sábado, 28 de diciembre de 2019

1944- EL VIAJERO IMPRUDENTE – René Barjavel


Para cuando publicó sus dos primeras novelas fantacientíficas a comienzos de los años cuarenta del siglo pasado, el francés René Barjavel, aunque no estaba completamente solo, bien podía considerarse uno de los sufridos profetas del desierto de la CF francesa, completamente desconectada entonces del mundo literario anglosajón. Julio Verne y Albert Robida habían quedado muy atrás y el género en su vertiente norteamericana no empezaría a llegar al país hasta terminada la Segunda Guerra Mundial, en 1945. Y todavía tendrían que pasar bastantes años más hasta que autores como Asimov, Simak, Clarke o Lovecraft salieran de los reducidos círculos de aficionados a la ciencia ficción. De hecho, para cuando apareció su primera novela adscrita al género, “Destrucción” (1943), ni siquiera se había popularizado ese término y en Francia seguía utilizándose la definición de “novela científica” o “novela de anticipación”.



Barjavel, ya en los años cuarenta, empezó a desarrollar ideas que, aunque no nuevas, sí florecerían diez años más tarde durante la Edad de Oro de la Ciencia Ficción en Estados Unidos: los apocalipsis y cataclismos que acaban con la civilización, el retorno al barbarismo y otros desastres atribuibles al uso indebido o malicioso de la tecnología. Menos comprometida políticamente y más centrada en la Aventura que su anterior novela, “Destrucción”, es esta que comentaré en la presente entrada y que versa sobre los viajes en el Tiempo.

La trama arranca en el invierno de 1939, poco tiempo después de estallar la Segunda Guerra Mundial. El matemático Pierre Saint-Menoux ha sido mobilizado y en una de sus guardias se encuentra por casualidad con una casa en la que vive una adolescente llamada Annette y su padre: un extraño y obeso individuo con ambos pies amputados que resulta ser un famoso físico, Noel Essaillon. Pierre se muestra encantado de hallar por fin a un colega científico con quien intercambiar ideas. Especialmente porque antes de la guerra ambos se conocían aunque sin haber coincidido nunca en persona: mantenían correspondencia y hablaban de los experimentos que tenían en marcha; una relación epistolar que quedó cercenada por la guerra.

Ahora, Essaillon le anuncia a Saint-Menoux que una de las teorías sobre las que se habían escrito le condujo a un gran descubrimiento: la invención de una sustancia llamada Noelita que permite viajar a través del tiempo. Noel le hace entonces a su asombrado colega una interesante proposición: usarlo como conejillo de indias y mandarlo un par de horas hacia el pasado. Pierre acepta y engulle una de esas píldoras de Noelita con el efecto deseado: experimenta los mismos acontecimientos, escucha las mismas palabras, ve los mismos gestos… Es, sin duda, uno de los descubrimientos más importantes de la Ciencia. Esa sustancia, por ejemplo, podría arrojar luz sobre tantos errores de percepción que han cometido los historiadores sobre el pasado. Pierre, dos años después, tras cumplir con sus obligaciones para con la patria y ya en París, se convierte en el ayudante de Noel.

Con la ayuda de las píldoras y un traje especial de color verde, Noel decide que Pierre debe viajar hacia futuros progresivamente más lejanos con el objetivo de estudiar el devenir de la Humanidad. Y así, en el año 2052 asistirá a una catástrofe global de la que apenas escapará; y otra expedición le llevará al año 100.000, donde descubrirá un mundo muy distinto al actual, un tiempo frío e inhumano pero pacífico en el que no existe el individualismo, donde
todos los esfuerzos son colectivos y encaminados a beneficiar al conjunto de la sociedad y en el que los valores humanos son más importantes que el enriquecimiento de unos a expensas de los otros.

