En 1953, Arthur C. Clarke había ya entrado en su primera etapa dorada como escritor de CF, aunque no era esta la única actividad en la que estaba inmerso, puesto que estudiaba Física y Matemáticas en el King's College de Londres y durante años presidió la Sociedad Interplanetaria Británica. “Expedición a la Tierra” fue su primera compilación de relatos cortos, una selección que combina el rigor científico y la fascinación por la exploración espacial filtrados por un estilo profundamente humanista, un tono en ocasiones poético y un agudo sentido de la ironía sobre las debilidades humanas.
A estas alturas, Clarke ya se había ganado el reconocimiento de la
comunidad de la ciencia ficción gracias a sus relatos publicados durante la
posguerra en revistas especializadas, así como por sus novelas tempranas “Preludio al Espacio” (1951), “Las Arenas de Marte” (1951) e “Islas en el Cielo” (1952). Editado
originalmente
por la estadounidense Ballantine Books, “Expedición a la Tierra”
fue pensada para consolidar su nombre en el mercado de ese país y, por
extensión, en el resto del mundo.
El volumen reúne once relatos que abordan la exploración espacial, los futuros lejanos o los peligros del avance científico.
En su juventud, Clarke fue un inventor aficionado: construyó
telescopios y un dispositivo para transmitir información mediante haces de luz
del que, décadas después, aún hablaba con orgullo. También creció leyendo
revistas de ciencia ficción con historias que destacaban a los inventores y sus
logros. Cabría esperar que los inventores y las invenciones se convirtieran en
elementos centrales de su ciencia ficción, pero no fue así. Como comentó Clarke
en el prefacio revisado de "El Desafío de la Nave Espacial" (1959): "Las máquinas son menos importantes que lo
que los hombres hacen con ellas". Si bien se centraba en los usos de
las máquinas, Clarke solía ser crítico con sus creadores debido a sus
cuestionables motivos y a aquellas invenciones que generan más p
roblemas que
beneficios. La tecnología parece funcionar correctamente y de forma útil solo
cuando se perfecciona tras siglos, incluso milenios, de esfuerzo, después de
que sus inventores hayan fallecido y caído en el olvido.
Clarke no se oponía a las innovaciones tecnológicas y reconocía que la civilización las necesita ya en el primer cuento de esta compilación, "La Segunda Aurora" (publicada originalmente en “Science Fiction Quarterly” en 1951), que describe dos razas alienígenas inteligentes que carecen de órganos manipulativos (son una especie de unicornios con extremidades rematadas por cascos) y, por lo tanto, no pueden construir nada. Aunque han compensado parcialmente esta deficiencia desarrollando su intelecto y alcanzando cotas muy altas en filosofía, matemáticas y astronomía e incluso telepatía, viven sumidos en la frustración por su incapacidad para modificar físicamente su entorno y, por ende, paliar la escasez de alimentos que los empuja a continuas guerras.
Ni siquiera pueden salir de su propio continente, dado que no pueden
construir embarcaciones o puentes. Pero cuando uno de sus miembros más
destacados cruza un río en un periodo de sequía y descubre una tercera raza con
tentácu
los que domina la tecnología de la Edad de Piedra, los alienígenas
comienzan a colaborar con ésta con la esperanza de convertirse en una verdadera
civilización tecnológica y mejorar sus vidas.
El título hace referencia al amanecer de la civilización tecnológica tras el primer amanecer de logros intelectuales, que culminó en una guerra por la comida y el descubrimiento de un arma psíquica de destrucción masiva –que, básicamente, lobotomiza a los adversarios-. Se insinúa al final que este segundo amanecer también podría estar condenado al fracaso tras el descubrimiento del uranio, si estas especies no adquieren la sabiduría necesaria para controlar sus innatos impulsos destructivos.
Este cuento -uno de los primeros de Clarke con alienígenas- nos recuerda que una especie puede ser extremadamente avanzada a nivel mental y científico, pero encontrarse prisionera de su propia biología. Cuestiona, por tanto, la definición de progreso y reflexiona sobre los caminos alternativos que podría seguir la evolución de la inteligencia en el universo.
