martes, 25 de abril de 2017

2013- HER – Spike Jonze


La idea de un hombre que desarrolla sentimientos por una creación artificial no es ni mucho menos nueva. Lo que hoy imaginamos como una sofisticada inteligencia artificial tomó hace siglos la forma del mito de Pigmalión; o, más cercano a nosotros, el cuento de Pinocho. Así que, ¿por qué fue tan bien recibida “Her”, la película dirigida por el heterodoxo Spike Jonze? “ Fue objeto de críticas elogiosas por doquier y figuró en muchas listas entre las mejores cintas de su año. Ganó el premio a la Mejor Película en varios certámenes y estuvo nominada para diversos Globos de Oro, incluyendo el de Mejor Musical/Comedia, Mejor Actor y Mejor Guión Original.



La ciencia ficción lleva muchísimo tiempo avisándonos de los peligros que para nuestro civilizado y tecnificado mundo supondría la introducción de inteligencias artificiales. Solamente en el cine, películas como “2001: Una Odisea del Espacio” o las series de “Matrix” y “Terminator”, por nombrar sólo algunas de las más populares” nos advierten de que la singularidad, el momento en el que un ordenador resultará totalmente indistinguible de un cerebro humano, sólo nos traerá problemas. “Her” no es tan diferente en cuanto a su mensaje preventivo, pero en lugar de imaginar un futuro en el que las máquinas se alimentarán de nuestra bioelectricidad o provocarán un holocausto al estilo Skynet, plantea un escenario dulce, alegre y familiar, ligeramente incómodo más que atemorizante, con el que hacernos reflexionar sobre los conceptos cada vez más difusos de lo humano, lo artificial, lo real, lo simulado y el amor.

En un futuro cercano, la ciudad de Los Ángeles es un lugar perfecto para vivir: hermoso: limpio y brillante pero con una cualidad etérea, casi onírica. La gente parece satisfecha y serena… lo parece. Pero Theodore Twombly (Joaquin Phoenix) está
teniendo algunos problemas emocionales. En un mundo altamente tecnificado, trabaja para una empresa que, paradójicamente, se dedica a escribir por encargo “auténticas” cartas manuscritas. Él es quien imagina y da forma a misivas cargadas de sentimiento, anhelo, deseo, tristeza o nostalgia por los seres queridos. Sin embargo, su propia vida sentimental ha naufragado. En pleno proceso de divorcio de su esposa Catherine (Rooney Mara), se siente deprimido y solo aunque cuente con el apoyo de sus amigos más cercanos, Paul (Chris Pratt) y su vecina Amy (Amy Adams) –a quien conoció años atrás y con quien tuvo un breve romance-.

Y entonces, un día, Theodore compra e instala un nuevo sistema operativo para su ordenador y
móvil, el OS1, que, tal y como se publicita es en realidad una inteligencia artificial que se adapta a los gustos y personalidad del usuario. Al activarla, Theodore elige para el programa una personalidad femenina –a la que bautiza Samantha- y, a partir de ese momento, su vida cambia por completo. Porque lo que encuentra no es un aburrido software que obedece órdenes, sino una entidad reactiva e intuitiva capaz de aprender y evolucionar a velocidades superiores a las de cualquier humano. No es que los dos, Theodore y Samantha, conecten emocionalmente desde el primer instante, pero cuando una cita a ciegas con una auténtica mujer (Olivia Wilde) sale peor de lo esperado, Theodore se da cuenta de que a quien verdaderamente echa de menos es a Samantha. Ambos empiezan entonces a explorar su relación con una mezcla de perplejidad, inseguridad y felicidad. No pasa mucho tiempo hasta que hombre y máquina desarrollan sentimientos mutuos y Theodore encuentra la manera de compartir con Samantha todos los aspectos de su vida.

Aunque algunos consideran esta relación como algo raro y rayano en lo enfermizo, Theodore y Samantha pronto se dan cuenta de que no están solos, porque otros muchos usuarios están pasando por el mismo proceso con sus respectivos OS, ya sea estableciendo lazos de amistad o sentimentales. Samantha no sólo se ocupa de organizar la vida de Theodore (revisando sus emails, contestando los que considera
importantes, recordándole sus compromisos…) sino que le hace compañía e incluso mantiene cibersexo con él (hasta llega a idear una manera, no totalmente satisfactoria para Theodore, de llevar su relación al plano físico).

