sábado, 5 de noviembre de 2016

1949- LA TIERRA PERMANECE - George R.Stewart


En un artículo acerca del cine de ciencia ficción de los años cincuenta, la escritora Susan Sontag argumentaba que esas películas reflejaban lo que ella denominaba “la imaginación del desastre”. En ellas abundaban las catástrofes provocadas por el uso irresponsable de la ciencia, aunque esa misma ciencia bien utilizada podría ser también una ayuda fundamental a la hora de enfrentarse a ese tipo de desgracias. Lo mismo puede decirse de muchas de las novelas y relatos de esa época.

La ciencia ficción hacía ya mucho tiempo que venía ofreciendo historias acerca del fin del mundo, comenzando por la propia Mary Shelley. En “Frankenstein” (1818), nos contaba cómo la creatividad humana aplicada a la ciencia había producido una criatura con un poder hasta ese momento desconocido, el primer gran mito de la era industrial: el monstruo de Frankenstein. Seis años después publicó “El Último Hombre” (1824), la primera novela en la que se describía la extinción de la especie humana a finales del siglo XXI, cuando tras años de progresos sociales, la guerra desata una pandemia aniquiladora. El último superviviente vagabundea por un mundo desolado entregado a la fútil búsqueda de otra alma.



Desde ese momento, como he ido revisando en este blog, la CF abundó en visiones del fin del mundo más o menos apocalípticas pero, dado el clima político que, bajo el nombre de Guerra Fría, dominó los cuarenta años que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial, no resulta sorprendente que gran número de las más importantes obras del género producidas en ese periodo introdujeran de una u otra forma la posibilidad de un holocausto nuclear y la descripción del mundo que sobrevendría a continuación. Por entonces, las sociedades occidentales vivían sumidas en un continuo terror al apocalipsis. Millones de personas angustiadas respondieron con morboso interés a las visiones catastrofistas que ofrecía la CF. Los monstruos de la bomba atómica y de hidrógeno miraban continuamente por encima del hombro de los americanos y europeos de aquellos años, susurrándoles al oído mensajes de miedo y destrucción que arrinconaron las felices visiones futuristas de años anteriores. Libros y películas sustituyeron los monorraíles, los trajes plateados y las naves espaciales de elegantes diseños por la siniestra imagen del hongo nuclear.

Por todo ello resulta curioso que fuera alguien ajeno a la ciencia ficción quien escribiera precisamente una de las narraciones sobre desastres más importantes e influyentes de la
posguerra; y que, además, tratara no sobre el impacto de la guerra nuclear, sino de una misteriosa plaga que arrasaba América matando a todo el mundo en cuestión de días.

Isherwood Williams realiza un trabajo de campo para su tesis doctoral en una zona aislada de las montañas de California cuando es mordido por una serpiente de cascabel. Tras pasar varios días convaleciente en una cabaña, regresa a la civilización para encontrarse con que las ciudades están desiertas. En su ausencia, Estados Unidos –y probablemente todo el mundo- han sido arrasados por una plaga letal. Vagabundea por los restos de la civilización, viaja en coche a través del continente y, dispersos por el extenso territorio, encuentra a otras personas que han logrado sobrevivir a la enfermedad gracias bien a su inmunidad natural o al aislamiento geográfico en el
que vivían. Pero ninguno de ellos le parecen compañeros aconsejables para el nuevo mundo en el que tendrá que vivir. Por fin, regresa a su hogar, una pequeña comunidad en las colinas de Berkeley desde la que se puede ver la bahía de San Francisco y el puente Golden Gate. Allí encuentra a Em, una mulata cuyo pragmatismo y sentido común le atraen tanto como su belleza. Juntos forman una familia, a la que no tardan en agregarse otros supervivientes, conformando lo que el propio Ish bautiza como La Tribu, un variopinto grupo que de forma natural evoluciona hacia un retorno a una vida más simple como cazadores-recolectores claramente inspirada en la de los indios americanos cuya cultura había sido tiempo atrás destruida por el avance de la civilización moderna.

