jueves, 1 de abril de 2010

1888-EL AÑO 2000: UNA VISION RETROSPECTIVA - Edward Bellamy


Aunque las utopías fueron populares durante todo el siglo XIX, una en particular disfrutó de mayor influencia que las demás: “Looking Backward 2000-1887” de Edward Bellamy, no sólo se convirtió en un superventas, sino que llegó a inspirar la creación de un partido político. En 1930, el libro fue nominado por un grupo de pensadores americanos (entre ellos el célebre analista John Dewey) como uno de los más influyentes e importantes de los últimos cincuenta años.

Antes de que H.G.Wells inventara la máquina del tiempo, el único modo de llegar al futuro distante era dormir y dormir. Este método fue empleado por L.S.Mercier en “Recuerdos del Año Dos Mil Quinientos” (1771) o “Dentro de Trescientos Años” (1836) de Mary Griffith. Bellamy recurrió a este artificio narrativo para llevar a su personaje al año 2000. Aunque la máquina del tiempo de Wells lo cambiaría todo, curiosamente, el propio escritor no volvería a utilizar su artilugio otra vez y usaría el gastado “método” de la animación suspendida en “Cuando el Durmiente Despierte” (1899)

Como en Europa, el desarrollo de la ficción especulativa a finales del siglo XIX había estado lastrada por la falta de marcos narrativos convincentes. Trabajos que intentaron ir algo más allá fueron los de Edward Bellamy, como “Dr.Heidenhoff´s Process” (1880) o “The Blindman´s World” (1886), aunque nunca dejaron de ser formulaciones de visiones fantásticas. Pero el propio Bellamy consiguió superar ese punto débil con “Looking Backward 2000-1887”, cuyo último capítulo desafió las convenciones al negar que todo había sido un sueño tal y como era la norma en estos relatos con protagonistas “durmientes”.

Julian West es un rico bostoniano con problemas de insomnio. Para conciliar el sueño utiliza el trance hipnótico. Pero un día, el procedimiento falla y por una serie de increíbles accidentes, se despierta vivo y sin haber envejecido un ápice en al año 2000. Gran parte de la novela consiste en discursos de su guía, el amable Doctor Leete, acerca las maravillas del Boston del último año del siglo XX. La idea base de la sociedad era la sumisión del individuo a la comunidad y la nación, mientras que ésta le protege y satisface sus necesidades –o lo que la comunidad establece que son sus necesidades.

West descubre una especie de armoniosa América colectivizada basada en los principios del nacionalismo y la “religión de la solidaridad”, de la que se han eliminado la pobreza y la miseria asociadas con el capitalismo y el individualismo del pasado. Es un lugar de igualdad universal en los ingresos independientemente de la tarea que se realice. Los ciudadanos, al no poder legar sus bienes a sus hijos, no tienen interés alguno en acumular capital y el Estado pasa a monopolizar todas las fuentes de riqueza y a ser el único propietario de tierras y fábricas. El Estado otorga a cada persona una línea de crédito, representada por una tarjeta, en la que se marcan sus compras en los almacenes públicos.

Todo el mundo, hombres y mujeres, trabajan en el Ejército Industrial en las tareas para las que son más adecuados, hasta llegar a un tranquilo y próspero retiro a los 45 años, momento a partir del cual se dedican a cultivar su espíritu a través de sus aficiones particulares. Aquellos que no se ajustan son enviados a un confinamiento solitario hasta que pongan en orden sus ideas. Bellamy subraya en todo momento la eficacia: comer en comedores comunales, y comprar ropas en grandes almacenes, así como desarrollar fuertes sentimientos comunitarios. El peligroso individualismo del siglo XIX es representado por una pintura de gente caminando bajo la lluvia, cada uno bajo su propio paraguas y mojando al viandante más próximo; los bostonianos del año 2000 están todos protegidos por porches públicos sobre las aceras.

A nivel internacional, menciona que Europa, Australia, México y América del Sur, han llegado a un sistema similar, formando una especie de Consejo Internacional regulador aunque conservando cada nación su propia autonomía. África y Asia no se mencionan, ni siquiera como colonias. Bellamy probablemente las consideraba demasiado atrasadas como para poder evolucionar en cien años hasta el grado que imaginaba.

El lujo individual ha desaparecido, siendo sustituido por la suntuosidad pública. El estado es el propietario de las tiendas, los comedores públicos, las galerías de arte y los centros de ocio. No existen ya guerras, ni tampoco partidos políticos, sólo burócratas. Además, como resulta imposible enriquecerse pues todos los bienes pasan al Estado, la corrupción es cosa del pasado.

Curiosamente, el autor no elimina la religión ni la familia como unidad básica de la sociedad. Como dice la introducción a la edición francesa contemporánea de la obra: “Un cerebro anglosajón puede muy bien imaginar una sociedad sin ricos ni pobres, sin Bolsa ni policía, y hasta sin pianos; pero no sin el “sweet home” ni el sermón del domingo”.

Por otra parte, la mujer en la utopía de Bellamy se ha independizado económicamente, pero lo cierto es que no parece que haya progresado mucho más, al menos en la mente del escritor. No menciona en absoluto que pueda llegar alguna vez a ocupar los más altos puestos dentro de la jerarquía. “En ningún caso se permite a una mujer realizar una ocupación que no esté perfectamente adaptada a su sexo, tanto por su carácter como por la intensidad del esfuerzo exigido […] Los hombres de nuestra época comprenden tan bien que la belleza y la gracia de la mujer son el mayor encanto de sus vidas y el principal estímulo de su actividad que si permiten a sus compañeras trabajar es únicamente porque está reconocido que cierta cantidad de trabajo regular, de un género adaptado a sus medios, les es saludable para el cuerpo y para el espíritu”. El matrimonio –aunque ahora sólo por amor- sigue siendo el único tipo de relación entre sexos sancionado favorablemente por la sociedad. Desde luego, Bellamy era reformista sólo hasta cierto punto.

La “utopía” de Bellamy, aunque no carente de interés, es sólo un ejemplo más de un subgénero extraordinariamente prolífico durante el siglo XIX. Es por ello sorprendente la popularidad y el impacto que llegó a cosechar un relato tan poco sofisticado políticamente. En unos años tras su publicación, fue traducida a las principales lenguas del mundo; cientos de clubs se fundaron para apoyar los ideales colectivistas de Bellamy y se creó incluso un partido político nacionalista en Norteamérica que llegó a tener un considerable éxito. Sus detractores, ya fuera por intereses partidistas o por preocupaciones ideológicas más amplias, no tardaron en publicar sus respuestas. Hacia 1900 ya se habían editado en Estados Unidos más de 60 libros inspirados por Bellamy. El más famoso de los anti-Belamistas fue el poeta, escritor y diseñador británico William Morris, cuyo “News From Nowhere, or An Epoch of Rest” (1891) detalla una Inglaterra del futuro ideal, antiindustrial y rural, que recuerda a la Edad Media más que a cualquier extrapolación del progreso industrial y tecnológico. El libro de Morris fue una antítesis intencionada a la visión colectivista de Morris; su representación de la sociedad perfecta tiene una belleza especial y aún se publica –la comentaremos en una entrada futura-. Para muchos socialistas es una especie de texto de referencia, aunque ya ha perdido su intención original como respuesta a “Looking Backward... “

A menudo se ha dicho, y yo lo suscribo plenamente, que la Ciencia Ficción, contra lo que podría creerse, no versa sobre el futuro, sino sobre el presente, al menos el del momento en que se escribió una obra determinada. Dicha aseveración queda más que demostrada con la obra que comentamos aquí. Generalmente, profetizar sobre lo que le depara a la humanidad a la vuelta de la esquina es un ejercicio fútil, porque no hay forma de saber con certeza ni los cambios que sobrevendrán ni cómo la sociedad se adaptará a ellos.