Tan breve como desolador es “Si te olvido, oh Tierra...”
(1951, “Future Combined with Science Fiction Stories”), un cuento profundamente
marcado por el clima geopolítico d
e la Guerra Fría y el amanecer de la era
atómica. La historia sigue a Marvin, un niño de diez años que vive en una
colonia humana establecida en la Luna. Para los habitantes de este aséptico asentamiento
subterráneo, la Tierra es solo un punto brillante y lejano en el firmamento. Un
día, su padre decide llevarlo en un vehículo de superficie fuera de los
dominios protegidos por la cúpula lunar, en un viaje de varias horas hacia el
horizonte.
Tras atravesar cráteres y mares de polvo, se detienen en un punto elevado. Desde allí, el padre le muestra la Tierra a Marvin a través de unos prismáticos. Sin embargo, no es un espectáculo completamente pacífico: la mitad del planeta que se halla en la oscuridad, brilla con un fulgor antinatural, consumido por un fuego nuclear que aún devora sus continentes y océanos. El padre le revela a su hijo el verdadero propósito de su visita y la carga que su generación deberá sobrellevar: la Tierra quedó inhabitable debido a una guerra atómica, Mientras tanto, permanece como un hogar perdido que solo puede contemplarse desde la distancia. La misión de los colonos lunares, por consiguiente, es mantener viva la memoria de su hogar para, algún día, regresar y reclamarlo.
El título está inspirado en el Salmo 137: "Si me olvidare de ti, oh
Jerusalén...". En él, los judíos exiliados prometen no olvidar Jerusalén
durante el cautiverio que padecen en Babilonia. Clarke sustituye Jerusalén por
la Tierra y a los judíos po
r la humanidad entera. El título cobra entonces todo
su sentido: la supervivencia física inmediata depende de la Luna, pero la
identidad emocional y cultural de la humanidad sigue ligada a la vieja Tierra.
Obviamente, el cuento es una advertencia sobre la fragilidad tanto de nuestro planeta como de nuestra especie en cuanto dependientes que somos de él. La Tierra, antes cuna próspera de la civilización, ha quedado reducida a una pira funeraria por culpa de la locura de sus propios habitantes. Pero, a pesar de esa tragedia, Clarke no renuncia a la esperanza: la colonia lunar representa el impulso de la humanidad. El viaje de Marvin no busca generar en él un sentimiento de desesperación, sino darle un propósito vital: mantener vivas las raíces culturales e históricas de su especie. En este sentido, Marvin realiza el tránsito de la inocencia de la niñez a la responsabilidad de la madurez.
“Tensión
Límite” (1949, “Thrilling Wonder Stories”) se desarrolla en
un carguero espacial que viaja en la ruta entre la Tierra y Venus. La
tripulación está compuesta únicamente por dos hombres: el capitán, Grant, y el
ingeniero, McNeil. A mitad de viaje, un
meteoro impacta contra la nave y daña
las reservas de oxígeno, provocando una fuga masiva. Tras evaluar la situación,
los dos tripulantes descubren que el oxígeno restante solo basta para que uno
de ellos sobreviva hasta completar el viaje. A partir de ese momento, ambos se
encierran en sí mismos y comienza una tensa convivencia marcada por el
aislamiento y la desesperación.
El relato se narra principalmente desde el punto de vista de Grant, quien empieza a obsesionarse con la aparente falta de empatía y desconsideración de McNeil. Por ejemplo, le indigna descubrir que éste fuma a escondidas y malgasta suministros o energía adoptando una actitud indiferente, lo que lleva a Grant a convencerse de que él mismo tiene mucho más valor y derecho a sobrevivir que su compañero. Consumido por la tensión y la claustrofobia, Grant toma una drástica decisión.