La mayoría de los supervivientes se conforman con vivir al día aprovechándose de la comida enlatada que durante años sigue abundando en las ciudades. Pero Ish sabe que depender excesivamente de los restos del pasado tendrá consecuencias y que la falta de capacidades intelectuales de los miembros de la Tribu y la ausencia de estímulos para explorar e innovar puede poner en peligro la existencia futura de todos ellos. Así, trata de preservar el conocimiento del pasado, salvando las bibliotecas de los estragos del tiempo y el descuido, enseñando a los niños de la comunidad aritmética y gramática y tratando de despertar
su interés narrando las maravillas que consiguió la civilización tecnológica. Sus esfuerzos parecen inútiles, pero entonces nace su hijo Joey, un niño débil físicamente pero cuya inteligencia supera con mucho a la de sus hermanos y compañeros de la Tribu. Ish lo elige como su sucesor y deposita en él todas sus esperanzas de futuro.

Los años van pasando e Ish se convierte en una figura casi mítica para las nuevas generaciones, el “Último Americano”. Ese respeto casi supersticioso hacia su figura lo incomoda tanto como el que la comunidad que lidera haya caído en la autocomplacencia y dependa de él para cualquier iniciativa mínimamente emprendedora. Cuando Joey muere a resultas de una enfermedad que diezma la Tribu y los restos de las infraestructuras urbanas (el suministro de agua, las carreteras…) dejan de ser útiles, Ish se da cuenta de que debe abandonar definitivamente y para siempre sus sueños de resucitar la civilización que una vez conoció.

¿Es el fin del mundo que conocemos algo necesariamente malo? La mayoría de las historias
apocalípticas ofrecen visiones de una humanidad luchando desesperadamente por sobrevivir entre las ruinas de una catástrofe mundial. Pero otras plantean situaciones que no parecen tan indeseables, casi como si la desaparición del mundo tecnológico trajera consigo una liberación de las ansiedades de la vida moderna. Brian Aldiss acuñó el término “catástrofe acogedora” para describir ese tipo de narraciones en las que el planeta ha quedado despoblado y unos cuantos supervivientes de clase media, honestos y emprendedores, reconstruyen la civilización recuperando los mejores valores del ser humano. Ciertamente, incluso dentro de estas “catástrofes acogedoras” podemos encontrar futuros en los que unas facciones guerrean contra otras o peligrosos monstruos tratan de devorar a los esforzados humanos (por ejemplo, varias de las historias de John Wyndham, “La Plaga Escarlata” de Jack London, “La Chica que Poseía una Ciudad” de OT Nelson…). Otros, en cambio, son realmente agradables y si uno no gusta demasiado de la gente podría hasta anhelar el encontrarse en semejante situación (siempre que no se tratara del futuro zombi, claro).

Este último es el caso de “La Tierra Permanece”. Ya desde el principio, Stewart nos ahorra las habituales escenas morbosas que abundan en el subgénero: no hay aquí montañas de cadáveres malolientes –aunque sí referencias indirectas y de pasada-, escenas de pánico, violencia, devastación, pérdida de los seres queridos, mutantes… El propio Ish encuentra su hogar vacío y, aunque puede fácilmente suponer que sus padres han muerto, no hace una tragedia de ello. El
autor incluso se muestra ambiguo respecto a la causa de la catástrofe: “En cuanto a su origen, tres hipótesis eran posibles: alguna enfermedad animal; algún microorganismo nuevo, un virus posiblemente producido por mutación; un accidente —quizá provocado— en un laboratorio de guerra bacteriológica. Esto último, parecía, era la creencia popular”. O, quizás, responde a un proceso natural, una “ley biológica de flujo y reflujo”.

Más adelante, una vez pasado el trauma de la pérdida, “La Tierra Permanece” se convierte en un espejo de los secretos deseos de muchos ciudadanos practicantes de la modernidad: vivir en un mundo apartado de los trasiegos y las ansiedades de la vida contemporánea pero sin renunciar totalmente a ciertas comodidades, formar parte de una sociedad menos congestionada y aprovechar la oportunidad de disfrutar de la Naturaleza y, al tiempo, templarse frente a sus desafíos y peligros.

