viernes, 25 de junio de 2010

1894-JOURNEY TO OTHER WORLDS, A ROMANCE OF THE FUTURE – John Jacob Astor


En los últimos años del siglo XIX se asistió a un importante aumento en el interés por los asuntos sobrenaturales y psíquicos, especialmente la telepatía, la comunicación con espíritus, las apariciones de fantasmas y la reencarnación; un conjunto de creencias a menudo dignificadas por explicaciones pseudocientíficas y frecuentemente defendidas por reputados hombres de ciencia. Visto en el contexto de la CF, esta borrosa frontera entre lo místico y lo material puede interpretarse como una dialéctica siempre presente en el género. Por tanto, no debería sorprendernos que a finales de ese siglo, la CF navegase en muchas ocasiones en estas inseguras aguas. El libro que ahora comentamos es un buen ejemplo de ello.

John Jacob Astor IV, el bisnieto del famoso comerciante de pieles y financiero del mismo nombre, fue en su momento uno de los hombres más ricos del mundo. Pero a diferencia de otros indolentes herederos, no se limitó a degradarse con más o menos elegancia. Desarrolló una intensa actividad como inventor (un freno para bicicletas, una batería eléctrica, un motor de combustión interna, una máquina voladora, otra para limpiar detritos de las carreteras y un motor a turbina para barcos) y fundó el mítico hotel neoyorquino Astoria (más adelante conocido como Waldorf Astoria). Su pasarela neumática ganó un premio en la Feria Mundial de Chicago de 1893 y fue uno de los primeros americanos en conducir un automóvil; siempre soñó con encontrar un método para crear lluvia bombeando aire caliente de la superficie a las capas superiores de la atmósfera.

Con ese currículum cientifico quizá extrañe menos que se aventurara en la literatura de CF con un libro, “Un viaje a otros mundos”, escrito cuando sólo tenía 28 años. La acción tiene lugar en el año 2088 y cuenta un viaje alrededor del sistema solar a bordo de una nave impulsada por el apergión imaginado por Percy Greg en “Across the Zodiac”. La narración comienza inundándonos con una impresionante lista de detalles técnicos y científicos del futuro, desde proyectos a escala inmensa (mover el eje del planeta Tierra para asegurar una temperatura global y regular el clima) a pequeñas cosas cotidianas, como barcos que llevan molinos eólicos que permiten recargar sus baterías, las vallas electrificadas, las vías magnéticas de ferrocarril, energía solar, el control del tráfico rodado, coches eléctricos, el hidrofoil... Hay también “avances” sociales más discutibles, como una agenda eugenésica nada ajena a los planteamientos que defendían los teósofos: el libro nos dice que las razas no blancas “muestran una tendencia constante a morir” y que “su lugar es gradualmente ocupado por los más progresistas anglosajones”. Así, cuando los “elementos negros” que manchaban la hegemonía norteamericana desaparecen, el conflicto racial, claro, también lo hace.

Por lo demás, los Estados Unidos se han convertido en una superpotencia multicontinental; las naciones europeas han sido tomadas por gobiernos socialistas que han vendido la mayor parte de las colonias africanas a Norteamérica; Canadá, México y los países sudamericanos han solicitado la anexión al poderoso vecino continental.

A continuación Astor pasa a describir el mencionado viaje espacial. Los exploradores descubren que Júpiter es un mundo selvático de plantas carnívoras, murciélagos chupadores de sangre, enormes serpientes y lagartos voladores. Estos pioneros, siempre atentos al negocio en su condición de americanos, descubren una inmensa riqueza en recursos naturales: hierro, plata, oro, plomo, cobre, carbón y petróleo.

Pero el tono cambia en la última parte del libro, al llegar al mundo muerto de Saturno, y de la exaltación científica y técnica pasamos a la sombra ocultista. Los viajeros espaciales se encuentran con unos espíritus –incluyendo el alma de un obispo americano fallecido- flotando en el espacio, que les instruyen en la naturaleza de la vida en el más allá: “Aunque muchos de nosotros ya pueden visitar las regiones más remotas del espacio como espíritus, nadie todavía puede ver a Dios; pero sabemos que a medida que los sentidos que hemos recibido con nuestros nuevos seres se agudicen, los puros de corazón Le verán, aunque todavía es tan invisible a los ojos de los más avanzados aquí como el éter del espacio a vosotros”. El libro termina con un sermón en el que las especulaciones propias de la CF tratan de reconciliarse con las escrituras sagradas, un anticlímax que estropea la lectura de la obra.

Astor sobrevivió a las balas en la Guerra de Cuba, pero no al Titanic, en cuyo trágico viaje inaugural viajaba. Aquella aciaga noche de 1912, dejó a su esposa en un bote salvavidas, mientras él se quedaba en el buque para morir ahogado junto a otros dos escritores de CF: Jacques Futrelle y W.T.Stead. Ninguno de ellos había predicho la catástrofe.

domingo, 13 de junio de 2010

1893-SUB-COELUM: A SKY-BUILT HUMAN WORLD - Addison Peale Russell


Cuando pensamos en utopías, nos vienen a la cabeza sociedades en las que, aunque están regidas por sistemas políticos diferentes, se confía en que la gente en general hará lo que es correcto social y políticamente y que sólo habrá unas cuantas y desafortunadas excepciones a tal regla. Pocos van tan lejos en esa homogeneización aséptica como Addison Peale Russell en “Sub-Coelum”, donde “la gente no ronca. Se han entrenado a sí mismos para evitar ese acto desagradable”.

Por otra parte, “el sistema policial era inseparable de la organización social. Participaba y permeaba cada parte de ella. Cada individuo, familia u organización estaba expuesto a él. Verdaderamente, había poco que se pudiera calificar de vida privada en toda la Commomwealth. Las costumbres de la gente desanimaban, si no prohibían, la privacidad”.

Una vez más nos encontramos ante una reacción ante el libro seminal de Edward Bellamy, “El año 2000: Una visión retrospectiva” (1888) que, como vimos en entradas anteriores, tuvo una enorme influencia y dio lugar a multitud de contestaciones literarias, ya fuera siguiendo la misma línea socialista de ese escritor, llegando hasta un mundo de tipo anarquista –“Noticias de Ninguna Parte” (1890) de William Morris- o bien, planteando mundos que propugnaban valores totalmente opuestos a los de los autores mencionados: sociedades ultraconservadoras. En este sentido, “Sub-Coelum” es una especie de protesta contra los movimientos socialistas tan de moda en aquellos años y a los que muchos escritores se habían unido.

