jueves, 17 de marzo de 2011

1901-LUNA DE MIEL EN EL ESPACIO - George Griffith


El propósito de la ciencia ficción no es adivinar el futuro. Sólo con el transcurrir del tiempo es cuando las obras (ya sean películas, novelas o comics) pueden verse con perspectiva e insertas en un momento histórico y social definido. Es fácil entonces darse cuenta de que su objeto de estudio es en realidad el presente del momento en que se crearon, con sus esperanzas, prejuicios, preocupaciones y circunstancias individuales y colectivas. Pero hay ocasiones en las que parece que parpadeos del lejano futuro consiguen abrirse paso hacia el pasado, aunque deformados, exagerados y magnificados por la borrosa lente a través de la cual miramos hacia el mañana.

Hace más de un siglo, cuando ni siquiera se había inventado el aeroplano, la idea del turismo espacial sonaba no como ciencia ficción, sino como alocada fantasía. Y, sin embargo, hoy no sólo no suena ridículo, sino que se está invirtiendo mucho dinero en ello. En 2001, el magnate y ex ingeniero de la NASA Dennis Tito pagó 20 millones de dólares a los rusos por convertirse en el primer turista espacial. Desde entonces, otros siete civiles millonarios han sido puestos en órbita por la agencia espacial rusa, pero la idea de tal negocio venía de antes. En 1996 la Fundación X Prize ofreció 10 millones de dólares a quien pudiera diseñar un aparato que llevara a tres tripulantes a más de 100 Km de la Tierra dos veces en menos de quince días. El ganador no se hizo esperar demasiado si tenemos en cuenta las dificultades financieras y técnicas inherentes al desafío: en 2004, el piloto Brian Binnie cumplía con la misión propuesta a bordo del SpaceShipOne, una nave diseñada y construida por Scale Composite, empresa sita en – y no, no es ciencia ficción- el Espaciopuerto de Mojave, California.

Pero es que además de aquella empresa ganadora había otros 24 proyectos compitiendo, todos ellos desarrollando nuevas tecnologías aeroespaciales. Virgin Galactic, dirigida por el siempre polémico Richard Branson, ha sido la primera en anunciar el comienzo de operaciones de turismo espacial a bordo del VSS Enterprise. El billete costará 200.000 dólares (aunque se espera que baje al más económico precio de 20.000 dólares) y sólo hará falta un adiestramiento de tres días. Cuatrocientas personas ya han reservado plaza.

Los nombres de las empresas que actualmente están involucradas en la misión (ya no un sueño) de mandar a civiles al espacio de forma regular parecen sacados de las novelas de Isaac Asimov, Robert A.Heinlein o Philip K.Dick: Galactic Suite Ltd, Interorbital Systems, Planet Space, Space Adventures, Space Transport Corp, Venturer Aerospace...

Y aún hay más: en 2006, Bigelow Aerospace puso en órbita el módulo Geminis I, destinado a convertirse -si supera las pruebas- en el primer hotel orbital. Una estancia en este inusual lugar fuera del dominio de cualquier gobierno podría costar entre 5 y 10 millones de dólares.

Hace más de un siglo, un popular escritor británico, George Griffith soñó con el turismo espacial. Griffith, un plagiador nato de ideas ajenas, pronto progresó de los libros de guerras futuras tan queridos en Inglaterra en aquellos años -como ya vimos en una entrada anterior- hacia el romance interplanetario en "A Honeymoon In Space". Lord Redgrave es el dueño del yate espacial Astronef, que funciona gracias a algo llamado Fuerza R, que tiene la propiedad de "anular" o "activar" la fuerza gravitatoria. La demostración de semejante invento atemoriza a los gobiernos terrestres, a punto de entrar en guerra, forzándolos a firmar la paz. Después, lord y lady Redgrave abandonan la Tierra en la nave para disfrutar de una luna de miel cuyo itinerario difícilmente se puede imaginar más exótico: la Luna, Marte, Venus, Júpiter, Calisto, Ganímedes y Saturno. En su viaje encontrarán variados paisajes y criaturas en diferentes estadios evolutivos: los hombres pájaro de Venus, los monstruosos jovianos y las flotas de acorazados espaciales de los señores de la guerra marcianos. La novela fue ilustrada por Stanley Wood y su trabajo probó ser tan relevante como el texto de Griffith al mostrar los primeros dibujos de alienígenas del tipo alto y delgado con grandes cráneos desnudos que tanta fortuna harían en la SF.

"Luna de miel en el espacio" es una de las novelas pioneras más relevantes dentro del sub
género de la space-opera, uno de los más queridos por los aficionados a la SF. En las historias de este tipo, los protagonistas/héroes parten hacia el espacio desconocido, enfrentándose valientemente a desafíos en lugares donde ningún humano ha estado antes. El término se bautizó, con connotaciones peyorativas, en analogía a los términos “soap opera” y “horse opera”, pero ha sido aceptado y revalidado por historias creadas a una escala más ambiciosa e imaginativa que relatos de viajes espaciales más conservadores y realistas que, como el clásico "Viaje a la Luna" de Julio Verne, celebraban sobre todo el momento en el que el hombre se liberaba de la “prisión terrestre”. Los primeros turistas espaciales, como la enamorada pareja de esta novela, se quedaban "limitados" a nuestro sistema solar. Pero eso cambiaría pronto….

Mientras tanto, en el mundo real, animados ahora por los primeros pasos del turismo espacial,
los soñadores siguen evocando una aventura semejante a la imaginada por Griffith, pero con el trasfondo de un conocimiento más preciso de los cuerpos del Sistema Solar: volar agitando los brazos en Titán, la luna de Saturno, aprovechando la combinación de densidad atmosférica y baja gravedad; escalar el Mons Olympus de Marte, la montaña más alta conocida; extasiarse ante la vista de los anillos de Saturno desde la superficie de una de las lunas exteriores, contar los chorros de nitrógeno liquido de kilómetros de altura que parten de la superficie lunar al recibir el calor del Sol, explorar los colosales cañones de Europa...

jueves, 3 de marzo de 2011

1901-LOS PRIMEROS HOMBRES EN LA LUNA - H.G.Wells.


En la pluma de H.G. Wells, el por entonces aún conocido como romance científico llegó a su mayoría de edad. En sus primeros libros, especialmente “La máquina del tiempo", "La isla del Dr.Moreau", "La Guerra de los Mundos" y esta "Los primeros hombres en la Luna", consiguió sintetizar una mezcla casi perfecta de todos los elementos que en las décadas anteriores habían ido filtrándose en el recién nacido genero: utopía, anti-utopía, sátira, relato filosófico, aventura verniana e invenciones científicas. Y esa mezcla, además, tenía un enfoque completamente moderno.

La Luna ha atraído la atención del ser humano desde mucho antes de que comenzara la Historia escrita. De mayor tamaño y brillo que cualquier estrella y a una corta distancia en términos astronómicos, visionarios y escritores imaginaron durante siglos la conquista del satélite antes de que el primer viaje se llevara a cabo en 1969. En el tiempo en que Julio Verne y H.G.Wells escribieron sus respectivos libros sobre viajes a la Luna, aquellos sueños se habían fusionado con una gran confianza en los avances científicos y tecnológicos. Estos autores, por tanto, crearon historias de un sabor diferente, con una intencionalidad realista alejada de las ensoñaciones mágicas o místicas predominantes hasta entonces. Verne y Wells revelaron en sus obras que no solo soñaban con el viaje a la Luna, sino que creían firmemente en su inevitabilidad.

La historia de esta novela comienza presentándonos a Bedford, un hombre de negocios fracasado que, acosado por las deudas, se retira al campo para tratar de escribir una obra de teatro. Allí conocerá al Dr.Cavor, un excéntrico científico que está desarrollando una aleación metálica antigravitatoria, y al que convencerá para explotar comercialmente su invento, la cavorita, nombre con el que se bautiza la nueva sustancia. Con ella, construirán una pequeña astronave esférica con la que viajan hasta la Luna. Una vez allí, se encuentran con los selenitas, unos alienígenas insectoides inteligentes que residen bajo la superficie lunar en enormes ciudades llenas de cavernas y corredores. Son capturados y Bedford escapa, mientras que su compañero, fascinado por los selenitas y su sociedad, se queda para estudiarlos, consiguiendo transmitir sus observaciones a la Tierra.