“La Tierra Permanece” se solapa con la historia antropológica de California. En 1911, un demacrado individuo que hablaba un extraño lenguaje bajó de los rincones más aislados de las montañas de California para acabar siendo encarcelado por vagabundo. Fue “descubierto” por el doctor Alfred
L.Kroeber, un famoso antropólogo de la Universidad de California en Berkeley (y padre de la futura escritora Ursula K.Leguin). El misterioso hombre fue identificado como el último superviviente de la masacre de una tribu india, los Yahi, por parte de los colonos blancos. Aunque su verdadero nombre nunca llegó a saberse ya que revelarlo era tabú para su pueblo, Ishi –que significa “hombre” en el dialecto Yahi- fue inmortalizado en la crónica que sobre él escribió la esposa de Kroeber, Theodora, y que apareció publicada en 1960 bajo el título “Ishi in Two Worlds: A Biography of the Last Wild Indian in North America”. Efectivamente, Ishi tuvo el triste honor de ser el último indio libre de ese continente.

George R.Stewart, que presentó su tesis en 1920 en la Universidad de California y que dos años
después regresó allí para enseñar inglés, conocía con toda seguridad el trabajo de Kroeber y bautizó a su personaje de “La Tierra Permanece” (la única novela de CF que escribió) como Isherwood o Ish. Éste, como su homónima contrapartida de nuestra realidad, desciende de las montañas para encontrarse un mundo que le resulta extraño. Si Ishi llegaba de la Edad de Piedra para enfrentarse a la Edad Industrial, Ish realiza el trayecto inverso: de la noche a la mañana, la sociedad moderna, industrializada y tecnológica se ha transformado en un cadáver vacío. Ambos tienen al principio dificultades para adaptarse, pero consiguen acomodarse a las nuevas circunstancias. De la misma manera que el auténtico Ishi emergió de la naturaleza para convertirse en el último representante de la cultura de su tribu, Ish acaba convertido, ya anciano, en el postrero emisario de la civilización moderna, el Último Americano. Y, también como él, enseña a quienes le rodean el arte de fabricar arcos y flechas. Este paralelismo con la historia de Ishi refuerza el ya elaborado simbolismo y concienzuda reflexión sobre el temperamento humano que encontramos en “La Tierra Permanece”.

Ganador del primer certamen del International Fantasy Award en 1951, el libro de Stewart anticiparía muchísimas ficciones postapocalípticas, como “El Largo Mañana” (1955), de Leith Brackett, en el que se describe la civilización agraria y profundamente tecnofóbica que emerge tras una guerra nuclear; o “Apocalipsis” (1978) de Stephen King, quien reconoció haberse
inspirado directamente en “La Tierra Permanece”. Su importancia, más allá de su influencia en autores posteriores, reside en su carácter de puente entre las dos vertientes del vasto subgénero postapocalíptico.

Como regla general y no escrita, las historias ambientadas tras una guerra nuclear o un desastre natural equivalente (como la plaga de la novela de Stewart) pueden dividirse en dos categorías. En primer lugar, narraciones que transcurren poco después del cataclismo, como “Un Muchacho y Su Perro” (1969) de Harlan Ellison, la saga cinematográfica de Mad Max o “El Cartero” (1985) de David Brin. Los protagonistas recuerdan la civilización y utilizan los restos de su tecnología: coches, motocicletas, generadores eléctricos, emisoras de radio… Los argumentos pueden incluir salvajes luchas por algún recurso escaso, ya sea gasolina o mujeres jóvenes, o centrarse en el conflicto entre humanos y mutantes producto de la radioactividad. Algunos incluso se atreven a narrar la rápida extinción de la Humanidad, como “La Hora Final” (1957) de Nevil Shute, pero la mayoría coinciden en la esperanza de que nuestra especie sobrevivirá y que la civilización acabará siendo restaurada.

