domingo, 13 de noviembre de 2016

1986- EL CASTILLO EN EL CIELO – Hayao Miyazaki


Hayao Miyazaki es un maestro de la animación, un referente admirado más allá del mundo del anime japonés y, para muchos, el mejor animador del mundo. Ya apunté algo sobre los inicios de su carrera en el artículo dedicado a “Nausicaa del Valle del Viento” (1984), la película cuyo éxito permitió a Miyazaki fundar el Estudio Ghibli. Los logros de este sello y la importancia y calidad de las películas que con el tiempo produciría se escapan al ámbito de este blog, por lo que nos centraremos en “El Castillo en el Cielo”, el primer título en salir de esa factoría. Como tal, puede considerársela la primera película en la que Miyazaki ejerció un control total y disfrutó de una libertad equivalente . Tanto en las precedentes “El Castillo de Cagliostro” como en “Nausicaa” se habían utilizado las limitadas técnicas tradicionales propias de la animación japonesa de entonces, mientras que en “El Castillo en el Cielo” ya florecen la extraordinaria belleza, imaginación, poder evocador y meticulosidad técnica y estética que a partir de este momento marcarían la trayectoria de Miyazaki.



Cuando unos piratas asaltan la aeronave en la que viaja, la joven Sheeta trata de escapar sólo para resbalar y caer al vacío. Sin embargo, el cristal que lleva como una joya alrededor del cuello se activa y ralentiza su caída, depositándola suavemente en la tierra. Allí la encuentra Pazu, un minero huérfano, brillante y emprendedor, acogiéndola en su casa. Pero entonces, los piratas, liderados por la temible Dola, llegan al pueblo de Pazu en busca de Sheeta; y lo hacen al mismo tiempo que otro grupo de soldados fuertemente armados y con la misma misión. Los dos chicos huyen y en el curso de su escapada, Pazu se entera de que Sheeta es una descendiente de los últimos gobernantes de la mítica ciudad flotante de Laputa, desaparecida siglos atrás.

Finalmente, ambos son capturados por los soldados encabezados por el coronel Muska, que ansía hacerse con el cristal de Sheeta y utilizarlo para encontrar la localización de Laputa y apropiarse entonces de sus avanzados secretos tecnológicos. Escapando una vez más y estableciendo una inestable tregua con los piratas (que también andan tras el botín de la ciudad, si bien en su caso lo que desean son tesoros y no armas), Sheeta y Pazu emprenden una desesperada carrera contra Muska para llegar los primeros a la legendaria ciudad.

Como varios de los films de Miyazaki, “El Castillo en el Cielo” transcurre en un mundo alternativo pero no del todo ajeno al nuestro. En este caso, ese peculiar universo se construye a base de amalgamar referencias e inspiraciones diversas, sobre todo las fantasías decimonónicas
europeas sobre máquinas voladoras (especialmente las ilustraciones de Albert Robida, “Robur el Conquistador” de Verne (1886) o “El Angel de la Revolución” (1893) de George Griffith), pero también “Los Viajes de Gulliver” (1726), en el que describe la isla de Laputa, poblada de científicos majaras e impulsada por una avanzadísima y temible tecnología. También encontramos paralelismos con “La Isla del Tesoro” de Robert Louis Stevenson (1883), de la cual Miyazaki adopta el tema del muchacho que sale de su pueblo para emprender un fantástico viaje y encontrar una remota isla. Asimismo, encontramos referencias y préstamos de la mitología hindú (no sólo la heroína se llama igual que uno de los personajes femeninos centrales del poema épico Ramayana, sino que la película recoge ciertas analogías con la peripecia de aquélla), las historias bélicas de la Primera Guerra Mundial (los combates aéreos, el uniforme pseudoalemán de los soldados) o las invenciones de Leonardo da Vinci.

