Hay un dicho que afirma que Hitchcock fue un maestro del suspense; Spielberg, de la maravilla y Lucas del artificio. El canadiense Cronenberg, en cambio, se especializó en algo completamente distinto. Desde sus primeros trabajos, pasando por su producción de los años 80 y hasta sus películas más recientes, discurren un par de de hilos conductores muy particulares que recorren buena parte de su obra. El primero es el horror biológico: la sensación de ver y sentir cómo el propio cuerpo cambia, se transforma en algo ajeno que escapa al control. El segundo es la fuerza de la manipulación y sus consecuencias, ya sea infantil, corporal o psicológica.
“Cromosoma
3” (cuyo más adecuado título original, “The Brood”, significa “
La Progenie”), fue
una de las primeras películas de Cronenberg. Hasta entonces, había realizado un
par de cintas de autor poco conocidas, “Stereo” (1969) y “Crímenes del Futuro”
(1970), para luego hacerse un nombre con títulos de terror de bajo presupuesto,
pero cargados de metáforas, como “Vinieron de Dentro de…” (1975) y “Rabia” (1977).
“Cromosoma 3” fue la que podríamos denominar su primera gran película, el punto
de inflexión a partir del cual empezó a reconocérsele no sólo como un director
de serie B con un toque perverso, sino como alguien de cuya mente brotaban
historias inteligentes y muy personales.
Nola Carveth
(Samantha Eggar), esposa de Frank (Art Hindle), ha ingresado voluntariamente en
el Instituto Somafree, un centro dirigido por el psicoterapeuta radical Hal
Raglan (Oliver Reed). Éste pone en práctica en esas instalaciones una nueva
técnica que denomina "psicoplasmosis", con la que anima a sus
pacientes a liberarse de su ira reprimida manifestándola mediante cambios
fisiológicos en sus cuerpos. El paciente teatraliza el origen de sus problemas
frente a un Raglan que actúa como muro emocional, asumiendo el papel de diana
contra la que aquél dirige su ira. La intensidad de las emociones reprimidas
provoca la aparición de forúnculos, hematomas y otras lesiones corporales,
aunque la liberación de dichas emociones también parece aliviar la angustia
interna. En el caso de Nolan, su internamiento se debe tanto a sus traumas
infantiles como al turbulento divorcio de Frank y la consiguiente batalla legal
por la custodia de su hija de cinco años, Candice (Cindy Hinds).
Un dia,
cuando un día Frank recoge a su hija tras una visita a su madre, se horroriza
al encontrarla gravemente magullada. Al intentar ver a
su esposa, se topa con
la negativa de Raglan, quien insiste en que el aislamiento de Nola es esencial
para el éxito de su tratamiento. Frank comienza entonces a investigar qué es lo
que realmente ocurre tras las paredes de Somafree y sus pesquisas le conducen
hasta Jan Hartog (Robert Silverman), un antiguo paciente que se está muriendo
de un linfoma psicoplasmático muy agresivo provocado por esa terapia. A
continuación, se suceden una serie de asesinatos: primero la abuela materna de
Candy, Juliana (Nuala Fitzgerald); después el abuelo, Barton (Henry Beckman); y,
por último, su maestra, Ruth Mayer (Susan Hogan). Los responsables son, al
parecer, unos extraños niños mutantes.
En el
momento del estreno de “Cromosoma 3”, Cronenberg aún no había trascendido la
etiqueta de director de serie B ni alcanzado el estatus que ostenta hoy en día,
así que, con la perspectiva que da el tiempo, no es de extrañar que fuera duramente
criticada incluso por aquellos
que más tarde se convertirían en sus
incondicionales admiradores, sobre todo por sus elementos repulsivos. Con todo,
en este punto Cronenberg ya había reducido considerablemente el nivel de gore
que había caracterizado tanto a “Vinieron de Dentro de…” como “Rabia”.
“Cromosoma 3” es una película que se apoya en sus ideas, no en sus escenas
sangrientas. Dicho esto, sí hay un momento en el clímax que incluso hoy resulta
estomagante: aquél en el que Nola se abre el vestido para mostrar las llagas y
el saco amniótico adherido a su cuerpo, y luego procede a morderlo y lamer la
placenta sangrienta del feto.