Calificar a “Sub-Coelum” de novela es incorrecto. No tiene argumento ni personajes. Es más bien una especie de ensayo fantástico, una meditación sobre la sociedad dividida en 146 capítulos muy cortos, de una página o dos, con un estilo elaborado y descriptivo.

Ciertamente, el mundo de Russell carece de la precisa definición de otras utopías. Tiene el tono de una ensoñación, tanto por su vaguedad como por los detalles que va aportando, tan inconexos como evocadores: “Luz y calor se obtenían del agua… En las grandes ocasiones, la luz generada rivalizaba con la del sol. Toda la atmósfera parecía en llamas. El efecto era mágico. La cosa más pequeña se hacía visible y todo ganaba belleza. Los hombres parecían más varoniles y las mujeres más hermosas. Tónicos vivificantes y aromas arrebatadores se difuminaban en la atmósfera a placer. Se derrochaba talento en producir esencias y tinturas y estimulantes de delicadeza paradisíaca”.

Por otro lado, en la utopía de Russell prima la individualidad por encima de la tutela estatal propia de las idealizaciones socialistas; pero, al mismo tiempo, hay poco espacio para la privacidad. Todos se vigilan unos a otros; los artistas que ofenden a alguien son encarcelados (“el sarcasmo no solía ser bien recibido y eso sólo entre amigos íntimos”) y la represión sexual es la norma (“La pureza, entre todas las cosas, era lo que más celosamente se guardaba. Los impuros incorregibles eran encerrados para siempre. Hombres y mujeres eran tratados igual por la policía y los tribunales”). Para obtener un certificado de matrimonio, la pareja solicitante debía contestar bajo juramento a un largo y serio interrogatorio.

En contraposición a ese ambiente opresivo y policial, el progreso tecnológico y el bienestar material han experimentado un gran salto adelante. La jornada laboral se ha reducido y los extremos de riqueza y pobreza se han eliminado. Incluso el racismo ha sido superado, un detalle este a destacar en una época en la que la actitud hacia los negros en Estados Unidos era cualquier cosa menos amigable.

Habida cuenta de su actitud conservadora, resulta sorprendente y hasta contradictorio la visión de Russell acerca de los roles de género: “Muchos de los hombres intercambiaban su lugar con las mujeres y se convertían esencialmente en amos de casa. Las tareas domésticas, en buena medida, habían pasado a estar en sus manos. Descubrieron su gusto por ellas al mismo tiempo que el otro sexo las detestaba”. En esta inversión de los papeles tradicionales, todos los médicos del país son ya mujeres.

Russell abogaba por una reforma moral más que política. Contrasta el pasado de Sub-Coelum –y presente del escritor-, en el que todos los aspectos de la sociedad son repudiables (clérigos poco formados, abogados corruptos, hábitos sociales veniales y estúpidos…), con su presente, más feliz y eficiente. En el mundo imaginado por Russell, “los vicios, en gran medida, se habían eliminado o habían acabado por desaparecer”. Esto incluía el abuso del alcohol y el tabaco, el juego y los combates deportivos. “Una mejora en el sentido común y la sabiduría práctica fue el destacable resultado de la nueva vida”. Y, sin embargo, con la vaguedad a la que hacíamos referencia, Russell nunca llega a explicar con detalle cómo se lleva a cabo la reforma que dará lugar a esa nueva sociedad.

La fantasía utópica está cargada con un buen montón de excentricidades: la gente mata a los pollos más humanamente: con guillotinas; crían monos inteligentes y construyen hospitales y templos para ellos; plantan árboles y arbustos en los bosques para “darles más variedad”; se domestican ardillas, los cementerios son los lugares más hermosos y se anima a los pájaros a anidar en las tumbas; roncar, silbar y los timbres de las puertas se han eliminado; entrenan a sus cerdos para comer con moderación; hay diez páginas dedicadas a glosar las sorprendentes capacidades de las ratas…

En definitiva, una obra difícil de clasificar. ¿Se toma en serio a sí misma? ¿Es una utopía conservadora o progresista? ¿Ambas a la vez? ¿Creía realmente el autor en las extravagancias con las que salpicó toda la obra?

sábado, 12 de junio de 2010

1891-NOTICIAS DE NINGUNA PARTE - William Morris


El tema de la ciudad del futuro se utiliza muy a menudo en historias que tratan sobre los cambios motivados por un progreso continuado. A menudo usa un argumento convencional de intriga o una narración de revoluciones contra opresores tecnológicos. Cuando los escritores de CF especulan sobre el futuro de la vida en la Tierra, sus visiones están inevitablemente dominadas por las imágenes de la ciudad. La historia humana es sobre todo la historia de la fundación y crecimiento de ciudades: ése es el significado de la palabra civilización.

Cuando los escritores utópicos empezaron por primera vez a trasladar sus Estados ideales hacia el futuro, imaginaron las ciudades como algo perfecto, una imagen que respondiera a sus propios deseos. Louis-Sebastien Mercier transforma París en “Recuerdos del Año Dos Mil Quinientos” (1771); Edward Bellamy imagina Boston en “El año 2000: una visión retrospectiva” (1888); y en el caso que nos ocupa ahora, William Morris hace lo propio con Londres, aunque desde un punto de vista bastante diferente como veremos a continuación.

Fueron estos últimos años del siglo XIX tiempo de sueños, de utopías, de ilusiones por un mundo mejor gracias a los avances tecnológicos y sociales. Entre 1888 y 1895 se editaron más libros de este subgénero que en todo el siglo precedente. Sin embargo, lo cierto es que no se diferenciaban demasiado unos de otros en cuanto a sus aproximaciones al futuro. Muchos de ellos seguían los pasos de la obra de Bellamy, ya fuera recreando una utopía semejante u oponiéndose a ella, pero siempre intentando construir una estructura económico-social lo más justa posible. Y aunque el mundo completamente comunal que plantea Bellamy prácticamente desaparece en las obras del resto de sus seguidores/imitadores, el socialismo sí se plantea de forma directa como el sistema más adecuado en la búsqueda de esos nobles fines.