La segunda categoría comprende historias que se desarrollan cientos o miles de años después de la gran catástrofe, tales como “Vault of the Ages” (1952), de Poul Anderson, el comic “Bloodstar” (1976) o la película “Yo fui un cavernícola adolescente” (1958), de Roger Corman. La civilización y su tecnología se han olvidado completamente, quizá convertidas en vagas leyendas; los restos que han sobrevivido se prohíben como tabúes o se reverencian como iconos religiosos. La gente vive como nuestros ancestros prehistóricos, cazando y recolectando para sobrevivir y vistiendo pieles de animales. La historia típica de esta vertiente incluye un brillante y curioso joven que, a pesar de las advertencias y amenazas de los ancianos de la tribu, emprende un viaje con el fin de desentrañar el misterio del pasado de la humanidad, descubre las glorias del mismo y acaba sirviendo de inspiración a sus congéneres para unirse en un esfuerzo colectivo que restaure a la especie humana al elevado estatus que merece.

Pero el aspecto que raramente se aborda en ambas categorías de relatos es cómo exactamente podría la Humanidad llegar del primer escenario al segundo. En las historias situadas en los años
inmediatamente posteriores al desastre, la gente no ha olvidado ni mucho menos su pasado; de hecho, se trabaja y lucha duramente por conservar tanto del mismo como sea posible. Han quedado muchos libros repletos de información útil y gente que puede leerlos. Incluso una novela que parece describir el proceso de desintegración de la antigua civilización como es “Cántico por Leibowitz” (1959), en realidad muestra cómo los habitantes de un mundo postapocalíptico se esfuerzan por salvar los objetos y documentos del pasado –aun cuando no puedan comprender totalmente su naturaleza, origen o función- para que así los hombres del futuro puedan, apoyándose en ellos, reconstruir una sociedad próspera y tecnológica. Así, a pesar del dilatado periodo de tiempo que comprende, “Cántico por Leibowitz” es en realidad una narración postapocalíptica del primer tipo. En la mayoría de los casos, la casi total amnesia acerca de la historia humana y la tecnología no llega a explicarse nunca.

Y eso es precisamente en lo que destaca “La Tierra Permanece”, porque Stewart explica claramente que, si ocurriera una catástrofe planetaria, la pérdida de nuestro patrimonio histórico y tecnológico sería no sólo posible, sino, de hecho, inevitable. Así, una de las mejores y más refrescantes virtudes de la novela es la ausencia del tipo de clichés al que suelen recurrir muchas de estas narraciones postapocalípticas del primer tipo. No hay escasez de refugio o comida ni tampoco bandas violentas de motoristas recorriendo un paisaje desolado o mercenarios merodeadores; no encontraremos aquí la batalla final entre el bien y el mal ni personajes casi sobrehumanos.

En 1945, Albert Einstein dijo: “No creo que la civilización sea aniquilada en una guerra en la que
se utilice la bomba atómica. Quizá dos tercios de la población terrestre perezcan. Pero quedarán suficientes hombres capaces de pensar y bastantes libros como para comenzar de nuevo y que la civilización pueda restaurarse”. George R.Stewart, por el contrario, no ofrece falsas esperanzas. A diferencia de muchos otros relatos postapocalípticos que imaginan que la civilización puede reconstruirse en unas cuantas semanas con ayuda de un puñado de utensilios rescatados del desastre, trabajo y mucha fuerza de voluntad, “La Tierra Permanece” nos dice que la civilización que hemos conocido ya no regresará nunca más.

El primer problema es que, si algún desastre diezmara a la especie humana, los supervivientes probablemente no serían ni lo suficientemente numerosos ni lo necesariamente inteligentes como para mantener la civilización en pie. Los escritores y lectores de ciencia ficción a menudo gustan de verse como más listos que los demás, por lo que los protagonistas de esos relatos son siempre lúcidos y llenos de recursos. Pero Stewart, que nunca se consideró parte de la comunidad de la ciencia ficción, no sentía el impulso de convertir una muestra aleatoria de humanos en una irreal convención de genios. Sí, Ish es inteligente, tiene estudios universitarios y formación como antropólogo. El resto de la Tribu carece de sus capacidades intelectuales; poseen,
es verdad, otras habilidades a la hora de resolver problemas prácticos y cotidianos, como Em, la esposa de Ish, George, el carpintero o Ezra, especialmente hábil en la relación interpersonal. Pero, en general, se los caracteriza como “estúpidos” –una palabra que Ish utiliza repetidamente para describir a los que le rodean- y, por tanto, incapaces de reconstruir la compleja civilización que ha colapsado. Tal y como Ish interpreta el problema, “La civilización era obra de la inteligencia humana, y sólo la inteligencia lograría resucitarla un día”.

