una realidad que a nadie sorprende), destaca ciertamente el maravilloso Nautilus. El desarrollo de submarinos era un campo en el que ya existían considerables avances y en el que se venía trabajando desde el siglo XVII. En 1859, Narcís Monturiol había botado su primer submarino, el Ictineo I; Cosme García probó el suyo en 1860; los norteamericanos usaron un submarino, el Alligator, en la Guerra de Secesión y los franceses inventaron el primero no impulsado por fuerza humana, el Plongeur, en 1863.

Así, la creencia popular de que Verne "inventó" o "profetizó" el submarino no puede estar más alejada de la realidad. Sin embargo, sí se le pueden atribuir otros méritos, como el uso de la electricidad como fuerza motriz e incluso medio de defensa (electrificando el casco e impidiendo que nada ni nadie se acercara) y la generación de esa electricidad a partir de una misteriosa fuente de energía que Nemo muestra a Aronnax -aunque no se lo explica- y que bien podría ser algo parecido a la energía nuclear. La necesidad de emerger periódicamente para renovar el aire, la velocidad desarrollada y el aire furtivo de sus movimientos son destellos proféticos de Verne. El submarino cuenta además con laboratorios de procesamiento, biblioteca y todo lo necesario para vivir durante meses de forma autónoma, como un gran submarino nuclear moderno. Otras características del Nautilus, sin embargo, revelan que Verne desconocía los efectos que sobre el casco de un submarino podía tener la presión. De hecho, los personajes salen de la nave a pasear por el lecho marino sin más protección que un traje de buzo y un aparato respirador, cuando en realidad hubieran resultado aplastados por la diferencia de presión.

Acabamos de mencionar el aparato respirador. Los equipos autónomos de buceo moderno serían inventados por Jacques Cousteau tras la Segunda Guerra Mundial pero ya en 1865, los también franceses Benoit Rouquayrol y Auguste Denayrouze habían desarrollado un primitivo aparato con tanques de aire y que se llevaba a la espalda mientras el buzo caminaba -no nadaba- por el lecho marino. Como hizo con el submarino, Verne cogió la idea de un invento preexistente y la perfeccionó.

De nuevo nos encontramos aquí con la aproximación ambivalente de Verne a la ciencia, la tecnología y los nuevos descubrimientos: el triunfo de la máquina alberga un lado oscuro. El Nautilus, un estimulante prodigio de la ingeniería que permite acceder a los misterios de la ciencia oceanográfica y domar el desconocido mundo submarino es, al mismo tiempo, un arma en manos de alguien que pretenda, bien buscar el lucro personal bien atacar a aquellos que no comulguen con la propia ideología. En tiempos de Verne, la invención de la navegación a vapor, más segura y rápida que los navíos a vela, había convertido a ese medio de transporte en un pilar fundamental del comercio, la economía y el entramado colonial de los países. Al comienzo del libro, la gran preocupación es el efecto que ese "monstruo" está teniendo en el comercio y la economía.

Por tanto, el planteamiento del submarino como arma fue algo más novedoso que el diseño del mismo. Al fin y al cabo, veinte años después de la publicación de la novela de Verne, en 1888, Isaac Peral puso en marcha su submarino, el primero verdaderamente moderno y cuyo diseño aún se mantiene vigente. En cambio, el escenario político/económico imaginado por Verne, el hundimiento por submarinos de navíos de carga y transatlánticos, no haría su aparición hasta la Primera Guerra Mundial.

Ciertamente, Verne no escapa aquí a sus defectos, el más molesto de los cuales quizá sean las largas listas de criaturas marinas y detalladas indicaciones sobre las localizaciones geográficas que va glosando a medida que el Nautilus pasa de un océano a otro. “Educación” y “Diversión” conforman el espíritu de la obra de Verne: emocionantes aventuras entremezcladas con extensos fragmentos de hechos científicos o geográficos, a menudo copiados literalmente de libros especializados. Así, los textos combinan el didactismo enciclopédico con aventuras de altos vuelos para formar narraciones poderosas, a menudo estructuradas alrededor de un viaje iniciado e impulsado por fuerzas externas (escapar de alguien, la búsqueda de una respuesta a un misterio o alguna otra misión específica. Muy raramente el motivo es la exploración pura y dura). Verne pasó miles de horas en las bibliotecas, empapándose de datos, con los que elaboró un amplio archivo. Su didactismo, no obstante, resulta hoy cargante e innecesario aunque también es verdad que el lector puede saltarse esos aburridos párrafos y continuar leyendo la aventura sin que la narración se resienta en absoluto (las innumerables adaptaciones y versiones mutiladas de la obra cortaban inmediatamente esos pasajes).

Carente de un argumento estructurado, la novela no es más que un largo diario de viaje a bordo, hilando una tras otra aventuras bajo las cuales no discurre ningún desarrollo temático. Desde el punto de vista estilístico, su tiempo ya pasó y aunque la prosa no es particularmente brillante y su estilo pueda resultar indigesto para un adolescente acostumbrado a Harry Potter y los videojuegos, la fuerza de las imágenes que describe no han sufrido el desgaste del tiempo: el ataque del gigantesco Kraken, el funeral submarino, la visita a las ruinas sumergidas de Atlantis, el bloqueo del submarino en los hielos antárticos mientras las reservas de oxígeno se van consumiendo, la huída de los caníbales, el ataque del Nautilus a la fragata Abraham Lincoln, la masacre de cachalotes, los pecios hundidos en la bahía de Vigo o el final del sumergible tragado por el maelstrom.

A mediados de la década de los setenta del siglo XIX, el éxito de Verne aún tenía mucho que ver con “Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino”. La secuela de esa novela, que ya hemos mencionado, “La Isla Misteriosa” sólo revela su condición de segunda parte hacia el final de la historia. Es, de hecho, una doble secuela, puesto que también continúa con una línea argumental planteada en “Los Hijos del Capitán Grant” (1868). El libro comienza con la huída de Richmond, en plena guerra civil norteamericana, de cinco hombres usando un globo. Los vientos los empujan fuera del rumbo pretendido y acaban cayendo en la isla del título. La mayor parte del relato se centra en los esfuerzos y éxitos de los náufragos a la hora de sobrevivir en la isla. El que no mueran a pesar de las hostiles condiciones ambientales y el ataque de unos piratas, es debido a la misteriosa ayuda que les llega en los momentos cruciales de un desconocido que permanece oculto. Al final se nos descubre que este benefactor no es otro que el capitán Nemo, que ha atracado su submarino en un escondido rincón de la isla.

