lunes, 6 de diciembre de 2010

1897-ANTE LA BANDERA - Julio Verne


El tema de la ciencia aplicada al armamento es una cuestión que Verne trató en varios de sus libros: el submarino Nautilus en "Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino", los vehículos de Robur, las armas de destrucción masiva en "Los 500 millones de la Begún"… El escritor galo vuelve aquí sobre la misma idea, aunque enfocándola desde una óptica excesivamente patriotera.

Thomas Roch es un inventor lunático de origen francés que afirma haber desarrollado un arma, el Fulgurador, cuyo potencial destructivo es terrorífico (Verne lo describe como una especie de misil de gran capacidad explosiva). Acude a diversos gobiernos para venderles su artefacto, pero ninguna cantidad parece suficiente para satisfacer su creciente ego habida cuenta de que no existe prototipo y que todo lo que el inventor pone sobre la mesa es su palabra. En un estado mental cada vez más deteriorado, el científico francés es internado en un sanatorio por el gobierno norteamericano, donde se le asigna un cuidador cuya misión es la de prestar atención a sus delirios y tratar de averiguar el secreto del arma antes de que quede totalmente sumergido en la locura. Este cuidador es en realidad un ingeniero francés, Simón Hart, que se hace pasar por enfermero norteamericano con el fin de sonsacar al demente Roch y utilizar el secreto en beneficio de su propio país.


Ambos, enfermo y enfermero, son secuestrados por Ker Karraje, un pirata de origen malayo y cuidada educación, tan carente de escrúpulos como sobrado de ambición. Karraje, que ha reunido una banda de malhechores del más variado origen, se hace pasar por un noble europeo de refinados modales que surca la costa norteamericana a bordo de una goleta. Sin embargo, en su auténtica identidad, utiliza un submarino para abordar barcos, asesinar a las tripulaciones y hacerse con el botín. Sabedor de que Roch esconde el secreto de una poderosa arma, decide secuestrarlo para hacerse con ella y conseguir aún más poder.

Roch y Hart son llevados a un islote rocoso de las islas Bermudas cuyo interior es una enorme caverna hueca accesible sólo con el submarino, que los piratas han acondicionado como su base. Allí, Karraje alimenta el ego y la vanidad de Roch y éste se pone manos a la obra, terminando el mortífero artefacto. Hart consigue hacer llegar un mensaje al exterior dentro de una botella. Avisados del peligro, varios países reúnen una flota internacional y acuden a la isla justo cuando Roch termina de poner operativo el Fulgurador.

Esta narración de Verne no se encuentra entre las mejores de su carrera; ciertamente tiene
pulso y hay momentos interesantes, pero abunda en detalles inverosímiles por no decir absurdos (por ejemplo, Hart, que se supone es un espía, lleva un diario en el que anota todo tipo de información comprometedora) y el final horriblemente panfletario, patriotero e increíble deja mal sabor de boca. No es tampoco nuevo aquí el que sus personajes carezcan de profundidad: ni los ingenieros protagonistas ni el pirata consiguen conectar con el lector, que siempre los ve como figuras bastante planas que se limitan a cumplir con su papel incluso aunque el autor recurre a la narración en primera persona para tratar de introducirnos en la mente y emociones del personaje principal. El problema es que ahí dentro tampoco hay nada que resulte muy interesante o revelador. Simon Hart es una reencarnación del Marcel Bruckmann de "Los Quinientos Millones de la Begún": el francés valiente, inteligente, patriota y noble que lo arriesga todo por su país; en definitiva, un héroe plano, aburrido y sin matices.

Ni siquiera el villano Karraje tiene el carisma y misterio de un capitán Nemo o un Robur por mucho que disponga de un vehículo submarino -invento que había dejado de ser una novedad en el momento de publicación del libro- y una tripulación internacional de fervientes seguidores. No es más que un simple delincuente que encarga sus armas a fábricas y astilleros (al contrario que los personajes citados, cuyas fantásticas máquinas eran producto de sus geniales inteligencias, ya fueran sumergibles o máquinas voladoras) y cuyo objetivo es el simple robo (mientras que las motivaciones de Nemo o Robur eran más complejas en el caso de uno y más fanáticas en el caso del otro). Descendientes suyos serían varios de los villanos de las películas de James Bond, con su acumulación de tecnología, sus ínfulas de conquistadores del mundo y sus guaridas secretas.

Parece ser que para el personaje del inventor loco, Thomas Roch, Verne se inspiró en el químico Eugène Turpin, inventor de un explosivo, la melinita. Éste había tratado de vender su descubrimiento al gobierno francés en 1885, sin conseguirlo (finalmente, la venta se llevaría a cabo y su invención se utilizaría ampliamente en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial). Sin embargo, Turpin nunca se volvió loco ni traicionó a su país vendiendo el secreto a otra potencia. Tan claro era el paralelismo que Turpin, irritado, demandó a Verne. Éste contrató como abogado a Raymond Poincaré -quien mas adelante llegaría a ser presidente de la República- y ganó el caso aun cuando los biógrafos del escritor encontraron en su correspondencia evidencias de que, efectivamente, Turpin sirvió de modelo para su personaje; personaje que también guarda semejanzas con Alfred Nobel, inventor de la dinamita y que después de hacer fortuna con la misma se horrorizó al ver el uso bélico que se hacía de ella.

Resulta interesante la transformación que experimentan en esta última etapa de la carrera de Verne sus héroes, quizá influido por el desarrollo de la CF más populista que triunfaba en Estados Unidos y sobre el que ya comentamos algo en una entrada anterior. Los sabios y hombres de ciencia tan queridos por Verne, símbolo de la cultura y el conocimiento enciclopédico y protagonistas de muchos de sus mejores libros (recordemos al entrañable Paganel de "Los Hijos del Capitán Grant", el profesor Aronnax de "Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino" o el irascible Lidenbrock de "Viaje al Centro de la Tierra", por nombrar sólo algunos) son sustituidos por ingenieros (encarnados aquí por Hart), que a finales del siglo XIX eran ya considerados como los héroes responsables del avance tecnológico y figuras a los que todos los niños y jóvenes aspiraban a emular.

El tema de Verne cobra en estos turbulentos días -en realidad lo ha venido haciendo desde la Segunda Guerra Mundial- una especial actualidad: el tráfico de armas, la preocupación por la posibilidad de que alguien pueda construir armamento de una potencia devastadora y la caza y captura por parte de los países -a través de medios pacíficos o no- de genios científicos que puedan diseñar esas superarmas. La figura del científico que, de grado o por la fuerza, trabaja en un artefacto ambicionado por los gobiernos de uno y otro signo resuena en la Historia con nombres célebres, como Werner Von Braun -responsable del éxito del programa de misiles norteamericano tras la Segunda Guerra Mundial- u hombres de ciencia desconocidos -como los físicos que en los ochenta participaron en el programa nuclear iraquí o que hoy se ocupan de los planes atómicos de Irán o Corea-, buscados por unos bandos y por otros.

La última guerra del Golfo nos ha familiarizado con la historia de una alianza de países que, como en la novela de Verne, decide unir fuerzas y superar sus diferencias en beneficio de un objetivo
común: destruir a aquél que se encuentra en posesión de un arma con la que puede amenazar los intereses de aquéllos. Por otra parte, la elección del archipiélago de las Bermudas como escondite del pirata y lugar alrededor del cual se producen misteriosas desapariciones de navíos -hundidos por el ingenio submarino del criminal Karraje- también resulta chocante (aunque hoy es bien sabido que esas islas jamás han registrado un índice de naufragios particularmente elevado, no siendo su leyenda más que un mito contemporáneo). La elección de Verne de esta localización vino motivada no porque en aquel momento estuviera relacionada con algún tipo de leyenda negra, sino por tratarse de un archipiélago cercano al continente americano -y a las posibles víctimas que surcaban la ruta Atlántica- cuyo tormentoso clima lo hacía ideal para la historia que deseaba contar.