El trabajo científico de ambos compañeros es seguido de cerca por Annette, la hija de Noel. Cuando un accidente le cuesta su vida al inventor, unos cuantos apaños en la corriente temporal salvan su vida. Pero al despertar, Noel no se encuentra cómodo ocupando un cuerpo que ha regresado de la muerte y decide morir de todas formas y legar su misión investigadora a Pierre. Éste, sin embargo, acaba utilizando sus recursos tan sólo para satisfacer sus propias necesidades y las de su ahora compañera sentimental Annette.

Pero sus viajes al pasado empiezan a tener consecuencias en el presente. Por ejemplo, una cada vez más preocupada Annette lo salva de quedar atrapado por error y para siempre en una prisión del pasado. Este acto provoca alteraciones en el presente. Y es que sus viajes ni pasan desapercibidos ni se olvidan. Los periódicos de finales del siglo XIX dan
testimonio de ello y bautizan al misterioso ladrón que aparece y desaparece como “El Diablo Verde”. Ello derivó a su vez en trabajos científicos y novelas protagonizadas por él que no existían antes de ese viaje en concreto. Aún peor, el contenido de esos documentos históricos va cambiando conforme realiza más viajes al pasado. La realidad del presente está, por tanto, sujeta a transformaciones según lo que se haga en el pasado.

Un día, en uno de sus viajes, Pierre frustra el matrimonio de los padres del arquitecto Michelet, autor de un edificio que le resulta especialmente odioso. Cuando regresa al presente, se encuentra con que Michelet nunca ha existido, como tampoco el edificio en cuestión. El protagonista, al tiempo que se da cuenta de que sus intervenciones afectan a vidas individuales pero no al curso de la Historia en su conjunto, empieza a preguntarse si no existe una voluntad superior que se sirve de él para cambiar el curso de ciertos acontecimientos. Para probar su teoría y sin decirle nada a Annette, concibe la idea de asesinar a Napoleón durante el sitio de Toulon en 1793, cuando el futuro emperador no era más que un teniente, y observar si su destino es asumido por otro hombre.

Cuando lleva a cabo su plan, acaba matando accidentalmente a un soldado que se sacrifica
para salvar a Napoleón y que resulta ser un antepasado del propio Pierre. Éste entra entonces en un círculo de paradojas temporales, de existencia y no existencia: al haber asesinado a su ancestro, él no pudo nacer para matarlo, por lo tanto su ancestro no está muerto, así que sí que nació y viajó en el tiempo para matarlo, etc…

Es ésta una novela al tiempo ingenua y cruel que constituye una aportación relevante al subgénero del viaje en el tiempo. Su precursora evidente, “La Máquina del Tiempo” (1895), de H.G.Wells, describía un viaje de ida y vuelta entre dos eras muy distantes. Se trata de un clásico que analicé con cierto detenimiento en su propia entrada, una historia sencilla pero que supuso una auténtica revolución dentro de la CF no sólo por dotar de un barniz científico al viaje en el tiempo sino por su fresca inventiva y la novedosa forma de mezclar la aventura más emocionante con el comentario social.

Barjavel sigue en la primera parte de su obra una senda similar. El punto de partida es el de una Europa sumida en una guerra que no parece tener un final próximo y en la que los humanos sufren y mueren a miles. La obra es, en cierto modo, una
llamada a la responsabilidad colectiva ante esa trágica situación dado que la guerra no surge por sí sola. De acuerdo con el autor, la sociedad actual tiene que encontrar un Nuevo modelo capaz de reformularse a sí mismo y al mundo, una sociedad pacífica, sin corrupción ni desigualdades. Aunque no exenta de riesgos (el año 2052 que visita el viajero es el mismo que el escritor ya nos había descrito un año antes en “Destrucción”, una obra de carácter postapocalíptico), ésta es una meta noble en la que la ciencia podría jugar un papel importante. De hecho, Barjavel asocia el progreso con el desarrollo científico, una apuesta valiente en un momento, en plena Segunda Guerra Mundial, en el que la tecnología parecía estar volcada en causar la máxima destrucción y mortandad posibles.