Verne retomaría la figura del capitán de submarino, esta vez ya un villano sin escrúpulos, en "Ante la Bandera" (1897): Ker Karraje es un pirata que sólo busca su propio beneficio y que carece de la sabiduría y el código moral de Nemo. Como Nemo, Karraje captura a unos franceses pero sus fechorías terminan cuando éstos se rebelan y, además, ha de enfrentarse a una fuerza internacional.

Otro personaje similar a Nemo, si bien menos atractivo, sería el científico rebelde Robur, sólo que en esta ocasión en vez de un submarino comanda una aeronave. Sobre él y las dos novelas que protagoniza, "Robur el Conquistador" (1896) y "El Amo del Mundo" (1904), hablaremos en una entrada posterior.

"Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino" ha recibido innumerables ediciones en todos los idiomas y diversas adaptaciones cinematográficas desde los primeros pasos de ese arte. Incluso la marina norteamericana dio el nombre de Nautilus a su primer submarino nuclear, que realizó la primera travesía bajo los hielos árticos. Conviene señalar, sin embargo, que a menudo lo que se puede ver en las librerías y bibliotecas son adaptaciones, no traducciones íntegras del manuscrito original. Se han eliminado pasajes, infantilizado el estilo, acortado la narración, aligerado el vocabulario... Conviene intentar hacerse con una edición decente para poder entender por qué esta novela no sólo es uno de los títulos más famosos –si no el que más- del escritor galo, sino un clásico de la literatura universal que ha conseguido mantener su popularidad durante los 144 años que han transcurrido desde que el primer lector pudo conocer a Nemo y su Nautilus. Hoy, hayan leído o no el libro, todo el mundo conoce al capitán Nemo tal es su grado de integración en la cultura popular. Y eso es el mejor elogio que Verne puede recibir.

sábado, 5 de septiembre de 2009

1865- VIAJE A VENUS - Achille Eyraud


Fue durante la séptima década del siglo XIX que Julio Verne comenzó a publicar sus Viajes Extraordinarios (el primero de los cuales, ya lo comentamos, fue "Cinco Semanas en Globo", en 1863). Verne se comenta más detalladamente en sus respectivas entradas, pero sin extendernos mucho, digamos que la creciente popularidad del “viaje extraordinario” en aquella década y la siguiente tuvo antecedentes bastante anteriores por mucho que el impulso definitivo se lo diera Verne. De hecho, algunos de esos hoy desconocidos pioneros de los viajes fantásticos empequeñecen con su arrolladora imaginación la inventiva del propio Verne.

Uno de esos olvidados fue Achille Eyraud, cuya obra, “Viaje a Venus” es inencontrable a no ser como breve nota en los manuales especializados de CF o de historia de la astronáutica. De acuerdo con las referencias que he conseguido revisar, su relato no es particularmente destacable a no ser por un detalle: fue la primera mención de un sistema de propulsión a reacción (en este caso la proyección de agua) para impulsar la nave. Así, aunque fue mucho menos conocido y leído que “De la Tierra a la Luna” de Julio Verne, publicado el mismo año, su premisa científica era mucho más plausible que la de su compatriota.

sábado, 29 de agosto de 2009

1865-1870- DE LA TIERRA A LA LUNA / ALREDEDOR DE LA LUNA - Julio Verne


El viaje interplanetario no era un tema nuevo a mediados del siglo XIX. Ya mencionamos en una entrada anterior a Luciano de Samosata y su "Historia Verdadera", donde se narra una batalla espacial entre seres de otros mundos. Otros ejemplos tempranos de hombres viajando por el espacio son "Un hombre en la Luna" (1638) de Godwin o "Los Estados e Imperios de la Luna" (1657), aunque en aquellos tiempos la ciencia no estaba lo suficientemente desarrollada como para que los relatos pudieran sostenerse más en ella que en la fantasía. Con Julio Verne todo cambió.

El auténtico comienzo de la Era Espacial en la CF es este dúo de novelas, "De la Tierra a la Luna" y "Viaje Alrededor de la Luna", donde se exponía un nuevo viaje, pero en dirección contraria a “Viaje al Centro de la Tierra”: no hacia abajo, sino hacia arriba. Junto a sus tres protagonistas, la carrera de Verne despegó definitivamente para conseguir un puesto entre las estrellas del género. "De la Tierra a la Luna" fue serializada en la revista editada por Hetzel "Journal des débats politiques et littéraires" entre el 14 de septiembre y el 14 de octubre de 1865. Unos días después, salió a la venta el relato íntegro, ya recopilado y en forma de libro. La narración terminaba con un misterio, sin revelar qué había sido de los exploradores tras el lanzamiento. Cinco años después, en 1870, aparecía la continuación y conclusión de la aventura, "Alrededor de la Luna". La tendencia general es a considerar estos dos libros como si fueran uno solo dividido en dos partes; pero dicha apreciación es incorrecta.

“De la Tierra a la Luna” comienza al final de la Guerra de Secesión, presentándonos al Baltimore Gun Club, una exclusiva asociación de artilleros e inventores entusiastas de las armas y los cañones en particular. El presidente del club, Impey Barbicane, propone que en esos tiempos de paz en los que los cañones duermen y el ingenio de sus socios se adormece, se aborde una empresa colosal: construir un cañón que sea capaz de lanzar un proyectil a la Luna. El proyecto cala profundamente en el ánimo nacional y origina un entusiasmo sin precedentes por nuestro satélite. Con esa excusa, Verne dedica varios capítulos a informarnos, con su minuciosidad característica, de todos los datos pertinentes de la Luna: su origen, sus características y movimientos astronómicos... así como de los detalles técnicos tanto del cañón como del obús y la pólvora necesarios para cumplir el objetivo, la búsqueda del emplazamiento ideal, la obtención de la financiación por todo el mundo y los gigantescos trabajos que ponen en pie el inmenso cañón.

Aunque en principio el plan era lanzar un obús que impactara en la Luna, la incorporación al proyecto del francés Michel Ardan lo transforma en una misión tripulada. El mencionado Barbicane, su antagonista el capitán Nicholl y un par de perros completan la tripulación, que es finalmente lanzada al espacio.