Edward Bellamy inicia el libro con una severa crítica al capitalismo como sistema económico. Tenía sentido. En aquellos años, la sociedad aún no había conseguido librarse de los aspectos más negativos de la industrialización. Los obreros trabajaban muchas horas a cambio de un magro salario, se apiñaban en viviendas mugrientas, no disfrutaban de coberturas sociales ni legislación que les protegiera de accidentes o abusos ni tenían acceso a las comodidades o lujos que se permitían sus empleadores. Era muy difícil romper la barrera entre clases y tan sólo muy contados individuos conseguían ascender en la escala social, para olvidar inmediatamente sus orígenes e identificarse plenamente con los valores propios de su nueva condición de privilegiados. Las ciudades estaban sucias y abarrotadas, la especulación y la falta de abastecimiento eran algo habitual…

Ni Bellamy ni muchos otros escritores utópicos –ni filósofos o políticos de la época- pudieron imaginar que la agitación obrera, el descontento social y las huelgas que parecían amenazar el corazón mismo del sistema, acabarían desvaneciéndose cuando la inmensa mayoría de la clase obrera pasó a ingresar las filas de la burguesía merced a una lucha dura y difícil por sus derechos. Hoy, cualquier operario no cualificado dispone de coche, televisión por cable y teléfono móvil y parece poco probable que aceptara de buen grado la destrucción del sistema capitalista que le da de comer para sustituirlo por la incierta utopía de Bellamy. De hecho, la experiencia nos ha enseñado que intentos de aproximarse a ese mundo ideal han supuesto sonoros fracasos, cuando no horribles tragedias.

A lo largo de todo su discurso Bellamy obvia la naturaleza humana, intentando convencernos de que toda crueldad, corrupción y crimen son fruto de los fallos del sistema capitalista y su inseparable individualismo y codicia. La experiencia nos dice que incluso en sistemas políticos y sociales con todo tipo de controles, democráticos o dictatoriales no se podrán evitar totalmente los males a los que aludía el escritor. Es un socialismo que, sencillamente, no puede existir.

Eso sin contar que resulta tremendamente aburrido. En el mundo de Bellamy, las cosas han llegado a un punto de excelencia en el que no parece haber demasiados incentivos para cambiar nada. Todo funciona, todo el mundo es feliz y reina la paz, la prosperidad y la armonía. Aunque el autor insiste en que existe espacio para la iniciativa privada en ámbitos como el arte, la literatura o el periodismo, su planteamiento –que el omnipresente y omnipotente Estado no ejercerá censura ni control puesto que nadie en su sano juicio osará cuestionar ni atacar el sistema- resulta implausible para cualquiera que conozca mínimamente la naturaleza de los grandes organismos públicos y la dinámica de masas.

Y es que tiene mérito el que la optimista visión de Bellamy calara tan hondo teniendo en cuenta que plantea un programa social por lo demás repelente. Su América del futuro está basada en un modelo militar, obreros y mujeres carecen del derecho a voto y hay una fascinación casi eugénica por la pureza racial. Es más, existe una oscura grieta entre lo que se describe y lo que se implica. El sistema, según nos cuenta, está basado en el trabajo, pero lo único que se nos muestra es a los habitantes de la utopía en sus ratos de ocio. De forma poco honrada, Bellamy describe todos los beneficios de esta sociedad centralizada y ninguno de los inconvenientes. Es el tipo de espejismo marxista que los comunistas enarbolarían como propaganda en el siglo XX mientras sometían a sus ciudadanos a la represión y demostraban que la economía estatalizada es receta segura, no para la plenitud y la satisfacción de las necesidades, sino para la carestía y la corrupción. Resulta paradójico que el creador de esta utopía fuera un reformista norteamericano que no había leído a Karl Marx.

Aunque no pudo predecir cómo sería la sociedad del futuro, el libro apunta algunos detalles clarividentes: Bellamy nos habla de centros comerciales (aunque los llama Great City Bazaar, ¿no es mucho mejor nombre?), tarjetas de crédito, utilización generalizada de la luz eléctrica, el hilo musical, despertador con música o sermones religiosos por teléfono. Aunque el modelo social general ha experimentado un cambio radical, éste no va acompañado de otro tipo de transformaciones más cotidianas que harían de ese futuro algo más creíble; por ejemplo, la música que se escucha sigue siendo clásica, la gente viste y se expresa tan estiradamente como en el siglo XIX. Y es que Bellamy, al fin y al cabo, no era un escritor de CF, sino un ensayista político.

La novela tiene un estilo ágil y directo, propio de la profesión periodística de su autor, si bien se ve algo perjudicada en su ritmo y argumento por hallarse más preocupada en exponer sus ideas que en construir una auténtica historia. De hecho, no se puede decir que exista un argumento propiamente dicho –básicamente son monólogos o diálogos de carácter didáctico- hasta los últimos capítulos, donde aparece una increíble historia de amor horriblemente cursi que no añade nada sustancial al discurso principal-. Bellamy quería exponer su doctrina política sobre todo lo demás y pensó que hacerlo en forma de novela resultaría más comercial que si aparecía como un ensayo. A tenor del éxito cosechado, estuvo en lo cierto.

Leer este libro hoy puede suponer un ejercicio interesante por varios motivos. En primer lugar, descubrir que el sustrato del socialismo y el comunismo existía ya de forma independiente al pensamiento de Marx y otros teóricos. En segundo lugar, el de descubrir, con la perspectiva que nos da el tiempo y la Historia, la distopia cuidadosamente oculta dentro de una utopía teórica.

Bellamy, más iluso que visionario, no nos hablaba del futuro, sino de lo que ansiaba su presente.


((((El libro está fácilmente disponible a través de Internet en diversas páginas de descarga. En español, a través de Iberlibro es aún posible hacerse con la edición que Abraxas hizo en el año 2000, si bien su traducción es bastante mala y repleta de errores.)))

lunes, 22 de marzo de 2010

1889-EL ÚLTIMO AMERICANO - John Ames Mitchell


Una de las imágenes más famosas de la ciencia ficción es aquella que aparece en la escena final de "El Planeta de los Simios": la mitad de la Estatua de la Libertad varada en una playa, símbolo de lo efímero de la gloria de los imperios. Recuerdo haber visto la película siendo un niño y la manera en que me impactó (curiosamente, aquel momento, uno de los más recordados de la CF cinematográfica, no estaba en la novela original de Pierre Boulle, cuyo desarrollo difería bastante del film).