En una
entrevista, David Cronenberg se refirió irónicamente a “Cromosoma 3” como su personal
“Kramer contra Kramer” (1979), ganadora del Oscar a la Mejor Película que contaba
la lucha por la custodia de un hijo y estaba protagonizada por Dustin Hoffman y
Meryl Streep. Cronenberg consideraba que la visión que daba esa
cinta sobre las
rupturas matrimoniales era irritantemente optimista. Y es que él mismo acababa
de atravesar por un auténtico infierno personal. En 1972, había contraído
matrimonio con su primera esposa, Margaret, pero para 1978 su relación llevaba
tiempo en una crisis que desembocó en un doloroso divorcio para todos los
involucrados, incluida la joven hija de la pareja, Cassandra. Obviamente, esa
es una experiencia que poca gente podrá calificar de serena y satisfactoria,
pero en el caso de Cronenberg, fue particularmente duro.
El
motivo principal de la ruptura fue la profunda desavenencia sobre la salud
mental y la crianza de su hija. Margaret se involucró en un grupo de
psicoterapia alternativa que Cronenberg describió
como similar a una secta, creando
una brecha insalvable en la pareja. En un momento de desesperación, Cronenberg
llegó a "secuestrar" a su hija para evitar que Margaret se la llevara
a vivir a una comuna de su grupo terapéutico. El proceso fue largo, costoso y
emocionalmente agotador. Finalmente, el realizador obtuvo la custodia de
Cassandra. Poco después de este proceso, conoció a Carolyn Zeifman (quien
trabajaba como asistente de producción en sus películas). Se casaron en 1979,
el mismo año de su divorcio, y permanecieron juntos hasta la muerte de ella en
2017.
Y es
por eso que “Cromosoma 3” bien puede ser una de las películas más personales de
Cronenberg. Transmite una ira y amargura genuinas con l
as que el director/guionista
construye una metáfora de su divorcio, con un perturbador subtexto de batallas
por la custodia y amargo resentimiento acumulado durante años. Art Hindle,
obviamente, interpreta al trasunto del propio Cronenberg y, como tal, su
personaje está mejor escrito y tiene más convicción que la mayoría de los masculinos
de las cintas fantacientíficas firmadas por él. Comparte con ellos la
introspección emocional y el desconcierto de un hombre normal, incluso
mediocre, ante los acontecimientos extraordinarios en los que se ve involucrado.
Al menos, es capaz de reunir la determinación para salvar a Candy de un destino
nefasto… o eso parece.
En las
películas de Cronenberg, los personajes no suelen ser retratados como dementes
o malvados, pero si hay una excepción esa es la de Nola (que, obviamente,
encarna a su propia ex esposa), interpre
tada por la inquietantemente expresiva
Samantha Eggar. En un alarde de brutal pragmatismo, la única solución que a
Cronenberg se le ocurre para terminar con la agonía de la familia es que Frank la
estrangule con sus propias manos para impedir que asesine a su hija, una escena
cuyo rodaje, comentaría más tarde el realizador, le resultó “muy
satisfactoria”. En cuanto a Samantha Eggar es una actriz que, aunque no dejó de
trabajar nunca –falleció en 2025-, tampoco llegó a triunfar en el cine
comercial y puede decirse sin temor a equivocarse que su mejor papel fue el de
“Cromosoma 3”.
A
través del concepto de psicoplasmosis, Cronenberg satiriza de forma
desasosegante algunas psicoterapias populares de los 70, como el est y el
psicodram
a. En alguna ocasión, Cronenberg ha bromeado diciendo que si fracasara
como cineasta siempre podría fundar su propio Instituto de Psicoplasmosis, y algo
hay en sus películas que lleva a pensar que tal vez no estuviera bromeando del
todo. Al fin y al cabo, muchas de las historias que imagina son batallas de la
mente contra el cuerpo en las que se manifiestan todo tipo de fuerzas a través
de la carne. Utilizando la sátira para deformar e intensificar dichas terapias,
hace que cada personaje de “Cromosoma 3” quede atrapado en una cadena de
traumas causales. En el momento más sombrío y desesperanzador, Frank, exasperado,
se pregunta cuál es el límite de una persona cuerda a la que consideran
responsable del trauma infligido a sus hijos. Se deja claro que el odio y la
ira que bulle en el interior de Nola provienen del trato que le dispensó su
madre alcoholica en la infancia (ante la inacción de su padre) y que, a su vez,
transmite a su hija Candy.