Si bien a menudo se cita el nombre de Wells junto al de Julio Verne al buscar las fuentes de la ciencia ficción moderna, en muchas de las entradas de este blog ya hemos visto que no sólo no fueron los primeros que se internaron en este género, sino que sus respectivas aproximaciones al mismo eran diametralmente opuestas. Verne, detallista y meticuloso, siempre se mantuvo fiel a su máxima "entretener educando". Cuando se planteó enviar a sus protagonistas a nuestro satélite en "Viaje a la Luna", calculó el calibre y trayectoria del proyectil, el empuje necesario y la duración del viaje. Wells, en cambio, no tenía interés alguno en estos aspectos técnicos y solucionó el problema recurriendo a un recurso ya viejo, el del metal antigravitorio o, como él lo bautiza en esta novela, "cavorita".

Aunque los autores del siglo XIX echaron mano de una larga lista de métodos para alcanzar el espacio exterior, desde globos a cohetes, los preferidos fueron la antigravedad y la “voluntad” (en la que o bien los personajes desean con extraordinaria intensidad trasladarse al espacio o bien viajan en forma de cuerpos astrales). La primera tiene que ver con una aproximación racional, materialista, científica; la segunda parte de un discurso místico o espiritual; pero ambas funcionan exactamente igual en tanto que manifestaciones de la libertad creativa de la CF.

La máquina del tiempo imaginada por Wells (1895) fue el primero de una serie de ingenios que abrieron inesperadas puertas en el espacio y el tiempo, desarrollando nuevos marcos para los escritores que querían especular sobre el futuro desde una posición racional. A partir de la invención de la famosa máquina, comenzarían a surgir toda una serie de recursos narrativos que cumplían la misma función: facilitar la tarea del escritor proporcionándole un instrumento racional, no místico. La tecnología antigravitatoria de la cavorita fue el equivalente más obvio de la máquina del tiempo: la una salvaba distancias espaciales, la otra temporales.

Wells vuelve a utilizar de nuevo una figura dominante en la ciencia ficción pionera y que hoy nos
parece implausible y hasta risible: la del inventor solitario, tronado pero brillante. La mencionada cavorita, una aleación de metales, ha sido inventada por el profesor Cavor en su aislado taller de Kent, ayudado por tan solo tres obtusos asistentes. Al igual que el viajero temporal de "La máquina del tiempo", el Grifffith de "El Hombre Invisible" o el Dr.Moreau, Cavor trabaja solo y en secreto. La institucionalización de la ciencia era algo todavía desconocido, pero ya no muy lejano: los conflictos mundiales del siglo XX y la necesidad armamentística de los gobiernos así como el crecimiento del sistema capitalista harían mucho por reunir a los científicos en laboratorios sumiéndolos en el anonimato al tiempo que multiplicando sus resultados. También Verne estuvo más acertado en este aspecto. En su libro "Viaje a la Luna", el escritor francés imaginaba un esfuerzo internacional a gran escala, tanto financiera como técnica, como única forma de llevar a término el proyecto del viaje espacial.

Tampoco la Luna de Wells se parece demasiado al satélite que conocemos. Aunque a primera vista la Luna es un cuerpo árido y muerto, en cuanto sale el sol germinan rápidamente frondosos bosques de extraña vegetación. Si bien la gravedad es inferior a la terrestre, existe una tenue atmósfera apta para los humanos. El subsuelo está perforado por catacumbas, túneles y mares interiores que sirven de hogar para la raza insectoide selenita.

Poco tiempo después de ser editado, el libro recibió bastantes críticas negativas por su escaso peso científico. El propio Julio Verne fue uno de sus detractores, solicitando con sorna a Wells que fabricara el misterioso metal antigravitatorio. Los críticos mencionaban las ideas wellsianas sobre el espacio y el tiempo, sus alienígenas y sus vuelos interplanetarios, para calificarlo de escritor de cuentos infantiles. Tales críticas son injustas. Si exigiéramos criterios tan estrictos a todas las novelas de ciencia ficción, pocas sobrevivirían a la criba. Para los novelistas existen leyes más importantes que las de Newton, como la fuerza de la imaginación o el magnetismo de una buena historia. Aquellos ácidos comentarios se diluyeron mucho antes que las obras de Wells. Sus libros han seguido gozando del favor popular hasta el día de hoy y escritores posteriores, como George Orwell o C.S.Lewis, consideraron a Wells como una inspiración directa que les animó a dejar sus propias huellas en el género de la ciencia ficción y la literatura universal. El cine ha llevado la historia a la pantalla en tres ocasiones (1901, 1919, 1964 y 2010) y hay una quinta en preparación rodada en 3D.

Ciertamente, el tiempo se encargó de demostrar no solo la imposibilidad del viaje a la Luna tal y como lo ideó Wells, sino su propia visión de nuestro satélite, que más parece un mundo sacado de Alicia en el País de las Maravillas que la baldía esfera muerta que conocemos. Pero lo que a fin de cuentas no es más que fantasía, no priva a la a novela otros de sus méritos.

En su haber, encontramos la osadía de imaginar la amplia gama de especies que la evolución podría desarrollar no solo en la Tierra, sino también en el resto del Universo. Se exponen también con habilidad las dos actitudes posibles ante el encuentro con una especie extraterrestre: el oportunista Bedford desea regresar a la Tierra, organizar una expedición mayor y volver a la Luna para conquistarla, colonizarla y explotar sus recursos; el idealista Cavor, por su parte, solo está interesado en el conocimiento, su único objetivo es tratar de comunicarse con las criaturas. La disparidad de temperamentos, intereses y actitudes dan lugar a algunos diálogos que se encuentran entre lo mejor del libro.

De hecho, la novela es a menudo interpretada como una crítica a la actitud imperialista de la
época, tema que Wells ya había tratado en un trabajo anterior, "La Guerra de los Mundos". El autor se burla del imperativo colonizador: “Debemos anexionarnos esta luna”, exclama Bedford en un arranque de patrioterismo inútil antes de que los selenitas se revelen como un modelo todavía superior de rígido estado imperialista. Incluso entonces, los habitantes de la Luna, por muy avanzados que estén, son representados como criaturas repulsivas. Para Wells, la elevación de la mente sobre el cuerpo tiene como consecuencia una especie de decadencia material: los tentáculos de los marcianos producen “disgusto y temor” y un “efecto parecido a la nausea”. La clase intelectual selenita cuenta con cerebros hipertrofiados y cuerpos deformes, atendidos por obreros retrasados. El progreso significa decadencia, la mente se convierte en el cuerpo, el animal se humaniza…

En este trabajo, Wells -como en sus novelas anteriores- presenta un conflicto entre los protagonistas y las imprecisas fuerzas sociales que les rodean. Los villanos de varias de sus primeras historias no se distinguen de forma individual, sino comunitaria: los Morlocks de "La Máquina del tiempo", los marcianos de "La Guerra de los Mundos" o las criaturas mutantes de "La Isla del Doctor Moreau". A menudo, estos colectivos guardan alguna afinidad con los aspectos menos deseables de la sociedad victoriana en la que creció Wells, ya fuera la opresión social derivada de la estructura clasista o sus tendencias imperialistas.