Hoy, conscientes de que cuestionables sistemas para medir la inteligencia humana han sido históricamente utilizados para justificar y mantener todo tipo de prejuicios e injusticias (contra individuos de otro sexo, otra raza o incluso culturas enteras), probablemente no nos sintamos cómodos con la forma en la el protagonista clasifica y marca a sus propios amigos. Ahora bien, aun cuando los pensamientos de Ish hacia sus compañeros lleguen a ser tan desconsiderados que el lector moderno las vea, como mínimo, políticamente incorrectas, también reflejan perfectamente la tesis que Stewart mantiene en la novela: que los supervivientes de una catástrofe planetaria serían gente normal y corriente, individuos que carecerán de las virtudes
físicas y espirituales que nos gustaría que caracterizaran a la comunidad ideal destinada a reconstruir la civilización humana. Para Stewart, no hay superhombres y, si los hubiera, probablemente serían víctimas del desastre.

El segundo problema es que, aun cuando entre los supervivientes se incluyera alguna persona razonablemente brillante, como es el caso de Ish, seguiría sin contar con los conocimientos necesarios para recuperar la civilización. A diferencia del carismático líder guerrero duro de matar que encontramos en otros relatos postapocalípticos, Ish es un científico, un observador, un anti-héroe con más cerebro que capacidad de supervivencia en la naturaleza. Stewart reconoce que, a diferencia de los arquetípicos héroes de la ficción pulp, también los científicos están lastrados por las debilidades y carencias humanas.

Así, una de las crisis que van punteando la novela se desata cuando el agua corriente, que había permanecido brotando de los grifos después de que otros suministros se hubieran interrumpido, deja de funcionar. Dado que nadie en la Tribu es un ingeniero hidráulico, no tienen la menor idea de lo que podría haber causado el corte y ni siquiera son capaces de investigar y corregir el problema. ¿La solución? Recurrir a los pozos y los arroyos,
esto es, un paso más hacia el primitivismo. De vez en cuando, Ish considera el acercarse a la biblioteca y tratar de asimilar las enormes cantidades de conocimiento que necesitaría para resolver estos problemas, pero siempre acaba reconociendo que tal intento sería inútil: es demasiada información para que una sola persona pueda aprenderla durante el curso de una vida y en una Tierra diezmada será imposible encontrar y reunir expertos en todas las materias imprescindibles para relanzar una civilización técnica.

Finalmente –y quizá esto sea lo más subversivo para los creyentes de los mitos de la ciencia ficción-, Stewart argumenta que ni los supervivientes ni los nacidos en el mundo postapocalíptico sentirán deseos de reconstruir la sociedad tecnológica e industrial. Los seres humanos ya eran capaces de disfrutar de sus vidas y extraer lo máximo de ellas mucho antes de que existieran las máquinas y rápidamente volverían a adaptarse cuando éstas desaparecieran. Podemos pensar que hoy nos hemos convertido en adictos a los productos de entretenimiento como el cine, la televisión o internet, pero si la civilización se detuviese, la gente no se obsesionaría con recuperar la energía eléctrica y mantener operativas las cámaras y el sofisticado equipo necesario para crear y reproducir películas. No, lo que sucedería es que encontrarían otras formas de entretenerse. E
incluso si la generación que sobrevivió a la catástrofe sintiera un impulso irrefrenable a seguir manteniendo listos sus coches y televisores, sus descendientes, que no conocieron ni disfrutaron de esos lujos, no encontrarían razón alguna para esforzarse en conservarlos.