"De la Tierra a la Luna", aunque contiene información científica sobre nuestro satélite (y aún más datos sobre la historia y física de la balística y la pólvora) no está realmente interesado en asuntos, digamos, extraterrestres. Es más, el énfasis se pone en la insultante autoconfianza de los protagonistas norteamericanos y sus ambiciones imperalistas y belicistas expresadas sin ambages: un miembro del Gun Club, al término de la Guerra de Secesión, se lamenta: "¡Ni una guerra a la vista!... y esto cuando hay tanto que hacer en la ciencia de la artillería!". Barbicane anuncia el vuelo a la Luna no en interés de la ciencia, sino de "conquista", prometiendo que el nombre de la Luna "se unirá a los 36 Estados que conforman este gran país que es la Unión". Toda la laboriosa preparación del lanzamiento sirve para establecer un discurso de expansión y triunfo casi militarista, arrastrando a todo un eufórico país tras de sí. El emblema de esta novela es el enorme cañón, más grande y más poderoso que ningún otro fabricado antes.



Por el contrario, "Alrededor de la Luna" se centra en el viaje por el espacio y su tono y ritmo son muy diferentes. Dado que un meteorito los desvía de la trayectoria que les hubiera permitido alunizar, han de conformarse con orbitar alrededor del satélite. Excepto en la última parte de la novela, no hay grandes sobresaltos y el libro se centra en contarnos cómo trascurre la vida a bordo, las observaciones de la superficie lunar que realizan desde la cápsula y las teorías que elaboran a partir de ellas. Sólo la suerte les permitirá regresar a la Tierra enfrentándose a un arriesgado descenso.




Un hecho histórico sobre el que Verne, por supuesto, no tenía ningún control, determina de manera fundamental la manera que tenemos en la actualidad de leer la novela: los viajes a la Luna de los años 60 y 70 del siglo XX. Los críticos no pueden resistirse a la tentación de leer la ficción de Verne a través de la experiencia de las misiones Apolo, lo que, indefectiblemente, lleva a la lista de cosas sobre las que Verne "acertó" y aquellas en las que se "equivocó". Como yo no soy menos, también debo glosarlas en esta entrada, así que ahí van.

Ciertamente, hay unos cuantos elementos de los libros que llegaron a hacerse realidad, bien fueran casualidades o bien resultado de la investigación y los cálculos que realizó el escritor para dar verosimilitud al relato. Los problemas que el autor plantea a sus protagonistas son los mismos que hubo de resolver el programa espacial Apolo casi cien años después. Y Verne lo hizo tan bien que la NASA acabó llegando a las mismas conclusiones. Veamos algunos ejemplos:

- Verne elige a Estados Unidos como líder en la carrera por el espacio, vaticinio que se cumpliría años después. No es que el escritor fuera vidente. En su decisión se mezcló la simpatía que sentía hacia los yankis y que aparece también en otros trabajos, con una apreciación correcta de lo que por otra parte ya era una evidencia: la pujanza comercial e industrial de esa nación, recién salida de una devastadora guerra civil. Aunque Inglaterra y Alemania eran las potencias económicas en Europa, Verne era hijo de su patria y de su época, lo que significa que no les profesaba ninguna simpatía, sentimiento que se refleja en varios de sus libros. En "De la Tierra a la Luna", cuando cuenta las diferentes aportaciones que los países hacen al proyecto, escribe a este respecto: "La confederación germánica se comprometió a dar 34.285 florines; no se podía pedir más; además no hubiera dado más". En cuanto a Inglaterra: "Era de todos conocida la despreciativa antipatía con que se acogió la proposición de Barbicane. Los ingleses no tienen más que una sola y misma alma para los 25 millones de habitantes que encierra Gran Bretaña [...]. No se suscribieron siquiera por el valor de un fartking".


- El cañón de Verne es bautizado como Columbiad. El módulo de mando del Apolo 11 se llamó Columbia. El nombre que utilizó Verne tiene su origen en la guerra civil norteamericana, en la que recibía tal denominación un tipo concreto de enormes cañones.
- La tripulación de ambos proyectos, el de ficción y el real, consistía en tres personas.
- Las dimensiones físicas de la cápsula de Verne son muy similares a la del programa Apolo.
- El lanzamiento del proyectil de Verne se realiza desde Florida, como lo hicieron las misiones norteamericanas. La razón es que cualquier artefacto que se lance al espacio desde la Tierra y hacia la Luna, se hará de forma más sencilla cerca del Ecuador, puesto que es donde el cénit se alinea con la órbita del satélite. La solución puede parecer obvia en la actualidad, acostumbrados como estamos a ver lanzamientos desde Cabo Cañaveral, pero a mediados del siglo XIX Florida era un lugar escasamente desarrollado donde aún se luchaba contra los indios. Verne dio prioridad a las razones científicas por delante de consideraciones literarias.
- El uso de retrocohetes para el alunizaje o la impulsión de la cápsula en órbita.
- La misión del Gun-Club finaliza de la misma forma que lo hicieron las cápsulas anteriores al transbordador espacial: amerizando en el océano Pacífico.

Verne era un rendido admirador de Poe (de quien llegó a redactar un tratado). Conocía su relato de “La incomparable aventura de un tal Hans Pfaal” aunque pensaba que había sido fallido. Ya en tiempos de Poe la premisa de un globo que pudiera llegar a la Luna era totalmente inverosímil y Verne opinaba que hubiera bastado algo de investigación y documentación para abordar el problema desde una perspectiva científica. Aunque el término correcto en el caso de Verne sería "técnica", porque en realidad contempla todo el proyecto como un gran problema de ingeniería donde la ciencia propiamente dicha apenas juega un papel.



Pero el caso es que estas comparaciones de "De la Tierra a la Luna" con el proyecto Apolo son inapropiadas e injustas. Aunque Verne jugaba con los hechos y los datos, sus novelas no pueden ser consideradas en absoluto como un deseo deliberado de adivinar el futuro. De hecho, a menudo sus libros nos hablan más de su presente que de lo que él pensaba iba a ser el futuro. En este sentido, sus comentarios acerca de la guerra, la conquista y la industria armamentística norteamericana –al fin y al cabo elementos significativos de la mentalidad de ese país- son mucho más importantes.




Sin embargo, puede resultar instructivo considerar algunos de los puntos señalados por los críticos. Por ejemplo, cuando se alaba a Verne por darse cuenta de que un vuelo a la Luna sería un gran proyecto de ingeniería que requeriría el trabajo de miles y el gasto de millones en lugar de ser el resultado de la obsesión de un genial científico solitario que se las arregla para construir una nave espacial en su patio trasero (imagen recreada por muchos escritores del género); pero a continuación, se le pone un punto negativo a Verne por no haberse percatado de la resistencia del aire y de que la cápsula hubiera resultado vaporizada incluso antes de abandonar el cañón.