William Morris es el autor al que se le suele atribuir el origen del género de la fantasía heroica. Hombre de muchos talentos (poeta, novelista, artista e impresor) se le recuerda no sólo por sus diseños de muebles, tapices y objetos decorativos, sino como el autor de novelas situadas en mundos imaginarios de inspiración medieval. Sus cuentos influenciaron a muchos otros escritores de fantasía, como Lord Dunsany, C.S.Lewis o J.R.R.Tolkien. Sus historias de grandes aventuras, valerosos héroes, atractivas mujeres y paisajes de gran belleza, continúan gozando de popularidad como demuestran sus regulares reediciones.

Sin embargo es una novela de ciencia ficción, "Noticias de Ninguna Parte” (1890), el trabajo más conocido de Morris, un relato utópico de una sociedad comunista del futuro, directamente inspirado por Marx y Ruskin y escrito en respuesta a las utopías socialistas que Morris interpretaba como frías, mecánicas y carentes de alma. Escrito en los últimos años de su vida, Morris destiló aquí muchas de sus ideas sobre política, arte y sociedad, imaginando un mundo anarco-libertario en el que el capitalismo ha sido abolido por una revolución proletaria y donde naturaleza y sociedad se han convertido en entornos confortables para la humanidad.

William Guest se duerme tras volver a casa de una reunión de la Liga Socialista. Despierta para encontrarse en el futuro, en una sociedad basada en la propiedad comunitaria y un control democrático de los medios de producción. En esta sociedad no hay propiedad privada, ciudades, autoridad reconocible, divorcio, tribunales, prisiones o clases sociales… nada de lo que nosotros damos por sentado en la actualidad. El edificio del Parlamento sirve para almacenar estiércol –poco sutil ataque a los políticos-; en cambio, el palacio de Hampton Court ha sido reciclado como museo para objetos de una belleza singular, donde todo el que lo desee pueda disfrutarlos… Es, como dice Morris, una celebración de “la infancia del mundo”

Esta sociedad, basada en la agricultura, funciona simplemente porque la gente encuentra placer en vivir en contacto con la naturaleza y, por lo tanto, disfruta con su trabajo. Y esa es una de las diferencias más importantes con la obra de Bellamy, la cual había comentado Morris en 1889, discrepando con ella en cuanto al papel de la tecnología y las máquinas, central en “Una visión retrospectiva”. Según Morris, la multiplicación de máquinas sólo podía dar como resultado más y más máquinas. Él creía que en un futuro ideal no se debía reducir el trabajo al mínimo gracias a la maquinización, sino rebajar la molestia del mismo hasta tal punto que dejaría de ser algo indeseable, una condición sólo alcanzable estableciendo una total igualdad entre los hombres.

Este rechazo al avance tecnológico es, desde luego, un punto de vista un tanto inverosímil pero comprensible al fin y al cabo. Al comienzo del libro, el escritor describe un viaje en metro mientras Guest vuelve a su casa, una experiencia a todas luces desagradable y en claro contraste con la luminosa sociedad pastoral a orillas del río Támesis que imagina en el año 2101 (hay quien ha comentado con sorna que el clima inglés debía haber mejorado muchísimo en el futuro sin necesidad de utilizar sistemas de control ambiental).

El hombre se ha pasado miles de años esforzándose por crear una tecnología que le permita desvincularse de los caprichos y crueldades de una Naturaleza no siempre bondadosa; pero luego, cuando se da cuenta de que ha perdido el contacto con ella, añora una vuelta a un mundo natural idealizado y poco realista. Esto sucedía en el siglo XIX, época de grandes cambios tecnológicos en el que la gente quedaba confinada en ciudades cada vez más aisladas del campo. Hoy, en la era de los ordenadores y los viajes espaciales, se sigue respirando ese sentimiento de añoranza por un mundo pasado, menos tecnificado y con una mayor vinculación y comprensión de la Naturaleza.

El libro va recorriendo diversos aspectos de la sociedad, su organización y las relaciones humanas. Como sucedía en la novela de Bellamy, aparece aquí la figura del mentor-guía, el viejo Hammond, que muestra y explica al protagonista el funcionamiento de ese mundo postrevolucionario del futuro; Dick y Clara se convierten en buenos amigos de Guest, a quien ayudaran en su aventura; Ellen es el interés romántico del libro, una mujer trabajadora emancipada gracias al socialismo.

En realidad, las mujeres no están tan liberadas como quiere hacernos ver Morris. Se las respeta como madres y como compañeras, pero la división del trabajo permanece inalterada. Aunque no están confinadas a las labores domésticas, el número de tareas y oficios que pueden realizar es menor que el de los hombres y la función de ama de casa es, al fin y al cabo, la que se considera más adecuada para ellas de acuerdo con un original argumento: “Los hombres ya no tienen ninguna ocasión para tiranizar a las mujeres o éstas a los hombres (…) las mujeres hacen lo que se les da mejor y lo que más les gusta y los hombres no están celosos por ello ni se sienten heridos”. “Es un placer para una mujer inteligente llevar una casa con habilidad y, al tiempo, hacer que a sus compañeros les agrade el aspecto de ella. Ya sabes que a todo el mundo le gusta recibir órdenes de una mujer hermosa”.

Esta actitud machista parece contrastar con el hecho de que en ese Londres del futuro no hay tribunales, divorcio o contratos matrimoniales. Las relaciones entre hombres y mujeres son totalmente libres y flexibles. Hammond explica a Guest: “debes comprender de una vez por todas que hemos cambiado en lo referente a todos esos asuntos o, más bien, nuestro punto de vista sobre ellos es diferente. No nos engañamos ni creemos que podemos liberarnos de todos los problemas que acosan a los sexos, pero no estamos tan locos como para acumular degradación e infelicidad comprometiéndonos en sórdidas riñas sobre nuestro sustento y posición y el poder para tiranizar a los niños producto del amor o de la lujuria”. En Ninguna Parte la gente vive en una especie de comunas de tamaño variable; la familia nuclear ya no es necesaria. La monogamia sigue siendo lo habitual, pero la gente es libre de seguir sus sentimientos cuando éstos aparezcan, puesto que no existe un contrato matrimonial propiamente dicho que les imponga una serie de obligaciones legales, morales o financieras.