Este cuento pone de manifiesto que, desde el principio de su carrera
como escritor de CF, Clarke adoptó una visión realista de los viajes espaciales
y reconoció que no siempre sería posible sobrevivir a los desastres y accidentes,
como, en este caso, el impacto de un meteoro. Oponiéndose explícitamente a
otros escritores qu
e hubieran optado porque los personajes encontraran una
forma ingeniosa de sintetizar oxígeno o fueran rescatados in extremis por
alguna otra nave, Clarke nos dice que esas soluciones serían, en su mayoría,
imposibles de ejecutar.
"Tensión Extrema" explora también qué tipo de personas podrían las más adecuadas para soportar los rigores del viaje espacial, llegando a una conclusión sorprendente. Inicialmente, se invita al lector a simpatizar con Grant, quien se mantiene profesionalmente sereno al enterarse de la falta de oxígeno. McNeil, por el contrario, sufre un breve ataque de pánico, se emborracha y fuma cigarrillos a pesar de la escasez de oxígeno. Grant también parece ser una persona más estable, ya que tiene esposa e hijos, mientras que McNeil es soltero. Sin embargo, el aparentemente controlado Grant es quien termina mentalmente desequilibrado, utilizando el comportamiento aparentemente indulgente de McNeil para justificar un homicidio, mientras que este último, tranquilo y observador, deduce y frustra esos planes y explica racionalmente que deben decidir quién vivirá mediante un sistema aleatorio. Por tanto, para operar correctamente en el espacio, nos dice Clarke, las personas quizás necesiten expresar sus emociones y disfrutar de momentos de placer como McNeil, en lugar de reprimir sus sentimientos como hace Grant.
Para quienes estén familiarizados con la ficción de Clarke, quizá este
juicio resulte in
esperado, ya que muchos otros de sus protagonistas, empezando
por la tripulación de la Discovery en “2001: Una Odisea del Espacio” se parecen
más a Grant que a McNeil en tanto reticentes a exteriorizar sus emociones y
distantes de sus esposas y familias.
Aunque rara vez temía que los humanos pudieran autodestruirse o ser
exterminados por extraterrestres, Clarke sí reconocía que la supervivencia de
la Humanidad depende del sol y, a veces, planteaba que la disminución de su
radiación podría sumir a la Tierra en una insoportable Edad de Hielo. Es lo que
ocurre en "Expedición a la Tierra" (1949, "Startling
Stories", a veces titulada "Lección de Historia"). En un futuro
lejano, algún tipo de fenómeno provocará un cambio en la radiación solar y condenará
a la humanidad, ya que la Tierra se cubrirá rápidamente de glaciares. Es del
avance del hielo de lo que huye un grupo de humanos que transporta un conjunto
de artefactos cuya función original ya no entienden, pero que atesoran como
restos de un pasado glorioso. Sabedores de que su final está próximo, los
entierran para la posteridad y, cinco mil años después, son descubiertos por
una expedición de venu
sianos, que los llevan a su mundo para analizarlos y
tratar de reconstruir cómo fue la civilización humana. El irónico giro final es
que su principal fuente de información resulta ser una degradada película de
Mickey Mouse.
Clarke nos ofrece así una “lección” sobre la Historia, recordando al lector que nuestra propia comprensión de pasadas civilizaciones bien podría estar distorsionada por la interpretación incorrecta de objetos quizá poco representativos de esas sociedades. También nos ofrece otra lección sobre la historia de la vida en la Tierra: a lo largo de su existencia, el planeta ha experimentado repetidamente cambios climáticos significativos que han llevado a la extinción a especies que antes habían tenido éxito evolutivo, por lo que es razonable prever que la nuestra, algún día, sufrirá el mismo destino.
“Superioridad” (1951, “The Magazine of Fantasy and Science Fiction”) es no sólo una sátira feroz al pensamiento militar aplicado al desarrollo tecnológico, sino un recordatorio de que las máquinas de las que tan orgullosos estamos pueden fallar con consecuencias fatales.
