sábado, 11 de julio de 2026

1991- TRILOGÍA DE LA PRIMERA REPÚBLICA – Timothy Zahn (1)


Hoy en día, Star Wars ha dejado de ser una simple franquicia cinematográfica para convertirse en una presencia constante y omnipresente en el panorama de la cultura popular. Se ha infiltrado en el lenguaje cotidiano, la política, la tecnología y el diseño. Frases hechas, iconografía que reconoce todo el mundo sin necesidad de traducción, merchandising a todos los niveles del consumo (desde juguetes y electrodomésticos a colaboraciones con marcas de lujo), publicidad constante, memes, encadenamiento de series en la plataforma de streaming de Disney… Es difícil no pasar un día en el mundo occidental sin ver o escuchar, aunque sea de pasada, alguna referencia a ese universo.

 

Por eso resulta difícil imaginar que hubiera una época en la que la situación era muy diferente. Tanto, de hecho, que algunos historiadores de la cultura pop la han denominado la “era oscura de Star Wars”.

 

Desde el momento del estreno de la primera película, en 1977, su arrollador éxito inspiró nuevas aventuras en diversos medios, dando lugar a lo que acabaría siendo conocido como Universo Expandido de Star Wars. Los cómics fueron uno de los primeros derivados. Entre 1977 y 1986, Marvel Comics publicó tanto las adaptaciones de las tres películas como historias completamente nuevas, muchas de ellas, sobre todo el principio, totalmente disparatadas e incoherentes con la forma en que se desarrollaría la saga más adelante. En la prensa, leídas por millones de personas, se publicaron tiras diarias y planchas dominicales, también con nuevas aventuras, a cargo primero de Russ Manning y luego de Archie Goodwin y Al Williamson.

 

Los juguetes de Star Wars se convirtieron en una gran fuente de ingresos, y dado que, por contrato, iban a parar directamente a George Lucas, le ayudaron a financiar otros proyectos cinematográficos. En 1978, apareció la novela de Alan Dean Foster, “El Ojo de la Mente”, basada en un guion no filmado para una secuela menos ambiciosa de la película original. También hubo un especial navideño de Star Wars para televisión, tristemente célebre por su embarazosa torpeza. Se publicaron dos trilogías en formato de bolsillo: una sobre las primeras aventuras de Han Solo y otra sobre el joven Lando Calrissian. También aparecieron diversos videojuegos en las primeras plataformas

 

Lucasfilm ejerció una fuerte influencia editorial sobre estos derivados, creando un canon cuidadosamente elaborado y constantemente actualizado que mantuvo la coherencia de todos estos proyectos. Las guías del juego de rol editado por West End Games sirvieron como una especie de "biblia" inicial para muchas de estas iniciativas. La base de datos de Star Wars, que llegó a conocerse como el “Holocrón”, se hizo cada vez más extensa y compleja.

 

Ahora bien, tras el estreno de “El Retorno del Jedi” (1983) y el cierre de la trilogía, Star Wars entró en un estado de hibernación cinematográfica. George Lucas, exhausto tras años de batallas legales y el estrés de la producción de esta última película, necesitaba distancia, así que se volcó en otros mundos. La saga de Indiana Jones se convirtió en su principal refugio creativo y comercial, demostrando que podía tener éxito fuera de la galaxia muy, muy lejana. No le fueron tan bien las cosas con su intento de crear una nueva épica de fantasía con “Willow” (1988). Además, volcó buena parte de su energía en Industrial Light & Magic y Skywalker Sound, convirtiéndolas en las potencias de efectos especiales y sonido que revolucionaron la industria cinematográfica en los años 80 y 90. En ese momento, para Lucas, Star Wars era una "historia terminada" que ya no encajaba en su visión artística inmediata.