En cuanto a la primera objeción, probablemente Verne alberga unas esperanzas excesivas hacia la resistencia del aluminio con el que se construye su cápsula. La segunda es más interesante. Ciertamente, la solución del cañón para vencer la fuerza gravitatoria del planeta era novedosa, pero ya en su época se vio como irrealizable puesto que se consideraba que la aceleración desintegraría a cualquier ser vivo que se introdujera en la cápsula. En una novela plagada de cálculos sobre las dimensiones de la nave, la aceleración necesaria para romper los lazos de la gravedad, el material explosivo necesario para proporcionar el empuje, etc. es extraño que ninguno de los personajes considere el efecto sobre el cuerpo humano de una súbita aceleración. Y resulta aún más extraño cuando recordamos la amplia discusión que tuvo lugar en el siglo XIX sobre los posibles efectos debilitantes que tendría una rápida aceleración en el hombre: incluso la velocidad de un tren a vapor podría ser fatal para los pasajeros. Era un problema, un peligro, del que los contemporáneos de Verne eran muy conscientes.

Uno de los padres de la astronáutica, Konstantin Tsiolkovsky, refutó en 1903 la solución de Verne demostrando que la longitud del cañón necesaria para lanzar la carga que se indica habría de ser la de la Torre Eiffel y que el proyectil habría de sufrir una aceleración de 1.000 g, lo que reduciría a pulpa a sus tripulantes. Así que, aunque los principios de la balística eran bien conocidos, pocos autores de CF antes de Verne -o después de él- propusieron lanzamientos utilizando un cañón. Autores posteriores solucionaron el problema creando elementos “antigravitatorios” o recurriendo a la solución "mística" del cuerpo astral, ejemplos ambos de los cuales veremos alguna obra en futuras entradas.

Así pues, los protagonistas deberían haber muerto. Pero en la segunda parte, "Alrededor de la Luna", Verne nos revela que aún viven. El autor consigue no caer en la contradicción mencionando (por primera vez) la existencia de un elaborado sistema de amortiguadores, "almohadillas" líquidas, módulos desechables... especialmente diseñados para diluir el efecto de "esa velocidad inicial de 11.000 metros que era suficiente para atravesar Paris o Nueva York en un segundo". Podemos concluir que, hasta que escribió la secuela cinco años después, los lectores podrían pensar que los viajeros no habían sobrevivido al lanzamiento porque el libro termina precisamente con esa incógnita. En un tono pesimista, al final de "De la Tierra a la Luna", todo el mundo excepto el optimista J.T.Maston (uno de los miembros del Club) así lo cree. La novela se cierra describiendo la fenomenal explosión que tiene lugar al lanzar la cápsula, más destructiva de lo que sus creadores habían previsto, y que destruye no sólo una parte de Florida, sino que se deja sentir a más de 300 millas náuticas de distancia de las costas americanas. Si nos quitamos un momento las "gafas" de CF, podemos interpretar ese final como una sátira al amor de los americanos por los cañones y las armas de fuego, una beligerancia nacional que Verne interpretaba como incólume tras años de sangrienta guerra civil y que, en el libro, aunque supuestamente canalizada al campo de la exploración, de hecho termina con una apocalíptica explosión.

El segundo volumen, "Alrededor de la Luna" se basa en mayor medida en la vertiente científica y en este aspecto la visión de Verne resulta mucho menos certera. No podía ser de otra manera. La mecánica y la balística eran bien conocidas en el siglo XIX pero a la astronomía de entonces le quedaba un largo camino por recorrer. Los supuestos de Verne descansan de manera un tanto nebulosa en postulados científicos asumidos como correctos en la época pero ante los que hoy sonreiría cualquier estudiante de secundaria, como la existencia de atmósfera en la Luna, el espesor de la atmósfera terrestre, la existencia de éter llenando el vacío espacial, la creencia en la existencia de volcanes lunares activos, el origen del calor del Sol -que Verne achaca a la caída de meteoritos cuyo movimiento es transformado en calor- o el que los personajes no experimenten ingravidez más que en un punto determinado de su viaje en el que la atracción de Tierra y Luna se igualan, la creencia en la existencia de agua y vegetación en el satélite o de que éste albergó alguna vez vida inteligente, extinguida a causa del enfriamiento del satélite.

Verne se encontraba mucho más cómodo con lo conocido que con lo desconocido. El lector de “Alrededor de la Luna”, por ejemplo, descubre lo perturbador que era para el escritor jugar con la especulación sin fundamento, algo que no podía esquivar al llevar a sus protagonistas a un viaje que nadie había emprendido jamás. La narrativa de esta novela mezcla la cuidadosa extrapolación del estado de la ciencia astronómica (a menudo apoyada por notas al pie) con especulaciones más fantásticas, estas últimas siempre puestas en las bocas de los personajes y casi siempre discutidas por algún otro de su compañeros. Al orbitar por encima de la cara oscura de la Luna, los viajeros ven "rayos extraños" para los que no encuentran explicación. Michel Ardan insiste en que están viendo los reflejos de un enorme osario, un desierto de huesos blanqueados de miles de generaciones de selenitas. Sus compañeros no están de acuerdo y, como nunca llegan a pisar el satélite, el misterio de la cara oculta permanece sumido en el campo de lo desconocido.

Lo sorprendente es lo efectivo que resulta este truco literario de no comprometerse con una postura ni con otra. De esa manera, Verne consigue aumentar el misterio de la Luna ¿Hay vida en los cráteres y valles de la cara oscura? ¿Podrían ser las manchas pálidas de la superficie grandes campos de huesos? ¿Está la cara oculta cubierta de ruinas monumentales o es simplemente la ilusión que registran unos ojos humanos acostumbrados a encontrar pautas familiares en el paisaje? Haciendo que sus personajes mencionen las diferentes posibilidades pero sin decantarse por ninguna de ellas, Verne logra una narración muy sugerente -¿qué pasó con la vida en la Luna? ¿Se extinguió debido a un desastre medioambiental o abandonaron los selenitas su mundo para viajar a otro?- mientras inunda al lector de datos y estadísticas que, a la hora de la verdad, no sirven para dilucidar el misterio.