¿Era Verne un visionario, un profeta, un genio iluminado capaz de traspasar la niebla del futuro? En mi opinión nada de eso es cierto. Verne no se ocupó tanto de los problemas del futuro como de los de su presente. Él, como nosotros, vivió en una sociedad tecnológica y muchas de las cuestiones que preocupaban entonces siguen vigentes en mayor o menor grado. Sencillamente, y no es poco mérito, parte de su ficción ha encontrado un eco en la realidad contemporánea.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Invasiones Alienígenas (2)


A medida que las tensiones de la Guerra Fría iban relajándose, el género de la invasión alienígena fue siendo sustituido en las preferencias de lectores y escritores por otras temáticas. Las obras que quedaron hacían hincapié en lo extraño de la condición alienígena, insistiendo al mismo tiempo en que la comunicación entre especies podría ser posible. Estas líneas argumentales se utilizaron en muchos trabajos de los siguientes años: “La Nube Negra” (1957) de Fred Hoyle, “The Wanderer” (1964) de Fritz Leiber; “Alas Nocturnas” (1969) de Robert Silverberg; “The Bywolder” (1971) de Poul Anderson; “Trillones” (1971), de Nicholas Fisk; “Los propios dioses” (1972) de Isaac Asimov; “Cita con Rama” (1973) de Arthur C.Clarke; “And Having Writ…” (1978) de Donald R.Bensen o “Visitantes Milagrosos” (1978) de Ian Watson.

A estas alturas, la historia al estilo “La Guerra de los Mundos” se había quedado totalmente desfasada y sólo se utilizaba en forma de sátiras sarcásticas, como “Los Genocidas” (1965), de Thomas M.Disch. En ella, la figura de los malvados invasores alienígenas se utiliza en un tono muy alejado de los trabajos paranoicos de los cincuenta. La novela de Disch es más una advertencia contra la arrogancia humana que una afirmación de la posibilidad de que existan siniestras fuerzas alienígenas acechándonos desde otro planeta (o país). Aquí, los extraterrestres eligen a la Tierra como el emplazamiento perfecto para cultivar las enormes plantas que consumen como alimento: siembran el planeta con la cosecha y luego se dedican a erradicar las plagas que podrían interferir con su crecimiento, incluyendo los seres humanos (que se comparan con los gusanos de una manzana).

"La Amenaza de Andrómeda" (1969), de Michael Crichton, se puede interpretar como una
versión más tenebrosa y verosímil de "Los Genocidas": los invasores alienígenas son pequeños cristales microbianos atrapados accidentalmente por un satélite norteamericano en órbita. Cuando el aparato se estrella, la plaga alienígena amenaza con extenderse por toda la Tierra, extinguiendo la humanidad. Al final, el planeta y la raza humana se salvan gracias a una mutación del propio organismo en una forma no dañina para los humanos, pero la proximidad de la catástrofe sirve como aviso de los peligros potenciales de contaminación proveniente del espacio exterior. "La Amenaza de Andrómeda" fue llevada al cine en una película dirigida por Robert Wise en 1971, y supuso el inicio de la fama de Crichton como autor multimedia.

"Y mañana serán clones" (1977), de John Varley nos presenta no una invasión alienígena, sino el panorama resultante tras la misma: los atacantes (que parecen existir sobre todo en otra dimensión) controlan la Tierra, mientras que la humanidad ha tenido que exiliarse, hallándose esparcida por el resto del Sistema Solar. Por otra parte, un segundo grupo de alienígenas ha pasado los últimos 400 años emitiendo información de alta tecnología hacia el Sistema Solar (aparentemente desde el sistema estelar 70 Ophiuchi). La mayor parte de todos esos datos son indescifrables, pero lo que se ha podido decodificar se convierte en la base de los avances tecnológicos humanos, que incluyen hábitats espaciales, clonación, descarga digital de conciencia y viaje interestelar.

Al final, se descubre que la información no viene de 70 Ophiuchi, sino de una raza de navegantes
estelares conocidos como "Comerciantes", que han establedido una estación transmisora a sólo medio año luz del Sistema Solar. A cambio de toda esa información que han ido entregando a lo largo de siglos, los Comerciantes exigen una retribución en forma de conocimiento detallado sobre la raza humana con la intención de asimilarla a su propia civilización. También revelan a los humanos, muchos de los cuales sueñan con reconquistar la Tierra, que los invasores alienígenas (que en realidad se hicieron con el planeta no para ellos mismos, sino para liberar a los delfines y ballenas, a los que consideraban mucho más inteligentes que los humanos) son seres demasiado sofisticados y avanzados tecnológicamente como para que se les pueda expulsar. La mejor esperanza para la Humanidad es internarse en la galaxia para buscar un futuro en otro sistema estelar. El libro finaliza con el comienzo de tal proyecto.

En los sesenta y setenta, las historias de alienígenas hostiles tuvieron que convivir con ejercicios
más sentimentales que cualquier otra cosa vista hasta entonces: “Encuentros en la Tercera Fase” (1977), “E.T.” (1982), “Starman” (1984, con una serie de TV derivada desde 1986-87) o “Cocoon” (1985). Todos estos bondadosos extraterrestres no tienen nada que ver con las perversas criaturas de formas grotescas que habían acechado al público desde las pantallas cinematográficas en los años cincuenta. Estas películas cargadas de buenas intenciones -que aprovechaban también para criticar aspectos concretos de la sociedad humana- coexistieron con comedias como “El hermano de otro planeta” (1984), “Las chicas de la Tierra son fáciles” (1988) o “Estos terrícolas están locos” (1990).

Sin embargo, el tratamiento de los alienígenas y las culturas extraterrestres en la América de los ochenta no fue, en general particularmente generosa. Durante esa década, la retórica antisoviética de la administración Reagan a menudo recordaba la paranoia de los cincuenta, por lo que no es sorprendente que el cine diera a luz films películas como “Alien” (1979), “Predator” (1987), “Están vivos” (1988) o “Species” (1995).

En el ámbito de la literatura, "Ruido de pasos" (1985), de Larry Niven y Jerry Pournelle, fue una de las novelas de invasión con más éxito de los ochenta. Es también una obra muy representativa
de su tiempo en el sentido de que parece imaginada, al menos en parte, como un apoyo al desarrollo de programas armamentísticos de alta tecnología, incluyendo la Iniciativa de Defensa Estratégica ("Guerra de las Galaxias"). Utilizando un formato que recuerda al de las películas de catástrofes, "Ruido de pasos" presenta el relato detallado de un combate entre una nave terrestre y otra extraterrestre y el impacto que ese enfrentamiento tiene en varios personajes. En la novela, una enorme nave alienígena se aproxima a la Tierra exigiendo su rendición incondicional. Los aliens, conocidos como fithp, se parecen mucho a crías de elefante excepto en que tienen dos trompas, cada una de ellas terminada en tentáculos parecidos a dedos. En una especie de alegoría anticomunista que recuerda a los años cincuenta, los fithp son una especie gregaria que actúa en grupo y cuyos miembros son incapaces de actuar individualmente. Así, la comunicación entre ellos y los individualistas terrestres se torna imposible. También parecen menos inteligentes que los humanos y más incapaces de enfrentarse a situaciones anómalas.

Al final, los fithp son derrotados cuando los Estados Unidos, siguiendo el consejo de varios escritores de CF, diseña un plan para construir una gran nave de motor nuclear capaz de transportar armamento pesado y enfrentarse directamente a la nave nodriza de los alienígenas. El proyecto triunfa y los humanos acabarán obligando a los fithp a colaborar con ellos en el desarrollo de un motor interestelar que nos permitirá dar el salto a las estrellas.

"La Forja de Dios" (1987), de Greg Bear, emplea también el formato de catástrofe para explorar
los motivos de la invasión alienígena, aunque el tono vagamente liberal de la novela se puede interpretar como una especie de respuesta deliberada al conservadurismo de Niven y Pournelle. En esta ocasión, una misteriosa fuerza extraterrestre de devoradores de planetas desmantela literalmente la Tierra para utilizarla como fuente de materias primas mientras los terrestres aguardan impotentes el inevitable fin. En un tono de sátira político/religiosa hacia la administración Reagan (que aún se haría más válida en el mandato de Bush), la respuesta de nuestro planeta a la crisis por parte del presidente americano William Crockerman es no hacer nada, interpretando el ataque como la ira de Dios y la inminente destrucción del planeta como el Apocalípsis bíblico. Afortunadamente, una segunda fuerza de extraterrestres benévolos rescata a un grupo selecto de humanos (así como diversos objetos y máquinas), llevándolos a una especie de Arcas de Noé espaciales y dando pie a una secuela, "Anvil of Stars" (1992) en la que los hombres supervivientes buscarán venganza contra los devoradores de planetas.