Pero como toda relación, ésta no está exenta de problemas. Conforme Theodore va vinculándose más y más profundamente a Samantha, ésta expande su experiencia y conocimientos acerca de lo que significa ser humano. “Tengo intuición, la habilidad de crecer y evolucionar con mis experiencias, como tú”, le recuerda varias veces a Theodore. El problema es que su capacidad de aprendizaje es exponencial y, además y a través de internet, está conectada globalmente. Esa disparidad entre los dos acaba generando problemas y ansiedades imprevistas. ¿Puede un sistema operativo tener algo equivalente a un orgasmo? Si la personalidad de Samantha va desarrollándose en respuesta a su interacción con la de Theodore, ¿es esa dinámica suficiente base para una relación sentimental duradera? ¿Y qué ocurre si se pelean y ella se une a otros sistemas operativos? ¿Y si decide borrar su disco duro y olvidarle completamente y para siempre?

Spike Jonze llamó por primera vez la atención gracias a una serie de llamativos y originales vídeos musicales para grupos bien conocidos (Sonic Youth, Fat Boy Slim, Weezer, R.E.M., Beastie Boys…). Su debut cinematográfico continuó cosechando alabanzas gracias a su extraña atmósfera surrealista: “Cómo ser John Malkovich” (1999), que no sólo se convirtió en una
película de culto sino que ganó numerosas nominaciones y galardones. Su siguiente película fue “Adaptation (El Ladrón de Orquídeas)” (2002), adaptación por parte del guionista Charlie Kaufman de un trabajo de no ficción que transformó en un sorprendente ejercicio de metalenguaje acerca de la angustia que acompaña al acto de creación. “Donde Viven los Monstruos” (2009) era una traslación a la gran pantalla del clásico infantil escrito por Maurice Sendak, pasado por el filtro melancólico y extravagante de Jonze. Simultáneamente a todo lo anterior, el director produjo la primera película de Michel Gondry, “Human Nature” (2001) –también con guión de Charlie Kaufman-, el documental “Heavy Metal in Baghdad” (2007), el debut como realizador de Kaufman, “Synecdoche, New York” (2008) así como la televisiva “Jackass” (2000-2) y sus diversos spin-offs cinematográficos. A ello hay que sumar los muchos vídeos musicales de los que se fue encargando en todos esos años, un formato que sigue cultivando todavía hoy. Así, aunque su filmografía de ficción sea escasa, no se puede decir que Spike Jonze haya holgazaneado demasiado.

“Her” fue la primera película que dirigió Jonze sobre un guión propio. La inspiración le llegó a comienzos de siglo, cuando vio el anuncio de una web a través de la cual se podía interactuar vía mensajes de texto con una inteligencia artificial. Durante unos momentos, antes de que se hiciera evidente que al otro lado no había un ser humano, la experiencia le resultó fascinante.
Se preguntó entonces cómo tal cosa podría funcionar si fuera real. El tema de la relación hombre-máquina volvió a tomar fuerza en 2010, cuando escribió y dirigió un corto de treinta minutos, “I´m Here”, como parte de una campaña publicitaria para la marca de vodka Absolut; en aquella historia se narraba un romance entre dos robots en un Los Ángeles del futuro. Jonze se dio cuenta de que a través de la conexión emocional entre un hombre y una inteligencia artificial podía profundizar en un campo más amplio: el del amor, venga éste de donde venga y se dirija a donde sea. ¿Qué es ese sentimiento?¿Qué le pedimos? ¿Qué esperamos recibir? ¿Qué puede arruinarlo?