 

Pero lo que era innegable es que la saga seguía teniendo un gran tirón comercial que no podía dejarse pasar sin explotar. Así, durante los años 80, la línea de figuras de acción de Kenner fue el principal vehículo de conexión con los fans hasta finales de esa década, cuando, al no haber nuevas incorporaciones al catálogo de personajes o vehículos, las ventas empezaron a descender. Por otra parte, Lucas intentó mantener la franquicia viva en la mente del público con productos derivados como las películas de los Ewoks y las series de animación “Droids” y “Ewoks”. Aunque marcaron a una generación de niños, la crítica y los fans más adultos las consideraron siempre como lo que eran: producciones muy menores que no contribuían a mantener encendida la magia de la saga.

 

A finales de los años 80, Lou Aronica, editor en Bantam Books (bajo el sello de ciencia ficción Bantam Spectra), identificó una oportunidad comercial importante en ese universo en aparente decadencia. Su propuesta fue ambiciosa: crear una serie de novelas de Star Wars que continuaran la historia de la trilogía original, enfocándolas con la misma seriedad, ambición, tono y escala que las películas. Hoy nos puede parecer una decisión comercial de lo más obvia, pero en su momento fue vista como muy arriesgada. La ciencia ficción literaria de finales de los 80 estaba dominada por el ciberpunk y narrativas más oscuras, y Star Wars era considerada por la industria como una reliquia cinematográfica que ya había agotado su recorrido comercial. Es más, hasta ese momento, las pocas novelas existentes de la franquicia eran adaptaciones literales de los guiones o productos secundarios de baja calidad.

 

George Lucas se mostró escéptico al principio. No estaba del todo convencido de que hubiera suficiente interés en continuar las aventuras de Luke, Han y Leia en formato literario. Pero, aunque así fuera, se sentía reacio a relajar su proteccionismo creativo sobre ese universo. En aquel momento, todavía albergaba la idea de que, algún día, él mismo podría explorar la era post-Retorno del Jedi a través de su propia trilogía de secuelas y no quería que le bloquearan sus desarrollos con lo ya contado en novelas escritas por terceros.

 

Así que para para dar luz verde al acuerdo con Bantam, Lucasfilm impuso una serie de restricciones. Se estableció un "canon" supervisado, donde se prohibía tocar ciertos periodos temporales (como la infancia de los personajes principales) y se exigía coherencia interna. Este fue el germen de lo que años después se conocería como la Continuidad del Universo Expandido, una estructura donde cada historia debía encajar en un puzzle mayor.

 

Para Lucas, el contrato resultó ser un negocio impecable. Si los libros fracasaban, la marca seguía intacta; recibía regalías sin invertir un solo dólar en producción o efectos especiales; y los libros le servían como medidor de temperatura del interés del público por la saga.

 

Una vez obtenido el permiso de Lucasfilm, Bantam Spectra tomó las riendas con una libertad creativa inusual para los estándares actuales. Contrataron a Timothy Zahn para escribir una primera trilogía para la que Lucas impuso sólo dos restricciones: la historia debía desarrollarse entre tres y cinco años después de “El Retorno del Jedi”; y no podrían resucitar a personajes que hubieran muerto en las películas (como Darth Vader o el Emperador).

 

Y así, en 1991, aparece el primer volumen de la Trilogía de la Nueva República: “Heredero del Imperio”. Las siete novelas del Universo Expandido que la precedieron ("El Ojo de la Mente” y las trilogías dedicadas a Han Solo y Lando Calrissian respectivamente) se centraban en un personaje o un pequeño grupo, y se desarrollaban en rincones de la galaxia. "Heredero del Imperio" lo revolucionó todo con su epicidad, abarcando una docena de planetas, antiguos y nuevos, y una docena de personajes principales que incluían tanto los clásicos como otros que pronto alcanzarían esa categoría.

 

La historia comienza cinco años después de “El Retorno del Jedi”. Han Solo y la Princesa Leia se han casado y esperan gemelos. Leia, que poco a poco se está entrenando como Jedi bajo la tutela de Luke, descubre que sus hijos tendrán una conexión especial con la Fuerza. Mientras tanto, por si fuera poco, participa activamente en la política y realiza labores de representación diplomática y mediación. Luke, por su parte, está preocupado por la creciente división dentro de la antigua Rebelión -ahora autodenominada Nueva República y con sede en Coruscant-, con una nueva facción perpetuamente crítica que intenta imponerse a los líderes más consolidados.

