
El tema de la ciencia aplicada al armamento es una cuestión que Verne trató en varios de sus libros: el submarino Nautilus en "Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino", los vehículos de Robur, las armas de destrucción masiva en "Los 500 millones de la Begún"… El escritor galo vuelve aquí sobre la misma idea, aunque enfocándola desde una óptica excesivamente patriotera.
Thomas Roch es un inventor lunático de origen francés que afirma haber desarrollado un arma, el Fulgurador, cuyo potencial destructivo es terrorífico (Verne lo describe como una especie de misil de gran capacidad explosiva). Acude a diversos gobiernos para venderles su artefacto, pero ninguna cantidad parece suficiente para satisfacer su creciente ego habida cuenta de que no existe prototipo y que todo lo que el inventor pone sobre la mesa es su palabra. En un estado mental cada vez más deteriorado, el científico francés es internado en un sanatorio por el gobierno norteamericano, donde se le asigna un cuidador cuya misión es la de prestar atención a sus delirios y tratar de averiguar el secreto del arma antes de que quede totalmente sumergido en la locura. Este cuidador es en realidad un ingeniero francés, Simón Hart, que se hace pasar por enfermero norteamericano con el fin de sonsacar al demente Roch y utilizar el secreto en beneficio de su propio país.
Ambos, enfermo y enfermero, son secuestrados por Ker Karraje, un pirata de origen malayo y cuidada educación, tan carente de escrúpulos como sobrado de ambición. Karraje, que ha reunido una banda de malhechores del más variado origen, se hace pasar por un noble europeo de refinados modales que surca la costa norteamericana a bordo de una goleta. Sin embargo, en su auténtica identidad, utiliza un submarino para abordar barcos, asesinar a las tripulaciones y hacerse con el botín. Sabedor de que Roch esconde el secreto de una poderosa arma, decide secuestrarlo para hacerse con ella y conseguir aún más poder.
Roch y Hart son llevados a un islote rocoso de las islas Bermudas cuyo interior es una enorme caverna hueca accesible sólo con el submarino, que los piratas han acondicionado como su base. Allí, Karraje alimenta el ego y la vanidad de Roch y éste se pone manos a la obra, terminando el mortífero artefacto. Hart consigue hacer llegar un mensaje al exterior dentro de una botella. Avisados del peligro, varios países reúnen una flota internacional y acuden a la isla justo cuando Roch termina de poner operativo el Fulgurador.
Esta narración de Verne no se encuentra entre las mejores de su carrera; ciertamente tiene
pulso y hay momentos interesantes, pero abunda en detalles inverosímiles por no decir absurdos (por ejemplo, Hart, que se supone es un espía, lleva un diario en el que anota todo tipo de información comprometedora) y el final horriblemente panfletario, patriotero e increíble deja mal sabor de boca. No es tampoco nuevo aquí el que sus personajes carezcan de profundidad: ni los ingenieros protagonistas ni el pirata consiguen conectar con el lector, que siempre los ve como figuras bastante planas que se limitan a cumplir con su papel incluso aunque el autor recurre a la narración en primera persona para tratar de introducirnos en la mente y emociones del personaje principal. El problema es que ahí dentro tampoco hay nada que resulte muy interesante o revelador. Simon Hart es una reencarnación del Marcel Bruckmann de "Los Quinientos Millones de la Begún": el francés valiente, inteligente, patriota y noble que lo arriesga todo por su país; en definitiva, un héroe plano, aburrido y sin matices.Ni siquiera el villano Karraje tiene el carisma y misterio de un capitán Nemo o un Robur por mucho que disponga de un vehículo submarino -invento que había dejado de ser una novedad en el momento de publicación del libro- y una tripulación internacional de fervientes seguidores. No es más que un simple delincuente que encarga sus armas a fábricas y astilleros (al contrario que los personajes citados, cuyas fantásticas máquinas eran producto de sus geniales inteligencias, ya fueran sumergibles o máquinas voladoras) y cuyo objetivo es el simple robo (mientras que las motivaciones de Nemo o Robur eran más complejas en el caso de uno y más fanáticas en el caso del otro). Descendientes suyos serían varios de los villanos de las películas de James Bond, con su acumulación de tecnología, sus ínfulas de conquistadores del mundo y sus guaridas secretas.