En es
te relato, una civilización extraterrestre (de cuya fisiología o
apariencia nada se nos dice), a punto de ganar una guerra contra otra raza
gracias a su superioridad numérica y estadio tecnológico, se empeña en fabricar
y desplegar imprudentemente nuevas armas que, teóricamente, tienen un poder
destructivo muy superior a las antiguas. Sin embargo, invariablemente, afloran problemas
de desarrollo que las vuelven inútiles o incluso contraproducentes. Sus
enemigos, que no han abandonado el armamento más antiguo pero fiable, toman entonces
la ofensiva. En un momento dado, por ejemplo, el último invento de los ahora
defensores resulta ser un dispositivo que aumenta la distancia casi hasta el
infinito entre la nave que lo transporta y los objetos circundantes, haciendo
que una nave espacial sea invisible e inaccesible para los enemigos; sin
embargo, la activación de ese ingenio también provoca deformidades minúsculas
pero cruciales en el resto de la estructura y maquinaria de la nave, dejándola
inoperativa. En fin, que el deseo constante de actualizar, mejorar e integrar
nuevas armas acaba provocando retrasos interminables, fallos de diseño y una
complejidad inmanejable.
Clarke expone cómo las estructuras de poder rígidas y jerárquicas son
incapaces de adaptarse con agilidad a las situaciones de crisis. Los comités de
investigación, las pruebas interminables y la burocracia paralizan el esfuerzo
bélico, haciendo que disponer de los que, teóricamente, son los mejores
recursos no
sirve de nada si los procedimientos impiden utilizarlos a tiempo. Mientras
que la civilización más avanzada se enreda en prototipos sofisticados pero poco
fiables que terminan fallando en el momento crítico, el enemigo utiliza
tecnología más simple, robusta, estandarizada y fiable. La moraleja del cuento
bien podría ser que “Lo perfecto es enemigo de lo bueno”.
Aunque escrito en plena Guerra Fría, una época marcada por la carrera armamentística y el rápido desarrollo tecnológico en el campo militar, “Superioridad” sirve como una reflexión atemporal sobre la relación simbiótica y a menudo autodestructiva entre la investigación científica y los conflictos bélicos, cuando la ciencia deja de buscar el conocimiento para convertirse en una carrera obsesiva por el armamento más poderoso.
Incluso los dispositivos que funcionan a la perfección durante eones
pueden dañarse o sucumbir al proceso de envejecimiento que afecta tanto a
humanos como a máquinas. En "Némesis" (1950, “Super
Science Stories”), un dispositivo diseñado para despertar a
un individuo al
cabo de cien años falla porque "tres
pequeños instrumentos y sus conexiones" son "arrastrados" por cientos de toneladas de roca que caen tras
una explosión.
Este hombre es un dictador tiránico de tendencias totalitarias y megalómanas conocido como "El Amo" (con clara semejanza a Hitler) que, en los últimos estertores de una guerra mundial, se ve arrinconado. Viéndolo todo perdido, decide resguardarse en una cámara de animación suspendida enterrada en las profundidades del Himalaya. Su plan consiste en dormir durante cien años, esperando que el mundo olvide sus crímenes para despertar y retomar sus ansias de dominación global.
Sin embargo, como he dicho, un fallo mecánico imprevisto hace que la reanimación automática no funcione cuando debe y el Amo permanece dormido durante miles de millones de años, mientras los procesos geológicos transforman por completo el planeta y la humanidad abandona la Tierra para colonizar las estrellas.
En ese lejano futuro pacífico, avanzado y homogéneo donde la
violencia, el crimen y los conflictos son reliquias del pasado, un filósofo
disidente llamado Trevindor decide exiliarse voluntariamente a la moribunda
Tierra de un futuro todavía más remoto, cuando el Sol está a punto de
convertirse en una gigante roja. Durante su exploración del planeta desértico, descubre
casualmente la cámara subterránea y ac
tiva el despertar del dictador. El relato
culmina con el choque psicológico y moral entre un ser de una crueldad inhumana
y primitiva y un hombre ultra-evolucionado y pacífico que posee habilidades telepáticas.