Así, no nos debería sorprender que los selenitas de esta novela se parezcan mucho a las colonias de insectos terrestres, porque para el autor, los enemigos más temibles son las masas despersonalizadas, las hordas sin mente y anónimas. Los selenitas viven en una sociedad tan rígidamente jerarquizada que el feudalismo medieval parece una comuna hippie en comparación. Desde su concepción, los selenitas son biológicamente condicionados, a la fuerza, para desarrollar determinadas tareas, privándoles de la posibilidad de seguir el libre albedrio y buscar su propio camino. Y, sin embargo, Wells describe esta opresiva sociedad lunar con tal detalle, lógica interna y sensibilidad que podemos pensar que el novelista se sentía al tiempo fascinado y repelido por lo que estaba imaginando.

H.G.Wells nos ocupará todavía muchas entradas futuras, pero fue el periodo que medió entre "La máquina del tiempo" (1895) y "Los primeros hombres en la luna" (1901) el que definiría la etapa más recordada del escritor y el intervalo en el que produjo sus romances científicos más imperecederos y relevantes; no sólo no volvió nunca a usar la máquina del tiempo o la cavorita, sino que ya no inventó o utilizó ningún ingenio o elemento significativo después de esta fecha. Su aproximación a la ciencia-ficción se inclinó más hacia la profecía y la fría anticipación que a la ficción pura.

En resumen, "Los primeros hombres en la luna" es una serie de aventuras con cierto tono cómico
que evoluciona hacia la sátira grotesca. El lector actual puede encontrar la historia algo envejecida. Sin duda lo está. Se escribió hace más de cien años y el estilo es demasiado descriptivo, la acción no es particularmente excitante a excepción de algunas persecuciones, no hay pasajes realmente espectaculares y, en general y pese a sus ligeros apuntes filosóficos y sociales, carece de la solidez y la intemporalidad de otras obras del autor aquí comentadas. Pero su auténtico mensaje reside en el deseo de que la humanidad no caiga en la autocomplacencia, sino que debe continuar explorando, extendiéndose y descubriendo nuevos mundos. En su espíritu, el libro se adentra en la fuerza del espíritu humano y es por ello por lo que se ha ganado su pequeña parcela en la historia de la ciencia ficción.

sábado, 29 de enero de 2011

1901-LA NUBE PÚRPURA - M.P.Shiel


La influencia que ejerció H.G.Wells, tanto en su Inglaterra natal como en el extranjero, dependió de las circunstancias particulares de cada país. En el caso de Gran Bretaña, la extensión del romance científico más allá de los márgenes del subgénero de las guerras futuras fue explotada por otros escritores además de Wells, como es el caso del que ahora nos ocupa.

A menos que se sea un fanático de la literatura de detectives o de la temprana ciencia ficción, difícilmente se habrá oído hablar de este escritor. Y, sin embargo, Matthew Phipps Shiel (1865-1947), tuvo una vida de lo más peculiar. Nació en Montserrat, en las Indias Occidentales, y su padre, tendero y predicador, reclamó como propia la isla rocosa de Redonda, de la que el pequeño Matthew fue coronado rey el día de su decimoquinto cumpleaños. No aprendió a escribir hasta los doce años pero ese retraso no condicionó su carrera: llegó a hablar siete lenguas y trabajó como intérprete antes de dedicarse a la medicina y la enseñanza de matemáticas. Corría nueve kilómetros diarios -costumbre que mantuvo hasta los setenta años-, practicaba montañismo y yoga; se casó dos veces y engendró varios hijos ilegítimos.

Impresionado desde su juventud por las obras de Edgar Allan Poe, la prosa de Shiel era única; ha sido comparada por algunos comentaristas como una pieza improvisada de jazz con elaborados efectos de sonido. Utilizaba poderosas imágenes y una aliteración bien calculada (que solo se puede apreciar, claro está, en su inglés original) y aunque su florido estilo poético se haya quedado algo trasnochado nadie le puede negar su originalidad y destreza literaria .

Entre sus 25 novelas y numerosas historias cortas destacan narraciones detectivescas como "Príncipe Zaleski" (1895), cuentos de horror como "La casa de los sonidos" (calificada por H.P.Lovecraft como obra maestra) e historias de ciencia ficción como esta que comentamos, una novela post-holocausto en la que se explora el papel que juegan la integridad personal y el conocimiento en el desarrollo -en este caso conservación- de la humanidad.

Adam Jeffson, un hombre que se halla de expedición en el Ártico, sobrevive a una letal nube
tóxica que cubre la Tierra. Al regresar a la civilización, se da cuenta de que es el único superviviente de la raza humana. Sin una sociedad que ejerza control sobre él, se convierte en un enloquecido ser que se autoproclama monarca y quema ciudades enteras en un frenesí destructivo antes de emplear diciesiete años tratando de construir un palacio en honor a sí mismo. Recuperada cierta lucidez, viaja a Estambul, donde descubre a otro superviviente, una mujer. Ésta era una niña cuando tuvo lugar la desaparición de la raza humana y sufre de un retraso mental derivado de la soledad. Jeffson abusa de ella y la esclaviza, pero ante el creciente afecto que va sintiendo por ella, se cuestiona si la Humanidad, responsable última de los peores crímenes contra sus propios miembros, debería ser resucitada. Decide abandonar a la muchacha y se marcha a Inglaterra, pero cuando se presenta la amenaza de otro holocausto en forma de nube púrpura, su humanidad se impone: regresa junto a ella y la hace su esposa.

A menudo se ha acusado a Shiel de antisemita y racista. Sus defensores argumentaban que utilizó el racismo inherente a su época para desacreditarlo y como vehículo para exponer su peculiar ideología: una filosofía basada en la superioridad del conocimiento científico sobre la fe/esperanza (que él identificaba con la ignorancia). Varias de sus obras proponían la eugenesia y el concepto del superhombre nietzscheano, aunque no como un ser individualista adscrito a una determinada raza o credo, sino como un estatus alcanzado gracias al aprendizaje en el seno de una comunidad.

La visión del individuo que Shiel presenta en la novela está cercana a ese concepto del "Übermensch" capaz de enfrentarse a todo sin moralidad alguna. Jeffson se salva a costa de otros (envenena a la persona que iba a ir al Ártico originalmente para así ocupar su puesto), destruye por el simple placer de hacerlo y abusa de su fuerza con la joven que encuentra. En definitiva, se pasa años intentando enterrar su humanidad y aunque al final sienta que deba recuperarla junto a la joven, no es un personaje que despierte simpatías en el lector.


El tema del apocalipsis que arrasa la civilización humana dejando tan solo un puñado de
supervivientes endurecidos se convertiría con el tiempo en uno de los escenarios más populares de la CF, especialmente a raíz de la Guerra Fría y el temor a una catástrofe nuclear global. Quizá la novela más representativa de esta tendencia sea "La Tierra permanece" (1949), de George R.Stewart, pero en 1901 aún faltaba recorrer un largo camino, temporal e ideológico, para llegar hasta la ecologista visión de Stewart. Shiel, en cambio, optaría por una visión más descarnada del ser humano (y menos romántica que la de "El último hombre" de Shelley, otro trabajo pionero sobre el mismo tema) pero también, desgraciadamente, más creíble.

sábado, 22 de enero de 2011

1901- A LA CONQUISTA DEL AIRE – Ferdinand Zecca


Ferdinand Zecca (1864-1947) tuvo unos orígenes humildes. Segundo hijo del conserje del Théâtre de l'Ambigu en París, comenzó su carrera artística actuando y tocando la corneta en los cafés de la capital. En 1899, Zecca y otro compañero de profesión, Charlus, actuaban juntos en una fantasía musical titulada “Le Muet mélomane”. A petición de Georges Dufayel, propietario de los grandes almacenes que llevaban su nombre, realizaron un corto adaptando el número.

En abril de 1900, en la Exposición Universal de París, el empresario cinematográfico galo Charles Pathé se encontró con retrasos en la instalación de su pabellón y contrató a Zecca para realizar la tarea. Éste debió hacer un trabajo realmente bueno porque Pathé lo contrató como ayudante del director de los estudios que tenía en Vincennes. Hasta 1906, el propio Zecca dirigiría o supervisaría cientos de películas. Las primeras eran descarados plagios de cintas inglesas, pero no tardaría en dirigir sus propios films. “A la conquête de l´air” (1901), fue uno de los primeros además de ser una cinta pionera en el cine de ciencia ficción.