En el fondo, la novela es una elegía a la especie humana, a su capacidad de adaptación. Al final de la historia, la Tribu fundada por Ish ha evolucionado hasta convertirse en un heterogéneo y numeroso conjunto de cazadores-recolectores, tan ignorantes y primitivos tecnológicamente como sus antepasados los Cromagnones. Ish, aunque le cuesta décadas, acaba comprendiendo que todos sus esfuerzos para preservar el legado de la civilización que él conoció han sido y serán inútiles, que la antigua cultura americana ha desaparecido definitivamente para ser sustituida por otra en la que la superstición supera a la alfabetización. Sus descendientes y los descendientes de sus amigos no tienen ningún interés en recuperar algo que no han conocido y a lo que con cada nueva generación van enterrando bajo capas y capas de mitología. Resignado, asume que las matemáticas o la escritura no tienen sentido en ese nuevo mundo y opta por dejar su semilla en
algo tan simple como la técnica para construir un arco y unas flechas, un utensilio que al principio nos niños no ven más que como un juguete, pero que en el mañana no sólo les permitirá medrar evitando la hambruna, sino que quizá, se convertirá en la base de una futura evolución técnica.

¿Es la pérdida de la civilización moderna algo necesariamente malo? Al final de su vida, Ish se pregunta si esta nueva civilización, libre de muchos de nuestros peores vicios, puede ser incluso superior y mejor adaptada a la nueva realidad que ha impuesto la plaga. Sus hijos y nietos están satisfechos con el nuevo orden social. Cuando pregunta a uno de ellos al respecto, responde “Sí, soy feliz. La vida es como es, y yo soy parte de la vida”. Ish se da cuenta por fin: “El futuro estaba fijado. La Tribu no iba a restaurar la civilización. No quería la civilización”. Al fin y al cabo, tal y como nos recuerda el evocador título rescatando una cita del Eclesiastés: “Los hombres van y vienen, pero la Tierra permanece”.

Por los motivos expuestos es por lo que Stewart marca un agudo contraste respecto a las
tradiciones de la CF, en virtud de las cuales se argumentaba que la especie humana estaba destinada a la grandeza, a fabricar máquinas cada vez mejores, a conquistar el universo y crear una utopía científica. Por el contrario, “La Tierra Permanece” nos dice que la civilización es sólo algo que surgió gracias a ciertas “fuerzas y presiones” y, por tanto, tiene iguales probabilidades de extinguirse debido a otras “fuerzas y presiones” de signo opuesto. Todavía más: el fin de la sociedad industrial, incluso, podría ser una bendición. En un momento dado, incluso llega a compararlo con un aberración: “Así el monstruo de Frankenstein impone su tiranía a sus aterrorizados creadores. Y los hombres intentan escapar por mil disimuladas sendas”. En otras palabras, no debemos asumir que los hombres quedarán por siempre traumatizados por la pérdida de la civilización moderna, porque igualmente posible es que se sientan liberados.

Además de estos temas generales, la novela presenta situaciones concretas que fueron bastante osadas en el marco de una América segregacionista anterior a las victorias de los Derechos Civiles. Por ejemplo, cuando Ish y Em deciden fundar una familia, una que no será juzgada por el color de su piel (recordemos que Em era mulata). Aunque ese pasaje no causa el mismo impacto en un lector del siglo XXI que en alguien que abordara la novela en los
años cincuenta (después de todo, no fue hasta 1967 que las leyes que prohibían los matrimonios mixtos fueron declaradas inconstitucionales en los Estados Unidos), Stewart se atreve a expresar con contundencia su opinión en contra de esa injusticia que, además, atenta contra la misma naturaleza humana.