La ficción sobre el ocaso de la civilización capitalista no era ni mucho menos nueva (recordemos ficciones apocalípticas comentadas en otras entradas, como "El último hombre" o "After London", escritas por autores ingleses). Sin embargo, el mundo se transformaba con rapidez y al terminar el siglo XIX, las ciudades habían acelerado aún más su papel de motores del cambio en todo tipo de ámbitos: cultura, economía, sociedad... todo nacía y se desarrollaba en las grandes ciudades del mundo occidental. De ahí que los escritores, al reflexionar sobre lo fugaz de los imperios y las causas de los derrumbes de los mismos, pusieran sus ojos en esas mismas ciudades. Si ellas son el centro de la nueva civilización, también pueden ser la causa de su muerte.

Cuando John Ames Mitchell escribió en 1889 "The Last American", la estatua de la Libertad sólo llevaba tres años en la bahía de Nueva York, pero ya se había convertido en un poderoso icono que iba a representar tanto las esperanzas del mundo como, en un hipotético futuro, el recuerdo de su caída.

La historia es un diario ficticio escrito en primera persona por el almirante persa Khan-Li, al mando de una expedición que parte hacia lo desconocido en el año 2951. Para entonces, el mundo ha sido devastado por catastróficos cambios climáticos, hundiendo la civilización a niveles preindustriales. Sólo ahora, mil años después, comienza el hombre a recuperarse del golpe sufrido. Norteamérica no es más que un mito, una leyenda, y pocos creen que su existencia fue alguna vez real. Atravesando el océano Atlántico, los exploradores persas llegan a las costas de Merhika, en tiempos una gran nación. Nh-York, su mayor ciudad, no es ahora más que un montón de evocadoras ruinas. Los exploradores suben a los restos de la destruida Estatua de la Libertad y uno de ellos, emocionado por la visión, escribe: “la extensión de la ciudad es asombrosa… Por todas partes se extienden ruinas y más ruinas. Nunca hubo un panorama más melancólico… No puedo seguir escribiendo. “

El libro es un examen satírico de las costumbre estadounidenses de la época de acuerdo a las conclusiones a las que llegan los persas a partir de los restos que hallan. Además de un aviso del peligro que constituían -entonces y ahora- determinadas tendencias, el relato representa también una especie de homenaje/burla a los trabajos arqueológicos (reflejado en los intentos de extraer de las ruinas un significado) que entonces se llevaban a cabo, especialmente en Egipto, reconstruyendo la historia y tradiciones de esa antigua cultura. La arqueología moderna estaba naciendo en aquellos años –al igual que la CF- y los descubrimientos que se iban realizando disfrutaban de una gran publicidad en la prensa.

En fin, las conclusiones que extraen los aventureros persas de los restos de la catástrofe son inquietantemente familiares para un lector moderno: un país obsesionado por la satisfacción de sus apetencias y el dinero, dominado por el comercio desaforado y centrado en un estilo de vida egoísta y superficial: "[las ruinas] permanecen como una moraleja del destino de los Mehrikanos (...) su rápido crecimiento, su gran número, su maravillosa ingenuidad mecánica y su súbita desaparición..." ; desaparición que, finalmente, sobrevendrá encarnada en un cambio climático -si bien Mitchell no establece una clara relación directa entre desarrollo y clima-. Si hiciéramos un resumen del argumento sin citar su procedencia, probablemente se pensaría que fue escrito en época muy reciente y no hace 120 años.

Resulta irónico que sean precisamente los persas, los actuales iraníes, los que redescubran Estados Unidos en el futuro. Por supuesto, Mitchell nunca pudo predecir la evolución histórica de Irán; por entonces, ni siquiera tenía una entidad política independiente -aunque sí cultural- formando parte del Imperio Otomano. Seguramente, los ayatollahs del Irán contemporáneo estarían encantados de leer este relato sobre unos Estados Unidos consumidos por su propio estilo de vida.

John Ames Michell (1844-1918) fue uno de esos hombres cada vez más difíciles de encontrar en estos tiempos de superespecialización. Editor, arquitecto, escritor, filántropo y artista, su legado más duradero fue la fundación de la revista “Life”, que en sus inicios no estaba tan centrada en aspectos de sociedad adornados con abundantes fotos y sí en prestar sus páginas a escritores de muy diverso estilo, representativos de todo el espectro literario del momento. Él mismo fue autor de media docena de novelas, entre ellas este "El Último Americano". Eran tiempos en los que no se había acuñado el término "ciencia ficción", ni siquiera se consideraba como un género específico. A diferencia de lo que ocurre hoy, cuando la CF es un coto cerrado en el que los autores de ficción "convencional" no se aventuran, en aquellos tiempos pioneros, los escritores cultivaron todo tipo de géneros. Prácticamente todos los escritores que hemos revisado en este blog –y la mayoría de las próximas entradas, escribieron relatos cubriendo una amplia gama temática y ninguno, de Julio Verne a Jack London, de Edward Page Mitchell a Rudyard Kipling, se centró exclusivamente en la ficción especulativa.

El relato fue por fin editado en forma de libro en 1893 y fue un gran éxito en su momento –en 1902 ya contabilizaba siete ediciones- aunque hoy, por alguna razón que no alcanzo a comprender, no es fácil encontrar referencias del mismo en los manuales o las páginas web especializados. No se trata de un relato largo y hoy día, si se puede leer en inglés -no me consta que exista edición española-, lo más sencillo es descargárselo de internet en el Proyecto Gutemberg

domingo, 14 de marzo de 2010

1887-LA EDAD DE CRISTAL - W.H.Hudson


El último tercio del siglo XIX y los primeros años del XX, antes de que el infierno de la I Guerra Mundial diera un vuelco a los temas que exploraba la CF, vieron la luz un buen número de obras en las que se describían sociedades utópicas, con o sin serpiente escondida. Hemos visto ya varias de ellas: "La raza venidera", "El periodo fijo", la Franceville de "Los quinientos millones de la Begún"... La particularidad del libro que comentamos en esta entrada reside en su carácter precursor del misticismo ecológico, sobre el que el autor volvería en otra obra bastante posterior y más conocida, "Mansiones Verdes" (1904), la cual recibiría una adaptación cinematográfica -bastante mediocre por cierto- protagonizada por Audrey Hepburn y Anthony Perkins.

"La Edad de Cristal" está narrada en primera persona por un viajero y naturalista que recobra la conciencia tras una caída. Las raíces de los árboles y plantas rodean su cuerpo, lo que le da a entender que ha pasado un largo periodo de tiempo aun cuando su cuerpo, por alguna razón, no ha envejecido. No tarda en encontrar a una extraña gente que celebra un funeral e inmediatamente se enamora de una jovencita de extraordinaria belleza, Yolleta (H.G.Wells plantearía la misma situación romántica no muchos años después en "La Máquina del Tiempo").

Obsesionado con la joven, el protagonista intenta integrarse y trabajar dentro de la peculiar comunidad del futuro. Se da cuenta rápidamente de que esa nueva sociedad tiene poco que ver con la que él conocía: aun cuando la forma de vida es comunal, han desaparecido las ciudades; la lengua que utilizan es el inglés, pero la escritura ha cambiado totalmente; no existe la propiedad privada, la gente es vegetariana y se encuentra fuertemente unida a la Naturaleza; su esperanza de vida llega a los doscientos años, llevando una existencia en armonía con el entorno y carente de torbellinos sentimentales.