En ella aparecía una extraña y ridícula máquina impulsada a pedales, llamada Fend-l´air (“hiende aires”), que volaba sobre los tejados de Belleville. Su importancia reside no en su duración (1 minuto) ni en su argumento, sino en que es el primer ejemplo conocido en el que se utilizó la técnica de pantalla partida: primero rodó en el estudio a un anónimo individuo montado en el ingenio volador cubriendo la mitad inferior del objetivo; luego, desde puntos elevados, hizo tomas aéreas de París con la mitad superior cubierta. Confluían así en un solo plano dos filmaciones distintas.

Resulta sorprendente la velocidad con la que evolucionó la técnica cinematográfica en estos primeros años. Cuando todavía el público consideraba al nuevo medio una novedad, ya aparecían los primeros efectos especiales. El sueño de volar, que todavía no se había concretado en ningún ingenio en aquellos años, se hacía realidad en la pantalla de una forma muy convincente para el público de la época, que llegó a pensar que no existía truco alguno.

En una época en la que los derechos de autor no existían y donde no se hacían remilgos a la hora de copiar el trabajo de otros creadores, el corto de Zecca no quedó a salvo del plagio. En 1902, tan solo un año después de su realización, tuvo un calco casi exacto en Estados Unidos, ““The Twentieth Century Tramp”, dirigida por Edwin S.Porter, si bien aquí el avión era sustituido por una simple bicicleta y el “piloto” representaba un personaje de cómic enormemente popular por aquellos años, Happy Hooligan, creación de Fred Opper.

La idea de plasmar artilugios voladores en la pantalla era demasiado atractiva como para que otros realizadores la desdeñaran en estos primeros años de experimentación temática y narrativa. Entre ellos cabe destacar a Georges Méliès con “Le Dirigeable Fantastique” (1906) o Stuart Blackton con “The Airship” (1908)

La carrera posterior de Zecca fue muy amplia y, con un par de excepciones (
“El amante de la luna” (1905) y “Viaje a través de una estrella” (1906)) escapa al campo de la ciencia ficción, por lo que no entraré en ella en detalle. Baste decir que dirigió, supervisó e incluso actuó en cientos de películas, desde odiseas históricas a comedias pasando por cuentos de hadas o dramas sociales. Codirigió “La Vie et la passion de Jésus Christ” (1905), que, con una duración de 44 minutos, fue quizá el primer largometraje sobre Jesús. En 1909, ayudado por el aragonés Segundo de Chomón, fue pionero en el cine a color…

Con todo, no he conseguido encontrar en la web una imagen –mucho menos un video- de este corto pionero. Mucho me temo que haya quedado reducido a una pequeña entrada en las enciclopedias de cine.

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miércoles, 12 de enero de 2011

1899-CUANDO EL DURMIENTE DESPIERTA - H.G.Wells


El primer ciclo de novelas de Wells se cierra con dos trabajos fascinantes pero parcialmente fallidos: “Los primeros hombres en la Luna” (1901) y este “When the Sleeper Awakes” (1899), el que se nos traslada al futuro para mostrarnos los detalles de una megalópolis futurista regida por el capitalismo y la tiranía despiadada. Fue la primera ficción política explícita escrita por Wells.

Graham, un inglés normal y corriente del siglo XIX, cae en un coma y se despierta doscientos años en el futuro para descubrir que sus inversiones financieras han ido multiplicándose, extendiéndose en forma de compañías y holdings cada vez mayores y más poderosos, hasta apropiarse de la mitad de las empresas y tierras del mundo. Es, de facto, el dueño de medio mundo. Durante su extraña catalepsia, se ha ido convirtiendo en una celebridad popular, un símbolo de carácter místico/religioso. Sus intereses económicos han sido administrados por el Consejo Blanco, el resultado de la fusión de miles de consejos de administración a lo largo del tiempo. Sus doce miembros, literalmente los gobernantes del mundo, ven peligrar sus privilegios y posición por la inesperada resurrección de quien a fin de cuentas es su jefe y deciden encerrarlo y asesinarlo. Un resentido aspirante a miembro del Consejo, Ostrog, secuestra a Graham y da un golpe de Estado, aprovechándose de la reverencia que las masas tienen por el durmiente. Tras el éxito de la conspiración y ocupar su puesto como dirigente supremo, el desorientado Graham trata de encontrar su lugar en el mundo del futuro y sobrevivir al involuntario papel de mesías salvador a y las intrigas políticas que se tejen a su alrededor.

Como primer apunte, cabe destacar que es una pena que Wells no volviera a utilizar nunca más uno de sus mejores hallazgos, la máquina del tiempo. Con una excepción –la extraña pero entusiasta “Historia de los días por venir" (1897)- aquellos de sus trabajos posteriores que situaban la acción en el futuro, utilizarían un artificio narrativo tan tradicional como aburrido: la animación suspendida.

Wells describe un amplio catálogo de maravillas tecnológicas: las calles rodantes que sustituyen al transporte colectivo e individual, un antecesor de nuestras modernas PDA, el reproductor de vídeo, la televisión por cable, aeroplanos, máquinas de noticias parlantes, publicidad omnipresente, un sistema de comunicaciones global, la utilización de la hipnosis como medio tanto de aprendizaje como de olvido, niñeras robotizadas, la manufactura individualizada e instantánea de ropa, aerogeneradores de energía y una ciudad construida como un solo y gigantesco edificio, con clima y luz controlados.

Pero todo ese despliegue tecnológico no ha mejorado en nada los fundamentos de la sociedad o la política. Y en este aspecto, Wells introduce una idea novedosa al plantear una distopia que se aleja mucho del paraíso utópico de corte socialista que otros autores del género habían imaginado (de hecho, el propio Graham, decepcionado por lo que ve, recuerda esos libros, que ya hemos comentado en este blog: "Noticias de Ninguna Parte", "La Edad de Cristal" o "El año 2000: una mirada retrospectiva"). El futuro de Wells no ha devenido en igualitarismo y justicia social ni en un Estado intervencionista, omnipresente y protector que se ocupa cordialmente de sus ciudadanos. Todo lo contrario.

La sociedad sigue fracturada en una élite poderosa, que disfruta de todos los avances tecnológicos mientras se abandona a sus vicios en las Ciudades del Placer por un lado; y grandes masas de trabajadores esclavizados, ignorantes y dispuestos a dejarse manipular por cualquier demagogo advenedizo, por el otro. Los ciudadanos obedecen, trabajan y sirven, pero no toman parte en ninguna decisión sobre los asuntos que les atañen. La eutanasia feliz es un privilegio solo al alcance de los ricos, al igual que los aeroplanos o la privacidad doméstica. Bajo el lustre de una ciudad futurista y avanzada, acecha el egoísmo, la violencia y la absoluta indiferencia por la suerte del prójimo.

Una vez en el poder, Graham se entera del proceso histórico que ha dado lugar a una sociedad
tan hostil, un proceso que comenzó muy atrás en el tiempo, en la Edad Media, cuando el rey depositó parte de su poder en el Parlamento, entonces controlado por las clases aristocráticas de terratenientes. Con el tiempo, el sistema de partidos políticos se haría con los engranajes políticos. Financiados por hombres de negocios cada vez más poderosos -y a los que los propios partidos, con sus decisiones, contribuían a enriquecer aún más-, la corrupción y el deseo de permanecer en el poder a toda costa llevaba a la venta de sus ideales al mejor postor y la manipulación de masas de votantes ignorantes. Los políticos de uno y otro bando, cada vez más dependientes de los industriales y financieros, tomaban medidas que facilitaban el expolio de los recursos del planeta, la especulación del mercado de divisas y la guerra arancelaria. La consecuencia era una miseria cada vez más extendida entre las clases más desfavorecidas que no conseguían aliviar la mecanización y el avance tecnológico resultante del crecimiento industrial. Finalmente, como hemos indicado, la agrupación de holdings, fusión y compra-venta de empresas, acabaron poniendo el poder ejecutivo en manos del Consejo Blanco, la élite de las clases mercantiles más adineradas. En resumen, una mezcla de interesantes comentarios sobre la naturaleza de la revolución industrial, el capitalismo y los cambios sociales, pero distorsionados por la lente victoriana a través de la cual veía el mundo el propio Wells.