Parece ser que para el personaje del inventor loco, Thomas Roch, Verne se inspiró en el químico Eugène Turpin, inventor de un explosivo, la melinita. Éste había tratado de vender su descubrimiento al gobierno francés en 1885, sin conseguirlo (finalmente, la venta se llevaría a cabo y su invención se utilizaría ampliamente en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial). Sin embargo, Turpin nunca se volvió loco ni traicionó a su país vendiendo el secreto a otra potencia. Tan claro era el paralelismo que Turpin, irritado, demandó a Verne. Éste contrató como abogado a Raymond Poincaré -quien mas adelante llegaría a ser presidente de la República- y ganó el caso aun cuando los biógrafos del escritor encontraron en su correspondencia evidencias de que, efectivamente, Turpin sirvió de modelo para su personaje; personaje que también guarda semejanzas con Alfred Nobel, inventor de la dinamita y que después de hacer fortuna con la misma se horrorizó al ver el uso bélico que se hacía de ella.
Resulta interesante la transformación que experimentan en esta última etapa de la carrera de Verne sus héroes, quizá influido por el desarrollo de la CF más populista que triunfaba en Estados Unidos y sobre el que ya comentamos algo en una entrada anterior. Los sabios y hombres de ciencia tan queridos por Verne, símbolo de la cultura y el conocimiento enciclopédico y protagonistas de muchos de sus mejores libros (recordemos al entrañable Paganel de "Los Hijos del Capitán Grant", el profesor Aronnax de "Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino" o el irascible Lidenbrock de "Viaje al Centro de la Tierra", por nombrar sólo algunos) son sustituidos por ingenieros (encarnados aquí por Hart), que a finales del siglo XIX eran ya considerados como los héroes responsables del avance tecnológico y figuras a los que todos los niños y jóvenes aspiraban a emular.
El tema de Verne cobra en estos turbulentos días -en realidad lo ha venido haciendo desde la Segunda Guerra Mundial- una especial actualidad: el tráfico de armas, la preocupación por la posibilidad de que alguien pueda construir armamento de una potencia devastadora y la caza y captura por parte de los países -a través de medios pacíficos o no- de genios científicos que puedan diseñar esas superarmas. La figura del científico que, de grado o por la fuerza, trabaja en un artefacto ambicionado por los gobiernos de uno y otro signo resuena en la Historia con nombres célebres, como Werner Von Braun -responsable del éxito del programa de misiles norteamericano tras la Segunda Guerra Mundial- u hombres de ciencia desconocidos -como los físicos que en los ochenta participaron en el programa nuclear iraquí o que hoy se ocupan de los planes atómicos de Irán o Corea-, buscados por unos bandos y por otros.
La última guerra del Golfo nos ha familiarizado con la historia de una alianza de países que, como en la novela de Verne, decide unir fuerzas y superar sus diferencias en beneficio de un objetivo
común: destruir a aquél que se encuentra en posesión de un arma con la que puede amenazar los intereses de aquéllos. Por otra parte, la elección del archipiélago de las Bermudas como escondite del pirata y lugar alrededor del cual se producen misteriosas desapariciones de navíos -hundidos por el ingenio submarino del criminal Karraje- también resulta chocante (aunque hoy es bien sabido que esas islas jamás han registrado un índice de naufragios particularmente elevado, no siendo su leyenda más que un mito contemporáneo). La elección de Verne de esta localización vino motivada no porque en aquel momento estuviera relacionada con algún tipo de leyenda negra, sino por tratarse de un archipiélago cercano al continente americano -y a las posibles víctimas que surcaban la ruta Atlántica- cuyo tormentoso clima lo hacía ideal para la historia que deseaba contar.¿Era Verne un visionario, un profeta, un genio iluminado capaz de traspasar la niebla del futuro? En mi opinión nada de eso es cierto. Verne no se ocupó tanto de los problemas del futuro como de los de su presente. Él, como nosotros, vivió en una sociedad tecnológica y muchas de las cuestiones que preocupaban entonces siguen vigentes en mayor o menor grado. Sencillamente, y no es poco mérito, parte de su ficción ha encontrado un eco en la realidad contemporánea.