 

Esta vulnerabilidad de la Nueva República, en plena lucha por la legitimidad frente a muchos planetas y en la búsqueda de un propósito común, se hace patente cuando, de los restos de las fuerzas imperiales en los confines del Imperio, surge un nuevo líder, un Gran Almirante hasta entonces desconocido llamado Thrawn, un alienígena de piel azul y ojos rojos que hace gala de un genio estratégico y táctico casi sobrenatural, poniendo a la defensiva a la Nueva República con sus incursiones, tan audaces y bien planificadas como desconcertantes en cuanto a su objetivo. Thrawn desprecia a su predecesor, Darth Vader, como un místico desequilibrado que fracasó estrepitosamente. Aborda su misión de derrotar a la Nueva República con una combinación de racionalidad implacable y arte. Conocedor de la pintura y la escultura de mundos de toda la galaxia, cree que comprender el trasfondo cultural del oponente es tan importante para vencerlo como la logística pura.

 

Y no es que la logística sea irrelevante. La destrucción de la segunda Estrella de la Muerte ha provocado una escasez de personal en todo el Imperio. Los reclutas de Thrawn son jóvenes e inexpertos, su entrenamiento ha sido apresurado y su disciplina y protocolo, en el mejor de los casos, incompletos. Además, hay escasez de transporte en toda la galaxia. Es este problema logístico el que, poco a poco, se convierte en el eje de la trama y conecta a los distintos personajes. La Nueva República envía a Han a los círculos que mejor conoce para negociar –con poco éxito- la contratación de contrabandistas como agentes autorizados de transporte, mientras Thrawn traza sus propios planes para apoderarse de las naves que el Imperio necesita.

 

Y, de acuerdo con esos planes, ha establecido una alianza temporal con un Jedi demente, Joruus C’baoth, que quiere reunir a los Skywalker, esto es, Luke y a la embarazada Leia, para entrenarlos como sus secuaces. Thrawn ha descubierto unas criaturas llamadas ysalamiri, cuya habilidad natural para anular el efecto de la Fuerza en su proximidad impide que C’baoth utilice sus poderes jedi para jugársela.

 

Por otra parte, se presenta a Talon Karrde, uno de los contrabandistas que visita Han y que tiene como lugarteniente a Mara Jade, una antigua agente imperial que posee una impresionante variedad de habilidades técnicas y que está familiarizada con la Fuerza y ​​los sables de luz… y obsesionada con matar a Luke. Sirvió como Mano del Emperador y la última orden que recibió de éste antes de morir fue la de asesinar a Skywalker. Mara es una intrigante y letal femme fatale que captó el interés de los aficionados desde el principio. Se ve obligada a unirse a Luke mientras intentan escapar de las fuerzas de Thrawn, y ambos descubren que deben cooperar para sobrevivir.

 

Para cumplir con su parte del trato con C´baoth, Thrawn envía a uno de sus equipos de asesinos Noghri para capturar a Leia, la cual se ve obligada a esconderse, acompañada de Chewbacca, en Kashyyyk, el mundo selvático de los wookies.

 

La novela culmina con una gran batalla espacial cerca de un astillero del que el Almirante Thrawn pretende robar las naves, siendo su plan frustrado por Han, Luke y el Escuadrón Pícaro, respetando así la “tradición” de terminar las primeras entregas de las trilogías con una victoria para los buenos.

 

Para quienes entonces leyeron este libro, el "universo expandido" no era todavía un concepto con entidad, sencillamente porque el universo de Star Wars todavía se estaba expandiendo. A todos los efectos, “Heredero del Imperio” era la secuela definitiva de “El Retorno del Jedi”. No había más que mirar la portada. Si parece uno de los carteles de las películas, es porque el artista era el mismo: Tom Jung, responsable de diseñar el icónico póster original de “Una nueva esperanza” (1977), además de participar en el arte promocional de “El Imperio Contraataca” y “El Retorno del Jedi”. Bantam Books logró enviar un mensaje visual muy potente: querían que estos libros se percibieran como una continuación legítima y de alto nivel de las películas. Sí, esto era Star Wars de verdad.