El mismo delirio libertario aparece en el campo de la educación, donde no existe un sistema reglado, sino que la gente elige su propia forma de aprender. Los niños “suelen organizar fiestas y juegan durante semanas en los bosques durante el verano, viviendo en tiendas. Les animamos a hacerlo; aprenden las cosas por sí mismos y terminan conociendo a las criaturas salvajes; y se comprueba que cuanto menos permanezcan dentro de las casas, mejor para ellos”. En definitiva, el aprendizaje a través de la naturaleza le parece a Morris la forma idónea de educación para una sociedad agrícola.

Unos años antes, en 1886, Morris había conocido al famoso anarquista ruso Peter Kropotkin y le había invitado a escribir para el diario que editaba, The Commonweal, una tribuna en la que (además de serializar “Noticias de Ninguna Parte) ocasionalmente servía para manifestar sus simpatías comunistas, aunque nunca llegó a calificarse a sí mismo como anarquista. Éstos, sin embargo, siempre gustaron del genio de Morris y lo respetaron como alguien cercano a sus planteamientos ideológicos.

Así, aunque la utopía futurista de “Noticias de Ninguna Parte” describe su sistema social como comunista, en realidad se acerca mucho a lo que los anarquistas propugnaban como sociedad ideal. El capítulo XIII, “Sobre la política” nos da una prueba de ello: sólo tiene doce líneas, “porque no tenemos ninguna”, escribe el autor.

Por su parte, los anarquistas siempre tuvieron gran aprecio por el libro de Morris. En una carta publicada en la revista del movimiento, “Libertad”, en 1891, un escritor anónimo afirmaba: “El camarada Morris no es un anarquista por convicción, pero su carácter es el de un anarquista de nacimiento y en mucho de lo que ha escrito –por ejemplo “Noticias de Ninguna Parte”- el más puntilloso de los anarquistas tendría que buscar con microscopio para encontrar puntos de desacuerdo”. El propio Kropotkin afirmó en 1896 sobre este mismo libro que era “quizá la más profunda y completa concepción de una sociedad anarquista del futuro que se haya escrito jamás”.

Ciertamente, “Noticias de Ninguna Parte” le debe demasiado a “El año 2000: una visión retrospectiva” de Bellamy. El tema, el desarrollo de la historia y la ambientación son demasiado parecidos, y ello le impide tener la misma relevancia que su predecesora. Pero no son en absoluto obras gemelas en su trasfondo ideológico: mientras Bellamy veía con simpatía lo urbano, Morris optaba por lo pastoral; mientras el primero alababa la Revolución Industrial y el poder de las máquinas, Morris suspiraba por una vuelta a una vida más orgánica en la que las máquinas sólo se utilizaban para aliviar las peores cargas; mientras Bellamy veía un Estado todopoderoso como salvador y protector del hombre, Morris deseaba un futuro sin gobierno.

Por otra parte, el optimismo de escritores como Bellamy o Morris respecto a lo que nos aguardaba en el futuro no era ni mucho menos universal. En aquellos años las ciudades crecían tan rápidamente a la sombra de la revolución industrial que aparecieron barriadas pobres afectadas por la enfermedad, la pobreza y el crimen y muchos escritores del momento encontraron un futuro horrible al que mirar. De ellos hablaremos en futuras entradas.




Existen varias ediciones de esta novela en español, las dos más recientes son de Abraxas (2000) Minotauro (2004)

lunes, 26 de abril de 2010

1890-LA COLUMNA DE CÉSAR - Ignatius Donnelly

La ciudad del futuro es uno de los temas y escenarios recurrentes en la CF desde los inicios del género. Ya vimos el amargo enfrentamiento planteado por Julio Verne entre sus extremas Franceville y Stahlstadt en “Los Quinientos Millones de la Begún” (1879) y el desagrado que Richard Jefferies sentía hacia la vida urbana en “After London” (1885). Hay autores que imaginaron ciudades utópicas, pero en el caso que nos ocupa ahora lo que encontramos es un lugar en el que los pobres continúan soportando existencias miserables mientras los beneficios de la tecnología se reservan para los más adinerados.

Ignatius Donnelly fue todo un personaje. Estudió derecho y se hizo abogado, su especulación en terrenos le llevó a fundar una ciudad –Ninninger City, que acabaría quedándose desierta con él como único residente- y a los 28 años ya era gobernador de Minnesota y, más tarde y gracias a su talento como orador, sería nombrado diputado y senador republicano. Abandonó la política de los grandes para interesarse por la situación del mundo rural y fundó el Partido Populista, una formación reformista de izquierdas que se oponía a un sistema económico dominado por los monopolios.

Pero, paralelamente a su carrera política, desarrolló un gusto por la pseudociencia y el ocultismo que le ganó el nada envidiable apodo de “Príncipe de los Chiflados”. Su libro “Atlantis: The Antediluvian World” lo convirtió en el padre de las peregrinas teorías sobre ese continente perdido que aún arrastramos gracias a los entusiastas New Age; en otra de sus obras, “The Great Cryptogram: Francis Bacon’s Cipher in the So-Called Shakespeare Plays”, sostenía que en las obras del gran poeta inglés se ocultaba un mensaje en clave que revelaba que éstas habían sido en realidad escritas por Francis Bacon. En 1890, utilizando el seudónimo “Edmund Boisgilbert, M. D”, publicó esta novela, una obra precursora de la ficción especulativa y las fantasías apocalípticas.

El libro está escrito en forma epistolar: un narrador en primera persona, Gabriel Weltstein, envía a su hermano una serie de cartas en las que narra sus experiencias durante una visita que realiza en 1988 a Nueva York. Weltstein es un tratante de lana de Uganda (país que, en aquel momento, era considerado por el movimiento sionista como posible patria para el pueblo judío). Su intención era prescindir de los grandes cárteles intermediarios y vender su mercancía directamente a los fabricantes americanos.