Así pues, el mundo que plantea inicialmente “El Castillo en el Cielo” es una suerte de Inglaterra
decimonónica que nos remite a las poblaciones mineras de la época de la Revolución Industrial, si bien los paisajes y relieve geográfico no se corresponden con los de ese país. De hecho, Miyazaki se inspiró para crear ese lugar en un viaje a Gales y su visita a uno de sus antiguos pueblos mineros. Ese peculiar universo alternativo está retratado con un extraordinario detalle, desde la maquinaria minera del pueblo de Pazu hasta su humilde vivienda, de los artefactos voladores hasta la impresionante arquitectura de Laputa. Igual derroche de imaginación encontramos en los diseños de tecnología que nunca existió: el rudimentario coche que los piratas roban, el tren acorazado, la fortaleza volante, los robots que custodian Laputa… Son todos ellos vehículos y máquinas que transpiran verosimilitud. La nave de los piratas, por ejemplo, se diría que pudiera haber funcionado tal es el grado de detalle con el que está diseñada: los cepos para atrapar a los ornitópteros monoplaza, los motores a vapor, el tendedero en cubierta, el planeador de emergencia unido a la nave principal y zarandeado por la tormenta…

Ya ha quedado claro a estas alturas el importante papel que juegan las aeronaves en la historia. Y es que en todas sus películas, Miyazaki introduce de una u otra forma elementos, artilugios o escenas que nos recuerdan su amor por el vuelo. Varias de sus jóvenes heroínas disfrutan de la sensación de volar a bordo de ágiles ingenios unipersonales ya sean éstos máquinas inventadas (el planeador de Nausicaa), reales (los biplanos que diseña Fio en “Porco Rosso”) o incluso mágicos (la escoba de Kiki en “La Aprendiza de Bruja”). En “El
Castillo en el Cielo” abundan los bombarderos, cazas y aviones pirata de diseño retrofuturista, e incluso la propia ciudad flotante de Laputa es todo un símbolo de poder aéreo. También aquí, como en otros de los primeros films de Miyazaki, destacan las escenas de marcado tono cómico: la enloquecida persecución de los piratas sobre las vías del tren, el combate entre los mineros y los piratas o las escenas en las que Pazu y Sheeta pasan a viajar como tripulantes a bordo de la nave de los piratas bien podrían haber formado parte de los delirios de “El Castillo de Cagliostro”.

“El Castillo en el Cielo” tiene un comienzo arrebatador: una aeronave gigante surcando grácilmente las nubes, para entrar a continuación en escena los piratas a bordo de sus ornitópteros, unas pequeñas naves zumbadoras inspiradas en las libélulas, su abordaje a la nave, el combate subsiguiente, el intento de huida de Sheeta -a todas luces secuestrada por Muska- y su caída al vacío. Es un arranque dinámico y lleno de suspense que atrapa al espectador, pero no es ni mucho menos la única o mejor secuencia. Por ejemplo, el momento en que Sheeta consigue
despertar al robot en el castillo y éste inicia una orgia de destrucción, aniquilando la fortaleza con su rayo calorífico, es también impactante. Miyazaki prefigura aquí algunas de las escenas de destrucción masiva en las que muy poco después se prodigaría tanto el anime, especialmente tras el estreno de “Akira” (1988) de Katsuhiro Otomo. Ahora bien, a diferencia de éste, Miyazaki consigue equilibrar la violencia con momentos de gran ternura, como cuando el robot cuida de la niña, que nos recuerdan también a otros films posteriores, como “El Gigante de Hierro” (1999).

También vemos aquí por primera vez otra de las características del Estudio Ghibli: el cariño con
que se pintan los fondos y el encanto pastoral, casi idílico, que transmiten. La película está llena de exquisitos paisajes e imágenes del cielo azul tachonado de nubes que se apartan para revelar valles y extensiones de campos sembrados. En este sentido, encontramos un momento especialmente encantador en la primera parte, cuando Pazu se levanta por la mañana y suelta a sus palomas: la cámara las sigue en su vuelo hacia el valle mientras el sol se alza sobre las escarpadas paredes rocosas, tocando con sus rayos las casas del pueblo.