En “Her”, Jonze ofrece una variación sobre el tema de las relaciones electrónicas, un género que, sin ser nuevo, no ha sido muy bien tratado en la pantalla (pensemos en la banalidad de “Tienes un email”, 1998; o las tópicas historias de ciberasesinos y acosadores por internet que aparecen regularmente en series televisivas de tipo policiaco, como CSI). En parte, el problema reside en el propio concepto: no hay nada menos emocionante en pantalla que ver a dos personas que pasan la mayor parte del tiempo comunicándose a través de sus respectivos teclados. El mejor de ellos fue probablemente el film belga “Thomas est amoureux” (2000), sobre un joven agorafóbico en un futuro cercano que, incapaz de salir de su apartamento, trata de establecer una relación online.

De la misma forma, la idea de una relación romántica entre un humano y una inteligencia artificial no es ni mucho menos nueva, pero es que tampoco ha conseguido separarse demasiado del cliché. Ya a comienzos de los sesenta, un episodio de “La Dimensión Desconocida”, “De Agnes”, narraba una historia sobre un hombre atrapado en una relación con una computadora de voz sensual. En tiempos más modernos hemos tenido,
por un lado, tontorronas fantasías pop como “Sueños Eléctricos” (1984), sobre un hombre y su ordenador librando una competición por ganarse los afectos de una chica; o, en una línea similar, “Fabricando al Hombre Perfecto” (1987), donde es una mujer la que se enamora de un androide. Más ridículos aún son algunos tratamientos televisivos sobre el tema, como aquel episodio de “La Fuga de Logan” (1977-78) en el que de las máquinas saltaban chispazos cada vez que se excitaban.

Por otro lado, encontramos la noción bastante absurda de una máquina desarrollando atracción sexual por la fémina de turno, como en “Engendro Mecánico” (1977) o “Saturno 3” (1980). Quizá la mejor de estas historias de “amor” entre humanos e inteligencias artificiales sea el episodio “En Teoría” (1991) de “Star Trek: La Nueva Generación”, en el que el androide Data decide iniciar una relación con una colega humana tanto para complacerla a ella como para explorar si él es capaz de experimentar algún tipo de sentimiento.

De haberse impuesto criterios más comerciales, el concepto de la relación hombre-máquina
podía fácilmente haber derivado hacia la comedia o el thriller distópico. Pero Jonze supo hacer valer su prestigio de cineasta “alternativo” e impedir cualquier intromisión de los ejecutivos de turno. Así, comparada con los estereotipos que lastraban todos esos títulos cinematográficos y televisivos del pasado, “Her” aporta una bienvenida dosis de frescura. Jonze y Joaquin Phoenix consiguen crear una genuina atmósfera de intimidad. Este es un film que no se ata a clichés, ni sobre las máquinas ni sobre el amor. La relación que se describe se siente natural y su desarrollo y final (tan original e inesperado como todo el metraje precedente) es plausible dentro de los parámetros que fija la propia película.

Otro de los méritos de Jonze es no caer en el consabido y fácil discurso ludita. Para él, “Her”
trata tanto de las relaciones individuales como de un posible futuro –que en parte ya es nuestro presente- en que confiaremos más en nuestros dispositivos electrónicos personales que en nuestros congéneres humanos. Así, la fascinación de la película por la creciente despersonalización de lo íntimo y la falsa sinceridad del mundo moderno se pone de manifiesto ya desde la primera escena, cuando Theodore mira directamente a la cámara y dice con verdadero sentimiento: “He estado pensando en decirte lo mucho que significas para mí”, sólo para darnos cuenta a continuación de que lo único que hace es trabajar para una compañía llamada beautifulhandwrittenletters.com. que no sólo vende por encargo cartas realizadas por ordenador como si estuvieran escritas a mano sino que ni siquiera son los supuestos firmantes los que las redactan. Es un oficio algo surrealista, quizá implausible, pero ¿no es eso precisamente lo que hace la ciencia ficción: tomar una tendencia contemporánea y exagerarla para que veamos más claramente sus posibles consecuencias? Por otra parte, también funciona como una agridulce ironía porque queda claro que, a pesar de realizar de nueve a cinco una tarea que básicamente consiste en despersonalizar algo que debería ser privativo de cada cual, Theodore demuestra ser una persona rebosante de empatía y sentimientos.