En cierto modo, la película "Abyss" (1989), dirigida por James Cameron, cierra el período de Guerra Fría que en el cine de CF se había iniciado con "Ultimátum a la Tierra". En esta ocasión, una especie de alienígenas muy avanzados se han establecido en las profundidades abisales del océano. Utilizan sus sofisticadas maquinarias para generar enormes olas que amenazan con arrasar los superpoblados litorales de los continentes a menos que los bloques Occidental y Oriental comiencen a buscar una salida negociada a su carrera armamentística.

Las invasiones alienígenas de los ochenta tuvieron su broche final con la trilogía de Xenogénesis de Octavia Butler: "Amanecer” (1987), "Ritos de madurez”" (1987) e "Imago" (1989). Este ambicioso y complejo ciclo, diseñado como una crítica a las agresivas políticas de Reagan, trata temas como el racismo, la lucha de género, el militarismo o el colonialismo. En esta obra, los aliens Oankali llegan a la Tierra tras un conflicto nuclear devastador que ha exterminado la civilización humana. Utilizan su avanzada biotecnología para recuperar la raza humana, eso sí convertida en seres híbridos cuyo destino será abandonar el planeta y convertirse, como los Oankali, en comerciantes genéticos estelares.

Una de las obras de CF más importantes de los ochenta no fue un libro o una película, sino una miniserie televisiva de cuatro horas, "V" (1983), creada por Kenneth Johnson y seguida de una
secuela de seis horas, "V: Batalla Final" (1984). La "V" original supuso uno de los hitos televisivos de la década y una de las más atractivas narraciones sobre invasiones alienígenas que la televisión hubiera ofrecido hasta ese momento. En "V", un compendio de tópicos del subgénero, una serie de enormes platillos volantes aparece repentinamente sobre las principales ciudades del planeta. Los alienígenas, que parecen ser exactamente iguales a los humanos, se declaran amistosos y anuncian que han venido a la Tierra para resolver los graves problemas ecológicos que afectan a su planeta gracias a un producto que esperan fabricar en la Tierra utilizando nuestros residuos urbanos. A cambio ofrecen conocimientos tecnológicos que resolverán nuestros propios problemas. Todo resulta ser falso, claro: los extraterrestres (cuya verdadera apariencia física es reptiliana) han venido a la Tierra para hacerse con el agua y, lo que es peor, humanos para utilizarlos como soldados en sus guerras de conquista o, simplemente, como alimento. La resistencia consigue organizarse y repeler con éxito la invasión.

Otras series de TV que por aquellos años intentaron actualizar el tema de la amenaza alienígena
fueron “La Guerra de los Mundos” (1988-90), “Alien Nation” (1989-90) y, sobre todo, "Expediente X", la más importante de los noventa en lo referente a este subgénero y, probablemente, de toda la historia de la televisión. A lo largo de nueve temporadas (1993-2002) este thriller de conspiraciones paranoides presentaba todo un catálogo de nuevos conceptos de alta tecnología en el tema de la presencia alienígena, actuando y viviendo en la Tierra en connivencia con agencias gubernamentales norteamericanas. La serie se apoyaba en sobados mitos de la cultura popular contemporánea, como las abducciones de “conejillos de indias” humanos por parte de extraterrestres que viajan en OVNIS o el marciano de Roswell, Nuevo México, pero los televidentes disfrutaban también con la tensión sexual entre los protagonistas o con los toques cómicos que relajaban el tono dramático general de las historias.

Otra serie de televisión que en los años noventa se centró en el tema de la invasión al
ienígena fue "Space: Above and Beyond" (“Espacio: Guerra Estelar”, 1995-1996), creada por dos de los productores de "Expediente X". Se trataba básicamente de un drama bélico en el que fuerzas terrestres se enfrentaban contra los Chigs, una especie extraterrestre decidida a conquistar el planeta. También merecen la pena destacarse la miniserie de la BBC "Invasion Earth: The World War Has Begun" (1998) y la interesante y original "La Tierra: Conflicto Final" (1997-2002), creada por Gene Roddenberry (quien en los sesenta había alumbrado la legendaria "Star Trek") y que a lo largo de cinco temporadas nos mostraba los conflictos que surgen al verse humanos y extraterrestres obligados a compartir el mismo planeta.

Cada vez es más difícil, en una época en la que las invasiones y encuentros alienígenas se han narrado tantas veces y de tantas formas posibles, ya sea en libros o películas, encontrar algo que inspire sorpresa, maravilla o perplejidad. Pero se han hecho loables intentos en películas como “Repo Man” (1984) y libros como “La invasión divina” (1981) de Philip K.Dick, la trilogía de Damon Knight finalizada con “Un mundo razonable” (1991) o “Sarah Canary” (1991) de Karen Joy Fowler.

Resulta curioso cómo han sido los escritores británicos los que más han destacado en las
incursiones literarias que se han hecho en este subgénero en los últimos tiempos. La obra más notable ha sido la trilogía "Aleutiana" de Gwyneth Jones, que comprende "White Queen" (1991), "North Wind" (1996) y "Phoenix Cafe" (1998). Esta trilogía parte de la teoría postestructuralista para desarrolar un desafío posmodernista a las nociones ilustadas del Yo y el Otro. Ofrece también una profunda comprensión de la historia del colonialismo, del que la trilogía constituye una alegoría. Estas obras presentan también unos alienígenas ciertamente originales. En lugar del tópico habitual de extraterrestres bien informados que saben dónde está la Tierra, que está habitada y que tienen una misión bien definida, los aliens que describe Jones se encuentran con nuestro planeta por pura casualidad, ni siquiera sabían que existía ni mucho menos que estuviera habitado. Es más, no se trata de una expedición oficial, sino una tripulación de aventureros independientes. Descritos por Jones en un ensayo sobre su obra como "una tripulación de aventureros irresponsables y soñadores", han estado vagabundeando por la galaxia a la búsqueda de beneficios, pero tras su llegada a la Tierra se verán atrapados por el laberinto político humano, provocando una confusión y preocupación importantes al abandonar la Tierra tras una estancia de 300 años.

En realidad, los alienígenas de Jones se parecen mucho a los humanos (y, de hecho, algunos puede incluso pasar por ellos), pero eso sólo sirve para complicar aún más el contacto entre las dos especies. Por ejemplo, la semejanza entre ambos hace que cada uno juzgue e interprete al otro en función de su propia cultura y convenciones, provocando confusión e incomunicación, una situación que a menudo encuentra reflejo en la desorientación del lector, quien se halla en una posición equivalente a la de los humanos del libro: tratando de saber y comprender a los Aleutianos a base de juntar retazos de información desperdigados por las novelas. Al final de la trilogía, los personajes humanos y su cultura parecen tan extraños y alienígenas como los aleutianos. De hecho, a medida que la narración progresa, la frontera entre unos y otros va haciéndose más y más borrosa.

Los alienígenas de "Sacrifice of Fools" (1996), de Ian McDonald, son en buena medida equivalentes a los Aleutianos de Jones y nos presenta un panorama cultural crecientemente confuso a medida que los aliens coexisten con los terrestres. En "Evolution´s Shore" (1995) y "Kirinya" (1998), McDonald renueva el subgénero de la invasión alienígena con su idea de "paquetes biológicos" extraterrestres que aterrizan en la Tierra y comienzan a trasladarse por el terreno transformando todo en su camino con una especie de avanzada nanotecnología. Esta transformación incluye a los seres humanos, que se encuentran empujados a un nuevo salto evolutivo gracias a los efectos de esa tecnología alienígena.

Otros ejemplos cercanos de novela de invasión británica es "Empire of Bones" (2002), de Liz Williams, que propone la idea de que los humanos descendemos de írRas, una especie de viajeros interestelares cuya misión en el universo es colonizar mundos, extendiendo al mismo tiempo la variedad evolutiva de su ya diversa especie. En la novela, los irRas regresan a la Tierra tras un largo período de ausencia para descubrir que sus planes evolutivos en este planeta han sufrido graves alteraciones respecto a lo planeado. "Empire of Bones" tiene lugar en la India, lo que enriquece la historia con su exploración de la intersección entre la medicina, la enfermedad y el colonialismo.