La obra es justamente recordada por su aproximación visionaria al viaje espacial y como trabajo pionero en el ámbito de la CF. Es, además, una gran novela de aventuras salpicada -sobre todo en el primer volumen- de humor e ironía, especialmente representados por el personaje de J.T.Maston, el más entusiasta y excéntrico socio del Gun-Club. Pero hay otros elementos que no han sobrevivido tan bien al paso del tiempo, como el blando tratamiento de los personajes, que no pasan de ser meros instrumentos que hacen avanzar la acción, encargándose por el camino de transmitirnos los datos científicos pertinentes. Aparte de la rivalidad que los enfrenta, Barbicane y Nicholl tienen una personalidad poco perfilada. Michel Ardan resulta un héroe demasiado obvio: el francés triunfador en tierras lejanas, sabio al tiempo que humilde, conciliador, impulsivo y triunfador, un incontinente verbal y algo cursi que quizá en la época encarnara los valores positivos y nobles que pretendía Verne, pero que en la actualidad llega a hacerse enojoso. El estilo de la prosa se hace pesado en demasiadas ocasiones, no siendo de ayuda la profusión de datos y cifras, a menudo cargante e innecesaria para el desarrollo de la acción. En este sentido, el segundo volumen, "Alrededor de la Luna", tiene pasajes ciertamente áridos donde el autor se limita a describir con una minuciosidad superflua las montañas, valles y cráteres que salpican la superficie del satélite -llega a incluir los datos de longitud y latitud lunares-.

Pero en el momento de su publicación y durante muchos años, las imágenes evocadas por Verne se sobrepusieron a todo lo demás. El éxito de la novela la proyectó hacia otros medios. En 1875 tomó la forma de un costoso montaje operístico, "Le voyage dans la lune" (puesto en escena sin el permiso del escritor) y el libro "Los primeros hombres en la Luna" (1901) de H.G.Wells bebió sin duda del relato de Verne. Una de las cintas pioneras del séptimo arte, "Viaje a la Luna" (1902), de Georges Mélies, se inspiró tan directa como libremente en los dos libros mencionados. Pero de ello hablaremos en el futuro.

Esta novela supuso la consagración definitiva y para la posteridad de Julio Verne. Y no sólo eso: fue el pionero en el enfoque científico y técnico del viaje espacial y de una visión positiva de la ciencia como llave para lograr maravillosos descubrimientos y emprender apasionantes aventuras. Como dije al principio, la Era Espacial de la CF comienza aquí.
Existen multitud de ediciones de esta obra. Una de las mejores es la de Anaya. También es posible descargar los libros gratis desde internet.

sábado, 22 de agosto de 2009

1864-VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA - Julio Verne


En 1826, John Symmes había enunciado su Teoría de las Esferas Concéntricas, según la cual la Tierra era hueca, habitable en su interior y accesible desde ambos polos. Docenas de autores aceptaron la teoría y se encargaron de trasladarla a sus relatos. Ya vimos uno de ellos, "Symzonia". "La narración de Arthur Gordon Pym" también contiene elementos de ese tipo de historias. Pero sin duda el más famoso fue "Viaje al centro de la Tierra", de Julio Verne.

Verne había publicado en 1863 el primero de sus "Viajes Extraordinarios": "Cinco semanas en globo". La CF moderna no existía aún, aunque ya hemos visto algunos precedentes. A menudo se considera a Verne como uno de los grandes pioneros del género, aunque ello es cierto a medias y sujeto a polémica. En primer lugar, la mayoría de sus "Viajes Extraordinarios" son de poco o ningún interés para la CF, siendo en esencia historias de aventuras situadas en escenarios exóticos y pintorescos. Por otra parte, en las obras donde jugó con la especulación científica, Verne no se trasladó al futuro (con algunas contadas excepciones, como "París en el siglo XX") sino que situaba la acción en una época más o menos contemporánea al momento de su publicación. Esa ausencia de visiones del mañana hace de él un equivalente a lo que fue en tiempos más recientes Michael Crichton, un autor que en sus libros empujaba la tecnología (ya fuera la genética, la informática o la medicina) un paso más allá de su estadio actual como excusa para sus historias.


"Viaje al centro de la Tierra" es sin duda una de las novelas más imaginativas -y a la vez menos científicas- imaginadas por Julio Verne. Desde luego, las premisas de las que parte el autor son inverosímiles a la luz de nuestros conocimientos actuales sobre el interior del planeta y la tectónica de placas. El profesor Lidenbrock, un científico neurótico y apasionado, descubre un antiguo manuscrito redactado por un alquimista y explorador muerto hace mucho tiempo. Con ayuda de su sobrino Axel lo descifra para dar con el relato de un viaje al centro de la Tierra que comienza en un volcán de Islandia. Tío y sobrino, ambos dotados geólogos y mineralogistas, se trasladan a esa isla, contratan a un impasible y eficaz guía local, Hans, y comienzan su descenso. En el viaje a las profundidades habrán de enfrentarse a desconcertantes laberintos, la oscuridad y el silencio continuos, la sed, el miedo y el descubrimiento de un mundo oculto bañado por una misteriosa luminosidad seguido por una navegación por un inmenso mar interior poblado por bestias antediluvianas. Así, la aventura deviene no sólo un viaje en el espacio, sino en el tiempo. La acción culmina en un desenlace tan inverosímil como dramático.

En realidad, si este libro a menudo se encuadra dentro del género de CF no es por la utilización de avanzada tecnología o la visión de un futuro más o menos próximo, sino por el planteamiento argumental de lo que se convertiría en todo un subgénero, el del Mundo Perdido, explotado hasta la saciedad en las décadas por venir y hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial. También podría considerarse un relato de género fantástico en el que los detalles lógicos y científicos quedan apartados en favor de la aventura, los grandes escenarios y la lucha del hombre contra la Naturaleza.

La historia está contada en primera persona por Axel, con quien nos identificamos a lo largo de lo que para él es un viaje iniciático. Es, también, el personaje más interesante de los tres. Al fin y al cabo, su tío, el profesor Lidenbrock, es una especie de fuerza de la naturaleza cuyo entusiasmo y determinación jamás flaquean, un individuo irritable, nervioso y hasta desagradable al que no importa más que su autoimpuesta misión. Hans es el hombre lógico, práctico, incluso frío, la inteligencia natural que soluciona los problemas que van saliendo al paso. Ambos tienen unas personalidades demasiado extrañas como para que el lector pueda entender sus pensamientos y motivaciones. Axel, en cambio, duda y sufre, está a punto de morir de sed, tiene miedo y alterna estados de ánimo de escepticismo absoluto con otros de entusiasmo delirante según los acontecimientos se van desenvolviendo. Al final, el joven poco maduro que partió para realizar el viaje vuelve convertido en un hombre sensato y cargado de fama.