 

Y, sin embargo, aquí tenemos una historia de Star Wars anterior a “La Amenaza Fantasma” (1999) que presenta la Fuerza como un concepto de ciencia ficción en lugar de una religión mística que lo abarca todo. Zahn inventa los ysalamiri –una especie de lagartos peludos de medio metro de longitud que, como he dicho, anulan la Fuerza en sus proximidades- para intentar dar un sentido científico a un concepto más próximo a la fantasía.

 

La riqueza con la que Zahn evoca el mundo de la trilogía original es uno de sus mayores atractivos. “Heredero del Imperio” nos presenta una situación que da continuidad de forma creíble y consistente al final de “El Retorno del Jedi” y dota de una nueva complejidad y profundidad tanto a la Rebelión como al Imperio. Pero, sobre todo, nos ofrece un villano excelente. Gran parte de esta primera novela de lo que muchos llamarán más tarde la "Trilogía de Thrawn", trata sobre las maquinaciones del Gran Almirante y su complicado plan para recuperar la supremacía del Imperio. Thrawn es sereno, astuto, hábil tanto en la estrategia a largo plazo como en la improvisación táctica, frío e intimidante. Demuestra ser una amenaza real tanto para la Nueva República como para los heróes que conocemos.

 

Acertadamente, Zahn convirtió a su Heredero del Imperio en un alienígena, un Chiss de piel azul y ojos rojos que no asesina indiscriminadamente a sus subordinados. La Fuerza es un recurso que Thrawn sabe que necesita controlar para demostrar quién manda, por lo que los ysalamiri son más que la kriptonita de los Jedi; son una pieza clave dentro de un gran plan.

 

Lo que nos lleva a Joruus C’Baoth, un Jedi Oscuro demente, clon de un Jedi llamado Jorus (con una sola "u") C’Baoth. En esto de los clones hay que hacer una puntualización. A pesar de mencionar "Las Guerras Clon" ya en “Una Nueva Esperanza”, hasta ese momento, el universo de Star Wars, no había explicado nada sobre los clones y la clonación y, de hecho, parecía más una expresión elegida porque sonaba bien. Pero después de “Heredero del Imperio”, Zahn dejó claro que los clones genuinos sí formaban parte de Star Wars, y podría decirse que este universo ficticio nunca volvió a ser el mismo.

 

En cuanto a la novela, Joruus es otra pieza del plan de Thrawn para asegurarse de que todos los supervivientes conectados con la Fuerza estén de su lado. En lugar de convertir en protagonistas a personajes que usan la Fuerza continuamente, “Heredero del Imperio” nos muestra una galaxia llena de personas normales y corrientes que desconfían de los Jedi o incluso los temen. Y sí, aunque Luke y Leia son fundamentales para la historia, puede percibirse que la galaxia está reaccionando a su presencia de una manera verosímil y política. Esto también le da a la novela un aire más de ciencia ficción dura, aunque solo sea porque especula sobre cómo las "personas normales" (ya sean los peludos Bothans o los Chiss de piel azul) reaccionarían ante individuos que pueden levitar objetos con la mente o llevar a cabo proezas físicas asombrosas.

 

Y en cuanto a los protagonistas clásicos, Zahn no sólo supo capturar sus respectivas “voces” con gran acierto, sino que los utilizó para equilibrar la aventura espacial con las intrigas y la política galáctica, sin por ello perder el espíritu de Star Wars. Luke, Han, Leia, Lando, los droides… todos respetan sus referentes cinematográficos, pero, al mismo tiempo, van más allá. Y es que esta fue la primera vez que pudimos “verlos” en un contexto diferente al de oposición a Darth Vader o el Emperador.