Es precisamente ahí donde reside la serpiente de este aparente paraíso: los humanos de este lejano futuro han conseguido construir un mundo utópico, sí, pero no sin sacrificar la sexualidad y el amor. Sólo los líderes de la comunidad (conocidos como el Padre y la Madre de la Casa) tienen permitido reproducirse. Al descubrir este hecho, el viajero temporal se da cuenta de que su amor por Yolletta nunca será correspondido. El narrador expresa tanta amargura ante esa revelación que uno casi podría asegurar que el propio Hudson pasó por una experiencia de rechazo semejante. El relato termina con un final sorprendente e inesperado que parece en contradicción con el tono pastoral del resto de la obra.

William Henry Hudson (1841-1922) nació en Argentina y pasó su juventud estudiando la fauna y la flora de lo que entonces era un territorio fronterizo y salvaje de la provincia de Buenos Aires. En 1869 se estableció en Inglaterra y se dedicó a publicar libros especializados en ornitología y acerca del campo inglés cuya influencia sería capital en el movimiento de "regreso a la Naturaleza" de la década de los veinte y treinta del siglo siguiente.

En "La Edad de Cristal" concurren tres subgéneros característicos de la CF: el viaje en el tiempo, la novela postapocalíptica y la utopía.

Hudson no era un hombre particularmente versado -ni interesado- en los avances tecnológicos o teorías físicas. En lugar de optar por la solución de enviar a su protagonista a algún lejano y escondido rincón del planeta que albergara alguna raza perdida, prefirió mandarlo al futuro, pero no usando ningún artefacto de misterioso funcionamiento (como la máquina temporal de Wells), sino haciendo uso de otro recurso mucho más popular en aquellos años: el místico. De alguna manera, tras un trauma físico y mental, el individuo se encuentra "trasladado" al futuro -en otras novelas era a otro planeta- sin que su cuerpo haya sufrido cambio alguno.

Otro de los temas de la CF, la del apocalipsis que destruye el mundo actual para dar paso a uno mejor, es hoy bastante convencional, aunque en tiempos de Hudson no estaba tan manido. Al fin y al cabo, el apocalípsis narrado en "El Último Hombre" de Shelley termina con la aniquilación total de la raza humana; en "After London", la sociedad resultante tras el cataclismo, aunque más apegada a la Naturaleza, no se puede decir que fuera mejor que la anterior. Hudson se refiere también a una calamidad en la que todo lo que conocemos y damos por sentado queda fulminado como colofón a un proceso de degeneración y corrupción que venía afectando al mundo desde largo tiempo antes.

Lo poco que queda de la especie humana se recompone sobre bases más sencillas y una cultura más sana y razonable. La utopía que buena parte de los autores solían construir a partir del apocalipsis solían ser mundos ideales edificados en base al progreso técnico. Veremos en próximas entradas obras que seguían esta tendencia, como "Looking Backwards" (1893) de Edward Bellamy o "Una Utopía Moderna" (1905) de H.G.Wells. Pero no todo el mundo veía el avance tecnológico con ojos optimistas. Richard Jefferies, en su "After London" (188 ) es un buen ejemplo de esa escuela de pensamiento que abogaba por la vuelta al mundo agrícola.

"La Edad de Cristal" pertenece claramente a la segunda categoría. La única tecnología que aparece en el libro es un sistema de esferas de cobre que producen una especie de música ambiental. Por lo demás, no tienen ningún tipo de máquina o herramienta compleja más allá de los aperos de labranza más básicos. Como solía ser también común en las utopías de la época, aflora la cuestión de la inversión de los géneros -la sociedad futurista es matriarcal- y la represión sexual. Efectivamente, no sólo el protagonista ve frustrados sus intereses en ese sentido con la bella Yolleta, sino que la propia sociedad ha tenido que recurrir a la abstinencia sexual como alternativa a una explosión demográfica de dimensiones maltusianas. Si echais un vistazo a la entrada de "La Raza Venidera", encontrareis los mismos temas quince años antes.

La novela no escapa a lo que hoy es un defecto común en muchos libros de la época: un estilo ampuloso y recargado, con profusas descripciones muy del gusto victoriano. Así, las opiniones sobre esta obra pueden ser muy diversas según el gusto de quien las emita. Para unos, es una obra lírica, con una suave ironía, una elegía que aboga por el regreso al mundo natural y el rechazo de la locura industrial. Para otros, es un libro que no ha soportado el paso del tiempo, cursi, dulzón y amanerado. Desde mi punto de vista, aunque el estilo puede ser bastante, creo que conserva mucho de su interés por su carácter precursor de determinados movimientos sociales (de los que el hippy -con la excepción de su actitud hacia el sexo- es el más conocido) y por la ambigüedad de la utopía que plantea: ¿compensa la paz social el sacrificio de las emociones y sentimientos?

Por otra parte, "La Edad de Cristal" es una notable muestra de cómo, fuera de Francia, la influencia de Verne era menor de lo que podría esperarse dada la fama de algunas de sus novelas. Ciertamente, hubo bastantes imitadores del estilo verniano, pero en la mayor parte de los casos sus intentos quedaron restringidos a la novela juvenil. Otros autores, como W.H.Hudson, siguieron una vena más antigua de ficción utópica y futurista que mantuvo su interés durante más tiempo que las aventuras científicas del famoso escritor francés.

Existe una edición española por parte de Minotauro en el año 2004.

Desde internet, se puede descargar aqui.





viernes, 12 de marzo de 2010

1886 / 1904 - ROBUR EL CONQUISTADOR - DUEÑO DEL MUNDO - Julio Verne


El hombre siempre ha soñado con volar. Ícaro, símbolo temprano de ese anhelo, forma parte de nuestro legado cultural. Escritores, artistas e inventores como Leonardo da Vinci mantuvieron vivo el sueño hasta que a finales del siglo XVIII los hermanos Montgolfier elevaron sus primeros globos, primero con animales a bordo y, después, en octubre de 1783, con pasajeros humanos. Se había abierto un nuevo camino no solo para los sueños, sino para la ciencia y la tecnología.

Julio Verne había explorado, tal y como hemos visto en entradas anteriores, diversos aspectos de la ciencia de la época, algunas veces ajustándose a lo que en su momento ya existía ("Cinco semanas en globo", "La ciudad flotante"); imaginando artefactos e ingenios que eran evoluciones perfeccionadas de inventos aún en una fase primitiva, como el submarino "Nautilus" de "Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino"; o, en menos ocasiones, desarrollando conceptos netamente futuristas, como en su serie de la Luna. En “Robur el Conquistador”, el escritor galo aborda el tema de la navegación aérea, que por entonces comenzaba a cobrar ímpetu, si bien los avances efectivos eran aún escasos.

Como de costumbre, un misterio abre esta novela. Por todo el planeta, misteriosos sonidos, vagas luces provenientes del cielo y banderas que aparecen clavadas en lugares inaccesibles desconciertan a los habitantes de ambos hemisferios. Ningún observatorio parece ser capaz de confirmar o explicar el fenómeno. Se nos presenta a continuación un club muy peculiar, creado a semejanza del Baltimore Gun Club que Verne había ideado para "De la Tierra a la Luna": el Instituto Weldon de Filadelfia, un nido de lunáticos, apasionados defensores de los globos y dirigibles aerostáticos cuyo objetivo autoimpuesto es encontrar la manera de idear un método para maniobrarlos con eficiencia. Durante uno de sus debates, aparece un extraño personaje que dice llamarse Robur y que de forma insultante se burla de sus teorías defendiendo que el único medio de volar es con máquinas más pesadas que el aire. Los ánimos se soliviantan y Robur desaparece misteriosamente cuando los miembros del instituto se disponían a agredirle.