"La Guerra de los Mundos" se escribió cuando la expansión colonial británica se hallaba en su apogeo, a menudo interfiriendo o destruyendo culturas enteras. Así, la novela de Wells propone a los ingleses que se pongan en el lugar de los colonizados y vean lo que ocurre. Sin embargo, la mayor parte de los relatos que siguieron a la obra de Wells volvieron a recurrir a ficciones en las que se ponía a los lectores occidentales en la posición del colonizador. Un buen ejem
nidos eran menos proclives a estas paranoias de invasión, aunque las historias que Philip Francis Nowland escribió y dibujó para "Buck Rogers" (1928-1929) estaban situadas en una América del futuro conquistada por invasores asiáticos. Los escritores de CF que publicaban en las revistas pulp estaban mucho más interesados en invasores más exóticos.
traían regalos –aunque a veces éstos eran engañosos- y, ocasionalmente, mensajes importantes. “Adios al Amo” (1940), de Harry Bates, perdió buena parte de su sentido cuando recibió versión cinematográfica con el título “Ultimátum a la Tierra” (1951), pero a cambio ésta sirvió de mensajera del peligro nuclear. Aquel año 1951 también vio la primera versión de “La Cosa”, basada en un relato de John W.Campbell, “¿Quién va ahí?” (1938).
(1958).
La televisión británica se apuntó a la moda con seriales como las tres aventuras del Dr.Quatermass (1953, 1955 y 1958-59), “El Terror de Trollenberg” (1956-57) y “
En la literatura de los años cincuenta, "Amos de Títeres" (1951), de Robert A.Heinlein fue la primera de muchas novelas que, como en el cine, sustituían de forma nada sutil la amenaza del comunismo por invasiones alienígenas. En la novela de Heinlein, una especie de babosas parásitas procedentes de Titán (una luna de Saturno), aterrizan en Iowa y comienzan a adherirse a las espaldas de los humanos, controlando sus mentes. Usando estas marionetas humanas a voluntad, los alienígenas pronto se embarcan en un programa de conquista mundial. Buena parte del libro es mera propaganda anticomunista, en la que los gusanos pasan por ser quintacolumnistas rojos. De hecho, Heinlein se aseguró de que esta asociación quedara bien clara. Incluso se ocupó de dedicar unas líneas a los simpatizantes de los comunistas, subrayando que la única cosa más desagradable que una mente humana atrapada por una babosa es la idea de humanos que trabajaban voluntariamente en complicidad con las babosas, incluso sin tener un parásito adherido.
lizando guerra bacteriológica, un arma tan polémica en los cincuenta como en la actualidad y que sin embargo Heinlein defiende aquí con convicción. De hecho, uno de los mensajes clave del libro es que no sólo tenemos que estar siempre vigilantes, sino dispuestos a utilizar cuantos medios sean necesarios para derrotar a nuestros enemigos. Cuando el protagonista informa de la aparente destrucción total de todos los alienígenas en la Tierra, también avisa de que puede quedar alguno acechando en algún rincón del Tercer Mundo, como el Amazonas. Entretanto, los norteamericanos se preparan para lanzar un asalto genocida contra el mismísimo Titán. El libro finaliza con el protagonista acompañando a la misión y exclamando: "Amos de títeres, los hombres libres van para mataros! ¡Muerte y destrucción!"
