martes, 21 de agosto de 2018

1948- SÓLAMENTE UNA MADRE - Judith Merril


A Josephine Juliet Grossman (1923-1997) nunca le gustó demasiado su nombre, así que ni corta ni perezosa decidió cambiárselo por el de Judith con ocasión de su primer matrimonio. Antes de acometer su segundo –con Frederik Pohl, en 1949- se adjudicó también el apellido Merril. Cuando en 1973 obtuvo la ciudadanía canadiense tras una larga trayectoria contestataria y opuesta a la política exterior norteamericana, lo hizo ya como Judith Merril. Fue en primer lugar y sobre todo una aficionada a la ciencia ficción que formó parte del grupo de los Futurianos (en los que militaban también Pohl, Cyril Kornbluth, Isaac Asimov, James Blish o Damon Knight) durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Aunque a lo largo de su vida su relación profesional con la CF tuvo que ver sobre todo con la edición (fue la primera mujer, por ejemplo, en lanzar antologías anuales recopilando los mejores cuentos), también escribió narraciones y novelas, aunque su obra nunca fue demasiado extensa.



Su primer cuento de CF apareció en el número de junio de 1948 de “Astounding Science Fiction”. Esta entrega incluía un artículo editorial sobre la energía nuclear escrito por el propio Joseph W.Campbell e historias firmadas por, entre otros, Eric Frank Russell o Isaac Asimov. Pero lo que sin duda destacaba sobre el resto del material fue el cuento “Solamente Una Madre”. Con esta historia antinuclear (así como con su primera novela “Sombra en el Hogar”) la pacifista Judith Merril rompió los moldes masculinos y tecnológicos sobre los que solía apoyarse la línea editorial de Joseph Campbell para esa cabecera, explorando en cambio el lado femenino y doméstico del fantasma nuclear. Fue un texto tan adelantado a su tiempo que su significado y relevancia sólo empezó a ser comprendido después del auge de los movimientos pacifista y feminista en los sesenta.

La historia comienza con Maggie, la protagonista, embarazada. Su marido, Hank, es un oficial en el ejército destinado en una misión. Tener un hijo en ese futuro –cercano, ya que se trata de 1953- no es una buena idea por una sola y terrible razón: la radioactividad. Se está librando desde hace tiempo una guerra, que parece ahora entrar en sus etapas finales y en la que se ha utilizado armamento nuclear. Los militares han sido los principales afectados y procrear hijos tras haber sido irradiado puede dar lugar a graves deformaciones en los bebés, algo de lo que se hacen eco
los periódicos causando terror social. De hecho, están aumentando alarmantemente los infanticidios: muchos padres, incapaces de asumir la tragedia, asesinan a los bebés. Comprensiblemente, Maggie está asustada ante la posibilidad de que pueda dar a luz a un mutante.

El relato se estructura como un intercambio de correspondencia entre Margaret y Hank. Después de dar a luz a Henrietta, Maggie está encantada y muy ilusionada con las maravillas de la maternidad, tanto que inmediatamente le envía una misiva a Hank diciendo que la niña es normal y está sana. Se queja de la enfermera, a la que acusa de estar obsesionada con las mutaciones, y de los médicos y enfermeras por tener un complejo divino.

En las siguientes cartas que escribe Margaret, cuenta que Henrietta es un prodigio porque con siete meses ya puede hablar. La madre está encantada del rápido progreso de su hija. El intercambio de misivas continúa hasta que un día Hank le informa por telegrama de que regresará a casa con un permiso. Al llegar, su esposa le recibe cariñosamente tras dieciocho meses sin verse. Y cuando conoce a su bebé…el relato adopta otro tono mucho más tenso. Hasta ese momento, el único
punto de vista que había tenido el lector era el de la orgullosa madre; pero ahora, con la llegada de Hank, la narración empieza a transmitirnos lo que él ve, que resulta ser muy diferente. Empezamos a dudar de que todo en Henrietta sea tan maravilloso, de que sea una niña normal. Enseguida queda patente que Margaret trata de ocultarle algo…y, efectivamente, horrorizado, el padre descubre que su hija es una mutante sin piernas ni brazos.

Merril plantea el marco general rápida y eficazmente en tan sólo un par de páginas y a partir de ahí desarrolla una narración totalmente lineal que desemboca, como tantos cuentos de entonces –sobre todo los de género terrorífico-, en un golpe de efecto. El problema es que el lector actual, bien bregado en historias de terror, va a adivinar enseguida qué tipo de final le espera al término del relato. El trasfondo expuesto al inicio e incluso el propio título (que se refiere a la frase hecha “una cara que solamente una madre podría amar”) ya dan pistas a lo que va a
ocurrir, un inconveniente que Merril trata de mitigar manteniendo la descripción de los acontecimientos y las últimas etapas de la narración tan vagas como le es posible. Nunca nos enteramos exactamente de cuál es el problema con el bebé o qué sucede al final. ¿Está la mujer mentalmente ida o, por el contrario, dispuesta a aceptar a su hija como algo normal? ¿Quiere Hank sacrificar a su hija? Y, sin embargo, sabemos todo lo que es necesario saber. De hecho, ya lo sabemos en la página dos. El resto de la historia es sólo el natural desarrollo de lo que debe ocurrir.

Este relato se ha incluido a menudo en antologías de los mejores cuentos de CF de los años cuarenta y goza de bastante reputación entre los estudiosos. Sin embargo, no ha envejecido demasiado bien y su mérito no reside precisamente en su validez atemporal como narración. Difícilmente le causará al lector moderno el mismo impacto que entonces debió ejercer sobre los seguidores de “Astounding”. Si disfruta de tan buena consideración entre los críticos e historiadores del género es por su significado histórico. En lo que hasta ese momento era un género eminentemente masculino, adolescente y orientado hacia la épica aventurera, Merril
convierte a una mujer embarazada y luego madre en foco narrativo, restringiendo la historia al ámbito doméstico y al drama personal e introduciendo con sensibilidad femenina temas como el nacimiento, la maternidad y lo intenso que puede llegar a ser el amor de una madre, tanto como para impedirle ver la realidad o, más bien, transformar su mente. Sólo por esto, “That Only a Mother” ya es una narración relevante, algo que reconoció la Asociación de Escritores de Ciencia Ficción norteamericana cuando decidió incluirla en el Science Fiction Hall of Fame.



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