lunes, 15 de octubre de 2018

1947- MÁS VERDE DE LO QUE CREÉIS – Ward Moore


Ward Moore es uno de tantos escritores de ciencia ficción perdidos en la bruma del tiempo y la memoria de los aficionados. La mayor parte de su producción se concentró en la década de los cincuenta, cuando su trabajo se convirtió en uno de los pilares sobre los que se apoyó la entonces joven revista “The Magazine of Fantasy & Science Fiction” y su nombre se codeó en esa cabecera con otros tan ilustres como los de Richard Matheson, Daniel Keyes, Robert Heinlein o Brian Aldiss. Sin embargo, a pesar de que sus cuentos y novelas siempre eran bien recibidos por los lectores, nunca fue demasiado prolífico y su producción de ciencia ficción no superó la veintena de historias. De su media docena de novelas, la más recordada es “Lo Que El Tiempo se Llevó” (1953), una historia alternativa en la que el Sur ganaba la Guerra de Secesión. La que ahora comento, “Más Verde de lo Que Creéis” fue su primera incursión en el género tras algunos dramas sociales y trabajos variados como crítico y articulista para diversas publicaciones generalistas.



Albert Weener es un vendedor en horas bajas que decide responder al anuncio de un periódico. En lugar de un director de ventas se encuentra con una oronda botánica de arrolladora y excéntrica personalidad, Josephine Spencer Francis, que le informa de que ha descubierto un compuesto químico, el Metamorfoseador, que puede hacer crecer la vegetación a una gran velocidad independientemente de la calidad y tipo del suelo donde ésta crezca. Su principal uso sería potenciar los cultivos en zonas áridas, contribuyendo de esta manera a solucionar el hambre en el mundo. Así, le indica a Weener que visite a agricultores ofreciendo el producto.

Pero Weener desoye tales instrucciones porque piensa que será más fácil y rentable vender el tónico milagroso a amas de casa de barrios suburbanos que sueñen con un césped más lustroso. Y eso es precisamente lo que hace: visita puerta a puerta hasta ser recibido en una casa con jardín de Hollywood, donde hace una demostración aplicando el Metamorfoseador a un cuadrado de césped mustio. Ese acto inocente desencadena un apocalipsis mundial. Mientras espera a que la fórmula haga efecto, recibe una urgente llamada de Josephine: debe detener la venta porque el producto no ha sido probado adecuadamente y carece de un ingrediente fundamental. Es demasiado tarde: cuando Weener regresa al domicilio en cuestión al día
siguiente, la hierba ha añadido a su ya de por sí rápido crecimiento los efectos del químico y ha adquirido dimensiones alarmantes. Aún peor: sigue aumentando en altura, extensión y grosor y se resiste a ser segada por medios humanos, químicos o mecánicos. Imparable, engulle todo lo que encuentra en su camino: campos, edificios, carreteras, ciudades enteras. Y todo aquél que osa adentrarse en su interior fenece asfixiado.

El segundo y tercer acto de la novela funcionan como lo que unos años después serían las películas de CF de serie B. La amenaza de la hierba se extiende sin remedio a una velocidad de varias millas diarias. Los militares se ven impotentes contra el impenetrable follaje; tanques, lanzallamas y artillería son empleados contra el creciente mar verde sólo para verse engullidos por él. Año tras año, conforme más y más territorio desaparece conquistado por la hierba, se agrava el problema de los refugiados, el hambre y las revueltas; los gobiernos caen y las instituciones sociales se colapsan.

Obsesionado por el monstruo que él mismo ha creado, Weener se convierte en una especie de
cronista oficial del desastre, narrando en primera persona su peripecia vital, que pasa en primer lugar por trabajar como periodista especializado en la hierba (cuyos horribles artículos son luego repasados por auténticos profesionales). Luego se reinventa como empresario y capitalista sin escrúpulos, prosperando en riqueza y poder gracias a la suerte y la astucia hasta convertirse en amo absoluto de lo poco que queda ya de un mundo a punto de ser engullido por la hierba

“Más Verde de lo que Creéis” es una novela a caballo entre dos épocas, épocas que su autor
comenta y satiriza. Moore, que había nacido en 1903, tenía sin duda recuerdos muy vívidos del desastre ecológico, económico y humanitario que supuso el llamado Dust Bowl en los años treinta: la sequía y posterior desertificación de enormes extensiones de llanuras y praderas del interior de Estados Unidos. Esta catástrofe sumó sus efectos a los de la Gran Depresión que había comenzado en 1929 y obligó a tres millones de norteamericanos a dejar atrás sus granjas y formas de vidas en lo que fue el mayor desplazamiento de población en un reducido periodo de tiempo de la historia del país. Fueron años muy duros que dejaron huella en toda la generación de Moore, quien reflejó aquel sufrimiento en su novela de corte social “Breath The Air Again” (1942). “Más Verde de lo que Creéis” es una inversión de aquella debacle medioambiental: en lugar de sequía, la tragedia se desencadena por la fertilidad descontrolada.