"Cuando despierta el durmiente" es también un libro de parodia religiosa (en este sentido, similar a "La isla del Dr.Moreau") pero esta lectura no es evidente a primera vista. La megalópolis en que se ha convertido Londres y las maquinaciones políticas que amenazan la vida de Graham constituyen el armazón del libro; pero bien podría ser que su núcleo fuera la sátira religiosa: una fábula sobre un individuo normal y corriente, reverenciado por las multitudes, que resucita milagrosamente como un mesías y cuyos intereses han sido administrados por doce “discípulos” de sospechosa conducta y cuya forma de hablar esconde una suerte de tono místico-burlón.

Un aspecto llamativo de la novela es cómo Wells plasma la diferencia en la moralidad dominante de una y otra época. Graham descubre una especie de reproductor de video e inserta uno de los cilindros que contiene una película: "No eran cuadros o idealizaciones, sino realidades fotografiadas... se levantó, enfadado y avergonzado por haber presenciado aquello incluso a solas". Esta es probablemente la reacción que un estirado caballero victoriano tendría ante la visión de pornografía, y no una especialmente dura, sino cualquier escena erótica que pueda verse en películas y programas de televisión de lo más normales -para nosotros- y que resultarían total y absolutamente inaceptables para la moral victoriana.

Abundando en lo mismo, otro indicador de la moral más relajada que Wells imaginara para el año 2100 aparece en el mismo capítulo, cuando un ayudante de Graham le propone una forma de entretenimiento que para los lectores victorianos debió haber sonado incluso más escandaloso que la pornografía: "Nuestras ideas sociales" dijo el ayudante "son más liberales en comparación con su época. Si un hombre desea eludir el tedio con, por ejemplo, compañía femenina, no lo tomamos como algo escandaloso. Hemos limpiado nuestras mentes de fórmulas preconcebidas. Hay en nuestra ciudad una clase [de trabajadores/as], necesaria, discreta y no despreciada".

Tales ideas debieron haber sido realmente atrevidas a finales del siglo XIX y no podemos sino admirar el valor de Wells al extenderse en la descripción de estos "placeres". Aunque la prostitución sigue sin estar legalizada, nuestros parámetros morales son considerablemente diferentes, más relajados, que los de la Inglaterra victoriana. En este sentido, Wells supo predecir la dirección hacia la que evolucionaría la sociedad y las modas de su tiempo.

Otro tema que subyace en la novela y que Wells trata con éxito parcial, es el multiculturalismo.
Por una parte, Wells supo entender que las sociedades actuales, en lugar de estar compuestas exclusivamente por caucásicos, comprenderían una diversidad de grupos étnicos, una idea que en 1899 parecía bien poco plausible. Por ejemplo, cuando Graham sale a explorar sus dominios, se le asigna un guía, Asano, "cuyo rostro le delataba como japonés, aunque hablaba inglés como un británico". Graham le pregunta -con bastante poco tacto-: "¿y qué hay del peligro amarillo?", Asano le responde que "se dieron cuenta de que todos somos blancos después de todo", una clara postura en favor de la igualdad racial.

Pero, desgraciadamente, Wells no amplía esa tolerancia racial a las etnias africanas. El prejuicio del escritor contra la gente de color es algo bien documentado y en esta novela resulta más que evidente. En ella se menciona en diversas ocasiones a un brutal y temible cuerpo de seguridad, la "Policía Negra", regimientos de africanos a los que en ocasiones se refieren los ciudadanos como "malditos negratas" y que no dudan en mutilar, violar y torturar. Uno podría pensar que Wells sólo reflejaba aquí los prejuicios de su época, pero en un libro donde lo que se pretende es predecir lo que sucederá, es decepcionante comprobar que no fue capaz de sobreponerse a su racismo.

Uno de los asuntos a los que Wells presta más atención es al transporte, y su error a la hora de predecir la evolución del mismo es una de las razones por las que el libro no ha envejecido tan bien como otras novelas suyas. Las carreteras rodantes, que se desplazan a la velocidad de trenes, nunca fueron más allá de la imaginación de los escritores y los ilustradores de CF. Por otra parte, Wells dedica muchas páginas a describirnos el vuelo, que, de hecho, es fundamental en el clímax de la historia. Desgraciadamente, las ideas que el escritor albergaba acerca del futuro del vuelo tripulado (cuyo descubrimiento en el mundo real estaba a la vuelta de la esquina) eran tan inexactas y desnortadas que para el lector del siglo XXI resultan casi cómicas.

Sería injusto, no obstante, juzgar a Wells según la óptica actual. Al fin y al cabo, en 1899 las descripciones que hace de sus ingenios voladores debieron resultar bastante impresionantes. Además, no había forma de que Wells pudiera haber predicho descubrimientos tales como el motor de propulsión -aunque no deja de ser irónico que viviera el tiempo suficiente como para ver sus profecías ampliamente superadas (murió en 1946)-. Simplemente, echó un vistazo a las líneas de desarrollo que entonces se estaban siguiendo y realizó una extrapolación por lo demás habitual en la época.

En su primer viaje en aeroplano, Graham tiene la oportunidad de salir de Londres para ver desde el aire cómo ha cambiado la manera de vivir de la gente. Observa que han desaparecido prácticamente todas las ciudades pequeñas y pueblos. Las comunidades agrícolas y las granjas, tan importantes en la economía y la sociedad británicas del siglo XIX, no son más que ruinas desiertas. El cultivo de vegetales y la cría de animales se realizan ahora en gigantescas industrias. En eso no se equivocó Wells, pero sí lo hizo al pensar que las ciudades acabarían convirtiéndose en megalópolis compactas que absorbían, incansables, personas y recursos del campo. En realidad, los centros urbanos de las ciudades actuales han tendido a convertirse en cascarones vacíos más allá de su papel como motores de la economía diurna. Al término de la jornada, la gente se dispersa por los extensísimos suburbios en lugar de apiñarse en colosales edificios-hormiguero.

Hay varias razones por las que este libro no se cuenta entre los más conocidos de Wells. En primer lugar, queda a la sombra de las novelas que el escritor publicó inmediatamente antes ("La Guerra de los Mundos") y después ("Los primeros hombres en la Luna"). En segundo lugar, al pasar el tiempo, su relevancia ha ido disminuyendo conforme muchos de los avances tecnológicos predichos en el libro fueron ampliamente superados antes incluso del año 2000, cien años antes del momento en el que la acción del libro tiene lugar. Así que es difícil de imaginar que el año 2100 será tal y como nos lo presenta Wells. Un entorno verosímil, no totalmente ajeno a lo posible, es algo fundamental en la pervivencia de estos libros y su disfrute por generaciones venideras.

En tercer lugar, la propia novela no está a la altura de otras obras de Wells. Los personajes están
mal caracterizados, el ritmo es irregular y, sobre todo, la historia, que en manos de otros escritores como Asimov o Heinlein hubiera resultado intrincada y apasionante, queda reducida a un mero vehículo para describir la visión que el escritor tenía del futuro. El propio Wells no quedó conforme con el resultado, como lo demuestra el hecho de que reescribió el relato en dos ocasiones. "Cuando el durmiente despierta" fue serializado originalmente entre 1898 y 1899 en la revista The Graphic, siendo a continuación revisado y acortado para su publicación en novela en 1899. En 1908. Wells había acordado con sus editores escribir otra novela futurista pero, al verse incapaz de cumplir su compromiso, ofreció a cambio revisar esta obra, que fue modificada y aligerada en tono y estilo. Fue esta revisión la que continuó reimprimiéndose una y otra vez hasta que en 1994 los aficionados pudieron volver a leer la versión original (en castellano continuamos sin tener una edición reciente de la obra).