Ya en este cuento temprano aparece una de las ideas troncales en la CF de Clarke: el contraste entre la insignificancia de las ambiciones humanas frente a las escalas temporales y geológicas del universo. También encontramos aquí otro de sus temas predilectos: mientras que el pasado de la humanidad está marcado por la barbarie, el totalitarismo y la autodestrucción, el futuro consiste en una sociedad galáctica pacífica aunque expuesta al estancamiento o al aburrimiento existencial (algo que ya había desarrollado en “A la Caída de la Noche”, 1948).
El final del cuento, por otra parte, plantea un dilema moral que
resume el núcleo filosófico de la historia: la colisión entre dos estadios opuestos
de la experiencia humana. Por un lado, el Amo, símbolo de lo peor de nuestra
especie. Su mente está poseída por el deseo de poder, el desprecio por la vida
ajena, el delirio de grandeza y la crue
ldad. Para él, el mundo solo existe para
ser dominado y las personas son meros instrumentos o enemigos. Cuando
finalmente despierta tras millones de años, su primer instinto sigue siendo el
mismo de antaño: buscar a sus enemigos, reclamar su imperio y ejercer la
violencia. No comprende que el mundo por el que luchaba ya no existe; su furia
y su ambición se han vuelto completamente irrelevantes y patéticas ante la
inmensidad del cosmos.
Trevindor, por otro lado, es el representante de una humanidad que ha trascendido los conflictos bélicos, los nacionalismos y la violencia hasta el punto de considerarlos casi imposibles. El futuro no solo ha traído mejoras tecnológicas, sino una evolución mental que permite a Trevindor leer la mente del recién reanimado Amo. Al hacerlo, no experimenta miedo, sino una mezcla de profunda repulsión, asombro y una inmensa lástima. Lo que para el dictador era su identidad, para el hombre del futuro es una tragedia patética, una mente deformada por el odio que es incapaz de disfrutar de la paz del universo.
En una narrativa pulp clásica, el tirano sería derrotado tras una batalla épica, juzgado por sus crímenes o destruido por sus propios errores. Clarke esquiva todos esos clichés. A pesar de pertenecer a esa cultura de paz inquebrantable, al ver la absoluta podredumbre moral del dictador y comprender que su mente es una amenaza perenne de contaminación y dolor, Trevindor se ve empujado a actuar. Rompe sus propios códigos morales y mata al Amo con sus poderes mentales de forma rápida y expeditiva, casi anticlimática. Este final refuerza la idea de que la barbarie es tan profundamente tóxica que obliga incluso a los seres más civilizados a mancharse las manos, recordándonos que ciertas formas de maldad pura no pueden integrarse ni coexistir con el progreso, exigiendo ser erradicadas de cuajo para proteger la paz del universo.
“Juego
del Escondite” (1949, “Astounding Science Fiction) narra la historia de un agente
de inteligencia, K-15, que, en medio de un conflicto bélico interplanetario, viaja
a bordo de una pequeña nave de reconocimiento unipersonal llevando consigo valiosa
información secreta que debe entregar a una nave de su bando con la que se
encontrará al cabo de doce horas. El problema es q
ue antes de ese plazo,
quedará a tiro de la nave enemiga que le persigue, la Doradus, con una
tripulación liderada por el comandante Smith. Sabiendo que no tiene
posibilidades en un combate frontal y que solo debe resistir unas horas hasta
que lleguen refuerzos para rescatarlo, K.15 toma una decisión desesperada: aterrizar
en Fobos, la luna más interna de Marte. Se trata de un cuerpo celeste pequeño,
con una forma irregular, carente de atmósfera y prácticamente sin gravedad. Sale
de la nave con un equipo mínimo y la programa para que despegue y continúe
viaje radiando un mensaje de auxilio.
Smith,
no obstante, no se deja engañar e imagina que el espía está oculto en la luna
marciana. Durante horas, intenta localizarlo barriendo la superficie con los
sensores y las armas del crucero. Sin embargo, K.15 utiliza las leyes de la
física y la propia topografía del satélite a su favor: permanece pegado al suelo
de Fobos justo en el hemisferio contrario a donde se encuentra la nave
perseguidora y siempre en zonas rocosas, donde el intenso contraste lumínico
juega a su favor. Además, la Doradus es una nave de maniobra lenta y rodear la
luna no es ni mucho menos sencillo.