Pero además y por otra parte, el final de la Segunda Guerra Mundial había abierto un nuevo periodo histórico dominado para el pueblo americano por el miedo al apocalipsis nuclear. Muy poco después, en septiembre de 1949, la Unión Soviética contaría ya con su propio armamento atómico y se empezaron a desarrollar las bombas H. Desde finales de los cuarenta, los juicios a
espías como Alger Hiss, Emil Fuchs o el matrimonio Rosenberg allanaron el camino para el McCarthismo. La Guerra de Corea empezó en 1950, abriendo el debate acerca de si utilizar armamento atómico contra Corea del Norte y China. Era inevitable que de un modo u otro la ciencia ficción contemporánea reflejara esas tensiones. Como sucede en las pesadillas, la ansiedad se transforma en la ficción en imágenes alegóricas. Por supuesto, las más conocidas son las de los abundantes “monstruos atómicos” que creó el cine ya en la década de los cincuenta. Pero ese miedo al apocalipsis también adoptó en la literatura otras formas, como sucedió en las novelas que narraban la extinción del hombre a causa de plagas o catástrofes medioambientales. Fue el caso de “La Tierra Permanece” (1949), “La Muerte de la Hierba” (1956) o la que ahora nos ocupa.

El subgénero apocalíptico tenía ya una larga tradición para cuando Moore escribió esta novela
y seguiría gozando del favor de los aficionados en las décadas por venir –de hecho, hasta la actualidad-. Pero a diferencia de otros escritores y cineastas que han tratado este tipo de historias, Moore eligió una catástrofe poco habitual. Aquí la amenaza no proviene de invasores extraterrestres, guerras atómicas globales, monstruos mutados, insectos enloquecidos o virus letales de rápida expansión. No, se trata de “simple” hierba. No tiene ojos ni colmillos, no mata a distancia, no contagia enfermedades, no provoca estrépito… se limita a crecer, a reproducirse y avanzar. Pero tal y como lo narra el escritor, esa vegetación doméstica que tan inofensiva nos resulta en nuestro devenir diario, resulta un peligro aterrador. La hierba se mueve en silencio pero sin detenerse; no se la puede atemorizar ni tampoco comunicarse con ella; no tiene sentimientos ni inteligencia a los que apelar (aunque sí cuenta con algún tipo de instinto primario que le permite salvar obstáculos como los océanos o las barreras de sal que colocan los desesperados humanos). Su implacabilidad, omnipresencia y frialdad toca uno de nuestros miedos colectivos más profundos.

Como los reptiles e insectos mutados en criaturas gigantescas e imparables que se verían en las pantallas de cine unos pocos años después, la hierba de “Más Verde de lo que Creéis” es una
fuerza de la naturaleza contra la que nada puede la ciencia del hombre –aunque, paradójicamente, haya sido también creación suya-. A diferencia de otros autores de la Edad de Oro mucho más optimistas con respecto a la ciencia y las posibilidades de mejora que ofrecía en todos los frentes (Asimov, Heinlein, Clarke…), Moore, al que claramente le interesaba más la vertiente humanista que la rigurosidad científica, se muestra al respecto mucho más cínico y pesimista que los adalides del progreso infinito. Tras la demostración del poder atómico al final de la reciente guerra, la sociedad se hallaba dividida ante la ciencia: sí, el conocimiento nos proporcionaba vacunas, automóviles y energía barata, pero también la posibilidad de un holocausto nuclear y la extinción global.

Así, la novela constituye una amarga reflexión sobre la civilización y sus instituciones, como el gobierno, el ejército, el clero o la clase empresarial. Moore mezcla la comedia, el suspense, la fantasía y toques de absurdo en una crónica lineal del fin de la especie humana, empezando por escenas costumbristas ligeras y aumentando paulatinamente la tensión conforme la hierba se extiende y todos los esfuerzos para encontrar un veneno que la detenga fracasan.