 

En muchos sentidos, los personajes de las películas son bastante superficiales, arquetipos definidos más por lo que hacen que por quiénes son. Pero aquí, Luke tiene que lidiar con el fantasma de Obi-Wan despidiéndose para siempre; Leia va a convertirse en madre y Jedi al mismo tiempo; Lando sigue tratando de ganarse la vida con un negocio honrado y Han lucha por aplicar su actitud displicente a un estilo de vida más legal. Todo lo que hacen los personajes principales evoca la esencia de Star Wars, pero Zahn comprendió que necesitaban nuevos adversarios que los pusieran a prueba, razón por la cual creó no solo a Thrawn, sino también a Talon Karrde y a Mara Jade. No se trata de villanos formulaicos sino personajes interesantes y bien desarrollados.

 

Durante muchos años, Star Wars fue tristemente famosa por la escasez de personajes femeninos, una carencia que aquí Zahn corrige con la introducción de Mara Jade. El hecho de que sea una guerrera implacable y ambigua la descalifica inmediatamente para el rol de damisela en apuros. Que Luke y ella (que, recordemos, está obsesionada con matarle) se unan al final para sobrevivir es un recurso clásico pero narrativamente eficaz.

 

Las batallas espaciales están narradas con detalle y emoción, especialmente cuando Thrawn está involucrado. Puede sorprender que esta su primera aparición en la saga no se centre más en su origen, pero ello probablemente se explica porque, cuando se publicó “Heredero del Imperio”, los fans de Star Wars (y Lucasfilm Publishing) estaban ansiosos por recuperar a sus personajes favoritos, así que Zahn optó por dejar en el misterio los orígenes del principal adversario.

 

También muy en consonancia con las películas de Star Wars son los saltos de perspectiva. Seguimos ciertas partes de la historia desde el punto de vista de nuestros héroes protagonistas (Luke, Leia y Han), además del antagonista principal, Thrawn, y su primer oficial, el capitán Gilad Pellaeon. Pero también tenemos bienvenidas miradas a otros lugares, como el mundo en el que se ha establecido Lando o el planeta natal de los wookies.

 

Zahn consiguió lo que Disney no logró veinte años después: usar las películas originales y su universo para explorar nuevas direcciones más allá de una mera imitación. Todo en “Heredero del Imperio” es más fiel a la primera trilogía y -quizás aún más importante- plausible y verosímil que cualquier cosa que pueda verse en la última trilogía de Disney. La calidad de la prosa es regular, mejorando a lo largo de la novela, pero la trama, la caracterización y la minuciosidad del mundo imaginado por Zahn son sobresalientes. No es de extrañar que los fans de estas novelas estén tan molestos con Disney.

 

“Heredero del Imperio” ha resistido fenomentalmente bien el paso del tiempo y, aunque Disney eliminó su rango de canon relegando al limbo esta continuidad, sigue siendo una lectura muy recomendable para los amantes de Star Wars. En primer lugar, porque ofrece una trama dinámica y unos personajes sólidos. Además, establece un futuro muy interesante a partir de la trilogía original; y, por último, pero no menos importante, porque se mantiene fiel a las reglas, tono y espíritu del Star Wars tal y como fue concebido por Lucas. Con “Heredero del Imperio”, Timothy Zahn se preguntó: “¿Y si escribiera Star Wars como ciencia ficción seria? ¿Cómo sería?”. Y la respuesta fue una obra absorbente y, dentro de la franquicia, novedosa. Así lo reconoció el público, llevándolo al puesto número 1 en la lista de best-sellers del New York Times, demostrando que la sed de Star Wars estaba mucho más viva de lo que Lucas había imaginado.

 

Una novela, en fin, perfecta para quien nunca se haya adentrado en el campo literario de Star Wars y desee una puerta de entrada adecuada.

 

(El guion del comic que adaptó esta novela, publicado por Dark Horse, fue escrito por Mike Baron, con un dibujo muy estilizado y atractivo de Oliver Vatine, entintado por Fred Blanchard y coloreado por Isabelle Rabarot)

 

(Continúa en la siguiente entrada) 

 


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