viernes, 28 de septiembre de 2018

1985- LA FIEBRE DE URBICANDE – Peeters y Schuiten


Sobre el origen, planteamiento y autores de la saga “Las Ciudades Oscuras” ya hablé en la entrada dedicada al primer volumen de la misma, “Las Murallas de Samaris”, por lo que no me extenderé aquí sobre ello. La segunda entrega, que es la que ahora nos ocupa, fue mucho más ambiciosa y se serializó originalmente en la revista francesa “(A Suivre)” en seis entregas a partir de su número 68 (septiembre de 1983), llegando su edición en álbum dos años más tarde.


Urbicande es una ciudad construida en el labio inferior de una amplia falla por cuyo centro discurre un río. La orilla sur del mismo ha sido totalmente remodelada con edificios de tipo colosalista y un urbanismo diseñado a base de grandes avenidas, enormes estatuas, majestuosos jardines y líneas rectas por doquier. Una ciudad, en definitiva, con cierto aire de mausoleo, concebida para empequeñecer a las personas. La orilla norte, por el contrario, conserva sus caóticas y vetustas estructuras urbanas, como edificios irregulares cubiertos de hollín o callejas serpenteantes y humanidad abigarrada. Esta asimetría irrita la sensibilidad del urbatecto de la ciudad, Eugen Robick, que ha estado trabajando para reestructurar Urbicande pero que ahora no consigue convencer al gobierno de la ciudad, la Comisión de las Altas Instancias, para solucionar de una vez por todas esas discrepancias. Ni siquiera le han autorizado para construir un tercer puente de conexión entre ambas orillas.

Y es que, como se ve a lo largo de la historia, la distancia que separa ambas orillas no es meramente física o arquitectónica, sino social. Mientras que en la renovada orilla sur se concentran las clases sociales altas, en la norte residen las más populares. Y ambas viven de espaldas la una de la otra. Hasta los puentes tienen controles policiales que impiden el libre flujo de personas entre las dos zonas de la ciudad. Por algún motivo no del todo especificado
–aunque puede fácilmente pensarse en el prejuicio o el miedo a que la “gente pobre” y trabajadora contamine su lujoso entorno y afecte a su inestable equilibrio social-, la Comisión quiere mantener el statu quo: al norte, los símbolos y ciudadanos con poder y riqueza; al sur, la industria y los trabajadores.

A Robick, tal y como indica en la carta que dirige a las Altas Instancias y con la que se abre el álbum, no le importan demasiado las personas ni la justicia social. Su interés en la ciudad es meramente estético. Como arquitecto y urbanista, ya lo he dicho, le molesta esa falta de asimetría en las estructuras urbanas; incluso siente herido su orgullo profesional, ya que como máximo responsable de esos negociados, siente que Urbicande no es todo lo perfecta y excelsa que debería.

Mientras reflexiona en cómo convencer a la Comisión, Robick recibe un pequeño cubo hueco
hallado por unos obreros en el lugar de una construcción. Poco a poco pero sin detenerse, este artefacto de tiempos remotos empieza a crecer, a multiplicarse como si de un ser vivo se tratara, generando una auténtica red geométrica tridimensional que atraviesa muros –e incluso cuerpos si alguien se descuida- sin destruirlos y que engulle primero la casa de Robick y luego, con el paso de los meses, el resto de la ciudad. De hecho, acaba conectando las dos orillas. La red, además, está hecha de un material desconocido e indestructible y cualquier intento de quebrarla, incluso con armamento pesado, termina en fracaso. No queda más que esperar.

La red trastoca la vida de Urbicande a todos los niveles. La gente de la orilla sur, indignada, se vuelve contra unas autoridades incapaces de solucionar el problema y a las que sólo se les ocurre encarcelar a Robick. Sophie, dueña de un burdel, trata de aprovecharse del descontento y convencer al urbatecto para que se meta en política liderando un movimiento de oposición, algo en lo que él no está interesado. La
manipuladora Sophie concentrará entonces sus manipuladoras atenciones en Thomas, antiguo amigo de Robick y más proclive a caer en las garras del poder. Pero es que, además, la red ha unido ambas orillas y cuando su crecimiento se detiene tras unos meses, esta estructura se convierte en parte integral del urbanismo, un canal de tránsito entre una y otra zona que los ciudadanos asumen con total naturalidad y que abole las diferencias de clase. Los ciudadanos pueden así desafiar lo prohibido. La red se ha convertido en una estructura subversiva que crea vínculos entre las personas.