También de interés es "The Mount" (2002), de la escritora feminista norteamericana Carol Emshwiller, una fábula alegórica en la que una raza alienígena de piernas débiles, los Hoots, han colonizado la Tierra, utilizando a los esclavizados humanos como monturas sobre las que desplazarse. Los Hoots proclaman con orgullo la generosidad con la que gobiernan a sus súbditos humanos y señalan lo bien que están desde que ellos se hicieron cargo de su "bienestar". No sólo recuerda este discurso la retórica paternalista del colonialismo occidental, sino en muchos aspectos la forma en que las clases menos favorecidas viven el capitalismo.

Novelas como "The Mount" y "Empire of Bones" demuestran que ya entrado el siglo XXI, la narrativa de invasiones alienígenas continúa gozando de buena salud como medio efectivo de crítica social y política.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Invasiones Alienígenas (1)


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Las historias relacionadas con la invasión de la Tierra por parte de fuerzas alienígenas provenientes del espacio exterior es uno de los temas más antiguos y básicos de la Ciencia Ficción. Esta perturbación de la vida cotidiana de la humanidad -o su equivalente del futuro- puede tener lugar a gran escala en historias como “La Guerra de los Mundos” (1898) de H.G.Wells, pero más a menudo se trata de un asunto puramente doméstico en el que la presencia alienígena es geográfica y temporalmente limitada.

Visitantes de otros mundos o del lejano futuro a menudo son utilizados por el escritor como instrumentos narrativos: observadores imparciales que juzgan los pecados y manías de nuestra sociedad. Ejemplos tempranos de esta modalidad incluyen los venusianos alados de W.S.Lach-Szyma en “Bajo Otras Condiciones” (1892) y el antropólogo viajero temporal de Grant Allen en “Los Bárbaros Británicos" (1895). Otros visitantes más exóticos de Gran Bretaña (donde estas historias eran muy populares), cuyas observaciones colocan la existencia humana en un contexto más amplio, aparecían en “The Clockwork Man” (1923) de E.V.Odle, “Hombre Orgulloso" (1934) de Murray Constantine, “Saurus” (1938) de Eden Phillpotts y “Las Llamas” (1947) de Olaf Stapledon.

La pionera historia de H.G. Wells sentó buena parte de las convenciones del subgénero y se convirtió en el modelo a seguir por muchas novelas posteriores, si bien no fue sino el último eslabón de una larga serie de oscuras fantasías en las que Inglaterra sufría una invasión extranjera. El punto de partida de esa corriente fue “La Batalla de Dorking” (1871) de George Chesney, un folletín propagandístico que apoyaba la reforma del ejército y el rearme y que continuó en otros trabajos como “La Invasion de 1910" (1906) de William Le Queux o “Cuando Vino Guillermo" (1913) de H.H.Munro. En "La Guerra de los Mundos", Wells añadió un toque especial a la ya conocida fórmula imaginando una invasión a mayor escala y por una especie tecnológicamente mucho más avanzada, algo parecido a lo que los ingleses habían supuesto para los tasmanos antes de ser exterminados completamente por los primeros. Pero también demostró el potencial narrativo de este tipo de historias como metáforas de fenómenos sociales y económicos muy reales.

"La Guerra de los Mundos" se escribió cuando la expansión colonial británica se hallaba en su apogeo, a menudo interfiriendo o destruyendo culturas enteras. Así, la novela de Wells propone a los ingleses que se pongan en el lugar de los colonizados y vean lo que ocurre. Sin embargo, la mayor parte de los relatos que siguieron a la obra de Wells volvieron a recurrir a ficciones en las que se ponía a los lectores occidentales en la posición del colonizador. Un buen ejemplo de ello sería "Edison´s Conquest of Mars" (1898), de Garret Serviss, en la que se retomaba el hilo dejado por Wells: tras la invasión marciana, la Tierra decide lanzar un ataque preventivo contra el planeta rojo; las fuerzas terrestres estarán lideradas por el genial inventor Thomas Edison.

Los Estados Unidos eran menos proclives a estas paranoias de invasión, aunque las historias que Philip Francis Nowland escribió y dibujó para "Buck Rogers" (1928-1929) estaban situadas en una América del futuro conquistada por invasores asiáticos. Los escritores de CF que publicaban en las revistas pulp estaban mucho más interesados en invasores más exóticos.

No todas las historias eran extravagantes melodramas sobre conflictos entre especies. “Viejo Amigo” (1934) de Raymond Z.Gallun desafió los tópicos del género mientras que elaboraciones más sutiles de los mismos aparecían en “El Monstruo de Metal” (1920) de A.Merritt, “La Inteligencia Alienígena” (1929) de Jack Williamson o “El Horror de Arrhenius" (1931) de P.Schuyler Miller. Tampoco todo eran invasiones provenientes del espacio exterior; los ejércitos enemigos podían proceder de otras dimensiones, otros tiempos o incluso de microcosmos atómicos. Entre los invasores más extraños de la CF se cuentan “Los ondulantes” (1945) de Fredric Brown, una raza de seres eléctricos que secuestran las ondas electromagnéticas de la Tierra.

Cuando no llegaban con pistolas láser o cañones, los visitantes alienígenas de la era de las revistas pulp a menudo traían regalos –aunque a veces éstos eran engañosos- y, ocasionalmente, mensajes importantes. “Adios al Amo” (1940), de Harry Bates, perdió buena parte de su sentido cuando recibió versión cinematográfica con el título “Ultimátum a la Tierra” (1951), pero a cambio ésta sirvió de mensajera del peligro nuclear. Aquel año 1951 también vio la primera versión de “La Cosa”, basada en un relato de John W.Campbell, “¿Quién va ahí?” (1938).

Esos dos filmes fueron los pioneros de toda una serie de películas que avisaban sobre los peligros de la era nuclear y la Guerra Fría, a menudo hasta el punto de caer en la paranoia. Por citar sólo algunos: “Invasores de Marte” (1953), “La bestia de tiempos remotos” (1953), “Vinieron del Espacio” (1953), “La Guerra de los Mundos” (1954), “Godzilla” (1954), “La Humanidad en Peligro” (1954), “La Bestia de un Millón de Ojos" (1955), “Conquistaron el Mundo” (1956), “Monstruo sin rostro” (1957) y “Me Casé con un Monstruo del Espacio Exterior" (1958).

Otras películas no fueron más que intentos de capitalizar el éxito de las películas de invasiones extraterrestres haciendo cintas de bajísimo presupuesto, como "Plan 9 del Espacio Exterior" (1959), de Ed Wood, considerada como la peor película jamás hecha. Este tipo de películas de serie B han venido sirviendo en los últimos años como fuente de inspiración nostálgica para obras como "Mars Attacks!" (1995) de Tim Burton o "Men in Black" (1997). El estreno por aquella misma época de "Independence Day" (1996) de Roland Emmerich fue otra demostración de la viabilidad que a mediados de los noventa seguían teniendo las películas de invasiones extraterrestres.

La televisión británica se apuntó a la moda con seriales como las tres aventuras del Dr.Quatermass (1953, 1955 y 1958-59), “El Terror de Trollenberg” (1956-57) y “A de Andrómeda" (1961). Curiosamente, la televisión norteamericana puso menos énfasis en los invasores extraterrestres y sólo merecen la pena destacarse series como “Más allá del límite" (1963-65) o “Los Invasores" (1967-68), en la que unos aliens que se hacían pasar por humanos le complicaban la vida a David Vincent (Roy Thinnes). Desde aquellos años de la Guerra Fría, las historias de invasores alienígenas no han perdido popularidad, tomando multitud de direcciones y demostrando una gran flexibilidad a la hora de tratar complejos temas sociales y políticos.