Pero la parte más espectacular de la película y su verdadero punto de inflexión llega cuando los personajes llegan por fin a la isla flotante de Laputa, llena de columnatas derruidas o invadidas por la vegetación, grandes ventanales con vistas al cielo, patios y pasillos que terminan abruptamente en el vacío, edificios enteros que yacen bajo estanques, extrañas libélulas y otras pequeñas criaturas que revolotean entre las degradadas construcciones y ese colosal árbol que forma su núcleo… Miyazaki acertó de pleno al imaginar esta ciudad abandonada como un lugar que inspira una serena belleza en la que se mezcla la obra del hombre con la de la naturaleza y que, sobre todo, sugiere melancolía por la grandeza perdida de una sabia civilización que –suponemos, porque nunca se llega a aclarar- cayó víctima de su propia ambición. Si uno de los objetivos de la ciencia ficción consiste en estimular el sentido de la maravilla del espectador, “El Castillo en el Cielo” es un sobresaliente ejemplo del género.

Laputa, abandonada por el hombre, se ha convertido, como decía, en un mundo donde el legado arquitectónico y tecnológico del hombre perdura en armonía con la vibrante naturaleza. El robot que encontramos aquí no es una máquina destructora, sino un jardinero que trata con delicadeza a las más pequeñas criaturas. Sin embargo, el poder que anida en la ciudad aún puede causar una enorme destrucción y ése es precisamente el motivo por el que Muska quiere tomar posesión de ella. Es aquí donde se manifiesta claramente tanto el conservacionismo de Miyazaki como el pobre concepto que tiene del ser humano. Los hombres crearon la maravillosa Laputa para utilizarla como arma de
destrucción al servicio de su egoísmo y codicia, amenazando y conquistando al mundo. Pero sin la presencia humana, Laputa se ha convertido en un enclave natural en el que sólo se encuentra belleza y serenidad. Los robots fabricados para asesinar y devastar se han convertido ahora en custodios de la vida.

Miyazaki quiere desesperadamente ser optimista acerca del mundo, pero no puede evitar la misantropía. No encuentra esperanza en la humanidad: destruimos y corrompemos la tierra y nos agredimos los unos a los otros, una visión siniestra que en la película viene ejemplificada por Muska. Sin embargo, al mismo tiempo, salva de esa oscuridad a los niños, a los que considera mejores que nosotros, los adultos, razón por la cual los convierte en protagonistas de casi todas sus historias. En este caso, Sheeta y Pazu, todavía inocentes, no sucumben a la
ambición, el egoísmo y la sed de poder. La heroína rechaza la avanzada tecnología y el poder militar que le legaron sus ancestros y acepta, en cambio, un más sensato regreso a la armonía entre la Tierra y el Hombre, un mensaje conservacionista que ya habíamos visto en “Nausicaa” y sobre el que volvería en otros films, por ejemplo, en “Mi Vecino Totoro” (1988) o “La Princesa Mononoke” (1997).

Tras toda la sucesión de persecuciones, combates y aventuras, espionaje, piratas, conspiraciones, misterio, tecnología tan avanzada que parece magia y ciudades legendarias, tenemos los personajes, personajes que no se ajustan al estereotipo heroico. A pesar de los fondos idílicos
sobre los que transcurre la acción y el tono ligero de la aventura, el mundo que nos presenta Miyazaki es bastante más oscuro de lo que parece a primera vista, un mundo duro que ha empujado a muchos a la piratería aérea, un mundo en el que hay conspiraciones, sed de poder y penuria económica que fuerza a los niños a extraer minerales de las entrañas de la tierra. Así, aunque la ciudad minera es retratada como un lugar esencialmente feliz con un fuerte sentido comunitario, tras ese alegre decorado acecha un cosmos poco amable. Huérfano y obligado a trabajar en una mina para comer, Pazu es un héroe atípico y accidental. La otra protagonista, Sheeta, es también huérfana y vive angustiada porque ignora la razón por la que tanta gente la persigue. En el curso de su viaje, acabará descubriendo la respuesta a sus preguntas pero, como Pazu, no tiene inclinaciones heroicas ni interés en participar en el destino del mundo enfrentándose a las grandes potencias militares y políticas que lo rigen.