Verne sabía contar una historia y ésta se desarrolla con buen ritmo aun cuando a veces los protagonistas se extienden más de la cuenta en sus discusiones sobre minerales y rocas. El libro comienza con un ritmo pausado desde la rutina de los personajes en la agradable ciudad alemana en la que residen hasta el descubrimiento del mundo subterráneo. A partir de ese momento, la historia se acelera y los acontecimientos van sucediéndose con rapidez hasta el final. Como era típico en Verne, sus descripciones extraordinariamente minuciosas y habiendo estado en los parajes islandeses concretos que describe en la novela -los alrededores del volcán Snaeffells-, puedo afirmar que cualquiera creería que viajó hasta allí y vio el paisaje con sus propios ojos, aun cuando en realidad jamás pisó Islandia.



Ciertamente, el género fantástico y de ciencia ficción, desarrollados ampliamente en el siglo XX, nos han proporcionado visiones más espectaculares y originales que las del escritor francés. Es por eso que muchas de sus novelas ya no se pueden leer como novelas de anticipación en las que se nos presenta una visión original y sorprendente del futuro sino más bien como relatos históricos, narraciones que nos abren una ventana no hacia el mañana, sino a las ambiciones, sueños y esperanzas del ayer.





A menudo se considera a Verne como un autor juvenil al que el lector adulto ya ha superado. Pero es necesario tener en cuenta que en demasiadas ocasiones lo que hemos podido ver editado aquí de su obra son meras adaptaciones recortadas. Merece la pena pues hacerse con una buena edición, una traducción íntegra de la obra original y, a ser posible, con las ilustraciones que acompañaron la primera edición.
Existen multitud de ediciones de esta obra en castellano. Una buena edición puede ser esta. También existe la posibilidad de descargarse gratis -en inglés- el ebook en esta página.

miércoles, 5 de agosto de 2009

1863-PARIS EN EL SIGLO XX - Julio Verne


A menudo se suele presentar a Julio Verne como un precursor visionario de la tecnología en su vertiente más luminosa, poniendo como ejemplo dos de sus novelas más famosas, "De la Tierra a la Luna" y "Viaje alrededor de la Luna", en las que el ingenio humano es capaz de salvar obstáculos aparentemente infranqueables. Los héroes de sus novelas son frecuentemente personajes ejemplares, íntegros y valerosos como Miguel Strogoff; o sabios un tanto excéntricos pero llenos de energía y pasión, como el profesor Lidenbrock de "Viaje al Centro de la Tierra" o Paganel, de "Los Hijos del Capitán Grant". Sus conocimientos, unidos a la rectitud moral y al coraje, les hacen salir airosos de empresas colosales, en ocasiones haciendo uso de la tecnología y la ciencia.

Pero lo cierto es que, en el fondo, Verne era un conservador que abrigaba no pocas reservas hacia el progreso técnico y las consecuencias de éste sobre la sociedad. Esta cara oscura siempre estuvo presente (el Nautilus del capitán Nemo no sólo es un maravilloso invento que permite desentrañar los misterios del mundo submarino sino que también se utiliza como un arma temible que condena a muerte a cientos de personas) pero fue en la última etapa de su producción donde se hace más patente: "Los 500 millones de la princesa india", "Robur el Conquistador" o "Ante la Bandera" son buenos ejemplos de ello, de los cuales hablaremos en sus respectivas entradas.

Se ha dicho que Julio Verne era un optimista convencido del progreso de las ciencias, pero que las vicisitudes de su vida (la guerra de 1870, un matrimonio infeliz, una difícil relación con su problemático hijo, la muerte de su editor, protector y amigo Pierre J. Hetzel) enturbiaron sus visiones de un futuro mejor gracias a la tecnología. El descubrimiento de "París en el siglo XX", escrita en el comienzo de su carrera y antes de sus más famosas novelas, demuestra que esa visión pesimista existió desde el principio. Simplemente, ante la desaprobación de su editor, la ocultó.


El protagonista del libro, Michel Dufrenoy, es un poeta frustrado. La sociedad del siglo XX desprecia todo aquello que no es práctico y rentable. Todo está centrado en el dinero: "El demonio de la fortuna los empujaba hacia delante sin piedad ni descanso", escribe Verne. Ello ha llevado a una obsesión por las ciencias y la técnica que ha convertido en objeto de ridículo a aquellos que demuestran interés o talento en las artes, la literatura o los conocimientos humanísticos. "Mientras los profesores de griego y de latín acababan de extinguirse en sus clases abandonadas, ¡qué posición, en cambio ,la de los señores titulares de ciencias, y cuán distinguidos eran sus emolumentos!" Incluso la poesía de la época tiene títulos como "Armonías eléctricas", "Meditaciones sobre el oxígeno", "Paralelogramo poético" u "Odas descarbonatadas".

Tal actitud es apoyada enérgicamente por el Estado. Al comienzo del libro Verne describe una especie de Superministerio de Educación, llamado Sociedad General de Crédito Instruccional: "Aunque ya nadie leía, al menos todo el mundo sabía leer, incluso escribir; no había hijo de artesano ambicioso, de campesino desplazado, que no pretendiera un puesto en la Administración. El funcionarismo se desarrollaba bajo todas las formas posibles". ¿Nos resulta familiar? Y sigue: "Construir o instruir es una misma cosa para los hombres de negocios, pues la instrucción no es, en realidad, más que un tipo de construcción algo menos sólida". De ese ministerio, dirigido bajo la forma de una sociedad industrial, dice Verne: "no hay un solo nombre de erudito ni de profesor en el consejo de administración. Era más seguro para la empresa comercial".



El resto del relato nos lleva a visitar, siguiendo la trayectoria del aburrido Michel Dufrenoy, diferentes partes de ese París del futuro, la verdadera razón de ser del libro, una ciudad que precede en muchos aspectos los Londres de George Orwell (1984) y Terry Gilliam (Brazil). Tras ganar un premio de poesía otorgado por la Sociedad General de Crédito Instruccional, el joven Michel debe comenzar a trabajar en el banco de su primo ("No quiero talentos, quiero capacidades" le espeta su tío, un importante hombre de negocios), donde se le asigna a una especie de computadora/calculadora. A la vista de su total ineptitud para manejar el teclado, se le traslada a otro puesto donde conoce a un soñador como él, Quinsonnas, que introduce a Dufrenoy en un pequeño círculo de bohemios apasionados por la literatura y la música.