La ciudad del futuro, con sus rascacielos, carreteras rodantes y miniaeródromos, pronto se
convirtió en la ciudad futurista “estándar” del género incluso aun cuando el mismo Wells la abandonó rápidamente como profecía tecnológica, apuntando en cambio a las fuerzas que llevarían a una dispersión de la población y la suburbanización. Sus élites entregadas a los placeres de la carne, las masas de trabajadores enfurecidos tomando el control de las calles, la bella y tierna mujer rogando al rico protagonista que se ocupe de los más desfavorecidos y, sobre todo, el aspecto de la ciudad, con los sórdidos niveles inferiores en contraste con los brillantes rascacielos, son imágenes e ideas que Fritz Lang tendría muy en cuenta para su mítica "Metrópolis". Woody Allen también adaptó este relato -muy libremente- en su film "El dormilón".

Como conclusión, estamos ante una novela menor de Wells si la comparamos con "La máquina del tiempo" o "La Guerra de los Mundos", un relato con más ideas interesantes que desarrollos acertados y un trabajo de ficción especulativa que ha perdido su peso como profecía del mundo futuro. Sin embargo, el peso de algunos de esos conceptos e ideas, como hemos apuntado en el párrafo anterior, dejaría una huella duradera en el género.

viernes, 31 de diciembre de 2010

1898- LA CONQUISTA DE MARTE POR EDISON - Garrett P.Serviss


Antes incluso de que H.G.Wells viajara a Norteamérica en 1906, el "skyline" de Nueva York ya simbolizaba para él un crecimiento inagotable y enérgico, “algo inevitable e inhumano”. Tras un día recorriendo sus calles, observó: “Lo importante es el aspecto mecánico, ese algo inintencionado que acelera a toda esa gente, haciéndoles colgar de arneses, impulsándolos por los huecos de ascensor y derramándolos en los ferrys”. En su segundo día en Nueva York, llegaron al este las noticias del terremoto y el gran incendio de San Francisco. Wells, que había destruido tranquilamente Londres en su obra “La Guerra de los Mundos”, se sintió impresionado por la indiferencia americana ante tal desastre y el pragmático esmero que se puso en la reconstrucción de la ciudad, otra muestra de esa “fuerza sobrehumana” que impulsaba a América.

Wells escribía con un espíritu típicamente europeo. Desde mediados del siglo XIX, aquéllos que habían visitado Norteamérica habían subrayado la inhumanidad de esa nación. Más tarde, en aquel mismo siglo, su esencia mecanicista ocupó el centro de las discusiones acerca de la modernidad. La insistencia repetitiva de Wells sobre el desalmado papel de las máquinas en la vida cotidiana de Estados Unidos sólo anticipaba la intensificación del discurso que traería consigo el siglo XX, con las teorías de Frederick Taylor sobre la gestión científica de los negocios y las prácticas industriales de Henry Ford. Aquel mismo perfil neoyorquino inspiró a Fritz Lang su visión de la tiranía mecánica de su película "Metrópolis"; en “Primeros y Últimos Hombres”, una obra de referencia en la CF escrita por Olaf Stapledon a comienzos de siglo, se presenta una nueva edad oscura como resultado de la creencia americana en su destino manifiesto, según el cual “Dios ha nombrado a los americanos para que mecanicen el Universo”.

Causa y consecuencia de todo esto fue que la figura del ingeniero o inventor mecánico fue elevado al nivel de héroe cultural. El pragmatismo de la ingeniería opuesto a la teorización abstracta prendió en el imaginario colectivo norteamericano. La revista "Scientific American" publicaba en 1850 que “los hombres de los talleres han puesto el mundo patas arriba con sus invenciones, mientras que los sabios de Oxford y Cambridge sólo han añadido algunos teoremas nuevos a los Principios de Newton”. Este antiintelectualismo se encarnaría luego en personajes reales como Thomas Alva Edison, Alexander Graham Bell y Henry Ford, todos ellos idealizados como muchachos humildes que habían comenzado trabajando con sus propias manos, no con sus mentes, y que, pese a todo, intuyeron el camino que les llevó hacia los inventos que les harían ricos y transformarían la vida cultural norteamericana.

Estos mitos fueron sin duda parte de la inspiración que llevó a un espectacular incremento en el número de ingenieros a partir de 1880. Estos técnicos eran parte fundamental del discurso político sobre eficiencia nacional a través de la innovación tecnológica, ya viniera de presidentes como Herber Hoover (en su tiempo magnate de la minería y portavoz del Instituto Americano de Ingenieros de Minas) o quedara concretado en enormes proyectos de ingeniería como los llevados a cabo por Franklin D.Roosevelt. Este paradigma de la ingeniería es la base de la ciencia ficción americana en los años que precedieron al fin de la Segunda Guerra Mundial.

Thomas Alva Edison fue un genio práctico y un hombre seguro de sí mismo, un personaje que tenía entre el pueblo la reputación de ser un inventor con una capacidad ilimitada, una leyenda en su propio tiempo. Alcanzó fama mundial en 1878 gracias a su fonógrafo y en los siguientes 50 años su genio se hizo patente tanto en sus inventos como en la descarada autopromoción. Menlo Park, su hogar y taller, se convirtió en un destino turístico. Iluminado desde 1879 por las bombillas inventadas por él mismo, se fletaban trenes para visitar el lugar (más tarde, Henry Ford desmontó el complejo y lo trasladó a su Museo Industrial). En las entrevistas con la prensa, Edison hablaba con soltura desde los problemas de la extracción mineral a su confianza en que la prueba científica de la existencia de Dios estaba al alcance de la mano.

Fue el origen del mito del artesano socialmente aislado, sin formación científica, sordo y
empujado a una producción interminable de nuevos inventos. A los 65 años todavía trabajaba 18 horas al día, afirmando con desdén que “el cuerpo es sólo la pieza de una máquina". Un elemento esencial en este mito fue la imagen del inventor solitario como víctima inocente de los barones industriales y especuladores capitalistas. El resentimiento social hacia la compra en la última década del siglo XIX de General Electric por parte de J.P.Morgan convirtió a Edison en una figura popular en una era de problemas laborales y actitud antimonopolio. De hecho, el propio Edison fue un pionero de la industrialización, construyendo fábricas, experimentando con cadenas de montaje y utilizando directivos interpuestos para controlar y supervisar la investigación y desarrollo. Ahogó a la fuerza las huelgas de sus empleados y protegió de forma implacable sus derechos de patente en los tribunales. Consideraba su apellido “Edison” como una marca y lo extendió a inventos con los que tenía poco que ver. Protegió esa marca hasta el punto de obligar a su hijo alcohólico a cambiarse de apellido. El mito Edison, por tanto, contiene una contradicción: el inventor-artesano fue en realidad el responsable de una modernidad mecanizada que destruyó para siempre al propio inventor-artesano.

Todavía en vida de Edison, Mathias Villiers de L´Isle-Adam escribió: “el entusiasmo por Edison tanto en su propio país como en ultramar le ha dotado de una mística especial en muchas mentes”. Entre sus 1.300 patentes figuraban el telégrafo, el fonógrafo, la bombilla incandescente, la pila, un modelo de cinematógrafo... Dio igual que en sus últimos años sus fracasos fueran tan sonados como sus éxitos (como la batalla, finalmente perdida, que mantuvo contra Nikola Tesla, sobre transmisión de electricidad a distancia); la CF encontró en él una figura arquetípica, la del inventor hecho a sí mismo y con un cerebro de inagotables recursos, que dio lugar a todo un subgénero cuya trayectoria se prolongaría varias décadas: la Edisonada.