Finalmente, la población se rebela, libera a Robick, el sistema político se derrumba y la ciudad disfruta de un breve periodo de libertad. Pero su desarrollo se vuelve anárquico, algo que, una vez más, hiere el sentido del orden y la simetría de Robick, cuya obsesión pasa a ser encontrar la forma de integrar armónicamente la red en la nueva estructura urbana. Pero sus planes vuelven a frustrarse cuando tras el invierno la red retoma su crecimiento y destruye muchas construcciones que de una forma u otra se habían apoyado en sus aristas. Gran parte de la ciudad queda en ruinas y los oportunistas se apoderan del gobierno mientras la red se hace tan inmensa que supera los límites de la ciudad. Un año después, la población de Urbicande mira hacia los últimos pilares de la red que se mueven hacia lo infinitamente grande, dejando en sus
corazones una nostalgia inexpresable que no pueden solucionar los torpes planes del gobierno para replicarla a imagen y semejanza del periodo en el que ésta formaba parte intrínseca de la urbe.

En 1974, el arquitecto y diseñador húngaro Erno Rubik inventa un extraño cubo cuyas 6 caras se cortan en 9 cubos más pequeños que pueden girar independientemente el uno del otro. Un sistema de eje central permite rotaciones verticales y horizontales y las superficies pueden cambiar su orientación sin separarse la una de la otra. Al principio, cada cara del cubo tiene su propio color, pero después de algunas rotaciones, la
mezcla de pequeños cubos crea a cada lado un mosaico cromático. La operación más compleja es devolverle al cubo su apariencia original. A principios de los 80, este rompecabezas geométrico se convirtió en un inesperado fenómeno de masas planetario. Se vendieron millones de cubos de Rubik por todo el mundo, publicándose libros que explicaban su manejo y posibilidades. Lo que inicialmente había sido un ejercicio didáctico, se transformó en hobby y mina de oro comercial.

Sin duda, fue este cubo lo que inspiró a Schuiten y Peeters a la hora de imaginar el elemento perturbador que iba a poner patas arriba el cuerpo y alma de Urbicande. Pero el cubo no es más que una herramienta, un artilugio narrativo para articular lo que en realidad es una crítica cáustica a las visiones grandilocuentes y egocéntricas de los planificadores urbanos, ya fueran los racionalistas como Le Corbusier, Mies Van der Rohe o Walter Gropius o los seguidores del neoclasicismo colosalista propio de las dictaduras totalitarias de una u otra ideología, como German Bestelmeyer o Ivan Zholtovsky. Como ya comenté en “Las Murallas de Samaris”, los autores creen –y coincido con ellos en este punto- que la arquitectura de una ciudad tiene una influencia significativa en la vida y las relaciones entre las personas. Así, tenemos el personaje de Robick, un arquitecto visionario preocupado no por los ciudadanos sino por el equilibrio y la simetría. Inicialmente, aun cuando sus proyectos son presentados de forma un tanto irónica, los autores parecen compartir hasta cierto punto el entusiasmo de
Robick. Su proyecto pasa por la construcción de grandes estructuras que parecen inspiradas en el movimiento futurista. A diferencia de sus conciudadanos, le preocupa la armonía del conjunto, no los detalles y, de hecho, se refiere con desprecio a los arabescos y decoraciones que dominaban la arquitectura de Xhystos, la ciudad de “Las Murallas de Samaris”. Los edificios y panorámicas que diseña Schuiten son reminiscentes de los que crearon arquitectos futuristas como el norteamericano Hugh Ferriss o el italiano Antonio Sant´Elia.

Pero está claro que los autores no consideran Urbicande como una ciudad ideal. En medio de sus edificios monumentales, los habitantes se tornan diminutos, insignificantes, poco más que sombras fantasmales incapaces de dotar de vida a los grandes espacios urbanos. Las calles parecen desiertas y la ciudad, por consiguiente, una estructura fantasma. El ideal de simetría de Eugen Robick conduce a un mundo geométrico, vertical y deshumanizado. Y cuando esta visión queda trastocada y destruida por la aparición de la red (cuyo crecimiento no es horizontal o vertical sino oblicuo), la vida renace. El propio urbatecto no tiene otro remedio que reconocer que a veces la asimetría, la imperfección, son necesarias para crear armonía. Pero ese ideal libertario dura poco: la codicia acaba arruinando los beneficios de la red, lo cual constituye otra crítica, en esta ocasión contra la especulación inmobiliaria y urbanística.