Donnelly describe algunos de los cambios tecnológicos que él pensaba tendrían lugar en el curso de un siglo: Weltstein viaja a Nueva York en una especie de aeronave; se queda maravillado por la brillante iluminación de la gran ciudad, cuya energía proviene de la manipulación de la Aurora Boreal; en la gran urbe, ferrocarriles subterráneos discurren bajo aceras transparentes. En el Hotel Darwin encuentra un menú de comida a cual más exótica –globalizada, diríamos hoy-, desde arañas comestibles hasta nidos de pájaros chinos. Los periódicos se leen por televisión y se actualizan al momento –un curioso anticipo a Internet-.

Weltstein no tarda en meterse en problemas al impedir que un mendigo sufra una paliza a manos de un conductor. Éste trabaja para el Príncipe Cabano, una figura de la oligarquía gobernante; el mendigo, por su parte, es Max Petion, un líder de una siniestra organización secreta llamada Hermandad de la Destrucción. Con éste como guía, el protagonista visita la sociedad proletaria de Nueva York, donde ve la auténtica cara de un orden económico y social opresivo y rapaz. Gabriel conoce al presidente de la Hermandad, César Lomellini, un peligroso y despiadado fanático, mitad italiano y mitad negro (una mezcla que responde a los estereotipos y prejuicios de la época en que el libro se escribió).

La novela se desliza a continuación hacia el melodrama romántico cuando Gabriel y Max Petion rescatan a dos jóvenes mujeres de la explotación a la que están siendo sometidas. Las dos parejas se casan en una escena bucólica que actúa como contrapeso a la violencia y oscuridad de la sociedad en la que viven. Oscuridad que alcanza su aspecto más negro cuando la Hermandad organiza una rebelión que consigue deponer a los oligarcas al coste de incontables víctimas, abatidas por armas de alta tecnología como las “balas dinamita” o el gas tóxico. Lornellini ordena que los cadáveres sean apilados en Unión Square y cubiertos por cemento (él mismo será asesinado cuando esa tumba masiva comienza a construirse). Las dos parejas de amantes consiguen escapar a Uganda al final del libro (una concesión a la comercialidad que, habida cuenta del éxito de la novela, fue un acierto). Mientras su aeronave se aleja de Nueva York, Gabriel Weltstein ve el paisaje de la ciudad en llamas, sometida al pillaje mientras la montaña de cadáveres, la “Columna de César” del título, destaca por encima del humo.

Donnelly se tenía a sí mismo por un genio. Pensaba que aplicando su capacidad mental a cualquier problema, sin importar lo complejo que fuera y al margen de los conocimientos científicos o históricos acumulados sobre la materia en cuestión, podría resolverlo de una manera innovadora. Era una especie de profeta secular, una combinación de demagogo y predicador destinado, según él, a grandes cosas. Si Donnelly aún viviera, probablemente se le tendría por una especie de gurú. Tocó multitud de campos (la política, la oratoria, la pseudociencia, la mitología comparada, la geología, la literatura, la criptología) con una energía desbordante y un apetito intelectual insaciable que superaban con mucho su capacidad y preparación académica.

Y, sin embargo, la influencia de Donnelly emerge en lugares inesperados. Ya mencionamos cómo su incorrecta interpretación de hallazgos arqueológicos y mitología antigua le llevó a elaborar una teoría sobre la Atlántida que ha conseguido sobrevivir hasta la actualidad. Sus fantasías sobre mensajes ocultos en las obras de Shakespeare fueron los precursores de bestsellers de hoy como “El Código DaVinci” (2003). Y “La Columna de César” lo sitúa entre los pioneros de la CF y, más concretamente, del género de las distopias, visiones de sociedades pesadillescas. Otra novela curiosa surgida de su imaginación fue “Doctor Huquet” (1891) en la que un blanco intelectual liberal se encuentra transformado de la noche a la mañana en un negro pobre, debiendo enfrentarse en primera línea a los horrores del racismo.

“La Columna de César” es una virulenta distopia, una reacción extrema a la idílica utopía de Edward Bellamy “El año 2000: una mirada retrospectiva”, en la que ese autor proponía una inverosímil y pacífica transición del capitalismo al socialismo. La visión de Donnelly no podía ser más diferente de la de Bellamy. Coincidía en la insostenibilidad de un sistema basado en la explotación, el consumo desaforado y la separación entre ricos y pobres, pero, como hemos visto, opinaba que el derrocamiento del sistema no podía ser pacífico, una victoria del sentido común en aras de alcanzar la perfección comunista, el igualitarismo y la justicia universal. Por el contrario, el cambio –en este caso hacia una especie de república de pequeños propietarios- sería sangriento y llevado a cabo por extremistas.

Como suele suceder con las utopías y distopias, éstas suelen ser la expresión de las ideas políticas de sus autores. “La Columna de César” no fue una excepción. Donnelly, como hemos mencionado, estuvo profundamente involucrado en política. Un par de años antes de escribir la novela había escrito el borrador fundacional del Partido Populista, en el que afirmaba: “Una gran conspiración contra la raza humana se ha organizado en dos continentes, y está tomando rápidamente posesión del mundo. Si no se le hace frente y se desactiva de inmediato, provocará terribles convulsiones sociales, la destrucción de la civilización o el establecimiento de un despotismo absoluto”.

Cuando tras la Guerra Civil la economía norteamericana entró en una fase de fuerte crecimiento, Donnelly renunció a su cargo político convencido de que Washington estaba dominado por la lucha entre un puñado de poderosos industriales y aquellos que trataban de preservar los derechos y libertad del pueblo americano. Se dedicó entonces a defender en su Minnesota natal la aprobación de leyes antimonopolio y promover la intervención directa del Estado en las áreas económicas más importantes, como la banca, los ferrocarriles o la industria maderera. Fue en esta época cuando escribió “La Columna de César”, una especie de manifiesto en el que recogió las peligrosas tendencias del tiempo que le tocó vivir y las extrapoló, social y tecnológicamente, cien años en el futuro.

Dos años después, Donnelly ayudó a fundar el Partido Populista, formación que representaba el descontento de los granjeros del sur y las grandes llanuras con un sistema que los marginaba y los separaba de los potentados industriales del Este. Defendía una serie de reformas económicas –como el mantenimiento de bajas tasas de interés y la aplicación de impuestos progresivos- así como el intervencionismo y regulación monetaria, llamando a la unión de los pobres y desheredados fuera cual fuese su raza. A mediados de década, cuando el Partido Demócrata asumió como propios varios de sus postulados, el Partido Populista comenzó a desvanecerse de la escena política.