Cuando la pequeña comunidad liderada por Ish empieza a crecer, han de enfrentarse a otros problemas. Por ejemplo, la perpetuación de la Tribu. La bigamia no era un aspecto con el que la mayoría de los compatriotas de Stewart se sintieran cómodos así que Ish optó por permitir matrimonios de chicos de apenas dieciséis años: “En los viejos tiempos, un matrimonio entre criaturas tan jóvenes hubiera parecido prematuro y hasta poco decente. Pero las antiguas normas no tenían ya vigor. Ish y Em, en la intimidad, sopesaron el pro y el contra. Mary y Ralph no estaban perdidamente enamorados; pero desde un principio habían sido destinados el uno al otro. Era un matrimonio de conveniencia, como las antiguas bodas reales. El amor romántico, pensó Ish, había caído también víctima de la epidemia”. Es necesario también organizar un sistema de gobierno, aunque sea rudimentario, marcar las fechas destacadas a conmemorar (¿Qué sentido tiene ya, por ejemplo, el Día de Acción de Gracias?); establecer un cómputo del paso del tiempo o decidir qué tipo de religión se practicará, si es que se permite alguna. Poco a poco, los fundadores de la comunidad ven cómo las relaciones entre ellos y con su descendencia se transforman, regresando a modelos pre-industriales.

Stewart describe ese cambio a un marco mental “premoderno” de una manera ágil, clara y precisa
aun cuando no se detenga más de un par de páginas en cada dilema moral, político, social o tecnológico. Consigue dar a todas las cuestiones que trata una profundidad que anima a la reflexión y sobre las que merece la pena volver una vez el libro llega a su conclusión para así tomar conciencia de la importancia para el futuro que tuvieron cada una de las decisiones de los protagonistas.

Simultáneamente a los cambios que experimenta la sociedad humana, Stewart va narrando la transformación que sufre el ecosistema una vez éste se ve libre del influjo de la industria y la acción humana. El deterioro de las infraestructuras y construcciones, la invasión de la naturaleza, el destino de las especies animales que conviven con nosotros, desde las ratas o las moscas hasta los perros, los cambios en las pautas de las enfermedades que afectan al ser humano…

La ecología, entendida como preocupación por el medioambiente más allá de limitarse a describir la estructura y relaciones biológicas de la naturaleza, empezó a tomar ímpetu tras la Segunda Guerra Mundial, cuando una serie de tragedias y sucesos (test nucleares, vertidos de petróleo) acabaron despertando la conciencia pública acerca del coste que sobre la especie humana podría tener la negligencia hacia el medio ambiente. El movimiento ecologista aún tardaría en consolidarse (Greenpeace, por ejemplo, no nacería hasta 1971), pero figuras pioneras ya propugnaban desde hacía tiempo en sus libros el conservacionismo y la necesidad de hallar un equilibrio entre nuestras necesidades y el mundo natural. Stewart era un erudito que había escrito tratados sobre geografía, historia y toponimia de los Estados Unidos y tenía una penetrante comprensión de la forma en que el hombre influye en su entorno y viceversa, conocimiento que trasladó a “La Tierra Permanece” en forma de relato costumbrista de melancólica belleza. Utilizó además esa
recuperación del mundo natural para construir metáforas que remiten a lo que veinte años más tarde harían los escritores de la Nueva Ola: el lento proceso de oxidación del Golden Gate simboliza tanto el envejecimiento del protagonista como el olvido del viejo mundo tecnológico por parte de las nuevas generaciones; el que las monedas de dólar, que abundan por millones entre los restos de la civilización pero que ya no tienen valor intrínseco, sirvan para fabricar puntas de flecha que asegurarán la pervivencia de la especie humana, es un concepto maravilloso…

En cuanto a la prosa de Stewart, es directa y clara, sin frases floridas ni ejercicios de estilo ampulosos. Con todo, consigue ser evocadora y emotiva cuando es necesario. Aunque estrictamente hablando la narración no utiliza la primera persona, la historia está íntegramente contada desde el punto de vista del protagonista, lo que nos proporciona una visión íntima de lo que está pensando, sintiendo y experimentando. Todos los demás personajes son interpretados a través de su perspectiva. De vez en cuando, Stewart hace un alto en la narración principal e inserta pasajes en itálica a través de los cuales nos cuenta la forma en que se va erosionando el aspecto material de la civilización: su proceso y las causas, un conocimiento al que Ish no tiene acceso. En cualquier caso, esos cambios no nos dan pistas acerca de si se trata de un fenómeno global puesto que la acción siempre queda circunscrita a California y, puntualmente, al resto de Estados Unidos, pero nunca se nos dice nada sobre el resto del planeta.