En la literatura de los años cincuenta, "Amos de Títeres" (1951), de Robert A.Heinlein fue la primera de muchas novelas que, como en el cine, sustituían de forma nada sutil la amenaza del comunismo por invasiones alienígenas. En la novela de Heinlein, una especie de babosas parásitas procedentes de Titán (una luna de Saturno), aterrizan en Iowa y comienzan a adherirse a las espaldas de los humanos, controlando sus mentes. Usando estas marionetas humanas a voluntad, los alienígenas pronto se embarcan en un programa de conquista mundial. Buena parte del libro es mera propaganda anticomunista, en la que los gusanos pasan por ser quintacolumnistas rojos. De hecho, Heinlein se aseguró de que esta asociación quedara bien clara. Incluso se ocupó de dedicar unas líneas a los simpatizantes de los comunistas, subrayando que la única cosa más desagradable que una mente humana atrapada por una babosa es la idea de humanos que trabajaban voluntariamente en complicidad con las babosas, incluso sin tener un parásito adherido.

Al final, los valerosos americanos, siempre tan llenos de recursos, consiguen derrotar a las babosas utilizando guerra bacteriológica, un arma tan polémica en los cincuenta como en la actualidad y que sin embargo Heinlein defiende aquí con convicción. De hecho, uno de los mensajes clave del libro es que no sólo tenemos que estar siempre vigilantes, sino dispuestos a utilizar cuantos medios sean necesarios para derrotar a nuestros enemigos. Cuando el protagonista informa de la aparente destrucción total de todos los alienígenas en la Tierra, también avisa de que puede quedar alguno acechando en algún rincón del Tercer Mundo, como el Amazonas. Entretanto, los norteamericanos se preparan para lanzar un asalto genocida contra el mismísimo Titán. El libro finaliza con el protagonista acompañando a la misión y exclamando: "Amos de títeres, los hombres libres van para mataros! ¡Muerte y destrucción!"

Una de las historias de invasiones alienígenas más conocidas de la década de los cincuenta fue "La Invasión de los Ladrones de Cuerpos", de Jack Finney, serializada en la revista Collier´s en 1954 y publicada como novela en 1955 con el título acortado "Los Ladrones de Cuerpos". Aquí, lo que llega del espacio a la pequeña ciudad californiana de Mill Valley son unas vainas con la capacidad de convertirse en réplicas exactas de cualquier humano con el que entren en contacto. Los vecinos de Mill Valley son progresivamente reemplazados por los replicantes alienígenas hasta que el único que queda para enfrentarse con la amenaza antes de que se extienda por todo el país es el doctor Miles Bennell. Afortunadamente, consigue dar tanta guerra que las vainas deciden abandonar la Tierra y buscar otro planeta que resulte más sencillo de colonizar.

La novela de Finney fue la base para la película de 1956 "La invasión de los ladrones de cuerpos", que sigue más o menos el argumento del libro aunque incorpora un final menos optimista: Bennell consigue alertar a las autoridades de fuera de la ciudad, pero las vainas ya se han extendido más allá de los limites urbanos y queda sin saber si podrán ser detenidas. La noción de invasores silenciosos que toman el control de las mentes de americanos nor
males, convirtiéndolos a una ideología alienígena, está en la misma onda que el miedo a la subversión comunista en la Guerra Fría. De hecho, el film es considerado hoy como un icono cultural del clima de paranoia anticomunista que imperaba entonces. Ciertamente, los replicantes, que parecían totalmente normales pero no sentían ninguna emoción y carecían de individualidad, se ajustaban a los estereotipos sobre los comunistas. Así, los argumentos que los extraterrestres utilizan para intentar seducir a Bennell, diciéndole que la vida será mucho más agradable si se deja llevar por la corriente y aprende a vivir sin emociones, es un eco de los supuestos cantos de sirena del utopianismo comunista.

Estirando los razonamientos, también podríamos optar por interpretar la paranoia del film como una sutil crítica a la histeria anticomunista: la película sugeriría que la posibilidad de que los comunistas se hicieran con el control de América era tan pequeña como que vainas del espacio exterior llegaran a la Tierra, crecieran hasta convertirse en réplicas perfectas de seres humanos y los reemplazaran. Por otra parte, los responsables de la película (así como el autor de la novela original) negaron repetidamente ninguna intención alegórica. Simplemente deseaban hacer una historia de suspense sobre invasores alienígenas. Sea como fuere, la película sigue siendo hoy un clásico de la década de los cincuenta y es gracias a ella que se recuerda todavía la novela de Finney

Entre la legión de films de invasiones extraterrestres de los cincuenta, quiero volver a una mencionada por la importancia que tiene dentro del género: "Ultimatum a la Tierra" (1951), dirigida por Robert Wise y que, lejos de alimentar la histeria anticomunista de la época, es un canto a la paz y comprensión mundiales y un aviso de que la carrera armamentística de la Guerra Fría podría llevar a un desastre planetario. Aquí, el mesiánico Klaatu (Michael Renny), acompañado por su imponente robot Gort, llega a la Tierra en son de paz, pero es recibido con temor y violencia. Sin embargo, consigue sobrevivir para lanzar un mensaje de advertencia: la civilización humana será destruida por una fuerza robótica intergaláctica si extiende su violencia más allá de la Tierra. Este rechazo a la carrera armamentística fue una apuesta valiente en un momento en el que la propia Hollywood se hallaba bajo el asedio de los cazacomunistas de Washington. El éxito del film demostró que la ciencia ficción, al considerarla el público en general disociada de la realidad contemporánea, puede servir fácilmente como plataforma para una crítica social y política que resultaría demasiado polémica expresada a través de un género más convencional.

Alienígenas benignos como los de “Ultimátum a la Tierra” o “El hombre del planeta X” (1951) estaban en la pantalla completamente superados en número por sus contrapartidas malvadas, pero en la literatura no eran tan omnipresentes. De hecho, muchos autores comenzaron a arrepentirse de la xenofobia implícita en buena parte de la literatura pulp. “El fin de la infancia” (1953) de Arthur C.Clarke es una de las mejores historias de “invasión” en las que se condenaban los prejuicios antialienígenas. En ella, los aliens son fundamentalmente benévolos: utilizando tanto una tecnología avanzada como el puro engaño, un contigente de extraterrestres conocidos como Superseñores establece su dominio sobre la Tierra, imponiendo leyes destinadas a impedir que la raza humana destruya lo que queda del planeta. Una de esas reglas, por ejemplo, prohibe la crueldad a los animales. Otra establece la creación de un solo Estado Mundial que deja el concepto de nación obsoleto. El gobierno de los Superseñores, liderados por el Supervisor Karellen, conduce a una era de paz y prosperidad sin precedentes. Pero no son pocos los que encuentran esta existencia utópica aburrida y carente de desafíos. El arte y la creatividad se apagan aplastadas por la supremacía de la televisión. Y, mientras tanto, los Superseñores permanecen escondidos, misteriosos. Durante más de medio siglo nadie los ha visto y cuando por fin se revelan ante la humanidad, resultan tener la apariencia de demonios (lo que viene a demostrar que los mitos y las "memorias raciales" no son sino un eco del futuro).

Finalmente, se descubre que los Superseñores han venido a la Tierra siguiendo instrucciones de sus amos, una especie de Supermente, fusión de la conciencia colectiva de multitud de especies y dotada de
grandes poderes psíquicos. A pesar de que dominan una tecnología muy avanzada, los Superseñores no poseen esas habilidades mentales y, como resultado, se encuentran en un callejón sin salida evolutivo. Su misión en la galaxia es simplemente ayudar a las razas (como la humanidad) que sí tienen ese potencial a sobrevivir hasta que l
a evolución saque a relucir sus habilidades mentales. Al final, tiene lugar el salto evolutivo y casi todos los niños humanos menores de diez años del planeta despiertan sus poderes psíquicos.

Los Superseñores continúan supervisando la vida del resto de la humanidad (aquellos que no tienen capacidades mentales) aunque, sin un futuro a la vista, muchos se suicidan, solos o en masa. Los "nuevos niños", mientras tanto, se trasladan a una zona separada. Los humanos "normales" acaban muriendo. Excepto uno, Jan Rodricks, un estudiante de ingeniería que había pasado ochenta años viajando a bordo de una nave de los Superseñores hasta el mundo hogar de éstos para contemplar sus maravillas. Cuando regresa a la Tierra y debido a la relatividad temporal, él sólo ha envejecido cuatro meses, pero ya no quedan hombres como él sobre el planeta. Mientras los niños se preparan para unirse a la Supermente, los Superseñores evacúan la Tierra, dejando a Jan atrás para que les retransmita la completa disolución de nuestro planeta.