Como sucede en sus otras ciudades imaginarias, la de Urbicande es, tal y como se nos presenta en su comienzo, una utopía falsa, el intento de materializar una visión abstracta sobre las necesidades y almas de los ciudadanos. Para empezar, la ciudad es en realidad dos muy diferentes, algo que no pertenece en absoluto al
campo de la fantasía. Las ciudades divididas en dos son muy reales en nuestro mundo. En 1985, el Muro de Berlín aún seguía en pie, pero no es siquiera necesario recurrir a ejemplos tan evidentes. Son muchas las urbes divididas por un río cuyas orillas registran desarrollos urbanísticos y económicos muy dispares y cuyos ciudadanos, además, viven unos a espaldas de los otros, ya sea por razones económicas, culturales o étnicas: Londres, Budapest, Mostar, Dublín, Bratislava, Minneapolis-Saint Paul…

Pero es que, además, los aparentemente escasos ciudadanos de Urbicande parecen asfixiados por sus propios edificios, deambulando por sus calles como títeres cuya psicología se nos escapa. Robick es el único personaje aquí con cierta entidad pero sus reacciones resultan a veces extrañas incluso teniendo en cuenta sus particulares obsesiones y su desesperación por dejar un legado a la posteridad. Artista frustrado por el pragmatismo de los burócratas que limitan sus ambiciones estéticas e inicialmente cegado por su pasión, la aparición de la red hace tambalearse esa vocación de arquitecto que tan enraizada él creía tener. Simultáneamente y gracias a su relación con la proxeneta Sophie, nace en su interior cierta humanidad. Con su espíritu abierto y alegre, ella le ofrece nuevas perspectivas de la ciudad y, por extensión, de la vida. Pero esa relación está condenada desde el comienzo debido a lo diferentes que son sus ambiciones. Robick es un intelectual y un soñador atormentado por la inacabable búsqueda de la perfección; Sophie es en el fondo una mujer venal y manipuladora que tan sólo se cuida de sus propios intereses. En general, Schuiten y Peeters no hacen ningún esfuerzo porque sus personajes resulten simpáticos al lector. Su comportamiento es teatral e incluso caricaturesco. Y es que, como sucede en esta saga de álbumes, el verdadero personaje es la ciudad.

Por supuesto, las alusiones políticas son obvias. El gobierno de Urbicande es autoritario y la arquitectura es tanto un reflejo de ese talante como un instrumento del mismo. El propio Schuiten afirmó en una entrevista que una de sus inspiraciones había sido el arquitecto nazi
Albet Speer y sus proyectos de edificios con formas perfectas y dimensiones intimidantes, un gigantismo que responde a la imagen que las dictaduras quieren dejar de sí mismas.

Urbicande es regida por las Altas Instancias, institución modelada al estilo del Politburó comunista: un conjunto de comisarios liderados por un Ponente que promulgan leyes restrictivas del movimiento entre las dos orillas. Cuando el crecimiento de la red hace inútil cualquier prohibición al respecto, el orden social implosiona, aunque, como sucedió en la antigua Unión Soviética, el colapso se produce sin violencia. Durante unos meses, la ciudad conoce la libertad, pero finalmente el poder es asumido por los oportunistas de turno, que no tardan en poner en marcha nuevos proyectos dirigistas a los que esta vez y a tenor de las experiencias que ha vivido, Robick se opone. El sistema autoritario se ha prolongado.

“La Fiebre de Urbicande” es, ante todo, una fábula fantacientífica que se sirve de los recursos de la antigua novela de anticipación. Partiendo de un hecho prodigioso e inexplicable, los autores imaginan las consecuencias sociales e históricas de esa anomalía inicial. La red cambia la vida de las personas y todos los sucesos resultantes despiertan el sentido de lo maravilloso sin
que nunca lleguen a recibir explicación, no tanto porque responda a un hecho mágico o sobrenatural como porque las limitaciones bien de la mente humana o del estado de la ciencia en ese momento impiden analizarlo y comprenderlo. De ahí que al final de la obra el espíritu de Robick, una persona inicialmente regida por la razón y la lógica, se deje invadir por el misticismo.

Aunque el mensaje global que subyace en la historia es de pesimismo habida cuenta de su final y del destino de Robick, la atmósfera que transmite no es de total desesperanza y opresión. Los autores mantienen una línea moralista que se demuestra en la irreductibilidad del urbatecto, quien recupera su energía e ilusión tras haber aprendido a aceptar e integrar la imperfección en su visión de la belleza; o en la certeza de que el nuevo régimen totalitario, como todos los que le precedieron y le sucederán, tiene los pies de barro; que el hombre, a pesar de la opresión gubernamental, los políticos decepcionantes o los accidentes naturales, es capaz no sólo de sobrevivir sino de seguir creando, de sembrar el caos en la estéril perfección. El tono de la narración es agradable y el mundo urbano que crean los autores tiene cierta cualidad irreal aun cuando algunos detalles nos parezcan familiares. No hay una violencia explícita ni sensación de tragedia; es más, se percibe un humor frío, una ironía soterrada en este socavamiento del concepto de utopía. Con todo, lo que constituye el auténtico interés del álbum y lo que seduce al lector que decide aceptar el juego que proponen Schuiten y Peeters, es la meticulosa
construcción de una ciudad retrofuturista. Es éste un mundo urbano autocontenido, peculiar y fascinante, demasiado preciso para ser sólo un sueño.