Aunque Pazu tiene el carácter necesario para ser un héroe (nobleza, generosidad, valentía, sentido de la justicia, lealtad y astucia), su papel no es el de salvador de su recién encontrada amiga. Sheeta puede ajustarse inicialmente al tópico de “damisela en peligro”, pero acaba encontrando un propósito claro y firme hasta el punto de que se convierte en la heroína de su propia historia, cruzando en tal proceso la frontera entre la adolescencia y la madurez al asumir la difícil responsabilidad de su legado como gobernante de Laputa. Aunque durante buena parte de la historia Pazu y Sheeta son vapuleados y zarandeados por fuerzas más allá de su control, ambos consiguen encontrar el coraje
y la voluntad necesarios no sólo para labrar su propio destino, sino el del mismo mundo y la civilización humana. No buscaban elevadas metas ni verse inmersos en problemas, pero al encarar los desafíos y peligros que el destino pone en su camino, logran crecer y mejorar como personas.

Junto a ellos encontramos a los piratas, que son presentados inicialmente como una amenaza, pero que también terminan la aventura convertidos en algo parecido a héroes gracias al liderazgo de su arrojada e irascible –pero, en el fondo, de buen corazón- Dola (cuya personalidad, por cierto, está inspirada en la de la madre de Miyazaki). Los piratas forman un grupo algo caótico y de personalidades imprecisas que funcionan de facto como una extensión de la propia Dola. Mujer entre piratas, ella es la líder temeraria, la que asume toda la responsabilidad, toma las decisiones y protege a sus hombres como una auténtica madre. Si Miyazaki los salva hasta cierto punto de su pesimismo misantrópico es gracias a que, en el fondo, forman una pequeña comunidad unida por
fuertes lazos, institución que el cineasta ve como la mejor forma de enfrentarse a las adversidades de la vida.

Ha habido quien ha criticado la película por su enfoque machista, argumentando el papel de Sheeta como “damisela en peligro” –que ya dijimos que acaba superando- o la forma en que es relegada a la cocina cuando se une a los piratas. No estoy del todo de acuerdo. Como sucede en la mayoría de films de Miyazaki, las mujeres de “El Castillo en el Cielo” son personajes muy importantes y no se limitan a servir de elemento romántico hacia el que los
hombres puedan dirigir su galantería ni como meros sustitutos de los mismos en las escenas acción. Las mujeres de Miyazaki son fuertes, intensas, saben lo que quieren y no necesitan un hombre que las salve. En “El Castillo en el Cielo”, Dola y Sheeta son dos auténticos motores de la aventura. Por el contrario, los piratas son retratados como sensibleros, torpes, totalmente anulados por la personalidad de Dola y, en último término, subyugados hasta la estupidez por la propia Sheeta.

Al final, la historia de “El Castillo en el Cielo” puede asimilarse fácilmente a los parámetros
propios del subgénero de “Mundos Perdidos”: un grupo de exploradores que descubren una ciudad perdida repleta de maravillas tecnológicas pertenecientes a una civilización ya extinta, pero que al final, tras varias aventuras, resulta destruida. En este caso, sin embargo, el emocionante viaje hasta ese lugar, el esplendor gráfico que lo acompaña, el carisma de los personajes, su atemporal mensaje ético articulado sin moralina, el logrado equilibrio entre acción y emoción, entre crueldad y ternura, y el absorbente y extrañamente verosímil universo retrofuturista que crea Miyazaki, hacen de esta película una pequeña joya de muy recomendable visionado.




1 comentario:

  1. En un anime que he visto- Orphen- copian cierta escena de la pelicula.era un robot que cuidaba un lugar.

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