Una de las historias de invasiones alienígenas más conocidas de la década de los cincuenta fue "La Invasión de los Ladrones de Cuerpos", de Jack Finney, serializada en la revista Collier´s en 1954 y publicada como novela en 1955 con el título acortado "Los Ladrones de Cuerpos". A
La novela de Fin
del film como una sutil crítica a la histeria anticomunista: la película sugeriría que la posibilidad de que los comunistas se hicieran con el control de América era tan pequeña como que vainas del espacio exterior llegaran a la Tierra, crecieran hasta convertirse en réplicas perfectas de seres humanos y los reemplazaran. Por otra parte, los responsables de la película (así como el autor de la novela original) negaron repetidamente ninguna intención alegórica. Simplemente deseaban hacer una historia de suspense sobre invasores alienígenas. Sea como fuere, la película sigue siendo hoy un clásico de la década de los cincuenta y es gracias a ella que se recuerda todavía la novela de Finney
de films de invasiones extraterrestres de los cincuenta, quiero volver a una mencionada por la importancia que tiene dentro del género: "Ultimatum a la Tierra" (1951), dirigida por Robert Wise y que, lejos de alimentar la histeria anticomunista de la época, es un canto a la paz y comprensión mundiales y un aviso de que la carrera armamentística de la Guerra Fría podría llevar a un desastre planetario. Aquí, el mesiánico Klaatu (Michael Renny), acompañado por su imponente robot Gort, llega a la Tierra en son de paz, pero es recibido con temor y violencia. Sin embargo, consigue sobrevivir para lanzar un mensaje de advertencia: la civilización humana será destruida por una fuerza robótica intergaláctica si extiende su violencia más allá de la Tierra. Este rechazo a la carrera armamentística fue una apuesta valiente en un momento en el que la propia Hollywood se hallaba bajo el asedio de los cazacomunistas de Washington. El éxito del film demostró que la ciencia ficción, al considerarla el público en general disociada de la realidad contemporánea, puede servir fácilmente como plataforma para una crítica social y política que resultaría demasiado polémica expresada a través de un género más convencional.
arrepentirse de la xenofobia implícita en buena parte de la literatura pulp. “El fin de la infancia” (1953) de Arthur C.Clarke es una de las mejores historias de “invasión” en las que se condenaban los prejuicios antialienígenas. En ella, los aliens son fundamentalmente benévolos: utilizando tanto una tecnología avanzada como el puro engaño, un contigente de extraterrestres conocidos como Superseñores establece su dominio sobre la Tierra, imponiendo leyes destinadas a impedir que la raza humana destruya lo que queda del planeta. Una de esas reglas, por ejemplo, prohibe la crueldad a los animales. Otra establece la creación de un solo Estado Mundial que deja el concepto de nación obsoleto. El gobierno de los Superseñores, liderados por el Supervisor Karellen, conduce a una era de paz y prosperidad sin precedentes. Pero no son pocos los que encuentran esta existencia utópica aburrida y carente de desafíos. El arte y la creatividad se apagan aplastadas por la supremacía de la televisión. Y, mientras tanto, los Superseñores permanecen escondidos, misteriosos. Durante más de medio siglo nadie los ha visto y cuando por fin se revelan ante la humanidad, resultan tener la apariencia de demonios (lo que viene a demostrar que los mitos y las "memorias raciales" no son sino un eco del futuro).
Finalmente, se descubre que los Superseñores han venido a la Tierra siguiendo instrucciones de sus amos, una especie de Supermente, fusión de la conciencia colectiva de multitud de especies y dotada de
Los Superseñores continúan supervisando la vida del resto de la humanidad (aquellos que no tienen capacidades mentales) aunque, sin un futuro a la vista, muchos se suicidan, solos o en masa. Los "nuevos niños", mientras tanto, se trasladan a una zona separada. Los humanos "normales" acaban muriendo. Excepto uno, Jan Rodricks, un estudiante de ingeniería que había pasado ochenta años viajando a bordo de una nave de los Superseñores hasta el mundo hogar de éstos para contemplar sus maravillas. Cuando regresa a la Tierra y debido a la relatividad temporal, él sólo ha envejecido cuatro meses, pero ya no quedan hombres como él sobre el planeta. Mientras los niños se preparan para unirse a la Supermente, los Superseñores evacúan la Tierra, dejando a Jan atrás para que les retransmita la completa disolución de nuestro planeta.

