La alienación del que es diferente, la opresión de una sociedad hipertecnificada y obsesionada por el dinero y los inventos, y la aberración en que se convierten las relaciones humanas quedan aliviados en cierto modo por el cáustico sentido del humor que despliega Verne, con una acidez que recuerda a Jonathan Swift o Mark Twain. Imagina un barrio en el que "no se ofrecía un solo alojamiento a los habitantes de la capital; entre otros la Cité, donde se erguían el Tribunal de Comercio, el Palacio de Justicia, la Jefatura de Policía, la catedral, el depósito de cadáveres, es decir, lo necesario para ser juzgado, condenado, encarcelado, enterrado e incluso salvado. Los edificios habían expulsado a las casas". No deja de asombrar que, aun utilizando el humor, Verne describiera con tanta precisión el actual barrio parisino que lleva el mismo nombre que el imaginó, construido más de cien años después de escribirse este libro y veinte años antes de que se publicara. Verne predice también que en el patio del Louvre se construiría una estructura moderna y geométrica -y de bastante mal gusto-. La famosa pirámide de cristal de Pei se terminó en 1989 en el mismo lugar que menciona la novela. También predijo una estructura parecida a la Torre Eiffel, aunque esta se construiría 24 años más tarde, en 1887. Anticipó asimismo los altos edificios de pequeños apartamentos y la necesidad de adaptar los muebles a esos diminutos espacios, así como un altísimo grado de polución ambiental.

Además del ambiente urbano, otra de las claves del libro son las proyecciones tecnológicas que hace el autor. Y en este caso supera con mucho a sus otras obras. París se ha convertido en una megaurbe en la que sus ciudadanos acceden a los suburbios gracias a una red de trenes de cercanías. El transporte urbano se completa con un ferrocarril ligero y elevado impulsado por una combinación de aire comprimido y fuerza electromagnética. La energía es generada por molinos eólicos; las calles se iluminan con lámparas eléctricas que se encienden y apagan centralizadamente; las casas tienen portero automático, aire acondicionado y ascensor; los automóviles se impulsan por gas hidrógeno; en los bancos se utiliza un trasunto de fax, las cuentas se realizan con máquinas calculadoras y las cajas fuertes disponen de mecanismos eléctricos de seguridad, el gobierno utiliza la silla eléctrica para ejecutar a los reos ... Por supuesto, también hay otras predicciones que no han llegado a cumplirse, como la desaparición de las guerras o la muerte de la política sustituida por una especie de órgano gestor de carácter semihereditario cuyo único interés es la productividad.

Verne era un ávido lector de todo tipo de revistas especializadas y a lo largo de los años organizó una enorme base de datos de la que extraía la información que precisaba para los detalles técnicos, científicos y geográficos de sus novelas. Muchas de las invenciones futuristas que describe no eran sino descripciones algo mejoradas de invenciones reciéntes o cuyas investigaciones se hallaban bastante avanzadas. Por ejemplo, los coches que Verne describe se basan en el motor de explosión que Lenoir había inventado en 1859 por mucho que no se aplicara al automóvil de Daimler hasta 1889. El "facsímil" no es sino el Pantelégrafo Caelli, inventado en 1859, que permitía la reproducción telegráfica de la escritura y el dibujo. El ascensor de Otis fue instalado en un edificio por primera vez en 1853. Y, como ocurre todavía en algunas papeleras industriales, lo que convierte en pocas horas un tronco de árbol en papel es el procedimiento de Watt y Burguess elaborado en 1859.

El editor Pierre J.Hetzel había sido el único en confiar en Julio Verne al publicar "Cinco semanas en globo" en enero de 1863 (cuando el escritor ya contaba 35 años), una novela de viajes y aventuras en el entonces inexplorado interior africano. Pero el siguiente libro que presentó el autor, "París en el siglo XX", cambiaba totalmente el registro de un modo que a Hetzel no le gustó nada. Sus críticas demoledoras, incluso insultantes ("un desastre... como escrito por un niño... nada original... mediocre... sin chispa") quedaron consignadas en los márgenes del manuscrito original y en el borrador de una carta dirigida a Verne. Hetzel era un buen editor y conocía los gustos del público, como quedó ampliamente demostrado. Vió en aquel manuscrito un estilo excesivamente teatral, unos personajes endebles y una línea narrativa poco sólida, todo lo cual era cierto y producto de la bisoñez de Verne. Además, esa visión pesimista del futuro no se correspondía con el luminoso proyecto de los "Viajes Extraordinarios" que Hetzel tenía en mente, ese intento de acercar el saber humano a los jóvenes mediante una serie de novelas en las que se exaltaba la exploración científica y el avance tecnológico. "Mi querido Verne" escribió Hetzel, "aunque fuera usted profeta, nadie creería hoy en su profecía". Aquello fue definitivo. La siguiente obra de Verne en ver la luz sería otra novela de aventuras, "Viajes y aventuras del capitán Hatteras". Su vena futurista/pesimista quedó enterrada hasta que bastantes años después su celebridad le permitió exponerla de nuevo aunque nunca de manera tan clara como aquí.

El manuscrito se olvidó y durante mucho tiempo se creyó perdido. En los años ochenta del siglo XX se confirmó su existencia gracias al hallazgo del borrador de la corrosiva carta de Hetzel a la que hemos hecho referencia antes, y unos años después el bisnieto de Verne encontró el manuscrito olvidado dentro de una caja fuerte que había pertenecido a su abuelo y cuya llave se había perdido. Cuando se publicó, en 1995, se convirtió en un éxito editorial y fue recibido por los críticos como un trabajo de "importancia histórica inestimable". Incluso se sugirió que se le otorgase el premio Hugo (el máximo galardón que se otorga a obras de CF publicadas el año precedente). Los expertos vernianos afirmaron que ningún otro de los trabajos del autor se había acercado tanto a la imagen del futuro como esta obra, por mucho que la calidad literaria y la línea argumental, casi inexistente, son propias de una obra primeriza.