Y mientras el lector comprende que la hierba va a suponer el apocalipsis humano, los personajes se pierden en minucias y mezquindades. Empezando por el propio Weener, que se pasa buena parte de la historia preocupándose por mejorar su propia situación y ampliar sus negocios en un mundo cuya habitabilidad es cada vez más reducida y cuyos pilares se están desintegrando a marchas forzadas; científicos y militares, en vez de colaborar para hallar un remedio, discuten presas de su orgullo y soberbia; los generales se enfrentan al problema con su habitual recurso a la fuerza a expensas de los civiles, proponiendo el uso de bombas incendiarias en Los Ángeles y luego artefactos atómicos; los tribunales –en una escena que apuntaba ya a las comisiones del senador McCarthy poco después- se preocupan por tonterías como determinar si el petróleo que se vierte sobre la hierba para intentar matarla era puro o no, en lugar de por qué no consiguió su objetivo; los rusos se intentan aprovechar de la situación para invadir Estados Unidos –aunque son eventualmente aniquilados por la hierba-; los desaprensivos fundan nuevas religiones a las que se adhieren miles de desesperados: “«Vended todo lo que poseéis —aconsejaba el predicador radiofónico— y marchad al encuentro de vuestro Salvador, que está reuniendo a Sus Verdaderos Discípulos en este momento en el centro mismo de la hierba. No temáis, ya que Él os apoyará y consolará en la espesura a través de la cual no pueden pasar los que no están destinados a salvarse». Según un último informe, innumerables seguidores tuvieron que ser librados a la fuerza de la autoinmolación, aunque otros muchos fueron alegremente en busca de su beatificación”.

La novela también ofrece una mirada satírica a los cambios sociales y económicos que estaban
teniendo lugar en la Norteamérica de posguerra, como el consumismo o la expansión de los barrios residenciales. Así, todo comienza con el pueril deseo de un ama de casa de mejorar el aspecto del césped a la vista de sus vecinos.

La prosa de Moore tiene en cuenta que quien narra la historia es Weener, alguien cuyas dotes literarias son escasas y que tiende a la floritura y el egocentrismo. El estilo es algo denso pero accesible y, a su manera, cómico en cuanto a la forma que tiene el narrador de verse a sí mismo, sus actos, la evolución de los acontecimientos y quienes le rodean. Por mucho que quiera justificarse ante la posteridad y que todo lo vea el lector a través de sus ojos, tal es su soberbia y codicia que su auténtica naturaleza no puede esconderse. Weener no es más que un oportunista sin escrúpulos dispuesto a abrirse paso por la jerarquía social hasta su cúspide mediante operaciones poco claras y total ausencia de ética mientras culpa a otros de sus errores y fracasos y se repite a sí mismo lo competente que es.

Tantos años de autoengaño le hacen ciego a todo lo que no es él mismo, una actitud que se acentúa hasta el absurdo hacia el final de la novela. Cuando la hierba ya ha engullido la mitad
del mundo, Weener se presenta como filántropo al donar grandes sumas de dinero (ahora prácticamente sin valor) a causas benéficas. En lugar de dedicar todos sus esfuerzos a matar la hierba, especula con el penmican (un concentrado alimenticio que se convierte en la dieta única de la humanidad ante la desaparición de terreno cultivable) acumulando más recursos y dinero que los gobiernos del mundo. Y cuando el desarrollo de un arma anti-hierba parece ya estar cerca del éxito, Weener antepone su conglomerado industrial a salvar el mundo. No sólo es él quien pone en marcha el fin de la humanidad, sino quien impide su salvación, un personaje titubeante que, como el resto de líderes mundiales, decide que en lugar de trabajar conjuntamente para hallar un remedio, resulta más sencillo hacer las clásicas declaraciones compungidas sobre la trágica cifra de muertes y limitarse a salvaguardar su posición mientras alguien da con un remedio.

La pobre opinión que Moore tenía de nuestra especie queda concentrada y sintetizada en Weener. Que él, nos guste o no, nos representa queda perfectamente explicitado ya en el párrafo introductorio que abre la novela: “Ni la vegetación ni las gentes de este libro son enteramente ficticios. Pero, lector, ninguna persona retratada aquí es usted. Con una sola excepción. Usted, señor, señorita o
señora —sea cual sea su país o su situación— es Albert Weener. Tanto como yo soy Albert Weener.” En otras palabras, todos miramos a otro lado cuando llegan los problemas de verdad, nos importa sólo lo que está justo frente a nosotros y hacemos caso omiso de las advertencias y las malas noticias esperando que alguien tome cartas en el asunto. Por desgracia, setenta años después de su publicación, su personaje sigue reflejando muy bien la forma en que hoy piensa y vive gran parte de la población.