Aquella misma noche, el presidente y secretario del Instituto Weldon y el criado negro del primero, son secuestrados y llevados a lo que resulta ser una nave voladora, el Albatros. Básicamente se trataba de una especie de navío con hélices en sus mástiles en lugar de velas y que, como ocurre en un helicóptero, mantienen al aparato en el aire. Dos hélices, una a proa y otra a popa actúan como propulsores. La energía eléctrica necesaria para mover los motores provenía de unas pilas eléctricas de composición química desconocida. La nave, además, es invulnerable gracias a que su fuselaje está construido de papel comprimido y tratado para resistir cualquier ataque.

El ingenio resulta ser propiedad de Robur, quien lo maneja con ayuda de media docena de silenciosos y anónimos tripulantes. Ha llevado a cabo el secuestro de los dos sabios -que eran acérrimos enemigos entre sí hasta que se encuentran unidos en su papel de víctimas- con el supuesto propósito de demostrar la genialidad de su invención. A tal fin, durante tres semanas, recorre los cielos de todo el mundo, desde Norteamérica hasta Asia, desde Europa hasta África, llegando incluso al Polo Sur. El presidente y secretario, hartos de su cautividad y frustrados por ver sus teorías superadas por las de Robur, le exigen que les ponga en libertad. Ante la negativa de éste, urden un plan para destruir el Albatros.

"Robur el Conquistador" no es una novela brillante o novedosa, al menos en lo que se refiere a su estructura y desarrollo. Verne seguía aquí un esquema que había probado su éxito en novelas anteriores pero cuyos elementos eran ya de sobra conocidos. Las líneas generales son demasiado parecidas -por no decir iguales- a las de "Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino": el misterioso fenómeno que resulta ser una máquina avanzada, el secuestro de los protagonistas, el enigmático capitán de oscuro pasado, el largo viaje alrededor del mundo, ... Pero a diferencia de aquella, aquí no encontramos emoción, drama, personajes cautivadores o momentos inolvidables (me remito a la entrada en la que comentaba esa novela). Robur, el trasunto de Nemo, carece de personalidad alguna. Van pasando las páginas y lo único que sucede es que el Albatros viaja de un sitio a otro sin detenerse en ninguna parte y, por tanto, sin dejar que sus pasajeros interactúen con los paisajes que van contemplando desde el aire. Hacia el final, cuando estalla una tormenta y el aparato volador se encuentra atrapado en un peligroso ciclón, las cosas se animan algo más. El desenlace, aunque inverosímil, tiene también algo más de gracia pero, por lo demás, el conjunto es bastante soso.

Los defectos de Verne, ya comentados en otras ocasiones, siguen ahí: su manía de llenar páginas con fechas y nombres que no aportan nada a la narración; o su racismo, aquí representado por Frycollin, el criado negro. Como en obras anteriores, podemos entender que Verne no hacía sino reflejar unos prejuicios comunes en la época, pero hoy resultan ofensivos a nuestra sensibilidad. La obra tiene todos los visos de tratarse de un encargo solventado deprisa y con pocas ganas.

Si el libro tiene tantos defectos, ¿por qué entonces dedicarle un espacio en esta selección de obras de CF? Pues porque aunque el desarrollo es desacertado, el tema sí es novedoso. Verne fue, también aquí, un pionero en plantearse de manera seria el asunto de la navegación aérea. Hemos visto en entradas anteriores ("Hans Pfaal") el uso de globos para volar e incluso alcanzar otros cuerpos celestes, pero la visión de Verne supuso una novedad al plantear un debate interesante aunque hoy ya superado: los defensores de aparatos más ligeros que el aire -globos aerostáticos y dirigibles- dirigidos por hélices y timones; y aquellos que, como Robur, abogaban por la utilización de máquinas más pesadas que el aire impulsadas por motores. El escritor no contempló en esa pugna (aunque sí los menciona con poco convencimiento) los inventores que trataban de desarrollar aquellos ridículos aparatos que querían imitar el vuelo de las aves.

Aún faltaban casi veinte años para que los hermanos Wright hicieran volar por primera vez un avión y Verne llegaría a vivir aquel suceso trascendental. Pero en 1886, todavía quedaban por realizar muchos experimentos y no estaba claro qué camino seguiría la ingeniería. El Albatros -o cualquier cosa que se le pareciera-, sin embargo, nunca llegaría a construirse. Verne no acertó en esta ocasión con el ingenio que acabaría ganando la carrera: el avión. Lo más cercano que jamás existió al Albatros son los grandes helicópteros de transporte. La máquina de Robur era un trasunto de "Nautilus" volador, una plataforma movida por hélices que muchos ilustradores plasmarían en sus fantasías futuristas -el animador japonés Hayao Miyazaki, por ejemplo, ha utilizado en varias de sus películas artefactos inspirados en esos diseños- nunca saldría de los tableros de dibujo.

Hay otras curiosidades relacionadas con esta novela. Por ejemplo, que Verne la integrara en la misma corriente temporal que "Los Quinientos Millones de la Begún", a cuyos acontecimientos hace referencia en las primeras páginas. Por otro lado, el escritor francés nunca fue muy preciso a la hora de situar cronológicamente sus novelas pero, con excepción de la entonces inédita "París en el siglo XXI", siempre quedó claro que la acción transcurría en el presente (el suyo, claro). Aquí, sin embargo, Verne hace referencia a la Torre Eiffel como un edificio construido en el pasado. No la llama por ese nombre, claro, puesto que esa denominación la recibiría algún tiempo después de finalizada, pero menciona la gran torre metálica de 300 metros de altura que había sido construida para la Exposición Universal de 1889. Como esta novela se publicó en 1886, en el momento de escribirla, Verne conocía únicamente el proyecto y había visto el comienzo de los trabajos, pero no sólo dio la construccion por terminada, sino que asumió que se convertiría en el edificio más representativo de la ciudad.

Y aún hay una derivación curiosa más. Como hemos dicho, el libro se abría con misteriosos avistamientos acompañados de sonidos y luces. Pues bien, en 1896, empezaron a producirse en Estados Unidos informes de barcos voladores o, mejor, dirigibles. Aunque el fenómeno se dio sobre todo en Norteamérica, hubo también otros avistamientos en diferentes países por la misma época. Más de 1.500 periódicos en Estados Unidos dieron cuenta de sucesos similares. Cincuenta años más tarde, cuando las novelas y películas de ciencia ficción formaban ya parte de la cultura popular, nació el fenómeno OVNI. A finales del XIX, no se soñaba aún con extraterrestres, claro, pero las fantasías humanas eran las mismas. En lugar de platillos volantes, veían misteriosas aeronaves. Quinientos años antes habían sido vírgenes, santos o demonios.