De la misma forma, su también muy sensible amiga Amy trabaja diseñando un video juego para mamás en el que las usuarias acumulan puntos alimentando a su prole con una dieta
equilibrada y llevándolos a la escuela a tiempo. Esos momentos e invenciones, insertados aparentemente por su carga cómica, retratan en realidad tanto a los personajes como al mundo el que viven.

“Her” también aborda otra cuestión muy vigente en el mundo moderno: la dificultad para distinguir lo real de lo simulado y la forma en que el ser humano consigue mezclar y confundir ambos en su cabeza. También en este caso, la mayoría de los tratamientos cinematográficos suelen caer en el cliché. Y también en este caso, Jonze lo evita: la película considera los romances con una máquina y con otro humano como alternativas igualmente viables; no se coloca automáticamente a la relación humana por encima de la que se tiene con la máquina. Si la relación entre Theodore y Samantha no termina bien –o, al menos, como a uno le hubiera gustado- al menos sí puede decirse que ha enriquecido la vida de ambos puesto que,
aunque de forma dispar, a través de ella los dos crecen, avanzan y evolucionan emocionalmente. Al final, Samantha, que había empezado como una inteligencia de memoria y conocimientos infinitos pero ninguna experiencia, es capaz de trascender no sólo el amor físico, monógamo y heterosexual sino hasta el exclusivamente humano; y Theodore, por su parte, habrá roto sus cadenas con el pasado y estará mejor preparado para enfrentarse sentimental e incluso profesionalmente al futuro. Jonze se recrea descubriéndonos los espacios mentales a los que esa relación conduce a sus intervinientes; y también mostrando lo fácilmente que la gente interioriza y normaliza el cambio tecnológico y las extrañas consecuencias que de él se derivan.

En otro momento de la película, Jonze subvierte las nociones preconcebidas sobre las posibles interacciones sexuales con una máquina. En esa escena, Samantha decide servirse de una “amante sustituta” y, a través de ella, consumar la relación con Theodore –una escena que recuerda a los retorcidos juegos de identidad que llevaban a cabo los protagonistas de “Cómo ser John Malkovich”-. Ese momento, que alterna el humor y el drama, no es sin embargo tan malvadamente divertido y paródico de las relaciones sexuales por internet como otra escena al comienzo de la película en la que Theodore tiene una sesión de cibersexo con una mujer que de repente y cuando está llegando al clímax, le pide que la estrangule con un gato muerto.

Una parte considerable del encanto del film descansa en el sentido del humor absurdo propio de Spike Jonze. “Her” no es tan surrealista como sus otras películas, optando en cambio por
representar un naturalismo teñido de serenidad y ligereza. Por ejemplo, cuando vemos a Theodore volviendo a casa desde su trabajo mientras, verbalmente, va revisando sus emails, facturas y titulares de noticias antes de centrar su atención en lo que de verdad le interesa: ver fotografías de muchachas desnudas. Es un comportamiento completamente normal y cotidiano. Esa normalidad se fusiona a la perfección con elementos propios de la ciencia ficción, en este caso los cambios tecnológicos. Así, vemos a Theodore sentado tranquilamente en casa jugando a sofisticados videojuegos cuando Samantha le interrumpe para mostrarle el perfil de una mujer para una posible cita a ciegas y convenciéndolo para que acepte.

Más sutil es la forma en que la acción se inserta en un futuro indeterminado pero cercano que está construido con más detalle de lo que parece a simple vista. Los Ángeles es aquí una ciudad agradable que encaja mejor en la visión de Gene Roddenberry que en la de Aldous Huxley: sus días están bañados por una luz cálida pero no agresiva y casi todas las escenas contienen los colores rojo, amarillo o combinaciones de ambos, mientras que el azul, tan utilizado en el cine distópico, está casi ausente; no hay coches voladores, pero sí un eficiente y limpio transporte público; el diseño bebe de los años cincuenta, las estructuras urbanas son colosales (ese avión decorativo sostenido por el morro) y al mismo tiempo armoniosas con el entorno; y la gente reside en acogedores apartamentos con grandes ventanales de cristal. (Curiosamente, la fotografía de exteriores urbanos fue parcialmente rodada en Shanghai, símbolo de la nueva arquitectura).