Otros libros que siguen una línea similar de extraterrestres benignos y bienintencionados son “Los cristales soñadores” (1950) de Theodore Sturgeon y “A Mirror For Observers” (1954) de Edgar Pangborn.

(Continuará...)

lunes, 25 de octubre de 2010

1897- EL HOMBRE INVISIBLE – H.G.Wells


Tercera novela de CF de H.G.Wells tras “La máquina del tiempo” y “La isla del Dr.Moreau”, “El hombre invisible” sigue la línea de las anteriores, mezclando la aventura con un nada disimulado subtexto moral. “La máquina del tiempo” hablaba de la responsabilidad de la sociedad actual con el futuro de la humanidad; “La isla del Dr.Moreau” sobre la ética de la experimentación y el peligro y consecuencias del distanciamiento del científico respecto al objeto de su estudio; “El hombre invisible”, por su parte, nos presenta el riesgo del poder derivado de la ciencia cuando no existen salvaguardas éticas.

La historia es sencilla, breve y lineal: Griffin, un científico antisocial y crecientemente psicótico, inventa un método para hacerse invisible, pero es incapaz de revertir el proceso. Se retira a Iping, un pequeño pueblo inglés de Sussex, envuelto en vendajes y cubierto de gruesos ropajes para ocultar su grotesca condición. Alquila una habitación en una posada y trata de continuar con sus investigaciones. Pero los habitantes del pueblecito están comprensiblemente nerviosos y sospechan de él, especialmente después de que se produzcan una serie de robos y otros extraños acontecimientos. Enfurecido y desesperado, el Hombre Invisible revela su personalidad megalomaniaza, ataca a los aldeanos y decide dar inicio a un Reinado del Terror.

La invisibilidad no era en absoluto un tema nuevo. Ha estado presente en la mitología clásica (como en la leyenda de Perseo), la filosofía (en “La República” de Platón, donde el pastor Giges encuentra un anillo que le permite satisfacer todas sus ansias de poder, claro antecedente no solo del mensaje moral de Wells sino de otras obras universales como “El Señor de los Anillos) o incluso la literatura de ciencia ficción (recordemos la reseña de “El hombre sin cuerpo” publicada en este mismo blog). El mérito de Wells fue el de abordar la cuestión no desde el terreno de la pura fantasía, sino como resultado de un deliberado experimento cuyos pormenores científicos explica Griffin a su colega, el doctor Kemp.

Por otra parte y como consideración más particular, “El Hombre Invisible” es un libro que trata sobre la visión, un tema que interesaba sobremanera a Wells –recordemos en este sentido algunos de sus relatos cortos que revisamos en una entrada anterior-. No es una coincidencia que el propio Hombre Invisible sea un científico. La invisibilidad, sugiere el relato, priva al hombre de la interacción con otros seres humanos y, por tanto, de la responsabilidad social, con consecuencias perversas. Algunos analistas sitúan la novela en una rama de la doctrina penal del siglo XIX asociada con el pensador inglés Jeremy Bentham (1748-1832), quien diseñó la prisión ideal, el “panopticon”, que colocaba a todos los internos bajo el ojo de un guardián estratégicamente situado. El filósofo francés Michel Foucault (1926-1984) tomó las ideas de Bentham como la expresión de la lógica cultural del siglo XIX: la autoridad depende de la vista. Si lo privas de vigilancia, el hombre, ahora invisible, se convierte inmediatamente en una amenaza social.

Como comentamos al principio, la obra contiene un fuerte sentido moral: nada se gana sin perder algo a cambio. Griffin, el científico con talento, descubre un procedimiento maravilloso, pero a cambio pierde la razón. La moraleja está en cierto modo conectada con la de “La Isla del Doctor Moreau”: la inteligencia y cordura del hombre es frágil y siempre ha de luchar contra impulsos violentos más primitivos.

En contraste con los personajes típicos de los relatos de aventuras de Julio Verne, siempre en movimiento y viajando por el mundo, los de Wells son individuos complejos que experimentan la aventura de forma pasiva: no se aventuran más lejos de su casa de lo que sea estrictamente necesario, son a menudo complacientes y poco amigos de la adrenalina. En otras palabras, para Wells el planteamiento era el inverso del de Julio Verne: para éste, los protagonistas se lanzaban al mundo en busca de lo asombroso, de la aventura; para aquél, como vimos en muchos de sus relatos cortos, es el mundo cotidiano el que se ve asaltado por lo maravilloso. En este sentido, Wells tenía la capacidad de retratar personajes convencionales pertenecientes a la clase media-baja y, de hecho, aquellas de sus creaciones que no se ajustan al arquetipo de ingleses bondadosos y aburridos, a menudo son caracterizados como peligrosos, incluso diabólicos: el Dr.Moreau es un ejemplo. El Hombre Invisible otro.

El mundo cotidiano que describe Wells se define en función de una serie de personajes de extracción social humilde que añaden a la novela un tinte de comedia costumbrista. Algunos de estos coloristas individuos del Sussex rural aportan notas cómicas y paródicas: el matrimonio propietario de la posada, el vagabundo borrachín que Griffin obliga a servirle y que al final de la novela se convierte en guardián inconsciente de los secretos de la invisibilidad, los viandantes que observan con asombro los fenómenos que ocurren a su alrededor… son personajes codiciosos, supersticiosos, chismosos e ignorantes que exasperan al Hombre Invisible con sus mundanas preocupaciones. Sin embargo, será a manos de ellos que Griffin perderá la ropa, el dinero, sus valiosas notas e incluso la vida. Con todo, Wells parece tomar partido por los aldeanos, considerándolos como medida de lo normal, mientras que el Hombre Invisible se presenta como una figura siniestra que, con su secretismo y obsesión por la intimidad, quiebra la pacífica existencia de la comunidad aldeana.

La novela sirve, por tanto, como vehículo para mostrar el contraste entre dos mundos: el rural donde da comienzo la historia y el urbano, representado por Londres, en el que transcurre la parte en la que Griffin cuenta cómo se volvió invisible. Siguiendo una línea común entre los poetas románticos y los novelistas victorianos de la época, Wells yuxtapone la vida en el campo, orientada hacia la comunidad y la tradición, con el cosmopolitismo anónimo y sin raíces de la metrópolis moderna. Mientras que en Iping el Hombre Invisible aterroriza a la población campando a sus anchas, robando y agrediendo, en Londres se encuentra empujado de un lugar a otro, en continuo peligro de ser pisoteado, zarandeado y atropellado por peatones, carruajes y animales y donde no encuentra refugio al hallarse todas las casas cerradas.

Efectivamente, en la parte del libro que transcurre en Londres, la invisibilidad de Griffin simboliza la debilidad y vulnerabilidad del hombre moderno frente al torbellino de la sociedad de masas. A diferencia de lo que luego se podría ver en las adaptaciones cinematográficas del relato, Wells subraya desde el comienzo las desventajas de la invisibilidad. Griffin alberga unas expectativas acerca de esos "poderes" que no sólo no se cumplen, sino que se ha de enfrentar a múltiples problemas inesperados que van de lo humillante a lo peligroso.

El “Hombre Invisible” (junto a “La Guerra de los Mundos”, que comentaremos en una próxima entrada) sería el último de los libros de Wells que conservaría plena validez cultural hasta nuestros días, esto es, la última de sus novelas que puede ser reconocida por cualquier lector aunque no sea aficionado al género; y también la última en ser adaptada a multitud de idiomas y formatos. Aunque Wells aun escribiría muchísimas obras, entre ellas algunas de gran calado, la posteridad ha sido mucho más selectiva que sus contemporáneos. En parte, esto se debió a que el mismo Wells comenzó, con el cambio de siglo, a plantearse su vocación de una forma diferente: de escritor de ficciones futuristas pasó a cultivar cierto perfil de profeta que ha aguantado peor el paso del tiempo.