Algunos afirmaron haber visto a sus ocupantes o incluso haber entablado contacto con ellos: aunque humanos, su comportamiento, maneras y vestidos eran extraños. Tres testigos de Texas informaron que los cinco tripulantes les habían dicho ser descendientes de las tribus perdidas de Israel y que habían aprendido inglés de una expedición que en 1553 había intentado llegar al Polo Norte. Huelga decir que, en un momento dado, esas fantasías fueron sustituidas por otras y que las conclusiones a las que llegaron los investigadores -tanto los que indagaron sobre la cuestión en el momento como los historiadores que la revisaron a posteriori- apuntaban a confusiones en el avistamiento de planetas, estrellas o formaciones nubosas, bromas o simples estafas. Los últimos informes se produjeron en Inglaterra en 1913.

Años más tarde, poco antes de morir, Verne continuó la aventura de Robur en "El Amo del Mundo" (1904) sobre premisas similares. De nuevo un misterio: luces y sonidos en lo alto de una montaña de los Apalaches, un vehículo que recorre las carreteras a tanta velocidad que no se le puede ver y que amenaza a peatones y carruajes, barco avistado en las aguas costeras del Atlántico que se mueve a gran velocidad evitando cualquier aproximación por parte de militares o civiles, un esquivo ingenio submarino localizado en un lago encerrado entre montañas... El inspector Strock, miembro de una rama especial de la policía y narrador de la aventura, recibe el encargo de solucionar el enigma.

Esta secuela, como era habitual en Verne, reconfigura la concepción original: Robur regresa, pero ya como criminal más que como una especie de Nemo benevolente aunque equivocado. Su Albatros es reemplazado por otra nave llamada L´Epouvante (Terror), un aparato más pequeño pero más poderoso, que combina las capacidades de un autómovil, un barco, un submarino y un avión -ahora ya con alas, no con hélices, como el Albatros-, desarrollando en cualquier medio una velocidad vertiginosa. El libro cuenta básicamente los intentos de las autoridades por derribar y atrapar al escurridizo Robur.

Cuando los hermanos Wright hicieron volar la primera máquina más pesada que el aire en Kitty Hawk, en 1903, se habían inventado ya miles de extraños aparatos voladores. Habían pasado 18 años desde la primera publicación de "Robur el Conquistador" y ahora Verne se adaptaba a los tiempos con un nuevo ingenio polivalente que, como el Albatros, nunca llegaría a existir más que en la imaginación de los escritores y dibujantes de CF. La ingeniería se decidió por el campo de la superespecialización: coches, barcos, aviones y submarinos se fueron diseñando cada vez más eficientemente para que ejecutaran sus respectivas tareas, pero sin pretender que realizaran proezas en otros medios distintos a los que les eran propios. Además, leído hoy, resulta gracioso comprobar cuán erróneas eran algunas ideas de la época, como que un vehículo que se moviera a 300 km/ resultaría invisible para el ojo humano, o que la velocidad reduciría el peso. Por lo demás, se trata de un libro más corto, más ligero y más entretenido que "Robur el Conquistador". Aunque los personajes carecen igualmente de profundidad y propósito, la intriga de las pesquisas que llevan hasta Robur le dan más dinamismo a la narración.

En los años que siguieron, hasta que la aviación alcanzó su "mayoría de edad" durante la Primera Guerra Mundial, las visiones de aparatos aéreos continuaron apareciendo en los relatos de CF. Sin embargo, esas ensoñaciones se empeñaban en cerrar los ojos ante las cada vez más claras leyes físicas que regían la aeronáutica: eran grandes aparatos, de dimensiones colosales, herederos de una época anterior. Los escritores de CF no supieron ver que lo que iba a cambiar el mundo no era el tamaño de los ingenios aéreos, sino la velocidad que alcanzarían. El mundo no iba a tardar en convertirse en un sitio más pequeño.

miércoles, 3 de marzo de 2010

1886-EL ROMANCE DE DOS MUNDOS - Marie Corelli

Marie Corelli fue quizás la novelista británica más popular del cambio de siglo. Sus libros se vendieron, con diferencia, mucho más que los de H.G.Wells o Arthur Conan Doyle. La crítica fue demoledora con su estilo melodramático y exageradamente emocional, pero eso no tuvo el menor efecto sobre su éxito de ventas: en 1906, cada uno de sus títulos vendía 100.000 copias al año, y entre sus admiradores se encontraban los miembros de la familia real inglesa o Winston Churchill. La evolución del gusto popular ha hecho que hoy su nombre haya pasado al olvido, quizá porque el género que cultivaba -o que inventó-, los relatos románticos con elementos místicos y fantásticos, ya no goza del favor del público.

Se trata de la primera obra de su autora, una narración un tanto chapucera y apresurada, pero que en su día fue inmensamente famosa y que está considerada la mejor de su autora. La protagonista, que narra la historia en primera persona, sufre de una enfermedad degenerativa que le provoca depresiones y deseos de suicidio. Mientras se toma unas vacaciones para reposar conoce a su ángel guardián, Heliobas, un extraño ser que se dedica a experimentar con la electricidad y que la acompaña, utilizando una variante mística de esa energía, a un viaje alrededor del sistema solar. Visitan sociedades ideales con una profunda vida espiritual en Saturno, Venus y Júpiter. Finalmente, la chica acaba entendiendo la esencia de la religión y el secreto del destino de la Humanidad.

Probablemente, en las inclinaciones místico-religiosas de Marie Corelli tuviera algo que ver su condición de hija ilegítima de un médico y su doncella y que a los once años fuera enviada a un convento parisino, donde permanecería cuatro años internada antes de regresar a Inglaterra. A caballo entre las dos corrientes de pensamiento de su época, los cientifistas y los que aún se aferraban a las interpretaciones rígidas de la Biblia, Marie intentó tender un puente entre ambos. Así, aunque el tono de la novela es claramente religioso, intenta conciliar lo sobrenatural con la ciencia, introduciendo elementos como la electricidad, la energía solar o la estructura del átomo. Corelli creía que el alma era esencialmente eléctrica y el cielo un gran círculo eléctrico... Su cristianismo era igualmente poco ortodoxo, contemplando conceptos como la reencarnación, la proyección astral y una visión panteista de la religión.

El éxito de esta novela sorprendió a todo el mundo. Su "Principio Eléctrico del Cristianismo", incluido en el texto y presentado como un hecho cierto y probado y su mezcla ecléctica de cristianismo, misticismo pagano y ocultismo, generó un auténtico culto entre los más variopintos seguidores, desde los primeros adeptos a la filosofía New Age hasta los rosacruces.

Los críticos pulverizaron a la escritora con comentarios como "una mujer de talento deplorable que se cree un genio y que es aceptada como tal por un público a cuyo sentimentalismo proporciona un escenario glamuroso"; o "la imaginación de Poe con [...] la mentalidad de una enfermera"

El éxito de "Un romance de dos mundos" propició, como podía esperarse, dos novelas más protagonizadas por el ángel Heliobas: Ardath: the Store of a Dead Self (que incluye un viaje al pasado de la Tierra, al 5.000 a.C.) y The Soul of Lilith. Un libro más, "The Life Everlasting" fue la verdadera continuación de "Romance of Two Worlds", al retomar a la protagonista para hacerla vivir una nueva historia de amor.