Por otra parte, el enfoque de la historia –dejando al margen la premisa básica de que casi toda la
población ha sido exterminada por la plaga sin dejar demasiados cadáveres tras de sí- es realista, habiendo pocos momentos que exijan al lector relajar demasiado su credulidad. No hay intentos forzados de añadir dramatismo, asustar o, por el contrario, reconfortar al lector. La vida de Ish, salvo momentos puntuales, se caracteriza por la apacibilidad, por la transición paulatina, suave pero imparable, desde el mundo que nos es familiar a uno totalmente nuevo pero tan plausible como el anterior. No hay acción o suspense sino cotidianeidad, situaciones en las que el lector puede fácilmente imaginarse a sí mismo. Pasan casi noventa páginas antes de que aparezca el primer diálogo y más de cien hasta que se presenta al segundo personaje de cierta entidad, Em.

Más de sesenta años después de su publicación, resulta difícil sobreestimar la influencia y
perdurabilidad de “La Tierra Permanece”. A pesar de que en su momento no fue publicada como novela de ciencia ficción, hoy sigue siendo una de las mejores novelas postapocalípticas de todos los tiempos gracias a su profundidad, sus reflexiones tanto sobre la condición humana como de la sociedad, su mirada emotiva y melancólica -que no sentimental- de nuestro posible destino y el del mundo natural que nos rodea y la empatía que despierta su protagonista, verdadero símbolo de la capacidad adaptativa del hombre. A pesar de que el libro contiene el mensaje de que la civilización y la tecnología no constituyen necesariamente nuestro Destino Manifiesto y que bien podríamos perderlas más fácilmente de lo que las adquirimos, también nos asegura que su desaparición no supondría una tragedia irreparable, que la especie humana sobreviviría y que sus miembros mantendrían intacta su capacidad para llevar vidas plenas y felices. En este sentido, la novela de Stewart constituye un antídoto para el pesimismo, violencia y desesperación que destilan tantos libros y películas sobre catástrofes planetarias.

Una lectura absorbente y un clásico imprescindible de la ciencia ficción que seguirá manteniendo su vigencia todavía muchos años más.


4 comentarios:

  1. Curiosamente me pillas justo leyéndolo. En ciertas partes choca un poco cuestiones como el trato a las mujeres o a los negros, pero lógicamente hay que ponerlo en su contexto. También es cierto que a nivel literario, los personajes y el ritmo a veces parecen solo al servicio de lo que quiere contar: acelera o desacelera el paso del tiempo de formas un poco extremas...lo que tiene que contar es interesante, y parece que el libro es un vehículo para dar esa visión que comentas en el articulo. Muy interesante en cualquier caso, como precursor de muchas otra cosas.

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  2. Maravillosa novela. Una de esas que leí en la juventud y que releída en la "madurez" sigue conservando toda su fuerza evocadora. Estoy totalmente de acuerdo contigo, no es fácil sobreestimar la influencia de esta novela. Dice Darío que algunas cuestiones chocan hoy en día. Sin duda es así, pero si tenemos en cuenta que fue escrita hace 65 años a mi me parece muy avanzada a su tiempo. El 90% de la CF escrita en los 40 y 50 produce sonrojo hoy en día, incluso mucha de la escrita en los 60 ó 70 ha envejecido realmente mal; no tanto por lo que cuentan sino por cómo lo cuentan, sus convenciones sobre temas como la raza, el género, las clases sociales, etc. En contraste, La Tierra Permanece ha resistido en mi opinión mucho mejor el paso del tiempo.

    En fin, como de costumbre una estupenda crítica.

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  3. Es una novela muy seca y creo que eso es lo que la va a preservar porque eso la hace bastante atemporal. Por otro lado es bastante única.

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  4. En mi opinión, es una novela que, dada la dimensión de los temas que aborda, no ha envejecido mal. Sí, claro, no hay móviles, ni internet y la Ruta 66 aún se ve como la gran carretera americana que un día fue; hay cierto tufillo machista o racista... pero, en general, el panorama que plantea es perfectamente adaptable a la actualidad. Un saludo y gracias por vuestros comentarios.

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