El mundo de la crítica literaria ignoró completamente “La Columna de César” cuando fue publicada por primera vez. Sin embargo, causó una honda impresión entre quienes lo leyeron y el viejo sistema boca/oído hizo que la lista de nuevos lectores creciera con una rapidez totalmente inesperada. En seis meses se lanzaron doce ediciones y se vendieron más de 250.000 copias hasta que pocas semanas después se reveló el verdadero nombre del autor, de quien se especulaba que podía ser el mismísimo Mark Twain.

Su visión de una ciudad profundamente dividida socialmente, en la que conviven maravillas tecnológicas operadas por una clase acomodada con obreros explotados de vida esclava que sostienen el bienestar de sus amos, alcanzaría expresión visual bastantes años más tarde en la obra maestra de Fritz Lang, “Metrópolis” (1926). La novela de Donnelly sedujo la imaginación popular en un momento como el actual, en el que el futuro para la “gente corriente” parece cada vez más oscuro e impersonal.

viernes, 16 de abril de 2010

1890-DIEZ MIL AÑOS EN UN BLOQUE DE HIELO - (Louis Boussenard)


Entramos en la última década del siglo XIX, momento del florecimiento de la CF, impulsada, según el cliché, por el éxito de Verne y Wells, pero también gracias a la moda de utopías como la de Edward Bellamy. Cientos de títulos vieron la luz en estos años; de hecho, la evolución del interés del público por el nuevo género fue cada vez mayor a medida que se aproximaba el nuevo siglo.

El título que comentamos en esta ocasión me da pie para hablar brevemente sobre la obra de Louis Henri Boussenard (1847 – 1911), un escritor muy popular tanto en Francia como en la entonces francófona Rusia, pero que en el resto del mundo ha permanecido siempre en la oscuridad, probablemente debido tanto su sesgo nacionalista como a los prejuicios contra los británicos y americanos que afloraban a menudo en sus relatos. Especializado en las novelas de aventuras, ya en vida se le conocía como el H.Rider Haggard francés. Al igual que Julio Verne, situaba la acción de sus novelas por todo el globo, desde Australia hasta América o África, de la guerra de los boer a la lucha de independencia cubana. También como Julio Verne, realizó algunas incursiones en la CF, una de ellas este "Diez Mil Años en un Bloque de Hielo", una especulación sobre el futuro.

El héroe, miembro de una expedición al Polo Norte en 1896, queda congelado en un bloque de hielo para despertar cien siglos después. Por alguna razón, el autor se siente obligado a justificar la supervivencia del protagonista con largas disertaciones sobre experimentos contemporáneos de congelación de animales o animación suspendida de gurús indios, algo totalmente innecesario puesto que lo que al escritor -y al lector- le interesa es lo que espera en el futuro.

Su mundo del mañana está unificado bajo un solo Estado poblado por los diminutos descendientes de chinos y africanos. El tipo racial caucásico ha desaparecido, consumido por los continuos enfrentamientos bélicos. Los hombres han desarrollado grandes cabezas y cerebros mientras que sus miembros y extremidades han encogido -una imagen que luego sería repetida hasta la saciedad por muchos ilustradores de las revistas de CF de los cuarenta y cincuenta-.

Esos hombrecillos del futuro pueden levitar y viajar rápidamente de un sitio a otro por la simple fuerza de su voluntad. Boussenard explica que sus cerebros generan una especie de "atmósfera nerviosa" alrededor de ellos que les permite tal hazaña. Para colmo, no se cansan y pueden transportar con ellos objetos de cualquier peso. Resulta curioso semejante suposición teniendo en cuenta que Boussenard era médico de formación. También lo es que, estando ya en 1890, el escritor no pensara en dar más protagonismo a la tecnología, la industria o las máquinas, basándolo todo en el poder de la mente.

No es una novela imprescindible. Carece de estructura convencional -planteamiento, nudo y desenlace- siendo más bien una especie de recorrido por diversos puntos de interés con algunos diálogos intercalados; además, su lenguaje, rígido y con largas y aburridas frases, no le ha permitido envejecer bien. He querido incluirla en esta selección, sin embargo, por dos motivos. En primer lugar por tratarse de un autor francés en un género que pasará a estar dominado, en buena medida, por norteamericanos y británicos. En segundo lugar, por las ideas que Boussenard planteó no solo en este libro (como el desarrollo de poderes mentales producto de la evolución), sino en otros relatos: el personaje principal de otra de sus novelas, “Les Secrets de Monsieur Synthèse” (1888) es un hombre sintético que ha eliminado su necesidad de comer y vive gracias a ingerir diez píldoras y diez ampollas de fluido cada día. Ejemplo del prototipo de “científico loco”, el Sr.Sintético pretende influir en la evolución de la raza humana haciéndola más “sintética”. Otra de sus obras, “Monsieur Rien” ("El Sr.Nada") (1907) cuenta las aventuras de un hombre invisible en la Rusia de los zares.

jueves, 15 de abril de 2010

1890-WILLMOTH THE WANDERER OR THE MAN FROM SATURN - Charles Curtis Dail.


En los estudios generales sobre CF, el siglo XIX tiende a resumirse rápidamente en dos grandes nombres que oscurecen todo lo demás: Julio Verne y H.G.Wells. Ya hemos visto en este blog sobrados ejemplos de obras tanto o más novedosas que las de ambos autores, libros que iniciaron tendencias y relatos que plantearon temas que se convertirían en básicos y recurrentes dentro del género.

"Willmoth el Vagabundo" es una de esas olvidadas obras -más incluso de lo habitual en esta etapa de pioneros- que suelen mencionarse de pasada en los manuales especializados de CF. El protagonista es un longevo alienígena del planeta Saturno que inicialmente se dedica a explorar su propio mundo acompañado del científico e inventor Elwer. En su periplo van encontrando diferentes especies y civilizaciones humanoides. A continuación, empapándose de una especie de ungüento antigravitatorio, comienzan a explorar el sistema solar. Viajan a Venus y luego a una Tierra prehistórica, donde entablan relación con una tribu de homínidos a quienes enseñan los rudimentos de la cultura y cuyos descendientes irán evolucionando hasta convertirse en los humanos modernos. Willmoth da descripciones detalladas de esos primeros hombres, corrigiendo algunas falacias de la historia bíblica. Después se embarca en un viaje bajo los hielos del Polo Norte, relatando sus encuentros con más gentes y animales a cual más pintoresco.