A Weener le acompaña en la novela una auténtica galería de excéntricos, entre los que destacan el editor del diario para el que trabaja al principio, William Rufus Le ffaçasé, un profesional de
la vieja escuela, implacable y agresivo con sus empleados pero también la voz de la razón y la dignidad profesional; Gootes, compañero periodista aficionado a la magia y que se empeña en hablar con acentos extranjeros; Josephine Francis, representante de los peores rasgos de los científicos; el viejo general Thario, reconvertido en segundo al mando de los negocios de Weener; su perezoso hijo, George, que halla su destino como escritor visionario obsesionado por la hierba, una mezcla de Hemingway y Kerouac…

No es que los personajes sean particularmente profundos ni tengan una evolución dramática sólida. De hecho, son o bien caricaturas o bien arquetipos. Pero tampoco es que esta novela, eminentemente satírica en tono e intención, los necesite. Además, buena parte del interés de esta historia, cuyo ámbito temporal cubre unas dos décadas, no reside en la caracterización
individual sino colectiva, en su escala global y la narración lineal y lógica de cómo una calamidad puede desintegrar esa civilización que nos parece tan sólida e imperecedera: la caída de instituciones y gobiernos, las revoluciones, la desaparición de naciones enteras y la transformación de otras. Valga un breve extracto como ejemplo:

Los Estados Unidos y más de la mitad de México habían sido borrados del mapa. Desde el Pacífico hasta habían sido borrados del mapa. Desde el Pacífico hasta el Atlántico, desde Nome hasta Veracruz, se extendía un nuevo mar de los Sargazos de Cynodon dactylon. Doscientos millones de hombres, mujeres y niños habían sido arrojados de sus hogares por una hierba despreciada. No puedo decir que la vida en los otros continentes empezando por África, mi hogar, no quedó afectada por la desaparición de los Estados Unidos. Sin la competencia de los norteamericanos, el ritmo de la vida comercial pareció discurrir cada vez más lentamente. Descendió la producción, subieron los precios; los artículos de lujo eran producidos en abundancia, pero los fabricantes se resistían a la producción en masa de artículos de primera
necesidad al estilo norteamericano. Rusia, después de su nueva revolución, era económicamente una balsa de aceite aunque políticamente era una fuente de disturbios al albergar en su seno a la Cuarta Internacional. Alemania se convirtió en el mayor productor de hierro y acero, pero el suyo no era un liderazgo agresivo, sino más bien una lánguida aceptación de un papel fortuito; en tanto que Inglaterra, a menudo en el lecho de muerte pero nunca cadáver,asumió la indiscutida dirección de los asuntos internacionales”

“Más Verde de lo que Creéis” es un pequeño y olvidado clásico digno de recuperarse para los amantes de la ciencia ficción de la Edad de Oro. Su ritmo y desarrollo son algo irregulares –por ejemplo, hay ciertas escenas, sobre todo en la segunda mitad, que se repiten demasiado- y puede que su prosa no haya envejecido del todo bien, pero su recurso al subgénero de catástrofes para articular un inteligente mensaje satírico está plenamente vigente. Además, su publicación entre el final de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría ofrece una interesante perspectiva sobre aquellos convulsos años y los peligros y temores que estaban por venir: la utilización de armamento nuclear, la invasión soviética, la codicia del capitalismo desenfrenado, el poder de los magnates frente a los gobiernos, los riesgos de la alteración irresponsable del mundo natural, la manipulación del sentimiento religioso de las masas… y, en general, la incapacidad del hombre para entenderse a sí mismo y al medio en el que vive.



3 comentarios:

  1. Sin duda. Un clásico a reivindicar!

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  2. Hay alguna edición reciente de este libro? En español a ser posible.

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  3. Creo que no... yo la que tengo es de los ochenta, de Ediciones Orbis, aquella colección de ciencia ficción con portadas azules. He visto a menudo estos volúmenes en ferias del libro viejo y seguramente la encuentres en páginas como iberlibro.com Un saludo.

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