Este es un relato de supervivencia que demuestra cómo la astucia, el conocimiento preciso de la física (la gravedad, la línea de visión y el movimiento orbital) y la lógica pueden compensar una desventaja militar aplastante. Al igual que en muchas obras de Clarke, el escenario espacial no es solo un fondo pintoresco, sino un elemento determinante en la trama: las características geográficas y físicas de Fobos dictan las reglas del juego de supervivencia.
Los
alienígenas en la CF de Clarke solían manifestarse en forma de restos o
artefactos que demuestran su existencia, más que con una presencia física
directa (es el caso, tal y como veremos, de la pirámide de “El Centinela”). En
un pasaje
de una carta que Clarke dirigió al escritor Lord Dunsany fechada el 22
de agosto de 1944, imaginó un informe presentado mucho tiempo atrás por el miembro
de "una flota de naves de
exploración... que recorría la Vía Láctea", y en el que se describe
una Tierra "todavía en un estado
parcialmente volcánico... Se recomienda que se realice una inspección más
detallada con motivo del próximo estudio". Y eso bien podría ser el
germen del cuento “Encuentro en la Aurora” (1953, “Amazing Stories”).
Un
equipo de tres exploradores espaciales pertenecientes a una civilización
galáctica avanzada y longeva pero que se encuentra en el ocaso de su imperio, llega
a un planeta exuberante, rico en bosques y valles fluviales. Mientras estudian
el entorno con ayuda de un robot, descubren que el mundo está habitado por una
tribu de homínidos e
n los albores de su evolución cultural. Uno de los
expedicionarios, Bertrond, decide propiciar un contacto cauteloso con Yaan, un
joven cazador de una de las tribus cercanas. A través de gestos, miradas,
intercambio de regalos y la ayuda sigilosa del robot, se establece un vínculo
de silenciosa admiración y asombro mutuo. Para Yaan y los suyos, los
exploradores son poco menos que dioses.
Sin embargo, el tiempo de los exploradores se agota: las noticias desde su mundo natal empeoran y la nave debe partir antes de poder acelerar o guiar de forma efectiva el desarrollo tecnológico de la humanidad. El equipo se marcha con la certeza de que su fugaz paso quedará enterrado en el mito, dejando a esa especie lidiar sola con su duro camino evolutivo. El relato cierra con una revelación poética: los descendientes futuros de aquel joven cazador terminarán construyendo en el valle en el que viven la ciudad de Babilonia.
Esta
historia de primer contacto sirvió de base e inspiración conceptual para los
primeros compases de la novela “2001: Una Odisea del Espacio” (1968) y su
ad
aptación cinematográfica. Aunque Clarke a menudo criticó la idea de que la
vida alienígena se pareciera a nosotros, lo cierto es que al comienzo de su
carrera sí la utilizó, como es este el caso, aunque intenta explicar el
parecido entre Yaan y Bertrond como obra de la Naturaleza: “Era un extraño cuadro. Allí, a la orilla del
río, estaban de pie dos hombres. Uno de ellos estaba vestido en un uniforme muy
ajustado. El otro lle vaba la piel de un animal y una lanza de punta de sílex.
Había entre ellos diez mil generaciones, diez mil generaciones y una insondable
inmensidad de espacio. Y sin embargo ambos eran huma nos. A semejanza de lo que
haría con frecuencia hasta la eternidad, la Naturaleza había repetido una de
sus formas fundamentales”. Este párrafo también apunta a otra de las
características recurrentes de Clarke: la utilización de abismos temporales (en
este caso, miles de generaciones separando ambas ramas de una misma especie)
para dotar a la narración de un tono melancólico, contemplativo y profundamente
ligado al destino cósmico.