Barjavel escribió una novela que empieza siguiendo los parámetros de la ciencia ficción de aventuras, manteniendo el suspense a base de la impredictibilidad de los viajes hacia el futuro y las descripciones de lo que allí encuentra el protagonista, animando a reflexionar sobre la deriva de la civilización y lo que puede hallarse más allá de sus límites conocidos e imaginables. Además del viajero temporal solitario ansioso por conocer hacia qué maravillas conducirá el progreso a la Humanidad, encontramos en esta obra el tema wellsiano de la degeneración del hombre. Así, en
el año 100.000, existirá una sociedad dominada por la superespecialización, cuyos miembros no serán más que seres deformes sin cerebro ni voluntad y cuya inteligencia estará subordinada a la de una especie de reina, como la de una colonia de hormigas. Es una visión poco optimista que probablemente deba mucho a la situación bélica que se estaba viviendo en aquel momento.

Ahora bien, “La Máquina del Tiempo” no incluía reflexión alguna sobre la propia naturaleza del Tiempo (más allá de su consideración como una “dimensión”. Sobre eso volveré más adelante), un terreno espinoso con el que se sí se atreve Barjavel en este libro. A diferencia del Viajero de la novela de Wells, Pierre Saint-Menoux sí puede cambiar el pasado. Y así, tras un puñado de aventuras fascinantes y con un toque onírico (el viaje al futuro lejano es digno de un delirio de Dalí en fase terminal), el elemento crucial desde el punto de vista de la Física y la Metafísica es la inclusión de la famosa Paradoja del Abuelo, que puede resumirse básicamente como: Si viajo hacia atrás en el tiempo y mato a
mi abuelo, ¿cómo es posible que yo haya podido nacer para retroceder en el tiempo y matarlo? Los comentaristas franceses no dudan en alabar esta obra afirmando que fue la primera en plantearse tal situación, si bien en los pulps Americanos pueden encontrarse varios ejemplos previos en los años treinta y cuarenta.

Hay incluso obras anteriores escritas por franceses que tanteaban el concepto de las paradojas temporales y cómo el viajar al pasado podía alterar la línea temporal. Ahí está, por ejemplo “Aventuras del Viajero que Exploró el Tiempo” (1908) de Octave Bédiard, en el que se planteaba la situación de un científico romano que inventaba una máquina análoga a la de Wells. Sus dos hijos gemelos, Romualdo y Remo, entraban en el laboratorio, la ponían en funcionamiento y viajaban al pasado, donde se hacían famosos como Rómulo y Remo. Después, regresaban al presente explicando de esa forma la misteriosa desaparición histórica del primer rey de Roma. O “La Hermosa Valencia” (1922), de Theo Varlet y Theo Blandin, en la que unos soldados franceses encontraban en 1917 la máquina de Wells y eran transportados, con sus uniformes y armas, al siglo XIV, al sitio de Valencia. Aliados con los árabes, conquistan la ciudad y cambian la Historia.

Por otra parte, a comienzos de siglo se había formulado una teoría física que causaría gran impacto y que no tardaría en ser adoptada por la ciencia ficción: la Relatividad de Einstein, que vincula inseparablemente espacio y tiempo. Posteriores trabajos considerarían al Tiempo como un ente matemático que podía abordarse desde una perspectiva pseudoeuclidiana, lo que equivalía a considerar el Universo como un “espacio de cuatro dimensiones”. Esta del Tiempo como dimensión había sido una idea presentida anteriormente por científicos y también por escritores como Wells, pero ahora se abrían nuevos caminos. Si el Tiempo es una dimensión, uno podría moverse a través de él.