En la actualidad disfrutamos de una perspectiva que el editor no pudo tener: el poder contrastar el grado de predicción y juzgar el valor de las intuiciones de Verne. Ya hemos hablado de los inventos y cómo éstos transforman el paisaje urbano. Lo que convierte a este libro en una auténtica novela de anticipación es su cuestionamiento no sólo del culto a la máquina, sino también de la sociedad, el dinero, la política y la cultura de su propio tiempo, a los que proyecta en el futuro. Verne vivió el auge del positivismo industrial, la doctrina económica del laissez-faire y un crecimiento apoyado en las nuevas tecnologías. Dada la confusión que en el siglo XIX produjeron todos estos cambios, no es extraño que la mayoría de las obras de CF viera un porvenir amenazador en el que se perdía tanto o más que lo que se ganaba.



La sociedad opresiva que dibuja no es sólamente propia de regímenes capitalistas. La subordinación de las formas artísticas a los intereses industriales, apoyada y laureada por las instituciones, recuerda a los disparates "artísticos" de la Unión Soviética y su dirigismo absoluto, donde "artistas" y "poetas" dedicaban sus esfuerzos a alabar la productividad del trabajador, la industria soviética y la gloria del régimen. Del mismo modo, Verne critica la sujección del arte a las exigencias del más burdo populismo: "Este mundo ya no es más que un mercado, una inmensa feria, y hay que entretenerlo con numeritos de titiritero". Cualquiera puede pensar que esa afirmación, está hoy más ajustada a la globalización capitalista que vivimos de lo que estuvo en tiempos de Verne, cuando pudo sonar exagerada. Las mujeres, antes coquetas y elegantes, se convierten en seres más masculinos: cínicas, endurecidas, obsesionadas por su carrera profesional. Hasta la música moderna, discordante y carente de armonía, es presa del humor caústico de Verne: "Durante el siglo pasado, cierto Richard Wagner, una especie de mesías al que no se ha crucificado lo suficiente, fundó la música del futuro, y ahora la estamos padeciendo. [...] La gente ya no aprecia la música, se la traga".


Esta fue la novela que más se adentró en la CF de todas las que escribió Verne y el tiempo no sólo no le ha restado validez sino que, en muchos aspectos, le ha dado la razón a su autor. Los aficionados al escritor y quienes hayan leido las aventuras de Phileas Fogg o el capitán Nemo se llevarán una buena sorpresa al entrar en este cuento oscuro de un futuro opresivo, injusto y espiritualmente hueco carente de héroes. Esta novela no es un panegírico del mero progreso científico, sino una reflexión sobre el coste que éste supone.

Por desgracia, la edición española que hizo Planeta en 1995 está más que agotada y sólo se podría conseguir a través de librerías de lance. En inglés, está disponible aquí

lunes, 27 de julio de 2009

1854-Los Libros Starianos - C.I.Defontenay


La ciencia ficción anglosajona y concretamente norteamericana tiende a ensombrecer las obras de otras nacionalidades. En el caso que nos ocupa no se les puede reprochar, porque tras su aparición y a pesar de algunos comentarios laudatorios de personalidades de la época, Psi Cassiopea (o Los Libros Starianos según el título español) se deslizó hacia la oscuridad más absoluta en poco tiempo. Defontenay, que murió prematuramente a los treinta y siete años de edad, es más conocido hoy en el campo de la cirugía plástica, ya que en otra de sus obras, ésta de carácter científico, anticipó la importancia que tendría dicha disciplina en la sociedad. Ni siquiera sus compatriotas franceses se acordaron de su obra de ficción hasta que gracias a la labor de algunos entusiastas fue reeditada en Francia en 1972.

Y es que mucho antes de que los escritores de CF soñaran con viajes interestelares, razas alienígenas y colonización de otros planetas, en 1854, en la antesala de la guerra de Crimea, once años antes de que Julio Verne hiciera despegar su cohete hacia la Luna, cuarenta años antes de la máquina temporal de H.G. Wells y casi un siglo antes de que TolkIen diera vida a su compleja mitología, el doctor francés Charlemagne-Ischir Defontenay imaginó la historia de todo un sistema solar localizado en la lejana constelación de Casiopea.


Se trata de la segunda novela de ciencia ficción espacial tras "La Historia Verdadera", escrita por Luciano de Samosata en el siglo II y en la que se narraba una gigantesca batalla espacial con criaturas extraterrestres, llegadas desde los propios confines de la galaxia para ayudar a los selenitas en su contienda con los solarianos.


Los Libros Starianos es una obra pionera asombrosamente audaz en el que se describen el sistema solar de Psi Casiopea y las diferentes razas que viven en uno de sus planetas, su historia de ascenso y decadencia, costumbres, mitología, tecnología, arte (incluyendo ejemplos de poesía y teatro), códigos morales, filosofría, arquitectura y su proceso de colonización de otros planetas. Es un modelo perfecto de la ciencia-ficción: un relato sin precedentes situado tan lejos en el tiempo de nuestro mundo como podamos imaginar pero, aún así, basado en el racionalismo, extraño pero inteligible. Ciertamente incurre en imposibilidades astronómicas de bulto en la configuración de su sistema solar pero esas faltas resultan insignificantes ante ideas tan fascinantes como la del planeta Lessur, que hace el amor a su población entera. Sólamente Olaf Stapledon, muchos años después, podría llegar a igualar tan desbordante imaginación.

Muchos de los temas que toca pasarían con el tiempo a formar parte del sustrato de la rama más romántica de la ciencia-ficción: el antigravitador (un ingenio utilizado por las naves espaciales de forma ovoide para escapar de la atracción gravitatoria); la simbiosis entre razas, el caracter nefasto de la religión (el propio Defontenay era un convencido ateo) o la divinización del hombre como filosofía definitiva de la edad cósmica. A lo largo de los miles de años que comprende la historia stariana se nos presentan civilizaciones con cultos primitivos a la guerra, utopías de corte socialista, matriarcadas consagrados a la búsqueda de la belleza, humanoides hermafroditas que se convierten en los progenitores perfectos, razas de starianos que viven miles de años convirtiéndose en depositarios de todo el saber del mundo, plagas que matan saturando los centros de placer del infectado, ... Tenemos aquí ya un auténtico libro de CF moderna. Después de todo, Julio Verne no fue el inventor del género.


A pesar de que los expertos la consideran como una joya de la CF del siglo XIX, no existe edición reciente en español. La última data de 1977, por parte de Andrómeda, una editorial argentina. Se puede intentar conseguir a través de librerías de lance, descargarlo por internet o bien en alguna edición en inglés.