Conocer los primeros trabajos de Clarke ayuda a explicar por qué algunas obras de su madurez presentan características propias de sus escritos juveniles: cartas ficticias, parodias, juegos de palabras, chistes internos y humor absurdo. En su primer relato publicado profesionalmente, “Lo Imprevisto” (1946, “Astounding Science Fiction”), narra la historia exclusivamente a través de informes y mensajes intercambiados por marcianos horrorizados al descubrir que los humanos han pasado a dominar la energía atómica. Temerosos de que extiendan su violencia por el sistema solar, deciden advertir a los humanos de que detengan por completo los lanzamientos de cohetes al espacio so pena de ser aniquilados. Y parecen tener éxito. Durante años, ni un solo cohete abandona la atmósfera. Dos cartas finales, escritas por humanos, indican que la humanidad había empleado bien el tiempo desarrollando una forma alternativa de salir del planeta: la teletransportación, empezando por bombas devastadoras que exterminan a todos los marcianos.
El cuento, por tanto, subvierte los tropos clásicos de las invasiones alienígenas. En lugar de ser los humanos la víctima indefensa o los heroicos conquistadores, actúan con una pragmática y letal eficiencia burocrática, respondiendo a la amenaza de control extraterrestre con una destrucción instantánea del enemigo, demostrando la falacia de que se puede frenar la inventiva mediante prohibiciones o chantaje militar.
“Herencia” (1948, “New Worlds”) es otro cuento que, como “Tensión Límite”, nos recuerda que no siempre será posible sobrevivir a los inevitables accidentes que tendrán lugar en el espacio y que la exploración espacial no será un camino fácil ni seguro. Un piloto de pruebas sufre un accidente al mando de una nave espacial experimental (un concepto de cohete propulsor que Clarke describió de forma muy adelantada a su época, anticipándose al diseño de los auténticos cohetes). No sólo sobrevive milagrosamente, sino que no parece afectado por lo sucedido. Les revela a sus compañeros que nunca sintió verdadero miedo porque, de niño, tuvo un sueño muy vívido en el que se veía participando en una misión espacial junto a uno de sus camaradas ya envejecido. Convencido de que ese sueño era una premonición, cree que no puede morir antes de que llegue ese momento.
Años después, David muere durante otro vuelo de prueba. Al visitar a su familia, uno de sus antiguos compañeros observa que el hijo pequeño de David reconoce a ese mismo hombre de la misma manera que lo había hecho su padre al describir el sueño. La historia sugiere que la visión no pertenecía realmente al padre, sino al hijo. La "herencia" del título no es solo la profesión de piloto espacial, sino también una experiencia psíquica o premonitoria transmitida entre generaciones. El título también alude a cómo las pasiones, los riesgos y los caminos vitales se heredan de padres a hijos. El hijo asume voluntariamente el testigo de la peligrosa profesión de su padre, aceptando implícitamente el riesgo mortal que esta conlleva.
Quizá
el cuento más conocido de esta compilación sea “El Centinela”
(1
951, “Story Fantasy”), dado que fue el gérmen a partir del cual años después Stanley
Kubrick y el propio Clarke desarrollarían la novela y la película “2001: Una Odisea del Espacio”. La historia está narrada en primera persona por Wilson, un
técnico y explorador espacial que forma parte de una misión de investigación
científica en la Luna. Durante una expedición geológica rutinaria en una zona
accidentada, Wilson divisa un extraño brillo intermitente sobre un farallón. Llevado
por la curiosidad, decide escalar la formación rocosa y, al llegar a la cima, descubre
un objeto de origen claramente artificial: una pirámide de cristal o material
translúcido perfectamente pulido, rodeada por un campo de fuerza invisible de
forma esférica que impide cualquier intento de aproximación o contacto físico.