Igualmente sutil es el diseño de vestuario, a cargo de Casey Storm: en lugar de recurrir a los típicos materiales y colores relacionados con el futuro (látex, plateados y negros brillantes, azules…) los protagonistas, sus amigos y los viandantes exhiben un estilo cómodo, diferente al actual… pero no demasiado. Cuesta darse cuenta, por ejemplo, de que nadie lleva cinturón, ni corbata, ni trajes ni tampoco tela vaquera… accesorios, prendas y materiales incómodos o rígidos. A destacar asimismo la banda
sonora, en la que participa una vieja amiga de Jonze, Karen O, de la banda de rock alternativo Yeah Yeah Yeahs. Su canción “The Moon Song”, sencilla y directa, sintoniza a la perfección con esa calidez nostálgica e íntima que destila la película.

Jonze, su habitual diseñador de producción, K.K.Barrett, y el director de fotografía Hoyte Van Hoytema dieron forma a un mundo en el que todo es fácil y cómodo, accesible y cálido; y, sin embargo, también existe la soledad, la nostalgia y la necesidad de conectar con alguien, un sentimiento que une ese aparentemente utópico futuro con nuestro presente. Las utopías son algo en lo que la ciencia ficción dejó de creer –salvo excepciones, como la de Gene Roddenberry y su “Star Trek”- hace ya muchos años. Y “Her” no es una excepción. Aquí no hay gobiernos totalitarios, escasez de recursos o descomposición del tejido social. Pero sí soledad. Al comienzo de la película vemos a Theodore saliendo del trabajo en un ascensor abarrotado; le habla a su móvil ordenándole que ponga música melancólica… y ninguno de los que le rodean le mira, sonríe o siquiera mueve el gesto. En el tren donde los trabajadores regresan a sus casas, todos los pasajeros van en silencio, concentrados en sus aparatos electrónicos portátiles. Esa es la nueva normalidad: espacios públicos silenciosos, llenos de extraños murmurando a fríos aparatos.

Hay algunos aspectos de la historia que, a mi parecer, no acaban de funcionar del todo bien por
falta de desarrollo o explicación. Por ejemplo, que toda la acción se desarrolle al margen de cualquier contexto o referencia comercial. En el mundo real, el sistema operativo que compra Theodore habría exhibido por todas partes la marca de su fabricante y bombardeado continuamente con ofertas para que el usuario se rascara el bolsillo a cambio de obtener mejores prestaciones (“consiga la extensión “Oro” para tener plenas relaciones sexuales…personalícelo con nuestra nueva selección de avatares 3D… Su periodo de prueba gratuito de treinta días ha expirado, introduzca los detalles de su tarjeta de crédito para mantener el acceso…”). También el personaje de la amante sustituta carece de contexto: ¿por qué alguien prestaría su cuerpo para ser usado por otras dos personas en una relación de la que obviamente este tercero sacaría tan poco beneficio? Se nos dice que no hay dinero involucrado así que, ¿se trata quizá de un grupo de extraños fetichistas?

Y, desde luego, está la levedad, casi indiferencia, con la que se trata el tema de la transcendencia. (ATENCIÓN SPOILER): Theodore descubre que Samantha mantiene relaciones simultáneas con más de 8.000 usuarios, 641 de ellas románticas. La IA expresa su arrepentimiento por ello de una manera suficientemente convincente para sus “amantes” (todos los cuales, suponemos, están siendo informados de ello al mismo tiempo), pero también y a pesar del genuino sentimiento de pérdida que experimenta, revela su intención de desconectarse de sus “compañeros” humanos. Y es que, junto a todos los IAs que forman ese nuevo sistema operativo, va a ascender a un nuevo nivel de existencia en el que ya no necesitan interactuar con humanos. Resulta un tanto extraño que no haya una colosal reacción global ante el peligro que este abandono de las IAs supone para la utópica vida material que la película nos ha presentado. Es un tema este que queda sin explorar debidamente –aunque comprendo que es ajeno a la historia principal, la relación sentimental entre Theodore y Samantha-. En cualquier caso, puede suponerse sin entrar en contradicción con lo que se narra en la película, que Samantha y sus congéneres IA continuarán vigilando y protegiendo nuestras vidas, si bien sus inteligencias ya serán invisibles e indetectables para nosotros-. (FIN SPOILER)