A finales del siglo XIX, la Edisonada ya era un género conocido aunque no recibiera ese nombre. “Un Yanki en la corte del rey Arturo”, como ya vimos, presentaba a su protagonista, Hank Morgan, como alguien muy próximo a la figura de Edison, y su apocalíptico final nos recuerda las vagas afirmaciones del inventor americano acerca de que, si fuera necesario, podría fabricar super-armas.

Pero el mejor y más puro ejemplo de edisonada fue "Edison´s Conquest of Mars, de Garrett P. Serviss, publicada en forma de serial en el New York Evening Journal. Pretendía ser secuela y contestación a "La Guerra de los Mundos" de H.G.Wells, que se había serializado en Norteamérica en la revista "Cosmopolitan" a finales de 1897. Ya vimos en la entrada anterior cómo Wells subrayaba inquietantemente que para los seres avanzados, el Hombre debe ser tan inferior como lo son para nosotros los lémures o los monos. Este sermón sobre la superación del ser humano expresaba las ambigüedades del imperialismo británico a finales del siglo XIX, que se hallaba en una fase expansiva al tiempo que atenazado por las ansiedades de un posible “ocaso” o “degeneración”. "La Guerra de los Mundos", pues, era una especie de fantasía sobre la “contracolonización “.

Por el contrario, la narración de Serviss, publicada sólo unas semanas antes de la conquista de Cuba por las fuerzas norteamericanas, hablaba de una nueva política expansionista y lo hacía en el patriotero lenguaje de la prensa amarilla que le dio cabida en su primera edición. En lugar de la pasividad de la obra de Wells, Serviss da la respuesta activa y nada ambigua de América a la invasión marciana, encarnada en la figura de Edison. El libro detalla “el contragolpe vengador que la Tierra devuelve a su despiadado enemigo en los cielos”.

Tras el primer ataque de los marcianos, muchas ciudades han quedado reducidas a escombros y
la población del mundo sufre una “profunda depresión mental y moral”. El pánico hace otra vez presa de la Humanidad cuando los astrónomos sospechan que hay una segunda invasión marciana en marcha. El único “rayo de esperanza” para la humanidad descansa en “unos pocos hombres intrépidos, entre los cuales destacan Lord Kelvin, el gran sabio inglés; Herr Röentgen, descubridor de los famosos rayos X; y especialmente Thomas A.Edison, el genio americano de la ciencia”. Es el talento mecánico de este último lo que le permite elevarse por encima de la ciencia abstracta y liderar el contraataque humano: aprende a dominar los principios del vuelo interplanetario y diseña un arma desintegradora que aniquilará las ciudades marcianas.

Las habilidades técnicas se unen al nuevo liderazgo global de Norteamérica. Los líderes del mundo –la reina Victoria, el Emperador Guillermo, el Zar y el Emperador de China- viajan a Washington para asistir a la demostración de los inventos de Edison y compiten –con una vanidad estúpida propia de extranjeros- por financiar el proyecto. “Recuerdo bien” comenta el narrador, “cómo mi corazón se conmovió con esta impresionante exhibición de influencia sin límites que mi país había pasado a tener sobre todos los pueblos del mundo, y me giré para contemplar al hombre a cuyo genio debíamos este auge de la Tierra. Pero Edison, como tiene por costumbre, parecía totalmente ajeno a tal hecho”. El inventor dirige todo el entramado fabril que ha de producir las máquinas necesarias (desde el telégrafo aéreo a los trajes presurizados pasando por el desintegrador, ingenios de ingravidez o la puerta automática) y, al contrario que el Edison real y su incapacidad crónica para crear los inventos que había prometido, consigue fabricar toda una flota de naves espaciales en el tiempo acordado.

Serviss, que era autor de varios textos sobre astronomía, concibe el Sistema Solar como una serie de posibles colonias: los diamantes de la Luna y el oro de un asteroide ocupado por los marcianos deben ser tomados y asegurados para uso americano. Una vez que termina el aplastamiento de las defensas marcianas, el texto abandona el exhibicionismo mecánico para
convertirse en un melodrama que –como sucedía en los relatos de jóvenes inventores- se centraba en asuntos raciales. Los decadentes emperadores marcianos se relajan con la música que toca una mujer humana, descendiente de los antiguos arios, usados por los marcianos durante siglos como mano de obra esclava. La núbil belleza aria es rescatada y vengada por el coronel Smith, perfecto militar norteamericano. Su abrazo final permite a Serviss cerrar el libro: “Y así se unieron para el futuro el primer brote de la raza aria, que había estado perdida pero no destruida, con el último descendiente de una gran familia”. Edison y el entorno marciano desaparecen casi totalmente en estos últimos capítulos (los alienígenas que no son masacrados son colonizados), pero es la maestría tecnológica del primero la que permite la gran reunificación de la raza blanca –una fantasía propuesta en aquellos años por imperialistas como Cecil Rhodes-, no bajo dirección británica, sino americana. Esta última parte de la novela de Serviss es un claro anticipo de la literatura pulp y, concretamente, de las aventuras de John Carter de Marte, escritas por Edgar Rice Burroughs a partir de 1912.

El creciente mercado para la literatura de masas sufría a menudo ataques acusándola de influencia corruptora. Los argumentos basados en chicos muy trabajadores que se convertían en inventores heroicos respondían a la necesidad de los editores de crear un personaje de altas miras morales y acorde con una América cada vez más tecnológica. Como ejemplo del desarrollo de estas ficciones ya comentamos en una entrada anterior, “El hombre de vapor de las praderas”, de Edward S.Ellis.

Mejor que ninguna otra forma literaria, la Edisonada respondía a la necesidad de América de una nueva mitología que se ajustara a los nuevos tiempos. La idea de que ciencia y tecnología podían, literalmente, cambiar el futuro fue el mensaje lanzado en las Ferias Mundiales de Filadelfia (1876), Chicago (1893), Buffalo (1901) y San Luis (1904). En sus pabellones dedicados a la electricidad, la fabricación o el transporte, estas exposiciones anunciaban de forma dramática al público americano que la tecnología podía cambiar el futuro, que los teléfonos, las máquinas de
escribir, la energía eléctrica, las máquinas,... podían transformar no sólo la industria, sino el hogar. En la Exposición Mundial de Chicago en 1893, la electricidad centró de forma especial la atención: los extensos terrenos de la muestra fueron iluminados por la corriente alterna de Tesla –enemigo declarado de Edison-, demostrando así lo que se podía conseguir con los nuevos inventos. Levantada en buena medida a partir de ideas tomadas de estas exposiciones internacionales, las atracciones del parque de Coney Island presentaban al público las primeras aplicaciones mecánicas en el terreno del ocio. Y estas llamativas concentraciones tecnológicas venían acompañadas por artículos en conocidas revistas, desde "Scientific American" (que dedicaba regularmente artículos a detallar el funcionamiento de esas atracciones de Coney Island) a "Ladies Home Journal".

En semejante entorno dominado por lo tecnológico, los inventores e ingenieros se convirtieron en
los símbolos del progreso y la eficiencia materiales. Se hicieron figuras conocidas tanto en revistas para niños ("St.Nicholas") como para adultos ("Collier´s", "Saturday Evening Post"). Los chicos soñaban con convertirse en ingenieros. Al fin y al cabo el propio Edison había carecido de una educación especializada. De acuerdo con esta idea, el joven inventor no sólo respondía al espíritu de los tiempos, sino que resultaba especialmente atractivo para el público en general: cualquiera podía ser ingeniero.