Tras años de estudios e infructuosos intentos por romper el campo de
fuerza, los científicos humanos logran finalmente destruirlo utilizando la “salvaje fuerza de la energía atómica”. Wilson,
en los párrafos finales, teoriza que el objeto no era un monumento, sino un
dispositivo de vigilancia automático, un "centinela", dejado en la
Luna por una civilización extraterrestre avanzada hace millones de años. Su
misión era vigilar la Tierra y esperar pacientemente hasta que la especie
inteligente que habitaba en ella evolucionara lo suficiente como para
desarrollar los viajes espaciales y alcanzar su satélite. Al haber
destruido la
pirámide y activado su mecanismo, la humanidad ha demostrado que ya está lista;
ahora, los creadores de la señal han sido alertados y estarán volviendo sus
ojos -y su atención- hacia la Tierra:
“Quizá deseen ayudar a nuestra joven civilización. Pero deben ser muy, muy viejos, y los viejos tienen con frecuencia una envidia loca de los jóvenes. No puedo nunca mirar la Vía Láctea sin pre guntarme de cuál de aquellas compactas nubes de estrellas vendrán los emisarios. Si me perdonan un símil tan prosaico, diré que hemos roto el cris tal de la alarma de bomberos, y no nos queda más que hacer sino esperar. Y no creo que tengamos que esperar mucho”.
Una posible interpretación del cuento es que la humanidad apenas se encuentra al comienzo de su desarrollo cósmico. Alcanzar la Luna no es el final de la exploración, sino el primer paso para ingresar en una comunidad galáctica mucho más antigua y avanzada. Clarke nos invita a contemplar el universo con curiosidad, rigor científico y humildad, recordándonos que nuestros mayores logros pueden ser, desde una perspectiva cósmica, apenas el inicio de un camino mucho más amplio.
Más allá del tema alienígena, en "El Centinela", Clarke dedica la mayor parte del por otra parte breve cuento a mostrar que la vida de los científicos en la Luna se ha vuelto cotidiana y rutinaria a pesar de tratarse de un entorno extraordinario: la expedición viaja por la superficie lunar con naturalidad, como si fuera un trabajo de campo habitual; los científicos se ponen los trajes y hacen salidas al exterior de su vehículo como parte de sus rutinas y no como si fuera algo particularmente heroico; la misión está organizada de manera metódica, con procedimientos científicos y logísticos bien establecidos; el narrador menciona instalaciones estables y personal dedicado a la investigación, lo que sugiere que la presencia humana en la Luna ya está consolidada.
Como Clarke menciona en otros de sus cuentos y novelas, un factor clave en la alienación de los futuros habitantes del espacio con respecto a la Tierra es su adaptación a la baja gravedad de las estaciones espaciales y otros mundos. Asi, Wilson se refiere a "la sensación de menor peso y la lentitud antinatural con la que caían los objetos" como la única experiencia que impedía que su vida dentro del vehículo expedicionario en el que viaja no parezca "normal y hogareña".
Todos estos detalles tienen la función de presentarnos la actividad humana en la Luna como algo normal, con el fin de que lo verdaderamente extraordinario no sea la vida fuera de la Tierra sino el descubrimiento del misterioso centinela extraterrestre.
"Expedición
a la Tierra" está considerada una de las antologías de cuentos más importantes
y definitorias de la Edad de Oro de la CF y no sólo por incluir “El Centinela”.
Sus once relatos cimentaron la fama de Clar
ke y funcionan como un escaparate de
su talento y versatilidad de temas y enfoques, desde la ironía y la perspectiva
cósmica a las parábolas admonitorias y las críticas a algunos de nuestros
vicios; de la melancolía y el lirismo a la especulación sociológica y
biológica. Todos los textos son breves, directos y de lectura ágil. Clarke no
solía perderse en descripciones excesivamente farragosas; prefería plantear un
concepto científico o especulativo fascinante, desarrollar una atmósfera
absorbente en pocas páginas y rematar el relato con un giro final memorable o
una reflexión filosófica que resonara en la mente del lector mucho después de
cerrar el libro.
Aunque, como en toda antología de cuentos, algunos relatos menores pueden resultar un poco más predecibles o secundarios que otros, la colección en su conjunto mantiene un sobresaliente nivel de calidad y constituye una de las mejores puertas de entrada a la obra de Arthur C. Clarke además de un testimonio de la época en que la humanidad empezó a soñar seriamente con conquistar las estrellas.

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