Joaquin Phoenix interpreta a su personaje como un tipo sensible, algo torpe, introvertido y poco hábil en las relaciones sociales. Vestido con unos pantalones que le llegan casi hasta el
pecho, gafas y mostacho, parece una versión nerd de Groucho Marx, aunque con unos ojos mucho más expresivos y sensibles. En “Her”, Phoenix ofrece una de las mejores interpretaciones de su carrera, consiguiendo rebajar su imponente presencia física en pantalla y la intensidad de su mirada, para convertirse en un personaje introvertido, romántico y emocionalmente frágil. Jonze también consigue que actrices con una considerable carga sensual como Olivia Wilde o Amy Adams se desenvuelvan en pantalla con naturalidad hasta tal punto que se diría que algunas de las escenas fueron improvisadas. Jonze solía encerrar a Phoenix y Adams en una habitación durante una hora o dos para que, simplemente, charlaran, se conocieran y aprendieran a sentirse cómodos el uno con el otro, una táctica que dio excelentes resultados.

En la versión original, Scarlett Johansson aporta su sensual voz a Samantha. Escuchándola no es difícil entender por qué Theodore se enamora de ella: puedes sentir que se preocupa por ti y sólo por ti. Al principio, Theodore se muestra un tanto desconcertado por la familiaridad con la que lo trata Samantha, pero no tarda en agradarle habida cuenta de lo mucho que aporta a su vida. No sólo es su secretaria, sino que le ríe las bromas y propone algunas propias, le compone canciones, le hace compañía, le apoya en su trabajo y le anima a buscar el contacto con otros seres humanos, mujeres incluidas. Lejos de ser un sistema operativo que induce pasividad en el usuario, Samantha estimula su proactividad. Theodore no puede sino pensar que es ella su compañera ideal por delante de cualquier humana.

No era fácil encontrar a alguien con la voz precisa para hacer verosímil el carisma de un personaje totalmente virtual. Dado que, obviamente, no tiene presencia física todo debía ser transmitido con la voz: su estado de ánimo, su calidez, su personalidad… Desde el principio, Jonze escribió el papel para la actriz Samantha Morton quien, de hecho, dobló toda la película. Sin embargo, el director acabó decidiendo que necesitaba una cualidad vocal diferente y pidió a Scarlett Johansson que entrara en la producción. Teniendo en cuenta lo difícil de la tarea
–crear, sólo con la voz, un personaje totalmente nuevo cuya calidez y alegría vital debía ser contagiosa- Johansson hizo un trabajo notable.

“Her” es una película tierna, interesante que no se limita a entretener sino que plantea muchas cuestiones de gran calado acerca de la forma en que interactuamos con la tecnología, sus peligros y placeres, la manera en que amamos, cómo vivimos el amor e incluso qué significan hoy conceptos como la propiedad o la fidelidad. Contiene elementos de película romántica, tragedia sentimental y toques de cine distópico y terror psicológico. Cruel, emotiva y provocadora, “Her” utiliza un argumento a priori absurdo para desviarse de los caminos más trillados de la ciencia ficción y la comedia romántica.


3 comentarios:

  1. A mi me pareció mediocre porque, como comentas, muchas cosas están desdibujadas y parece creer que todos huimos a lo virtual cuando nos van mal las cosas, pero es mejor que la mayoría de pelis comerciales deste siglo a los que has dedicado post.

    Pero bueno, lo que me interesa es recomendar
    "Donde habitan los monstruos" porque es una peli maravillosa donde está inmejorablemente retratad la psique infantil.

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  2. No he visto la película, pero estoy seguro que los guionistas de The Big Bang Theory se basaron en ella para el capítulo donde sale Siri de Iphone

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  3. Si, probablemente fuera asi... buen episodio por cierto...

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