Hasta la
llegada de personajes más complejos como el Max Renn de “Videodrome” (1983),
Seth Brundle de “La Mosca” (1986) o los gemelos Mantle de “Inseparables”
(1988), el doctor Hal Raglan fue el m
ás ambiguo de la cinematografía de
Cronenberg. En sus películas no existe el concepto de científico loco. Considera
ese término como un arcaísmo de tintes moralistas. En su peculiar universo
conceptual, los científicos son exploradores de campos ignototos e inventores
de procedimientos tan pioneros como aterradores que pueden propiciar una
revolución no sólo científica sino social. Que estén obsesionados más allá de
lo que dictan la razón y moral convencionales debería considerarse una ventaja
en su actividad y no una aberración. Así, los científicos de Cronenberg se
entregan con tanto entusiasmo como amoralidad a los aspectos más retorcidos de
sus descubrimientos sin que el director condene sus motivaciones.
Es el
caso de Raglan, que cabalga simultáneamente e
ntre la fascinación, la curiosidad
y el terror, interpretado por un Oliver Reed en uno de sus últimos grandes
papeles. Raglan es grosero, arrogante e incapaz de ver el daño que está
causando su terapia, pero sus intenciones son buenas. Cegado por su obsesión,
cree sinceramente que está haciendo lo mejor para sus pacientes y es por ello
que, cuando Frank amenaza con recurrir a las autoridades para que le deje ver a
Nola, acelera su terapia y pierde el control de sus sentimientos reprimidos.
El
enfoque de “Cromosoma 3” es necesariamente más limitado, más focalizado y menos
apocalíptico
que el de sus películas anteriores. El mundo no corre el mismo
peligro por culpa de esos niños creados por el subconsciente de Nola que con los
parásitos de “Vinieron de Dentro de…” o el vampiro que propagaba la infección
en “Rabia”. Esta vez, el peligro mortal amenaza a una sola familia y su entorno
inmediato, lo que hace de este un film más reflexivo y maduro que sus
predecesores. De una forma incluso más explícita que en aquéllos, Cronenberg
sigue abundando y explorando el “horror corporal” y la batalla entre la mente y
el cuerpo, que se convirtieron en los conceptos más asociados a su
cinematografía.
En las
primeras películas de Cronenberg, se observa cierto distanciamiento emocional
hacia las víctimas, pero en “Cromosoma 3”, al centrar el foco en los niños,
inevitablemente la trama toca fibras sensibles del espectador, especialmente en
algunas escenas particularmente perturbadoras incluso para la
carrera del
director. Por ejemplo, cuando Ruth, la maestra de Candy y posible interés
amoroso de Frank, es asesinada a golpes por dos de los niños mutantes en plena
clase de la guardería, con el resto de los infantes de cinco años presenciando
el crimen conmocionados. Este breve pero brutal estallido de violencia es tanto
o más impactante que las cabezas que explotan, cuerpos deformados por tumores
cancerosos y uñas arrancadas que veríamos en la obra posterior de Cronenberg. Sin
duda, es una escena que difícilmente veríamos en una película actual.
Otro
momento muy desasosegante es
cuando Candy, completamente aterrorizada, lucha
por mantener la puerta cerrada mientras los niños asesinos tratan de
alcanzarla. Ignoro cómo se rodó esta escena, pero el rostro de Cindy Hinds
transmite de forma tan genuina el miedo que es imposible no conmoverse.
Igualmente escalofriante, aunque de una forma diferente, es el plano final en
el que se muestran las llagas que empiezan a crecer en el brazo de la niña,
augurando que, cuando crezca y a causa de la traumática experiencia, terminará
replicando el odio de su madre.
“Cromosoma”
ha envejecido mejor que la mayoría de las películas m
ás antiguas de Cronenberg.