Dail se anticipó en mucho tiempo a esas teorías que tantos devotos suscribieron en los años sesenta y setenta del siglo XX y según las cuales la raza humana había sido creada y adiestrada por alienígenas; o bien que fueron extraterrestres quienes estuvieron detrás del progreso de antiguas civilizaciones, desde la Atlántida hasta los egipcios. Probablemente Dail se hubiera reído a gusto de saber que alguien llegaría a tomarse en serio lo que él sólo contempló como un divertimento en el que primaba la fantasía sobre cualquier pretensión de verosimilitud. Su narración es una sucesión de episodios repletos de vistosas sociedades y criaturas alienígenas, como los adoradores saturnianos del sapo o las serpientes de fuego que moran en el interior de nuestro planeta.

Como he dicho, la originalidad del libro no fue suficiente para asegurar su supervivencia en el corazón de los lectores. Quizá fuera su fuerte tono antirreligioso y firmemente racionalista en una época donde la religión aún tenía mucho calado social; o quizá sus referencias racistas -por otra parte comunes en los libros de entonces, como ya vimos en varias entradas de libros de Julio Verne-, hicieron que el libro no se haya reeditado, quedando confinado a los manuales más especializados de historia de la CF. Aunque de forma breve, un relato que recupera sin complejos el sentido de la maravilla que todos los niños han tenido alguna vez, merece la pena ser comentado más allá de su mero título.

miércoles, 14 de abril de 2010

1889- UN YANKI EN LA CORTE DEL REY ARTURO - Mark Twain


Mark Twain es algo así como un tesoro nacional para los norteamericanos. Ingenioso, emprendedor y de amplios recursos, alcanzó enorme fama ya en vida, tanto como escritor como en su faceta de orador. Sus obras cubrieron un gran espectro de temas: desde las correrías infantiles con un toque nostálgico de Tom Sawyer o Huckleberry Finn a los relatos de aventuras históricos ("Príncipe y Mendigo") pasando por la fantasía con moraleja ("El Forastero Misterioso") o divertidas crónicas de viajes ("Inocentes en el Extranjero").

Aunque nunca fue consciente de ello, cuando escribió "A Connecticut Yankee in King Arthur's Court", Twain marcó un punto de referencia en la CF. Sólo con el transcurso de los años podría apreciarse el verdadero alcance de la influencia que esta narración satírica en primera persona tuvo en el género.

La novela está escrita como el diario ficticio de Hank Morgan, un especialista en metalurgia que, tras recibir un golpe en la cabeza, se encuentra trasladado en el tiempo a los gloriosos años del Camelot del rey Arturo, en el año 528 de nuestra era. Capturado por sir Kay y llevado al castillo real, el americano se sirve de sus conocimientos para anunciar un eclipse y librarse de la ejecución que pendía sobre él. Desprestigiando a Merlín y haciéndole quedar como un truquista barato, adquiere tanto prestigio que es nombrado "ministro a perpetuidad" por Arturo. Inmediatamente, nombra un ayudante, Clarence, y juntos comienzan a modernizar el reino con las miras puestas en el negocio, "no en el altruismo", como él mismo subraya. Pronto llega a ser conocido como "El Jefe".

Lo primero que hace es fundar una oficina de patentes. Desarrolla la pólvora, el telégrafo, el teléfono, el jabón, las máquinas de coser, el fonógrafo, la máquina de escribir, la luz eléctrica, el acero, funda escuelas, un periódico, introduce el béisbol... pero, con todo, Morgan se encuentra con un pueblo al que no resulta fácil asimilar semejante avalancha de innovaciones. Cree que este retraso es provocado por la nefasta influencia de dos instituciones: la monarquía y la Iglesia. Aunque el rey Arturo es un monarca justo y de buen corazón y la mayoría de los sacerdotes se esfuerzan por aliviar las penurias de la población, como instituciones, ambas son enemigas del progreso tecnológico y la modernidad.

Morgan hace una serie de viajes por Inglaterra, primero con Lady Alisande la Carteloise -a quien llama simplemente "Sandy" y con la que se acabará casando y teniendo un hijo- y luego, de incógnito, con el mismo rey Arturo. Twain utiliza ambas aventuras para describir la crueldad y la horrible pobreza en la que el pueblo ordinario vive sumido, luchando siempre por mantener su dignidad.

Pasan los años y Morgan, ya un hombre de familia, realiza un viaje a Francia por motivos de salud. Cuando vuelve a casa se encuentra con que el rey ha muerto, la Tabla Redonda se ha disuelto debido a las luchas internas y la Iglesia ha declarado un interdicto en el reino (esto es, el cese de todas las actividades y celebraciones religiosas, incluidas las misas y la administración de sacramentos), lo que levanta al pueblo contra el americano y sus cincuenta y dos caballeros leales. Éstos proclaman una república y se atrincheran en la cueva de Merlín, donde se defienden de los ataques con cañones Gatling y cercas electrificadas -por cierto, la primera vez que se utiliza este invento-. Ambos ingenios masacran a miles a los sublevados, pero sus cadáveres esparcidos por los alrededores empiezan a corromperse y amenazan con infectar a los defensores, convirtiendo su victoria en derrota. Al final, Morgan resulta apuñalado por un caballero moribundo y el agraviado Merlín le lanza un hechizo que le induce un sueño de trece centurias hasta despertar en su "vieja" época, el siglo XIX.

La obra fue concebida originalmente como una sátira, aunque la diana de sus cáusticos comentarios cambia completamente a lo largo de la misma. En un principio, Twain se rie de los tópicos románticos sobre los caballeros medievales y la idealización de la Edad Media, muy común en las populares novelas de sir Walter Scott y otros autores del siglo XIX. Twain albergaba un resentimiento especial contra Scott, responsabilizándole de atizar el tipo de romanticismo creador de mitos, castas y orgullo, que llevó a los estados sureños de la Unión a rebelarse contra el norte.