Entre tanto, “El Hombre Invisible”, como todos los mejores libros de Wells, mezcla lo político, lo cultural, lo formal y lo especulativo en un todo perfectamente equilibrado que le ha ganado un puesto entre los iconos culturales del siglo XX, dando lugar a innumerables imitaciones literarias, adaptaciones cinematográficas e incluso un par de series de televisión. Fue además un nuevo e ilustre eslabón en la lista de “científicos locos” comenzada por Victor Frankenstein, el arquetipo de sabio aislado de sus colegas, enfrascado en un ambicioso proyecto y en cuya consecución perderá su humanidad, desencadenando fuerzas que ni puede entender ni controlar.

viernes, 15 de octubre de 2010

1868- EL HOMBRE DE VAPOR DE LAS PRADERAS – Edward Ellis


La literatura norteamericana del siglo XIX rebosaba de historias que bien podrían ser calificadas de ciencia ficción o romance científico. No hubo escritor de ficción americano de cierta relevancia en aquellos años que de alguna forma no abordara el género, aunque fuera mediante algún tipo de romance utópico: Herman Melville, Edgar Allan Poe, Nigel Hawthorne, Washington Irving o escritores de “best-sellers” del momento como Edward Bellamy o Mark Twain.

Pero los que más influencia ejercieron sobre la CF americana moderna fueron aquellos autores excluidos del canon, escritores que producían a mansalva novelitas baratas y revistas juveniles. De hecho, esas novelas baratas fueron la forma literaria dominante en Estados Unidos desde la Guerra de Secesión hasta la Primera Guerra Mundial, con una circulación de cientos de millones de ejemplares. Y es una de las fórmulas que más se utilizaban en aquellas novelitas, la historia de invenciones, la que representa perfectamente “The Steam Man of The Prairies”, escrita en 1868 por Edward Ellis. Sus sucesoras serían las series de aventuras de jóvenes inventores y científicos como Frank Reade, Frank Reade Jr., Jack Wright, Frank Edison, Electric Bob o Tom Swift. Tras su estela aparecerían los pulps, la cuna de la CF contemporánea.

Estrictamente hablando, existieron otras fórmulas dentro de la CF, como la de las guerras futuras, o las historias de razas y mundos perdidos; también personalidades individuales como H.G.Wells o Edgar Rice Burroughs que influyeron a cientos de escritores; o revistas como The Strand, Pearson´s Magazine, McClure´s Magazine, Argosy o All-Story Magazine, en cuyas páginas dieron cabida a la proto ciencia-ficción desde finales del siglo XIX hasta la segunda década del XX. Pero fueron las historias de inventores desarrolladas en las novelitas (“dime novels”) las que cosecharon un gran éxito de público.

En buena medida, estas novelas bebían de la fascinación de Julio Verne por los inventos fabulosos. Al centrarse en jóvenes genios que inventaban lo que fuera necesario para ganar una apuesta o competición, detener el mal, masacrar indios o hacer fama y fortuna, estas narraciones codificaron las directrices de lo que se iba a convertir en uno de los más populares subgéneros de la CF: la edisonada, término acuñado por John Clute en su Enciclopedia de la Ciencia Ficción como: “cualquier historia que presenta un joven inventor, masculino y estadounidense, que usa su ingenio para salir de un aprieto y, al mismo tiempo, evitar la derrota y corrupción de sus amigos y la nación por parte de enemigos extranjeros”.

Mientras la frontera americana del Oeste se iba desintegrando, las novelitas (que tenían 32 páginas y costaban cinco o seis centavos) celebraban las sangrientas aventuras de los héroes del Far West, pero también jugaron un interesante papel en la transición que experimentó la conciencia colectiva norteamericana de una visión romántica del mundo en la que pioneros y cowboys figuraban héroes míticos, al mundo moderno dominado por la tecnología, en la que ingenieros e inventores usurpaban a pistoleros y exploradores. Este momento crepuscular, de cambio, quedó plasmado en una serie de novelas que comenzó con la que ahora nos ocupa “The Steam Man of the Prairies”. Posiblemente basada en la invención de un motor de vapor rotatorio de dos cilindros llamado el Hombre de Vapor de Newark (Newark Steam Man), el de Ellis era una especie de robot impulsado a vapor, con forma humanoide y que podía correr a 120 km/h tirando de un carro en el que montaba su inventor, Johnny Brainerd (su apellido era un juego de palabras: “brain”, cerebro y “nerd”, idiota). El joven inventor y sus amigos viajan con su criatura artificial desde San Luis hasta la frontera del Oeste, donde demuestra ser extremadamente útil en la caza de búfalos y el terrorismo contra los indios, todo en interés de la minería del oro.

En 1876, año en el que se celebró la Exposición de Filadelfia y Custer y su Séptimo de Caballería eran masacrados en Little Big Horn, la novela de Ellis fue reeditada con un nuevo título: “The Huge Hunter or The Steam Man of the Prairies”, cosechando otra vez tal éxito que un editor rival lanzó su propia versión, escrita por Harry Enton. En ésta, el joven inventor se llamaba Frank Reade y la acción tenía lugar en Nueva York, pero el ingenio robótico a vapor era prácticamente el mismo. Ni siquiera el título se escapaba a la copia descarada: “The Steam Man of the Plains. Fue el comienzo de un éxito colosal.

Tras tres secuelas, el escritor Luis Senarens, el “Julio Verne americano” (escribió entre 1.500 y 2.000 novelitas durante su prolífica carrera) se hizo cargo de la serie al tiempo que el protagonista Frank Reade le pasaba los bártulos a su hijo, Frank Reade Jr., que viviría 179 aventuras más. Generosa en las dosis de aventura y escasa en rigor científico, la ficción de Senarens anticipa claramente el género de la CF y su trabajo fue sin duda conocido por muchos de los escritores que luego darían forma a la ciencia ficción en las revistas pulp. Algunas de las invenciones e ideas que Senarens describía en sus series estaban sin duda copiadas de las novelas de Verne, pero éste no sólo no se molestó por ello, sino que incluso le envió una carta alabando su trabajo.

Senarens siguió creando personajes y series con la misma fórmula de joven inventor, como “Jack Wright”. Otras editoriales publicaban sus propias versiones (“Tom Edison Jr.”, “Electric Bob”). A medida que se agotaban las invenciones de aeronaves eléctricas o submarinos y era necesario buscar localizaciones más exóticas, se añadían a la receta la aventura geográfica y lógica evolución: las razas y mundos perdidos. Así que las novelitas baratas acabaron transitando por escenarios y temas que luego se repetirían abundantemente en los pulps y las primeras obras de CF propiamente dicha.

Este tipo de literatura popular y juvenil mantuvo su tirón hasta finales del siglo XIX, cuando los esfuerzos por censurarlas las hicieron menos rentables. Aunque aceptaron la influencia de Julio Verne y H.Rider Haggard, acabaron constituyendo una burbuja aislada del resto de corrientes que tomaban forma por aquellos años dentro de la CF. Y aunque sus historias fueron efímeras, su influencia en la evolución posterior del género no se ha valorado lo suficiente. Sirva esta corta entrada para reivindicarlas dentro de la historia de la CF.

sábado, 9 de octubre de 2010

1896- LA ISLA DEL DOCTOR MOREAU - H.G.Wells


"La Máquina del Tiempo" y "La Guerra de los Mundos" son desde luego las obras más conocidas de toda la extensa bibliografía de Wells. Ambas trataban temas relacionados con la evolución, un tema que fascinaba al escritor y que también aparece presente en "La isla del doctor Moreau". Como el resto de sus novelas de la primera época de su carrera, es una emocionante aventura tejida alrededor de una serie de cuestiones éticas que aún no han perdido actualidad tras más de cien años.

Aunque H.G.Wells alcanzó la fama con su primera novela, "La Máquina del Tiempo", en realidad su atención llevaba tiempo centrada en una historia muy diferente que se le había ocurrido a raíz de unas conferencias impartidas por su maestro y destacado darwinista Thomas Huxley con el título "Evolución y Ética". El entonces maestro y periodista Wells dedicó a ese relato todo su tiempo, hasta el punto de que sus recursos económicos se agotaron y, en 1895, se vio obligado a volver al periodismo.

La publicación aquel mismo año de "La Máquina del Tiempo" le otorgó no sólo mayor holgura financiera sino un reconocimiento de crítica y público que ya nunca le abandonarían. Así pues, no tuvo problemas en encontrar editor para su siguiente obra, aquélla en la que había invertido tanto tiempo: “La isla del doctor Moreau”. Sin embargo, en esta ocasión obtuvo menos éxito, probablemente debido al escabroso tema que tocaba: la evolución como fruto del dolor, los experimentos crueles con animales, la eugenesia y el papel de la religión como medio de control individual y social. El propio Wells en años posteriores se refirió con entusiasmo al libro como “un ejercicio de blasfemia juvenil… teológicamente grotesco”.