"El romance de dos mundos" es una obra que aúna elementos de ciencia ficción, fantasía y ocultismo. Contiene aventura, feminismo, una historia de amor y algo de misterio, integrados en un tema tan antiguo como el hombre: la búsqueda espiritual de respuestas que el mundo terrenal no puede aportar. Aunque el libro pueda estar caduco para los estándares contemporáneos, su interés radica, precisamente, en la distancia cultural que evoca.

martes, 23 de febrero de 2010

1886- EL EXTRAÑO CASO DEL DR.JEKYLL Y MR.HYDE - Robert Louis Stevenson


El suceso que dio origen a la novela corta que nos ocupa fue algo tan cotidiano como un mal sueño. En 1885, mientras se recuperaba de una de las recaídas a las que periódicamente le sometía su mala salud, Robert Louis Stevenson tuvo una pesadilla de la que extrajo la idea de una historia que, originalmente, fue concebido como un relato de horror al gusto de la época victoriana. A sugerencia de su esposa, el escritor decidió introducir un aspecto alegórico sobre el bien y el mal. La narración alcanzó el estatus de clásico nada más publicarse, posición de la que hoy sigue gozando hasta el punto de que la expresión "Dr. Jekyll y Mr.Hyde" se sigue utilizando para referirse a la existencia de una personalidad oculta y malvada.

La historia es harto conocida en sus líneas básicas. El Dr.Jekyll inventa un brebaje que le permite alterar su personalidad y extraer la parte más vil de su naturaleza, transformándose, mental y físicamente, en otra persona. Ese nuevo ser asume la identidad de Mr.Hyde, al que nadie conoce y que disfruta llevando una vida depravada y violenta. Las cosas se tuercen cuando ese lado diabólico de Jekyll comienza a tomar el control y el doctor, horrorizado, se encuentra incapaz de revertir a su estado inicial.

Stevenson vivió y escribió en lo que se conoce como era Victoriana, un largo periodo caracterizado tanto por el progreso tecnológico y el avance del poder europeo por todo el mundo como por tensiones y fracturas sociales en la sociedad inglesa. Como ya hemos visto en otros ejemplos anteriores -y esto parece ser una constante humana pues se repetirá luego en diversos momentos hasta la actualidad- el progreso técnico y científico fue observado con reserva -cuando no desconfianza- por escritores, artistas e intelectuales. Con este relato, Stevenson se incluyó dentro de ese grupo de escritores pesimistas, dando un curioso giro respecto a sus otras obras más populares, como La Isla del Tesoro o "La Flecha Negra", donde abundan las aventuras, los espacios abiertos y un tono optimista y brillante.

Los análisis a los que ha sido sometido el libro son muy numerosos, pero apunt sólo un puñado de ellos.

Habitualmente, se presenta al Dr.Jekyll como retrato de la excelencia social y profesional, mientras que Hyde es la encarnación de su perversa naturaleza oculta. Sin embargo, tal y como revela la carta final del propio Jekyll, tal análisis es incompleto. Efectivamente, el doctor confiesa que siempre tuvo unas pulsiones irrefrenables que le llevaban a cometer actos reprobables de los cuales se arrepentía, pero que su personalidad no le permitía evitar. La fascinación y el interés que desarrolló por esa dualidad le llevaría a investigar la manera de disociar claramente ambos opuestos. Al crear una identidad separada, consigue dar rienda suelta a sus ansias con la tranquilidad de que nadie conoce a Hyde y que puede hacerlo desaparecer cuando desee. Así, mientras Hyde es efectivamente pura maldad, un ser instintivo y emocional sin ataduras morales, Jekyll no es totalmente puro, no es su opuesto por tanto. Aun cuando la mayor parte de su vida la ha pasado haciendo el bien y siguiendo un modelo de rectitud moral sus cada vez más frecuentes apetitos carnales le llevan una y otra vez a transformarse en Hyde para gozar de ellas sin cargo de conciencia.

Stevenson hace por tanto un comentario sobre la relación del hombre con el bien y con el mal y la batalla permanente entre ambos. El enfrentamiento no es el de Hyde intentando controlar su maldad, sino el del propio Jekyll luchando, a lo largo del relato y sólo cuando Hyde comete alguna fechoría particularmente perversa, por controlar su inclinación a dar rienda suelta a sus impulsos.

Según la Teoría Freudiana, los pensamientos y deseos reprimidos en el inconsciente pueden condicionar el comportamiento de la mente consciente. Si alguien reprime todos sus impulsos "malvados" en un intento de convertirse en una persona completamente buena y moral, el resultado puede ser el desarrollo de una especie de segunda naturaleza de tipo Mr.Hyde. Esta incapacidad de aceptar la tensión entre ambos aspectos del ser humano está relacionada también con la teología cristiana, según la cual la caída de Satanás se debió a su rechazo a aceptar que era una criatura "creada", subordinada, y no Dios. Por ello, en la fe cristiana el orgullo (entendido como el considerarse a sí mismo libre de mácula y perfectamente bueno) es un pecado capital y heraldo de males aún mayores.

En el contexto cultural de la época victoriana, algunos críticos han comparado a Hyde con la fascinación occidental con los "salvajes" de otras culturas y países, especialmente de África o las Indias Occidentales, mientras que Jekyll es el símbolo de los modales, orgullo y alta educación ingleses. Al explorar y conquistar tierras remotas, Inglaterra y Europa creían que, convirtiéndolos al cristianismo, estaban civilizando a "salvajes". Aunque fascinados por esas exóticas culturas, los europeos las despreciaban. Así, Jekyll representaría los nobles principios que justificaban la colonización; sin embargo, acaba siendo incapaz de controlar su lado malvado (Hyde) y la seducción que siente por él, cayendo en todo tipo de excesos e inmoralidades.

Stevenson basó esta novela en sus propias experiencias: la historia transcurre en el ámbito de una clase media-alta, de hombres poderosos que ejercen respetadas profesiones y en cuyos círculos la simple manera de vestir cobra una gran importancia. Al plantear la dicotomía fundamental entre la respetabilidad de cara a la sociedad frente a la turbulenta lujuria interior. Stevenson realiza una crítica a la hipocresía subyacente en el estricto sistema victoriano de estratificación social.

Otro análisis más reciente es el que tiene que ver con la homosexualidad latente entre Jekyll y Hyde. Los personajes masculinos de la novela están muy unidos entre sí, las mujeres apenas juegan papel alguno ni en la historia ni en las vidas de los protagonistas y, según estos comentaristas, algunos de los personajes de la novela llegan a pensar -aunque no se menciona explícitamente- que la relación entre Jekyll y el misterioso Hyde es de naturaleza sexualmente perversa.

Sí es cierto que en las diversas versiones cinematográficas y teatrales siempre se plasmaba la naturaleza malvada de Hyde a través de su relación con las mujeres. Stevenson no introdujo en su novela -y esto es una diferencia sustancial con la imagen de la historia que se ha forjado en el imaginario popular a través del cine-ningún interés romántico. Más bien creo que Stevenson prefirió restringir su corta historia al terror intelectual situado en un mundo de hombres ilustrados, mundo que, al fin y al cabo y como hemos dicho, era el que probablemente mejor conocía.

El tema, tono e intención del libro permite encuadrarlo en muchos géneros diferentes: terror gótico, historia de detectives, fábula o alegoría religiosa, misterio, ... Mis razones para incluirlo en un blog sobre ciencia ficción es porque la narración se apoya en un aspecto científico, racional, no mágico, místico o fantástico. El fenómeno de disociación de personalidades aparece como consecuencia de una poción elaborada con productos químicos. Por otra parte, uno de los temas subyacentes es característico y recurrente dentro del género de CF: las nefastas consecuencias y efectos inesperados derivados de una aplicación incorrecta de la ciencia.