Una de las principales críticas que se le hizo al volumen precedente, “Las Murallas de Samaris”, había sido que su extensión de 44 páginas era insuficiente para el ritmo de la historia y su ambición conceptual, lo que impidió a los autores redondear adecuadamente sus ideas. Dicha extensión no fue, hay que decirlo, una elección arbitraria de los autores. Sencillamente, era la tradición establecida en los álbumes francobelgas, tan bien establecida, de hecho, que transgredirla ya constituía en sí mismo una forma de experimentación formal. Y eso es precisamente lo que decidieron hacer Schuiten y Peeters para “La Fiebre de Urbicanda”, llevando su paginación hasta las 68 planchas, esto es, el
doble que la entrega anterior. Y la diferencia en lo que se refiere al ritmo es más que evidente. La historia, como la de “Las Murallas…” sigue siendo compacta y ambigua, pero ahora existe suficiente margen para explorar las implicaciones de las premisas de partida sin tampoco caer en la autoindulgencia ni la tentación de rellenar páginas sin contenido. Asimismo, el final también está más delimitado y preparado con antelación en la propia trama.

Y es sobre todo gracias a esa combinación de concisión narrativa y amplitud para desarrollar la trama lo que hace que “La Fiebre de Urbicande” supere a su predecesora. Ambas cuentan con un dibujo bellísimo y unas ideas intrigantes y evocadoras; pero en “Las Murallas de Samaris” los acontecimientos se atropellaban para llegar a una precipitada conclusión, introduciendo conceptos que no se terminaban de explorar y provocando con ello ambigüedades no pretendidas. Por el contrario, “La Fiebre de Urbicanda”, gracias a su mayor extensión, consigue con éxito profundizar en su idea central; sigue conteniendo ambigüedades, rincones oscuros, pero en esta ocasión por deseo de sus autores (La publicación original en revista contó con 68 páginas. El álbum, ya en su primera edición, añadió un prólogo de 7 páginas en forma de texto ilustrado. La versión más moderna tiene ya 112 páginas, incluyendo un epílogo en forma de ensayo ficticio sobre el posible origen de la Red así como sus efectos en el mundo de las Ciudades Oscuras, y una pequeña historieta de tres páginas que narra la última visión de Robick).

Pero Schuiten y Peeters tomaron otra decisión que también rompía con la tradición del comic francobelga: dibujarla en blanco y negro. Y ello no por razones económicas (aunque probablemente a la editorial Casterman le vino de perlas para compensar el coste de su mayor extensión), sino obedeciendo a criterios puramente estéticos: todo el álbum tiene un estilo visual reminiscente de la técnica de grabados del siglo XIX, una elección que engarza perfectamente con el argumento y los temas de la historia. Los autores explicitan su homenaje al bautizar a una de las calles de Urbicande como Maserel, famoso grabador de ese periodo de nuestra
historia. El trabajo de Schuiten es tan meticuloso e imaginativo que no se echa de menos el color en sus páginas.

Si Samaris era una ciudad de fachadas engañosas y estructura laberíntica y cambiante, Urbicande se encuentra en las antípodas: edificios fríos, estáticos y sobrecogedores. Dando vida a la visión de Robick, Schuiten se recrea en perspectivas infinitas, estructuras monumentales dominados por la geometría de proporciones exageradas, dibujados con su característica línea fina y precisa. Sus viñetas adquieren volumen, profundidad y textura gracias a su trabajo de sombreado mediante la laboriosa pero satisfactoria técnica del rayado, con la que además y como he dicho, reproduce la estética de los grabados. Suyo es el mérito de crear una ciudad que provoca extrañeza por la combinación de un dibujo realista y unas estructuras que, integrando elementos conocidos, son ajenas a nuestra historia. Se puede argüir que el dibujo de Schuiten peca de frialdad, sobre todo a la hora de dibujar las figuras humanas. Es cierto, pero también que los verdaderos protagonistas de estos comics son las ciudades imaginarias que crean los autores, y es en ellas donde el lector debe concentrar su atención.

Tras “Las Murallas de Samaris”, “La Fiebre de Urbicande” –que ganó un premio Alfred en el Festival de Angouleme de 1985- supone la llegada a la madurez del ciclo de “Las Ciudades Oscuras”. Treinta y cinco años después de su publicación original, este álbum no ha perdido ni un ápice de su extraño encanto, poder de evocación y capacidad de suscitar reflexiones sobre el poder de la arquitectura sobre los seres humanos y su vida en sociedad, el concepto de progreso, las fronteras que nos separan y los puentes que a veces nos unen; la futilidad de la búsqueda de la perfección y, al mismo tiempo, la necesidad de seguir persiguiendo utopías.

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