El dolor subyacente de su divorcio se ha vuelto más nítido –o así lo percibimos
quienes hemos ido madurando al ritmo de su cine- y los pequeños matices, como
que los padres divorciados de Nola aún sufran y recurran al alcohol para
adormecer su dolor una década después de su propia ruptura matrimonial, se
vuelven más evidentes.
Lo
mismo ocurre con los temores de Cronenberg sobre el efecto a largo plazo que el
proceso de separación tiene en los niños, tal y como demuestran los primeros
signos que evidencia en su piel Candy al final de la historia. Ambos padres y
abuelos se presentan como personas bastante despreciables. Ignoran a la niña,
la utilizan como peón en su conflict
o, la dejan al cuidado de parientes
alcohólicos… Si bien Frank parece preocupado por los misteriosos moretones que
aparecen en la espalda de su hija, su propósito es utilizarlos para obtener la
custodia completa de la niña. Al igual que hizo el padre de Nola, Frank
descuida a Candy conforme se obsesiona más y más por desenmascarar a Raglan.
Por su parte, Nola la maltrata (nunca se aclara si física o psicológicamente,
pero sin duda regresa de sus visitas maternas con preocupantes signos de
violencia). El efecto de todas estas negligencias, ultrajes y manipulaciones es
lo que le confiere a la película su auténtico impacto emocional.
“Cromosoma
3” ofrece un terror diferente al tradicional. Sobre el papel, la ruptura del
matrimonio protagonista no tiene nada de extraordinario, pero materializar sus
resentimientos y traumas como niños deformes, inexpresivos y asesinos es
profundamente perturbador. Además, Cronenberg prescind
e del tipo de atmósfera
que suele crearse en las películas de terror más convencional. No hay sombras
ni iluminación ténue, se utilizan abundantes primeros y medios planos y se
rueda en escenarios cotidianos. Una cosa es no ver lo que acecha en la
oscuridad y otra muy distinta sentirse amenazado por criaturas espeluznantes
cuya grotesca naturaleza se aprecia plenamente bajo los fluorescentes de la
cocina de tu propia casa. Cualquier intento de elaborar una atmósfera más
envolvente modificando la iluminación o el montaje habría rebajado
ineludiblemente la sensación de terror.
El
recorrido comercial de “Cromosoma 3” supuso, lo he dicho al comienzo, un punto de
inflexión crítico en la carrera de David Cronenberg. No fue un
"blockbuster" masivo, pero sí un éxito financiero s
ólido que demostró
que sus obsesiones personales podían ser rentables. Así, con un presupuesto
modesto de aproximadamente 1.5 millones de dólares, recaudó más de 5 millones
solo en Estados Unidos y Canadá. Para los estándares de la época, tratándose de
una producción canadiense y siendo distribuida en Estados Unidos por la New
World Pictures de Roger Corman, fue considerada un éxito comercial. Gracias a
ello, Cronenberg tuvo acceso a mayores presupuestos y pudo rodar a continuación
“Scanners” (1981), su primer número uno en la taquilla estadounidense y su
salto definitivo al estrellato mundial.
Y sí,
también he dicho antes que la crítica no fue prec
isamente amable con
Cronenberg. Muchos críticos se sintieron repelidos por la violencia explícita y
la perturbadora premisa, se acusó a la película de misógina y de ser
simplemente un "festín de sangre" sin fondo alguno. Está claro que la
sensibilidad de la época –al menos la de los críticos tradicionales- no estaba
afinada para este nuevo cine de terror y ninguno entendió que se trataba de una
metáfora visceral sobre el divorcio y la psicoterapia.
Los
tráileres la presentaron como una película de terror puro, incorporando frases
como "Un
viaje más allá del miedo", para atraer al público joven que
buscaba emociones fuertes. Pero, al mismo tiempo, fue una de las primeras
cintas de Cronenberg en recibir atención internacional en festivales, lo que
empezó a cimentar su estatus de "autor" fuera de los círculos del
cine gore. Cuando se generalizó el mercado del vídeo doméstico, se convirtió
inmediatamente en una obra de culto y hoy, medio siglo después, lo que fue un
éxito de serie B es considerado una pieza esencial del cine fantacientífico.

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