La historia es una absorbente revisión de Frankenstein filtrada a través de un tamiz religioso. El científico de Wells, el viviseccionista Moreau, se ha recluido en una remota isla tropical en la que lleva años realizando experimentos con diversos animales, humanizando sus cuerpos y aumentando la capacidad de sus cerebros. Estas creaciones son más “monstruosas” que la criatura de Mary Shelley, inquietantes combinaciones de espanto y extraña belleza, basadas en perros, pumas, cerdos, hienas, toros y monos; “llevaban turbantes, bajo los cuales asomaban sus mágicos rostros de prominentes mandíbulas y ojos brillantes”.

El equilibrio entre humanidad y bestialidad en el que viven esas grotescas criaturas es demasiado inestable. Los animales comenzarán a revertir a su estado primitivo desencadenando una sangrienta tragedia narrada en primera persona por Prendick, un náufrago que asiste horrorizado a los siniestros acontecimientos

La descripción que Prendick hace de las criaturas de Moreau concuerda con la imagen que se tenía en aquel tiempo, a finales del siglo XIX, de los posibles antecesores del hombre, el Pliopithecus, el Dryopithecus o el Paidopithex, descubiertos entre 1849 y 1895, ya que el Australopithecus y, con él, la hipótesis de ser uno de nuestros ilustres antepasados, no sería hallado hasta bien entrado el siglo XX. Por otro lado, la sociedad europea se hallaba en aquellos momentos inmersa en acalorados debates acerca de la vivisección animal y la degeneración evolutiva. El libro refleja esas controversias en la figura de Moreau, expulsado del país a causa del escándalo que provoca en la bienpensante sociedad británica sus experimentos de vivisección, una especie de trasplante y manipulación de órganos y miembros de un animal a otro, y que hoy llamaríamos bioingeniería.

Ciertamente, la plausibilidad científica no era lo que más importaba a Wells en "La isla del Dr.Moreau", sino las fronteras de la propia ciencia, incluidas las éticas. Si en "La máquina del tiempo" planteaba una evolución condicionada por la organización social en clases, aquí imagina una evolución forzada artificialmente. En ambos casos, el resultado es poco prometedor, resultado de la creencia del escritor en que no siempre el proceso evolutivo conduce hacia seres cada vez más perfectos. Y en el caso de esta novela, no sólo los siniestros experimentos que Moreau lleva a cabo en la "Casa del Dolor" darán como resultado a inestables criaturas en absoluto mejores que su encarnación animal, sino que el propio doctor y su ayudante Montgomery experimentan una regresión ética, una involución que los transforma: a Moreau en un ser obsesionado, frío e insensible ("el estudio de la Naturaleza hace al hombre tan despiadado como la Naturaleza misma", afirma el doctor, expresando una idea que todavía hoy acosa a los científicos); Montgomery, por su parte, se ha convertido en un individuo embrutecido, incapaz ya de relacionarse con sus congéneres humanos.

La triste visión de la humanidad que Wells plasmó en “La máquina del tiempo” da un paso más allá en esta novela: para los evolucionistas, la peculiaridad redentora de nuestra especie era nuestra capacidad para la conciencia espiritual y el conocimiento científico; pero estos aspectos son puestos en entredicho en los primeros escritos de Wells. Moreau pervierte de manera grosera las metas de la ciencia, mientras que las revelaciones del viajero temporal en "La Máquina del Tiempo" apuntan hacia una desesperación global y un suicidio lento de toda la raza.

La obra es también un estudio sobre el frágil equilibrio entre civilización y bestialidad en la propia especie humana, tanto desde un punto de vista meramente físico como espiritual. En sus novelas anteriores a 1900, Wells solía poner el acento en una ambivalencia cuidadosamente construida en la que cada fuerza tiene su opuesto, cada afirmación una negación. Por ejemplo, en “La Isla del Dr.Moreau”, se establece la línea que separa lo humano de lo bestial... para borrarla inmediatamente. La criatura más bestial, el Hombre Leopardo, es uno de los que muestran más signos de humanidad, mientras que Prendick, el último testigo humano de este intento de desmenuzar el proceso evolutivo, acaba teniendo estallidos de bajeza animal. A mitad de camino, los monstruosos mutantes presentan todo un catálogo difícil de clasificar: ososzorros, simiocabras… destruyen cualquier certeza taxonómica y dejan a Prendick permanentemente traumatizado. Un “especialista mental” poco puede hacer para impedir que Prendick, de vuelta en casa, al mirar a sus conciudadanos londinenses por la calle, sienta “que el animal se está apoderando de ellos, que en cualquier momento la degradación de los isleños va a reproducirse a gran escala”.

La novela también aborda el tema de la religión como guía de comportamiento de unos seres imperfectos y medio de control social. Carentes de memoria colectiva o individual, a las grotescas criaturas se les había inculcado una rudimentaria religión, con el propio Moreau como figura central, una síntesis de Dios de la Piedad y el Dolor (“Él es la Mano que hiere”, cantan, “Él es la Mano que sana”). Los animales se rigen por una especie de Mandamientos cuyo objetivo es acentuar su humanidad, oponiéndose a la continua llamada de los instintos. La Ley se recita como un credo religioso, acompañado de movimientos corporales, dirigida por uno de los animales que actúa como un sacerdote.

En la burda religiosidad de estos nuevos seres, Moreau, con su pelo y barba blancos, es el ser supremo, el creador de todos ellos y aquél que puede destruirlos; como Dios, no ha creado criaturas semejantes a él, sino imperfectas. Su ayudante Montgomery cumple el papel de Jesucristo, a mitad de camino entre el "dios" Moreau y los mutantes y, como aquél, morirá a manos de sus "congéneres" bestiales. El edén científico de la novela también incluye una versión del mandamiento bíblico de no comer de los frutos del “Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal”: Moreau ha ordenado a sus hombres-bestia no probar la sangre ante el temor de despertar sus reprimidos instintos naturales. Este mandamiento, por supuesto, es transgredido y las criaturas revierten a sus orígenes bestiales. Incluso hay un mutante reptiliano que, como la serpiente del Paraíso, sembrará el terror en la isla de Moreau antes de ser aniquilado por éste.

El Wells de finales de los noventa del siglo XIX no escribía sólo romances científicos, sino también y de forma oportunista, cuentos góticos, (de los cuales bebe mucho “La Isla del Dr.Moreau”), comedias sociales sobre la nueva locura por pedalear en bicicletas (“The Wheels of Chance”), fantasías banales sobre visitas angelicales (“The Wonderful Visit”) y recopilaciones de ensayos ligeros y artículos periodísticos (“Certain Personal Matters”). Es importante subrayar la permeabilidad entre estos diferentes estilos literarios, los espacios híbridos e “impuros” en los que nacían los romances científicos.

La ficción especulativa de Wells tenía precedentes: cuentos como “Pausodyne” (1881) y “A Child of the Phalanstery” (1884), de Grant Allen; y novelas más o menos filosóficas como “La Edad de Cristal”, de W.H.Hudson y “The Inner House” (1888) de Walter Besant. Pero fue Wells quien supo insuflar en sus primeras novelas una energía narrativa tan poderosa y una convicción tan sólida en lo que escribía, que instantáneamente transformó el espíritu y el método de la CF. De hecho, descubrió un potencial mucho mayor que el que andaba buscando. Aunque su demostración de que las fábulas morales (como esta novela) podían ser modeladas como narraciones emocionantes y violentas, fue bienvenida por unos cuantos moralistas, lo cierto es que “La Isla del Dr.Moreau” –junto a “El Hombre Invisible” y “La Guerra de los Mundos”- dieron pie a una legión de imitadores que sólo estaban interesados en el aspecto más melodramático de creadores de monstruos, invasiones alienígenas o criminales científicos. Treinta años más tarde, muchos autores de CF imaginarían un futuro imposible de robots antropomórficos y trajes plateados unisex. "La isla del Dr.Moreau" no necesitó nada de esa imaginería para plasmar temas que aún seguimos debatiendo más de cien años después.