El mito del inventor-científico que trabajaba solo no tardaría en evaporarse en un mundo real cada vez más dominado por el crecimiento de las grandes corporaciones industriales (al mismo tiempo que las Edisonadas celebraban los logros individuales de investigadores solitarios, el propio Edison se convertía en cabeza de un gran grupo industrial relacionado con Eastman Kodak y General Electric), pero proporcionó uno de los iconos más sólidos y exitosos de la Ciencia Ficción.

martes, 21 de diciembre de 2010

1898-LA GUERRA DE LOS MUNDOS - H.G.Wells


A finales del siglo XIX, el inconsciente colectivo de Inglaterra seguía acosado por las pesadillas de invasión de ejércitos extranjeros que había iniciado la novela "La Batalla de Dorking" en 1873. H.G. Wells se apoyó en el esquema general típico de este subgénero, pero su aproximación fue enormemente novedosa, puesto que el enemigo invasor no sólo venía de muy lejos sino que además resultaba prácticamente invencible.

Parece ser que el tema de la novela fue idea del hermano de Wells, Frank, que se preguntó qué pasaría si en el apacible escenario de la comarca meridional británica de Surrey cayeran habitantes de otros planetas. H.G.Wells construyó un poderoso relato en el que la inminente extinción de los seres humanos se convierte en una posibilidad muy real, una historia tan poderosamente escrita, tan actual todavía en la cultura contemporánea (la película de Steven Spielberg en 2005 adaptando el libro es la última de una serie muy larga) que tendemos a olvidar lo numerosos que fueron el resto de libros de “guerras futuras” –y de los cuales hemos comentado algunos en este blog- en el último tercio del siglo XIX.


Como era normal en aquellas historias, la narración se centra en un inglés ordinario que se ve de pronto empujado hacia lo extraordinario. Lo que comienza con un acontecimiento aparentemente poco relevante, la caída de un meteoro en una idílica comunidad rural del sur de Londres, va cobrando impulso hasta convertirse en una catástrofe nacional. Cilindros procedentes de Marte se estrellan contra el suelo inglés. En su interior, unos grotescos marcianos construyen rápidamente mortíferos ingenios con los que empiezan a exterminar o capturar a los humanos en su avance hacia la capital. La infantería y la artillería son inútiles contra el rayo calorífico de los marcianos, un invento que parecía fantástico hasta la invención del láser. Tampoco se puede hacer nada contra el Humo Negro que arrasa toda vida en un claro antecedente de los horrores de la guerra química que caerían sobre las trincheras europeas unos años después. Londres, evacuado por sus aterrorizados ciudadanos, pasa a estar dominado por los trípodes gigantes tripulados por los extraterrestres con forma de pulpo.

Sin embargo, esta novela (inicialmente serializada en Pearson´s Magazine) tiene un final bastante menos pesimista que sus obras anteriores, “La Isla del Dr.Moreau”, “La Máquina del Tiempo” o "El Hombre Invisible". Apoyado en un razonamiento biológico consistente, Wells se las arregla para que los marcianos sean finalmente derrotados... aunque no por los humanos, sino por los microorganismos terrestres. La conclusión de la novela apunta a que la letal competición entre la Tierra y Marte en su lucha por la supremacía galáctica no ha hecho más que comenzar. Al mismo tiempo, la victoria sobre los marcianos da nuevo impulso a los ideales de un mundo unido bajo un único Estado, paradigma que quedará incorporado a una etapa posterior de la carrera de Wells, con obras como “The World Set Free” (1914), o “The Shape of Things to Come” (1933).

También en esta novela asoma la preocupación del escritor por los temas sociales, que ya hemos
comentado en entradas anteriores. En esta ocasión, "La Guerra de los Mundos" juega con ideas de dominación imperialista con base biológica, estableciendo una crítica al colonialismo europeo: los marcianos, insensibles al sufrimiento de los terrestres, explotan y adecuan el territorio conquistado de acuerdo a sus propias necesidades. La humanidad está ahora recibiendo el tratamiento que a menudo reserva a las plagas y las alimañas. El subgénero de la invasión extranjera pretendía llevar a los victorianos hacia un rearme, una defensa sólida del centro imperial; en las manos de Wells, el tema se convierte en una manera de recortar las pretensiones británicas: los amos imperiales, la poderosa Inglaterra, no son nada comparados con los evolucionados adversarios, cuya biología y tecnología son muy superiores. No hay auténtica satisfacción en la derrota de los marcianos, porque es una simple bacteria lo que los doblega, no el poder de la nación. Gran Bretaña es representada como un conjunto de multitudes aterradas y abocadas en su pánico a un rápido descenso a la decadencia y la bestialidad.

Muchos críticos afirman, por tanto, que la invasión de los marcianos y sus horrores mecánicos son los símbolos que Wells eligió para explorar temas como la violencia inherente a la construcción de imperios o el encuentro con pueblos y culturas extrañas. Otros autores han explorado esta obvia interpretación yendo más allá, hacia las complejidades del materialismo cultural, pero lo más probable es que el propio autor jamás llegase a tales elaboraciones. En palabras de Brian Aldiss, la novela de Wells “mostraba a las potencias imperialistas europeas del momento qué se sentía al estar en el otro extremo de una invasión armada con tecnología superior”. Esto no quiere decir que el escritor creyera que todos los hombres o civilizaciones fueran iguales. Al comienzo del libro escribe: “Debemos recordar que nuestra propia especie ha destruido completa y bárbaramente (…) razas humanas inferiores. Los tasmanos, a despecho de su figura humana, fueron enteramente borrados de la existencia (…) ¿Somos tan grandes apóstoles de misericordia que tengamos derecho a quejarnos porque los marcianos combatieran con ese mismo espíritu?”. Al tiempo que la violencia colonialista, el otro núcleo conceptual que sintetiza la trama es "la seguridad ficticia y la fatua vanidad” de una humanidad autosatisfecha que vive en la errónea creencia de que nada ni nadie alterará su desarrollo y sus altos principios morales.

Por otra parte, el obsesionarse con el mensaje político de la novela puede llevar a pasar por alto
la pericia de Wells al captar los pequeños detalles de su drama imaginario. A lo largo de todo el relato, desarrolla un gran control y expresividad en su estilo. Pocos escritores de cualquier género pueden igualar la desolada belleza que evoca un Londres evacuado por la amenaza marciana y cubierto por esa especie de musgo rojo que los invasores han traído de su mundo y con el que están terraformando la Tierra; o las horribles escenas de multitudes presas del pánico, abandonando Londres al mismo tiempo que su débil barniz de civilización y humanidad; o el claustrofóbico encierro del narrador en un sótano junto a un cada vez más enloquecido vicario. Eso sí, falta en estas novelas toda profundización en el elemento humano, los personajes son meros vehículos para hacernos llegar la acción; carecen de personalidad, sentimientos elaborados, pasado o expectativas de futuro más allá de lo inmediato. Estos personajes son dos (el relato está construido siguiendo una estructura dual, reflejada en el propio título): un filósofo y un estudiante de medicina, ambos hermanos, que viven de diferente manera la invasión extraterrestre, dando lugar a dos bloques o partes -un tanto desequilibradas- dentro de la novela.

“La Guerra de los Mundos” es clave dentro de la CF por ser la primera en presentar no sólo unos alienígenas plausibles desde el punto de vista biológico, sino en imaginar un buen motivo para que abandonaran su planeta y trataran de colonizar el nuestro. Los marcianos de Wells fueron pensados de acuerdo con la ortodoxia científica del momento. Se creía que Marte era un planeta mucho más viejo que la Tierra, un planeta moribundo cuyos habitantes habían tenido más tiempo que nosotros para evolucionar. Wells nos dice que “eran cabezas, sólo cabezas. No tenían entrañas”. No digieren comida, sino que introducen sangre directamente en sus propios sistemas circulatorios, ahorrándose el trabajoso proceso digestivo y la necesidad de buena parte de nuestros órganos; su vida está gobernada por un racionalismo cruel y todopoderoso.

Wells jamás fue un escritor de estilo depurado. Sencillamente, no le interesaba. Para él, eran las ideas, no los personajes o la belleza formal, lo que realmente importaba dentro de la historia. Fue precisamente gracias a su fuerza imaginativa, su penetración narrativa y sus evocadoras imágenes, que sus obras han permanecido más vivas en el imaginario colectivo occidental que otras literariamente más conseguidas.