De hecho, una de las múltiples lecturas que ha recibido la novela subraya las similaridades entre la Inglaterra artúrica y la Norteamérica sureña anterior a la Guerra de Secesión. Efectivamente, en ambos casos, una parte importante de la población vive en estado de esclavitud, sometida a una presuntuosa élite que se muestra tan insensible al sufrimiento de los desposeídos como obsesionados por estúpidas idealizaciones del honor, el código caballeresco y la virtud de las damas.

Así, "Un yanqui..." comienza satirizando lo que para Twain eran los grandes males del medievo (y, en el siglo XIX, todavía de una parte importante del planeta): el oscurantismo, la superstición, la tiranía, la barbarie, así como el poder de la Iglesia Católica, la nobleza y la monarquía en contraste con los valores de la democracia, la tecnología y el progreso. En este contexto, Merlín representa la superstición popular -un estadio más básico y menos elaborado que la religión organizada-, encarnando el viejo orden en continua rivalidad con la moderna tecnología.

Aún así, esta primera parte, en la que se desmitifica el brillo de un legendario Camelot, está permeado por un agradable sentido del humor que aligera algunos episodios ciertamente terribles. En cambio, la segunda parte se desliza inesperadamente hacia un oscuro apocalipsis. Y es que la novela, que empieza burlándose y satirizando el pasado medieval, termina cuestionando la superioridad del presente moderno e industrializado. La ironía es terrible: el progreso tecnológico cava su propia tumba y lo hace porque nadie es capaz de comprenderlo. No es una situación infrecuente. Nunca lo ha sido. Incluso en la actualidad, Era tecnológica por excelencia, la mayoría de la gente no comprende realmente cómo funciona el entramado tecnológico que nos rodea. Puede manejarla, operarla, beneficiarse de ella,... pero no entiende sus bases. Y el yanqui del libro acaba convertido, él mismo, en lo que más desprecia: un trasunto de mago Merlín, obrador de milagros pero, al mismo tiempo, custodio del arcano secreto de la ciencia; sus ideas de democracia e igualitarismo acaban sepultadas por la acumulación de poder y la imposición de sus ideas con la violencia; un líder tan intransigente, incompresivo y cruel como la sociedad que menosprecia. Al final, Merlín acaba con Morgan, la superstición y la ignorancia sobreponiéndose al espíritu científico y haciéndose con el último triunfo.

Mark Twain fue un decidido partidario de la tecnología, considerándola como un símbolo del progreso humano y una herramienta para mejorar aspectos de la vida cotidiana. Fue, por ejemplo, el primero en escribir una novela a máquina ("Tom Sawyer") y uno de los pioneros en el uso del teléfono. Sin embargo, los nuevos inventos no sólo aportaron alegrías al escritor: casi se arruina con una inversión en una nueva máquina de impresión que nunca llegó a cuajar al ser pronto superada por la linotipia. Además, y como aparece en la novela, era consciente de que no todo se puede resolver con máquinas. El americano de Camelot consigue logros asombrosos en los más diversos campos pero, a la postre, no triunfa en lo principal: cambiar la mentalidad de la gente para que piensen por sí mismos. El adiestramiento y la utilización de la tecnología no consiguen desvincular al grueso de la población de su lado espiritual (o supersticioso, según se mire).

"Un yanqui..." estableció una tradición de viajes en el tiempo aun cuando no fue la primera novela que tratara el tema. "The Chronic Argonauts" de H.G.Wells y "El año 2000: una mirada retrospectiva" de Edward Bellamy aparecieron sólo un año antes. Si Mark Twain recibió alguna inspiración externa pudo haber sido "The Fortunate Island" (1882), una novela escrita por Charles Heber Clark, en la que no se describe exactamente un viaje en el tiempo, pero casi: un americano experto en tecnología naufraga en una isla separada de Gran Bretaña en tiempos artúricos cuya vida y costumbres no han sufrido alteración desde entonces.

Hasta el momento, los viajes en el tiempo habían sido hacia el futuro. Pero, a medida que la CF se desarrollaba y asentaba sus temas principales, el viajero temporal hacia el mañana perdió sentido desde el punto de vista literario: como la mayoría de relatos de CF ya tienen lugar en el futuro, no parecía tener mucho sentido lanzar a los personajes a tiempos aún más remotos. Aunque los viajeros del tiempo del presente al futuro continuarían protagonizando algunas importantes novelas del género en los siguientes años, hoy, tras 120 años de historia de la CF, se puede afirmar que la mayor parte de los escritores han optado por retroceder al pasado, hacia civilizaciones más primitivas.

En el caso de "Un yanqui...", su prólogo y epílogo -no narrados por Hank Morgan sino por alguien que lo ha conocido en el presente, supuestamente el propio Twain- explican que estas correrías arturianas –asumiendo, claro está, que realmente hubieran tenido lugar y no fueran elaboradas fantasías del americano- no provocaron disrupción alguna en la línea temporal. Sin embargo, la novela describe un pasado claramente modificado, una historia alternativa auténtica. En la mayoría de relatos de Historia Alternativa, el viajero en el tiempo desencadena cambios en la corriente temporal, enriqueciendo la trama con implicaciones fascinantes. Efectivamente, muchas “Historias Alternativas” se basan en hacer comparaciones explícitas entre las líneas temporales ficticias y reales cruzando ambas mediante algún mecanismo narrativo, de los cuales el más habitual es el viaje en el tiempo.

"Un Yanqui..." es una obra brillante, divertida y corrosiva cuyo secreto para figurar en la lista de clásicos inmortales es la yuxtaposición de tres tiempos diferentes: el contemporáneo de Twain, representado por el protagonista; el medieval; y un tercero, que nunca existió sino en el mundo literario, la Edad Media "victoriana". Sátira de la sociedad de tiempos pasados, ridiculización de los referentes literarios del romanticismo, crítica despiadada tanto al sistema feudal como a los Estados Unidos contemporáneos del escritor, alabanza del progreso industrial y escepticismo y desilusión ante sus consecuencias... Puede que Twain nunca pretendiera escribir una novela de ciencia ficción, pero, sin quererlo ni saberlo, reunió en ella algunos de los temas que se convertirían en pilares básicos del género.