Difícilmente el lector moderno podrá sorprenderse al leer una historia cuyo suspense y sorpresa finales descansan en un hecho conocido desde el principio gracias a la popularidad del relato: que Jekyll y Hyde son la misma persona. Comparada con las novelas de terror contemporáneas, esta narración ni siquiera se acerca a causar miedo. Es demasiado corta como para desarrollar con profundidad la personalidad del malvado Hyde y, aparte de su repulsivo aspecto y el asesinato que comete, no se dice - tan sólo se sugiere de pasada o de manera indirecta con insinuaciones de terceras personas- qué otras acciones malvadas y desmanes ha cometido. Se alude a sus actividades como de naturaleza perversa y lujuriosa, pero en el marco moral de la época victoriana esto bien puede interpretarse como el trato con prostitutas, el asalto a viviendas o, simplemente, vagabundear por las calles toda la noche y pasar todo el día durmiendo, cosas que sin duda el respetable Jekyll no haría jamás. Es cierto, no obstante, que Stevenson consigue construir un ambiente nocturno de tensión, malsano y de terror más intelectual que gráfico. Al mismo tiempo, como obra victoriana que es, su prosa adolece de cierto recargamiento formal que disipa parte de la tensión del relato.

"El extraño caso del Dr.Jekyll y Mr. Hyde" merece una lectura aunque sea simplemente por su condición no sólo de clásico sino de icono cultural. Conocemos el núcleo de la historia, pero tan torcido y reinterpretado por sus innumerables adaptaciones en diferentes medios, que sin duda el lector encontrará en él elementos nuevos o distintos a lo que él creía saber: por ejemplo, que Hyde no es un monstruo físico, un individuo grande y poderoso, tal y como las peliculas lo han retratado; al contrario, el Hyde de Stevenson es pequeño, débil, incluso simiesco. Lo que le diferencia de Jekyll es su aspecto vicioso y depravado; también resultará chocante el que apenas aparezcan en el relato ni Hyde ni Jekyll sino que el verdadero protagonista es el abogado Utterson, amigo del doctor, a través de cuyos ojos vivimos y desvelamos, solo al final, el misterio.

viernes, 5 de febrero de 2010

1885-AFTER LONDON - Richard Jefferies


Las ficciones apocalípticas siempre han gozado de popularidad entre los escritores de ciencia ficción... e incluso entre los cultivadores de otros géneros. Ya comentamos en una entrada anterior la que se considera como primera novela postapocalíptica de la ciencia ficción, "El Último Hombre", escrita por Mary W.Shelley en 1826. Los escritores victorianos se sentían acechados por un desastre que provocaría la caída de la civilización: desórdenes civiles, epidemias, colapsos económicos, invasiones extranjeras o desastres naturales, incluso la persecución de valores puramente materialistas o el éxito mundano.

"After London" se inscribe dentro de ese subgénero. Una catástrofe que no se detalla arrasa Inglaterra. Las clases más pudientes abandonan el país dejando atrás a los menos educados y aquellos que no pueden permitirse emigrar y escapar del desastre. Las ciudades desaparecen y las zonas rurales quedan invadidas por el mundo natural. Los escasos supervivientes revierten a un modo de convivencia de estilo medieval. Los primeros capítulos son una sentida descripción de cómo la naturaleza se va adueñando del paisaje inglés: los bosques invaden los campos de cultivo; las ciudades han sido tomadas por ratas y ratones y las mascotas y animales antaño domésticos mueren o se transforman en nuevas razas asilvestradas; el propio Londres revierte a su antigua condición de pantano fétido.

La segunda parte es una aventura que tiene lugar muchos años después en un escenario donde naturaleza y sociedad han regresado a estados más primitivos. El país -en el sentido geográfico, puesto que ya no existe como entidad política- está poblado por salvajes, cazadores, pastores y gitanos, descendientes de los que sobrevivieron a la catástrofe. Agrupados en comunidades enfrentadas localizadas en las orillas de un gran lago interior, poco ha quedado que pueda llamarse civilizado.

El protagonista superviviente, Felix Aquila, es un joven noble, arquetipo del héroe clásico: fuerte, ágil, atractivo y valiente. Lucha en guerras, descubre las ruinas ponzoñosas de Londres y es nombrado rey por las tribus nómadas del sureste de la isla, fijándose el objetivo de fundar una especie de utopía feudal en un idílico paraje. Esta aproximación es tan deudora del cariño de Jefferies por la naturaleza como de algunas tendencias artísticas contemporáneas (recordemos el medievalismo idealista de los Prerafaelitas).

John Richard Jefferies (1848-1888) había nacido en el mundo rural inglés, hijo de un granjero. Desde pequeño había disfrutado y amado la vida al aire libre pero su inquieto temperamento no le llamaba a seguir la profesión de su padre y en 1866 consiguió empleo como periodista. Dos de sus libros infantiles están considerados como clásicos de segunda pero, en general, sus primeros trabajos no atrajeron demasiado la atención de público y crítica. Poco a poco se centró en las narraciones sobre el mundo natural y la vida en el campo, género por el que es más recordado. Su obra más famosa fue precisamente esta, "After London", una derivación futurista del estilo mencionado.

Jefferies tenía sus razones para imaginar una fantasía tan oscura en la que Londres se ha transformado en un lugar tétrico, desierto y ponzoñoso: no sólo culpaba a la ciudad de su mala salud -moriría a los 38 años de tuberculosis-, sino que le tocó vivir la llamada Gran Depresión de 1873-1896 y, como muchos amantes del campo inglés, responsabilizaba parcialmente a la capital por la destrucción de las tradicionales formas de vida rurales.

Su punto de vista del derrumbe de la civilización no fue único, existiendo no pocos ejemplos anteriores, contemporáneos y posteriores. Además de "El Último Hombre", reseñamos en este mismo blog "La Batalla de Dorking", de George Chesney, donde Inglaterra resulta invadida por ejércitos alemanes. Unos años antes de "After London", se había editado también una narración en la que Londres sucumbía al colapso social tras un invierno devastador. Posteriormente, la historia "La catástrofe del valle del Támesis", publicada en 1897 por Gran Allen en el Strand Magazine, describía un Londres pulverizado por una erupción volcánica; H.G.Wells describió en "La Guerra de los Mundos", utilizando el mismo estilo documental de Jefferies, un mundo al borde de la destrucción por una fuerza alienígena; en 1962, J.G.Ballard escribió "El Mundo Sumergido", en el que Londres aparece cubierta por un enorme pantano tropical infestado por iguanas y mosquitos gigantes.

El libro termina de forma abrupta y nos quedamos sin saber si los esfuerzos de Felix por crear un mundo nuevo tendrán o no éxito; pero la existencia de un rescoldo de esperanza es suficiente para no dejar a "After London" archivado en el rincón más pesadillesco del subgénero apocalíptico. Mitad ciencia ficción, mitad fantasía medieval, la historia en sí tiene poca sustancia, pero los capítulos iniciales, con la descripción de un mundo y un tiempo en el que el hombre ha dejado de ser el protagonista principal y en el que la civilización ha retrocedido hasta el primitivismo, sirvieron de ejemplo para muchas historias de ciencia ficción en las décadas venideras.