Como decía, la literatura de CF no tardaría mucho en lanzarse a explorar las posibilidades, factibles o no, de esa teoría, evocando la “nueva Física” como aval para contar aventuras espacio-temporales de lo más alocadas. Ahí están, por ejemplo, “El Reino de la Felicidad”
(1922), de Alexandre Arnoux, que utilizaba la contracción relativista del tiempo para impulsar un artefacto tan rápidamente que dos años en su interior equivalían a dos mil fuera del mismo. También aparecen obras que experimentan con las modificaciones en la Historia, algunas de ellas bastante extremas, como “Un Sujeto Brillante” (1934), de Jacques Rigaut, en la que se cuentan las peripecias de un individuo que utiliza una máquina para retroceder en el tiempo siete años. Allí conoce a una adorable señorita y a su pretendiente, que resulta ser él mismo más joven. No sólo se convierte en rival de sí mismo, sino que llega a cometer lo que podemos calificar de incesto, convirtiéndose en su propio padre. Para colmo, luego se propone retroceder hasta los tiempos del Génesis para encontrarse con Dios y por el camino va modificando la Historia: mata a Jesús cuando era un niño, le corta la nariz a Cleopatra, enseña a los indios de Sudamérica la tecnología del vapor y la electricidad…

Existen bastantes otros ejemplos, todos ellos obras menores, pero no quiero desviarme más.
Baste decir que quizá un acontecimiento histórico del calibre de la Segunda Guerra Mundial actuara de catalizador para explorar más a fondo el tema del viaje en el Tiempo. Al fin y al cabo, esas ficciones podían plantearse cuestiones tan fundamentales como: ¿Pudo haberse evitado el conflicto de hacer algo diferente en el pasado? ¿Cómo podría cambiarse el presente si fuera posible viajar atrás en la línea temporal? ¿Sobreviviría la civilización y la sociedad a la guerra? Y, si era así, ¿bajo que parámetros?. Es en este contexto donde hay que leer y entender “El Viajero Imprudente”, cuyo héroe mira tanto al pasado como al futuro, quedando atrapado entre realidad, fantasía, determinismo y posibilismo sin encontrar una respuesta clara a todos esos dilemas.

Mencionar asimismo que este libro de Barjavel contiene otro claro tributo a Wells. En su novela
Los Primeros Hombres en la Luna” (1901), el personaje de Cavor descubría una sustancia, la Cavorita, que permitía anular la gravedad y viajar hasta nuestro satélite. En vez de una máquina, Barjavel adopta el mismo recurso en la forma de Noelita, una sustancia en forma de píldora que, junto a un traje “temporal”, permite viajar en el tiempo. Su inventor desarrollaría además otras variantes con distintas aplicaciones: la Noelita 2 transportaba al futuro instantáneamente; y la Noelita 3 perpetuaba el presente (una pintura con esa base preservaba indefinidamente aquello que recubriera, por ejemplo el traje temporal).

Debe reconocérsele a Barjavel cierto ingenio creativo o, al menos, la popularización de fórmulas de las que luego se servirían infinidad de ficciones. El encuentro con uno mismo en el
futuro o el pasado, el recuerdo de una vida que no se ha vivido, la reformulación del presente… son conceptos abordados aquí con cierta candidez, más como si se tratara de un cuento que de una historia de ciencia ficción dura; y, sin embargo, no se descuidan los detalles (quizá debido a su formación como periodista) y se hace gala de una gran imaginación. No importan demasiado los errores de lógica en los que incurre porque desde siempre las narraciones que tratan sobre viajes en el tiempo han resbalado en un lugar o en otro en lo que a lógica y coherencia se refiere. En “El Viajero Imprudente”, todo está al servicio de la historia, la emoción y la poesía. A pesar de algunos pequeños arcaísmos achacables a haber sido escrita en la Francia de los años cuarenta, la novela tiene un estilo narrativo fluido e incluso, en algunos pasajes–y a pesar de algunos imprevistos estallidos de crueldad y violencia-, estéticamente cuidado.

Un clásico menor, en fin, que merece la pena descubrirse si se tiene interés en este siempre apasionante subgénero.


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